El capricho del canónigo
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

Llegó Darío Valle. ¡Qué notición para mí!

A mi regreso del campo, hallé la novedad.

En el acto cambié de traje y me encaminé a su alojamiento.

—¡Rubén!

¡Darío!

Y nos dimos tal abrazo, que por poco no nos rompimos las costillas.

Está hecho un personaje. Como escritor político descuella en primera línea, sus producciones literarias corren impresas en la mayor parte de las revistas sudamericanas; entre tanto que aquí, ninguno de sus condiscípulos pasa de ser, o dependiente de tienda de comercio, o cuando más, administrador de una finca. Verdad es que ninguno tuvo, como él, un tío canónigo que le costeara la educación y, además, un viaje por el extranjero.

Me ha leído algunos de su trabajos, políticos y sociales.

Sus frases, pomposas y enfáticas, inconcebiblemente rebuscadas, su tendencia a lo trágico y ese alarde de su yo, son precisamente las que le valen la resonancia que alcanzan sus escritos.

De todos modos, ¡es una pluma de primera fuerza!

Estábamos en lo mejor cuando se presentó una criada con un ramo y una tarjeta. Recibió ambos objetos distraído, colocó el ramo en una mesa e iba a arrojar en ella la tarjeta, se detuvo, para volver a leerla y preguntarme con cierta curiosidad:

—¿Quiénes son éstas: "Laureana V. de Hermosa e hija"?

Cuando le expliqué que doña Laureana era la viuda de don Mariano Hermosa, tío suyo, hermano del canónigo, pareció quedarse en ayunas, y sólo cayó en la cuenta al oír el nombre de Zoila, su prima, a quien recuerda haber conocido en la niñez.

Febrero 26

De dos a seis de la tarde en casa de Darío. Nos hemos dado tal atracón de literatura que a no ser yo tan decidido, quedaba escarmentado para toda la vida. Tengo llena la cabeza de nombres desconocidos para mí: Mallarmé, Verlaine, Henry, Corbel, Gabriel d'Annunzio —Me siento avergonzado de mi ignorancia.

Me ha confesado la pésima impresión que le causa el atraso en que se halla su país. Me habló de fundar una revista y le he prometido formar, de entre los amigos, un grupo de cerebrales (así se dice ahora) que hagan núcleo en torno suyo.

Marzo 1°

De casa de Darío me traje varios tomos en prosa y verso, de los maestros del modernismo americano. Me propongo educar mi estilo. Poco a poco voy comprendiendo las tendencias de esta escuela llamada, entre otros fines, a desempolvar las nuevas décimas partes de los vocablos castellanos, que yacen ignorados en los rincones del diccionario. Lo que es el procedimiento, no me parece difícil. Lo que importa es odiar el servilismo literario, romper los moldes antiguos y desbordarse en exuberante originalidad; cuidando de que todos los torsos sean escultóricos, todas las rosas pálidas, todas las blancuras impecables, todas las bellezas sugestivas, y todas las selvas lujuriantes, (El diablo me lleve si todos los decadentes no son chiflados y tontos de capirote).

Marzo 2

Ninfa (para Darío Valle)

Flor humana que ostenta la suavidez glaciada del nenúfar y la regia esbeltez de la magnolia. En la ufanía de su eutesia divina, su andar es el vaivén de la palmera oásica, Flor de luz cuyo aroma sortílego tiene efluescencias hipnóticas. En los ortos carbunclados de sus ojos de ensueño, hay sombrosas abstrusidades de logogrifo.

Su acento es sólido arpegio perdido en noche azul de saudades místicas, su mirada enigmática sugiere eróticas soñaciones y delirios caóticos.

