Tardes estivales
Adela Zamudio — peregrinando (1943)

La postrer claridad del ocaso
En los tibios celajes desmaya,
Triste el viento suspira en la playa
De las olas al blando vaivén.

Y a medida que callan los ecos
Y me quedo en las sombras sumida,
Siento apenas un soplo de vida
Que se apaga en mi pecho también.
Ni un rumor que se escucha a lo lejos
Del desierto en la extensa distancia.
¡Ni una flor su escondida fragancia!
¡Ni una estrella su dulce fulgor!

Más profunda y callada y sombría,
Más funesta en su rígida calma,
Más helada es la noche del alma
Que no alienta un destello de amor:
