La reunión de ayer
Adela Zamudio — novelas-cortas (1942)

El Gran Mitin de ayer se realizó en un llano espacioso, convenientemente templado. Sin esta última condición se podía temer que las extrañezas del clima resintiesen la salud de los concurrentes de todas las zonas, obligados a permanecer allí tal vez una semana. A nadie se le ocurrió suponer que la reunión duraría sólo un día.

Ese llano era además un punto estratégico, defendido por una cadena de montañas inaccesibles, sin otro paso que una estrecha garganta cuya vigilancia fue confiada a una jauría de poderosos canes que, al menor asomo de un ataque, darían la voz de alarma ladrando desaforadamente. Sobre las rocas que coronan las pendientes laterales del angosto desfiladero, se situó también una bandada de palomas mensajeras que en caso necesario volarían a dar el aviso. Aunque unos y otras ansiaban presenciar la discusión y los acuerdos que de ella resultaran, aceptaron la importante comisión con entusiasmo, ya que los honraba en alto grado.

A la hora señalada se hallaban presentes casi todos los representantes. Un Mono que lo había hecho todo. Gorila por más señas, subió a una especie de terraza, pequeña elevación natural del terreno, y ante una inmensa muchedumbre manifestó brevemente su opinión sobre la necesidad de organizar en seguida un cuerpo directivo y nombrar presidente.

—Procedamos con método —dijo— a fin de que el resultado de nuestra labor corresponda al entusiasmo que nos anima.

A estas palabras, un enorme Tigre de Bengala se encaminó paso a paso a la terraza. Una vez en ella, miró con gesto altanero hacia la multitud y habló sin preámbulos.

—Dejémonos de fórmulas inútiles —dijo rudamente—, seamos prácticos. ¿Existe o no, entre nosotros, un poder constituido? (Aludía al León, que por razones de salud —o de política— se había negado a concurrir al mitin). En ausencia del Rey de los animales, estoy aquí. Supongo que nadie se atreverá a desconocer mi autoridad, concluyó.

Jaguares y Leopardos se miraron con cierta inquietud. La Pantera, que se creía por lo menos igual al Tigre, gruñó entre dientes, pero nadie se atrevió a contradecir al temible felino. Éste iba ya a imponerse por el miedo, cuando, con aire de modestia y suma cortesía, un Zorro se abrió paso entre la muchedumbre. Haciendo genuflexiones a derecha e izquierda, llegó hasta la tribuna y tomó la palabra, comenzando por explayarse alabando al Tigre.

No es mi ánimo desconocer los méritos del caracterizado personaje que me ha precedido en la palabra —dijo—, ni los innegables antecedentes que le afirman en el poder; vengo solamente a hacer ante esta ilustrada asamblea, algunas observaciones que juzgo oportunas, en apoyo de la moción de nuestro apreciable colega Cuadrumano. Pienso como él, que no nos es dado prescindir de la elección legal, gran principio de la Igualdad, sin la cual es imposible el Progreso que venimos a proclamar. Elíjase en buena hora, decía al notar que el poderoso Tigre fruncía el ceño, al esclarecido personaje que por mil títulos tiene asegurado el voto popular, pero sin prescindir de las formas legales. La ley ante todo.

Un colosal murmullo de aprobación se alzó en torno del orador.

—Si siguiésemos acatando la ley del más fuerte —continuó éste envalentonado—, no nos hallaríamos aquí; seguiríamos dispersos en nuestros salvajes dominios. La época de los asaltadores del poder ha pasado; desde hoy se abre para nosotros una nueva era. Los héroes de la guerra, cedan su puesto a los héroes de la inteligencia y del trabajo.

Nutridos aplausos resonaron por todas partes.

—Desde hoy —continuó el Zorro—, grandes y pequeños, todos somos iguales.

Millares de millones de animales de todas clases, aplaudieron hasta ensordecer.

El Tigre estaba furioso; pero juzgó indigno de su categoría replicar al Zorro.

El Zorro, un tanto amedrentado, pero resuelto a apoyarse en la mayoría, tomó de nuevo la palabra.

—Señores —dijo. Invoco en este momento los privilegios que amparan a todo representante del pueblo, pero declaro que, si ellos son atropellados, las más violentas medidas no lograrán acallar los dictados de mi conciencia.

—Es verdaderamente curioso —dijo el Leopardo. Es verdaderamente curioso ver convertido en defensor de los débiles al héroe sanguinario de rediles y gallineros.