Al finar el macábrico pandemónium de la faena diurna!, diríjome, cual humilde pasaturo, al parque septémbrico y, silente, cohibido, oso aguardarla al pie del cóndor nostálgico, en las gradas de la columna granítica que se mira en las ondas gélidas del estanque, en cuya glauca superficie nadan aves acuáticas de plumaje albar; no lejos de los macizos tapizados de trifolio que sustentan pelargonias de umbelas rojas, petunias multicolores, laureles de hojas enhiestas coriáceas, y tóxicas adormideras, temblantes en sus pedúnculos tormentosos.

Desde aquel sitio me es dado columbrar el frontispicio de su mansión tentacular y las ventanas de corte ojival de su boudoir, detrás de cuyos cristales languidecen exóticas orquídeas y hojas de salón verdirrojas, de margen crenífero.

Y cuando allá en la umbría penumbrosa de la avenida diagonal emerge su grácil silueta y avanza, alígera como inquieta libélula, la exultación sistólica y diastólica de mi pecho en su algidez hiperestésica, hace asomar a mi rostro alternativamente palideces ciriales y rubores ígneos de cinabrio.

Me parece que para primer ensayo, está más que regular.

Darío va a quedar asombrado de mi autodidaxia.

Marzo 3

Leída mi composición, Darío ha permanecido un momento pensativo, luego extendiendo el brazo con aire solemne:

—¡Rubén! —me ha dicho, tú estás enamorado; no me lo niegues. ¡Ay de ti si has caído en las redes de una mujer! ¡Ay de ti si tu frágil barquichuelo ha caído en la atracción de la vorágine! La mujer es obstáculo en el camino de la celebridad; es cobardía en la lucha, turbación en el sosiego, es...

—Es la serpiente paradisiaca que nos induce al mal, interrumpí. Es el hada nocívora que envenena la fuente en que el viajero bebe sitibundo; es la peste bubónica que inficiona el ambiente con miasmas deletéreas... es... es...

Me explayé en dos o tres comparaciones más y hemos convenido en no hacer desde hoy, maldito caso de las mujeres, a no ser para pisotear sus corazones y sus honras.

Marzo 6

Darío ha ido por fin, a visitar a su tía Laureana, y ha sido recibido por ellas con la más cariñosa cordialidad. Estos dos hechos, enteramente naturales, me tienen desasosegado no sé por qué...

Marzo 18

Hemos estado los dos varias veces en su casa.

¡Estúpido el que ha confiado siquiera un día en su mujer!

Por fortuna, él es tan solicitado en todas partes que apenas echa de ver los agasajos de su prima.

Marzo 20

¡Precisamente es eso lo que lo hace valer a sus ojos! Si no lo viera tan solicitado y agasajado por otras, no haría caso de él. ¡Qué ente tan vano y superficial es una mujer!

Anteanoche en un palco, sentado al lado del recién llegado, no se hubiera cambiado con una emperatriz. Yo los observaba desde la platea. Me pareció, no sé si me engañé, que ella me observaba también de reojo.

Afortunadamente, jamás, hasta ahora, le hablé de amor. He obrado con sabiduría. ¡Cómo se gozaría ahora en mi tormento!

¡Coqueta infame!

Marzo 25

Salió, por fin, "gloriosamente" nuestra revista, que lleva por título "Pasteles y Acuarelas". Nada mío aún, ni de los amigos, porque con el prospecto, los "pasteles" de Darío y la economía de la hoja, se han llenado las cuatro páginas.

A eso de las ocho entramos en casa de ella, que se apoderó al instante de la hoja; pidió permiso, tomó asiento junto a una luz y se puso a devorar los "pasteles" de su primo, con tal avidez, que cuando me levanté para despedirme, me largó la mano sin apartar la vista de la página.

Salí de allí dando a los mil diablos y he jurado no volver a su casa.

Marzo 27

¡Esa mujer es un encanto, un sueño, una ilusión! ¡La adoro con todas las fuerzas de mi alma!

He aquí lo que ha pasado.

Ayer cayó un fuerte chaparrón que me detuvo en casa. Al anochecer, más tarde que de costumbre, busqué a Darío y supe que había salido. Me encaminé a ella.

