A Buenos Aires
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

Un domingo, al volver de misa, Clara llegó a la puerta de su casa al propio tiempo que Miguel Terán, un buen amigo que la visitaba a la muerte de un obispo. Venía a pedirle ayuda en un pequeño asunto. Y se lo dio a conocer allí mismo, sin entrar, porque estaba apurado.

—Tengo dos amigos —dijo. Un señor... y su señora. Excelentes personas, son de aquí, pero han vivido muchos años en Europa, ahora se hallan de paso en ese hotel (y señaló el edificio situado a media cuadra). Son muy ricos; no tienen hijos; no tienen de qué ocuparse. Cansados de viajar han resuelto radicarse en Buenos Aires. La señora desea llevarse consigo una joven de su país: honrada y buena, por supuesto, en calidad de gobernanta, y en quien depositar toda su confianza.

—¿Gobernanta?

—Ama de gobierno o cosa así. Entre tus compañeras, las oficiales de Pepa, ¿no habrá una que quiera ir? La propuesta es seductora. Si a mí me dijeran: —Vaya usted a Buenos Aires a hacerse cargo de un almacén...

—Ya lo creo, interrumpió la joven. Para los bolivianos decir: "A Buenos Aires", es decir al cielo. Yo creo que habrá más de una, pero en este momento no podría decirte... vuelve mañana y te daré el resultado.

—Mañana... muy temprano. Antes de que te vayas al trabajo. Más tarde no habría tiempo. Ellos se van en el tren del martes.

Doña Rogelia aguardaba a Clara en el patio. La siguió a su cuarto y tomando asiento, le dijo con suavidad:

—Como te he dicho ya otras veces, Clarita, el alquiler del alto no me alcanza para vivir. La vida se ha hecho tan dura. He resuelto dar en arriendo todo este jirón. Mira: por esa sala con ventana a la calle... ya tú sabes es nuestra pieza de recibo y mi hija se resiste a desocupar... pero, ¿qué se ha de hacer?, tendrá que resignarse. Por esa sala, estos dos cuartos tuyos, en seguida el cuarto oscuro, que con los vidrios de la claraboya bien lavados y un papel nuevo más claro, puede muy bien servir de comedor, despensa y cocina, te aseguro que cualquiera me da cien billetes al mes. Siento mucho desahuciarte, pero... no hay otro remedio.

—Está bien, doña Rogelia —dijo la costurera demudada— desocuparé los cuartos, pero no será pronto porque usted sabe cuán difícil es encontrar casa.

—Cabalmente, necesito que sea pronto; como he dado el aviso a varias amigas, tengo ya interesadas y mañana ha de venir una a pasear el departamento.

Clara quedó mustia. Era aquella una complicación que la confundía. Su trabajo en casa de Pepa le daba apenas para pagar a doña Rogelia la pensión por el almuerzo y la comida. Para vestirse y pagar la luz, se veía obligada a coser en su casa en los días de huelga. Nunca había pagado alquiler por sus dos cuartitos: costurero y dormitorio. ¿Cómo sería ahora, pagándolo, por módico que fuese?

Y después de pensar así un momento en sí misma, se vio acosada por otra idea aun más angustiosa...

Sin embargo, más tarde se ocupó del encargo de Terán. Éste volvió al otro día, lunes, a la hora convenida y ella le dio el resultado:

Olimpia Sánchez, una muchacha de regular aspecto; un poquito afectada y presumida, pero muy buena en el fondo, alucinadísima con la propuesta, había pedido plazo hasta aquel día a las cuatro.

—A las cuatro... no será ya tiempo, dijo Terán. Tú comprendes que necesitan conocerla personalmente y saber algo de sus antecedentes.

—Es pues muy difícil —observó la joven— que haya quien se decida en pocas horas. Todas tienen familia, o parientes; alguien, en fin, a quien consultar. Rara, rarísima es la persona como yo, sola en el mundo.

¡Tú! —exclamó su amigo. De veras. ¿Cómo no se me ha ocurrido? ¿Quién mejor que tú? ... y a nadie le conviene más que a ti.

—Así lo he pensado, pero... es imposible.

—¿Por qué?

—¿Y el chico?

—¿Qué chico?

—Lucho.

—¿Es decir que por él vas a desechar una oportunidad, la única en tu vida, de cambiar ventajosamente de situación? —dijo Miguel. Yo quisiera saber qué lazo te une a ese niño para sacrificarte por él.

