Días aciagos
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

I

Carmen es una joven que, gracias a la bondad de su carácter y a su sensatez y buen juicio, goza del aprecio de muchísimas personas que cultivan su amistad con verdadero cariño. A sus prendas morales se agrega una rara habilidad y gusto exquisitos para los bordados y demás trabajos, femeninos; circunstancias todas que la hacen, más que a ninguna, víctima de las cuelgas.

Quizá el lector no conoce aún el significado de esta palabra, pero estoy seguro de que ya siente su peso.

En los tiempos de la mamá de Carmencita la costumbre de las cuelgas apenas existía. Si se tenía en cuenta un cumpleaños era para festejarlo con arroz y gallo muerto, lo cual ponía en conflicto, cuando más, a la familia del agraciado. Ahora, el conflicto se extiende a todos sus parientes, amigos y aun conocidos.

Ella se acuerda todavía que, en el santo de la abuelita, que era como se comprende la persona más caracterizada de la familia, no había más afán que hacer compras por dos reales de la tienda de la esquina, un choco o un corderito de pastilla (si no se tenía alguno guardado desde algún monjío) y parándolos sobre un platillo de cristal, se le rodeaba graciosamente de mixtura de albahaca, arrayán y clavel deshojados y la criada lo llevaba con el consabido recado:

—Que es a mi mamá, que los cumpla muy felices y que viva muchos años para nuestro consuelo. Que más tarde he de ir a darle un abrazo.

Y por supuesto, que el platillo de cristal era devuelto.

Ahora, no se sale del apuro tan fácilmente.

En un día malhadado se le ocurrió a Carmen fabricar una bonita cartera de forma suave e ingeniosa para obsequiársela en su santo a una amiga de su preferencia. La amiga que agradeció de veras el regalo, y que no tenía la habilidad de Carmen, queriendo corresponder a él con otro que valiese la pena, se echó a buscarlo por el comercio. Una pariente rica de Carmen vio la cartera, y se mostró de propósito tan prendada de aquel dije, que ésta no tuvo menos que entender la indirecta. Aguardó a que llegara el cumpleaños de aquella señora y le envió una cartera igual. Entonces, la pariente aguardó a su vez a que llegara el cumpleaños de Carmen y quiso aprovechar la ocasión enviándole un regalo de bastante valor, como que iba de pariente rica a pariente pobre. Carmen, picada en su amor propio, se empeñó en corresponder a él, en la próxima ocasión, con otro igual o de mayor valor. Cosa parecida le ocurrió a Carmen con otros parientes y amigos de ambos sexos; de manera que en ese tiroteo de regalos, la cosa fue tomando tal incremento, que hoy pesa sobre ella como una verdadera calamidad.

¡Si a lo menos algunas veces Carmen pudiera desentenderse como hacen otras! Pero no: no está en su genio, como ella dice. Primero perdería la mitad de su vida que faltar a uno de estos compromisos.

A veces le ha acontecido olvidar una fecha y recordarla sólo después de varios días. No importa: aunque sean pasadas dos semanas, ella no se excusa de enmendar el olvido. Y a fin de que estos olvidos, que son su tormento, no se repitan, ha recurrido al auxilio de un libro de memorias en el que tiene apuntados sus compromisos por meses.

Enero

3 Justina

18 Doña Petita

30 La tía Martina.

Febrero

2 Candelaria P. y Candelaria Y.

8 Don Pancho

21 Mi ahijada

29 El chico de Marica, etc.

En los meses que no le traen más de tres o cuatro cuelgas, Carmen respira, está más jovial y conversadora y hasta gana en carnes; pero hay otros tan recargados para ella, que no hace más que salir de un apuro para entrar en otro.

En tiempos más felices ella tenía una conversación amena y agradable; así lo recuerdan sus amigas, pero ahora no atina a hablarles de otra cosa que de su constante preocupación:

—¿Qué me aconsejas que le obsequie a Conchita?

O bien; — ¡Por Dios!, ayúdame a idear, ¿qué debo mandarle a don Protacio, en su santo que ya se acerca?

Una vez que cayó enferma, hizo sus disposiciones depositando en una amiga de su confianza el encargo de cumplir por ella oportunamente con los cumpleaños. Sólo así, declinando en otra persona su responsabilidad, pudo la pobre echarse a morir tranquilamente.

