Rastrera y cineraria
Adela Zamudio — peregrinando (1943)

— Aun no ha llegado el invierno
y estás mustia hermana mia,
¿Es que este silencio eterno
te infunde melancolía?

¿Te apena ver trasplantada
tu celebrada belleza
a la fúnebre morada
de la paz y la tristeza?

— No: causa bien diferente
me infunde esta pena intensa,
mi enferma y marchita frente
doblo al suelo... ¡de verguenza!
¿No ves que la tierra dura
del tiesto que me sustenta
ni una gota de frescura
recibe, y que estoy sedienta!

¿Por qué a regarme no viene
ya, con su llanto fecundo?
¡Ah! ¡su viudez entretiene
con los consuelos del mundo!

Y en tanto, la savia pierdo
junto a la tumba querida,
y simbolizo el recuerdo...
¡y esa alma ingrata me olvida!

Un sarcasmo es mi presencia
en esta santa morada:
soy la mentida apariencia
que burla la fé jurada.
— ¡Hermana! te compadezco,
y al cabo, cuando sucumbas,
yo reemplazarte te ofrezco;
¡yo, rastrera de las tumbas!

Sí: yo que no necesito
del riego de aquellas manos,
y así la inconstancia evito
de los afectos humanos,

me tenderé cariñosa
cual amplio manto de luto
consagrando al que reposa
pobre, pero fiel tributo;

y si, fingiendo congojas
vuelve un día arrepentida,
¡ya estará bajo mis hojas
esa lápida escondida!