Ella le explicó entonces:

—Don Fermín Rojas era viudo y tenía una hija cuando se casó con doña Rogelia, que también era viuda y tenía una hija. La hija de don Fermín se casó, enviudó a poco y murió también ella, al nacer Luis. Su padre la sobrevivió poco tiempo, y al cabo, el huérfano quedó en poder de la señora, su abuela política. El niño tiene parte en la casa y tiene tutor, lo cual es para ellos un estorbo en el presente y una amenaza para el porvenir. Como todo huérfano de madre, ha sido muy enfermizo. Cuánto habrán deseado que se muera. No le tienen cariño porque no lo han criado. Yo, huérfana también, sobrina de don Fermín y acogida en la casa, me hice cargo del recién nacido. No ha conocido otra madre, ¿y extrañas que lo quiera? Los hombres no saben eso; creen que sólo las madres saben querer, y no es así. Las madres mismas cuando no atienden personalmente a sus niños, los quieren pero a medias. Lo que más nos aproxima a una criatura; lo que exalta nuestra ternura por ella es el recuerdo de sus padecimientos y los trabajos que hemos pasado por aliviarlos. Cuando recuerdo las veces que le he visto moribundo, tender las manecitas a mi cuello, pidiéndome con miradas de ansiedad que lo libre de sus dolores, me siento capaz de todo por él. Si fuese feliz, no vacilaría: me iría; pero, tan desgraciado... En poder de personas que se han propuesto educarlo a fuerza de castigos... imposible. Yo no tendría una hora de tranquilidad pensando en él.

—En fin, lo siento, murmuró Terán despidiéndose. A ver si esa Olimpia Sánchez... Si viene decidida y con su equipaje listo, tal vez haya tiempo. Por si acaso, volveré a las cuatro.

Ni Terán ni Olimpia Sánchez, ninguno de los dos apareció a las cuatro.

Era en mayo. Doña Rogelia, como muchas devotas, había adelantado la hora de la comida por asistir a las ceremonias del mes de María. Después de comer, Clara se ocupó de los primeros preparativos y del inevitable cambio de casa, que le dolía más que por sí misma, por el chiquito.

Seguiría viéndolo en el almuerzo y en la comida, porque seguiría su pensión en casa de doña Rogelia, pero esto no la satisfacía. Había resuelto tomar habitación en una de las calles de tránsito para el niño hacia la escuela. De ese modo podría seguir atendiéndolo diariamente en sus menesteres materiales y morales, y seguiría él contándole todo lo que le pasaba en esa vida escolar, que es un pequeño fiel reflejo de la vida social, tan llena de pruebas.

Liadas y acomodadas ropas, costuras y otras menudencias que no eran de uso diario, acababa de sentarse a descansar, cuando se oyó en el patio el golpe seco de una puerta que se cerraba violentamente, seguido del ruido de un vidrio al desplomarse y caer al suelo haciéndose pedazos.

Súbito presentimiento le sobrecogió y acudió al patio... Era Lucho.

Jugando con la pelota, que ella misma le había obsequiado aquella mañana, tropezó y cayó, dándose contra la puerta de la trastienda. La pulpera encolerizada, lo había cogido del brazo y lo arrastraba hacia la dueña de casa, que lo esperaba jadeante de furor. El niño se volvía hacia su protectora implorando su auxilio. La señora lo atrajo hacia sí de un brazo y cerró tras él la puerta. Un instante después se oyeron los gritos del pequeño. La furiosa había cogido el látigo con nudos en la punta, que dejaba cardenales en el cuerpecito endeble... el niño al verlo descolgar, pedía perdón de rodillas.

Esta vez no hubo perdón. Al resonar el primer latigazo, Clara, fuera de sí, se lanzó por el pasillo al segundo piso, pero la detuvo el temor de siempre. Nada enfurecía más a doña Rogelia que su intervención en esos casos... Al frente, en el corredor del piso alto, dos criadas de la inquilina, y abajo en el patio, la cocinera de doña Rogelia, presenciaban el castigo mudas, pero con las señales de la más viva indignación en el rostro.

En aquel momento, la señora inquilina de arriba, apareció en el corredor.

—Esto no se puede ya soportar —gritó. Esto es de todos los días. Es preciso dar parte a la policía. Voy a hablar por fono, y mañana mismo desocupo la casa.

Sus amenazas tuvieron efecto. Cesó el látigo y la fiera humana se refugió en el cuarto contiguo. El niño, que se retorcía de dolor, siguió sollozando largo tiempo sin que nadie se atreviera a consolarle. Al fin calló y entonces. Casta penetró en la pieza y empezó a amonestarlo mientras se acicalaba ante el espejo para salir.

—Por qué eres tan perverso. Por qué nos quitas la vida. Mi mamá va a quedar muerta de un colerón. Si te hubieras quedado haciendo tus tareas, nada hubiera sucedido. Esa maldita pelota. No la volverás a ver más.

Lucho volvió a gemir pensando en su querida pelota.

La damisela se dio el último retoque.

Lucho se resistió, pero ella lo llevó por fuerza hasta la puerta del cuarto oscuro; lo empujó hacia adentro y cerró la puerta con candado.

Clara esperó que madre e hija se hubieran ido al templo; en seguida se aproximó a la puerta vidriera que comunicaba su dormitorio con el cuarto oscuro, donde estaba la cama del niño; alzó una punta de la cortina que la cubría y acercando la cabeza al hueco de un vidrio que faltaba, habló a Lucho con dulzura;

—Luchito, no llores más, serénate, ven toma tu bizcocho. No llores más, corazón.

No respondía. Tendido en su cama, seguía gimiendo.

Por fin calló.

Clara esperó un rato y volvió a hablarle:

—Lucho; Acuéstate; ¿te vas a dormir vestido? Acuéstate corazoncito. Yo estoy aquí acompañándote. No me he de mover de aquí hasta que tú te duermas. ¿No quieres bizcocho?

—No quiero nada —exclamó el niño desolado. Sus gemidos, cada vez más violentos, expresaron el colmo de la amargura y, de repente, tras hondo estremecimiento de desesperación, un grito inopinado, instintivo, se escuchó de su pecho.

—Mamá, mamá.

Mamá, desventurada que te fuiste el día en que él nació. Estás muy lejos, y, sin embargo, te llama en las horas supremas, te llama con amor y con resentimiento. ¿Por qué te fuiste dejándolo solo a padecer?

Clara, desplomada en un asiento, con la cabeza apoyada en el tabique que la separaba del niño, sollozaba junto a él.

De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Se enjugó los ojos y salió. Era Miguel.

—¿Llorabas? —le preguntó. ¿Qué te pasa?

Ella le refirió lo que había pasado, su vida de martirio presenciando el mal trato que daban a esa criatura y los medios de que se valía para protegerlo.

Miguel escuchaba en silencio, respirando a veces con fuerza para desahogar su indignación.

Quedaron mudos y pensativos.

—Hay días, murmuró la joven, que despierto con su llanto y me acuesto cuando ha callado su último sollozo.

Miguel se enderezó de súbito.

—A ver, ¿cuál es ese vidrio roto por donde le hablas?, preguntó.

Se encaminaron a la vidriera y ella alzó la cortina.

Un relámpago de triunfo brilló en la cara de Miguel. El cuadrado vacío que había dejado el vidrio que faltaba, era más que suficiente... Pero su mitad inferior se hallaba obstaculizada por el extremo de una mesa rinconera que sostenía un pequeño estante lleno de libros. Ambos muebles trancaban la puerta sujetando contra ella las cortinas, libre sólo en una de sus puntas. El joven miró a su amiga faz a faz y le dijo solemne y decidido;

—¿Quieres salvarlo? Ayúdame. Voy un momento, sólo un momento de aquí a media cuadra; entre tanto desocupa ese estante, pero pronto. Baja los libros... a cualquier parte; al suelo. Espérame con el estante vacío.

—¿Qué te propones?, la puerta está con llave —advirtió ella.

—No importa, no vaciles; no pierdas tiempo. Desocúpalo. Quince minutos y estoy de vuelta. Espérame con el estante vacío.

Y salió a pasos precipitados.

La actitud imperiosa y resuelta de su amigo, la subyugó. Sin acabar de comprender lo que se proponía, obedeció sin vacilar. Puso una silla ante la mesa; pisó en el asiento y los libros, montón tras montón, fueron bajando, primero a la mesa y luego al suelo. Había bajado el último cuando Miguel apareció seguido de un criado del hotel vecino.