No sé por qué se acusa al país de monotonía y falta de actividad; por lo que toca a Carmencita, con las cuelgas y misas de difuntos a cuya invitación no falta nunca, tiene su tiempo tan bien distribuido, que si no se viese obligada a trabajar para atender a su subsistencia y a la de su padre anciano, apenas le quedaría tiempo para descansar de las fatigas que le acarrean sus compromisos. De lo cual, el lector debe inferir que ahora no tiene una hora de reposo.

Verdad es que el 16 de julio, que es su día, estas fatigas son recompensadas con un sinnúmero de demostraciones afectuosas y multitud de objetos elegantes que cubren las mesas de la sala, entre los cuales a veces no hay uno solo que no le sea superfluo; en tanto, ella se ve con frecuencia obligada a comprar, para enviarlos de obsequio, muchos de que carece y que le serían de suma utilidad.

Porque, como es fácil comprender, al fin y al cabo se ha cansado de abastecer a sus compromisos con sus propios trabajos, y ha tenido que recurrir, como todas, a las tiendas de comercio, y aun a los mismos obsequios que le han hecho.

El último 16 de julio ocurrió a Carmen una ocurrencia digna de contarse. Recibía a los amigos y amigas que habían acudido a saludarla, cuando supo por casualidad que al mismo tiempo que ella, cumplía años una vecina suya.

—Apenas nos conocemos, dijo, pero me ha enviado su salutación y nada más natural que se la corresponda.

Y pasando a la pieza contigua, sobre cuyas mesas se iban acumulando los obsequios que le llegaban, eligió uno de ellos, el que le pareció más apropiado al caso, y al cual no tuvo que quitarle la tarjeta, porque, o no la tenía, o se le había caído, y se lo envió a la vecina con un recado muy comedido.

El ordenar el desbarajuste de la casa después de un cumpleaños no es cosa sencilla para Carmencita. Dos días después se hallaba con su criada enumerando, clasificando y distribuyendo a sus respectivos propietarios la multitud de dulceras, bandejas y floreros que se habían quedado en sus mesas. Por haber sido cambiados los ramos que sostenían y con ellos las tarjetas, se ignoraba la procedencia de muchos de estos últimos, averiguación en que su sirvienta tenía ya empleados dos días.

—¿No has recogido, dijo a ésta, del poder de la señora de enfrente, esa bandejita de plaqué en que le llevaste el pescado de almendra? Anda y pídesela, que hay que averiguar cuya es.

¿La bandejita? —contestó la vecina, algo cortada, a la criada que fue a reclamársela —dí, hijita a tu señora, que no se la devolví porque... es la mía.

En medio de la confusión de regalos, el pescado de almendra no había hecho pues, más que volver por donde vino.

II

¡Qué felices deben ser las personas que viven en países civilizados donde las casas tienen portero!

Soy inquilina de un abogado hacendado, que sin dejar de entremanos los asuntos de un gran número de clientes, se marcha el mejor día a su finca, poco distante de la ciudad, en donde tiene que ayudar a su esposa, ocupada la mayor parte del año en trabajos de campo. La casa, pues, queda comúnmente escueta, pero yo estoy en ella y la puerta de mi pieza de recibo da precisamente al zaguán, frente a la de su despacho, para lo que se ofrezca.

¡Y todavía pago el alquiler!

Es precisamente un viernes. Más de diez veces desde la mañana me han venido involuntariamente a la memoria estos versos de un drama:

"Hay días de mala luna

Que todo sale al revés".

No hay cosa que no me haya salido mal hoy día. Estoy tan agitada, tengo de tal modo atontada la cabeza, que me acuden tentaciones de dejarlo todo a medio hacer. Soy costurera: me había propuesto terminar de una vez un vestido del que me ocupo hace días, compromiso por el cual he sufrido ya más de un reproche, cuando me acuerdo, a destiempo, de que hoy es el cumpleaños de una amiga. ¿Qué haré?, ¿tomaré el partido de olvidarme de él? Imposible. Sería quedar muy mal con ella. Pierdo más de una hora en buscar entre la multitud de preciosidades inútiles que llenan los cajones de mis cómodas, y no hallo ninguna que me parezca a propósito para el caso. No queriendo exponerme a que me suceda lo mismo si salgo a buscar a las tiendas, me determino a hacer alguna obrita sencilla y graciosa para salir del paso: una relojera, por ejemplo. Pero resulta que después de dos horas de angustiosa espera, que la criada ha cambiado el color del raso que le encargué para mi trabajo, y como ya he resuelto hacerlo, tengo que ir a comprarlo por mí misma...

