Cómo miente la historia
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

Transcurría el verano y el cielo siempre azul, hacía creer en un año excepcional; pero al mediar diciembre, repentina y violentamente la estación lluviosa se inició con dos grandes tempestades. En la hacienda de don Patricio Guzmán, el rayo mató a un indio viajero refugiado al pie de un molle. Su cadáver y el de su perro yacían allí detrás de un matorral sin que nadie se hubiera apercibido de ello hasta la tarde. El infeliz desconocido, fue trasladado a la aldea próxima y sepultado al otro día en la mañana. El patrón pagó el entierro. Ese día se repitió la tempestad. Yo no había visto nunca otra igual. Con cada descarga eléctrica nos parecía que el rayo había caído a la casa. Cuando hubo cesado, la señora Guzmán, aterrorizada y contrita, mandó barrer y desempolvar la capilla de la hacienda contigua a la casa. Un San Isidro que, procedente de la iglesia de la capital de provincia había venido a ocupar el nicho de Santa Bárbara, fue depuesto aquella tarde y arrinconado en la sacristía. La santa lavados cara y manos, túnica nueva y con palma y corona volvió a su trono que las criadas adornaron con fresco ramos de rosa. Se notificó a los colonos y colonas de los ranchos más próximos a fin de que viniesen a rezar. Más tarde, un chaparrón estrepitoso que duró hasta la mañana fue el comienzo de un diluvio de diez días con sus noches.

Diez días de reclusión obligada en una casa pintoresca pero incómoda. Invitada a pasar una corta temporada de campo, no llevé labor ni lectura, y en tanto que llovía a todo llover, yo me aburría a todo aburrirme. Los dueños de casa no participaban de mi aburrimiento. El señor Guzmán, ocupado de ordenar datos para un informe o qué se yo, que debía presentar en los primeros días de enero, como presidente de la Junta Municipal de su provincia, se daba apena tiempo para charlar con su mayordomo sobre asuntos urgentes. Su esposa sólo ansiaba verse libre de las menudas atenciones domésticas para sentarse a mi lado, gozosa y ponerse a tejer. Los niños, Anita y Roberto, mataban el tiempo a su manera; el chiquillo burlando a su madre para ir meter los pies en el barro, y su hermana mayor comentando las noticias de los peones que llegaban de abajo y que asubiados en el zaguán aguardaban las órdenes del patrón.

Nuestra reclusión obligada, abrumadora para mí durante el día, era en las noches agradabilísima. El aguacero se había hecho periódico; arreciaba al amanecer y empezaba a calmar de tres a cuatro de la tarde; hora en que don Patricio, a caballo y con capote de goma, bajaba por vereda convertidas en barrizales a inspeccionar el trabajo de lo barbechos. Volvía al anochecer. Tras la comida, el dueño de la casa, incansable jugador de ajedrez, desafiaba a alguno de los presentes; los demás colocaban sus sillas en torno del confortable sofá en que mi amiga y yo tomábamos asiento. Qué bienestar el que se experimenta en la dulce intimidad de una velada de familia; mayor si es en el campo y en noche lluviosa. En esas noches, no se teme la llegada de un visitante inoportuno que venga a interrumpir la conversación honda y sabrosa. Y después de dos o tres partidas, los jugadores abandonaban el tablero y se aproximaban a tomar parte en ella. Entre todos los contertulios, el más agasajado era don Pedro Llanos, arrendatario del molino, persona decente y de buenos modales. Conocía el Beni desde el Chapare hasta el Madera y sabía referir medrosas y extraordinarias aventuras de su vida de montañés. Pero ninguno tan interesante como don Patricio. Yo le conocía o creía conocerle desde su matrimonio con mi amiga Adriana, y nunca había visto en él otra cosa que un caballero bien educado y bien vestido. Muchos años de trato ciudadano no nos revelan el fondo de las personas tanto como unos días de acercamiento en el campo. Cuán distinto de aquel ceremonioso y circunspecto señor Guzmán de la ciudad, resultaba este don Patricio tan sencillamente amable, tan espiritual en la conversación; un poco terco y apasionado a veces, pero siempre simpático.

