Cautivo
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

La puerta del vestíbulo entreabierta y todas las demás de par en par... Nadie me ha visto, todos, amos y criados están en el comedor.

La preciosa señorita no toma parte en esos afanes. Si en este instante se presentara, le diría que he venido a ofrecerle mis servicios con motivo de su fiesta... nada más natural, soy su vecina y hasta puedo llamarme su amiguita... pero no, no hay cuidado. Es muy temprano y nadie piensa todavía en el salón. Qué momento más oportuno; si no lo aprovecho, me quedaré sin realizar mi intento. Dicen que las gitanas se roban a los niños y yo ahora hago de gitana... el pequeño en su sitio. A causa de la fiesta metió la jaula, cerró el balcón y lo puso a dormir más temprano que de costumbre.

¡Pobre cautivo! tan quietecito, tan meditabundo, casi siempre está así. —La calle angosta y mi balcón al frente, todos los días, labor en mano, lo observo con cariño y al verle pensativo me pregunto, ¿en qué piensa? Más de una vez he imaginado el trágico momento que decidió por siempre su destino. Libre y feliz vagaba en la espesura cuando cayó sobre él la gorra del pilluelo que le acechaba. Rápido como el rayo, logrando aprisionarle bajo la copa la ajustó contra el suelo con una mano y con la otra levantó la visera y la cogió. El infeliz se defendió a aletazos pero, la mano diestra y dura lo empuñó al fin para arrojarlo luego al interior de la jaula de cañas. Aterrado, jadeante, con el pico entreabierto latiéndole el corazón con tal violencia que parecía salírsele del pecho permaneció aplastado, con las alas abiertas. Así cayó sin duda —así caen todos. Así fue conducido a la ciudad y ofrecido de puerta en puerta como vil mercancía.

Esa mujer despiadada lo compró como quien compra un tiesto de claveles, quería adornar su balcón. Yo desde el mío lo observaba todo. Compadecida de su espanto, lo dejó solo un rato, después volvió; midió la altura, colocó un clavo en la pared exterior, colgó la jaula y se alejó. El pobrecito, tranquilizado, poco a poco contemplaba con ojos azorados los extraños objetos que le rodeaban... entonces ¡ay! empezó su porfía, tenaz, inacabable, desgarradora. ¡Quería salir! Pasó la tarde, amaneció otro día y continuó su afán día tras día. ¡Era para mí tormento de todos los instantes! Prendido a dos barrotes con las patitas, intentaba sacar la cabecita pensando hallar resquicio por donde escapar. A veces, cansado de buscar una salida, se estrellaba violentamente contra las rejas protestando con todas sus fuerzas contra la bárbara crueldad de que era víctima. ¡Todo en vano! Las puertas no se abrían, y al fin vencido, anonadado, se quedó en su sitio. De esto hace ya más de un año.

Su carcelera lo supone contento porque le ve saltar de un lado a otro en la estrecha cavidad a que está reducido. No sabe que esos saltos obedecen al instinto de conservación sin el cual acabaría por entumecerse. Lo considera feliz porque jamás le falta el buen alpiste, la hoja de lechuga, el vaso rebosante de agua cristalina. ¡Ah!, pero todo eso no es lo mismo que lanzarse de pradera en pradera, de floresta en floresta, bañándose en los raudales, solazándose en los setos, picoteando aquí y allí granos y frutas sabrosas.

Esta mañana, bandadas de aves pasaban a lo lejos, saludándola con gritos de felicidad. El prisionero se estremeció — un impulso instintivo agitó sus alas. ¿Iba a lanzarse dichoso tras los frenéticos? ¡Ay!, la experiencia le había probado demasiadas veces que su arranque sería vano. Se quedó inmóvil. Otra vez gritos lejanos, de pronto, olvidando su situación, batió las alas entusiasmado y alzó un canto. ¡Himno que en la hora de los recuerdos se exhala en la nostalgia de la patria ausente!

Más tarde, junto a esos ricos plumajes de algunos pájaros errantes posados en el balcón, las alas estropeadas del prisionero se asemejaban a una túnica de andrajos. Lo contemplaba inmóvil. ¿Estaba haciendo la comparación? ¿Se avergonzaba de su figura?

¿Su dicha está en mis manos? A eso he venido.

Tras muchos días, a veces tras muchos años, llega por fin un momento trascendental en la vida de un condenado.

La tarde, tibia y serena te brinda sus delicias. ¡Huye!

Ya dio con la salida — ¡Qué sorpresa!— la jaula abierta —por fin salió... vacila receloso, asustadizo— teme ser sorprendido.

¡Cobarde! ¡Anímate! Se ha deslizado a pequeños saltos a lo largo del barandal. Despliega las tristes alas, ¡al fin! Se ha posado en el tejado vecino.