Ya estoy de vuelta, aunque cansada y sin aliento; no hay tiempo que perder, doblo mi manto y manos a la obra. Es la una, y con que el obsequio vaya a su destino a eso de las tres... Estoy pensando en esto al mismo tiempo que tomo asiento junto a la ventana para comenzar, cuando oigo unos golpecitos dados discretamente, mejor diría indiscretamente, en la puerta de mi sala.

—Ésa es Virginia, me digo, que me anunció su visita no hace rato, cuando me encontré con ella en la calle. Tenía la esperanza de que no fuese más que ofrecimiento. ¡Así había de ser! Cuando una está desocupada, sola, aburrida y deseando conversación, no hay quién se acuerde de buscarla y cuando está como ahora... los golpecitos se repiten. ¿Qué haré? Me va a hacer perder mucho tiempo, en fin, no hay remedio... Me acerco al espejo y me acomodo el cabello a la ligera. Ya estoy arreglada —le pediré permiso y trabajaré en su presencia—, le diré que estoy muy apurada. Los golpecitos vuelven a resonar. Procuro disimular mi disgusto y salgo a recibirla con semblante complacido.

Abro la puerta: no es ella.

—¿A cómo está la cebada en grano? Me pregunta en quechua un indio.

—No sé. No soy más que inquilina: pregúntale a su dueño, y sin más, cierro la puerta.

No han pasado diez minutos. Vuelven a llamar.

—Ahora sí que es ella. Lo sé porque ha llamado con el mango del quitasol. Lo peor es que esta visita ha de durar hasta las cuatro, y me va a estorbar porque va a preguntarme, para quién es, y para cuándo, haciendo que le explique cómo va a ser y por qué, hurgándolo y confundiéndolo todo. Voy a demorarme más de lo que debía por atender a su charla... ¡Y esa criada que fue a comprar seda y no aparece, cuando podía estar planchando las costuras del vestido!

Dejo la aguja y paso a la sala inmediatamente a recibir a Virginia. Abro la puerta y me encuentro con un señor:

—Permítame señorita: ¿Ésta es la casa del doctor C?

—Sí señor, vive arriba —y devolviéndole el saludo con seriedad me preparo a cerrar la puerta.

Vuelvo a mi asiento. El plegado que estaba terminado se ha deshecho y tengo que volver a comenzarlo, pero he perdido la aguja y ensarto otra.

Entre tanto, el caballero sube la escalera, recorre los corredores mirando a todos lados con aire vacilante; luego, baja y divisa sin duda a la cocinera en el zaguán del segundo piso, y se detiene:

—Oye hijita —le grita.

Yo estoy resuelta a desentenderme y sigo con la cabeza inexorablemente inclinada sobre mi labor.

A ese tiempo, una chola se pone a gritar en el patio en quechua.

—¡Niñita!, cómpreme almidón.

Y avanza unos pasos.

—¡Cómpreme almidón, niñita!

Y avanza un paso más.

—¡Niñita!, ¡almidón cómpreme!

Dejo que grite una vez más, y luego, con toda la energía de que soy capaz en aquellos momentos, le contesto a gritos desde mi asiento:

—¡No!, ¡no!, ¡no! ¡No quiero!

Con esto me descubre a través de los vidrios de la ventana donde me hallo, y lejos de intimidarse, cobra ánimo y se me acerca para repetir, aunque ya en tono más bajo:

—Niñita, cómpreme almidón.

—¡No!

Se aproxima más.

—¿No quisieras almidón, niñita?

—No, no quiero; no necesito.

Mira hacia el corredor de arriba.

—La niña de arriba me encargó la semana pasada que le trajera almidón.

—Sube, pues —le digo.

—¿Sí estará ahí?

—No sé.

—¿Creo que no está ahí, no?

—No sé.

