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  "titulo": "Corpus Adela Zamudio",
  "version": "0.1.0",
  "generado": "2026-10-11",
  "editor": "Lab TecnoSocial",
  "licencia_textos": "Dominio público (Adela Zamudio, 1854–1928)",
  "licencia_corpus": "CC BY 4.0 (transcripción, limpieza, segmentación y metadatos)",
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 "obras": [
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   "titulo": "El misionero",
   "subtitulo": "poema relijioso",
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   "anio_nota": "El texto está fechado en enero de 1878; la edición, en 1879.",
   "editorial": "Cochabamba, Imprenta de «El Heraldo»",
   "genero": "poesía",
   "firma": "Soledad",
   "disponibilidad": "corpus",
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   "resena": "Su primer libro, firmado con el seudónimo «Soledad». Un poema narrativo en cinco cantos sobre un misionero en la selva oriental de Bolivia, escrito en la estela del romanticismo religioso. Muestra a una joven poeta que todavía no ha roto con la piedad católica que después cuestionará.",
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  {
   "id": "ensayos-poeticos",
   "ilustracion": "valle-cochabamba-cuchicanchi-1913",
   "titulo": "Ensayos poéticos",
   "anio": 1887,
   "editorial": "Buenos Aires, Imprenta de Jacobo Peuser",
   "genero": "poesía",
   "firma": "Adela Zamudio (boliviana)",
   "disponibilidad": "no-digitalizada",
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   "resena": "Primer poemario publicado con su nombre: 24 poemas editados en Buenos Aires por iniciativa de su padre. Le dio reconocimiento continental y la valió el nombramiento de socia honoraria del Círculo Literario de La Paz (1888). No hay ejemplar digitalizado en línea; muchos de sus poemas reaparecen en Ráfagas y Peregrinando, y varios se publicaron en el diario Fígaro de Buenos Aires entre 1887 y 1888.",
   "donde_leer": [
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     "texto": "Poesía, ed. Mónica Velásquez y Virginia Ayllón (Plural, 2017)"
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     "texto": "Obra reunida de Adela Zamudio, Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (2021)"
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  {
   "id": "violeta",
   "lomo": "Violeta",
   "ilustracion": "ilustracion-teatro",
   "titulo": "Violeta o la princesa azul",
   "anio": 1890,
   "anio_nota": "Wikipedia en inglés da 1890 sin fuente; otras referencias dan 1880. Se conserva en Peregrinando (1943).",
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   "resena": "«Juguete dramático» para niñas escrito para sus alumnas, una de las primeras piezas de teatro infantil de Bolivia. El texto se conserva en Peregrinando (1943).",
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   "lomo": "Juguete ortográfico",
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   "titulo": "Juguete ortográfico para las escuelas de instrucción primaria",
   "anio": 1906,
   "editorial": "Cochabamba, La Ilustración",
   "genero": "prosa reflexiva",
   "disponibilidad": "no-digitalizada",
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   "resena": "Material didáctico de la maestra Zamudio, que muestra su trabajo cotidiano en las escuelas de Cochabamba.",
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  {
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   "ilustracion": "ilustracion-teatro",
   "titulo": "El castillo negro",
   "anio": 1906,
   "anio_nota": "Fecha dada por Wikipedia en inglés, sin confirmar. Se conserva en Peregrinando (1943).",
   "genero": "teatro",
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   "resena": "Pieza breve para títeres. Su texto se conserva en Peregrinando (1943).",
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  {
   "id": "intimas",
   "ilustracion": "ilustracion-cochabamba",
   "titulo": "Íntimas",
   "anio": 1913,
   "editorial": "La Paz, Imprenta Velarde",
   "genero": "narrativa",
   "disponibilidad": "con-derechos",
   "destacada": true,
   "resena": "Su única novela es considerada una de las obras fundacionales de la narrativa boliviana. Está hecha de cartas y de páginas de diario íntimo y transcurre en la Cochabamba de comienzos del siglo XX. Retrata la estrechez de la vida social, el matrimonio como destino impuesto a las mujeres y la hipocresía religiosa, desde una sensibilidad que piensa por cuenta propia. El texto de 1913 es de dominio público, pero no hay una transcripción libre en línea: se lee en ediciones modernas.",
   "donde_leer": [
    {
     "texto": "Íntimas, ed. Leonardo García Pabón (Plural, La Paz, 1999 y reimpresiones)"
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    {
     "texto": "Íntimas, prólogo de Giovanna Rivero (Libros de la Ballena, Madrid, 2019)"
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     "texto": "Obra reunida de Adela Zamudio, Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (2021)"
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   "id": "rafagas",
   "ilustracion": "ilustracion-nubes-vientos",
   "titulo": "Ráfagas",
   "anio": 1914,
   "anio_nota": "Sin fecha impresa. La crítica la fecha en 1913 o 1914, la BnF en [1917] y HathiTrust en [192-?].",
   "editorial": "París, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas / Librería Paul Ollendorff",
   "genero": "poesía",
   "disponibilidad": "testimonio",
   "ver_en": "peregrinando",
   "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ",
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   "resena": "Su gran poemario de madurez, impreso en París. Reúne «Nacer hombre», «Quo vadis?», «Fin de siglo», «Loca de hierro» y «Mi epitafio». Sus poemas pasaron casi todos a Peregrinando (1943), que es la edición que usa este corpus. Hay un facsímil digital en Google Books.",
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  {
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   "lomo": "Artículos de prensa",
   "ilustracion": "ilustracion-portada-pluma",
   "titulo": "Artículos y ensayos de prensa",
   "anio": 1913,
   "anio_nota": "Entre 1913 y 1922.",
   "genero": "prosa reflexiva",
   "disponibilidad": "con-derechos",
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   "resena": "Zamudio fue una polemista temible. En «Reflexiones» (El Heraldo, 23 de septiembre de 1913) criticó un concierto infantil de la Liga de Señoras Católicas y desató una polémica con el obispo franciscano Francesco Pierini que ocupó durante meses a la prensa de todo el país. También escribió «Temas pedagógicos» (1914), «Por una enferma» (1914) y «La misión de la mujer» (1922), donde defiende la educación laica y los derechos de las mujeres. Los originales están en la prensa de la época, no digitalizada. Los textos se reúnen en ediciones modernas.",
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     "texto": "Obra reunida de Adela Zamudio, Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (2021)"
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    {
     "texto": "El pensamiento de Adela Zamudio, Virginia Ayllón (Plural, 2019)"
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   "id": "novelas-cortas",
   "ilustracion": "ilustracion-cautivo",
   "titulo": "Novelas cortas",
   "anio": 1942,
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   "editorial": "La Paz",
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   "resena": "Relatos póstumos en los que Zamudio despliega su ironía contra el clero, la política de campanario y la educación de las mujeres. Incluye «El diablo químico», «El capricho del canónigo», «Cómo miente la historia» y el delicado «Cautivo».",
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   "titulo": "Peregrinando",
   "subtitulo": "poesías",
   "anio": 1943,
   "editorial": "La Paz, Editorial «La Paz»",
   "genero": "poesía",
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   "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282",
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   "resena": "La edición póstuma más completa de su poesía, con prólogo de Gregorio Reynolds escrito para su coronación en 1926. Reúne casi todo Ráfagas y añade las piezas teatrales para niñas Violeta o la princesa azul y El castillo negro.",
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  {
   "id": "cuentos-breves",
   "ilustracion": "cochabamba-panoramica-1915",
   "titulo": "Cuentos breves",
   "anio": 1943,
   "editorial": "La Paz, Editorial «La Paz»",
   "genero": "narrativa",
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   "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000015511539",
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   "resena": "Cuentos y estampas de la Cochabamba de su tiempo, como «Violín y guitarra», «El milagro de fray Justo», «Rendón y Rondín» y «El velo de la Purísima», además de una serie de «Pensamientos». Mezclan el humor, la crítica de costumbres y la reflexión moral.",
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   "titulo": "Poemas sueltos",
   "genero": "poesía",
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   "resena": "Poemas transmitidos fuera de los libros anteriores, en antologías, prensa y transcripciones en línea, con indicación de su procedencia.",
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 "fuentes": [
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   "id": "novelas-cortas-lanzr-2014",
   "titulo": "Adela Zamudio, Novelas cortas (1943) — edición digital de Lanzr, 2014",
   "descripcion": "PDF de 81 pp. con capa de texto, transcripción de Novelas cortas (La Paz, 1942/43) editada por Lanzr (lanzresource.blogspot.com) y redistribuida por pdfcoffee.com. Incluye una biografía final de A. Cáceres Romero que no es de Zamudio.",
   "url": "https://pdfcoffee.com/zamudio-adela-novelas-cortas-3-pdf-free.html",
   "licencia": "Dominio público (Adela Zamudio, m. 1928); edición digital sin derechos añadidos",
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   "id": "cuentos-breves-1943-escaneo",
   "titulo": "Adela Zamudio, Cuentos breves (La Paz, 1943) — escaneo de Google Books",
   "descripcion": "Facsímil digitalizado por Google del ejemplar de The Pennsylvania State University Library (HathiTrust pst.000015511539); 164 pp. de PDF, sin capa de texto útil. Incluye un prólogo biográfico ajeno a Zamudio. Texto obtenido por OCR (tesseract, spa).",
   "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000015511539",
   "licencia": "Dominio público (Adela Zamudio, m. 1928); facsímil de Google Books / HathiTrust",
   "archivo": "fuentes/cuentos-breves/860056231-Cuentos-Breves.pdf",
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   "fecha_acceso": "2026-10-11"
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  {
   "id": "cuentos-breves-men-2016",
   "titulo": "Adela Zamudio, Cuentos breves (Bogotá: MEN, 2016)",
   "descripcion": "Edición digital del Plan Nacional de Lectura y Escritura de Colombia (colección «Río de letras»), ISBN 978-958-691-837-4. PDF interactivo de 54 pliegos con texto limpio; biografía, galería y recursos pedagógicos no son de Zamudio y se excluyen.",
   "url": "https://redaprende.colombiaaprende.edu.co/",
   "licencia": "Texto en dominio público; la edición permite la reproducción total o parcial citando al autor y al Ministerio de Educación Nacional",
   "archivo": "fuentes/cuentos-breves/L14_PDF INTERACTIVO.pdf",
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   "fecha_acceso": "2026-10-11"
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  {
   "id": "peregrinando-hathitrust",
   "titulo": "Adela Zamudio, Peregrinando: poesías. La Paz: Editorial \"La Paz\", [1943]. 238 p.",
   "descripcion": "Ejemplar de la Pennsylvania State University digitalizado por Google; vista completa (dominio público) en HathiTrust. Texto: OCR de Google (vista de texto /cgi/ssd) combinado por votación con OCR propio de tesseract (spa) sobre las imágenes de página. El libro abre con un prólogo en verso, «Homenaje a Adela Zamudio en su coronación», de Gregorio Reynolds (pp. [i–ii] sin numerar, seq 9–10): no es de Zamudio y no se incluye como pieza. Contiene 33 poemas (pp. 1–182) y dos piezas teatrales: «Violeta o La Princesa Azul» (pp. 183–204) y «El Castillo Negro» (pp. 205–238). El libro no tiene índice; el orden y la paginación se tomaron de las propias páginas.",
   "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282",
   "licencia": "Dominio público (Public Domain, Google-digitized)",
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  {
   "id": "el-misionero-ia",
   "titulo": "Soledad [Adela Zamudio], El misionero: poema relijioso. Cochabamba: Imprenta de \"El Heraldo\", 1879. 20 p.",
   "descripcion": "Ejemplar de la Cornell University Library (PQ7819.Z26 M6) digitalizado por Google, subido a Internet Archive; es el mismo volumen que HathiTrust coo.31924009762877 (vista completa). Texto: OCR propio con tesseract (spa) votado palabra a palabra contra la capa de texto del PDF y el djvu.txt (ABBYY) de Internet Archive, revisado contra las imágenes.",
   "url": "https://archive.org/details/el-misionero-adela-zamudio",
   "licencia": "Dominio público (obra de 1879)",
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  {
   "id": "wikisource-el-cisne",
   "titulo": "Wikisource (es): «El Cisne», de Adela Zamudio",
   "descripcion": "Transcripción colaborativa; la página no indica de qué edición procede el texto.",
   "url": "https://es.wikisource.org/wiki/El_Cisne",
   "licencia": "Texto en dominio público; página CC BY-SA 4.0",
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  {
   "id": "poesias-para-siempre",
   "titulo": "poesi.as: «Para siempre» / «Wiñaypaj wiñayninkama», de Adela Zamudio",
   "descripcion": "Versión castellana y original quechua. poesi.as lo toma de la antología de traducciones de Liz Henry (bookmaniac.org/poetry/antologia, entrada ?p=1622), quien da como fuente a Taborga de Villarroel, p. 181, y explica que la versión castellana en octosílabos es de la propia Zamudio. El texto quechua de poesi.as trae una laguna marcada «(...)».",
   "url": "https://www.poesi.as/azu001.htm",
   "licencia": "Texto en dominio público",
   "archivo": "fuentes/sueltos/poesias_azu001.htm",
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  {
   "id": "aullido-2024",
   "titulo": "Revista Aullido: «\"Nacer hombre\" y otros cinco textos de Adela Zamudio» (26-11-2024)",
   "descripcion": "Selección divulgativa; para «Progreso» no indica de qué libro o periódico procede.",
   "url": "https://aullidolit.com/nacer-hombre-otros-cinco-textos-adela-zamudio/",
   "licencia": "Texto en dominio público",
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 "textos": [
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   "titulo": "Dedicatoria á la Vírjen",
   "obra": "el-misionero",
   "genero": "poesía",
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     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879 (HathiTrust)",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924009762877"
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   "subgenero": "poema religioso",
   "anio_publicacion": 1879,
   "seudonimo": "Soledad",
   "notas": "Firmado «Soledad» y fechado al pie del poema «Cochabamba, Enero de 1878»: la composición es anterior a la impresión (1879).",
   "resumen": "Cuartetos de versos largos que abren El misionero, dedicados a la Virgen y firmados con el seudónimo Soledad. La voz le ofrece sus cantos sobre la Redención y le pide que interceda por la salud de sus padres, la paz de sus hermanos y la calma de su propio pecho, agitado por tristes impresiones. Conserva la ortografía del impreso de 1879 (rejion, réjio, I como conjunción).",
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    "fe",
    "familia"
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   "texto": "¡Cuán lejos de este mundo de crímenes y males\nEsa rejion exelsa del alto cielo está!\nPero la fé cristiana promete á los mortales\nQue á quien constante orare su Dios le escuchará.\n\nA tí que conociste la terrenal morada\nI que tambien probaste la copa del dolor;\nA tí que hoy en el cielo de gloria coronada,\nOcupas réjio asiento cercado de esplendor;\n\nA tí, la casta rosa, la estrella matutina,\nLa santa de las santas, la madre virjinal,\nA quien nombró entre todas la Trinidad Divina\nDel cielo y de la tierra la reina universal;\n\nOfrézcote estos cantos que mis humildes lábios\nFormulan ensalzando la santa Redencion:\nPreséntalos rendidos al sábio de los sábios\nComo mi pobre ofrenda de amor y adoracion.\n\nI pídele á mi nombre, piadosa Madre mia,\nDé mis queridos padres la vida y la salud:\nLa paz de mis hermanos, su gozo y alegria;\nDe mi familia entera la dicha y la virtud.\n\nI pídele que apague las tristes impresiones\nQue ajitan muchas veces mi pecho con afan:\nQue siempre me acompañen su amor é inspiraciones\nQue el bien y la ventura solo en el cielo estan."
  },
  {
   "id": "el-misionero-canto-1-las-selvas",
   "titulo": "Canto primero. Las selvas",
   "obra": "el-misionero",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "el-misionero-ia",
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    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879",
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     "url": "https://archive.org/details/el-misionero-adela-zamudio/page/n2/mode/1up"
    },
    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879 (HathiTrust)",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924009762877"
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   ],
   "subgenero": "poema religioso",
   "anio_publicacion": 1879,
   "seudonimo": "Soledad",
   "notas": "Firmado «Soledad» y fechado al pie del poema «Cochabamba, Enero de 1878»: la composición es anterior a la impresión (1879).",
   "resumen": "El primer canto recorre el cielo y la geografía de Bolivia, de los valles templados al altiplano helado y las costas del Oeste, hasta detenerse en las selvas vírgenes del Este: ríos que se mezclan, árboles gigantes, aves y fieras, tribus hospitalarias y otras guerreras. En octavas reales de tono solemne, la naturaleza aparece como obra de un Creador ante quien el viajero cae de rodillas.",
   "temas": [
    "naturaleza",
    "patria e historia",
    "fe"
   ],
   "destacada": false,
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   "n_versos": 80,
   "n_estrofas": 10,
   "texto": "¡Cuán hermoso es el cielo de Bolivia!\nOra sobre sus valles abrigados\nDonde una eterna primavera tívia\nVerdes conserva los risueños prados,\nDo en su viudéz la tórtola se alivia\nDando al viento sus ayes prolongados\nOculta entre las cepas de las viñas\nO en los huertos que pueblan las campiñas.\n\nOra diafano, helado, transparente\nSobre sus vastos montes y desiertos,\nDo no se encuentra un árbol ni una fuente,\nDo solo existen arenales muertos\nCimas llenas de nieve eternamente,\nSerros desnudos, de aridéz cubiertos,\nMústias colinas y llanuras grandes\nSobre la altiplanicie de los Andes.\n\nOra puro, sereno, esplendoroso,\nSobre sus yermas costas del Oeste,\nO cargado de nubes y lluvioso\nSobre sus selvas vírjenes del Este;\nDonde es todo variado y prodijioso—\nDonde de pronto, de un collado agreste\nSe baja á una pradera dilatada\nO á una selva tupida y enredada.\n\nAllí do las corrientes que descienden\nDe picos coronados por el hielo\nI de escarpadas rocas se desprenden\nI llegan espumosas hasta el suelo\nDiamantinas y rápidas se estienden\nSobre lechos de verde terciopelo\nI en el fondo se pierden á distancia\nEn bosques impregnados de fragancia.\n\nAllí dó el suelo fértil atesora\nEn sus sitios ocultos y remotos\nCuadros de una belleza encantadora\nPara el resto del mundo siempre ignoto.\nArroyos de agua clara y bullidora,\nRústicas grutas y escondidos sotos,\nDonde mil plantas y árboles sin nombres\nCrecen desconocidos de los hombres.\n\nDonde troncos de alturas admirables\nEstienden sus ramajes jigantezcos.\nBóvedas para el sol impenetrables\nQue cobijan verjeles pintorescos,\nDonde frutos se ven, innumerables,\nPerfumados, dulcísimos y frescos\nPendientes de lijeros pabellones\nCadenas de floridos eslabones.\n\nDonde á veces, dos rios caudalosos,\nUno de aguas fangosas y violentas\nQue dan mujidos sordos y furiosos,\nSe mezcla en avenidas turbulentas\nCon las de otro que en jiros majestuosos\nLas arrastra clarísimas y lentas,\nMansas lamiendo márjenes floridas\nDe ramajes y helechos guarnecidas.\n\nAllí dó anidan las pintadas aves\nLa asquerosa serpiente y la pantera:\nDonde trinos armónicos, suaves\nI el rujido salvaje de la fiera,\nDel manso viento los murmurios graves\nLa copa al remecer de la palmera,\nForman grande y selvática armonia\nQue á los cielos se eleva cada dia.\n\nAllí, dó tras comarcas solitarias\nTantas tribus de indíjenas habitan\nViviendo unidas en familias varias\nQue á sus mayores en bondad imitan\nInclinadas al bien y hospitalarias.\nI otras, en fin, que nómadas se ajitan.\nSiendo por todo, á las demás diversas\nIndómitas, guerreras y perversas.\n\nAllí do la feráz naturaleza\nDe aquel suelo por Dios privilejiado\nMuestra su esplendidéz y su grandeza\nAl viajero confuso y arrobado\nQue humilde inclina al suelo la cabeza\nCreyéndose á otro mundo trasportado\nI que absorto con tantas maravillas\nAnte el Creador se postra de rodillas."