Tampoco estaba allí. La hallé sola, reclinada en su mecedora ante la ventana que da al jardín, abierta de par en par.

—¿Qué hacía usted?, dije al tomar asiento a su lado, por decir algo.

Una sonrisita de picardía se dibujó en sus labios.

—Heme aquí, dijo, nostálgica, contemplando al claror vesperal, las rosas pálidas, cuyos pétalos vuelan noctivagos al soplo de las brisas autumnales. ¿Y usted? ¿Qué ha sido de su vida?

Yo respondí al momento:

—He estado todo el día asubiado a mi habitáculo, exhalando suspiros delicuescentes al son monorrítmico del tintinabuleo pluvial.

Lanzó una franca y sonora carcajada.

—¿Nota usted, dijo luego, cuánto hemos adelantado en literatura?

Hoy domingo, a medio día, estaba allí de visita la madre del doctorcito Prado.

Doña Liberata (léase Literata), es oradora altisonante como su hijo, y como él, gusta de ilustrar a su auditorio. Habló de la calor y del temperamento frígido. Luego nos informó de que gozaba de muy mala salud, por lo cual su médico, le había prescrito baños de inversión. En seguida, sin escupir, se puso a lamentar las penas de una hija suya, casada, cuyo hijo se hallaba con angina capi... (casi dijo capitular).

Zoila, en apuros, ya llevaba el pañuelo a la boca, ya se arreglaba la falda del vestido para disimular, obstinada en no mirarme.

Cuando quedamos solos, volvió a su asiento, muerta de risa.

—Por Dios Rubén, exclamó: usted que ya puede clasificar las escuelas literarias, diga: ¿qué estilo es éste de mi futura suegra?

Bromeando conmigo ridiculizaba a sus dos pretendientes, ¿puedo estar más seguro de mi felicidad?

Marzo 28

Noto a Darío sufriente y nostálgico. Signos de propatía incipiente asoman a su rostro. No temo engañarme: el maestro se hunde en "el ruin estercolero de los sueños amorosos".

Marzo 29

Ya sé la causa de la furiosa antropofobia de mi amigo; me ha referido una confidencia que doña Laureana le hizo el otro día: El matrimonio de Zoila con el doctorcito Prado es cosa ajustada desde hace un año. El canónigo no halló del todo aceptable el de tal pretendiente; pero, a falta de otro, hubo de resignarse, imponiéndole que en adelante firmara "Del Prado" en vez de Prado a secas.

He pasado una noche de insomnio pensando en esto. ¿Por qué no hablé a tiempo? Estoy seguro de que ella aguardaba una palabra mía, para buscar medios de romper el compromiso que, sin duda alguna, le es odioso. Ahora es ya tarde. El canónigo ha anunciado su próxima salida de Sucre y en pocos días más estará aquí.

Marzo 30

Darío está dado a Barrabás y yo no lo estoy menos; sólo que sé disimular mejor.

No me ha hecho hasta ahora confidencia alguna, pero comprende que he penetrado sus sentimientos y nos entendemos tácitamente. Hemos resuelto poner tierra de por medio que es el mejor remedio en estos casos. Yo me marcho a la estancia. El acompañará a un amigo en su gira política por los pueblos del Valle.

Abril 25

No soy tan tonto como parezco, le he jugado al maestro una partida habilísima:

Llegamos a eso de las tres y vinimos de la estación a mi casa, que es la más próxima, sin que nadie se apercibiese de nuestra llegada.

Entre tanto que él se pasaba el cepillo, porque estábamos cubiertos de polvo, alcé uno de los números del diario, que habiendo sido introducidos por la rendija de la puerta durante mi ausencia, yacían en el suelo; y recorriendo la crónica di de repente con la siguiente noticia:

"Bienvenida —El señor canónigo Hermosa se encuentra entre nosotros. — Vuelve a su país natal y al seno de su familia, después de un año de permanencia en la capital.