Hago en este momento lo más difícil de mi plegado que requiere toda mi atención.

La chola, al ver que apenas le contesto, se aburre por fin y se marcha.

Queda la casa en un silencio profundo.

La criada llega al fin de la calle.

—Vuelve a encender esa plancha que se ha apagado y no tardes, que tienes que planchar esa costura y venir después a ayudarme aquí, le digo. ¿Qué hora es? —Más de las dos.

—¡Dios mío! Para colmo de angustias me acuerdo que es viernes y que tengo que escribir una carta urgentísima. ¿La dejaré para el otro correo? ¡Imposible! Van dos semanas que difiero su respuesta. Se trata de cumplir con empeño a una persona a quien debo mucho. No habría disculpa. Prefiero que se queden sin terminar la relojera y el traje.

Dejo la aguja y me dispongo a escribir. Comienzan a llamar a la puerta de la calle —son unos golpes furiosos con el aldabón. ¿No es desvergüenza? El ruido no me deja escribir —me he equivocado dos veces de pura cólera. ¿Quién puede ser? pienso, y salgo al patio.

—¿Quién es?

Un indio empuja la puerta que había estado entreabierta y me grita desde la calle.

—¿No tienes perro, niñita?

—No —le digo, y veo que tras él se ha detenido una tropa de borricos cargados.

—¿Y el viracocha don Claudio?

Si le dejo con la palabra en la boca, insistirá por la otra puerta y me hará perder doble tiempo. Vale más que me revista de paciencia para responderle brevemente.

—¿Don Claudio?, no hay aquí ningún Claudio.

—Don Clauro —repite él procurando dar con la pronunciación —el doctor.

—¡Ah! Claure.

—Sí, él me encargó guisu, ¿no querrá comprarlo ahora?

—Yo no sé, entiéndete con quien puedas, yo soy arrendera —y me vuelvo a escribir mi carta.

No bien me he sentado, cuando entra la criada desde el patio sofocadísima.

—¡Visitas! —me dice, y se encamina afanosa a abrir la sala.

Me arreglo como puedo otra vez el vestido y el peinado. — ¡Las X!, ¿de cuándo acá se les ha ocurrido visitarme? —Al verme aparecer, ellas se desconciertan visiblemente, comprendo que es un equívoco y que vienen a dar conmigo por carambola. Pero tienen que disimular —ya están sentadas y comienza la conversación. Cada minuto que transcurre es un siglo de angustia para mí; después de mil cumplimientos e insignificancias, se dan maña para preguntarme desde cuándo es que vivo en este departamento. —Antes lo ocupaba la dueña de casa.

—Sí, les digo, se ha trasladado al piso alto.

—¿Y estará ahora acá?

—No, están en el campo.

—Pero, ¿habrá arriba alguna criada, alguien a quien dejar tarjeta?

—Creo que no hay nadie.

—Entonces usted nos hará el servicio de avisarle, cuando se ofrezca, nuestra visita, porque también queríamos verla a ella.

Hecho este encargo, se quedan, sólo por disimular, un rato más. Mientras que estoy hablando con ellas, aparentemente en calma, pero con una agitación interior que me ahoga, se asoma a la puerta un sastre con un lío en el hombro.

—Aquí está el terno —dice después de saludar.

—Debe ser arriba, le contesto, indicándole el camino con un ademán.

Después de que les he dado cuenta y razón de todo lo que querían saber, y de que hemos hablado de cien cosas que poco me importaban, ni a ellas tampoco, por fin, gracias a Dios, se despiden mis visitas de ocasión. Las acompaño hasta la puerta de calle y al despedirlas me encuentro con la fatídica figura de doña Mauricia, la del otro día. "¡Adiós, mi carta!”. Ésta sí, pues, es fatalidad. Se estaciona aquí, y por más que le demuestre que estoy ocupada no va a querer entender, como sucedió el otro día que se empeñó en dejarme su expediente, y como de costumbre va a ponerse a contarme toda la historia de sus pleitos. Es una máquina de hablar, y cuando tiene quién la escuche no se apura por nada.

Y sólo después que la he conducido hasta la pieza donde estaba escribiendo, y la he hecho tomar asiento, y se ha informado de mi salud y de la de toda la parentela, me pregunta, mientras que me consumo de impaciencia, con su aire compungido de siempre;

—¿Y mi expediente, señora, entregó usted al doctor?