  },
  {
   "id": "el-misionero-canto-2-los-salvajes",
   "titulo": "Canto segundo. Los salvajes",
   "obra": "el-misionero",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "el-misionero-ia",
   "fidelidad": "ocr-revisado",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879",
     "paginas": "4-8",
     "url": "https://archive.org/details/el-misionero-adela-zamudio/page/n4/mode/1up"
    },
    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879 (HathiTrust)",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924009762877"
    }
   ],
   "subgenero": "poema religioso",
   "anio_publicacion": 1879,
   "seudonimo": "Soledad",
   "notas": "Firmado «Soledad» y fechado al pie del poema «Cochabamba, Enero de 1878»: la composición es anterior a la impresión (1879). El ejemplar escaneado tiene dos enmiendas manuscritas que se adoptan: «cercado» → «cercano» («Donde vé mui cercano, de sí en frente», p. 7) y la palabra «manos», que falta en el impreso («Con ambas [manos] fuertemente oprime», p. 7; corchetes nuestros).",
   "resumen": "Llegan las lluvias y la selva renace. Por la orilla de un río avanzan un anciano franciscano y el joven indígena converso que le abre paso a hachazos; el fraile lo despide y sigue solo, sin otra arma que una cruz. Un grupo de guerreros se lanza contra él y se detiene asombrado ante su calma, pero una flecha lo hiere y lo llevan prisionero para sacrificarlo. El canto adopta la mirada misionera de su época sobre los pueblos de la selva.",
   "temas": [
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    "religión y clero",
    "naturaleza"
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   "n_versos": 128,
   "n_estrofas": 16,
   "texto": "Se entolda el puro cielo del invierno\nI comienza á llover por vez primera\nBrotando por do quier un verde tierno,\nSe declara precóz la primavera.\nLa selva, en fin, cuyo verdor eterno\nUn tanto seco por el sol se viera,\nDe pronto, de sus galas revestida\nMuestra en su seno animacion y vida.\n\nHa cambiado de súbito el paisaje\nI mil fragantes y variadas flores\nOstentan su hermosura entre el follaje,\nEn tanto, que los pájaros cantores,\nBatiendo alborozados su plumaje\nPintado de vivísimos colores,\nRevoleteando con afan gorjéan\nI frutos esquisitos saboréan.\n\nTiernos se alzan nogales y moreras\nAl lado de otros árboles jigantes,\nDerechas y flecsibles las palmeras\nElevan sus penachos elegantes,\nI cortinajes mil de enredaderas\nForman doseles de verdor flotantes,\nOrnando los espléndidos salones\nDonde entonan las aves sus canciones.\n\nCopiosa fue la lluvia matutina:\nSin sol se anuncia y nebuloso el dia\nI desciende compacta la neblina\nHasta posar en una selva umbría;\nDe esas que halla do quiera el que camina\nPor el oriente de la patria mia,\nEsa inmensa rejion que rica encierra\nLos mas bellos productos de la tierra.\n\nCual ancha cinta de luciente plata\nCortando el bosque inmóvil y sombrío\nLa tranquila corriente se desata\nDe un cristalino y poderoso rio\nQue en su seno los árboles retrata;\nY de la fértil selva al fondo umbrío\nDos hombres van con lentitud penosa\nSiguiendo su rivera pedregosa.\n\nDe rostro enjuto y venerable frente\nEl de mayor edad, es un anciano:\nLleva sobre sus hombros noblemente\nEl hábito del fraile franciscano\nEl mismo que llevó seguramente\nA tiempo de dejar el Vaticano\nCuando el Papa le dió sus bendiciones\nI le ordenó marchar á las misiones.\n\nNatural de esos bosques, quien le guía\nEs su jóven y fuerte compañero,\nAl que sacó de ciega idolatría\nLa caridad del santo misionero.\nViste como sus padres todavia\nMas para caminar abre sendero\nCon un acha de fábrica europea\nQue en cortar el ramaje diestro emplea.\n\nApenas caminando se sostienen\nDel ancho rio en la escabrosa orilla\nHasta que de improviso se detienen,\nI el joven indio en actitud sencilla,\nEn tanto que ambos, mudos se mantienen,\nA los pies del anciano se arrodilla,\nQuien tendiendo las manos le bendice\nI despues de un momento asi le dice:\n\n—Hijo, vuelve á tu hogar, que hemos dejado\nI en tus plegarias á Jesus Divino,\nPídele sin cesár, si me has amado,\nQue yo cumpla con fruto mi destino.\nEn tanto, por sus gracias amparado\nProseguiré yo solo mi camino:\nInvocando su nombre á cada instante\nI á derramar su luz iré adelante.\n\nAsí el jóven se aleja del anciano\nQue acelera sus pasos entre tanto,\nSin mas equipo en un camino insano\nQue otro cualquier viajero teme tanto,\nQue un tosco y débil báculo en la mano,\nSus sandalias, su túnica y su manto;\nSin mas arma que ampare su jornada\nQue una cruz en su pecho colocada.\n\nEl sol rompe las nubes débilmente\nI se tiñe el oriente de celajes,\nEl viajero se para derrepente\nEn un sitio cercado de boscajes\nDonde vé mui cercano, de sí en frente\nUn espantoso grupo de salvajes,\nI allá, del rio en las profundas aguas\nUn enjambre de balsas y piraguas.\n\nCon ambas [manos] fuertemente oprime\nLa cruz bendita que consigo lleva\nI su alma grande de fervor se imprime\nMientras al cielo en oracion se eleva\nOfrece á Dios con un valor sublime\nSu vida, sin temor que le conmueva;\nI con la calma que en su faz se ostenta\nResuelto á aquellos hombres se presenta.\n\nEllos, en el momento, al divisarle,\nSe lanzan irritados y feroces\nDispuesto cada cual á destrozarle\nCual fantasmas diabólicos y atroces.\nMas, en el mismo instante de alcanzarle\nDando alaridos y espantosas voces\nComo tigres que corren á su presa,\nTodos ante él se paran con sorpresa.\n\nLa cruz eleva con su firme diestra\nInmóvil, mudo, cual si nada viera:\nEl signo santo sin temor les muestra\nI en actitud solemne les espera.\nLa turba olvida su intencion siniestra\nPor que viviendo siempre en guerra fiera,\nAquel valor estraño les sorprende.\nDe un heroe que al morir no se defiende.\n\nMas, solo se sostiene ya un segundo\nQue sangre brota de su pecho herido\nPor que en aquel ataque furibundo\nEl dardo de una flecha ha recibido.\nLívido, sin aliento, moribundo,\nEs del rio á la márgen conducido.\nY desangrado á choros se desmaya.\nEnrojeciendo el suelo de la playa.\n\nLos índios que se van á la pelea\nDisponen que á su vuelta victoriosa\nSacrificado el prisionero sea\nEn una fiesta bárbara y ruidosa.\nY por eso condúcenle á su aldea\nCon crueldad calculada y rencorosa:\nY allí le depositan en las manos\nDe mujeres de niños y de ancianos."
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  {
   "id": "el-misionero-canto-3-la-primera-misa",
   "titulo": "Canto tercero. La primera misa",
   "obra": "el-misionero",
   "genero": "poesía",
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    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879",
     "paginas": "8-11",
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    },
    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879 (HathiTrust)",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924009762877"
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   ],
   "subgenero": "poema religioso",
   "anio_publicacion": 1879,
   "seudonimo": "Soledad",
   "notas": "Firmado «Soledad» y fechado al pie del poema «Cochabamba, Enero de 1878»: la composición es anterior a la impresión (1879). El impreso repite el verso «Cambias los monstruos en sumisos hombres» (p. 8); la repetición está tachada a mano y se omite. Enmienda manuscrita adoptada: «rebatido» → «repetido» (p. 10). Cierra con un cuarteto seguido de una octava; el resto son octavas reales.",
   "resumen": "Abre con un elogio de la «Sagrada historia de la cruz divina», capaz de transformar a los pueblos sin armas. Prisionero, el fraile se gana a sus captores curando enfermos, enseñando a los niños y abriendo comercio con otros pueblos, hasta volverse su juez y maestro. El canto culmina en la primera misa de la selva, con el cielo por techo y el universo por templo, y una larga letanía de los nombres de Dios.",
   "temas": [
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    "religión y clero",
    "educación"
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   "n_versos": 92,
   "n_estrofas": 12,
   "texto": "¡Sagrada historia de la cruz divina,\nSalvacion de la humana criatura.\nRayo de luz celeste que ilumina\nLa negra senda de la tierra oscura!\n¡Testamento de un Dios! Santa doctrina\nDe amor, de mansedumbre y de dulzura!\nNo hai uno á quien no vensas y no asombres.\nCambias los monstruos en sumisos hombres.\n\nApóstoles heroicos tus soldados,\nNo conocen obstáculos ni valla\nI corren por el mundo desarmados\nTriunfando siempre en colosal batalla.\nAnte tus grandes dogmas revelados\nLa voz de la mentira muda calla;\nRejeneras al hombre y le ennobleces\nI humillando su orgullo le engrandeces.\n\nUn sacerdote débil, indefenso,\nEn pueblos de salvajes penetrando\nHá conseguido solo, un triunfo inmenso,\nComo Cristo, su sangre derramando;\nRasgando ante el infiel un velo denso\nSu obtusa intelijencia iluminando\nLe muestra poco á poco una enseñanza\nDe fé, de caridad y de esperanza.\n\nEl prisionero herido á quien guardaron\nPara sus espantosos sacrificios;\nCuyo raro saber, aprovecharon\nAplazando sus bárbaros suplicios;\nA cuya proteccion se acostumbraron\nPor su mucha bondad y sus servicios,\nVeneracion y amor há conseguido\nI en mandatario y juez se ha convertido.\n\nDejándoles absortos con su ciencia,\nMales evita y los enfermos cura\nI dándoles lecciones de clemencia\nSuaviza su fiereza y su bravura.\nLos infieles anhelan su presencia\nSiempre con ellos él estar procura:\nA todo niño en educar se empeña\nI sú idioma bien pronto les enseña.\n\nFundando relaciones comerciales\nCon pueblos que él dejó, les comunica:\nLes hace odiar el crímen y sus males:\nDe Cristo la doctrina les esplica.\nEsas leyes benignas, celestiales,\nCon palabras y ejemplos les predica.\nEn nombre del Dios Trino les bautiza\nY allí celebra su primera misa.\n\nTeniendo entonce, el cielo por techumbre,\nPor ornato las selvas y sus flores,\nPor concierto de santa dulcedumbre\nDe la naturaleza los rumores,\nI por lámpara el sol—radiosa lumbre\nQue baña un hemisferio de fulgores;\nPor témplo el universo esplendoroso\nI por incienso el zéfiro oloroso—\n\nEl Soberano Autor del infinito\nDios y Señor de todas las naciones,\nEl que asienta su trono de granito\nSobre vastas y altísimas rejiones:\nEl Padre de los hombres, el Bendito\nA quien cercan anjélicas lejiones,\nEl Artista de májica paleta\nEl Supremo Hacedor, el Gran Poeta;—\n\nEl que pobló de mundos el espacio\nI para quien los astros resplandecen\nCon sus brillantes luces de topacio,\nQue el firmamento alumbran y embellecen,\nAquel que tiene un cielo por palacio\nI á quien todos los seres obedecen,\nEl que formó las jigantescas peñas\nI la arena en partículas pequeñas.\n\nAquel con oleo divinal Unjido\nSeñor de reyes, Rei de soberanos\nCordero como victima ofrecido\nQue ha repetido siempre á los cristianos:\n—A todos con mi sangre hé redimido\nPor que todos los hombres sois hermanos.\nEl que dijo á los suyos—Hijos mios\nPredicad á jentiles y judios.\n\nEse Jesus que al remontarse al cielo\nNos legó el mas magnífico portento,\nQue de la fé tras el tupido velo\nHabita en el altar del sacramento.\n\nEl eterno entre todos los mortales\nEl que no tiene fin y es el primero\nQue las órdenes dió sacerdotales\nEn la postrera sena del Cordero—\nLas fraces al decir, sacramentales\nSu ciervo sacerdote misionero,\nDesciende de los cielos Uno y Trino\nI en Cristo sé convierten pan y vino."
  },
  {
   "id": "el-misionero-canto-4-la-historia-de-la-cruz",
   "titulo": "Canto cuarto. La historia de la cruz",
   "obra": "el-misionero",
   "genero": "poesía",
   "orden": 5,
   "fuente_base": "el-misionero-ia",
   "fidelidad": "ocr-revisado",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879",
     "paginas": "11-17",
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    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879 (HathiTrust)",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924009762877"
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   "subgenero": "poema religioso",
   "anio_publicacion": 1879,
   "seudonimo": "Soledad",
   "notas": "Firmado «Soledad» y fechado al pie del poema «Cochabamba, Enero de 1878»: la composición es anterior a la impresión (1879).",
   "resumen": "En una noche de luna, una fila de canoas con indígenas ya convertidos baja por un río cargada de productos de sus campos. Desde la proa, el anciano franciscano les narra la historia sagrada: la creación, la caída de los ángeles y de Adán y Eva, la Virgen y la pasión de Cristo. El canto, el más largo del poema, termina con los viajeros acampados en la orilla y una plegaria que llena la selva.",
   "temas": [
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    "religión y clero",
    "naturaleza"
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   "n_palabras": 1239,
   "n_versos": 208,
   "n_estrofas": 26,
   "texto": "Rojo lucero en el zenit flaméa,\nBlanca brilla la luna del estio,\nBlanda una embarcacion se balancea\nSobre el seno pacífico de un rio.\nMelancólico cuadro que sombrea\nLa negra oscuridad del bosque umbrío.\nNo entonan ya las aves su querella\nNi el tigre marca su pesada huella.\n\nTan solo grata, embriagadora brisa,\nDe cálidos aromas saturada,\nSuave al soplar, la superficie riza\nDel agua transparente y sosegada—\nRompiendo por las ramas, se desliza\nLa luz del astro, tímida y plateada\nImprimiendo en las ondas su reflejo\nComo en bruñido, reluciente espejo.\n\nI mas lejos, atras, entre la bruma\nOtras embarcaciones adelantan\nRodeadas de los círculos de espuma\nQue remeros diestrísimos levantan—\nCual pardas aves de negruzca pluma\nSuaves hendiendo la corriente saltan,\nI del agua que cortan los murmullos\nSe escuchan como lánguidos arrullos.\n\nLos indíjenas son, qué belicosos,\nVivieron siempre en guerra ó en campaña,\nQue hoi sumisos sociables, industriosos,\nYa nada tienen de su antigua zaña—\nEl Padre, á quien respetan amorosos,\nApóstol de su fé, les acompaña,\nI conducen á pueblos apartados\nProductos de sus campos cultivados.\n\nAllí está—de sus fieles vá delante\nEl santo sacerdote franciscano.\nCon su noble, humildísimo semblante,\nSu calva frente y su cabello cano:\nDulce pastor, que á su rebaño errante\nLlevó al redil con protectora mano—\nSentado en un asiento de la proa\nDirije en calma la primer canoa.\n\n—\"Ved\"— dice á sus amantes compañeros\nQue oyen anciosos su tranquilo acento—\n\"De esos astros mirad los reberberos,\nVed la bóveda azul del firmamento.\nMirad esos millares de luceros,\nEste bosque, estas aguas, este viento......\n¿Quién con alientos y poder supremos\nEs el autor de todo lo que vemos?\n\n¿Quién há existido cuando nada habia\nAntes que el Universo se creara\nY que la estensa inménsida vacia\nDe luceros y estrellas se poblara?\nAntes de que la luz del claro dia\nDel rutilante sol se derramara?\n¿Quién al hombre formó, rei de los seres?\n¿Quién le há dado dolores y placeres?\n\nYa os lo hé dicho—un señor tan poderoso\nQue ante su fuerza, fuerza no hai alguna,\nBrillante como el sol y esplendoroso,\nDulce cómo el reflejo de la luna—\nComo las flores, delicado, hermoso,\nRejidor del destino y la fortuna\nQue ser y vida y bienestar nos presta\nI llena de tesoros la floresta.\n\nEs un Señor de cuya mano amiga\nSe reciben favor y bendiciones,\nQue formó al elefante y á la hormiga\nI dispuso bonanzas y turviones—\nUn Juez que á cada cual prémia ó castiga\nSegun lo que merecen sus acciones,\nI cuya recta y eternal balanza\nAdministra justicia—no venganza.\n\nHai una historia dolorosa y tierna\nQue á las jeneraciones fué legada,\nAnte la cual el mundo se prosterna.\nQue en un libro sagrado fué gravada—\nUna trajedia perenal y eterna,\nPor Dios, allá en los cielos principiada,\nQue prodijios auténticos encierra\nI sigue con los hombres en la tierra—\n\n—¡Escuchad! ¡Era un Dios! Uno en esencia\nDe tres personas con la union formado,\nQue de siglos y siglos en presencia\nFué en los siglos y siglos increado—\nGozándose en su propia complasencia\nDe inagotable gloria fué colmado:\nUnico y solo en Trinidad unida\nViviendo eterno de su propia vida;\n\nMas, derramar queriendo su ventura\nEn seres, que felices le adorasen,\nMandó desde su sólio de la altura\nQue la tierra y los cielos se formacen;\nI quiso que dotados de hermosura\nAnjeles numerosos se creasen;\nMas, muchos de estos ánjeles pecaron\nPor que á soberbio orgullo se entregaron.\n\nHundiéndoles por siempre en un infierno\nDó de su amor la falta se sufriera,\nAl hombre formó entonces el Eterno,\nI le dió á la mujer por compañera,\nMas, envidioso él jefe del Averno\nI queriendo que el hombre se perdiera\nTentolés, de serpiente disfrazado,\nI Eva y Adan cayeron en pecado.\n\nDios, que del ánjel la rebelde frente\nSelló con pronto y ejemplar castigo,\nSe mostró en sus designios induljente\nCon el hombre culpable, su enemigo\nCreado por su gracia omnipotente,\nDe su gloria partícipe y testigo,\n¿Como apartarse por fatal sentencia\nDe Adan, y de su entera desendencia?\n\nMas, ¿como perdonarle su delito\nFaltando a su justicia inexorable?\n¿Que era la espiacion de un ser finito\nAnte la ofensa a un Dios incomparable?\nTan solo un ser de orijen infinito\nEra víctima digna y aceptable\nI del Eterno verbo, del Dios Hijo\nLa pasion y la muerte les predijo.\n\nMas, años mil tras mil fueron pasando\nSin que este redentor se presentase,\nI asi la humanidad vivió, esperando\nEl prometido sol qué le alumbrase,\nQue negra mancha de baldon borrando\nSu frente, con su luz purificase,\nI al fin nació la vírjen cuya planta\nTronchó de la serpiente la garganta.\n\nBlanca perla de nítida limpieza,\nDelicada, odorífera azucena,\nFuente de castidad y de pureza\nDe raros dones y de gracias llena,\nModestia revestida de belleza\nMajestad humildísima y serena,\nDel mundo la esperanza y alegria\nModelo de virtud—era Maria.\n\nTiempo era ya de que con llanto aservo\nRegase el árbol de la cruz fecundo\nElla el anuncio oyó del ánjel siervo\nCon respeto humildísimo y profundo.\nConsumóse la encarnacion del Vervo\nPara cumplir la Redencion del mundo;\nI nació de una vírjen un Dios-hombre\nQue llevó de Jesus el dulce nombre.\n\nMas, esperando la nacion judia\nDel cielo un Salvador omnipotente,\nPensó que de su trono bajaria\nCercado de poder resplandeciente,\nI cuando un hombre presentose un dia\nQue se llamaba Dios humildemente,\nEmbustero, insensato, le llamaron\nI de impostor y loco le acusaron.\n\nEra Jesus un hombre indescriptible\nDe figura imponente y majestuosa.\nA quien rodeaba un algo incomprensible\nComo de luz aureola misteriosa—\nSu palabra elocuente, irresistible\nMuda escuchó la multitud ánciosa,\nCuyos males benignos remediaba\nI á quien nueva doctrina predicaba.\n\nAlgunos, envidiando sus honores,\nDe la turba exitando el torpe vicio\nConvirtieron á todos en traidores\nI á Jesus condenaron á un suplicio—\nClavado en una cruz con mil dolores,\nCon risas, y sacrílego bullicio,\nAlzado fué del Gólgota en la cumbre\nAnte la cruel é impia muchedumbre.\n\nI el cordero murió sacrificado\nI se cumplió del Redentor la historia,\nI el misterio por siglos anunciado\nQuedó eterno del mundo en la memoria,\nI lavada la mancha del pecado\nAbrieronse las puertas de la gloria—\nDe entonce, el pecador arrepentido\nPuede ver el paraiso prometido.\n\nLa historia de esta muerte salvadora\nGrandes lecciones de salud encierra;\nI por eso su fé consoladora\nSuavizó los horrores y la guerra;\nI por eso su luz conquistadora\nSe derramó esparciéndose en la tierra\nPor eso vine aqui yo, misionero\nDel Dios Unico solo y verdadero.\n\nLa estrella del zenit ha descendido\nSigue la luna iluminando el cielo,\nI se escucha por único ruido\nDel manso viento el fujitivo vuelo—\nLos viajeros su marcha han detenido\nPara saltar de la rivera al suelo\nDonde joviales y con gran contento\nEstablecen su alegre campamento.\n\nLuego, tras desembarque bullicioso\nReuniéndose con calma se sérenan\nI en medio de un silencio relijioso\nCánticos dulces el espacio llenan:\nCánticos que con eco misterioso\nDel bosque entre los árboles resuenan\nI el sacerdote una oracion murmura\nLlorando de piedad y de ternura.\n\nNo hai nada comparable a la belleza\nDe esta piadosa y férvida plegaria\nQue los indios entonan con tristeza\nViajando por la selva centenaria,\nPlegaria cuya armónica grandeza\nSolemniza la noche solitaria\nI que deja la mente adormecida\nI el alma dulcemente conmovida."
