Vanidad
Adela Zamudio — peregrinando (1943)

En belleza y en recato,
en elegancia y buen trato,
nadie ganaba a Tomasa;
pero pasaban los años
sin que ni amigos ni extraños
dijesen: — ¡Al fin se casa!

La buena doña Prudencia,
mujer de mucha experiencia,
siempre que pensaba en ella
decía con suma gracia:
— A esa niña, que es tan bella,
le hace falta diplomacia;
Si, cuando algún pobre diablo
como el provinciano Pablo
osa decirle: — ¿Me quieres?
ella, cual otras mujeres,
dando una respuesta ambigua,
le mantuviese a su lado,
otro fuera el resultado;
pues la experiencia atestigüa
que, en tratándose de amor,
aunque parezca rigor,
el hombre, aquí o en Europa,
procede como cordero:
allá donde va el primero
se lanza toda la tropa.

Un día, (¡bendita hora)
que la prudente señora
(hablo de doña Prudencia)
oía la confidencia
de un afligido amiguito
a quien su madrasta odiaba,
entró de pronto Agapito,
quien, cuando el mozo, cortado,
se hubo al punto retirado,
le preguntó qué pasaba,
y ella, mintiendo a su gusto
aunque con intento justo,
respondió: — Lo que le pasa
es bien triste: — el pobre niño
está loco de cariño.
— ¿Y por quién? - ¡Ay, por Tomasa!
— ¿Y ella? - No niega ni esconde
que... también... le corresponde;
pero... Agapito lo oyó
y cuando a solas se vió
dijo para su capote:
— ¡Corresponder a ese zote!...
y concluyó en tono seco:
— Si así fuesen mis deseos
yo, con cuatro galanteos
desbancaba a ese muñeco.

Y en visitas y reuniones
con sátiras y alusiones
persiguió tanto Agapito
al inocente amiguito,
que éste, al creerse desafiado
por un celoso obstinado,
quiso el guante recoger;
¡Oh, Prudencia! ¡qué mujer!
A la mañana siguiente
resultó que Tomasita,
ya mentada por bonita,
a falta de un pretendiente
se halló con dos a escoger,
¡Oh, Prudencia! ¡qué mujer!
Tras los dos vino un tercero,
y muy pronto llegó el día
en que Tomasita oía
a cada paso un "Te quiero".

¿Queréis saber el final
de esta batalla campal?
Es que, triunfante, orgulloso,
y juzgándose dichoso
con el amor de Tomasa,
hoy Agapito se casa;
y es que, este mismo Agapito
siempre que encuentra ocasión
de lucir su gran saber,
que la dá de gran perito:
en pleitos del corazón,...
dice con formalidad:
— Sólo por la vanidad
se gobierna a la mujer.
Cuando niño don Conrado
no tuvo mayor empeño,
ni otra ambición, ni otro sueño
que llegar a ser soldado.

Apenas pasaba el día
y era llegada la tarde,
Conradito repartía
entre la turba infantil;
en cada caña un fusil,
y haciendo ruidoso alarde
de militar disciplina,
marchaban con grande afán
al son del ra-ta-plan-plan
de un perol de la cocina.
No hay que añadir que era él
siempre, el jefe del cuartel;
pues se pegó tan de veras
a las tales charreteras,
y este juego peligroso
le dejó tal afición,
que hoy, que es ya padre y esposo,
aun le turba la razón.
Una vez, yo no sé cuándo,
que se encargaba del mando
de un cuerpo de nacionales,
se le pasó en un oficio
la orden de entrar en servicio
por razones muy formales;
incidente ¡oh, desventura!
que le agravó la locura,
pues conserva tal memoria
de ésta su pasada gloria,
que, cuando, como es costumbre,
se habla al amor de la lumbre
de militares campañas;
él, entre grandes hazañas
cuenta que en esa ocasión
hizo, con tropa cansada,
una gran marcha forzada
de la plaza al malecón.

Y no vayais a pensar
que esta inocente manía
es el solo resto hoy dia
de su afición militar;
no, que honra, hacienda, reposo,
deber de padre y esposo,
hogar, salud, no son nada
hasta no ver realizada
la ambición con que delira,
por la que lucha y conspira.
Su ambición ¿sabéis cuál es?
— la misma de su niñez;
la de asombrar a la tierra
con su fama de valiente
y del ejército al frente
ser... ¡Ministro de la Guerra!

Y este mismo niño-grande
que quiere dar de balazos
y despachar a sablazos
a quien le chiste o lo mande,
cuando llega la ocasión
de deplorar las rarezas,
los caprichos y flaquezas
del femenil corazón,
demostrando su saber
dice con gran seriedad:
— No es más que la vanidad
el móvil de la mujer.

El pobre don Baldomero
que cuando pierde el sombrero
manda a su criado a buscarlo,
pues no puede reemplazarlo,
tiene una corte de ociosos
descarados y viciosos
que, conociéndole el flaco,
hallan el medio sencillo
de dedicarse al dios Baco
a costa de su bolsillo
y en una sola vigilia
le hacen gastar de una vez
lo que su pobre familia
gastar pudiera en un mes;
que la gran felicidad,
la gran superioridad
de este pobre caballero,
tenga o no tenga dinero,
es hacer gala de él,
y en entrando en un hotel
dar un golpe en una mesa
y gritar: —¡Mozo! ¡Cerveza!

En horas de lucidez
en que la atroz realidad
le presenta la verdad
en toda su desnudez;
cuando de sí mismo duda
al contemplar a su esposa:
en cuya cara llorosa
hay siempre una queja muda;
y sin pan y sin abrigo
vé a los hijos de su amor
y es, por la fuerza, testigo
de este cuadro acusador;
cuando cobra la lechera,
cuando apura la casera
y todo es ansia y tormento,
presa de atroz reacción
siente un gran remordimiento;
mas llegada la ocasión,
aunque vé que vá al abismo,
nunca tiene el heroísmo
decir: — "Yo me detengo;
no gasto lo que no tengo"
y cede a la complacencia
de ostentar magnificencia
Y hacer de Rotschild o Creso
él, que nunca tiene un peso;
pues este mismo sujeto
— que existe yo lo prometo,
hablando con sus amigos,
de sus flaquezas testigos,
de achaques del corazón,
con profunda convicción
y un aire de gran saber
dice con formalidad:
— No es más que la vanidad
lo que pierde a la mujer.
¡Oh! ¡cuánto estudio profundo
ha hecho el hombre en este mundo,
hoy, como en otras edades,
por hacernos más felices
descubriendo las raíces
de nuestras debilidades!

de nosotras: Ocupado...
pocas veces ha mirado
a su propio corazón.