Estallido de risas. Todo el mundo dirigió la vista a una manada de corderos colocada casualmente en sitio muy visible. Algunas gallinas dándose por aludidas, se pusieron a cacarear con aire sentimental, pero un gallo les impuso silencio.

El Gorila terció en la discusión.

—Señores —dijo. Creo de mí deber recomendaros más moderación. No es este sitio, ni momento propio para recordar antecedentes personales ni despertar odios de clases.

En seguida, por deferencia al Tigre, se consultó la opinión de los más altos personajes de la minoría. Un Oso habló a petición del público. La sencillez de su actitud, la moderación del tono que empleaba, su abstención de todo efecto oratorio demostraban su buen sentido y la sinceridad de su discurso. Elefantes e Hipopótamos, con su indolencia característica, se limitaron a apoyar la opinión del Oso, que se declaraba por la elección legal.

Se procedió entonces a la organización de un cuerpo directivo y el Gorila fue nombrado Presidente. Era de ver la formalidad con que se quitó gafas y las limpió y enfundó, mientras se preparaba a exponer en un discurso los motivos y objetos de aquella gran reunión.

—Señores —dijo el Mono cuando el silencio se hubo restablecido. Mientras el León, Rey de la Selva, se entregaba satisfecho y tranquilo a su desayuno, el Ciervo burlándose del peligro, salvaba riscos y zarzas, ligero como el viento; y el Ave, señora de los aires, se balanceaba en su vivienda graciosamente colgada de las ramas más elevadas; cuando todos habíamos tomado cómoda posesión de la Tierra, un ser, el más desvalido de la creación, se albergaba, como nosotros, en las curvas de los bosques. Privado del vestido natural, arma y abrigo con que hemos sido dotados, expuesto a la intemperie y a merced del último de los insectos que al sentirse aplastado por su pie podía volver contra él y herirle con su aguijón emponzoñado; desnudo, vacilante y dolorido, devoró los despojos de nuestro festín y amontonó las hojas secas, formando de ellas un lecho en qué reclinarse. Pero ha pasado el tiempo y ese ser, el más desvalido ayer, es hoy el árbitro de nuestros destinos. Ha superado la fuerza del León y la agilidad del Ciervo, y lanzándose en los aires cómodamente sentados en la barquilla de un globo, ha ido más lejos que las aves de más poderoso vuelo. La selva, con sus arcadas de verdor, remeda apenas los pórticos gigantes de sus moradas...

—¿Cómo es, señores, que ha realizado tantos prodigios? ¿De qué motor se ha valido para salvar la distancia que os hago notar de lo que era o lo que es? De uno solo: Su fe en el progreso. Pues bien señores, ¿no seguiremos su ejemplo? ¿No procuraremos igualarnos a él? Me diréis que es imposible; que entre su ser y el nuestro existe una zanja insuperable. ¡Error, señores, error lamentable! Antes que yo lo haya dicho, lo ha probado brillantemente un sabio pariente mío: Mr. Darwin. Esa zanja no existe. Somos un molde en que el hombre está vaciado, su tipo primitivo. Es nuestro sucesor, y de su naturaleza a la nuestra no existe diferencia alguna. Todos somos grados de la escala ascendiente de los seres.

—El hombre —continuó el Mono—, nos ha negado un alma y nosotros, acostumbrados a esta arbitraria afirmación, nos hemos conformado con nuestra supuesta ineptitud. Pero de hoy más, es preciso no dejarse engañar. Nosotros sentimos, pensamos, tenemos voluntad y previsión.

La muchedumbre estalló en hurras y bravos entusiastas. El orador prosiguió:

—Si el hombre ha llegado a ser lo que es gracias al desarrollo progresivo de sus facultades, ¿por qué no tratar de desarrollar las nuestras hasta igualarnos a él?

Salvas de aplausos saludaban al Gorila.

Un joven Chimpancé ocupó la tribuna.