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  {
   "id": "el-misionero-canto-5-la-tumba-en-el-bosque",
   "titulo": "Canto quinto. La tumba en el bosque",
   "obra": "el-misionero",
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     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879",
     "paginas": "17-20",
     "url": "https://archive.org/details/el-misionero-adela-zamudio/page/n17/mode/1up"
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    {
     "edicion": "El misionero: poema relijioso, Cochabamba: Imp. de \"El Heraldo\", 1879 (HathiTrust)",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924009762877"
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   ],
   "subgenero": "poema religioso",
   "anio_publicacion": 1879,
   "seudonimo": "Soledad",
   "notas": "Firmado «Soledad» y fechado al pie del poema «Cochabamba, Enero de 1878»: la composición es anterior a la impresión (1879). La línea de puntos del impreso antes de la última octava se marca con «* * *».",
   "resumen": "Al anochecer, en una pradera escondida de la selva, se alza una cruz de madera entre piedras y flores, lejos de toda huella humana. La voz pregunta quién la puso allí y cómo murió el fraile que yace debajo, si entre sus conversos o a manos de otra tribu. La última octava, separada por una línea de puntos, despide al «Bendito martir de la fé cristiana».",
   "temas": [
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    "naturaleza"
   ],
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   "texto": "Triste como el mirar del moribundo\nBrilla el sol al hundirse en occidente\nY se apaga segundo por segundo\nSu débil resplandor desfalleciente.\nSu adios recibe el enlutado mundo\nCubriéndose de sombras lentamente\nY con universal melancolia\nLa noche viene y agoniza el dia.\n\nNi una casa se vé, ni una cabaña,\nNi poblacion lejana se divisa.\nTan solo un bosque al pié de una montaña\nCuyas estensas faldas entapiza\nY cuya cima altísima se baña\nCon un rayo postrer de luz rojiza\nQue muestra al espirar iluminadas\nLas copas de los árboles doradas.\n\nNo se oye ya de la floresta hermosa\nEl concierto frenético y constante\nNi el cántico del ave bulliciosa\nNi del mono el silvido penetrante.\nSolo al pasar volando presuroso\nLanza el loro su grito discordante,\nPero luego el silencio se establece\nY el universo en calma se adormece.\n\nAbajo, al fondo, en el oculto suelo,\nLa sombra de las ramas se bosqueja.\nDe la planta el aroma sube al cielo:\nZumba volando dilijente abeja,\nDeja oir su murmullo el riachuelo\nY la paloma su doliente queja;\nY el aura ajita sus errantes jiros,\nDando á la luz sus últimos suspiros.\n\nDe aquel monte subid a una ladera:\nTended la vista por las selvas bellas\nY en su centro vereis una pradera\nAl tibio resplandor de las estrellas.\nUna cruz se alza alli—cruz de madera,\nMas no hai del hombre las menores huellas,\nNi una señal siquiera, ni un sendero\nQue haya dejado el paso del viajero.\n\nDe pedestal le sirven y de asiento\nToscas piedras sin órden agrupadas\nY embalsaman el aire con su aliento\nFlores entre sus brazos enlazadas.\nOrnan del verde prado el pavimento\nJuncos y sensitivas delicadas\nY aquel sitio custodian y hermosean\nArboles que do quiera le rodean.\n\nTodo es grandioso alli—nadie ha creado\nMonumento mas bello y portentoso:\nJamas el signo de Jesus sagrado\nTuvo un templo mejor ni mas hermoso.\nCielo, montaña y bosque—verde prado,\nTodo envuelto en un velo misterioso\nDe vespertina luz á los fulgores—\nY en fin la cruz en un altar de flores.\n\nMas, quien la puso allí? ¿quien ha podido\nPenetrar en la selva solitaria?\nEl madero entre piedras sostenido\nEs de alguno la enseña funeraria?\nNo hai inscripcion que en medio del olvido\nDemande para un hombre una plegaria.\n¿Para qué, si ni un solo peregrino\nEncontrara la cruz en su camino?\n\nPero en cambio los cielos la protejen\nCual urna que los astros iluminan,\nLos árboles que en torno se entretejen\nSus ramajes balsámicos inclinan.\nAunque no hay hombres que una flor le dejen\nFlores mil en sus brazos se reclinan.\nSi nadie al visitarla triste llora\nSe baña con las perlas de la aurora.\n\nContenplad esa cruz—alli, en el suelo\nDe un silvestre, escondido cementerio,\nBajo la inmensa bóveda del cielo\nY rodeado de paz y de misterio,\nDespues de haber cunplido con anhelo\nEl mas grande y sublime ministerio,\nDuerme un justo su sueño postrimero:\nEs la tumba de un fraile misionero.\n\n¿Cual su muerte habrá sido? entre los fieles\nConvertidos por él y que le amaron\nO entre otras tribus bárbaras, crueles,\nQue abnegado buscó; qué le inmolaron?\n¿Quienes entre palmeras y laureles\nEn el prado sus restos sepultaron?\n¡Santa la mano que dejó, piadosa,\nUna cruz, en la tumba en que reposa.\n\n* * *\n\nTú que dejando los nativos lares,\nLas mas dulces y caras afecciones,\nAtravesaste los estensos mares\nY entre peligros mil y privaciones\nFuiste del hombre inculto a los hogares\nA enseñarle de Cristo las lecciones;\n¡Descansa en paz de tu carrera humana,\nBendito martir de la fé cristiana!"
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   "id": "cautivo",
   "titulo": "Cautivo",
   "obra": "novelas-cortas",
   "genero": "narrativa",
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   "fuente_base": "novelas-cortas-lanzr-2014",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
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     "edicion": "Novelas cortas, La Paz, 1942 (ed. digital Lanzr, 2014)",
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   "anio_publicacion": 1942,
   "notas": "La portada de la edición digital dice 1943; los catálogos (HathiTrust) fechan la edición paceña de Novelas cortas en 1942.",
   "resumen": "Una muchacha que espía desde su balcón a un pájaro enjaulado en la casa de enfrente se cuela un día de fiesta para soltarlo; después toma la palabra la dueña del ave. El monólogo, lleno de exclamaciones, hace de la jaula un emblema de toda cautividad y se pregunta qué hace la libertad con quien la perdió por costumbre. El desenlace desmiente la buena intención y se vuelve alegato contra quienes encierran aves por adorno: «¡Cárcel y tumba!».",
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   "texto": "La puerta del vestíbulo entreabierta y todas las demás de par en par... Nadie me ha visto, todos, amos y criados están en el comedor.\n\nLa preciosa señorita no toma parte en esos afanes. Si en este instante se presentara, le diría que he venido a ofrecerle mis servicios con motivo de su fiesta... nada más natural, soy su vecina y hasta puedo llamarme su amiguita... pero no, no hay cuidado. Es muy temprano y nadie piensa todavía en el salón. Qué momento más oportuno; si no lo aprovecho, me quedaré sin realizar mi intento. Dicen que las gitanas se roban a los niños y yo ahora hago de gitana... el pequeño en su sitio. A causa de la fiesta metió la jaula, cerró el balcón y lo puso a dormir más temprano que de costumbre.\n\n¡Pobre cautivo! tan quietecito, tan meditabundo, casi siempre está así. —La calle angosta y mi balcón al frente, todos los días, labor en mano, lo observo con cariño y al verle pensativo me pregunto, ¿en qué piensa? Más de una vez he imaginado el trágico momento que decidió por siempre su destino. Libre y feliz vagaba en la espesura cuando cayó sobre él la gorra del pilluelo que le acechaba. Rápido como el rayo, logrando aprisionarle bajo la copa la ajustó contra el suelo con una mano y con la otra levantó la visera y la cogió. El infeliz se defendió a aletazos pero, la mano diestra y dura lo empuñó al fin para arrojarlo luego al interior de la jaula de cañas. Aterrado, jadeante, con el pico entreabierto latiéndole el corazón con tal violencia que parecía salírsele del pecho permaneció aplastado, con las alas abiertas. Así cayó sin duda —así caen todos. Así fue conducido a la ciudad y ofrecido de puerta en puerta como vil mercancía.\n\nEsa mujer despiadada lo compró como quien compra un tiesto de claveles, quería adornar su balcón. Yo desde el mío lo observaba todo. Compadecida de su espanto, lo dejó solo un rato, después volvió; midió la altura, colocó un clavo en la pared exterior, colgó la jaula y se alejó. El pobrecito, tranquilizado, poco a poco contemplaba con ojos azorados los extraños objetos que le rodeaban... entonces ¡ay! empezó su porfía, tenaz, inacabable, desgarradora. ¡Quería salir! Pasó la tarde, amaneció otro día y continuó su afán día tras día. ¡Era para mí tormento de todos los instantes! Prendido a dos barrotes con las patitas, intentaba sacar la cabecita pensando hallar resquicio por donde escapar. A veces, cansado de buscar una salida, se estrellaba violentamente contra las rejas protestando con todas sus fuerzas contra la bárbara crueldad de que era víctima. ¡Todo en vano! Las puertas no se abrían, y al fin vencido, anonadado, se quedó en su sitio. De esto hace ya más de un año.\n\nSu carcelera lo supone contento porque le ve saltar de un lado a otro en la estrecha cavidad a que está reducido. No sabe que esos saltos obedecen al instinto de conservación sin el cual acabaría por entumecerse. Lo considera feliz porque jamás le falta el buen alpiste, la hoja de lechuga, el vaso rebosante de agua cristalina. ¡Ah!, pero todo eso no es lo mismo que lanzarse de pradera en pradera, de floresta en floresta, bañándose en los raudales, solazándose en los setos, picoteando aquí y allí granos y frutas sabrosas.\n\nEsta mañana, bandadas de aves pasaban a lo lejos, saludándola con gritos de felicidad. El prisionero se estremeció — un impulso instintivo agitó sus alas. ¿Iba a lanzarse dichoso tras los frenéticos? ¡Ay!, la experiencia le había probado demasiadas veces que su arranque sería vano. Se quedó inmóvil. Otra vez gritos lejanos, de pronto, olvidando su situación, batió las alas entusiasmado y alzó un canto. ¡Himno que en la hora de los recuerdos se exhala en la nostalgia de la patria ausente!\n\nMás tarde, junto a esos ricos plumajes de algunos pájaros errantes posados en el balcón, las alas estropeadas del prisionero se asemejaban a una túnica de andrajos. Lo contemplaba inmóvil. ¿Estaba haciendo la comparación? ¿Se avergonzaba de su figura?\n\n¿Su dicha está en mis manos? A eso he venido.\n\nTras muchos días, a veces tras muchos años, llega por fin un momento trascendental en la vida de un condenado.\n\nLa tarde, tibia y serena te brinda sus delicias. ¡Huye!\n\nYa dio con la salida — ¡Qué sorpresa!— la jaula abierta —por fin salió... vacila receloso, asustadizo— teme ser sorprendido.\n\n¡Cobarde! ¡Anímate! Se ha deslizado a pequeños saltos a lo largo del barandal. Despliega las tristes alas, ¡al fin! Se ha posado en el tejado vecino.\n\n¡Adiós! Se fue.\n\n¡Qué mañana tan triste! Desde el momento de despertar he sentido un vacío... El mismo que nos deja una persona amada que se va... ¿Es posible que la ingratitud de una avecita haya podido impresionarme así, tan hondamente? Mejor hubiera sido ignorarlo todo hasta la mañana. Fatal casualidad la que me trajo a esta sala, en busca del abrigo de una de nuestras convidadas cuando se retiraban. ¡Qué sorpresa la mía al hallar la vidriera del balcón abierta y vacía colocada afuera sobre el barandal! No dije a nadie nada —cerré el balcón, despedí a mis amigas, me refugié en mi cuarto y he llorado. ¡Quién lo creyera! ¡Como nunca! Dormí al principio una o dos horas. Las ráfagas del viento y de la lluvia me despertaron y no volví a dormir.\n\n¡Qué noche más eterna! El viento sacudiendo las puertas y ventanas nos llenaba de angustia. ¿Qué será de él a estas horas?, me preguntaba.\n\nYa sé quién es. La vecina de enfrente. Esa muchacha medio loca, cuyas visitas acepté, por exceso de condescendencia. Una de las sirvientas la vio entrar, creyó que me buscaba con algún motivo. ¿Quién iba a figurarse...? ¡Qué envidia! ¡Qué maldad...!\n\nAnoche dejé la jaula donde estaba, sobre el barandal. Ha caído al piso del balcón con tanto viento. Los vasos rotos... ¿Qué importa? Jaula vacía no quiero verla... que se la obsequien a cualquiera...\n\nPero, ¿qué cosa es esa que yace entre las rejas? ¡Dios mío! Su cadáver, ¡es él! Rígido, yerto. Qué horror... Pero, ¿cómo se explica? —Si anoche he visto bien, no estaba, los focos de luz de la calle la alumbraban, no me engaño, la jaula estaba... — no puedo equivocarme— vacía... ¿Qué es esto? ¡Ya recuerdo!, volvió...\n\nMe explico plenamente lo que ha pasado. Al emprender la fuga, momento tras momento —rey del espacio recobró sus dominios— voló, voló sin tino, loco, aturdido, bañándose en la luz de los celajes, bebiendo los efluvios de la niebla.\n\nVoló sin rumbo, sin descanso, hasta que al fin, agotadas sus fuerzas vino a parar sin saber cómo al punto de partida. Para el infeliz recluso, apartado toda una vida de sus semejantes, el mundo era un desierto... ¿Qué le esperaba en él?\n\nNi un nido allá en el bosque o la montaña —ni un amoroso reclamo que lo orientara desde lejos. Anochecía —perdido el hábito de la libertad y con él el valor de bastarse a sí mismo, la inmensidad, oscura y desconocida lo amedrentó— era preciso decidirse, sí, después de tanto afán, era preciso renunciar al vasto imperio del espacio y entrar... pero no entró a esas horas. Daban las diez de la noche, cuando salí al balcón y hallé la jaula abierta y vacía. ¡Quién sabe si en este instante, el pobrecito se acurrucaba en algún rincón del barandado! Sin duda vacilante. La jaula, estaba ahí, en ella al menos no le faltaría el alimento cotidiano y un rinconcito conocido y seguro para pasar la noche... ¿qué le quedaba? acabó por entrar...\n\nPero a poco, la lluvia cayó a torrentes, la jaula expuesta a la intemperie se sacudía. ¡Infeliz! —habituado al ambiente del salón; no ha podido resistir al frío exterior. El viento lo arrojó al suelo ya moribundo y el soplo del amanecer lo dejó helado. ¡Cárcel y tumba! Esa es la suerte de todas las avecitas enjauladas. Entran vivas, ágiles, graciosas y salen tarde o temprano inanimadas, desechas. Y todo por qué. Por la necia complacencia de tener a la vista un objeto de lujo, adorno de la sala o del balcón. Como si siendo libres y felices, no vinieran por sí solas a visitarnos en el jardín poblándolo de melodías.\n\n¡Qué imbécil fui..!, y qué imbéciles son todos los que se gozan en el martirio de un pequeño ser que nació para volar inquieto de confín a confín y ahora agoniza aprisionado en una estrecha cavidad en que apenas puede moverse. ¡Es un crimen que nunca, nunca volveré a cometer!\n\n¡Hijos del cielo, viajeros del espacio —vivid, gozad! ¡Bajo la cúpula azul del infinito! Cuando mi valle empiece a sonreír en primavera; cuando el estío cubra su suelo de hojas amarillentas; en toda estación, vuestra voz, en que vibra la alegría de la inocencia, encantará mi vida llenándola de poesía—pasad, pasad, y si queréis colgad el nido bajo el alero de mi casa, hacedlo, que nunca más os haré daño"
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   "id": "a-buenos-aires",
   "titulo": "A Buenos Aires",
   "obra": "novelas-cortas",
   "genero": "narrativa",
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   "fuente_base": "novelas-cortas-lanzr-2014",
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     "edicion": "Novelas cortas, La Paz, 1942 (ed. digital Lanzr, 2014)",
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   "subgenero": "relato",
   "anio_publicacion": 1942,
   "notas": "La portada de la edición digital dice 1943; los catálogos (HathiTrust) fechan la edición paceña de Novelas cortas en 1942.",
   "resumen": "Clara, una costurera pobre, rechaza un puesto de gobernanta en Buenos Aires para no abandonar a Lucho, el huérfano que crió y al que su abuela política castiga a latigazos. Su amigo Miguel Terán improvisa entonces un plan audaz, con una canasta, mentiras piadosas y una falsa persecución a caballo, que el relato sigue con ritmo de comedia de enredo. Bajo el humor late la denuncia del maltrato infantil y la defensa de un cariño materno que no depende de la sangre.",
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    "infancia",
    "familia",
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    "humor e ironía"
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   "texto": "Un domingo, al volver de misa, Clara llegó a la puerta de su casa al propio tiempo que Miguel Terán, un buen amigo que la visitaba a la muerte de un obispo. Venía a pedirle ayuda en un pequeño asunto. Y se lo dio a conocer allí mismo, sin entrar, porque estaba apurado.\n\n—Tengo dos amigos —dijo. Un señor... y su señora. Excelentes personas, son de aquí, pero han vivido muchos años en Europa, ahora se hallan de paso en ese hotel (y señaló el edificio situado a media cuadra). Son muy ricos; no tienen hijos; no tienen de qué ocuparse. Cansados de viajar han resuelto radicarse en Buenos Aires. La señora desea llevarse consigo una joven de su país: honrada y buena, por supuesto, en calidad de gobernanta, y en quien depositar toda su confianza.\n\n—¿Gobernanta?\n\n—Ama de gobierno o cosa así. Entre tus compañeras, las oficiales de Pepa, ¿no habrá una que quiera ir? La propuesta es seductora. Si a mí me dijeran: —Vaya usted a Buenos Aires a hacerse cargo de un almacén...\n\n—Ya lo creo, interrumpió la joven. Para los bolivianos decir: \"A Buenos Aires\", es decir al cielo. Yo creo que habrá más de una, pero en este momento no podría decirte... vuelve mañana y te daré el resultado.\n\n—Mañana... muy temprano. Antes de que te vayas al trabajo. Más tarde no habría tiempo. Ellos se van en el tren del martes.\n\nDoña Rogelia aguardaba a Clara en el patio. La siguió a su cuarto y tomando asiento, le dijo con suavidad:\n\n—Como te he dicho ya otras veces, Clarita, el alquiler del alto no me alcanza para vivir. La vida se ha hecho tan dura. He resuelto dar en arriendo todo este jirón. Mira: por esa sala con ventana a la calle... ya tú sabes es nuestra pieza de recibo y mi hija se resiste a desocupar... pero, ¿qué se ha de hacer?, tendrá que resignarse. Por esa sala, estos dos cuartos tuyos, en seguida el cuarto oscuro, que con los vidrios de la claraboya bien lavados y un papel nuevo más claro, puede muy bien servir de comedor, despensa y cocina, te aseguro que cualquiera me da cien billetes al mes. Siento mucho desahuciarte, pero... no hay otro remedio.\n\n—Está bien, doña Rogelia —dijo la costurera demudada— desocuparé los cuartos, pero no será pronto porque usted sabe cuán difícil es encontrar casa.\n\n—Cabalmente, necesito que sea pronto; como he dado el aviso a varias amigas, tengo ya interesadas y mañana ha de venir una a pasear el departamento.\n\nClara quedó mustia. Era aquella una complicación que la confundía. Su trabajo en casa de Pepa le daba apenas para pagar a doña Rogelia la pensión por el almuerzo y la comida. Para vestirse y pagar la luz, se veía obligada a coser en su casa en los días de huelga. Nunca había pagado alquiler por sus dos cuartitos: costurero y dormitorio. ¿Cómo sería ahora, pagándolo, por módico que fuese?\n\nY después de pensar así un momento en sí misma, se vio acosada por otra idea aun más angustiosa...\n\nSin embargo, más tarde se ocupó del encargo de Terán. Éste volvió al otro día, lunes, a la hora convenida y ella le dio el resultado:\n\nOlimpia Sánchez, una muchacha de regular aspecto; un poquito afectada y presumida, pero muy buena en el fondo, alucinadísima con la propuesta, había pedido plazo hasta aquel día a las cuatro.\n\n—A las cuatro... no será ya tiempo, dijo Terán. Tú comprendes que necesitan conocerla personalmente y saber algo de sus antecedentes.\n\n—Es pues muy difícil —observó la joven— que haya quien se decida en pocas horas. Todas tienen familia, o parientes; alguien, en fin, a quien consultar. Rara, rarísima es la persona como yo, sola en el mundo.\n\n¡Tú! —exclamó su amigo. De veras. ¿Cómo no se me ha ocurrido? ¿Quién mejor que tú? ... y a nadie le conviene más que a ti.\n\n—Así lo he pensado, pero... es imposible.\n\n—¿Por qué?\n\n—¿Y el chico?\n\n—¿Qué chico?\n\n—Lucho.\n\n—¿Es decir que por él vas a desechar una oportunidad, la única en tu vida, de cambiar ventajosamente de situación? —dijo Miguel. Yo quisiera saber qué lazo te une a ese niño para sacrificarte por él.\n\nElla le explicó entonces:\n\n—Don Fermín Rojas era viudo y tenía una hija cuando se casó con doña Rogelia, que también era viuda y tenía una hija. La hija de don Fermín se casó, enviudó a poco y murió también ella, al nacer Luis. Su padre la sobrevivió poco tiempo, y al cabo, el huérfano quedó en poder de la señora, su abuela política. El niño tiene parte en la casa y tiene tutor, lo cual es para ellos un estorbo en el presente y una amenaza para el porvenir. Como todo huérfano de madre, ha sido muy enfermizo. Cuánto habrán deseado que se muera. No le tienen cariño porque no lo han criado. Yo, huérfana también, sobrina de don Fermín y acogida en la casa, me hice cargo del recién nacido. No ha conocido otra madre, ¿y extrañas que lo quiera? Los hombres no saben eso; creen que sólo las madres saben querer, y no es así. Las madres mismas cuando no atienden personalmente a sus niños, los quieren pero a medias. Lo que más nos aproxima a una criatura; lo que exalta nuestra ternura por ella es el recuerdo de sus padecimientos y los trabajos que hemos pasado por aliviarlos. Cuando recuerdo las veces que le he visto moribundo, tender las manecitas a mi cuello, pidiéndome con miradas de ansiedad que lo libre de sus dolores, me siento capaz de todo por él. Si fuese feliz, no vacilaría: me iría; pero, tan desgraciado... En poder de personas que se han propuesto educarlo a fuerza de castigos... imposible. Yo no tendría una hora de tranquilidad pensando en él.\n\n—En fin, lo siento, murmuró Terán despidiéndose. A ver si esa Olimpia Sánchez... Si viene decidida y con su equipaje listo, tal vez haya tiempo. Por si acaso, volveré a las cuatro.\n\nNi Terán ni Olimpia Sánchez, ninguno de los dos apareció a las cuatro.