El diamante
Adela Zamudio — cuentos-breves (1943)

El Diamante dijo un día a sus hermanos:

—No os alabéis de nuestro común origen, sois mi vergüenza. Los que surten las lámparas y se arrastran en los fogones, os harán proclamar su parentesco con quien nacido en regiones privilegiadas es transportado en triunfo, de su cuna a los palacios a coronar la frente de sus soberanos. Vuestra negrura y fetidez os denuncian, estáis mezclados con substancias viles, y yo soy puro; desde la cuna, tan sólo me acompañan el oro, la plata, los rubíes y otras piedras preciosas. Los sitios en que me digno habitar son bien contados y por buscarme el hombre, cruza los mares y desciende a los abismos.

—Nosotros nos hallamos allá donde podemos serle útiles, dijo la Hulla; proveemos a las necesidades de su industria y también a sus necesidades domésticas.

—Os despedaza con el hacha y crujís bajo su planta, continuó el Diamante. Aprended de mí: soy el más duro de los cuerpos de la Naturaleza; ninguno me raya y yo rayo a los más fuertes.

—Eres duro, pero frágil— observó el Grafito a media voz.

—¡El plebeyo cristal se enorgullece de asemejarse a mí; el artificioso Estras que se introduce clandestinamente en el comercio cuando se afana por imitar mis reflejos! La Perla misma, con toda su belleza, jamás alcanza la preferencia cuando se atreve a competir conmigo. Si no salgo a lucir en paseos y festines, descanso muellemente en perfumadas cajas acolchadas de raso y terciopelo. Sin mí no hay fiesta aristocrática; yo comunico a esos saraos el brillo particular que los distingue. Al contemplar mis destellos, se realzan sus atractivos naturales, las bellas sonríen satisfechas ante el espejo, y muchas de las que no poseen, darían por mí algo más que la vida.

—Sí, tú fomentas la vanidad femenina, no lo negamos, dijo el Grafito; eres el principal factor del lujo, que, en todo tiempo, fué el cáncer de la sociedad. Por tí son sacrificados honra e inocencia. Tu brillo engendra en el corazón del miserable, envidias y rencores que se resuelven en crímenes. ¿Qué más has hecho desde que apareciste en el mundo? ¡Cuéntanoslo! Montar el eje de los relojes y cortar el vidrio; servicios bien insignificantes si se comparan a los males que has causado. Nosotros entretanto, nos consagramos a la industria y contribuimos al progreso. Yo, porfiando hasta deshacerme contra la pizarra, grabo en la mente del niño caracteres que ilustran su inteligencia y guían su voluntad hacia el bien.

—Mi aliento impulsa el navío que conduce las riquezas de la industria del uno al otro continente, dijo la Hulla, y empuja la locomotora que las arrastra a los confines de la tierra. En las ciudades, combatí las tinieblas, hasta en las callejuelas más apartadas; fuí el mejor auxiliar de la policía; ¡cuántos crímenes evité y cuántos fueron denunciados por los resplandores de una lámpara!

Aunque hoy se haya inventado un sistema de alumbrado superior al que yo proporcioné, los siglos venideros no olvidarán los servicios que presté a la humanidad.

—Allá donde falta la Hulla yo acudo a reemplazarla— dijo la Turba.

—Yo purifico el vino y los jarabes— agregó modestamente el Carbón Animal.

—La química moderna —continuó el Grafito— ha desmentido tu decantada fortaleza; se te creía inatacable y resultas combustible como nosotros. ¿De qué pues enorgullecerse? ¿Cuáles son tus preeminencias? ¡Respóndenos!

El Diamante no tuvo qué responder, y la Hulla, el Grafito y los otros sonrieron y le volvieron las espaldas.