Su hermano don Simón y el hijo mayor de éste, del mismo nombre, un tanto cohibidos al principio con mi presencia, acabaron por mostrarse conmigo obsequiosos y comunicativos. El que jamás tomaba parte en la conversación era el menor, Germán. Cruzado de brazos en actitud meditabunda, disimulando con sonrisa forzada su invencible ensimismamiento, pasaba días y noches sin pronunciar palabra.

Una noche... eran las diez: la conversación había recaído sucesivamente sobre diversos temas a cual más fantásticos; fuegos fatuos y apariciones de frailes; momias cuajadas de joyas que, según la tradición, duermen aún en las criptas de conventos que ya no existen; enormes tesoros escondidos por los frailes cuando se vieron precisados a dejar el país. Herencias fabulosas que, de un modo inesperado, vienen a sacar de la miseria a familias favorecidas a última hora por el destino.

Escuchaba yo muy entretenida, cuando de pronto Adriana se enderezó en el asiento, y se volvió hacia mí con un gesto que me asustó. Me propuso salir y la acompañé a su dormitorio. Allí tomó asiento y sólo después de unos instantes pudo explicarse.

—Creo que estabas a gusto —me dijo—. Dispensa que te haya hecho venir. Esas conversaciones me dan a los nervios Me indigna verlos eternamente niños, forjándose ilusiones y soñando con tesoros escondidos. A esa manía deben su ruina. Este mi cuñado era el más rico de los Guzmán, porque a más de su patrimonio heredó a una tía soltera que lo había criado; y ahora, pregúntame qué tiene y cómo vive Allá abajo en esa aldea miserable que conoces, hay una casa de altos con su huerta. Es el palmo de terreno que le queda de las dos grandes heredades que fueron suyas; lo mejor y más productivo de toda esta región. Si oyeses contar cómo las ha perdido. Parece un cuento; sus mayordomos se enriquecían y él no lo notaba; los vecinos, avanzando en los linderos, se apropiaban de sus terrenos; le discutían su derecho a las aguas de riego y no se defendía; le suscitaban pleitos y los perdía por dejadez; así, tomando dinero de los bancos, hipotecando tierras, pagando intereses penales, llegó a verse en la miseria... ¿y qué le importa? Conversa con agrado, fuma cigarrillos y espera tranquilamente los millones de que le han de llover del cielo, sin que le importe un pito la situación de sus hijos. Es viudo; sus hijas eran dos. Infelices. Una murió el año pasado y otra, más infeliz, está casada; muy mal casada. Han quedado sólo los tres: Germán trabaja y de eso vive. Pobre muchacho, me parte al alma. ¿No lo ves tan melancólico? Ahora ha resuelto dejar el país, irse lejos, para no volver...

—¿Sabes lo que me pone fuera de mí? Es el temor de que mis hijos hereden esa manía de soñar con grandezas imposibles; porque es herencia. El padre de ellos... (no lo he conocido, pero me cuentan) era un minero incorregible. A las minas debió su fortuna y en las minas la perdió; no toda felizmente. Si hubiera vivido más, la pierde toda.

Ya más calmada, había tomado su labor y conversábamos de cosas más agradables cuando vino la criada a preguntarnos si nos serviría allí mismo el té o pasaríamos a la sala. Estaba aquella noche de visita don Nicolás Rojas, hacendado de las cercanías. El y su señora eran padrinos de Anita. Adriana juzgó prudente volver a la sala. En el campo, más que en la ciudad, los compadres se guardan recíprocas consideraciones.

Cuando entramos, Anita, muy despierta, escuchaba atenta discusión que su padre mantenía con don Nicolás.

—¿Es decir que usted niega la existencia de venados en la cordillera de Tunari? —preguntaba Guzmán.

—Eso, lo puede negar usted, que nunca los ha visto —contestó el interpelado. Lo que me resisto a creer es que uno de esos Individuos haya visitado su huerta. Eso es un cuento.

Señor compadre —exclamó don Patricio. No soy el que ha inventado ese cuento. Quien vio el venado fue don Agustín Prado— ¿Le cree usted capaz de inventar un cuento?

Oh, no: don Agustín es persona muy seria, pero eso no quita que alguna vez haya tenido la humorada de divertirse con la credulidad de ustedes.