—Sí se lo hice entregar.

—¡Dios se lo pague! ¡Tanto que la molesto! ¿Y qué diría?

—No sé, yo no hice más que cumplir con su encargo.

—Y ahora, ¿no estará él aquí?

—No, no está.

—¿Se habría ido otra vez al campo, no?

—Debe ser.

—¿Y no sabe usted por casualidad, cuándo se vendrá?

—No, no sé.

—Yo pensé que se hubiese venido ya. — ¡Tanto que urge este asunto!, por eso me asomé ahora a saber si se había venido. ¡Tan lejos también que vivo!...

Por más que haga por despedirme, es imposible que doña Mauricia se mueva de aquí, hasta que no me haya contado sus apuros; así es que tomo el partido de pedirle permiso diciendo que tengo una urgencia y entre tanto que se queda en silencio mirando las paredes, me pongo a escribir.

Pero, ¡qué he de escribir, si la idea de este obsequio de mi amiga me quita el sosiego! Ya el año pasado me sucedió que tuve que hacerla saludar un día después de su santo, porque olvidé la fecha. Eso pasa para una ocasión, pero, ¡dos años seguidos!

Tal es mi desazón y aturdimiento, que a tiempo de terminar mi carta le he puesto un borrón. La dejo para borrador y saco copia, pero en este momento se oye un gran tropel de caballos en el patio. Doña Mauricia por un lado y las exclamaciones de los recién llegados por otro, ¡no sé a qué atender!

Es la cuñada del doctor, con sus niños y sirvientes, la que acaba de llegar. Siempre que viene de su pueblo se aloja en el departamento de la izquierda; pero está cerrado. Mi criada le informa que toda la familia del dueño de casa se halla ausente.

—Quizá han dejado las llaves a la arrendera de la tienda, porque sabían que hoy debíamos llegar, dice la señora. —Que vayan a buscarla.

Entre tanto, ya se han apeado todos: mozos, criadas, chiquillos. El más pequeño de éstos llora a gritos. La señora está tan cansada que se ha sentado sobre las piedras de la grada a esperar. Yo estoy oyendo y viéndolo todo por mi puerta entreabierta, en tanto que escribo apresuradamente por terminar mi carta; pero no debo ya seguir desentendiéndome, tanto más cuánto que me conviene guardarle ciertas consideraciones como parientes del dueño de casa. Dejo, pues, la pluma y salgo a saludarla.

—¡Misea josefita! ¡Cómo no pasa usted adentro a descansar! ¿Cómo le ha ido a usted? ¡Tengo mucho gusto de verla!

(Y se dirá que no se miente en sociedad). Acaricio al niño que está llorando, un niño antipático y malcriado, del que tengo que ocuparme cariñosamente cuando, a ser por mi gusto, lo enviaría de paseo. Entre tanto, mi cuarto se ha llenado de criados, niños, alforjas, bufandas y ponchos, y demás utensilios del viaje.

No hay noticia de la arrendera que debe tener las llaves, cuando dan las cuatro. Una especie de santa resignación acompañada de desfallecimiento físico y moral se ha apoderado de mí ante lo imposible. —Dan las cuatro y media: ni fue la carta al correo, ni el vestido se terminó para mañana. En cuanto al obsequio, ¡se quedó para el año que viene!

III

En todos los pueblos, la necesidad de los espectáculos es casi tan imperiosa como la del alimento natural. Se comprende, pues, la avidez de las gentes a este respecto, en un país de las condiciones del nuestro. Pasadas las corridas de toros de enero y las noches de iluminación; esto es, de farolillos de papeles de colores colocados en continuada hilera en las cornisas de los edificios circunvecinos a la plaza "14 de Setiembre", con que se festejan los días patrios, no queda más que ver. Acaso un accidente ocurrido en la calle: un coche cuyos caballos se encabritaban, un borracho que vociferaba, un caballero que en el zaguán de casa da de bofetadas a un criado insolente, etc.; acaso también (y esto es mucho) una reunión particular, ceremonia nupcial o baile de cumpleaños, a donde se lanzará con franqueza toda la plebe de la vecindad, siempre que el dueño de casa haya descuidado la precaución de poner guardia a su puerta.

