Corazón de mujer
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

Eran las seis de la tarde cuando una señora joven y un caballero que se habían divisado desde lejos, se detuvieron en una esquina para cruzar, sin saludarse, algunas frases a media voz.

¿Hallaste al doctor?

—Sí: la ley la favorece a ella. Muerto el marido, es la tutora natural del niño; sin embargo, probándole malos tratos, se le puede obligar... pero nos aconseja que intentemos primero los medios amistosos...

—¿Y no le has dicho que lo hemos intentado ya? —exclamó la joven con viveza. ¿Crees que esa hiena suelte su presa voluntariamente? ¿No le has dicho que lo quiere a su lado para martirizarle?, porque le odia por ser el hijo de la primera mujer, linda y joven, mientras que ella...

—Bueno, veremos lo que se hace.

—Sí. Déjame obrar. Acabo de adquirir los datos que necesitaba, he hablado con un artesano vecino de enfrente. La casa es aquella pintada de azul (y señaló con los ojos). En el piso alto vive un abogado que esta mañana se ha marchado al campo; ella ocupa el bajo.

—Es preciso que esto acabe —repuso ella reprimiendo su indignación. Afortunadamente nadie nos conoce. Aguárdame aquí. Es necesario obrar antes de que se aperciba de nuestra llegada.

Dicho esto, la señora se encaminó hacia la casa pintada de azul. A la puerta, un mocetón emponchado, forastero por su traza, y que parecía esperar a alguien, salió a su encuentro sin decir palabra. Ella se detuvo y le habló a media voz:

—Todavía no —murmuró— vete a la esquina y aguarda allí junto al patrón, que ya vuelvo.

Y penetró en la casa consabida.

Avanzaba cautelosamente, figurándose ya descubrir en algún rincón del patio al diminuto personaje que buscaba, cuando de pronto, al volverse, vio una mujer sentada en un sillón, que con las rodillas abrigadas permanecía quieta.

Vestía de luto. Al fijarse en este detalle, la forastera se sobresaltó y una emoción repentina ahogó su respiración. La había reconocido por las señas.

Pero se hallaba resuelta a todo. Venciendo su turbación se encaminó hacia ella.

—¿Y el doctor? —preguntó con acento tembloroso, tras ligera inclinación de cabeza.

—No le daré razón —gruñó la interpelada.

La forastera avanzó algunos pasos y se miraron cara a cara. Aquella odiosa mujer tenía la cabeza envuelta en oscuro pañuelo de seda, lo que le hacía parecer más vieja. La joven, dominando su repugnancia adoptó un tono más comedido para repetir su pregunta,

—Dispense, mi señora; ¿su vecino el doctor, habrá salido?

—No le daré razón —volvió a decir la viuda con un gruñido; la joven fingió contrariedad y desconcierto. Examinó una vez más con la mirada los corredores del piso alto y pidió permiso para esperarle.

—Aguarde usted si le parece —dijo la vieja secamente, señalando un asiento y sin moverse del suyo.

La joven entró en el cuarto y lo ocupó tímidamente. Lo adornaban unos cuantos sillones muy usados y una alfombra descolorida. De repente sus ojos percibieron un objeto tirado en el suelo, al pie de la silla que ocupaba aquella mujer; un objeto que la forastera empezó a mirar como fascinada: una corneta de latón.

¿Sería suya? Aquella mujer despiadada, ¿tendría alguna vez un rasgo de condescendencia con la infeliz criatura?

La viuda entretanto lanzaba sobre ella miradas indagadoras. —Usted ha venido a su pueblo a reclamar... —díjole de pronto con voz penetrante.

La joven se estremeció.

—Una herencia —se apresuró a decir,

—¡Esto es!, una herencia —apoyó la vieja irónicamente. No sé qué cosas curiosas me ha contado mi vecino el doctor del pleito de usted,

Y no cesaba de observarla.

—¿Tiene usted muchos parientes?

—No tengo a nadie —afirmó ella.

—¿No es usted casada?

Soy soltera, iba a decir, pero temió que su aspecto la desmintiera y respondió maquinalmente;

—Soy viuda.

—¡Viuda! ¡Ay!, ¡como yo! Suspiró la vieja. ¿No es verdad, señora, que no hay cosa más triste que verse sola en el mundo?

Y su voz, naturalmente dura, se dulcificó al lanzar ese lamento.

La forastera trató de cortar aquí el interrogatorio que la turbaba y preguntó a su vez, por decir algo.

—¿Está usted enferma?

—Del corazón.

Sin poder contenerse, la joven lanzó sobre ella una mirada de odio recóndito. "¿Tienen las hienas corazón?", pensó.

Un silencio embarazoso y prolongado se siguió a esto. La joven, cuyo objeto al penetrar en la casa era indagar, empezó a pensar que perdía el tiempo y que lo mejor era aguardar al niño en la pulpería de la esquina.

El rumor de un tropel de personas que pasaban por la calle interrumpió su pensamiento y de repente rompió a tocar una banda de música. Casi al mismo tiempo se oyó el ruido estrepitoso de unos zapatitos que golpeaban a la carrera las baldosas del patio y dos pequeños bultos cruzaron hacia la calle, rápidos como flechas.

—¡Julio! —gritó la viuda con un vozarrón de trueno.

Petrificado por el terror, uno de los dos fugitivos se detuvo en mitad de su carrera. Era un chiquillo descalzo, blanco y rubio, pero estaba tan sucio y desgreñado qué apenas podía uno formarse idea de su fisonomía.