\n\nEra en mayo. Doña Rogelia, como muchas devotas, había adelantado la hora de la comida por asistir a las ceremonias del mes de María. Después de comer, Clara se ocupó de los primeros preparativos y del inevitable cambio de casa, que le dolía más que por sí misma, por el chiquito.\n\nSeguiría viéndolo en el almuerzo y en la comida, porque seguiría su pensión en casa de doña Rogelia, pero esto no la satisfacía. Había resuelto tomar habitación en una de las calles de tránsito para el niño hacia la escuela. De ese modo podría seguir atendiéndolo diariamente en sus menesteres materiales y morales, y seguiría él contándole todo lo que le pasaba en esa vida escolar, que es un pequeño fiel reflejo de la vida social, tan llena de pruebas.\n\nLiadas y acomodadas ropas, costuras y otras menudencias que no eran de uso diario, acababa de sentarse a descansar, cuando se oyó en el patio el golpe seco de una puerta que se cerraba violentamente, seguido del ruido de un vidrio al desplomarse y caer al suelo haciéndose pedazos.\n\nSúbito presentimiento le sobrecogió y acudió al patio... Era Lucho.\n\nJugando con la pelota, que ella misma le había obsequiado aquella mañana, tropezó y cayó, dándose contra la puerta de la trastienda. La pulpera encolerizada, lo había cogido del brazo y lo arrastraba hacia la dueña de casa, que lo esperaba jadeante de furor. El niño se volvía hacia su protectora implorando su auxilio. La señora lo atrajo hacia sí de un brazo y cerró tras él la puerta. Un instante después se oyeron los gritos del pequeño. La furiosa había cogido el látigo con nudos en la punta, que dejaba cardenales en el cuerpecito endeble... el niño al verlo descolgar, pedía perdón de rodillas.\n\nEsta vez no hubo perdón. Al resonar el primer latigazo, Clara, fuera de sí, se lanzó por el pasillo al segundo piso, pero la detuvo el temor de siempre. Nada enfurecía más a doña Rogelia que su intervención en esos casos... Al frente, en el corredor del piso alto, dos criadas de la inquilina, y abajo en el patio, la cocinera de doña Rogelia, presenciaban el castigo mudas, pero con las señales de la más viva indignación en el rostro.\n\nEn aquel momento, la señora inquilina de arriba, apareció en el corredor.\n\n—Esto no se puede ya soportar —gritó. Esto es de todos los días. Es preciso dar parte a la policía. Voy a hablar por fono, y mañana mismo desocupo la casa.\n\nSus amenazas tuvieron efecto. Cesó el látigo y la fiera humana se refugió en el cuarto contiguo. El niño, que se retorcía de dolor, siguió sollozando largo tiempo sin que nadie se atreviera a consolarle. Al fin calló y entonces. Casta penetró en la pieza y empezó a amonestarlo mientras se acicalaba ante el espejo para salir.\n\n—Por qué eres tan perverso. Por qué nos quitas la vida. Mi mamá va a quedar muerta de un colerón. Si te hubieras quedado haciendo tus tareas, nada hubiera sucedido. Esa maldita pelota. No la volverás a ver más.\n\nLucho volvió a gemir pensando en su querida pelota.\n\nLa damisela se dio el último retoque.\n\nLucho se resistió, pero ella lo llevó por fuerza hasta la puerta del cuarto oscuro; lo empujó hacia adentro y cerró la puerta con candado.\n\nClara esperó que madre e hija se hubieran ido al templo; en seguida se aproximó a la puerta vidriera que comunicaba su dormitorio con el cuarto oscuro, donde estaba la cama del niño; alzó una punta de la cortina que la cubría y acercando la cabeza al hueco de un vidrio que faltaba, habló a Lucho con dulzura;\n\n—Luchito, no llores más, serénate, ven toma tu bizcocho. No llores más, corazón.\n\nNo respondía. Tendido en su cama, seguía gimiendo.\n\nPor fin calló.\n\nClara esperó un rato y volvió a hablarle:\n\n—Lucho; Acuéstate; ¿te vas a dormir vestido? Acuéstate corazoncito. Yo estoy aquí acompañándote. No me he de mover de aquí hasta que tú te duermas. ¿No quieres bizcocho?\n\n—No quiero nada —exclamó el niño desolado. Sus gemidos, cada vez más violentos, expresaron el colmo de la amargura y, de repente, tras hondo estremecimiento de desesperación, un grito inopinado, instintivo, se escuchó de su pecho.\n\n—Mamá, mamá.\n\nMamá, desventurada que te fuiste el día en que él nació. Estás muy lejos, y, sin embargo, te llama en las horas supremas, te llama con amor y con resentimiento. ¿Por qué te fuiste dejándolo solo a padecer?\n\nClara, desplomada en un asiento, con la cabeza apoyada en el tabique que la separaba del niño, sollozaba junto a él.\n\nDe pronto, oyó que llamaban a la puerta. Se enjugó los ojos y salió. Era Miguel.\n\n—¿Llorabas? —le preguntó. ¿Qué te pasa?\n\nElla le refirió lo que había pasado, su vida de martirio presenciando el mal trato que daban a esa criatura y los medios de que se valía para protegerlo.\n\nMiguel escuchaba en silencio, respirando a veces con fuerza para desahogar su indignación.\n\nQuedaron mudos y pensativos.\n\n—Hay días, murmuró la joven, que despierto con su llanto y me acuesto cuando ha callado su último sollozo.\n\nMiguel se enderezó de súbito.\n\n—A ver, ¿cuál es ese vidrio roto por donde le hablas?, preguntó.\n\nSe encaminaron a la vidriera y ella alzó la cortina.\n\nUn relámpago de triunfo brilló en la cara de Miguel. El cuadrado vacío que había dejado el vidrio que faltaba, era más que suficiente... Pero su mitad inferior se hallaba obstaculizada por el extremo de una mesa rinconera que sostenía un pequeño estante lleno de libros. Ambos muebles trancaban la puerta sujetando contra ella las cortinas, libre sólo en una de sus puntas. El joven miró a su amiga faz a faz y le dijo solemne y decidido;\n\n—¿Quieres salvarlo? Ayúdame. Voy un momento, sólo un momento de aquí a media cuadra; entre tanto desocupa ese estante, pero pronto. Baja los libros... a cualquier parte; al suelo. Espérame con el estante vacío.\n\n—¿Qué te propones?, la puerta está con llave —advirtió ella.\n\n—No importa, no vaciles; no pierdas tiempo. Desocúpalo. Quince minutos y estoy de vuelta. Espérame con el estante vacío.\n\nY salió a pasos precipitados.\n\nLa actitud imperiosa y resuelta de su amigo, la subyugó. Sin acabar de comprender lo que se proponía, obedeció sin vacilar. Puso una silla ante la mesa; pisó en el asiento y los libros, montón tras montón, fueron bajando, primero a la mesa y luego al suelo. Había bajado el último cuando Miguel apareció seguido de un criado del hotel vecino.\n\nLa mesa, con el estante encima, fue retirada a un lado hasta dejar libre el hueco del vidrio roto. Hecho esto, Terán ordenó al criado que fuese a esperar en el patio; alzó la punta de la cortina y dijo a su amiga;\n\n—Llámale.\n\nClara llamó al niño repetidas veces, pero éste no contestaba. Fingía dormir.\n\nMiguel asomó la cabeza.\n\n—Oye Lucho —dijo— aquí está la pelota de fútbol que te ofrecí.\n\nLucho saltó de la cama y se presentó. Su amigo le invitó a sacar la cabeza y apareció su busto hasta la cintura. El joven, con ambas manos, le apretó los bracitos contra el cuerpo, lo arrancó hacia sí y lo puso en medio cuarto; después lo alzó nuevamente y lo colocó detrás de la hoja de la puerta que daba al costurero.\n\n—¿Tienes una canasta con tapa?, preguntó a Clara.\n\nAquella.\n\n—Es algo pequeña, pero... en fin; veremos. Desocúpala.\n\nClara volcó la canasta sobre la cama; cayó la ropa que contenía; cogióla el joven, ya vacía, y la puso en el suelo junto al tendal de libros. Luego indicó a la joven que se parara delante del niño cubriéndolo con su cuerpo y en seguida llamó al criado.\n\nMesa y estante volvieron al sitio que antes ocupaban y el criado volvió al patio.\n\nEn aquel instante... Oh fatalidad... la voz chillona de doña Rogelia, preguntó desde afuera.\n\n—¿Se puede?\n\nY sin esperar respuesta la señora se presentó en el cuarto.\n\nEscena indescriptible. Los tres estupefactos. La señora prorrumpió al fin:\n\n—¿Qué es esto? ¿Qué hacen ustedes?\n\nMiguel, no era Miguel; era una estatua de terror.\n\n—Miguel me estaba haciendo el favor de vender estos libros que hubieran sido para mí un engorro en el traslado —dijo Clara sencillamente. Es amigo del español que tiene su casa de remate en la calle...\n\n—Señor Terán —exclamó la señora— si usted me hiciera también a mí el gran favor de vender los que yo tengo, porque sólo sirven para ocupar campo.\n\n—¿Por qué no señora?, dijo el mozo repuesto del susto.\n\n—¿De veras?, ¿y cuándo?\n\n—Si usted quiere ahora mismo. Haga usted su lote y lo venderemos junto con estos.\n\n—Le tomo la palabra. Voy a traerlos ahora mismo. No son muchos. ¿Puedo ocupar al mocito que está en el patio?\n\n—¿Por qué no?\n\n—Gracias —y salió entusiasmada.\n\nMiguel se acercó al niño.\n\n—Te engañé —le dijo— la pelota está en mi casa; vamos.\n\nEl chico, mudo, se negó con la cabeza pegándose aún más en la pared.\n\n—Ahí viene doña Rogelia —exclamó el joven. Ocúltate, ven.\n\nLucho, asustado, se entregó.\n\nTomarlo en brazos, colocarlo dentro de la canasta, poner encima la tapa, asegurarla con sus armellas de alambre y presentarse otra vez doña Rogelia, todo fue uno.\n\n—Mire lo que pasa —dijo desconcertada— la llave de la alacena en que estaban los libros, se la ha llevado Casta en la bolsa. Se fue a la retreta con unas amigas y es probable que pasen al teatro.\n\n—No se apure señora —dijo Terán. Yo me llevo ahora el primer lote (y señaló la canasta) pero, mire usted, queda mucho todavía. Tengo que hacer dos o tres viajes, mientras tanto, hay tiempo para que la señorita esté de regreso.\n\nSí, sí hay tiempo —repitió ella, yendo a sentarse en el sofá del costurero.\n\nY la canasta, en hombros del sirviente, cruzó la pieza y salió a vista y paciencia de la señorona.\n\nYa en el patio, Terán llamó a su amiga;\n\n—¿Clara?\n\nÉsta acudió y él le habló al oído a media voz:\n\n—Querían una gobernanta y les llevo un hijo. Muchas veces les oí decir que en caso de encontrarme un niño de buena raza, solo en el mundo, lo adoptarían. Ahora fui a hacerles la propuesta y... han aceptado de mil amores... Ahora voy primero a mi casa a poner al chico presentable.\n\nLe pediré a mi hermana un vestidito de uno de sus niños; el que mejor le venga. Mañana estaré aquí muy temprano a contarte lo demás... y se fue. Doña Rogelia había salido a la puerta a escuchar.\n\n—¿Qué dice? —preguntó.\n\n—Dice que no le ha de ser posible volver ahora —dijo Clara. Se ha acordado de un compromiso; pero que mañana muy temprano le esperemos con los lotes listos.\n\n—¡Ay!, qué bien; llamó a la cocinera y le dio el dinero para el mercado, dejándole el encargo de abrir la puerta a t asta y se fue a acostar.\n\nClara cerró la puerta y se acostó también, pero qué iba a dormir. Inquieta y agitada, la emoción del triunfo la ahogaba. Libre, exclamaba interiormente. Libre de su verdugo. Hijo adoptivo de padres ricos que lo amarán porque no tienen hijos, sí, lo adorarán porque es muy lindo, muy bueno y muy inteligente... y le darán una educación brillante... y nunca nos volveremos a ver... por medio de Miguel tendré frecuentes noticias suyas... y los años irán pasando y se olvidará de mí... pero, qué importa, con tal de que sea él feliz... Y mientras así se consolaba a sí misma, tenía la cara empapada en lágrimas y reprimía sus sollozos en el silencio de la noche. De repente sus ideas, sin cambiar de objeto cambiaron de rumbo. ¿Qué sucederá mañana cuando, después de llamarle repetidas veces penetren en el cuarto y no lo encuentren? Claro que no han de creer que ha desaparecido por arte de magia ni que los duendes se lo han robado. Tanto pensar, al fin se fijarán en el vidrio roto y entonces... ¿Qué va a ser de mí? Doña Rogelia es muy capaz de llevarme a la policía. Me exigirán declaración... quizá jurada... si no es jurada, lo negaré todo... si es jurada, no diré palabra aunque me maten... ¿Dios mío, qué va a ser de mí?... ¿Por qué no irme también de gobernanta de esa señora? ¿Cómo no se me ocurrió?... Pero, ¿cómo se me había de ocurrir si no ha habido tiempo... Dios mío, si fuese tiempo todavía?... Yendo a buscar a Miguel a las cinco de la mañana... a esa hora estará cerrada la puerta de calle de su casa... y aunque no lo estuviera, ¿quién soy yo para buscarlo a esa hora en una casa tan llena de gente?... Un escándalo... Más bien a ellos... están en el hotel de la esquina... pero no sé ni el nombre del caballero... todo imposible; no hay ya que pensar en eso. Y rechazando la idea turbadora, la idea de una dicha incomparable, perdida para siempre, se puso a rezar, a encomendarse a Dios, pidiéndole resignación y entregándose a su Santa Voluntad.\n\nAl amanecer concilió el sueño.\n\nExclamaciones y comentarios de varias personas en el patio la despertaron. Un sueño de dos horas no le había hecho perder la conciencia de su situación.\n\nSaltó de la cama y empezó a vestirse desatinada y temblorosa.\n\n¿Qué partido tomar? ¿Salir y preguntar lo que pasaba fingiéndose ignorante?, no se sentía con fuerzas para ello; ¿permanecer encerrada?, tal, era peor.\n\nTres o cuatro palmadas formidables dadas a su puerta y la voz destemplada de doña Rogelia que la llamaba, la decidieron. Abrió.\n\n—Lucho ha desaparecido —gritó la señora.\n\nClara estaba temblando.\n\n¿Lucho? Se habrá ido a la escuela sin avisar a nadie como suele... acertó a decir.\n\nSi estaba bajo llave —dijo aquélla. —Se ha ido con la cocinera.\n\n—¿Con la cocinera?\n\nTambién ella se ha fugado; se ha llevado su cama y su ropa. Su cuarto está vacío.\n\n¿Pero no estaba bajo llave?\n\n—¿Es que... sabes?, ese candado tenía dos llaves; hace días se perdió una de ellas; la bribona la halló y la ocultó ya con intención.\n\nLa inquilina del piso alto, que de codos contra el barandal la escuchaba, creyendo lo mismo que creía doña Rogelia, trató de desorientarla.\n\n—¿Pero, para qué quiere al niño la cocinera, para sirviente?, es muy pequeño. Además, no estamos en Londres, ¿acaso lo ha de tener oculto toda la vida?\n\n—¿Para qué? —respondió la señora— para hacerlo pasar como hijo y entregarlo, por una suma de dinero, al primero que quiera llevarse un criado. Cabalmente hoy es día de tren en Oruro.\n\n—El tren del Valle sale todos los días —observó Clara.\n\n—Pero en él va la gente del vecindario que vuelve luego —arguyó la otra. Cualquiera podría reconocer al chico y darnos aviso. Lo seguro es llevárselo más lejos.\n\nHablaban en el primer patio y la puerta de calle estaba abierta de par en par. Clara, en aquel momento, vio a Miguel, que parado en la acera de enfrente, las observaba.\n\nCorrió hacia él; el joven cruzó la calle y ambos en el umbral hablaron por lo bajo:\n\n—¿Y?... —preguntó ella ansiosa.\n\n—Sin novedad. Acaban de partir, vengo de la estación. ¿Y aquí, ardió Troya?\n\n—Sí, pero la cocinera ha fugado también anoche y le atribuyen el rapto, dime, ¿el chico no se ha resistido?\n\n—Mientras me ha visto a su lado, muy contento, loco con la idea de viajar, pero a última hora se prendió de mí; no quería ir; se puso a llorar. Lo tranquilicé prometiéndole, jurándole que tú irías en el tren del viernes.\n\nDominando su enternecimiento, la joven lo invitó a entrar pero él la detuvo.\n\n—Oye —le dijo, no es chanza; tú vas el viernes.\n\n—¿Cómo?\n\n—Tienen tal confianza en mí, que te han aceptado sin conocerte. Te esperan en Oruro.\n\n—Dios mío. Dios mío —murmuró ella. Bendito seas.\n\nY entraron. Al entrar Miguel murmuró por lo bajo:\n\n—Tú vas con él y yo me quedo a entenderme con el tutor.\n\n—Qué le parece don Miguel, la cocinera me ha robado a Lucho —gritó doña Rogelia al verle.\n\n—Así acaba de decirme Clara —contestó él— y usted cree...\n\n—Que a estas horas se lo llevan en el tren a Oruro, porque el del Valle no sale hoy.\n\n—Pero entonces es necesario telegrafiar a Oruro —dijo el joven.\n\n—Si no tengo a quien.\n\n—Pero yo tengo un amigo muy servidor, y precisamente, es empleado de la estación.\n\n—Qué felicidad, usted que es tan bueno. ¿Le hará usted telegrama?\n\n—Ahora mismo; con las señas del chico.\n\n—De modo que a la llegada del tren... ¿pero será posible en medio de tanta gente?\n\n—Con la ayuda de la autoridad todo es posible. Sin embargo, no está demás dar parte a esta Policía. Hay que ponerse en todos los casos. Que averigüen el paradero de la mujer. ¿Cómo se llama?\n\n—Casimira Gamboa.\n\nMiguel sacó su cartera y apuntó el nombre.\n\n—Bueno —dijo— me voy ahora a hacer el telegrama; en seguida a mi almacén y a las once o antes, si es posible, a la Policía a hacer la diligencia. El Jefe de la sección de Investigaciones es un buen sujeto. Hablaré con él.\n\nVolvió a las once. Todo el mundo, en la casa, salió a su encuentro; hasta la señora de arriba (que estaba ya en el secreto, porque Clara había juzgado necesario confiárselo) rebosando interiormente de alegría, bajó al primer descanso de la escalera.\n\nDi con la pista del chico —gritó Miguel triunfante, desde la puerta, dirigiéndose a doña Rogelia. Un individuo que había llegado esta mañana del puesto, y estaba en la Policía porque traía comunicaciones de esa autoridad, al oír mi denuncia cayó en la cuenta e informó al punto. Casi al llegar a la ciudad, se ha encontrado con un arriero que salía con cargas para el Beni; sobre una de ellas, amarrado, a fin de evitar una caída, iba un niño de cinco o seis años, palidito, de ojos grandes —todas las señas de Lucho. Llevaba un vestidito...\n\n—¿Azul?\n\n—Azul; precisamente... Se fijó en él porque iba llorando.\n\n—¿Llorando?\n\n—Se dejó sonsacar al principio y después le ha pasado —exclamó Casta.\n\n—Robarse a un niño para llevárselo al Beni. A ese lugar mortífero —dijo la señora de arriba.\n\n—Donde se cometen tantos crímenes.\n\n—¿Podrá acaso resistir la navegación?\n\n¿Y qué —dijo Miguel haciendo gala de naturalidad horripilante— si se enferma o muere, lo echan al río?, no faltará un caimán que se encargue de darle sepultura y... asunto concluido.\n\n—¡Qué horror!\n\nLa abuela política del pequeño prófugo no pudo oír más.\n\n—Mi don Miguel —exclamó suplicando—, ¿nada se puede hacer?... ¿no será bueno pedir a la Policía un piquete que le dé alcance?\n\n—Mientras la Policía se mueva, señora, tiene tiempo para llegar al puerto. Lo práctico sería montar ahora mismo en un buen caballo, o mejor en una mula y largarse hasta encontrarlo. Lo bueno es que estos tipos salen, es cierto, muy temprano de la ciudad, pero se van a sus querencias a hacer la despedida. Seguro estoy de que se ha puesto en marcha a más de las cuatro y que esta noche duerme al pie de la cuesta de Santa Rita. En un buen caballo, llego yo a prima noche, me lo pillo durmiendo y le arrebato el niño. Felizmente el dueño de la hacienda de Santa Rita es amigo mío y en caso necesario me auxiliaría con su gente. No necesito más que una orden escrita de la Policía y una bestia ensillada.\n\n—La tendrá usted mi don Miguel, la tendrá usted —dijo la señora. —Hijita, ve ahora mismo donde tu tío y si esta vez no nos favorece, no hay para qué pensar más en él en la vida,\n\n—Bueno, si usted me ofrece una bestia ensillada, con seguridad...\n\n—Con toda seguridad. La conseguiré de cualquier parte. ¿A qué hora?\n\n—De tres y media a cuatro. Yo estaré aquí lo más temprano que pueda.\n\nA las tres y media, una mula ensillada esperaba en el patio. Miguel llegó algo más tarde; montó en el animal, se despidió de las señoras con un ademán y se fue a paso largo calle abajo hasta un río; pero en vez de tomar el camino que lleva hacia la cuesta de Santa Rita, cruzó la playa y viajó una hora a lo largo de la vega. Más allá de la aldea del Paso, se encaminó por un sendero que lo llevó hasta una pintoresca limonada. Hacía tiempo que tenía prometida una visita a unos parientes que vivían allí.\n\nQué sorpresa la de aquellos muchachos al verle aparecer.\n\nHombre, por fin llegaste. ¿Qué humorada ha sido esta?\n\nNada, que me prestaron bestia ensillada y quise aprovechar.\n\n¡Qué rico animal!; vale la pena de propinarle un buen pienso.\n\nY mientras la mulita se regalaba con un montón de alfalfa en flor, Miguel y los muchachos de la casa se encaminaron al Temporal provistos de escopeta y polvorín. Cruzaron sin sentir la falda pedregosa cazando perdices. Después emprendieron la bajada hasta llegar a la casa a hora justa de comer. En el campo se come temprano. Después de la comida se retiraron al corredor de la huerta; Miguel se acomodó en la hamaca mientras uno de sus primos, insigne guitarrista, regalaba a sus oídos con todo un repertorio de aires incaicos primorosamente ejecutados.\n\nQuerían que se quedara a dormir, pero se acordó de su almacén y emprendió el regreso.\n\nAl ruido de los herrajes del animal sobre el embaldosado del patio acudieron criadas y señoras, a saber el resultado de la expedición. A la luz del foco del zaguán se apeó penosamente el pobre Miguel, molido, deshecho, salpicado de barro. Bastaba verle la cara para saber que no le había ido bien. En efecto; todo había sido inútil. El bribón del arriero, sin descansar, había viajado toda la mañana de modo que le fue posible emprender la subida de la cuesta antes de las diez.\n\nPensar en seguir tras él, era una locura.\n\nEn medio de su desconsuelo, doña Rogelia no olvidó el deber de agradecer al joven.\n\n—Jamás en mi vida —le dijo— he de olvidar el sacrificio que ha hecho usted por nosotras.\n\nCastita a su vez alzando los ojos al cielo añadió por lo bajo;\n\n—Si es de bueno este joven.\n\nClara, en tres días tuvo tiempo suficiente para todas sus disposiciones. Entregó sus costuras. Sus pocos muebles fueron trasladados a casa de Pepa que se encargó de venderlos, dándole a cuenta la suma de dinero necesaria para la ropa y útiles de viaje.\n\nMiguel había hecho telegrama dando aviso de la salida de la joven y se recibió contestación en estos términos;\n\nLuis aguarda impaciente a su nurse.\n\nAl fin llega para los desgraciados un día feliz.\n\nEl viernes, a las seis, la costurera se encaminó a la estación acompañada de Miguel, de Pepa y dos compañeros.\n\nTras la primera prevención empezaron las despedidas.\n\n—Adiós. Dichosa tú. No nos olvides.\n\n—Tu dirección así que llegues.\n\nUn amigo se acercó al grupo.\n\n—¿Clara, está usted de viaje?, ¿y a dónde?\n\n—A Oruro.\n\n—No, señor, no es a Oruro.\n\n—¿A dónde?\n\n—A Buenos Aires."