La mesa, con el estante encima, fue retirada a un lado hasta dejar libre el hueco del vidrio roto. Hecho esto, Terán ordenó al criado que fuese a esperar en el patio; alzó la punta de la cortina y dijo a su amiga;

—Llámale.

Clara llamó al niño repetidas veces, pero éste no contestaba. Fingía dormir.

Miguel asomó la cabeza.

—Oye Lucho —dijo— aquí está la pelota de fútbol que te ofrecí.

Lucho saltó de la cama y se presentó. Su amigo le invitó a sacar la cabeza y apareció su busto hasta la cintura. El joven, con ambas manos, le apretó los bracitos contra el cuerpo, lo arrancó hacia sí y lo puso en medio cuarto; después lo alzó nuevamente y lo colocó detrás de la hoja de la puerta que daba al costurero.

—¿Tienes una canasta con tapa?, preguntó a Clara.

Aquella.

—Es algo pequeña, pero... en fin; veremos. Desocúpala.

Clara volcó la canasta sobre la cama; cayó la ropa que contenía; cogióla el joven, ya vacía, y la puso en el suelo junto al tendal de libros. Luego indicó a la joven que se parara delante del niño cubriéndolo con su cuerpo y en seguida llamó al criado.

Mesa y estante volvieron al sitio que antes ocupaban y el criado volvió al patio.

En aquel instante... Oh fatalidad... la voz chillona de doña Rogelia, preguntó desde afuera.

—¿Se puede?

Y sin esperar respuesta la señora se presentó en el cuarto.

Escena indescriptible. Los tres estupefactos. La señora prorrumpió al fin:

—¿Qué es esto? ¿Qué hacen ustedes?

Miguel, no era Miguel; era una estatua de terror.

—Miguel me estaba haciendo el favor de vender estos libros que hubieran sido para mí un engorro en el traslado —dijo Clara sencillamente. Es amigo del español que tiene su casa de remate en la calle...

—Señor Terán —exclamó la señora— si usted me hiciera también a mí el gran favor de vender los que yo tengo, porque sólo sirven para ocupar campo.

—¿Por qué no señora?, dijo el mozo repuesto del susto.

—¿De veras?, ¿y cuándo?

—Si usted quiere ahora mismo. Haga usted su lote y lo venderemos junto con estos.

—Le tomo la palabra. Voy a traerlos ahora mismo. No son muchos. ¿Puedo ocupar al mocito que está en el patio?

—¿Por qué no?

—Gracias —y salió entusiasmada.

Miguel se acercó al niño.

—Te engañé —le dijo— la pelota está en mi casa; vamos.

El chico, mudo, se negó con la cabeza pegándose aún más en la pared.

—Ahí viene doña Rogelia —exclamó el joven. Ocúltate, ven.

Lucho, asustado, se entregó.

Tomarlo en brazos, colocarlo dentro de la canasta, poner encima la tapa, asegurarla con sus armellas de alambre y presentarse otra vez doña Rogelia, todo fue uno.

—Mire lo que pasa —dijo desconcertada— la llave de la alacena en que estaban los libros, se la ha llevado Casta en la bolsa. Se fue a la retreta con unas amigas y es probable que pasen al teatro.

—No se apure señora —dijo Terán. Yo me llevo ahora el primer lote (y señaló la canasta) pero, mire usted, queda mucho todavía. Tengo que hacer dos o tres viajes, mientras tanto, hay tiempo para que la señorita esté de regreso.

Sí, sí hay tiempo —repitió ella, yendo a sentarse en el sofá del costurero.

Y la canasta, en hombros del sirviente, cruzó la pieza y salió a vista y paciencia de la señorona.

Ya en el patio, Terán llamó a su amiga;

—¿Clara?

Ésta acudió y él le habló al oído a media voz:

—Querían una gobernanta y les llevo un hijo. Muchas veces les oí decir que en caso de encontrarme un niño de buena raza, solo en el mundo, lo adoptarían. Ahora fui a hacerles la propuesta y... han aceptado de mil amores... Ahora voy primero a mi casa a poner al chico presentable.

Le pediré a mi hermana un vestidito de uno de sus niños; el que mejor le venga. Mañana estaré aquí muy temprano a contarte lo demás... y se fue. Doña Rogelia había salido a la puerta a escuchar.

—¿Qué dice? —preguntó.

