¡Solo en el mundo!
Adela Zamudio — peregrinando (1943)

No lejos de una granja pintoresca
y en el confín de un prado,
un solitario sitio se encontraba
de cabañas y huertos apartado.
Sombrío y melancólico, a la puerta
de abandonada choza,
un sauce allí, mirado desde lejos
sobre aquellos escombros, parecía
mudo guardián de una olvidada losa.
Solo en el mundo, huraño y pensativo,
bajo su sombra un cazador un día
grabó sus iniciales
en su corteza, y al través del tiempo
el tronco aquel guardaba las señales.
¿Cuál fué su objeto? ¿A quién se dirigía
la cifra misteriosa?
¡Quién sabe! En tanto, el sauce parecía
mudo guardián de una olvidada losa.
Después, cuando en las tardes de diciembre
ya moribundo el sol resplandecía
sobre la tierra de frescor sedienta,
y en las nubes del sud, sorda y tardía,
como en alma inocente la ternura
temblaba la tormenta,
en ese mismo tronco reclinada,
mostrando en la mirada
la sombra de mortal melancolía,
ella, pasaba en éxtasis las horas
hasta que se apagaba atrás del monte
la luz, sumida en lánguida tibieza,
y la noche por fin la sorprendía
cubriendo el horizonte
de funeral tristeza.
Entonces, abismada en sus ensueños,
tornando a la pradera, paso a paso,
avanzaba en las sombras lentamente
bajo el fulgor postrero del ocaso.

II

Era en el campo, en una hermosa noche:
Ante una casa se detuvo un coche
Y una puerta se abrió,
Y una mujer de aspecto venerable,
Presa de una ansiedad inexplicable,
Bajo el dintel de pronto apareció.

Dos jóvenes bajaron del carruaje
Vestidos de uniforme y ya de viaje,
Y la abrazó el más jóven de los dos...
Ambos marchaban juntos a la guerra,
Y a los seres que amaban en la tierra
Era ya tiempo de decir adiós.
Un hijo de su madre se apartaba.
La anciana entre sus brazos sollozaba
Y le estrechaba, amante, al corazón.
Todo el dolor de tan supremo instante
Se pintaba del hijo en el semblante
que ocultar procuraba su aflicción.

Pasaron los abrazos cariñosos:
Callaron los suspiros y sollozos;
Rápido el coche se llevó a los dos,
Y mirando el asilo de su infancia
El joven, aun juzgaba a la distancia
De su madre escuchar la triste voz.

Su compañero en tanto
No dió señales de emoción, ni el llanto
A sus sombríos ojos asomó.
Al ir como al volver, en el camino,
De la luna al reflejo blanquecino
Impasible su rostro se mostró.
Callaba; pero en medio de su calma,
En el hondo silencio de su alma,
Con íntimo dolor pensaba así:
— "Solo estoy de la vida en el desierto.
Si por nadie, al partir, lágrimas vierto,
Nadie vierte una lágrima por mí".

"El, que tiene una madre que le quiere,
Volverá a ser feliz, y, si es que muere,
Habrá quién llore sin cesar por él.
Si vuelve, y ella ha muerto ante su losa
Se postrará con alma cariñosa
Depositando en ella su laurel".

"Mas yo, ¡ni hogar ni tumba... nada mío
— Ave sin nido — siempre en el vacío
Me dejará, al pasar la tempestad...
¡Quién podrá creer que en mi indolente vida,
En esta hora fatal de la partida
Me pese, más que nunca, la orfandad!"

III

En la rápida vertiente:
De una encañada profunda,
Se lanza y ruge un torrente
Que el angosto lecho inunda
Cuando llega la creciente.

En esas cimas se enredan
Plantas de belleza extraña.
Cimas que se abren y ruedan
Con estruendo, que remedan
Los ecos de la montaña.
En medio de la rareza,
de la espléndida belleza
De aquel abrupto paisaje,
Todo respira tristeza,
Todo es agreste y salvaje.