Mi propia emoción me sugirió una idea: con voz no fingida sino verdaderamente alterada y temblorosa, leí en seguida este otro párrafo de crónica:

"Azahares. —Esta mañana, en el templo del Hospicio, unieron sus destinos, el inteligente doctor Temístocles del Prado y la distinguida señorita Zoila Hermosa. Que la dicha más completa reine en el nuevo hogar".

Miré a Darío. Se había puesto intensamente pálido, jamás he visto semblante más turbado y descompuesto. Dominando el estupor que lo embargaba, alargó el brazo, cogió el diario y se puso a buscar en la crónica:

—¿Qué buscas? —pregunté después de un momento.

—El párrafo que acabas de leer, dijo, con voz apagada.

—No hay tal párrafo, contesté riendo con cinismo. Es una treta que te he jugado por convencerme de lo que sospechaba.

Entonces me lo ha confesado todo.

—Sí: ¡la amaba! Ella fue su primer amor —amor de niño que ahora renacía tras largos años de completo olvido. Fue ella quien le inspiró su primera novela: "Laura o las Mosquetas".

—Novela insulsa y romántica, bien distinta de la que actualmente tiene en prensa y que muy pronto verá la luz pública. Es su última producción y él la conceptúa la obra culminante de su vida.

Al oír su confesión, no he podido menos que tender la mano y decirle con lealtad:

—Bien; eso quiere decir que somos tres. Falta ahora saber quién triunfa.

Se ha quedado estupefacto. El profundo sicólogo estaba lejos de sospechar mi secreto.

Abril 26

Habiéndome hecho tan amigo de ellas en ausencia del canónigo, nada más natural que ser presentado a él a su llegada; pero no iré.

Suponiendo que lo del doctorcito se desvanezca, y que nada llegue a producirse en favor de Darío, ¿qué debo esperar yo, pobre expósito, que ignoro quiénes fueron mis padres y que uso un apellido prestado; qué debo esperar, tratándose de un hombre como el canónigo, el cual, cuenta su misma familia, no aprecia otro mérito que el de los pergaminos?

Abril 27

Esta mañana, el canónigo Hermosa, las señoras y el sobrino, todos en un auto, fueron a que este último conociera la cervecería "Colón".

Mayo 3

Por fin he leído "Iris", la novela autobiografiada de Darío, editada en La Paz. Llegaron ayer, por correo, algunos ejemplares. La comencé ayer mismo y la he leído casi de un tirón.

Laura, la joven protagonista. Iris por otro nombre, es el lirio evanescente, la flor fragible, en la mañana fresca, seca en la tarde. La criatura inconsciente, fatalmente inclinada al mal, acaba por arrojarse en el fango. El autor ha desahogado sus odios principalmente en la pintura de doña Ana, vieja sicofanta, madre de Laura.

En resumen: "Iris" de principio a fin, es tremebunda filípica contra las mujeres.

El autor está lleno de ilusiones. Zoila, desde ayer, lee su novela con creciente interés.

Esta mañana, cuando entró en mi cuarto, estaba tan contento. Doña Laureana, que en el paseo del otro día lo obligó a abrirle su corazón, se ha encargado de entenderse con el canónigo. Darío cree que en esta semana quedará todo arreglado...

¡Entrega la cerviz a la "infame coyunda"!

El mismo día

Hay días aciagos. Hoy se han dado cita todos los disgustos para sacarme de quicio.

He roto con mi protector.

Por segunda vez se entabló entre ambos un altercado, siempre con motivo de las elecciones y a causa de haberme negado a firmar la candidatura de sus simpatías, estalló en cólera hasta el punto de llenarme de improperios, me ha echado en cara los beneficios que dice haberme colmado desde la niñez. Fuera de mí, le he devuelto el único don que me hizo: su apellido. De hoy en adelante firmaré cualquier cosa; cogeré al acaso cinco letras del alfabeto, formaré un anagrama y ese será mi apellido.