—Pues yo quiero probarle a usted que no se ha burlado de nosotros insistió Guzmán cada vez más picado—. Don Agustín está en La Paz. Qué cosa más sencilla que escribirle diciéndole, claro, que se trata de una apuesta y que nos diga si verdaderamente vio un venado en esta huerta.

—¡Oh!, no vale la pena.

—Vale la pena y tanto, que ahora hemos de apostar. Si está usted seguro de lo que dice, no tiene por qué excusarse...

Yo no me excuso. No. Apostemos, por la suma que usted quiera.

—Por suma de dinero no; eso sería impropio entre compadres. Apostemos por ejemplo... por ejemplo...

Todos sonreíamos.

—Apostemos un día de campo —concluyó.

—Muy bien, muy bien —dijeron todos.

—Pero no un día de campo a la criolla —añadió—. Un banquete. Un verdadero banquete: como los que se dan en el mejor hotel.

Se sentaron las bases de la apuesta. Guzmán escribiría; don Agustín. Conocida la respuesta por los dos, el que resultara perdedor tendría una semana de plazo para preparar la fiesta. Adriana, interviniendo en los acuerdos, hizo notar los inconvenientes de una comida que siempre acaba tarde. Incluso podría llover, en cuyo caso, asistiendo señoras y niños, la retirada resultaría desastrosa. Se convino en preferir un almuerzo.

Aquella noche, mientras dormíamos, se operaba en el paisaje un grandioso y sorprendente cambio de decoración Un viento del sudoeste, soplando de firme, había tenido el poder de arrastrar íntegro el toldo que oscureció valles y cumbres durante diez días. Los nubarrones habían huido hasta perderse al otro lado de la cordillera. Desperté tarde A las ocho, cuando abrí mi ventana, un sol espléndido llenaba el espacio.

A eso de las once, el terreno de los alrededores de la casa convidaba a pasear, pero mi amiga y yo nos dirigimos antes a la huerta. Las gotas temblorosas que la lluvia había dejado sobre el follaje, resplandecían, apagándose luego evaporadas unas tras de otras.

Cuando volvimos a la casa, don Patricio llegaba a pie, acompañando a un extranjero. Le condujo a su cuarto, y a poco vino a advertir a su esposa que aquel señor debía almorzar con nosotros. Adriana puso a las criadas en movimiento. Se cambiaron mantel y servilletas y cuando todo estuvo preparado, mi amiga llamó a sus hijos.

—Oye, Roberto —dijo al chiquillo. Ese señor que ha de almorzar con nosotros, está acostumbrado a la buena educación de los niños de otros países; tú eres muy hablador; no quieres entender que, cuando hablan los mayores, a los niños no les toca más que escuchar. ¿Me has entendido? —Tú Anita —dijo a la niña— tienes la mala costumbre de levantarte de la mesa con cualquier pretexto; ese es un acto de mala crianza imperdonable. Si necesitas algo, pídeselo a la criada o espera. Pero no dejes tu asiento. Hecha esta recomendación hizo decir a su marido que el almuerzo estaba listo. Éste condujo al forastero a la sala, donde estábamos, nos lo presentó y pasamos al comedor.

En los primeros momentos, el almuerzo fue silencioso. La dificultad de expresarse en castellano, mantenía mudo al extranjero, pero la sagacidad del dueño de casa lo animó a hablar y nos hizo, al fin, aunque a duras penas, la relación de su viaje. Era un arqueólogo que, auxiliado por el Gobierno, había venido a estudiar las ruinas de Incallacta, ciudad fortifi cada desde la cual el inca Túpac Yupanqui, pacificó a los chancas que mantenían guerras entre sí. No se resignaba a volver a La Paz sin realizar una ascensión al Tunari, para lo cual el señor Guzmán le ofrecía un guía. Poco a poco la conversación se hizo general. Casi al final del almuerzo, se habló de agricultura y don Patricio ridiculizó con donaire a los agricultores.

—Si no llueve —dijo—, sube el precio de los productos porque las sementeras se han secado; si llueve, sube igualmente porque se han podrido y lo curioso es que de año en año, se hacen más exigentes con el cielo.

En este punto de la conversación noté que Anita, desoyendo las recomendaciones de su madre, dejaba el asiento y salía al patio; un patio pequeño al cual caía la puerta de la huerta.

