Fragmento
Adela Zamudio — cuentos-breves (1943)

Mi hermana nos dejó solos en aquel momento. Hacía rato, que, apoyados en el barandado del balcón, ambos pensativos, teníamos los ojos fijos en una mata silvestre prendida en una grieta del muro entre dos altas ventanas del templo, que se alza enfrente de mi casa.

—Es mía, —dijo—, hace seis meses que la contemplo cada día, con el mismo interés con que observara a una romántica vecina.

—También a mí, —murmuró—, toda existencia aislada y excepcional, aunque no sea más que la de un pequeño ser, me inspira simpatía.

—Hace seis meses, —dije—, parecía feliz. Sus largas ramas flotaban atrevidamente sobre el vacío desafiando los soplos de la tempestad. ¿Ves allá abajo en el atrio silencioso esa multitud de plantas que se arrastran hasta besar los cimientos de su enorme pedestal?, libre ella del contacto de esa vulgar muchedumbre, parecía satisfecha de su altura. El lodo de la tierra no la alcanzaba y era la primera en recibir los dones de lo alto; el rayo del sol y el rocío vivificante de la mañana. Pero su escasa frescura, continué, sin dejar de mirar hacia la planta, no ha tardado en marchitarse. Mira, está mustia. Entretanto, que las de abajo lucen juntas y a porfía su robusta y prolongada florescencia, la solitaria empieza a languidecer. Se deja caer hacia abajo, arrepentida y como si anhelase alcanzar a las otras y abrazarse a su ramaje. Organizada para vivir en la tierra, enlazada a sus semejantes que la hicieran sombra, los mismos beneficios del cielo, que no tiene con quien compartir, acaban por abrumarla; la quema el sol y la hiela la noche.

Me comprendió y ligera sonrisa despreciativa se dibujó en sus labios.

—¡Corazón de mujer, —murmuré lentamente—, orgulloso de la elevación y singularidad de tus sentimientos, en la atmósfera de aislamiento que has creado en torno tuyo, tú experimentas íntimamente esa temprana decadencia!

—Es una planta —dijo ella — con cierto desdén y sólo por decir algo — tan común en nuestro clima, que en la estación lluviosa brota a montones en todas partes, en el campo, en la ciudad; no es extraño que haya subido hasta allí…

—No necesita ser sembrada ni cultivada, —añadí yo—. No importa que se la arranque, que se la pisotee, que se trate de aniquilarla, su germen no se extingue. Es una planta porfiada, constantemente empeñada en vivir, que se parece a la flor del corazón, a la esperanza… Es la más bella entre las radiadas y se llama como tú… Margarita.

Ella continuó impasible.

Yo había resuelto que terminara la comedia de amistad que me obligaba a representar. Quería saber si aquella estatua tenía un alma.

—Voy a confesarte una debilidad, le dije, no te rías, es una confidencia. ¿Ves allá entre su escaso y marchito ramaje, un diminuto botón de pétalos amarillos? Es una flor tardía y descolorida, única flor que ha producido esa planta. Todos tenemos nuestro secreto y a mí se me ha antojado que los pétalos de esa flor guardan el mío: el único secreto de mi vida.

—El único secreto de tu vida depende, pues de una casualidad— observó.

—Es verdad, pero, puesto que no me es dado descubrirlo por otro medio, quiero someterme al fallo de la casualidad y creer en ella como en un árbitro.

—Fácil es, —dijo—, ya que no alcanza hasta ella, coge una de las de abajo y consúltala.

—Son muchas y es difícil escoger. Unas me dirían que sí y otras que no; muchas casualidades sucesivas, desmintiéndose mutuamente se anulan y se destruyen. Una sola en un momento dado puede ser el fallo supremo del destino. Siempre ha tenido esa preocupación. Por eso, en los paseos por el campo, cuando mis compañeros se precipitaban sin reserva hacia esa flor-sibila, que nos sale al encuentro a cada paso en las orillas del camino; nunca deshojé una, nunca. No quería que su virtud misteriosa se desvaneciera para mí y mi secreto, el secreto de mi porvenir, permanece cerrado en la sola que quiera consultar, a cuyo fallo me entrego. Y bien, ya está resuelto, esa flor es aquella, ninguna otra.

—Y entre tanto, —murmuró ella con calma—, está ahí inaccesible a tu curiosidad. Muy pronto el viento se llevará en un soplo, el único secreto de tu vida.

—No lo permitiré. ¿Acaso es imposible llegar hasta ella?

Se volvió hacia mí y me miró con burla.

—¿No lo crees?, —dije—, ¡ya verás! ¡Te lo juro!

—Y hoy mismo, —añadí, al ver que se alarmaba—, porque quizá mañana sería tarde. Pagaré al sacristán para que me abra la puerta de la torre. Hoy es domingo y esta tarde habrá en la calle menos gente que de ordinario; y si alguien me ve ¿qué importa?, no soy más que un estudiante. Subiendo por la torre llegaré en dos minutos a la altura de la bóveda. Paso a paso avanzaré por la cornisa hasta el punto del estribo; luego a gatas, deslizaré el pie hasta ponerlo con cuidado en él, y una vez allí, asomándome al borde, me sujetaré con una mano y alargaré la otra…

—¡Qué horror! —gritó ella, sin poder ya contenerse y tapándose los ojos, —resbalarías y te harías pedazos.

Yo sonreí.

—No es tan arriesgado como te parece, —murmuré con calma—. Muchas veces, siendo niño, he llevado a cabo empresas casi tan peligrosas, por alcanzar un nido de pichones. Hoy tengo otro capricho…

Ella medía el precipicio con los ojos espantados.

—No lo harás, —dijo con seriedad—, se lo avisaré a tu hermana.

—Ella no podrá impedirlo.

—¡Por Dios! —exclamó, alarmada por mi aire decidido—, ¿estás loco? ¡No lo harás!

Yo volví a sonreír.

Me miró entonces un instante de un modo irresistible, casi despreciativo.

—¿Y si yo te rogase, si te ordenase que no lo hicieras?— dijo, cambiando de tono.

—Déjame con mis caprichos y mis sueños, —murmuré, fingiendo amargura—, ¿qué te importo yo?

—Sólo de un modo desistiría de mi resolución, —añadí, ahogándome, esta vez, de verás de emoción —sólo de un modo: Existe una persona, una sola en la tierra, que puede responder a la pregunta que quiero hacer a esa flor —: eres tú. Si tú quisieras responder…

Ella palideció…

—¿Y qué pregunta es esa? dijo, con inquietud.

—Si me quieres. Yo la miré de frente.

En aquel momento apareció mi hermana. Hay en los instantes supremos, explosiones de emoción que estallan de súbito, en el gesto, en la mirada, en la actitud. Único lenguaje humano, tan espontáneo que el más perfecto disimulo no ha alcanzado a ahogar. El único capaz de infundirnos un convencimiento pleno y absoluto. ¡Mi última frase había sido para ella enteramente inesperada y sin quererlo, sin abrir los labios, sin pronunciar palabras, respondió mi pregunta y hoy soy ya dueño del secreto feliz de mi destino!