—Dice que no le ha de ser posible volver ahora —dijo Clara. Se ha acordado de un compromiso; pero que mañana muy temprano le esperemos con los lotes listos.

—¡Ay!, qué bien; llamó a la cocinera y le dio el dinero para el mercado, dejándole el encargo de abrir la puerta a t asta y se fue a acostar.

Clara cerró la puerta y se acostó también, pero qué iba a dormir. Inquieta y agitada, la emoción del triunfo la ahogaba. Libre, exclamaba interiormente. Libre de su verdugo. Hijo adoptivo de padres ricos que lo amarán porque no tienen hijos, sí, lo adorarán porque es muy lindo, muy bueno y muy inteligente... y le darán una educación brillante... y nunca nos volveremos a ver... por medio de Miguel tendré frecuentes noticias suyas... y los años irán pasando y se olvidará de mí... pero, qué importa, con tal de que sea él feliz... Y mientras así se consolaba a sí misma, tenía la cara empapada en lágrimas y reprimía sus sollozos en el silencio de la noche. De repente sus ideas, sin cambiar de objeto cambiaron de rumbo. ¿Qué sucederá mañana cuando, después de llamarle repetidas veces penetren en el cuarto y no lo encuentren? Claro que no han de creer que ha desaparecido por arte de magia ni que los duendes se lo han robado. Tanto pensar, al fin se fijarán en el vidrio roto y entonces... ¿Qué va a ser de mí? Doña Rogelia es muy capaz de llevarme a la policía. Me exigirán declaración... quizá jurada... si no es jurada, lo negaré todo... si es jurada, no diré palabra aunque me maten... ¿Dios mío, qué va a ser de mí?... ¿Por qué no irme también de gobernanta de esa señora? ¿Cómo no se me ocurrió?... Pero, ¿cómo se me había de ocurrir si no ha habido tiempo... Dios mío, si fuese tiempo todavía?... Yendo a buscar a Miguel a las cinco de la mañana... a esa hora estará cerrada la puerta de calle de su casa... y aunque no lo estuviera, ¿quién soy yo para buscarlo a esa hora en una casa tan llena de gente?... Un escándalo... Más bien a ellos... están en el hotel de la esquina... pero no sé ni el nombre del caballero... todo imposible; no hay ya que pensar en eso. Y rechazando la idea turbadora, la idea de una dicha incomparable, perdida para siempre, se puso a rezar, a encomendarse a Dios, pidiéndole resignación y entregándose a su Santa Voluntad.

Al amanecer concilió el sueño.

Exclamaciones y comentarios de varias personas en el patio la despertaron. Un sueño de dos horas no le había hecho perder la conciencia de su situación.

Saltó de la cama y empezó a vestirse desatinada y temblorosa.

¿Qué partido tomar? ¿Salir y preguntar lo que pasaba fingiéndose ignorante?, no se sentía con fuerzas para ello; ¿permanecer encerrada?, tal, era peor.

Tres o cuatro palmadas formidables dadas a su puerta y la voz destemplada de doña Rogelia que la llamaba, la decidieron. Abrió.

—Lucho ha desaparecido —gritó la señora.

Clara estaba temblando.

¿Lucho? Se habrá ido a la escuela sin avisar a nadie como suele... acertó a decir.

Si estaba bajo llave —dijo aquélla. —Se ha ido con la cocinera.

—¿Con la cocinera?

También ella se ha fugado; se ha llevado su cama y su ropa. Su cuarto está vacío.

¿Pero no estaba bajo llave?

—¿Es que... sabes?, ese candado tenía dos llaves; hace días se perdió una de ellas; la bribona la halló y la ocultó ya con intención.

La inquilina del piso alto, que de codos contra el barandal la escuchaba, creyendo lo mismo que creía doña Rogelia, trató de desorientarla.

—¿Pero, para qué quiere al niño la cocinera, para sirviente?, es muy pequeño. Además, no estamos en Londres, ¿acaso lo ha de tener oculto toda la vida?

—¿Para qué? —respondió la señora— para hacerlo pasar como hijo y entregarlo, por una suma de dinero, al primero que quiera llevarse un criado. Cabalmente hoy es día de tren en Oruro.

—El tren del Valle sale todos los días —observó Clara.

—Pero en él va la gente del vecindario que vuelve luego —arguyó la otra. Cualquiera podría reconocer al chico y darnos aviso. Lo seguro es llevárselo más lejos.