Quince minutos pasarían a lo más, cuando la niña presentóse a la carrera, sofocada:

—Un animal. Una cabra grande; con astas... como ramas secas.

—¡El venado! —gritó don Patricio.

Todo el mundo, de un salto, había dejado su asiento. El señor Guzmán cogiendo a su hija de un brazo, le preguntaba apresurado.

—¿Dónde, dónde?

Ella, aturdida, respondió al fin.

—Bajo los olivos.

El primer impulso de todos los circunstantes había sido lanzarse a la huerta, pero el dueño de casa pudo evitarlo afortunadamente.

—¡Nadie entra; nadie! —gritó. Cierren la puerta. ¡Ese pongo! Indio bruto que no entiende, ¿dónde está el hortelano?

—Felizmente aquí...

—Hagan callar a ese perro —gritó el patrón. Entretanto se organizó la maniobra. Saliendo todos de la casa se dividieron en dos grupos que, pegados a las paredes laterales de la huerta, avanzaron rápidamente pero en silencio hacia el cerro, hasta unirse detrás de la pared del fondo, formando allí cordón a fin de evitar la huida del animal.

Hecho esto, don Patricio, Germán y el extranjero, armados de Winchester, penetraron cautelosamente en la huerta cerrando la puerta tras sí. No solamente los caballeros, entre ellos Roberto —toda la servidumbre: pongos, hortelano, hasta las criadas, habían tomado parte en la partida de caza. Adriana y yo, en la sala, de pie esperábamos suspensa el resultado...

En esto, vi a Anita que vagaba silenciosa en los rincones del comedor.

—La mosca muerta pasó a la sala, y aproximándose a su madre, cariacontecida dijo tímidamente:

—Mamá, yo no he visto el venado.

—¿No lo has visto?, cómo, el hortelano entonces...

—Tampoco. Nadie. No me acordaba de la fecha, pero al oír que hoy es 28 de diciembre. Día de los Inocentes, quise hacerles...

—¡Inocente! —exclamó la madre, y confundida se llevó las manos a la cabeza. ¡Qué barbaridad!

—Pero... yo te he visto... que no podías hablar —dije a la niña.

—Es que me fui de un tirón hasta los olivos, y desde allí, para llegar cansada, volví a toda carrera —contestó.

—¿Has visto cosa igual? —exclamó Adriana—, y luego increpó: ¿Qué has hecho mentecata? ¿Te figuras que tu padre es un muñeco para burlarse así de él? Se volvió a mí: — ¿Crees, me dijo, que Patricio ha de festejar el chiste de esta... necia? Te aseguro que no se lo perdona en toda la vida.

Y con razón —repuse—. A nadie le gusta verse en ridículo. Pero ella no creyó que la broma tuviese efecto tan colosal.

Y al decirlo casi, casi suelta la risa.

No, no es broma —afirmó la madre. —Te digo que para mí es un conflicto; un verdadero conflicto. Oye —dijo a la chica—. Ya que has hecho esta barbaridad, no hay otro remedio: tienes que seguir afirmando hoy y siempre, hasta el día de tu muerte, tienes que afirmar que has visto al venado. No hay otro remedio. Es una mentira que no daña a nadie y que te libra del enojo de tu padre. Luego, volviéndose—, me dijo suplicante:

—Por Dios, que esto quede entre las tres.

—Por mi parte —dije— te prometo no decirlo nunca.

Con este acuerdo, madre e hija se tranquilizaron.

En aquel momento se oyó a lo lejos ruido de voces. Nos miramos. La partida duró hasta las dos. El primero en llegar fue el señor Guzmán. Fatigado, sudoroso, tomó asiento en la sala, y mientras se enjugaba la cara con el pañuelo, no podía disimular su contrariedad.

—Tenía que ser así —dijo. Con el alboroto infernal que se produjo en ese momento. Y luego ese perro... Claro que el animal oyó los ladridos, y... pies para que os quiero.

Tras él fueron llegando los demás. Todos se hallaban acordes en suponer que el venado había huido antes de que llegaran a hacer cordón. El pongo que iba por delante aseguraba haberlo visto huir hacia el cerro, veloz como un pájaro, salvando matorrales y pedrones.