Pero aparte de la plebe que no se excusa de pararse en la calle a mirar con la boca abierta lo primero que le divierte, y de la gente decente que cuando no ha asistido a una tertulia no tiene inconveniente en tratar de informarse al otro día de su crónica; queda un gran resto de humanidad de cierta edad y condiciones que, por la seriedad de sus principios, tiene que desdeñar las diversiones mundanas y apartar la vista de ellas. A estas gentes, para saciar su anhelo de emociones (que no es poco) les queda otro género de espectáculos. De ellas es que voy a hablar.

Doña Petita, por ejemplo. Cuando vienen a decirle que Marica se ha puesto mala, que don Prudencio ha sufrido una caída del caballo o que el chico de Nazaria se ha acalambrado, no diré precisamente que se alegra —sería dar falsa idea de su carácter que es verdaderamente bondadoso y caritativo, pero al saber una de estas novedades que viene a sacarla de la inmovilidad y apatía habituales de su vida, su semblante se anima, deja al instante la monótona labor de que estaba ocupada, toma su manto y se lanza a la calle, radiante, como quien ha experimentado una sacudida vivificante.

Ella fue la que dio el otro día a la tía Sinforiana la noticia de la enfermedad de don Nicasio, y tan de sopetón que casi la mata. ¡La pobre tía que con sus nervios y su mal al corazón no está para sustos!

Pero como precisamente lo que le agrada a doña Petita es hacer efecto, se estuvo ese día conversando con ella sobre diferentes asuntos insignificantes, antes de levantarse de repente exclamando con énfasis, para que no la demorase.

—¡Tengo que ir a ver a la pobre Clara!

¿Y qué tiene Clara?

—¿Qué? Que ha habido junta para su marido; que le han puesto el segundo vejigatorio; que mañana le hacen la punción, que quizás no pase de esta semana.

—¡Calcule usted cómo se quedaría la tía Sinforiana!

Al momento le sobrevino la palpitación al pecho, y no era la cosa para menos: a la idea de que un padre de familia... sucediese algo con él (por no decir: se muriese).

En el acto, la tía, tragándose antes un par de perlas de éter a guisa de precaución, se dispone con gran aparato a ir a ver a Clara.

Queda un tanto desconcertada cuando, a su llamada, Clara viene a abrirle la puerta, afligida, como es natural, pero aparentemente serena. La tía, al figurarse a Clara en vísperas de ser viuda, se había imaginado una escena más patética en su encuentro con ella.

Con la mano puesta en el pecho en señal de agitación, se deja conducir a un asiento. Escucha atentamente a la joven que le informa del estado y últimas circunstancias de la enfermedad, y luego toma la palabra.

—Ustedes tienen la culpa, le dice, anonadándola con su aire sentencioso, él se ha descuidado mucho. Cuánto tiempo hace que le estoy instando para que tome las naranjadas con ruibarbo. Si me hubiesen escuchado ya estaría sano.

Sigue la conversación con repetidas insinuaciones de la tía que Clara se empeña en no entender. Por fin, notando la ansiedad de esta última por volver a la cabecera del paciente, la primera, obligada a despedirse, se para, diciendo al mismo tiempo con visible descontento.

—Aunque tengo mucho deseo de ver a Nicasio, no quiero ser imprudente y así le dirás que siento mucho...

Doña Sinforiana es muy propensa a darse por desairada, y Clara, que hasta aquel momento ha estado resistiéndose por no molestar al enfermo con una nueva cita, se decide a detenerla, y va, según dice, a ver si éste está durmiendo o no. Impaciente y malhumorado con sus dolencias, lo que menos quiere el pobre es entrar en cumplimientos con nadie y mucho menos con doña Sinforiana, que habla como una tarabilla y le va a marear la cabeza; pero comprende a pesar de su estado la necesidad de no enojarla, y se somete al tormento de recibirla.

Ella, una vez sentada a su cabecera, les endilga una segunda amonestación relativa a las naranjadas con una narigadita de ruibarbo que debía haber tomado, y luego se retira ofreciendo encomendarlo en sus oraciones.

Cuando llega a su casa muy animada, porque ha conseguido su objeto, sus sobrinas que la esperan ansiosas, le interrogan al momento;

—¿Y?