Hablaban en el primer patio y la puerta de calle estaba abierta de par en par. Clara, en aquel momento, vio a Miguel, que parado en la acera de enfrente, las observaba.

Corrió hacia él; el joven cruzó la calle y ambos en el umbral hablaron por lo bajo:

—¿Y?... —preguntó ella ansiosa.

—Sin novedad. Acaban de partir, vengo de la estación. ¿Y aquí, ardió Troya?

—Sí, pero la cocinera ha fugado también anoche y le atribuyen el rapto, dime, ¿el chico no se ha resistido?

—Mientras me ha visto a su lado, muy contento, loco con la idea de viajar, pero a última hora se prendió de mí; no quería ir; se puso a llorar. Lo tranquilicé prometiéndole, jurándole que tú irías en el tren del viernes.

Dominando su enternecimiento, la joven lo invitó a entrar pero él la detuvo.

—Oye —le dijo, no es chanza; tú vas el viernes.

—¿Cómo?

—Tienen tal confianza en mí, que te han aceptado sin conocerte. Te esperan en Oruro.

—Dios mío. Dios mío —murmuró ella. Bendito seas.

Y entraron. Al entrar Miguel murmuró por lo bajo:

—Tú vas con él y yo me quedo a entenderme con el tutor.

—Qué le parece don Miguel, la cocinera me ha robado a Lucho —gritó doña Rogelia al verle.

—Así acaba de decirme Clara —contestó él— y usted cree...

—Que a estas horas se lo llevan en el tren a Oruro, porque el del Valle no sale hoy.

—Pero entonces es necesario telegrafiar a Oruro —dijo el joven.

—Si no tengo a quien.

—Pero yo tengo un amigo muy servidor, y precisamente, es empleado de la estación.

—Qué felicidad, usted que es tan bueno. ¿Le hará usted telegrama?

—Ahora mismo; con las señas del chico.

—De modo que a la llegada del tren... ¿pero será posible en medio de tanta gente?

—Con la ayuda de la autoridad todo es posible. Sin embargo, no está demás dar parte a esta Policía. Hay que ponerse en todos los casos. Que averigüen el paradero de la mujer. ¿Cómo se llama?

—Casimira Gamboa.

Miguel sacó su cartera y apuntó el nombre.

—Bueno —dijo— me voy ahora a hacer el telegrama; en seguida a mi almacén y a las once o antes, si es posible, a la Policía a hacer la diligencia. El Jefe de la sección de Investigaciones es un buen sujeto. Hablaré con él.

Volvió a las once. Todo el mundo, en la casa, salió a su encuentro; hasta la señora de arriba (que estaba ya en el secreto, porque Clara había juzgado necesario confiárselo) rebosando interiormente de alegría, bajó al primer descanso de la escalera.

Di con la pista del chico —gritó Miguel triunfante, desde la puerta, dirigiéndose a doña Rogelia. Un individuo que había llegado esta mañana del puesto, y estaba en la Policía porque traía comunicaciones de esa autoridad, al oír mi denuncia cayó en la cuenta e informó al punto. Casi al llegar a la ciudad, se ha encontrado con un arriero que salía con cargas para el Beni; sobre una de ellas, amarrado, a fin de evitar una caída, iba un niño de cinco o seis años, palidito, de ojos grandes —todas las señas de Lucho. Llevaba un vestidito...

—¿Azul?

—Azul; precisamente... Se fijó en él porque iba llorando.

—¿Llorando?

—Se dejó sonsacar al principio y después le ha pasado —exclamó Casta.

—Robarse a un niño para llevárselo al Beni. A ese lugar mortífero —dijo la señora de arriba.

—Donde se cometen tantos crímenes.

—¿Podrá acaso resistir la navegación?

¿Y qué —dijo Miguel haciendo gala de naturalidad horripilante— si se enferma o muere, lo echan al río?, no faltará un caimán que se encargue de darle sepultura y... asunto concluido.

—¡Qué horror!

La abuela política del pequeño prófugo no pudo oír más.

—Mi don Miguel —exclamó suplicando—, ¿nada se puede hacer?... ¿no será bueno pedir a la Policía un piquete que le dé alcance?