Cerca de la hora de comer, don Patricio recobró su buen humor.

—Ahora quiero verle la cara al compadre —dijo saboreando su triunfo. Entró en su cuarto; escribió una carta de dos renglones; la cerró en un sobre, y la envió a su destino recomendando al portador que no dijera una palabra de lo ocurrido en el día.

Le pido que venga esta noche —nos dijo—, que se trata de un asunto urgente.

Acabábamos de comer cuando llegó don Nicolás. Llamaron a su ahijada, la oyó y quedó mudo. Algunos de los presentes pidieron a la niña más detalles:

—Dime, ¿la cabra era del tamaño de un ternero?

—Sí, pero más delgada.

—¿Y las astas?

—Enormes; como ramas secas.

—¿Y cuando te vio, no huyó?

—No me vio. Estaba distraída comiendo yerba.

—¿Y a qué fuiste a ese lugar?

—A recoger margaritas.

—¿Y al ver al animal, qué hiciste?

—Me alejé despacio y luego corrí a avisar.

El compadre Rojas se rindió a la evidencia. El hecho era tal que no había vuelta que darle.

El tres de enero comuniqué a mi amiga mi resolución de volver a la ciudad. Había pasado el Año Nuevo lejos de los míos y quería pasar en casa el Día de Reyes.

—No, no —me dijo. Tú no te vas. Qué ocurrencia. ¿Y el compromiso? Si eres la primera invitada de don Nicolás. La fiesta es el domingo. Te irás el lunes.

¿Es decir que se realiza el almuerzo? —pregunté.

—Claro —dijo— yo voy ahora a casa de ellos y a dejar a la comadre la lista de las provisiones que debe pedir a la ciudad.

La miré intensamente y murmuré fingiendo seriedad: — ¡Qué mala conciencia!

No creas —replicó festiva—. Mira: don Nicolás... no te diré que es más rico que nosotros, porque nosotros no somos ricos. Él es muy rico, quizá el más rico de los hacendados de este valle. Tres o cuatro veces al año se halla convidado a nuestras fiestas de familia, y entretanto, nosotros, jamás hemos bebido un vaso de agua en su casa. ¿No te parece justo que alguna vez se encargue él de los gastos y molestias?

El domingo, antes de las seis, se fue Adriana a casa de sus compadres, donde había mucho que hacer. Más tarde fui con los niños en un cochecito y don Patricio con sus tres parientes y don Pedro Llanos, todos a caballo.

Tras una hora de conversación insulsa y fastidiosa en una pobre sala donde nos recibieron don Nicolás y su mujer, vino una ronda de copas de curazao. Había gente en la sala, parientes y allegados de la familia Rojas. Por fin, casi a la una nos condujeron al comedor.

Su magnificencia me deslumbró. El comedor elegido para el almuerzo en casa de los esposos Rojas, no tenía más techumbre que la bóveda celeste, ni más artesonado que el ramaje de dos filas de naranjeros que entrelazaban sus copas a gran altura. En las tres mesas, dos largas contiguas y una pequeña algo apartada, la vajilla era pobre y abigarrada, y la mantelería dejaba que desear (esto lo vi después), pero la lumbre de oro de un sol de mediodía rompiéndose en mil pedazos a través del follaje, proyectaba sobre ella tan primorosos, tan fantásticos encajes de luz y sombra, que el bosquecillo cercado de jazmín y madreselva, apareció en su conjunto a mis ojos y a los ojos de todos, como visión de encanto preparada por las hadas.

La exultante sorpresa influyó en los convidados, que se mostraron súbitamente alegres y locuaces al ocupar las mesas. Se empeñaban en conducirnos a la primera mesa presidida por el dueño de casa, pero Adriana y yo declaramos abiertamente que preferíamos la segunda, ocupada por gente joven de trato más ameno.

Comenzaba el almuerzo cuando vinieron a avisar que había llegado una visita. Don Nicolás corrió a la sala y volvió a poco acompañado de un individuo gordazo que avanzó risueño y saludó a la concurrencia sombrero en mano.

—Señores, ustedes se divertían sin acordarse de mí, pero aquí estoy; más vale llegar a tiempo que ser convidado.

Fue saludado con aclamaciones.