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Un San Isidro que, procedente de la iglesia de la capital de provincia había venido a ocupar el nicho de Santa Bárbara, fue depuesto aquella tarde y arrinconado en la sacristía. La santa lavados cara y manos, túnica nueva y con palma y corona volvió a su trono que las criadas adornaron con fresco ramos de rosa. Se notificó a los colonos y colonas de los ranchos más próximos a fin de que viniesen a rezar. Más tarde, un chaparrón estrepitoso que duró hasta la mañana fue el comienzo de un diluvio de diez días con sus noches.\n\nDiez días de reclusión obligada en una casa pintoresca pero incómoda. Invitada a pasar una corta temporada de campo, no llevé labor ni lectura, y en tanto que llovía a todo llover, yo me aburría a todo aburrirme. Los dueños de casa no participaban de mi aburrimiento. El señor Guzmán, ocupado de ordenar datos para un informe o qué se yo, que debía presentar en los primeros días de enero, como presidente de la Junta Municipal de su provincia, se daba apena tiempo para charlar con su mayordomo sobre asuntos urgentes. Su esposa sólo ansiaba verse libre de las menudas atenciones domésticas para sentarse a mi lado, gozosa y ponerse a tejer. Los niños, Anita y Roberto, mataban el tiempo a su manera; el chiquillo burlando a su madre para ir meter los pies en el barro, y su hermana mayor comentando las noticias de los peones que llegaban de abajo y que asubiados en el zaguán aguardaban las órdenes del patrón.\n\nNuestra reclusión obligada, abrumadora para mí durante el día, era en las noches agradabilísima. El aguacero se había hecho periódico; arreciaba al amanecer y empezaba a calmar de tres a cuatro de la tarde; hora en que don Patricio, a caballo y con capote de goma, bajaba por vereda convertidas en barrizales a inspeccionar el trabajo de lo barbechos. Volvía al anochecer. Tras la comida, el dueño de la casa, incansable jugador de ajedrez, desafiaba a alguno de los presentes; los demás colocaban sus sillas en torno del confortable sofá en que mi amiga y yo tomábamos asiento. Qué bienestar el que se experimenta en la dulce intimidad de una velada de familia; mayor si es en el campo y en noche lluviosa. En esas noches, no se teme la llegada de un visitante inoportuno que venga a interrumpir la conversación honda y sabrosa. Y después de dos o tres partidas, los jugadores abandonaban el tablero y se aproximaban a tomar parte en ella. Entre todos los contertulios, el más agasajado era don Pedro Llanos, arrendatario del molino, persona decente y de buenos modales. Conocía el Beni desde el Chapare hasta el Madera y sabía referir medrosas y extraordinarias aventuras de su vida de montañés. Pero ninguno tan interesante como don Patricio. Yo le conocía o creía conocerle desde su matrimonio con mi amiga Adriana, y nunca había visto en él otra cosa que un caballero bien educado y bien vestido. Muchos años de trato ciudadano no nos revelan el fondo de las personas tanto como unos días de acercamiento en el campo. Cuán distinto de aquel ceremonioso y circunspecto señor Guzmán de la ciudad, resultaba este don Patricio tan sencillamente amable, tan espiritual en la conversación; un poco terco y apasionado a veces, pero siempre simpático.\n\nSu hermano don Simón y el hijo mayor de éste, del mismo nombre, un tanto cohibidos al principio con mi presencia, acabaron por mostrarse conmigo obsequiosos y comunicativos. El que jamás tomaba parte en la conversación era el menor, Germán. Cruzado de brazos en actitud meditabunda, disimulando con sonrisa forzada su invencible ensimismamiento, pasaba días y noches sin pronunciar palabra.\n\nUna noche... eran las diez: la conversación había recaído sucesivamente sobre diversos temas a cual más fantásticos; fuegos fatuos y apariciones de frailes; momias cuajadas de joyas que, según la tradición, duermen aún en las criptas de conventos que ya no existen; enormes tesoros escondidos por los frailes cuando se vieron precisados a dejar el país. Herencias fabulosas que, de un modo inesperado, vienen a sacar de la miseria a familias favorecidas a última hora por el destino.\n\nEscuchaba yo muy entretenida, cuando de pronto Adriana se enderezó en el asiento, y se volvió hacia mí con un gesto que me asustó. Me propuso salir y la acompañé a su dormitorio. Allí tomó asiento y sólo después de unos instantes pudo explicarse.\n\n—Creo que estabas a gusto —me dijo—. Dispensa que te haya hecho venir. Esas conversaciones me dan a los nervios Me indigna verlos eternamente niños, forjándose ilusiones y soñando con tesoros escondidos. A esa manía deben su ruina. Este mi cuñado era el más rico de los Guzmán, porque a más de su patrimonio heredó a una tía soltera que lo había criado; y ahora, pregúntame qué tiene y cómo vive Allá abajo en esa aldea miserable que conoces, hay una casa de altos con su huerta. Es el palmo de terreno que le queda de las dos grandes heredades que fueron suyas; lo mejor y más productivo de toda esta región. Si oyeses contar cómo las ha perdido. Parece un cuento; sus mayordomos se enriquecían y él no lo notaba; los vecinos, avanzando en los linderos, se apropiaban de sus terrenos; le discutían su derecho a las aguas de riego y no se defendía; le suscitaban pleitos y los perdía por dejadez; así, tomando dinero de los bancos, hipotecando tierras, pagando intereses penales, llegó a verse en la miseria... ¿y qué le importa? Conversa con agrado, fuma cigarrillos y espera tranquilamente los millones de que le han de llover del cielo, sin que le importe un pito la situación de sus hijos. Es viudo; sus hijas eran dos. Infelices. Una murió el año pasado y otra, más infeliz, está casada; muy mal casada. Han quedado sólo los tres: Germán trabaja y de eso vive. Pobre muchacho, me parte al alma. ¿No lo ves tan melancólico? Ahora ha resuelto dejar el país, irse lejos, para no volver...\n\n—¿Sabes lo que me pone fuera de mí? Es el temor de que mis hijos hereden esa manía de soñar con grandezas imposibles; porque es herencia. El padre de ellos... (no lo he conocido, pero me cuentan) era un minero incorregible. A las minas debió su fortuna y en las minas la perdió; no toda felizmente. Si hubiera vivido más, la pierde toda.\n\nYa más calmada, había tomado su labor y conversábamos de cosas más agradables cuando vino la criada a preguntarnos si nos serviría allí mismo el té o pasaríamos a la sala. Estaba aquella noche de visita don Nicolás Rojas, hacendado de las cercanías. El y su señora eran padrinos de Anita. Adriana juzgó prudente volver a la sala. En el campo, más que en la ciudad, los compadres se guardan recíprocas consideraciones.\n\nCuando entramos, Anita, muy despierta, escuchaba atenta discusión que su padre mantenía con don Nicolás.\n\n—¿Es decir que usted niega la existencia de venados en la cordillera de Tunari? —preguntaba Guzmán.\n\n—Eso, lo puede negar usted, que nunca los ha visto —contestó el interpelado. Lo que me resisto a creer es que uno de esos Individuos haya visitado su huerta. Eso es un cuento.\n\nSeñor compadre —exclamó don Patricio. No soy el que ha inventado ese cuento. Quien vio el venado fue don Agustín Prado— ¿Le cree usted capaz de inventar un cuento?\n\nOh, no: don Agustín es persona muy seria, pero eso no quita que alguna vez haya tenido la humorada de divertirse con la credulidad de ustedes.\n\n—Pues yo quiero probarle a usted que no se ha burlado de nosotros insistió Guzmán cada vez más picado—. Don Agustín está en La Paz. Qué cosa más sencilla que escribirle diciéndole, claro, que se trata de una apuesta y que nos diga si verdaderamente vio un venado en esta huerta.\n\n—¡Oh!, no vale la pena.\n\n—Vale la pena y tanto, que ahora hemos de apostar. Si está usted seguro de lo que dice, no tiene por qué excusarse...\n\nYo no me excuso. No. Apostemos, por la suma que usted quiera.\n\n—Por suma de dinero no; eso sería impropio entre compadres. Apostemos por ejemplo... por ejemplo...\n\nTodos sonreíamos.\n\n—Apostemos un día de campo —concluyó.\n\n—Muy bien, muy bien —dijeron todos.\n\n—Pero no un día de campo a la criolla —añadió—. Un banquete. Un verdadero banquete: como los que se dan en el mejor hotel.\n\nSe sentaron las bases de la apuesta. Guzmán escribiría; don Agustín. Conocida la respuesta por los dos, el que resultara perdedor tendría una semana de plazo para preparar la fiesta. Adriana, interviniendo en los acuerdos, hizo notar los inconvenientes de una comida que siempre acaba tarde. Incluso podría llover, en cuyo caso, asistiendo señoras y niños, la retirada resultaría desastrosa. Se convino en preferir un almuerzo.\n\nAquella noche, mientras dormíamos, se operaba en el paisaje un grandioso y sorprendente cambio de decoración Un viento del sudoeste, soplando de firme, había tenido el poder de arrastrar íntegro el toldo que oscureció valles y cumbres durante diez días. Los nubarrones habían huido hasta perderse al otro lado de la cordillera. Desperté tarde A las ocho, cuando abrí mi ventana, un sol espléndido llenaba el espacio.\n\nA eso de las once, el terreno de los alrededores de la casa convidaba a pasear, pero mi amiga y yo nos dirigimos antes a la huerta. Las gotas temblorosas que la lluvia había dejado sobre el follaje, resplandecían, apagándose luego evaporadas unas tras de otras.\n\nCuando volvimos a la casa, don Patricio llegaba a pie, acompañando a un extranjero. Le condujo a su cuarto, y a poco vino a advertir a su esposa que aquel señor debía almorzar con nosotros. Adriana puso a las criadas en movimiento. Se cambiaron mantel y servilletas y cuando todo estuvo preparado, mi amiga llamó a sus hijos.\n\n—Oye, Roberto —dijo al chiquillo. Ese señor que ha de almorzar con nosotros, está acostumbrado a la buena educación de los niños de otros países; tú eres muy hablador; no quieres entender que, cuando hablan los mayores, a los niños no les toca más que escuchar. ¿Me has entendido? —Tú Anita —dijo a la niña— tienes la mala costumbre de levantarte de la mesa con cualquier pretexto; ese es un acto de mala crianza imperdonable. Si necesitas algo, pídeselo a la criada o espera. Pero no dejes tu asiento. Hecha esta recomendación hizo decir a su marido que el almuerzo estaba listo. Éste condujo al forastero a la sala, donde estábamos, nos lo presentó y pasamos al comedor.\n\nEn los primeros momentos, el almuerzo fue silencioso. La dificultad de expresarse en castellano, mantenía mudo al extranjero, pero la sagacidad del dueño de casa lo animó a hablar y nos hizo, al fin, aunque a duras penas, la relación de su viaje. Era un arqueólogo que, auxiliado por el Gobierno, había venido a estudiar las ruinas de Incallacta, ciudad fortifi cada desde la cual el inca Túpac Yupanqui, pacificó a los chancas que mantenían guerras entre sí. No se resignaba a volver a La Paz sin realizar una ascensión al Tunari, para lo cual el señor Guzmán le ofrecía un guía. Poco a poco la conversación se hizo general. Casi al final del almuerzo, se habló de agricultura y don Patricio ridiculizó con donaire a los agricultores.\n\n—Si no llueve —dijo—, sube el precio de los productos porque las sementeras se han secado; si llueve, sube igualmente porque se han podrido y lo curioso es que de año en año, se hacen más exigentes con el cielo.\n\nEn este punto de la conversación noté que Anita, desoyendo las recomendaciones de su madre, dejaba el asiento y salía al patio; un patio pequeño al cual caía la puerta de la huerta.\n\nQuince minutos pasarían a lo más, cuando la niña presentóse a la carrera, sofocada:\n\n—Un animal. Una cabra grande; con astas... como ramas secas.\n\n—¡El venado! —gritó don Patricio.\n\nTodo el mundo, de un salto, había dejado su asiento. El señor Guzmán cogiendo a su hija de un brazo, le preguntaba apresurado.\n\n—¿Dónde, dónde?\n\nElla, aturdida, respondió al fin.\n\n—Bajo los olivos.\n\nEl primer impulso de todos los circunstantes había sido lanzarse a la huerta, pero el dueño de casa pudo evitarlo afortunadamente.\n\n—¡Nadie entra; nadie! —gritó. Cierren la puerta. ¡Ese pongo! Indio bruto que no entiende, ¿dónde está el hortelano?\n\n—Felizmente aquí...\n\n—Hagan callar a ese perro —gritó el patrón. Entretanto se organizó la maniobra. Saliendo todos de la casa se dividieron en dos grupos que, pegados a las paredes laterales de la huerta, avanzaron rápidamente pero en silencio hacia el cerro, hasta unirse detrás de la pared del fondo, formando allí cordón a fin de evitar la huida del animal.\n\nHecho esto, don Patricio, Germán y el extranjero, armados de Winchester, penetraron cautelosamente en la huerta cerrando la puerta tras sí. No solamente los caballeros, entre ellos Roberto —toda la servidumbre: pongos, hortelano, hasta las criadas, habían tomado parte en la partida de caza. Adriana y yo, en la sala, de pie esperábamos suspensa el resultado...\n\nEn esto, vi a Anita que vagaba silenciosa en los rincones del comedor.\n\n—La mosca muerta pasó a la sala, y aproximándose a su madre, cariacontecida dijo tímidamente:\n\n—Mamá, yo no he visto el venado.\n\n—¿No lo has visto?, cómo, el hortelano entonces...\n\n—Tampoco. Nadie. No me acordaba de la fecha, pero al oír que hoy es 28 de diciembre. Día de los Inocentes, quise hacerles...\n\n—¡Inocente! —exclamó la madre, y confundida se llevó las manos a la cabeza. ¡Qué barbaridad!\n\n—Pero... yo te he visto... que no podías hablar —dije a la niña.\n\n—Es que me fui de un tirón hasta los olivos, y desde allí, para llegar cansada, volví a toda carrera —contestó.\n\n—¿Has visto cosa igual? —exclamó Adriana—, y luego increpó: ¿Qué has hecho mentecata? ¿Te figuras que tu padre es un muñeco para burlarse así de él? Se volvió a mí: — ¿Crees, me dijo, que Patricio ha de festejar el chiste de esta... necia? Te aseguro que no se lo perdona en toda la vida.\n\nY con razón —repuse—. A nadie le gusta verse en ridículo. Pero ella no creyó que la broma tuviese efecto tan colosal.\n\nY al decirlo casi, casi suelta la risa.\n\nNo, no es broma —afirmó la madre. —Te digo que para mí es un conflicto; un verdadero conflicto. Oye —dijo a la chica—. Ya que has hecho esta barbaridad, no hay otro remedio: tienes que seguir afirmando hoy y siempre, hasta el día de tu muerte, tienes que afirmar que has visto al venado. No hay otro remedio. Es una mentira que no daña a nadie y que te libra del enojo de tu padre. Luego, volviéndose—, me dijo suplicante:\n\n—Por Dios, que esto quede entre las tres.\n\n—Por mi parte —dije— te prometo no decirlo nunca.\n\nCon este acuerdo, madre e hija se tranquilizaron.\n\nEn aquel momento se oyó a lo lejos ruido de voces. Nos miramos. La partida duró hasta las dos. El primero en llegar fue el señor Guzmán. Fatigado, sudoroso, tomó asiento en la sala, y mientras se enjugaba la cara con el pañuelo, no podía disimular su contrariedad.\n\n—Tenía que ser así —dijo. Con el alboroto infernal que se produjo en ese momento. Y luego ese perro... Claro que el animal oyó los ladridos, y... pies para que os quiero.\n\nTras él fueron llegando los demás. Todos se hallaban acordes en suponer que el venado había huido antes de que llegaran a hacer cordón. El pongo que iba por delante aseguraba haberlo visto huir hacia el cerro, veloz como un pájaro, salvando matorrales y pedrones.\n\nCerca de la hora de comer, don Patricio recobró su buen humor.\n\n—Ahora quiero verle la cara al compadre —dijo saboreando su triunfo. Entró en su cuarto; escribió una carta de dos renglones; la cerró en un sobre, y la envió a su destino recomendando al portador que no dijera una palabra de lo ocurrido en el día.\n\nLe pido que venga esta noche —nos dijo—, que se trata de un asunto urgente.\n\nAcabábamos de comer cuando llegó don Nicolás. Llamaron a su ahijada, la oyó y quedó mudo. Algunos de los presentes pidieron a la niña más detalles:\n\n—Dime, ¿la cabra era del tamaño de un ternero?\n\n—Sí, pero más delgada.\n\n—¿Y las astas?\n\n—Enormes; como ramas secas.\n\n—¿Y cuando te vio, no huyó?\n\n—No me vio. Estaba distraída comiendo yerba.\n\n—¿Y a qué fuiste a ese lugar?\n\n—A recoger margaritas.\n\n—¿Y al ver al animal, qué hiciste?\n\n—Me alejé despacio y luego corrí a avisar.\n\nEl compadre Rojas se rindió a la evidencia. El hecho era tal que no había vuelta que darle.\n\nEl tres de enero comuniqué a mi amiga mi resolución de volver a la ciudad. Había pasado el Año Nuevo lejos de los míos y quería pasar en casa el Día de Reyes.\n\n—No, no —me dijo. Tú no te vas. Qué ocurrencia. ¿Y el compromiso? Si eres la primera invitada de don Nicolás. La fiesta es el domingo. Te irás el lunes.\n\n¿Es decir que se realiza el almuerzo? —pregunté.\n\n—Claro —dijo— yo voy ahora a casa de ellos y a dejar a la comadre la lista de las provisiones que debe pedir a la ciudad.\n\nLa miré intensamente y murmuré fingiendo seriedad: — ¡Qué mala conciencia!\n\nNo creas —replicó festiva—. Mira: don Nicolás... no te diré que es más rico que nosotros, porque nosotros no somos ricos. Él es muy rico, quizá el más rico de los hacendados de este valle. Tres o cuatro veces al año se halla convidado a nuestras fiestas de familia, y entretanto, nosotros, jamás hemos bebido un vaso de agua en su casa. ¿No te parece justo que alguna vez se encargue él de los gastos y molestias?\n\nEl domingo, antes de las seis, se fue Adriana a casa de sus compadres, donde había mucho que hacer. Más tarde fui con los niños en un cochecito y don Patricio con sus tres parientes y don Pedro Llanos, todos a caballo.\n\nTras una hora de conversación insulsa y fastidiosa en una pobre sala donde nos recibieron don Nicolás y su mujer, vino una ronda de copas de curazao. Había gente en la sala, parientes y allegados de la familia Rojas. Por fin, casi a la una nos condujeron al comedor.\n\nSu magnificencia me deslumbró. El comedor elegido para el almuerzo en casa de los esposos Rojas, no tenía más techumbre que la bóveda celeste, ni más artesonado que el ramaje de dos filas de naranjeros que entrelazaban sus copas a gran altura. En las tres mesas, dos largas contiguas y una pequeña algo apartada, la vajilla era pobre y abigarrada, y la mantelería dejaba que desear (esto lo vi después), pero la lumbre de oro de un sol de mediodía rompiéndose en mil pedazos a través del follaje, proyectaba sobre ella tan primorosos, tan fantásticos encajes de luz y sombra, que el bosquecillo cercado de jazmín y madreselva, apareció en su conjunto a mis ojos y a los ojos de todos, como visión de encanto preparada por las hadas.\n\nLa exultante sorpresa influyó en los convidados, que se mostraron súbitamente alegres y locuaces al ocupar las mesas. Se empeñaban en conducirnos a la primera mesa presidida por el dueño de casa, pero Adriana y yo declaramos abiertamente que preferíamos la segunda, ocupada por gente joven de trato más ameno.\n\nComenzaba el almuerzo cuando vinieron a avisar que había llegado una visita. Don Nicolás corrió a la sala y volvió a poco acompañado de un individuo gordazo que avanzó risueño y saludó a la concurrencia sombrero en mano.\n\n—Señores, ustedes se divertían sin acordarse de mí, pero aquí estoy; más vale llegar a tiempo que ser convidado.\n\nFue saludado con aclamaciones.\n\n—Oh don Trifón, qué buen olfato —dijo uno— saboreando el primer bocado de una exquisita mayonesa de pollo.\n\n—Nos cae usted como pedrada en ojo de boticario.\n\n—Véngase aquí.\n\n—Aquí.\n\n—Aquí,\n\nEl recién llegado se negaba a tomar asiento,\n\n—Díganme ustedes primero qué pasa aquí, porfiaba. A qué se debe este aparato, aquí hay gato encerrado. De seguro que alguno celebra hoy su natalicio. Quiero saber quién es el del día para darle un abrazo.\n\n—El del día es aquél —me dijo Adriana por lo bajo. Y con un guiño me indicó a alguien que estaba detrás de mí. Me volví. Estaban solos Germán y una muchacha morena de ojos muy lindos.\n\n—¿Quién es ella? —pregunté.\n\n—La hija de don Nicolás —contestó Adriana en voz baja. Luego inclinándose, en voz más baja: —Se quieren desde niños —agregó—, pero el compadre no quiere oír el nombre de Germán; claro, es pobre. Ella nunca hizo caso de la oposición de su padre. Para evitar entrevistas clandestinas la han tenido en la ciudad, más de un año encerrada en las Hijas de María. De esta separación se valieron ciertas personas interesadas en ponerlos mal. A ella le llenaron la cabeza de chismes contra él y a él le contaron mil cosas de ella.\n\nConsiguieron un rompimiento definitivo... y mira qué feliz casualidad: ella se puso anémica y la madre logró volverla al campo, hace pocos días precisamente, en momentos en que se produce la apuesta y con ella la ocasión extraordinaria de que el muchacho venga invitado a la casa. Pero él no quería venir. Me vi en el caso de hablar con ella y conseguir que le escribiera una cartita en la que le decía simplemente: Venga usted, necesito que hablemos por última vez. Y aun, me ha costado trabajo persuadirlo. Es muy orgulloso.\n\nPero en aquel momento, por su actitud, la orgullosa parecía ella. La explicación era vehemente. Embargados por la emoción hablaban como si se hallasen solos.\n\nDon Trifón insistía en pedir que le dijeran el motivo de aquel festín, y tuvieron que referirle la apuesta y su resultado. El gordinflón lanzó una carcajada digna de sus pulmones, y dando golpecitos en el hombro de Rojas, que se hallaba a su lado de él con aire de persona perspicaz.\n\n—Amigo mío, no hay tales venados en nuestras huertas. Lo han embaucado a usted.\n\nEntonces don Patricio, de pie, con gesto olímpico, llamo a su niña voces.\n\nA ver Anita. Que venga esa chiquilla a convertir a este otro incrédulo.\n\nLa niña al oírlo pensó en escabullirse hacia un rincón de la huerta, pero la vieron y la obligaron a acudir. Remoloneando se presentó y refirió, por vigésima vez, su encuentro imaginario con la cabra grande, con astas como ramas secas. El bueno de don Trifón quedó a su vez convencido, y se hicieron en seguida grandes comentarios acerca del hecho.\n\nMiré a mi amiga con intención y murmuré para ella sola, en tono filosófico.\n\n—Cómo miente la historia.\n\n—Bendita mentira —murmuró ella en el mismo tono y otra vez con un guiño: Germán y su interlocutora habían cambiado de actitud y de expresión.\n\n—Mira; han hecho las paces —me invitó a ver lo que pasaba detrás de mí. Lo decía yo. Fíjate. Ambos están en el quinto cielo de la dicha. ¿Sin esta explicación, qué hubiera sido de ambos? Él se hubiera marchado, como pensaba, quién sabe a dónde para no volver; esto es, si loco de despecho no comete algo peor; ella, tarde o temprano hubiera llegado a casarse con uno de estos caballerotes de pueblo.\n\nY hubiera sido muy desgraciada porque es inteligente y tiene alma. Ahora han aprendido a no desconfiar el uno del otro y son felices. La oposición de su padre... al fin la vencerán; y todo gracias a esta entrevista. Ya ves, la mentira de Anita ha dado por resultado un desenlace feliz.\n\n—Bendita mentira —repetí yo.\n\nEn aquel momento don Nicolás, de pie copa en mano, habló en voz alta a todos sus convidados.\n\n—Señores. Una copa general por el famoso venado que me proporciona el gusto de almorzar hoy con todos mis amigos.\n\n—¡Viva el venado! —exclamó don Trifón.\n\nY bebimos la copa general."