—¡Antecristo! —gritó la vieja, anonadándolo con miradas feroces; eres el primero en alborotar, ¿dónde está Julio? ¡Vaya usted y tráigale por la fuerza ahora mismo!

La desconocida, testigo mudo de esta escena, vio luego con suprema emoción aparecer al otro delincuente.

Sin sombrero, el cabello y la ropa en desorden, pugnando por librarse del conductor que le traía a empellones, rubio, sonrosado, hermoso como un serafín, apareció el hijo de Julia. Sí, era él; el mismo aire arrogante, la misma cabeza, los mismos ojos claros y serenos.

Su corazón latió con violencia. Tuvo impulsos de precipitarse hacia él, cogerle en brazos, insultar a la vieja y huir... pero el diablillo traía tal aire que, sin quererlo, se quedó quieta.

Aquella mujer logró sujetarlo por la ropa y atrayéndolo hacia sí con fuerza lo oprimió entre sus brazos; él, siempre forcejeando por escapar, pateaba con impaciencia gritando:

—¡Quiero ir tras los soldados!

La viuda, al ver que aquella cliente del doctor, cautivada sin duda por la hermosura del niño, lo devoraba con los ojos, se empeñó en que la saludara; pero el pequeño insolente se negó a ello encogiéndose de hombros.

—Eres un malcriado: ¿qué va a pensar de ti? También ella tiene niños y precisamente uno de tu edad que se llama como tú Juliecito, pero muy bien educado; no se parece a ti. ¿No es verdad señora?

La forastera aturdida, no sabía qué pensar de lo que oía. ¿Sabía aquella mujer lo que decía? ¿Era casualidad, ironía?

Como el niño insistiese en su porfía, la enferma, haciendo un esfuerzo, lo colocó sobre sus rodillas y cogiendo con ambas manos su hermosa cabeza, lo obligó a escuchar.

—¿No te he dicho que allá en la esquina te aguardan unos hombres para robarte?

El chiquitín respondió con un gesto de incredulidad.

—¿No es verdad señora que usted los ha dejado ahí, apostados aguardando?

La forastera sobresaltada no sabía explicarse lo que oía.

El pequeño mostró los puños con aire fanfarrón exclamando: — ¿Y yo?

—¿Tú? —dijo la señora—, tú eres un muñeco. Por más que te defiendas, te agarran, te tapan la boca, te meten debajo del poncho y te llevan lejos, muy lejos... yo me quedo desesperada... ¡corro!, corro tras de ti, no te encuentro y me muero.

El chiquillo gimió con un gesto que quería decir: "¡si prosigues me echo a llorar!".

—Entonces no vayas a la calle.

Esta vez se quedó convencido, pero en cambio exigió que el otro chico, hijo de la cocinera, fuese a comprarles rosquetes.

—Mucho he sufrido señora —continuó. ¡Si yo le contara mi vida! Mi esposo fue un calavera, pero se lo aseguro, sólo por esta criatura siento haber perdido mi fortuna. Quisiera para éste todos los tesoros del mundo.

Como si comprendiera a su protectora, el niño reclinó su cabeza contra su pecho con dulce abandono. Ella aplicó los labios a los sedosos rizos.

Sorpresa, enternecimiento, ansia de prorrumpir en un sollozo, todo eso sentía la forastera que disimulaba ya apenas.

—¿Por qué quieren quitármelo? —continuó la viuda—, ¿no es una crueldad? Esa mujer tiene familia, hijos, esposo, hermano; yo no tengo más que a él en el mundo.

Y al ver que tenaces y abundantes lágrimas empañaban los ojos de aquella extraña, dio rienda suelta a su ternura, y continuó, casi sollozando.

—Si eso llegara a suceder, no sé qué sería de mí, me volvería loca, no me resignaría. Iría tras él hasta el fin del mundo; les pediría de rodillas que me admitieran en calidad de criada, a fin de no separarme de él. La forastera no pudo más.

—¡Eso no sucederá! —exclamó, poniéndose de pie y tendiéndole la mano. — Señora, le juro que no sucederá.

Ante aquel arranque, la viuda la miró sorprendida.

—Soy de este pueblo y conozco a esa familia —dijo la joven llorando de ternura—, yo hablaré con ellos.

Faltó poco para que la pobre enferma le besara las manos.

—¡Ah señora, señora! —exclamó; si hiciera usted eso, ¡cuán grande y cuán eterna sería mi gratitud!

—Dentro de dos días recibirá usted de parte de ellos, una carta que la tranquilizará por completo.

Cansado de saborear su golosina, el niño había quedado dormido. La joven depositó sobre su frente un prolongado y amoroso beso mezclado de lágrimas y salió en silencio.

Estaba anocheciendo. Cuando el marido, escondido en la sombra del zaguán, la vio salir enjugándose los ojos, se apresuró a consolarla.

—¿Para qué desesperar? —le dijo—, si hoy no se puede, mañana...

—Ni mañana ni nunca —dijo ella. ¡Ay Antonio!, ¡qué malo es juzgar sin haber visto de cerca!; esa mujer se quedará con el niño, porque lo quiere más que nosotros.

—¡Corazón de mujer!, tu piedad infinita por los niños será siempre...

—Ángel mío, te dejo en paz; estás en brazos de una segunda madre.