—Le he visto; está muy acabado; me parece que no se escapa. Habían puesto su cama en frente de la puerta del trasdormitorio. Tiene los labios así y los ojos asá. Le dirigí la palabra de este modo y me contestó de este otro, etc.

La escuchan con el más vivo interés; lo cual es muy natural porque todo el mundo ha visto a don Nicasio en su estado normal, sano y bueno, con su ropa de todos los días; en su casa, en la calle; entrando y saliendo y ocupado de sus negocios; pero verle en cama, después de los vejigatorios y punciones que ha sufrido, y por último sentenciado a morir, es un espectáculo nuevo y por lo mismo interesante.

Doña Pepa y doña Panchita X, son dos hermanas que forman entre ambas un perfecto contrasentido. Una alta y otra baja. Una flaca y otra gorda, una soltera y otra casada; una tan segura de la importancia y elocuencia de su palabra que puede echarle a usted un discurso de dos horas sin escupir, y la otra, tan parca en el hablar y tan desconfiada de sí misma que no hace más que repetir, como un eco, la última frase de su hermana.

Apenas han sabido el mal estado de su amigo don Nicasio se encaminan a visitarlo, precisamente en momentos en que Susana (una hermana soltera de éste, que a fuerza de ayudar a llevar la cruz a sus hermanas casadas se ha convertido en un armazón de huesos, rendida, deshecha con las malas noches), va a echarse un momento a descansar, mientras Clara le hace al enfermo la curación.

Llaman a la puerta de la sala y hay que ir a recibirlas.

Doña Pepa. — ¡Misea Susana! ¡Conque el señor don Nicasio ha empeorado! ¡Vea usted! ¡Nosotras, tan cerca, sin saber nada, para mandar siquiera un recado! ¡Si así sucede!

Doña Panchita. —Así sucede.

Doña Pepa. —Acabamos de saberlo por doña Petita, que nos dio la noticia de paso en la calle, cuando íbamos a hacer algunas compras, y hemos venido inmediatamente.

—La otra. —Inmediatamente,

Doña Pepa. —Según nos ha dicho, hace ya varios días que está así, ¿y qué es lo que siente?

La otra. — ¿Qué es lo que siente?

—Según creen los médicos, lo que tiene es un tumor en el hígado, dice Susana.

Doña Pepa. — ¿Y qué médicos lo curan?

La otra. — ¿Lo curan?

—El doctor H. y el doctor K., que son los mejores de la ciudad, y además varios otros llamados a la junta.

—¿Y no se ha resuelto misea Clarita, dice doña Pepa, a ponerle la cataplasma de harina de trigo con tuétanos de vaca y estiércol de gallina que le recetamos?

Susana vacila sin responder.

—Si viera usted, ¡es una cosa tan eficaz! Un santo remedio. Yo quisiera que ustedes hiciesen la prueba; nada se pierde; sin que lo sepan los médicos, por supuesto. Un pariente nuestro, ¿no es verdad Panchita?, ha sanado de su mal de hígado sin más que eso.

La otra. —Sin más que eso.

Aunque por haber prestado varias veces a don Nicasio dinero a interés, las dos hermanas gozan en casa de éste de ciertas prerrogativas, la actitud de Susana les hace perder, a lo menos por esta vez, la esperanza de ser introducidas al dormitorio y deciden retirarse, pero seguirán viniendo y así lo ofrecen.

Susana dando gracias a Dios de haberse librado de ellas, corre hacia adentro.

Por desgracia las enfermeras de don Nicasio, decididas a atenerse a los consejos de los médicos, siguen echando en saco roto el de las naranjadas con ruibarbo y el estiércol de gallina y otros mil menjurjes, recomendados como eficacísimos por cada una de las amigas que van llegando a informarse del estado del pobre caballero, que se pone cada vez peor.

El día de su sacramentación la casa es una Babilonia. Mientras cada cual se guardaba para sí la convicción de que el pobre don Nicasio, enfermo largo tiempo, marchaba con paso seguro a la sepultura, nadie se dio gran cuidado por detenerle; pero una vez comenzado el aparato, no hay quien no acuda a tener el consuelo de verle morir. De tal modo se ha esparcido la alarma, que llegan hasta las personas a quienes no les están vedados otros espectáculos de otro género, pero que sin duda quieren variar de emociones. Aquella noche, la casa, hasta sus últimos rincones, se ha llenado de gente.