Arriba, faldas desiertas,
Estrechas sendas abiertas
Por los rudos leñadores,
Sendas de abrojos cubiertas
Y de raquíticas flores:

Abajo, rocas inmensas,
Carcomidas, y suspensas
Sobre las aguas del río,
Formando grutas extensas
Do reina un húmedo frio;

Melancólicos rumores
Y misteriosos murmullos,
Y acres y fuertes olores
De desconocidas flores
Y solitarios arrullos;
Pájaros de otras regiones
Que en algunas estaciones
Vienen de un clima lejano,
Cuyas remotas canciones
Nunca se oyen en el llano.

En aquel rincón distante
Sobre el valle suspendido,
Cual amenaza constante
De un demonio vigilante,
Se sintió un ronco ladrido:

El de un can hosco y rabioso.
Que, el inocente reposo
Turbando del campesino,
De terror supersticioso
Llenaba el campo vecino.

Rústico techo apoyado.
En un flanco desgarrado
De la escarpada pendiente:
Sobre un peñón azotado
Por las aguas del torrente,
Tal, distante de otras chozas
Y de toda huella humana,
Tras de vallas espinosas
Era, entre matas frondosas,
La casucha de una anciana.

Espectro de la montaña
Cuya vida era un arcano,
Que a toda afección extraña
Moraba, dura y huraña,
Sin hijo, esposo ni hermano.

¿Qué hacía a solas? ¿qué hacía
Allá en su nido medroso,
Cuando a torrentes llovía
Y la creciente embestía
Con un fragor espantoso?

Cuando, tras hondo estampido,
Su noche de negro olvido
Rasgaba un rayo brillante,
¿Nunca se postró un instante
Ni hubo en su seno un latido?
Espectro de la montaña
Cuya vida era un arcano,
Cuya salvaje cabaña
Guardaba la égida extraña
De algún poder sobrehumano.

¡Cuánto tiene de envidiable
Esa paz inalterable
De que disfruta el labriego,
Bajo un techo miserable
Y en torno de un pobre fuego!

Resignado a cuanto existe
Su ignorancia lo mantiene:
Y en este mundo, el más triste
Afán del hombre consiste
En ansiar lo que no tiene.

Libre de amarga vigilia
Y de inquietudes y penas,
Allá la esposa concilia
Los cuidados de familia
Con las campestres faenas.

Desde el labrador anciano
Hasta el pastor más pequeño,
Todos, con igual empeño
Ganan el pan cuotidiano.

Y así las horas dichosas
Se deslizan a la sombra
De pabellones de rosas,
De las malvas olorosas
Sobre la fácil alfombra...

Mas ¡ay! que nubes fatales
Manchaban ese horizonte;
De manejos infernales
Presagio cierto de males
Era una guarida el monte.

Cuando la vieja importuna
Bajaba del precipicio,
Las chozas, una por una,
Temblaban a la fortuna
Temiendo algún maleficio.
Nunca su mano huesosa
Mostró a esa gente medrosa
Sin recibir un tributo;
Nunca se asomó a una choza
Sin dejarle llanto y luto.

Jamás se vió a los pastores
Ni a los fuertes leñadores,
Al trepar por la montaña,
Pisar los alrededores
De su temida cabaña.

A esto sólo se atrevía,
Cuando apelaba a su ciencia,
Quien una prenda perdía
O de un amante sufría
La obstinada indiferencia;

Que toda dolencia oscura
O aberración, o locura,
O desamor entre esposos,
Eran influencia segura
De sus filtros misteriosos.
Sólo un ser, — la hija piadosa
Del patrón, que en la pradera,
Vagaba de choza en choza
Solícita y bondadosa,
Maestra y juez y hasta enfermera,

De valor haciendo alarde,
De aquella gente cobarde
Despreciando la conseja,
Iba a veces en la tarde
A dar limosna a la vieja.

Un día, a fines de mayo,
Mostraba cierto desmayo
El verdor de la pradera.
Brillaba al poniente un rayo,
Rojo como el de una hoguera;

A la Sibila del cerro
Visitaba en su destierro
La joven, como solía,
Y entre la anciana y su perro
Sus limosnas repartía.
De pronto la extravagante
Vieja, turbado el semblante,
Con ademanes de loca,
Miró al ocaso un instante
De pie, en lo alto de la roca.