—Oh don Trifón, qué buen olfato —dijo uno— saboreando el primer bocado de una exquisita mayonesa de pollo.

—Nos cae usted como pedrada en ojo de boticario.

—Véngase aquí.

—Aquí.

—Aquí,

El recién llegado se negaba a tomar asiento,

—Díganme ustedes primero qué pasa aquí, porfiaba. A qué se debe este aparato, aquí hay gato encerrado. De seguro que alguno celebra hoy su natalicio. Quiero saber quién es el del día para darle un abrazo.

—El del día es aquél —me dijo Adriana por lo bajo. Y con un guiño me indicó a alguien que estaba detrás de mí. Me volví. Estaban solos Germán y una muchacha morena de ojos muy lindos.

—¿Quién es ella? —pregunté.

—La hija de don Nicolás —contestó Adriana en voz baja. Luego inclinándose, en voz más baja: —Se quieren desde niños —agregó—, pero el compadre no quiere oír el nombre de Germán; claro, es pobre. Ella nunca hizo caso de la oposición de su padre. Para evitar entrevistas clandestinas la han tenido en la ciudad, más de un año encerrada en las Hijas de María. De esta separación se valieron ciertas personas interesadas en ponerlos mal. A ella le llenaron la cabeza de chismes contra él y a él le contaron mil cosas de ella.

Consiguieron un rompimiento definitivo... y mira qué feliz casualidad: ella se puso anémica y la madre logró volverla al campo, hace pocos días precisamente, en momentos en que se produce la apuesta y con ella la ocasión extraordinaria de que el muchacho venga invitado a la casa. Pero él no quería venir. Me vi en el caso de hablar con ella y conseguir que le escribiera una cartita en la que le decía simplemente: Venga usted, necesito que hablemos por última vez. Y aun, me ha costado trabajo persuadirlo. Es muy orgulloso.

Pero en aquel momento, por su actitud, la orgullosa parecía ella. La explicación era vehemente. Embargados por la emoción hablaban como si se hallasen solos.

Don Trifón insistía en pedir que le dijeran el motivo de aquel festín, y tuvieron que referirle la apuesta y su resultado. El gordinflón lanzó una carcajada digna de sus pulmones, y dando golpecitos en el hombro de Rojas, que se hallaba a su lado de él con aire de persona perspicaz.

—Amigo mío, no hay tales venados en nuestras huertas. Lo han embaucado a usted.

Entonces don Patricio, de pie, con gesto olímpico, llamo a su niña voces.

A ver Anita. Que venga esa chiquilla a convertir a este otro incrédulo.

La niña al oírlo pensó en escabullirse hacia un rincón de la huerta, pero la vieron y la obligaron a acudir. Remoloneando se presentó y refirió, por vigésima vez, su encuentro imaginario con la cabra grande, con astas como ramas secas. El bueno de don Trifón quedó a su vez convencido, y se hicieron en seguida grandes comentarios acerca del hecho.

Miré a mi amiga con intención y murmuré para ella sola, en tono filosófico.

—Cómo miente la historia.

—Bendita mentira —murmuró ella en el mismo tono y otra vez con un guiño: Germán y su interlocutora habían cambiado de actitud y de expresión.

—Mira; han hecho las paces —me invitó a ver lo que pasaba detrás de mí. Lo decía yo. Fíjate. Ambos están en el quinto cielo de la dicha. ¿Sin esta explicación, qué hubiera sido de ambos? Él se hubiera marchado, como pensaba, quién sabe a dónde para no volver; esto es, si loco de despecho no comete algo peor; ella, tarde o temprano hubiera llegado a casarse con uno de estos caballerotes de pueblo.

Y hubiera sido muy desgraciada porque es inteligente y tiene alma. Ahora han aprendido a no desconfiar el uno del otro y son felices. La oposición de su padre... al fin la vencerán; y todo gracias a esta entrevista. Ya ves, la mentira de Anita ha dado por resultado un desenlace feliz.

—Bendita mentira —repetí yo.

En aquel momento don Nicolás, de pie copa en mano, habló en voz alta a todos sus convidados.

—Señores. Una copa general por el famoso venado que me proporciona el gusto de almorzar hoy con todos mis amigos.

—¡Viva el venado! —exclamó don Trifón.

Y bebimos la copa general.