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   "notas": "La portada de la edición digital dice 1943; los catálogos (HathiTrust) fechan la edición paceña de Novelas cortas en 1942.",
   "resumen": "Una joven llega con su marido a un pueblo decidida a llevarse a Julio, un niño huérfano que vive con su madrastra viuda, a quien imagina cruel y llena de rencor. Haciéndose pasar por clienta de un abogado, entra en la casa y observa de cerca a la mujer y al niño mientras se pregunta: «¿Tienen las hienas corazón?». La breve escena, construida casi solo con diálogo, pone a prueba sus prejuicios y muestra cómo cambia un juicio cuando se mira de cerca.",
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   "texto": "Eran las seis de la tarde cuando una señora joven y un caballero que se habían divisado desde lejos, se detuvieron en una esquina para cruzar, sin saludarse, algunas frases a media voz.\n\n¿Hallaste al doctor?\n\n—Sí: la ley la favorece a ella. Muerto el marido, es la tutora natural del niño; sin embargo, probándole malos tratos, se le puede obligar... pero nos aconseja que intentemos primero los medios amistosos...\n\n—¿Y no le has dicho que lo hemos intentado ya? —exclamó la joven con viveza. ¿Crees que esa hiena suelte su presa voluntariamente? ¿No le has dicho que lo quiere a su lado para martirizarle?, porque le odia por ser el hijo de la primera mujer, linda y joven, mientras que ella...\n\n—Bueno, veremos lo que se hace.\n\n—Sí. Déjame obrar. Acabo de adquirir los datos que necesitaba, he hablado con un artesano vecino de enfrente. La casa es aquella pintada de azul (y señaló con los ojos). En el piso alto vive un abogado que esta mañana se ha marchado al campo; ella ocupa el bajo.\n\n—Es preciso que esto acabe —repuso ella reprimiendo su indignación. Afortunadamente nadie nos conoce. Aguárdame aquí. Es necesario obrar antes de que se aperciba de nuestra llegada.\n\nDicho esto, la señora se encaminó hacia la casa pintada de azul. A la puerta, un mocetón emponchado, forastero por su traza, y que parecía esperar a alguien, salió a su encuentro sin decir palabra. Ella se detuvo y le habló a media voz:\n\n—Todavía no —murmuró— vete a la esquina y aguarda allí junto al patrón, que ya vuelvo.\n\nY penetró en la casa consabida.\n\nAvanzaba cautelosamente, figurándose ya descubrir en algún rincón del patio al diminuto personaje que buscaba, cuando de pronto, al volverse, vio una mujer sentada en un sillón, que con las rodillas abrigadas permanecía quieta.\n\nVestía de luto. Al fijarse en este detalle, la forastera se sobresaltó y una emoción repentina ahogó su respiración. La había reconocido por las señas.\n\nPero se hallaba resuelta a todo. Venciendo su turbación se encaminó hacia ella.\n\n—¿Y el doctor? —preguntó con acento tembloroso, tras ligera inclinación de cabeza.\n\n—No le daré razón —gruñó la interpelada.\n\nLa forastera avanzó algunos pasos y se miraron cara a cara. Aquella odiosa mujer tenía la cabeza envuelta en oscuro pañuelo de seda, lo que le hacía parecer más vieja. La joven, dominando su repugnancia adoptó un tono más comedido para repetir su pregunta,\n\n—Dispense, mi señora; ¿su vecino el doctor, habrá salido?\n\n—No le daré razón —volvió a decir la viuda con un gruñido; la joven fingió contrariedad y desconcierto. Examinó una vez más con la mirada los corredores del piso alto y pidió permiso para esperarle.\n\n—Aguarde usted si le parece —dijo la vieja secamente, señalando un asiento y sin moverse del suyo.\n\nLa joven entró en el cuarto y lo ocupó tímidamente. Lo adornaban unos cuantos sillones muy usados y una alfombra descolorida. De repente sus ojos percibieron un objeto tirado en el suelo, al pie de la silla que ocupaba aquella mujer; un objeto que la forastera empezó a mirar como fascinada: una corneta de latón.\n\n¿Sería suya? Aquella mujer despiadada, ¿tendría alguna vez un rasgo de condescendencia con la infeliz criatura?\n\nLa viuda entretanto lanzaba sobre ella miradas indagadoras. —Usted ha venido a su pueblo a reclamar... —díjole de pronto con voz penetrante.\n\nLa joven se estremeció.\n\n—Una herencia —se apresuró a decir,\n\n—¡Esto es!, una herencia —apoyó la vieja irónicamente. No sé qué cosas curiosas me ha contado mi vecino el doctor del pleito de usted,\n\nY no cesaba de observarla.\n\n—¿Tiene usted muchos parientes?\n\n—No tengo a nadie —afirmó ella.\n\n—¿No es usted casada?\n\nSoy soltera, iba a decir, pero temió que su aspecto la desmintiera y respondió maquinalmente;\n\n—Soy viuda.\n\n—¡Viuda! ¡Ay!, ¡como yo! Suspiró la vieja. ¿No es verdad, señora, que no hay cosa más triste que verse sola en el mundo?\n\nY su voz, naturalmente dura, se dulcificó al lanzar ese lamento.\n\nLa forastera trató de cortar aquí el interrogatorio que la turbaba y preguntó a su vez, por decir algo.\n\n—¿Está usted enferma?\n\n—Del corazón.\n\nSin poder contenerse, la joven lanzó sobre ella una mirada de odio recóndito. \"¿Tienen las hienas corazón?\", pensó.\n\nUn silencio embarazoso y prolongado se siguió a esto. La joven, cuyo objeto al penetrar en la casa era indagar, empezó a pensar que perdía el tiempo y que lo mejor era aguardar al niño en la pulpería de la esquina.\n\nEl rumor de un tropel de personas que pasaban por la calle interrumpió su pensamiento y de repente rompió a tocar una banda de música. Casi al mismo tiempo se oyó el ruido estrepitoso de unos zapatitos que golpeaban a la carrera las baldosas del patio y dos pequeños bultos cruzaron hacia la calle, rápidos como flechas.\n\n—¡Julio! —gritó la viuda con un vozarrón de trueno.\n\nPetrificado por el terror, uno de los dos fugitivos se detuvo en mitad de su carrera. Era un chiquillo descalzo, blanco y rubio, pero estaba tan sucio y desgreñado qué apenas podía uno formarse idea de su fisonomía.\n\n—¡Antecristo! —gritó la vieja, anonadándolo con miradas feroces; eres el primero en alborotar, ¿dónde está Julio? ¡Vaya usted y tráigale por la fuerza ahora mismo!\n\nLa desconocida, testigo mudo de esta escena, vio luego con suprema emoción aparecer al otro delincuente.\n\nSin sombrero, el cabello y la ropa en desorden, pugnando por librarse del conductor que le traía a empellones, rubio, sonrosado, hermoso como un serafín, apareció el hijo de Julia. Sí, era él; el mismo aire arrogante, la misma cabeza, los mismos ojos claros y serenos.\n\nSu corazón latió con violencia. Tuvo impulsos de precipitarse hacia él, cogerle en brazos, insultar a la vieja y huir... pero el diablillo traía tal aire que, sin quererlo, se quedó quieta.\n\nAquella mujer logró sujetarlo por la ropa y atrayéndolo hacia sí con fuerza lo oprimió entre sus brazos; él, siempre forcejeando por escapar, pateaba con impaciencia gritando:\n\n—¡Quiero ir tras los soldados!\n\nLa viuda, al ver que aquella cliente del doctor, cautivada sin duda por la hermosura del niño, lo devoraba con los ojos, se empeñó en que la saludara; pero el pequeño insolente se negó a ello encogiéndose de hombros.\n\n—Eres un malcriado: ¿qué va a pensar de ti? También ella tiene niños y precisamente uno de tu edad que se llama como tú Juliecito, pero muy bien educado; no se parece a ti. ¿No es verdad señora?\n\nLa forastera aturdida, no sabía qué pensar de lo que oía. ¿Sabía aquella mujer lo que decía? ¿Era casualidad, ironía?\n\nComo el niño insistiese en su porfía, la enferma, haciendo un esfuerzo, lo colocó sobre sus rodillas y cogiendo con ambas manos su hermosa cabeza, lo obligó a escuchar.\n\n—¿No te he dicho que allá en la esquina te aguardan unos hombres para robarte?\n\nEl chiquitín respondió con un gesto de incredulidad.\n\n—¿No es verdad señora que usted los ha dejado ahí, apostados aguardando?\n\nLa forastera sobresaltada no sabía explicarse lo que oía.\n\nEl pequeño mostró los puños con aire fanfarrón exclamando: — ¿Y yo?\n\n—¿Tú? —dijo la señora—, tú eres un muñeco. Por más que te defiendas, te agarran, te tapan la boca, te meten debajo del poncho y te llevan lejos, muy lejos... yo me quedo desesperada... ¡corro!, corro tras de ti, no te encuentro y me muero.\n\nEl chiquillo gimió con un gesto que quería decir: \"¡si prosigues me echo a llorar!\".\n\n—Entonces no vayas a la calle.\n\nEsta vez se quedó convencido, pero en cambio exigió que el otro chico, hijo de la cocinera, fuese a comprarles rosquetes.\n\n—Mucho he sufrido señora —continuó. ¡Si yo le contara mi vida! Mi esposo fue un calavera, pero se lo aseguro, sólo por esta criatura siento haber perdido mi fortuna. Quisiera para éste todos los tesoros del mundo.\n\nComo si comprendiera a su protectora, el niño reclinó su cabeza contra su pecho con dulce abandono. Ella aplicó los labios a los sedosos rizos.\n\nSorpresa, enternecimiento, ansia de prorrumpir en un sollozo, todo eso sentía la forastera que disimulaba ya apenas.\n\n—¿Por qué quieren quitármelo? —continuó la viuda—, ¿no es una crueldad? Esa mujer tiene familia, hijos, esposo, hermano; yo no tengo más que a él en el mundo.\n\nY al ver que tenaces y abundantes lágrimas empañaban los ojos de aquella extraña, dio rienda suelta a su ternura, y continuó, casi sollozando.\n\n—Si eso llegara a suceder, no sé qué sería de mí, me volvería loca, no me resignaría. Iría tras él hasta el fin del mundo; les pediría de rodillas que me admitieran en calidad de criada, a fin de no separarme de él. La forastera no pudo más.\n\n—¡Eso no sucederá! —exclamó, poniéndose de pie y tendiéndole la mano. — Señora, le juro que no sucederá.\n\nAnte aquel arranque, la viuda la miró sorprendida.\n\n—Soy de este pueblo y conozco a esa familia —dijo la joven llorando de ternura—, yo hablaré con ellos.\n\nFaltó poco para que la pobre enferma le besara las manos.\n\n—¡Ah señora, señora! —exclamó; si hiciera usted eso, ¡cuán grande y cuán eterna sería mi gratitud!\n\n—Dentro de dos días recibirá usted de parte de ellos, una carta que la tranquilizará por completo.\n\nCansado de saborear su golosina, el niño había quedado dormido. La joven depositó sobre su frente un prolongado y amoroso beso mezclado de lágrimas y salió en silencio.\n\nEstaba anocheciendo. Cuando el marido, escondido en la sombra del zaguán, la vio salir enjugándose los ojos, se apresuró a consolarla.\n\n—¿Para qué desesperar? —le dijo—, si hoy no se puede, mañana...\n\n—Ni mañana ni nunca —dijo ella. ¡Ay Antonio!, ¡qué malo es juzgar sin haber visto de cerca!; esa mujer se quedará con el niño, porque lo quiere más que nosotros.\n\n—¡Corazón de mujer!, tu piedad infinita por los niños será siempre...\n\n—Ángel mío, te dejo en paz; estás en brazos de una segunda madre."