— ¿Ves, niña? ¡El destino es ciego!
Dijo, y lanzó un alarido.
¿Ves esa nube de fuego?
¡Esa es la batalla! y luego
Añadió: ¡Nos han vencido!

¿Por qué, si siempre hizo alarde
De despreciar la conseja
De gente simple y cobarde,
La impresionó aquella tarde
La predicción de la vieja?

IV

Ya las brisas otoñales
Soplan húmedas y heladas,
Que el invierno llega al fin,
Y aun florecen los rosales
Protegidos por las tapias
Del jardín.

Lindas flores destinadas
A coronar la victoria
De los hijos de la Patria
Que marcharon a la gloria,
¡Ay! la gloria que alcanzaron
Fué la gloria de morir!
¡Tristes flores, hoy regadas
En la fúnebre capilla
Conmemoran el desastre
Al pie de una cruz sencilla!
¡quién lo hubiera imaginado
Cuando se les vió partir!

Muchos fueron
Los que en el campo cayeron.
— Las plegarias de una madre
Escuchó Dios,
Y volvió el hijo querido;
Mas su hermana inclina al suelo
Su semblante dolorido:
¡El ángel de la esperanza
Le ha dado un secreto adiós!
¿Quién hubiera adivinado,
Triste niña que ocultabas
Un amoroso secreto,
Cuando a verlos te negabas
La noche de su partida
Temiendo desfallecer?
¿Quién hubiera imaginado
Que dejaba tus umbrales
Para no volverle a ver?

En la línea que marca el horizonte,
De la alborada el resplandor se anuncia.
Pálidos ya los astros centellean
Del infinito en la quietud profunda.
El campo está sumido en el silencio
Bajo el diáfano velo de la bruma;
Y en el espacio, inmenso, se levanta
Un astro más hermoso que la luna.
¡Despertad a la vida,
Oh, venturosas almas,
Las que abrigáis, para soñar despiertas,
El ensueño feliz de la esperanza!
¡Qué triste brilla para tí, qué triste,
La luz de la mañana,
Corazón que despiertas en la tumba
Sobreviviendo a todo lo que amabas!
Dos años han pasado
Desde el aciago día;
Dos siglos de tormentos
Para la triste niña.
Esfuerzos sobrehumanos
Por mostrarse serena a su familia.
Horas de soledad, mares de llanto,
Plegarias al Señor, días tras días,
Nada a borrar alcanza la memoria
De su perdido amor — su única vida.
Allí estaba encerrada en su aposento
Tras de leves cortinas,
Tendida, inmóvil, muda,
Cual sombra en un sarcófago dormida.
La luz, en las tinieblas avanzando
Proyectaba una lánguida penumbra

Que dibujaba apenas los contornos
De aquella dulce y pálida figura.

Ella, la que aturdida y bulliciosa
Retozó en otro tiempo en la pradera,
Ostentando los tintes de las rosas
En la mejilla tersa,
Marchita ya, sobre la faz mostraba
En su expresión de postración suprema,
De las íntimas luchas del espíritu
La prematura huella.
Con los ojos sombríos y cerrados,
Con la cabeza hundida en la almohada,
Era el pálido lirio, deshojado
Sobre el gélido manto de la escarcha.

No hay hora más solemne
Que esa del despertar, en que el silencio
Filtra en el corazón, gota por gota,
La hiel de los recuerdos
Sobre su sien purísima
Vagaba adormecido el pensamiento,
Y empezaba a mostrarse estremecida
Cual si un soplo de hielo
Fuese avivando las hirientes chispas
De la apagada hoguera de su pecho,
Hasta alzarse asombrada y conmovida
Del fondo de su sueño.
¿Qué había soñado ¡oh Dios! que se sentia
Más que nunca infeliz y desolada?
¿Qué brillo inusitado y misterioso
Coronaba el fulgor de la mañana?
Miró en torno de sí con extravío,
Y, envuelta en amplia bata,
Dejó el lecho, y cruzando el aposento
Abrió de par en par una ventana.
Al fondo del magnífico paisaje,
Brillante y soberano,
Gigante y majestuoso
Alzábase el cometa en el espacio.