Me siento mal. Tengo un fuerte dolor de cabeza. Voy a dar un paseo por la plaza "Colón".

Mayo 4

Anoche, durante el paseo, reflexioné que era mucha estupidez eximirla de toda responsabilidad y tragar la píldora sin decir "esta boca es mía". Le he espetado una carta feroz en que le pruebo la perfidia de su conducta, recordándole las mil ocasiones en que alentó indirectamente mis esperanzas. Hoy me preparo a hacer la visita proyectada al canónigo. Quiero amargar su dicha con mi presencia —gozarme con su confusión.

* * *

Estoy aturdido. Apenas me doy cuenta de lo que ha pasado. ¡Cuántas cosas pueden ocurrir en media hora!

Cuando entré en la antesala que da paso al salón, un hombre de faz tonsurada se hallaba de pie en medio del salón. El canónigo Hermosa regañaba a Zoila.

—¡Qué es eso de Zoila a secas!, decía. Eres Zoila Ninfa, ¿lo oyes? Zoila la Ninfa: ¡Por algo fui tu padrino y por algo tuve la ocurrencia de combinar esos dos nombres con tu apellido!

Zoila, sin verme, se dirigió cabizbaja y sonriendo a una puerta que conduce a las piezas interiores. Entonces se acercó a él doña Laureana y habló a media voz. De pronto el canónigo volvió a sulfurarse.

—¡Nada! ¡nada! gritó. Ya te lo he dicho; "Del Valle" me suena mejor que "Del Prado". ¡Se casará con quien yo quiero, o no cuenten desde hoy conmigo para nada!

En este punto la señora me descubrió y vino hacia mí cerrando tras mí la puerta del salón.

—Ya lo ha oído usted, me dijo, cariacontecida: Nos amenaza con abandonarnos. ¡Qué haría yo, pobre viuda, sin la protección del canónigo!

—Pero de todo tiene él la culpa. Él, él, y nadie más que él. Dígaselo usted así. Mi hija está encaprichada desde anoche. Le ha declarado a su padrino que por nada se casará con su primo, que ama a otro, cuyo nombre no quiere decir. Pero tiene razón, ¿qué clase de enamorado es ése que por un lado solicita a una niña y por otro le larga por la prensa una sarta de groserías e indecencias? Y no sólo a ella sino a su madre, porque no negará usted que la tal Laura y la tal doña Ana de su novela, somos mi hija y yo.

Yo, aturdido, no acababa de comprender.

En aquel momento, por la puerta que da al corredor, apareció mi amada.

Un extraño fulgor de dicha embellecía su rostro.

—Sé el disgusto que ha tenido usted con su protector, me dijo. Para su bien y el mío, sólo le pido que me deje elegir el apellido que ha de adoptar en adelante.

En seguida abrió la puerta que su madre había cerrado y me condujo a la presencia del canónigo.

—Tío, dijo, éste es el joven incógnito de quien le hablé esta mañana. Le presento a mi amigo Rubén La Fuente. Y añadió dirigiéndose a mí.

Rubén, mi tío y padrino el señor canónigo Hermosa.

El hombre abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Cómo? dijo. A ver, amigo mío, ¿usted apellida La Fuente?

—Sí... señor...

—Pues entonces... aguarde...

Ensayó mentalmente el apellido y luego, un grito de triunfo se escapó de su boca.

—¡Laureana! Ven hija, ven.

Doña Laureana se presentó.

—¿Oíste hablar de doña Dolores Fuertes de Barriga?

—Sí.

—¿Y de doña Rosa Espinosa de Barrera?

—Sí.

—Pues aquí tienes algo mucho mejor: Te presento a la señora Zoila Ninfa Hermosa de La Fuente.

He vuelto a casa trastornado de felicidad y he tratado de serenarme, he escrito esta última página, tras de la cual cierro mi libro de memorias:

"¡Cuánta mudanza en un día!"

(No puedo corregirme de la manía de citar poetas pasados de moda).

Rubén