—Señores —comenzó en voz bien alta. Cuando el hombre, solitario y errante no había acertado aún a fabricar su primera vivienda, cuando faltaban miles de siglos para que fundase los principios de su ciencia social, ya entre nosotros, los roedores trabajaban galerías subterráneas, y las abejas fabricaban miel. Las hormigas constituidas en sociedad vivían según leyes y reglas establecidas de entonces acá. Y en tanto que el hombre ha realizado prodigios, ni el más pequeño adelanto hemos llevado a cabo por nuestra parte. ¿A qué debemos señores, este apego a la rutina de que debemos avergonzarnos? —A la falta de estímulo. Prémiese la inteligencia y laboriosidad de las abejas y los gusanos de seda, llámese a concurso a los sobresalientes. Fúndese academias y conservatorios, donde Mirlos y Alondras, Canarios y Ruiseñores, cultiven el arte. Bien pronto nos veremos invadidos por el espíritu del progreso. Todos hemos sido dotados, unos de fuerza, otros de agilidad, otros de astucia; aprovechemos de estas ventajas. ¿Qué nos detiene? Imitemos al hombre. ¡Señores, adelante! El mundo marcha. ¡Viva el progreso!

El entusiasmo unánime de la multitud se convertía en verdadera locura. ¡Adelante! —gritaban todos— ¡Abajo el hombre! ¡Queremos ser más que él!

Un perro saltó entonces a la explanada, pidió la palabra y esperó el momento oportuno de hacerse oír.

—Señores y señoras —dijo por fin cuando el silencio se hubo restablecido a medias. No nos dejemos llevar de esos excesos hasta olvidar el respeto debido a la indiscutible superioridad de la raza humana. No ignoro que muchos individuos aquí presentes podrían elevar grandes cargos contra ella. (Aludía al ganado vacuno y lanar y a las aves de corral, que le escuchaban). No olvido, señores y señoras, las luctuosas escenas de los mataderos públicos, ni las hecatombes realizadas la víspera de los banquetes humanos; pero es preciso que notemos también que nosotros nos devoramos mutuamente cuando la necesidad nos apremia, y además, si hay muchos que pueden quejarse justamente del hombre, hay otros que le deben beneficios. Yo, por mi parte, jamás olvidaré las atenciones de que fui objeto en un hospital para perros, fundado por disposición testamentaria de un rico solterón que pertenecía a una de las Sociedades Protectoras de Animales, establecidas por los hombres. Víctima de un enorme absceso que me sobrevino en el cuello a consecuencia de un puntapié en la calle...

Habían transcurrido muchas horas... Tras un breve acuerdo se ordenó que se suspendiera la discusión hasta el día siguiente, a fin de que los concurrentes pudieran tomar algún descanso.

Anochecía. La masa compacta de la muchedumbre que rodeaba el teatro de la discusión, se movía ya para dispersarse, cuando de pronto un bulto enorme cruzó los aires y fue a caer pesadamente en la explanada.

Era un águila anciana que sacudiendo un instante sus sombrías e inmensas alas, las plegó luego en actitud solemne.

—Amigos míos —dijo el Águila, paseando por los circunstantes su mirada dominadora.

—He escuchado vuestros discursos, animados de entusiasmo conmovedor, y quiero hablar a mi vez.

—Peregrina incansable del espacio, de cumbre en cumbre, de ciudad en ciudad, he recorrido, como sabéis, palmo a palmo millares de leguas, conociendo en un solo día más mundo que cualquiera de vosotros en toda su vida.

—Conozco al Hombre —continúo—. Sí: entre vosotros y él, entre vuestra constitución social y la suya, hay aún tanta distancia, que tendrías mucho que andar para alcanzarle. En la sencillez primitiva de vuestras costumbres, la ley del trabajo se reduce a la adquisición del sustento diario. Entre vosotros no hay proletarios y todos vivís del mismo modo. Ni el más poderoso, ni el más feliz al entregarse al descanso, tiene asegurado el pan del día siguiente, en que tendrá que trabajar para vivir como todos los días.

Ya no se oían rumores ni cuchicheos. —El público escuchaba al Águila con la más profunda atención.

—Imitad al hombre —continuó ésta con soberana ironía—. Ingenien como él, los unos a descansar mientras se agiten los otros.

—Cuando el rigor del clima mata la mies en los campos, lo mismo el grande que el chico soporta la inclemencia de la situación; y si en horas de ansiedad, el más fuerte os arrebata la presa, una vez salvada su hambre se retira y os deja los despojos. Imitad al hombre, y los que contéis con cierta especie de talento para los negocios o los que hayáis tenido cinismo para las maniobras reprobables, en horas calamitosas tendréis la ventaja de recostaros en nidos forrados con raso y de hartaros con los manjares más exquisitos y costosos, mientras que centenares de miserables perecen de hambre a las puertas de vuestras suntuosas moradas. ¡Imitadle! Dictaos leyes y obligaciones cuyo ideal se halle en perpetua contradicción con vuestras prácticas.

