Paisajes
Adela Zamudio — peregrinando (1943)

Los cielos resplandecen: en lo más alto
Brilla un pálido tinte de azul cobalto.
El rojo anaranjado del occidente
De montes y colinas dora la frente.

— La nieve del Tunari, blanco de plata,
Ostenta resplandores de oro escarlata;
Más bajas que los picos del alto monte,
Tendidas en líneas del horizonte,
De carmín y violeta franjas brillantes
El ocaso de fuego ciñen gigantes.
Abajo, el ancho valle como un espejo
Se tiñe de las nubes con el reflejo;
El verde abrillantado de los ramajes
Copia los fuertes tonos de los celajes
Y proyecta en los sitios que el sol no alumbra:
De siena calcinada roja penumbra.

Entre el cielo y la tierra se abre el espacio
Como el pórtico inmenso de un gran palacio,
Dando paso a la pompa del Sol poniente
Que, tras de las montañas, hunde su frente.

¡Oh artistas, que prendados de su belleza
Copiáis la esplendorosa naturaleza!
¿No os preguntáis a veces por qué escenario
Tan bello y tan grandioso fué necesario,
Decorado con tanta magnificencia
Para este triste drama de la existencia?
En el físico mundo, todo armonía,
¿Qué es la vida? ¡miseria! ¡sueño de un día!
En presencia de un cielo resplandeciente
A las humanas luchas indiferente,
Yo, cerrando los ojos a sus bellezas,
Me sumerjo en la noche de mis tristezas.

Cuando el sol moribundo y entristecido
Se aleja a otro hemisferio desconocido,
Y el fulgor del ocaso desaparece,
Y el matiz de las nubes se desvanece,
Y allá en las lontananzas que el viento esfuma
Todo se va borrando bajo la bruma,
Entonces, sólo entonces hallo armonía
Entre el cielo y la tierra y el alma mía.

¡Oh faro de los tristes! pálida luna,
Sólo tu luz helada no me importuna,
Amo tu indescriptible melancolía
Que con mis sentimientos guarda armonía...