¡Adiós! Se fue.

¡Qué mañana tan triste! Desde el momento de despertar he sentido un vacío... El mismo que nos deja una persona amada que se va... ¿Es posible que la ingratitud de una avecita haya podido impresionarme así, tan hondamente? Mejor hubiera sido ignorarlo todo hasta la mañana. Fatal casualidad la que me trajo a esta sala, en busca del abrigo de una de nuestras convidadas cuando se retiraban. ¡Qué sorpresa la mía al hallar la vidriera del balcón abierta y vacía colocada afuera sobre el barandal! No dije a nadie nada —cerré el balcón, despedí a mis amigas, me refugié en mi cuarto y he llorado. ¡Quién lo creyera! ¡Como nunca! Dormí al principio una o dos horas. Las ráfagas del viento y de la lluvia me despertaron y no volví a dormir.

¡Qué noche más eterna! El viento sacudiendo las puertas y ventanas nos llenaba de angustia. ¿Qué será de él a estas horas?, me preguntaba.

Ya sé quién es. La vecina de enfrente. Esa muchacha medio loca, cuyas visitas acepté, por exceso de condescendencia. Una de las sirvientas la vio entrar, creyó que me buscaba con algún motivo. ¿Quién iba a figurarse...? ¡Qué envidia! ¡Qué maldad...!

Anoche dejé la jaula donde estaba, sobre el barandal. Ha caído al piso del balcón con tanto viento. Los vasos rotos... ¿Qué importa? Jaula vacía no quiero verla... que se la obsequien a cualquiera...

Pero, ¿qué cosa es esa que yace entre las rejas? ¡Dios mío! Su cadáver, ¡es él! Rígido, yerto. Qué horror... Pero, ¿cómo se explica? —Si anoche he visto bien, no estaba, los focos de luz de la calle la alumbraban, no me engaño, la jaula estaba... — no puedo equivocarme— vacía... ¿Qué es esto? ¡Ya recuerdo!, volvió...

Me explico plenamente lo que ha pasado. Al emprender la fuga, momento tras momento —rey del espacio recobró sus dominios— voló, voló sin tino, loco, aturdido, bañándose en la luz de los celajes, bebiendo los efluvios de la niebla.

Voló sin rumbo, sin descanso, hasta que al fin, agotadas sus fuerzas vino a parar sin saber cómo al punto de partida. Para el infeliz recluso, apartado toda una vida de sus semejantes, el mundo era un desierto... ¿Qué le esperaba en él?

Ni un nido allá en el bosque o la montaña —ni un amoroso reclamo que lo orientara desde lejos. Anochecía —perdido el hábito de la libertad y con él el valor de bastarse a sí mismo, la inmensidad, oscura y desconocida lo amedrentó— era preciso decidirse, sí, después de tanto afán, era preciso renunciar al vasto imperio del espacio y entrar... pero no entró a esas horas. Daban las diez de la noche, cuando salí al balcón y hallé la jaula abierta y vacía. ¡Quién sabe si en este instante, el pobrecito se acurrucaba en algún rincón del barandado! Sin duda vacilante. La jaula, estaba ahí, en ella al menos no le faltaría el alimento cotidiano y un rinconcito conocido y seguro para pasar la noche... ¿qué le quedaba? acabó por entrar...

Pero a poco, la lluvia cayó a torrentes, la jaula expuesta a la intemperie se sacudía. ¡Infeliz! —habituado al ambiente del salón; no ha podido resistir al frío exterior. El viento lo arrojó al suelo ya moribundo y el soplo del amanecer lo dejó helado. ¡Cárcel y tumba! Esa es la suerte de todas las avecitas enjauladas. Entran vivas, ágiles, graciosas y salen tarde o temprano inanimadas, desechas. Y todo por qué. Por la necia complacencia de tener a la vista un objeto de lujo, adorno de la sala o del balcón. Como si siendo libres y felices, no vinieran por sí solas a visitarnos en el jardín poblándolo de melodías.

¡Qué imbécil fui..!, y qué imbéciles son todos los que se gozan en el martirio de un pequeño ser que nació para volar inquieto de confín a confín y ahora agoniza aprisionado en una estrecha cavidad en que apenas puede moverse. ¡Es un crimen que nunca, nunca volveré a cometer!

¡Hijos del cielo, viajeros del espacio —vivid, gozad! ¡Bajo la cúpula azul del infinito! Cuando mi valle empiece a sonreír en primavera; cuando el estío cubra su suelo de hojas amarillentas; en toda estación, vuestra voz, en que vibra la alegría de la inocencia, encantará mi vida llenándola de poesía—pasad, pasad, y si queréis colgad el nido bajo el alero de mi casa, hacedlo, que nunca más os haré daño