—Soñad con el patriotismo y con la gloria. Constituíos en naciones, precipitaos los unos sobre los otros a un grito de guerra lanzado por un general que tenga la gloria de conducirlos gallardamente a la muerte. Formad ejércitos permanentes sostenidos por el sudor de vuestro pueblo, gravado con impuestos abrumadores.

El Águila hizo una pausa.

—Señores —continuó—, yo os quisiera preguntar: ¿El hombre, más inteligente que vosotros, es asimismo más feliz?

—Al terminar un siglo de prodigiosos inventos, los sabios, ufanos de su triunfo se presentan al mundo y le dicen muy alto: Mirad que se ha hecho. —Mirad y regocijaos. El mar era una barrera y hoy millones de barcos desafían diariamente sus tempestades y lo cruzan, de uno a otro continente cargados de riquezas. El cielo era un misterio y hoy mide el telescopio la distancia que nos separa de las estrellas. El hombre ha arrebatado sus secretos al cielo, al mar, a las profundidades de la tierra. La locomotora se lanza audaz dejando atrás en un instante valles y montes, y cuando una cima empinada se opone a su paso, la atraviesa de parte a parte y sale del túnel triunfante al otro lado del obstáculo.

—El teléfono transmite la voz humana en sus más débiles inflexiones y la grabadora o el disco la guarda dormida para despertarla a voluntad. ¡Oh! ¡Prosternaos ante este siglo, el más glorioso de los siglos!

La multitud subyugada por la elocuencia del Águila, permanecía absorta pendiente de sus palabras.

La reina de las aves continuó: —En esos grandes centros en que la población humana vive agrupada a manera de enjambre, un mismo techo abriga con frecuencia los más opuestos extremos de la existencia. La carcajada y el sollozo, la orgía y el lecho mortuorio. Amigos míos, ¿queréis reíros mientras gimen vuestros semejantes?

El Águila hizo otra vez una pausa.

—No habéis visto pasar, arrasando vuestros hogares, ese carro sangriento que se llama Guerra de Las Naciones. No sospecháis el sentido de estas terribles palabras; "Mal del Siglo", ¿y no os contentáis con lo que sois? ¡Insensatos! ¡Imitad al hombre y cuando vuestras necesidades se hayan multiplicado convirtiéndose en otras tantas torturas, entonces en la cima del progreso, presa de mil anhelos dolorosos, los más sabios os mostrarán por todo consuelo el vacío, y desesperados os lanzaréis como el hombre a toda clase de crímenes!

La multitud estremecida, prorrumpió en hurras al Águila. Nadie permanecía ya quieto en su sitio. Una excitación febril se había apoderado de todos.

Todos los corazones latían a impulsos de violenta emoción.

—Señores —continuó—, os pregunto otra vez. El hombre más inteligente que nosotros, ¿es asimismo más bueno, más feliz? jamás, ni aun en los tiempos más atrasados. Tigres o Hienas ocuparon los palcos de un circo para divertirse con la agonía de víctimas indefensas, que se arrastraban destrozadas y palpitantes sobre charcos de sangre. ¡No hemos mutilado y martirizado a un semejante nuestro porque no pensaba como nosotros!

—¡Abajo el Hombre! —gritó la multitud horrorizada. ¡No queremos seguirle!

—¡Abajo el hombre! ¡Viva el Águila! ¡Mueran los imitadores de los hombres! ¡Abajo los cuadrumanos!

—¡Que se los capture a todos!

—Sí, que se los capture y fusile por su supuesto parentesco con la raza humana. Nosotros somos más humanos. ¡No hay en toda la creación un animal más egoísta, más ingrato, ni más cruel que el Hombre!

Una muchedumbre entusiasta de avecillas, de insectos de los más bulliciosos, se adelantó a saludar al Águila triunfante. El Tigre mismo organizó una comisión de notables, destinado a felicitarla.

—¡A nuestras casas! —gritaban todos. Cada cual a vivir como ha vivido hasta ahora. Nada de innovaciones. ¡Muera el progreso!

La inmensa muchedumbre se dispersó.

Anochecía. En todas direcciones se divisaban grupos que se alejaban cantando alegres himnos a la vuelta de sus hogares.

El Águila sacudió entonces sus enormes y sombrías alas, cruzó el espacio y fue a caer pesadamente sobre un peñasco; y allí arriba, en el silencio de las cumbres heladas, inmóvil y taciturna, meditó a solas, contemplando el Mundo que dormía a sus pies.