¡Oh, viajero incansable de los siglos,
Errante siempre en tu ignorado rumbo,
Que te has dejado ver por un instante
En el dintel del mundo!
¡Te vas! ¿A verte acaso volveremos
Los pobres habitantes de la tierra?
Verte una vez es abrigar por siempre
Blanca ilusión, tu celestial tristeza...
Ante esa aparición deslumbradora
Que nunca hubo soñado,
Con sencilla expresión de arrobamiento,
Juntando las dos manos,
La joven quedó absorta y, lentamente,
De lágrimas sus ojos se arrasaron.

¡Ay! esa luz tristísima y serena
Le hablaba en su mortal melancolía
De un algo de otro tiempo,
Sombra de una existencia ya perdida,
Que dulce y vagamente
Al través del espacio le decía:

"Aquí estoy, aquí estoy. Sé que me amabas,
Y desde aquí te miro,
Y desde aquí comprendo
Cuánto por mi has llorado y has sentido".

Muchas veces aun vióse al cometa
En dirección de la oriental colina
Brillar primero esplendoroso, y luego
Irse borrando al aclarar el día.
Muchas veces aún, en su ventana
La solitaria niña
Lo contempló, pensando
En su perdido amor — su única vida.

Pero es cruel al par que compasivo
En su poder el tiempo:
Nos arrebata todo — hasta las penas
Que mantener eternas prometemos.

Cesó al fin de llorar. Mudos los labios,
Resignada la faz, los ojos secos,
Era una bella estatua. Parecía
Que al derrumbarse el colosal ensueño
Había obstruído y cegado con escombros
El manantial de su hondo sentimiento.

¡Todo acabó! Como la gota lánguida
Que vibra al extinguirse una armonía,
Clara gota de llanto
Filtración escondida,
Bajo la dura roca de su pecho
Triste un recuerdo alguna vez gemía,
Tímido y tembloroso,
En el fondo dormido de su vida...

Pero, encerrado en la fingida calma
Que se impusiera el corazón ya frío,
Vibraba un solo instante, y, moribundo,
Callaba luego ese postrer latido.

Ser es vivir. — Ser fuerte, ser discreta,
Aprender a perder una esperanza,
Renunciar con valor a un imposible

A otra esperanza que, talvez con llanto
Y volver la mirada

Será forzoso abandonar mañana.

Cuando en el campo mustio y melancólico
Un so lo asolador todo lo seca,
La vida, el esplendor y la alegría
Parecen extinguidos en la tierra;
Pero tras largos meses de letargo
Se anuncia un tibio sol de primavera.
Que reanima los gérmenes ocultos
En que todo renace y se renueva.

Germen que tarde muere es la esperanza:
Y así, en las almas jóvenes,
No mata el infortunio para siempre
Las gratas ilusiones.

Era ella niña al fin — ¿quién, en su caso,
No llora y gime? pero ¿quién no olvida?
Lloró, gimió; mas, transcurriendo el tiempo,
Llegó por fin un día,
En que latió su corazón a impulsos
De un nuevo amor y conoció la vida.

Así cruzó este mundo,
Astro lanzado en la infinita esfera,
Cada vez más opaco y más distante
Y oculto al fin en su perdida huella.
¡Así pasó el recuerdo de aquel hombre:
Y acabó de borrarse
Hasta en el alma fiel y dolorida
De la mujer amante!

¿Quién supo si ese humilde a quien la patria
Expuso del combate al golpe ciego,
Hubiera sido un día
Orgullo de su suelo?
¿Quién supo si los íntimos papeles
Que destruyó en secreto,
La víspera fatal de su partida
Eran la herencia espiritual de un genio?

Solo en el mundo, el infeliz soldado
Ni hermanos tuvo, ni amorosos padres
Que fuesen a buscar en el desierto
La piedra helada en que regó su sangre.
La Historia sólo cuenta las hazañas
Que honraron a los grandes Generales...
¡Murió desconocido
Como suelen morir los inmortales!