—Mientras la Policía se mueva, señora, tiene tiempo para llegar al puerto. Lo práctico sería montar ahora mismo en un buen caballo, o mejor en una mula y largarse hasta encontrarlo. Lo bueno es que estos tipos salen, es cierto, muy temprano de la ciudad, pero se van a sus querencias a hacer la despedida. Seguro estoy de que se ha puesto en marcha a más de las cuatro y que esta noche duerme al pie de la cuesta de Santa Rita. En un buen caballo, llego yo a prima noche, me lo pillo durmiendo y le arrebato el niño. Felizmente el dueño de la hacienda de Santa Rita es amigo mío y en caso necesario me auxiliaría con su gente. No necesito más que una orden escrita de la Policía y una bestia ensillada.

—La tendrá usted mi don Miguel, la tendrá usted —dijo la señora. —Hijita, ve ahora mismo donde tu tío y si esta vez no nos favorece, no hay para qué pensar más en él en la vida,

—Bueno, si usted me ofrece una bestia ensillada, con seguridad...

—Con toda seguridad. La conseguiré de cualquier parte. ¿A qué hora?

—De tres y media a cuatro. Yo estaré aquí lo más temprano que pueda.

A las tres y media, una mula ensillada esperaba en el patio. Miguel llegó algo más tarde; montó en el animal, se despidió de las señoras con un ademán y se fue a paso largo calle abajo hasta un río; pero en vez de tomar el camino que lleva hacia la cuesta de Santa Rita, cruzó la playa y viajó una hora a lo largo de la vega. Más allá de la aldea del Paso, se encaminó por un sendero que lo llevó hasta una pintoresca limonada. Hacía tiempo que tenía prometida una visita a unos parientes que vivían allí.

Qué sorpresa la de aquellos muchachos al verle aparecer.

Hombre, por fin llegaste. ¿Qué humorada ha sido esta?

Nada, que me prestaron bestia ensillada y quise aprovechar.

¡Qué rico animal!; vale la pena de propinarle un buen pienso.

Y mientras la mulita se regalaba con un montón de alfalfa en flor, Miguel y los muchachos de la casa se encaminaron al Temporal provistos de escopeta y polvorín. Cruzaron sin sentir la falda pedregosa cazando perdices. Después emprendieron la bajada hasta llegar a la casa a hora justa de comer. En el campo se come temprano. Después de la comida se retiraron al corredor de la huerta; Miguel se acomodó en la hamaca mientras uno de sus primos, insigne guitarrista, regalaba a sus oídos con todo un repertorio de aires incaicos primorosamente ejecutados.

Querían que se quedara a dormir, pero se acordó de su almacén y emprendió el regreso.

Al ruido de los herrajes del animal sobre el embaldosado del patio acudieron criadas y señoras, a saber el resultado de la expedición. A la luz del foco del zaguán se apeó penosamente el pobre Miguel, molido, deshecho, salpicado de barro. Bastaba verle la cara para saber que no le había ido bien. En efecto; todo había sido inútil. El bribón del arriero, sin descansar, había viajado toda la mañana de modo que le fue posible emprender la subida de la cuesta antes de las diez.

Pensar en seguir tras él, era una locura.

En medio de su desconsuelo, doña Rogelia no olvidó el deber de agradecer al joven.

—Jamás en mi vida —le dijo— he de olvidar el sacrificio que ha hecho usted por nosotras.

Castita a su vez alzando los ojos al cielo añadió por lo bajo;

—Si es de bueno este joven.

Clara, en tres días tuvo tiempo suficiente para todas sus disposiciones. Entregó sus costuras. Sus pocos muebles fueron trasladados a casa de Pepa que se encargó de venderlos, dándole a cuenta la suma de dinero necesaria para la ropa y útiles de viaje.

Miguel había hecho telegrama dando aviso de la salida de la joven y se recibió contestación en estos términos;

Luis aguarda impaciente a su nurse.

Al fin llega para los desgraciados un día feliz.

El viernes, a las seis, la costurera se encaminó a la estación acompañada de Miguel, de Pepa y dos compañeros.

Tras la primera prevención empezaron las despedidas.

—Adiós. Dichosa tú. No nos olvides.

—Tu dirección así que llegues.

Un amigo se acercó al grupo.

—¿Clara, está usted de viaje?, ¿y a dónde?

—A Oruro.

—No, señor, no es a Oruro.

—¿A dónde?

—A Buenos Aires.