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   "resumen": "Los animales de todas las zonas celebran un gran mitin para decidir si deben imitar al hombre y alcanzar su progreso. Tigre, Zorro, Gorila y Chimpancé parodian los discursos de caudillos, demagogos y darwinistas, hasta que un Águila anciana toma la palabra y describe la desigualdad, la guerra y el vacío de la civilización humana. La fábula política, cargada de ironía, invierte la pregunta del progreso con una consigna sarcástica: «Imitad al hombre».",
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   "texto": "El Gran Mitin de ayer se realizó en un llano espacioso, convenientemente templado. Sin esta última condición se podía temer que las extrañezas del clima resintiesen la salud de los concurrentes de todas las zonas, obligados a permanecer allí tal vez una semana. A nadie se le ocurrió suponer que la reunión duraría sólo un día.\n\nEse llano era además un punto estratégico, defendido por una cadena de montañas inaccesibles, sin otro paso que una estrecha garganta cuya vigilancia fue confiada a una jauría de poderosos canes que, al menor asomo de un ataque, darían la voz de alarma ladrando desaforadamente. Sobre las rocas que coronan las pendientes laterales del angosto desfiladero, se situó también una bandada de palomas mensajeras que en caso necesario volarían a dar el aviso. Aunque unos y otras ansiaban presenciar la discusión y los acuerdos que de ella resultaran, aceptaron la importante comisión con entusiasmo, ya que los honraba en alto grado.\n\nA la hora señalada se hallaban presentes casi todos los representantes. Un Mono que lo había hecho todo. Gorila por más señas, subió a una especie de terraza, pequeña elevación natural del terreno, y ante una inmensa muchedumbre manifestó brevemente su opinión sobre la necesidad de organizar en seguida un cuerpo directivo y nombrar presidente.\n\n—Procedamos con método —dijo— a fin de que el resultado de nuestra labor corresponda al entusiasmo que nos anima.\n\nA estas palabras, un enorme Tigre de Bengala se encaminó paso a paso a la terraza. Una vez en ella, miró con gesto altanero hacia la multitud y habló sin preámbulos.\n\n—Dejémonos de fórmulas inútiles —dijo rudamente—, seamos prácticos. ¿Existe o no, entre nosotros, un poder constituido? (Aludía al León, que por razones de salud —o de política— se había negado a concurrir al mitin). En ausencia del Rey de los animales, estoy aquí. Supongo que nadie se atreverá a desconocer mi autoridad, concluyó.\n\nJaguares y Leopardos se miraron con cierta inquietud. La Pantera, que se creía por lo menos igual al Tigre, gruñó entre dientes, pero nadie se atrevió a contradecir al temible felino. Éste iba ya a imponerse por el miedo, cuando, con aire de modestia y suma cortesía, un Zorro se abrió paso entre la muchedumbre. Haciendo genuflexiones a derecha e izquierda, llegó hasta la tribuna y tomó la palabra, comenzando por explayarse alabando al Tigre.\n\nNo es mi ánimo desconocer los méritos del caracterizado personaje que me ha precedido en la palabra —dijo—, ni los innegables antecedentes que le afirman en el poder; vengo solamente a hacer ante esta ilustrada asamblea, algunas observaciones que juzgo oportunas, en apoyo de la moción de nuestro apreciable colega Cuadrumano. Pienso como él, que no nos es dado prescindir de la elección legal, gran principio de la Igualdad, sin la cual es imposible el Progreso que venimos a proclamar. Elíjase en buena hora, decía al notar que el poderoso Tigre fruncía el ceño, al esclarecido personaje que por mil títulos tiene asegurado el voto popular, pero sin prescindir de las formas legales. La ley ante todo.\n\nUn colosal murmullo de aprobación se alzó en torno del orador.\n\n—Si siguiésemos acatando la ley del más fuerte —continuó éste envalentonado—, no nos hallaríamos aquí; seguiríamos dispersos en nuestros salvajes dominios. La época de los asaltadores del poder ha pasado; desde hoy se abre para nosotros una nueva era. Los héroes de la guerra, cedan su puesto a los héroes de la inteligencia y del trabajo.\n\nNutridos aplausos resonaron por todas partes.\n\n—Desde hoy —continuó el Zorro—, grandes y pequeños, todos somos iguales.\n\nMillares de millones de animales de todas clases, aplaudieron hasta ensordecer.\n\nEl Tigre estaba furioso; pero juzgó indigno de su categoría replicar al Zorro.\n\nEl Zorro, un tanto amedrentado, pero resuelto a apoyarse en la mayoría, tomó de nuevo la palabra.\n\n—Señores —dijo. Invoco en este momento los privilegios que amparan a todo representante del pueblo, pero declaro que, si ellos son atropellados, las más violentas medidas no lograrán acallar los dictados de mi conciencia.\n\n—Es verdaderamente curioso —dijo el Leopardo. Es verdaderamente curioso ver convertido en defensor de los débiles al héroe sanguinario de rediles y gallineros.\n\nEstallido de risas. Todo el mundo dirigió la vista a una manada de corderos colocada casualmente en sitio muy visible. Algunas gallinas dándose por aludidas, se pusieron a cacarear con aire sentimental, pero un gallo les impuso silencio.\n\nEl Gorila terció en la discusión.\n\n—Señores —dijo. Creo de mí deber recomendaros más moderación. No es este sitio, ni momento propio para recordar antecedentes personales ni despertar odios de clases.\n\nEn seguida, por deferencia al Tigre, se consultó la opinión de los más altos personajes de la minoría. Un Oso habló a petición del público. La sencillez de su actitud, la moderación del tono que empleaba, su abstención de todo efecto oratorio demostraban su buen sentido y la sinceridad de su discurso. Elefantes e Hipopótamos, con su indolencia característica, se limitaron a apoyar la opinión del Oso, que se declaraba por la elección legal.\n\nSe procedió entonces a la organización de un cuerpo directivo y el Gorila fue nombrado Presidente. Era de ver la formalidad con que se quitó gafas y las limpió y enfundó, mientras se preparaba a exponer en un discurso los motivos y objetos de aquella gran reunión.\n\n—Señores —dijo el Mono cuando el silencio se hubo restablecido. Mientras el León, Rey de la Selva, se entregaba satisfecho y tranquilo a su desayuno, el Ciervo burlándose del peligro, salvaba riscos y zarzas, ligero como el viento; y el Ave, señora de los aires, se balanceaba en su vivienda graciosamente colgada de las ramas más elevadas; cuando todos habíamos tomado cómoda posesión de la Tierra, un ser, el más desvalido de la creación, se albergaba, como nosotros, en las curvas de los bosques. Privado del vestido natural, arma y abrigo con que hemos sido dotados, expuesto a la intemperie y a merced del último de los insectos que al sentirse aplastado por su pie podía volver contra él y herirle con su aguijón emponzoñado; desnudo, vacilante y dolorido, devoró los despojos de nuestro festín y amontonó las hojas secas, formando de ellas un lecho en qué reclinarse. Pero ha pasado el tiempo y ese ser, el más desvalido ayer, es hoy el árbitro de nuestros destinos. Ha superado la fuerza del León y la agilidad del Ciervo, y lanzándose en los aires cómodamente sentados en la barquilla de un globo, ha ido más lejos que las aves de más poderoso vuelo. La selva, con sus arcadas de verdor, remeda apenas los pórticos gigantes de sus moradas...\n\n—¿Cómo es, señores, que ha realizado tantos prodigios? ¿De qué motor se ha valido para salvar la distancia que os hago notar de lo que era o lo que es? De uno solo: Su fe en el progreso. Pues bien señores, ¿no seguiremos su ejemplo? ¿No procuraremos igualarnos a él? Me diréis que es imposible; que entre su ser y el nuestro existe una zanja insuperable. ¡Error, señores, error lamentable! Antes que yo lo haya dicho, lo ha probado brillantemente un sabio pariente mío: Mr. Darwin. Esa zanja no existe. Somos un molde en que el hombre está vaciado, su tipo primitivo. Es nuestro sucesor, y de su naturaleza a la nuestra no existe diferencia alguna. Todos somos grados de la escala ascendiente de los seres.\n\n—El hombre —continuó el Mono—, nos ha negado un alma y nosotros, acostumbrados a esta arbitraria afirmación, nos hemos conformado con nuestra supuesta ineptitud. Pero de hoy más, es preciso no dejarse engañar. Nosotros sentimos, pensamos, tenemos voluntad y previsión.\n\nLa muchedumbre estalló en hurras y bravos entusiastas. El orador prosiguió:\n\n—Si el hombre ha llegado a ser lo que es gracias al desarrollo progresivo de sus facultades, ¿por qué no tratar de desarrollar las nuestras hasta igualarnos a él?\n\nSalvas de aplausos saludaban al Gorila.\n\nUn joven Chimpancé ocupó la tribuna.\n\n—Señores —comenzó en voz bien alta. Cuando el hombre, solitario y errante no había acertado aún a fabricar su primera vivienda, cuando faltaban miles de siglos para que fundase los principios de su ciencia social, ya entre nosotros, los roedores trabajaban galerías subterráneas, y las abejas fabricaban miel. Las hormigas constituidas en sociedad vivían según leyes y reglas establecidas de entonces acá. Y en tanto que el hombre ha realizado prodigios, ni el más pequeño adelanto hemos llevado a cabo por nuestra parte. ¿A qué debemos señores, este apego a la rutina de que debemos avergonzarnos? —A la falta de estímulo. Prémiese la inteligencia y laboriosidad de las abejas y los gusanos de seda, llámese a concurso a los sobresalientes. Fúndese academias y conservatorios, donde Mirlos y Alondras, Canarios y Ruiseñores, cultiven el arte. Bien pronto nos veremos invadidos por el espíritu del progreso. Todos hemos sido dotados, unos de fuerza, otros de agilidad, otros de astucia; aprovechemos de estas ventajas. ¿Qué nos detiene? Imitemos al hombre. ¡Señores, adelante! El mundo marcha. ¡Viva el progreso!\n\nEl entusiasmo unánime de la multitud se convertía en verdadera locura. ¡Adelante! —gritaban todos— ¡Abajo el hombre! ¡Queremos ser más que él!\n\nUn perro saltó entonces a la explanada, pidió la palabra y esperó el momento oportuno de hacerse oír.\n\n—Señores y señoras —dijo por fin cuando el silencio se hubo restablecido a medias. No nos dejemos llevar de esos excesos hasta olvidar el respeto debido a la indiscutible superioridad de la raza humana. No ignoro que muchos individuos aquí presentes podrían elevar grandes cargos contra ella. (Aludía al ganado vacuno y lanar y a las aves de corral, que le escuchaban). No olvido, señores y señoras, las luctuosas escenas de los mataderos públicos, ni las hecatombes realizadas la víspera de los banquetes humanos; pero es preciso que notemos también que nosotros nos devoramos mutuamente cuando la necesidad nos apremia, y además, si hay muchos que pueden quejarse justamente del hombre, hay otros que le deben beneficios. Yo, por mi parte, jamás olvidaré las atenciones de que fui objeto en un hospital para perros, fundado por disposición testamentaria de un rico solterón que pertenecía a una de las Sociedades Protectoras de Animales, establecidas por los hombres. Víctima de un enorme absceso que me sobrevino en el cuello a consecuencia de un puntapié en la calle...\n\nHabían transcurrido muchas horas... Tras un breve acuerdo se ordenó que se suspendiera la discusión hasta el día siguiente, a fin de que los concurrentes pudieran tomar algún descanso.\n\nAnochecía. La masa compacta de la muchedumbre que rodeaba el teatro de la discusión, se movía ya para dispersarse, cuando de pronto un bulto enorme cruzó los aires y fue a caer pesadamente en la explanada.\n\nEra un águila anciana que sacudiendo un instante sus sombrías e inmensas alas, las plegó luego en actitud solemne.\n\n—Amigos míos —dijo el Águila, paseando por los circunstantes su mirada dominadora.\n\n—He escuchado vuestros discursos, animados de entusiasmo conmovedor, y quiero hablar a mi vez.\n\n—Peregrina incansable del espacio, de cumbre en cumbre, de ciudad en ciudad, he recorrido, como sabéis, palmo a palmo millares de leguas, conociendo en un solo día más mundo que cualquiera de vosotros en toda su vida.\n\n—Conozco al Hombre —continúo—. Sí: entre vosotros y él, entre vuestra constitución social y la suya, hay aún tanta distancia, que tendrías mucho que andar para alcanzarle. En la sencillez primitiva de vuestras costumbres, la ley del trabajo se reduce a la adquisición del sustento diario. Entre vosotros no hay proletarios y todos vivís del mismo modo. Ni el más poderoso, ni el más feliz al entregarse al descanso, tiene asegurado el pan del día siguiente, en que tendrá que trabajar para vivir como todos los días.\n\nYa no se oían rumores ni cuchicheos. —El público escuchaba al Águila con la más profunda atención.\n\n—Imitad al hombre —continuó ésta con soberana ironía—. Ingenien como él, los unos a descansar mientras se agiten los otros.\n\n—Cuando el rigor del clima mata la mies en los campos, lo mismo el grande que el chico soporta la inclemencia de la situación; y si en horas de ansiedad, el más fuerte os arrebata la presa, una vez salvada su hambre se retira y os deja los despojos. Imitad al hombre, y los que contéis con cierta especie de talento para los negocios o los que hayáis tenido cinismo para las maniobras reprobables, en horas calamitosas tendréis la ventaja de recostaros en nidos forrados con raso y de hartaros con los manjares más exquisitos y costosos, mientras que centenares de miserables perecen de hambre a las puertas de vuestras suntuosas moradas. ¡Imitadle! Dictaos leyes y obligaciones cuyo ideal se halle en perpetua contradicción con vuestras prácticas.\n\n—Soñad con el patriotismo y con la gloria. Constituíos en naciones, precipitaos los unos sobre los otros a un grito de guerra lanzado por un general que tenga la gloria de conducirlos gallardamente a la muerte. Formad ejércitos permanentes sostenidos por el sudor de vuestro pueblo, gravado con impuestos abrumadores.\n\nEl Águila hizo una pausa.\n\n—Señores —continuó—, yo os quisiera preguntar: ¿El hombre, más inteligente que vosotros, es asimismo más feliz?\n\n—Al terminar un siglo de prodigiosos inventos, los sabios, ufanos de su triunfo se presentan al mundo y le dicen muy alto: Mirad que se ha hecho. —Mirad y regocijaos. El mar era una barrera y hoy millones de barcos desafían diariamente sus tempestades y lo cruzan, de uno a otro continente cargados de riquezas. El cielo era un misterio y hoy mide el telescopio la distancia que nos separa de las estrellas. El hombre ha arrebatado sus secretos al cielo, al mar, a las profundidades de la tierra. La locomotora se lanza audaz dejando atrás en un instante valles y montes, y cuando una cima empinada se opone a su paso, la atraviesa de parte a parte y sale del túnel triunfante al otro lado del obstáculo.\n\n—El teléfono transmite la voz humana en sus más débiles inflexiones y la grabadora o el disco la guarda dormida para despertarla a voluntad. ¡Oh! ¡Prosternaos ante este siglo, el más glorioso de los siglos!\n\nLa multitud subyugada por la elocuencia del Águila, permanecía absorta pendiente de sus palabras.\n\nLa reina de las aves continuó: —En esos grandes centros en que la población humana vive agrupada a manera de enjambre, un mismo techo abriga con frecuencia los más opuestos extremos de la existencia. La carcajada y el sollozo, la orgía y el lecho mortuorio. Amigos míos, ¿queréis reíros mientras gimen vuestros semejantes?\n\nEl Águila hizo otra vez una pausa.\n\n—No habéis visto pasar, arrasando vuestros hogares, ese carro sangriento que se llama Guerra de Las Naciones. No sospecháis el sentido de estas terribles palabras; \"Mal del Siglo\", ¿y no os contentáis con lo que sois? ¡Insensatos! ¡Imitad al hombre y cuando vuestras necesidades se hayan multiplicado convirtiéndose en otras tantas torturas, entonces en la cima del progreso, presa de mil anhelos dolorosos, los más sabios os mostrarán por todo consuelo el vacío, y desesperados os lanzaréis como el hombre a toda clase de crímenes!\n\nLa multitud estremecida, prorrumpió en hurras al Águila. Nadie permanecía ya quieto en su sitio. Una excitación febril se había apoderado de todos.\n\nTodos los corazones latían a impulsos de violenta emoción.\n\n—Señores —continuó—, os pregunto otra vez. El hombre más inteligente que nosotros, ¿es asimismo más bueno, más feliz? jamás, ni aun en los tiempos más atrasados. Tigres o Hienas ocuparon los palcos de un circo para divertirse con la agonía de víctimas indefensas, que se arrastraban destrozadas y palpitantes sobre charcos de sangre. ¡No hemos mutilado y martirizado a un semejante nuestro porque no pensaba como nosotros!\n\n—¡Abajo el Hombre! —gritó la multitud horrorizada. ¡No queremos seguirle!\n\n—¡Abajo el hombre! ¡Viva el Águila! ¡Mueran los imitadores de los hombres! ¡Abajo los cuadrumanos!\n\n—¡Que se los capture a todos!\n\n—Sí, que se los capture y fusile por su supuesto parentesco con la raza humana. Nosotros somos más humanos. ¡No hay en toda la creación un animal más egoísta, más ingrato, ni más cruel que el Hombre!\n\nUna muchedumbre entusiasta de avecillas, de insectos de los más bulliciosos, se adelantó a saludar al Águila triunfante. El Tigre mismo organizó una comisión de notables, destinado a felicitarla.\n\n—¡A nuestras casas! —gritaban todos. Cada cual a vivir como ha vivido hasta ahora. Nada de innovaciones. ¡Muera el progreso!\n\nLa inmensa muchedumbre se dispersó.\n\nAnochecía. En todas direcciones se divisaban grupos que se alejaban cantando alegres himnos a la vuelta de sus hogares.\n\nEl Águila sacudió entonces sus enormes y sombrías alas, cruzó el espacio y fue a caer pesadamente sobre un peñasco; y allí arriba, en el silencio de las cumbres heladas, inmóvil y taciturna, meditó a solas, contemplando el Mundo que dormía a sus pies."
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Dios dijo: \"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza\".\n\nPero éstos que en la sublime sencillez del Génesis son llamados días, que equivalen a series de siglos; y fue precisamente en la última de estas grandes épocas, en el momento\n\nY de la formación del hombre, que ocurrió un incidente sin el cual nunca he podido explicarme la chambonada que Adán y Eva, o si quieren ustedes Eva y Adán, fueron a cometer en el Paraíso con motivo de la manzana.\n\nDios, en sus inescrutables designios, antes de poner a la criatura racional en posesión absoluta de la suprema felicidad, resolvió someterla a una prueba por medio de la cual la alcanzara.\n\nTengo para mí que Miguel, el jefe de los ángeles que militaron contra los espíritus rebeldes arrojados del Empíreo, fue el mismo que llevó a los infiernos la noticia de la permisión divina que autorizaba al espíritu del mal para que fuese a tentar la obediencia del hombre, criatura recién formada de un poco de barro, y de su compañera, salida de la costilla del primero, que habían sido colocados, rodeados de animales de toda especie, en un paraíso de delicias donde Dios les había dicho: \"Creced y multiplicaos\".\n\nSabemos por San Gerónimo, que los ángeles fueron creados muchos siglos antes que el mundo sensible y por consiguiente que el hombre, y algunos Santos Padres opinan que su caída acaeció inmediatamente después de su creación. Santo Tomás se inclina a creer que su creación fue al mismo tiempo que la del mundo, si tenemos en cuenta que los instantes de la creación equivalen a siglos de los nuestros, aparte de lo pesado que se hace siempre el tiempo para quien padece, podrán ustedes imaginarse el júbilo y algazara (si es que júbilo puede haber en la mansión de las penas eternas) que promovió en el infierno el arribo del celeste mensajero.\n\nGraves autores aseguran que apenas conocida la noticia de tal bulto, se suscitó un altercado \"de los mil diablos\" sobre quién debía desempeñar la comisión de ir a tentar a Adán y Eva en el Paraíso; comisión que si bien no eximía al que se encargase de ella, ni por un momento, de la ley de expiación a que estaba sujeto, dando nuevo curso a su actividad diabólica, le proporcionaba además, la ocasión de salir a tomar aires mejores, cosa que no dejaba de ser una ventaja.\n\nHablando en oro, a nadie menos que a Luzbel le correspondía este refrigerio. Sobre él, como promotor de la malhadada sedición, recaía la mayor responsabilidad de las consecuencias que otros sufrían. Los otros, no habían hecho más que seguirle.\n\nMuchos de aquellos ángeles renegados se creían acreedores al primer cargo de consideración que se presentase en la carrera, como recompensa a los servicios prestados.\n\nEl interés común estaba fundado en el éxito de la empresa. Tratábase nada menos, que de reducir a la perdición a nuestros padres y con ellos a todos sus descendientes; es decir, de establecer, por medio del pecado, una especie de vía de comunicación, que poniéndolos en relaciones con la tierra, les proporcionase el entretenimiento de ver en adelante todos los días caras nuevas.\n\nAl revés de lo que pasa entre nosotros, túvose, pues, en cuenta, ante todas consideraciones, la de la competencia, y la delicada misión fue confiada a Lucifer, el jefe; acordándose que en caso de insuficiencia, llamaría en su auxilio a los principales corifeos o cabecillas del Infierno.\n\nArreglado así el personal diplomático ya lo tienen ustedes al muy tunante, sonriendo con malicia, al disponer su equipaje de picardías para largarse por esos mundos de Dios con dirección al Paraíso.\n\nCuando llegó a él, lo primero que llamó su atención, a pocos pasos de la entrada, fue su propia figura retratada en una fuente cuyas aguas se deslizaban, puras y tranquilas sobre un lecho de césped.\n\nDesde aquellos sus buenos tiempos, era la primera vez que se miraba al espejo y al hacerlo, el pobre quedó tristemente impresionado, tal era su sello de fealdad repugnante que su pecado, y las mil pellejerías en que se viera, habían impreso en él. Pensó que, mal encarado y lleno de tiznes, como estaba, su aspecto era muy poco tranquilizador. Por bobos y confiados que Adán y Eva fuesen, iban de seguro, a tomarle por un mal sujeto, lo cual no convenía a sus planes.\n\nAvanzó cautelosamente por detrás del follaje procurando no ser visto y alargando el pescuezo atisbo largo rato en todas direcciones. Pronto se convenció de que sus precauciones, por el momento, eran inútiles. El portador del permiso divino se había apresurado más de lo necesario, Adán y Eva no estaban aún en el Paraíso.\n\nIndeciso como todo el que no sabe hasta qué hora ha de esperar, echóse a vagar por el espacio, y vagando se encontró de repente en frente de un imponente y grandioso pórtico de luz cuyos dinteles acababa de pisar. ¿A dónde conducía? ¡Oh dolor! ¡Oh profanación! el maldito aventurero, aprovechándose de la autorización de buscar al hombre en su origen y tentarle, había ido a dar sin saber cómo, con las puertas del laboratorio donde el Supremo Artífice elaboraba la obra estupenda con que quería coronar su creación.\n\n¿He dicho laboratorio? perdóneseme esta expresión indigna de los objetos indefinibles a que me refiero.\n\nComo iba diciendo, el Diablo, sin saber cómo, pisaba los dinteles del Sacro Recinto. El muy patudo quedó de pronto un poco amedrentado de tamaño atrevimiento, pero poco a poco fue animándose a entrar. ¡Qué feo vicio ha sido siempre la curiosidad!