Canto segundo. Los salvajes
Adela Zamudio — el-misionero (1879)

Se entolda el puro cielo del invierno
I comienza á llover por vez primera
Brotando por do quier un verde tierno,
Se declara precóz la primavera.
La selva, en fin, cuyo verdor eterno
Un tanto seco por el sol se viera,
De pronto, de sus galas revestida
Muestra en su seno animacion y vida.

Ha cambiado de súbito el paisaje
I mil fragantes y variadas flores
Ostentan su hermosura entre el follaje,
En tanto, que los pájaros cantores,
Batiendo alborozados su plumaje
Pintado de vivísimos colores,
Revoleteando con afan gorjéan
I frutos esquisitos saboréan.

Tiernos se alzan nogales y moreras
Al lado de otros árboles jigantes,
Derechas y flecsibles las palmeras
Elevan sus penachos elegantes,
I cortinajes mil de enredaderas
Forman doseles de verdor flotantes,
Ornando los espléndidos salones
Donde entonan las aves sus canciones.

Copiosa fue la lluvia matutina:
Sin sol se anuncia y nebuloso el dia
I desciende compacta la neblina
Hasta posar en una selva umbría;
De esas que halla do quiera el que camina
Por el oriente de la patria mia,
Esa inmensa rejion que rica encierra
Los mas bellos productos de la tierra.

Cual ancha cinta de luciente plata
Cortando el bosque inmóvil y sombrío
La tranquila corriente se desata
De un cristalino y poderoso rio
Que en su seno los árboles retrata;
Y de la fértil selva al fondo umbrío
Dos hombres van con lentitud penosa
Siguiendo su rivera pedregosa.

De rostro enjuto y venerable frente
El de mayor edad, es un anciano:
Lleva sobre sus hombros noblemente
El hábito del fraile franciscano
El mismo que llevó seguramente
A tiempo de dejar el Vaticano
Cuando el Papa le dió sus bendiciones
I le ordenó marchar á las misiones.

Natural de esos bosques, quien le guía
Es su jóven y fuerte compañero,
Al que sacó de ciega idolatría
La caridad del santo misionero.
Viste como sus padres todavia
Mas para caminar abre sendero
Con un acha de fábrica europea
Que en cortar el ramaje diestro emplea.

Apenas caminando se sostienen
Del ancho rio en la escabrosa orilla
Hasta que de improviso se detienen,
I el joven indio en actitud sencilla,
En tanto que ambos, mudos se mantienen,
A los pies del anciano se arrodilla,
Quien tendiendo las manos le bendice
I despues de un momento asi le dice:

—Hijo, vuelve á tu hogar, que hemos dejado
I en tus plegarias á Jesus Divino,
Pídele sin cesár, si me has amado,
Que yo cumpla con fruto mi destino.
En tanto, por sus gracias amparado
Proseguiré yo solo mi camino:
Invocando su nombre á cada instante
I á derramar su luz iré adelante.

Así el jóven se aleja del anciano
Que acelera sus pasos entre tanto,
Sin mas equipo en un camino insano
Que otro cualquier viajero teme tanto,
Que un tosco y débil báculo en la mano,
Sus sandalias, su túnica y su manto;
Sin mas arma que ampare su jornada
Que una cruz en su pecho colocada.

El sol rompe las nubes débilmente
I se tiñe el oriente de celajes,
El viajero se para derrepente
En un sitio cercado de boscajes
Donde vé mui cercano, de sí en frente
Un espantoso grupo de salvajes,
I allá, del rio en las profundas aguas
Un enjambre de balsas y piraguas.

Con ambas [manos] fuertemente oprime
La cruz bendita que consigo lleva
I su alma grande de fervor se imprime
Mientras al cielo en oracion se eleva
Ofrece á Dios con un valor sublime
Su vida, sin temor que le conmueva;
I con la calma que en su faz se ostenta
Resuelto á aquellos hombres se presenta.

Ellos, en el momento, al divisarle,
Se lanzan irritados y feroces
Dispuesto cada cual á destrozarle
Cual fantasmas diabólicos y atroces.
Mas, en el mismo instante de alcanzarle
Dando alaridos y espantosas voces
Como tigres que corren á su presa,
Todos ante él se paran con sorpresa.

La cruz eleva con su firme diestra
Inmóvil, mudo, cual si nada viera:
El signo santo sin temor les muestra
I en actitud solemne les espera.
La turba olvida su intencion siniestra
Por que viviendo siempre en guerra fiera,
Aquel valor estraño les sorprende.
De un heroe que al morir no se defiende.

Mas, solo se sostiene ya un segundo
Que sangre brota de su pecho herido
Por que en aquel ataque furibundo
El dardo de una flecha ha recibido.
Lívido, sin aliento, moribundo,
Es del rio á la márgen conducido.
Y desangrado á choros se desmaya.
Enrojeciendo el suelo de la playa.

Los índios que se van á la pelea
Disponen que á su vuelta victoriosa
Sacrificado el prisionero sea
En una fiesta bárbara y ruidosa.
Y por eso condúcenle á su aldea
Con crueldad calculada y rencorosa:
Y allí le depositan en las manos
De mujeres de niños y de ancianos.