El dueño de casa, un vejestorio reumático que alcanza apenas a cruzar el patio apoyado en su bastón, que vive solo y que por sus achaques no sale a la calle, está de plácemes porque con motivo de la enfermedad de su inquilino, no le falta a ninguna hora con quién charlar. En un ángulo de la sala ha formado un aparte con unas cuantas personas que tienen la paciencia de escucharle, a quienes explica de cómo en sus tiempos no se conocían más dolores que la jaqueca y el tabardillo; de cómo la complexión de las gentes de entonces era más robusta; de cómo los jóvenes de hoy en día son unos enclenques, y cómo últimamente en Europa se ha inventado que la causa de todas las enfermedades son unos gusanitos muy pequeñitos llamados microbios, que se introducen por los poros; pero tan pequeñitos que no se los puede ver sino con lupa.

En una palabra, exceptuando al enfermo que padece y a su familia que agoniza con él, todos, a favor de lo extraordinario y excepcional de la situación, se encuentran muy agradablemente.

Y sin embargo, ¡oh prodigio de la naturaleza!, don Nicasio no acaba de morir.

A la hora en que todos se retiran, dos señoras, una pariente pobre y una viuda bastante joven, consiguen a fuerza de instancias que los de casa se echen a descansar. Entonces, las dos se retiran a un rincón de la pieza, donde, cómodamente arrellanadas en dos asientos próximos, hablan bajito sin cesar, interrumpiendo su interesante charla solamente en los momentos en que el enfermo, no pudiendo soportar más, se queja o se mueve en la cama.

A propósito del caso presente, doña Ruperta, que cuando cuenta sus pesares se encuentra en su elemento, le está contando a la viuda cómo murió su yerno. Comienza desde el principio: cómo contrajo la enfermedad en el campo, cómo se sintió malo, cómo se llamó al médico, qué dijo éste, cómo se lo informó de los síntomas, cómo se trajo al enfermo a la ciudad, cómo se despidió de su familia, etc., etc... Y después, un rato de elocuente y patético silencio, y en seguida, largas consideraciones sobre lo efímero de la vida, lo cierto de la muerte y la predestinación innegable de algunos seres para la desgracia, entre los cuales se cuentan las dos interlocutoras.

A este punto, don Nicasio, ¡cosa rara!, desde las primeras horas de la noche parece cobrar fuerzas; llama a su esposa que acude al instante, y le habla débilmente con voz lastimera. Pregúntenle solícitas ambas qué le ha dicho, pero lo que el pobre enfermo ha dicho a su esposa, es que aquel secreteo que no deja de oír le está vaciando la cabeza,

Clara cree suficiente advertencia el decirles que su esposo se queja de estar sumamente débil y de no soportar oír ni el aleteo de una mosca; lo cual, según ellas convienen, es muy natural, y con tal motivo se explayan otra vez en una larga disertación acerca de la debilidad consiguiente a toda enfermedad grave, y de las excelencias de unos parchecitos de confortativo que en tales casos se debe poner a las sienes del enfermo, etc., hasta que éste, desesperado, llama por segunda vez a su esposa y le dice, más fuerte: ¡que por Dios!, le libre de aquel maldito guri guri que ya no puede sufrir más.

El día más aciago de su vida mi querido lector, yo se lo aseguro, no es aquel en que los médicos de usted le otorguen el pasaporte para el otro mundo, sino aquel en que la noticia del desahucio llegue a oídos de toda su parentela, desde este instante, no cuente usted con un punto de reposo.

Don Nicasio ha cometido el desacierto de mejorarse. Otro era el efecto que pudo haber producido, y otra la impresión que pudo haber dejado en las personas que, con el mayor interés esperaban, de su enfermedad, un desenlace más trágico.

Estar malísimo, sufrir vejigatorios y punciones, ser desahuciado por una junta, recibir los Santos Óleos y después de todo salvar, es dejar a los circunstantes con la misma cara que pone un público chasqueado cuando, a última hora, se presenta uno en la escena y dice:

Por un asunto imprevisto se suspende la función.