\n\nUn incomprensible espectáculo se ofrecía a sus ojos en el interior del vasto recinto. A ambos lados de la entrada, un intrincado laberinto de extraños objetos se dilataba hasta perderse de vista. Los más sobresalientes eran unas redomas transparentes que traslucían las substancias de distintas densidades y colores en ellas contenidas.\n\nVuelvo a hacer uso de palabras cuyo significado es determinado y mezquino con relación a lo que quiero expresar.\n\nEstas redomas o depósitos, como ustedes me permitan llamarlas, vaciaban unas en otras su contenido, gracias a la disposición de su nivel respectivo por medio de una complicada red de conductos cuyas direcciones apenas se podían seguir con la vista.\n\nEl Diablo se adelantó receloso e indeciso por temor a ser sorprendido; pero luego pudo convencerse de que se hallaba solo y cobró más atrevimiento. Colocando el pie en un extremo de la red de conductos, fue encaramándose poco a poco sobre la más elevada de las redomas que era la primera de la larga fila. En el fondo de ésta, limpia y transparente, brillaba una esencia celeste; mas apenas alzó su tapa, el condenado lanzó un terrible estornudo cayendo al suelo de bruces, como herido por un rayo. Bajo la augusta bóveda del Sagrado Recinto, el ambiente se había inundado de un aroma desconocido, ¡ay! demasiado conocido para él. Debía contener algo de la esencia de los jardines del cielo, porque resucitó en él un pasado de felicidad suprema, y lejos de producirle una sensación agradable, le hería con el agudo aguijón del remordimiento. Después de este incidente asaz patético, el Diablo, volviendo siempre la cabeza a todos lados, por temor de una sorpresa, continuó su temeraria y sacrílega exploración.\n\nUn poco más abajo de la hermosa redoma, que había intentado destapar, se veía otra en la cual se vaciaban a un mismo tiempo y por dos lados opuestos dos substancias diferentes. Por un lado caía un polvo obscuro y grosero; por otro destilaba sobre éste la esencia pura y celeste de la primera redoma, que empapándolo poco a poco, iba convirtiéndolo en masa pesada.\n\nEl Diablo que se había inclinado a examinarla, se quedó pensativo.\n\nEs de advertir que en ese entonces no poseía instrucción alguna; hoy mismo todos repetimos que más sabe por viejo que por diablo. Ni siquiera contaba con el empirismo de que ahora saca tanto partido. No entendía jota de ciencia; pero la intuición clara y sencilla de las cosas divinas de sus tiempos de bienaventuranza, le dotaba de cierta perspicacia natural aguzada por su malicia y con esto tenía de sobra. El descubrimiento que acababa de hacer le dio en qué pensar; porque ya no abrigaba duda alguna respecto a la significación de lo que tenía delante.\n\n—¡Hola, hola! —se dijo—: por lo visto, el barro de que va a ser amasado el muñeco no es un barrito de tres al cuarto como otro cualquiera, hecho con agua común. Aquí la materia grosera está empapada de esencia divina. Y se quedó muy preocupado.\n\n—La naturaleza terrena penetrada de la naturaleza Divina, de modo que en el misterio de sus manifestaciones no pueda determinar sino a medias, los puntos de tan íntimo enlace. ¡El ángel y el bruto! El diablo, a fuerza de cavilar, se volvía elocuente.\n\nLa redoma del barro misterioso tenía un rótulo que decía así:\n\nInstinto de Conservación\n\nEsto es lo primero que arranca de las entrañas del ser humano, murmuró y continuó examinando con atención; no ya por mera curiosidad: se le había ocurrido conocer de qué masa se hacía el adversario cuya voluntad iba a probar y contra el cual se preparaba en campaña.\n\nEl barro del instinto pasaba a una segunda redoma. El Rabudo no había escarmentado y asomó a ella el hocico. Casi le salta a las narices. El instinto de conservación había adquirido una notable fuerza expansiva. En su rótulo decía:\n\nInstinto de Sociabilidad\n\nPasó a examinar la redoma contigua en cuyo rótulo decía:\n\nAmor a los Semejantes\n\nEl Diablo frunció el ceño. ¿Por qué el barro del instinto se convertía en un líquido suave y transparente? Era necesario que tal transformación se debiese a un nuevo elemento. Se empinó cuanto pudo y examinó los alrededores —en frente de él se alzaba otra cuyo contenido venía a mezclarse con el amor a los semejantes. — Avanzó y subió hasta ella. Una especie de fluido, tenue, sutil, la llenaba. En su inscripción débilmente delineada se leía así;\n\nSentido Moral\n\nEl rincón que ocupaba, rodeado de obscuridad misteriosa, era tan lejano que el Diablo tuvo miedo y retrocedió. Deseoso de averiguar de qué fuente procedía se detuvo a observarlo y le pareció que el conducto que lo traía se perdía en dirección de la esencia divina.\n\nEl diablo bajó otra vez hasta la redoma del Amor a los Semejantes, la cual repartía su contenido en nuevos depósitos. Uno de ellos, al ser destapado, despidió un perfume suave y vivificante. Era la esencia del cariño a los semejantes condensada hasta un grado intensísimo. Se leía:\n\nAmor a la Familia\n\nDicha esencia, al pasar a otros dos depósitos contiguos, iba adquiriendo fuerza expansiva. El primero se llamaba amor a la tribu y el segundo, mucho más grande:\n\nAmor a la Patria\n\nEn idas y venidas observó que los tubos o conductos que, partiendo del primer instinto comunicaban unos depósitos con otros, llevaban letreros que decían: noción del tiempo, del espacio, del número, etc., etc.\n\nIba entendiendo cada vez mejor.\n\n—Por lo visto, se dijo, las facultades del conocimiento (no dijo cognitivas porque no entendía de tecnicismos) se forman y desarrollan por el movimiento de la substancia al avanzar en los tubos. Estas nociones se juntaban más adelante en un obscuro depósito, cuyo rótulo, apenas legible, decía así:\n\nSentimientos Indefinibles\n\nA él iban a dar también otros lindos tubos transparentes en que se leía: noción de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero, etc. Todo el contenido del misterioso depósito se vaciaba en un ancho tubo en que decía; Idea de Dios. Este se perdía hacia el lado de la redoma del sentido moral.\n\nEl Diablo se asustó un poco y retrocedió. De pronto, entre el laberinto de redomas, vio una que se alzaba, radiante de luz, como un astro. Contenía un líquido tan puro, que parecía que hasta él no había llegado un átomo del fango primitivo. En su rótulo se leía esta hermosa palabra;\n\nCaridad\n\nSu principal elemento venía del Amor a los Semejantes, pero el sentido moral la enriquecía con nuevas combinaciones por medio de una intrincada red de conductos.\n\nEl Diablo extático al verla, se mostró luego desconcertado y con visible mal humor. Había tomado el partido de marcharse, y quiso dirigirse hacia la puerta; pero le fue imposible hacerlo sin dar una gran vuelta. Al llegar a la puerta se detuvo junto al grupo de redomas que había examinado al entrar y desanimado y mohíno, se sentó junto a una de ellas.\n\n—¡Tanto aparato, tantas combinaciones y trabajo tan complicado, todo para concentrarlo en unas cuantas libras de substancias, en unos cuantos tejidos destinados a formar la armazón de un muñeco de barro!\n\n—Esto se llama esmerarse, ¡qué voy a conseguir contra un sujeto hecho de tales elementos!\n\nSe hallaba tan desanimado, que, a no ser por la vergüenza de presentarse derrotado ante sus compañeros, habría vuelto a los infiernos.\n\n¡Ah! en dónde estaban los ángeles guardianes de la humanidad que no acertaron a presentarse en aquel momento sacando a puntapiés al condenado antes de que lo echara todo a perder. Pero Dios lo había permitido, sin lo cual nada hubiera sucedido.\n\nLa redoma a cuyo pie se había sentado era una, grande y hermosa, en cuyo rótulo se leía: Amor Propio. Ocupaba una posición central, notándose bien claramente que servía de base a multitud de combinaciones. En aquel laberinto se hacía casi imposible determinar qué sentimiento nacía antes que otro, pero era indudable que tenía por punto de partida el instinto de conservación.\n\nCerca se veía un grupo de redomas vacías aún, limpias y transparentes. ¡Quién puede decir a qué nuevas admirables combinaciones estaban destinadas! ¡Oh, momento fatal! El Diablo tuvo la maldita ocurrencia de servirse de una de ellas para un examen más prolijo. —Fijó la vista en una y cogiéndola por sus asas, la sumergió toda en la redoma del amor propio hasta llenarla; pero al levantarla, el fuerte sacudimiento agitó su contenido y lo enturbió repentinamente. Fatalmente había ido a dar con la substancia más susceptible de alteraciones. El maldito se puso en observación. Una violenta sacudida al amor propio podía ser fecunda en resultados.\n\n—Lo que se ha producido aquí, se dijo, es obra mía. Y colocando la redoma en el suelo la miró por todos lados.\n\n—Esto es mío, sí, mío, murmuró, animándose por grados.\n\nY proponiéndose hacer algunos otros experimentos, pasó a examinar otra redoma donde el amor propio, combinado con elementos más suaves, aparecía notablemente purificado. En su rótulo se leía:\n\nDignidad\n\nCada vez más osado, probó a cerrar las llaves de los conductos de los elementos que contribuían a formar este compuesto, dejando sólo abierto el del amor propio. Al momento, la redoma de la dignidad sufrió perturbación visible. Con toda impavidez cogió otra redoma vacía y la introdujo en la primera llenándola de su líquido visiblemente alterado. Luego la puso en el suelo y se enderezó hinchado de satisfacción.\n\nAquel desvío de la dignidad, que el Diablo acababa de inventar, era el Orgullo.\n\nLuego tapó el último conducto que comunicaba con la dignidad dejándola completamente aislada. De su líquido así estancado, llenó una tercera redoma que empezó a exhalar un olorcillo a podrido nada agradable al olfato. Aquello era el Egoísmo.\n\nVolvió a poner la dignidad en comunicación con los tubos que había cerrado, y cada vez más animado, llenó de ella una tercera vasija, en la cual se le ocurrió meter el dedo para probar con la lengua. Esta vez sí, que se produjo en la dignidad una verdadera combinación química. Adquirió un color subido y un olorcito acre y picante de los mil demonios.\n\nAquello era la Soberbia.\n\nEl Diablo abrió tamaño ojo.\n\nYa he dicho que no entendía jota de ciencia. Después se metió a alquimista, como sabemos, pero para eso debían pasar muchos siglos. No entendía de afinidad electiva ni del principio químico que, de la composición de dos substancias resulta una tercera cuyas propiedades son completamente opuestas a las de cada una de las componentes; pero, a pesar de su ignorancia, comprendió al punto que la transformación producida en la última redoma, era debida al contacto de su propia substancia, y tomó nota de este descubrimiento.\n\nEn seguida se puso a trasegar vasijas unas en otras, a probar, a combinar, y por último, no sabiendo qué más inventar, tomó una redoma vacía, la más grande, mezcló en ella todas sus combinaciones y después de observarla y examinarla cien veces, acabó por lavarse en ella las manos; de lo cual resultó un menjurje detestable de un hedor endiablado.\n\nEl inventor, después de oler y paladearlo, se cuadró con aire de importancia. No había visto, olido, ni probado cosa que fuera más de su gusto.\n\nAquella inmundicia que apestaba era la Vanidad.\n\nDespués de esto pasó a examinar un nuevo grupo de redomas. Había perdido toda timidez y procedía con la misma impavidez que si se hallase en su propia casa.\n\nPero, sería largo seguir relatando minuciosamente sus fechorías, bástame decir que, sirviéndose de los menjurjes que su malicia había inventado, fue de vasija en vasija alterándolo y transformándolo todo. Metió las manos, sucias de vanidad, en la noble Emulación y resultó la Envidia; —agregó egoísmo al legítimo instinto de la Posesión y se produjo la Codicia — escupió en el Amor a los Semejantes y se hizo el Odio, etc.\n\nCerca de la emulación se detuvo al fin. Era para contemplar una redoma que veía por primera vez; aun más limpia y hermosa que la de la Caridad, de la cual procedía. Era la esencia de la caridad sublimada que a través de la tapa esparcía un perfume embriagador. En su rótulo estaban grabadas estas hermosas palabras:\n\nAbnegación — Sacrificio — Heroísmo\n\nEl Diablo no se atrevió a tocarla.\n\nDe repente, al dirigir la vista hacia un lado, acababa de descubrir un objeto colosal, maravilloso, espléndido. Una redoma, la más grande, la más hermosa de todas las que hasta entonces había visto. Sobrecogido de admiración se aproximó a ella.\n\nEn su interior, con abrillantados y múltiples reflejos, bullía un licor delicioso.\n\nDesde el primer instinto de conservación hasta la esencia de la abnegación que la enriquecía abundantemente, apenas había substancia que no fuese a afluir en esta redoma que era como el corazón del complicado mecanismo. Era el agregado inmenso en que todas, o casi todas se mezclaban. Sus efectos debían ser los más complejos, y por consiguiente, los más poderosos.\n\nEl Diablo la contemplaba alelado; pero luego tuvo la audacia de encaramarse sobre ella y mover la tapa; en el olor vivificante que se escapó de adentro creyó descubrir el principal de sus elementos.\n\n—Aquí hay algo del fluido misterioso, alma de los mundos, de que su Divina Majestad se sirvió para enlazarlos y equilibrar sus movimientos en lanzarlos en el espacio y bajando hasta el suelo, la contempló otra vez con asombro.\n\nEn su lujoso rótulo se leía esta sola palabra;\n\nAmor\n\n—Esto no puede quedar así, se dijo el Patudo de mal humor.\n\n—Es preciso alterar su pureza por algún medio; de otro modo, no habría negocio.\n\nY volviendo hasta los menjurjes de su invención, hizo con ellos una mezcla de egoísmo, de orgullo, de codicia y otras impurezas, y lo deslió todo en una redoma llena de vanidad. Alzando ésta luego a pulso, fue a echarla íntegra en la hermosa redoma del amor.\n\nEl delicioso néctar se enturbió al instante de un modo lastimoso; aunque después, poco a poco, fue recobrando aparentemente transparencia.\n\n—Ya no hay cuidado, exclamó, ya podemos divertirnos. No habrá un solo átomo de amor en que no vaya mezclado algo de lo mío.\n\nLo que el Diablo acababa de hacer, era un como si dijéramos, pervaniduro de amor —o sea, el compuesto más cargado de vanidad de todos los inventados.\n\nHecho esto, le pareció que había hecho lo bastante, y para concluir, fue vertiendo una cantidad del correspondiente de cada uno de los vicios que había inventado, en cada uno de los sentimientos que le había servido de origen; de modo que arrastrasen en sí el mal germen que había sido depositado en su fondo.\n\nEn seguida colocó seguidamente las redomas vacías en el sitio en que las había encontrado a la entrada, y se disponía a largarse afuera cuando, al echar una última ojeada a su alrededor, se fijó en una región sin explorar, y se dirigió a examinarla.\n\nAllí halló un grupo de redomas más frágiles y delicadas.\n\nDos le llamaron la atención por su belleza. Una era azul y esparcía un suave olor a violetas. En su rótulo se leía: Modestia. En la otra, que contenía una bellísima esencia sonrosada, decía: Pudor. Esta última iba a vaciarse por un ancho tubo, en la gran redoma del amor.\n\nEl condenado, incansable, se fue otra vez hasta donde estaban las redomas vacías. Tomó una, en la que había quedado una borra de inmundicias, en que predominaban la Ambición y el Interés Propio y volviendo hasta la modestia, la colocó junto a ésta; en seguida se sacó el chambergo y sumergiéndolo en la redoma azul, echó modestia en la sucia vasija, agregando algo de pudor; y arremangándose la chaqueta, metió en ella el brazo negro y velludo y se puso a menear con ímpetu infernal y esperó luego a que el líquido reposara.\n\nPor una rara particularidad, esta última mezcla conservó la agradable apariencia de la modestia; lo cual bastó para que el Diablo, cambiando de fisonomía, se pusiese al instante en seria observación. Parecía que se le había ocurrido alguna idea brillante, porque sus ojos, fosforescentes y horribles, se iluminaron de alegría infernal. Metió otra vez la garra en el líquido, lo olió y observó con el creciente interés de quien quiere convencerse de una sospecha.\n\n—¡Eureka! exclamó de repente, me parece que esto era lo que necesitaba.\n\nY dueño al parecer del secreto de este último compuesto, pasó a un nuevo procedimiento. La substancia de cada una de las redomas en que había echado algo de lo suyo había cambiado de aspecto; es decir, que por muy soluble que cada vicio fuese en la virtud correspondiente, sin necesidad de agentes ni reactivos, se descubría la alteración o transformación cosa que no podía menos que inquietarle; sirviéndose del chambergo, fue echando, en cada una de ellas, un poco del compuesto últimamente inventado y todas recobraron su primitiva apariencia.\n\nCon este último descubrimiento, que dejaba ocultas sus anteriores fechorías, quedaba sellada su obra.\n\nVolvió hasta el depósito que había dejado junto a la Modestia. Hacía piruetas y visajes horribles de alegría. Parecía un loco.\n\n—¡Muchachos! exclamó a media voz. Ya podemos entrar en campaña. Pero ahora, ya es otra cosa; ya no se trata de luchar frente a frente ni a cara descubierta.\n\n—¡Ya estoy viendo lo que va a suceder! ¿Alguno quiere combatirnos? ¿Alguno se levanta del nivel de la muchedumbre? ¡Abajo en nombre de la verdad! ¡Abajo en nombre de la Patria! ¡Abajo en nombre de Dios!\n\nEl diablo tenía razón para estar tan contento. Sin el último de sus descubrimientos todos sus manejos habrían resultado inútiles. Proclamar el mal en nombre del mal hubiera sido una gran chambonada. En adelante, más crímenes se cometerán en nombre de Dios que en el del Diablo.\n\nLo que acababa de descubrir era la Hipocresía.\n\nPor fin, mirando a todos lados por si alguien le había oído, se bajó, y dando por terminada su obra, se encorvó sobre la hipocresía y se lavó con ella la cara.\n\nAl instante adquirió la apariencia de una serpiente.\n\nEstaba aún más horrible con aquella careta.\n\n—Ahora vamos a acechar desde la sombra, dijo, frotándose las manos y al frotarse produjo una llamarada.\n\n—¿Quién ha encendido la luz en el laboratorio? Se preguntaron dos ángeles que a la sazón pasaban por ahí cerca; pero cuando entraron, toda estaba al parecer en su lugar —no encontraron más que un pronunciado olor a azufre, y un bulto negro que pugnaba por escapar por una ventana.\n\n* * *\n\nY ahora, quiero que mis lectores me contesten: Empapados en la esencia del Bien, recién salidos de las manos de su Creador, rebosando gratitud hacia El, ¿era natural que nuestros primeros padres cediesen a una mera insinuación de la Serpiente?\n\nNo hay más, sino que en la obra de la organización del hombre, metió el Intruso su cuchara sucia y todo lo echó a perder."
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   "notas": "La portada de la edición digital dice 1943; los catálogos (HathiTrust) fechan la edición paceña de Novelas cortas en 1942. El índice y el encabezado de la edición digital rezan «El capricho del canónico»; el cuerpo del relato dice siempre «canónigo», que se adopta como título.",
   "resumen": "Rubén, un joven expósito que lleva el apellido de su protector, cuenta en su diario la llegada de su amigo Darío Valle, escritor de fama que vuelve del extranjero, y la rivalidad de ambos por Zoila, sobrina de un canónigo obsesionado con los apellidos. Zamudio se burla del modernismo con pastiches deliberadamente recargados, de «sombrosas abstrusidades de logogrifo», y con una heroína que se ríe de esa jerga. El desenlace convierte un capricho de nombres en juego de palabras.",
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   "texto": "Llegó Darío Valle. ¡Qué notición para mí!\n\nA mi regreso del campo, hallé la novedad.\n\nEn el acto cambié de traje y me encaminé a su alojamiento.\n\n—¡Rubén!\n\n¡Darío!\n\nY nos dimos tal abrazo, que por poco no nos rompimos las costillas.\n\nEstá hecho un personaje. Como escritor político descuella en primera línea, sus producciones literarias corren impresas en la mayor parte de las revistas sudamericanas; entre tanto que aquí, ninguno de sus condiscípulos pasa de ser, o dependiente de tienda de comercio, o cuando más, administrador de una finca. Verdad es que ninguno tuvo, como él, un tío canónigo que le costeara la educación y, además, un viaje por el extranjero.\n\nMe ha leído algunos de su trabajos, políticos y sociales.\n\nSus frases, pomposas y enfáticas, inconcebiblemente rebuscadas, su tendencia a lo trágico y ese alarde de su yo, son precisamente las que le valen la resonancia que alcanzan sus escritos.\n\nDe todos modos, ¡es una pluma de primera fuerza!\n\nEstábamos en lo mejor cuando se presentó una criada con un ramo y una tarjeta. Recibió ambos objetos distraído, colocó el ramo en una mesa e iba a arrojar en ella la tarjeta, se detuvo, para volver a leerla y preguntarme con cierta curiosidad:\n\n—¿Quiénes son éstas: \"Laureana V. de Hermosa e hija\"?\n\nCuando le expliqué que doña Laureana era la viuda de don Mariano Hermosa, tío suyo, hermano del canónigo, pareció quedarse en ayunas, y sólo cayó en la cuenta al oír el nombre de Zoila, su prima, a quien recuerda haber conocido en la niñez.\n\nFebrero 26\n\nDe dos a seis de la tarde en casa de Darío. Nos hemos dado tal atracón de literatura que a no ser yo tan decidido, quedaba escarmentado para toda la vida. Tengo llena la cabeza de nombres desconocidos para mí: Mallarmé, Verlaine, Henry, Corbel, Gabriel d'Annunzio —Me siento avergonzado de mi ignorancia.\n\nMe ha confesado la pésima impresión que le causa el atraso en que se halla su país. Me habló de fundar una revista y le he prometido formar, de entre los amigos, un grupo de cerebrales (así se dice ahora) que hagan núcleo en torno suyo.\n\nMarzo 1°\n\nDe casa de Darío me traje varios tomos en prosa y verso, de los maestros del modernismo americano. Me propongo educar mi estilo. Poco a poco voy comprendiendo las tendencias de esta escuela llamada, entre otros fines, a desempolvar las nuevas décimas partes de los vocablos castellanos, que yacen ignorados en los rincones del diccionario. Lo que es el procedimiento, no me parece difícil. Lo que importa es odiar el servilismo literario, romper los moldes antiguos y desbordarse en exuberante originalidad; cuidando de que todos los torsos sean escultóricos, todas las rosas pálidas, todas las blancuras impecables, todas las bellezas sugestivas, y todas las selvas lujuriantes, (El diablo me lleve si todos los decadentes no son chiflados y tontos de capirote).\n\nMarzo 2\n\nNinfa (para Darío Valle)\n\nFlor humana que ostenta la suavidez glaciada del nenúfar y la regia esbeltez de la magnolia. En la ufanía de su eutesia divina, su andar es el vaivén de la palmera oásica, Flor de luz cuyo aroma sortílego tiene efluescencias hipnóticas. En los ortos carbunclados de sus ojos de ensueño, hay sombrosas abstrusidades de logogrifo.\n\nSu acento es sólido arpegio perdido en noche azul de saudades místicas, su mirada enigmática sugiere eróticas soñaciones y delirios caóticos.\n\nAl finar el macábrico pandemónium de la faena diurna!, diríjome, cual humilde pasaturo, al parque septémbrico y, silente, cohibido, oso aguardarla al pie del cóndor nostálgico, en las gradas de la columna granítica que se mira en las ondas gélidas del estanque, en cuya glauca superficie nadan aves acuáticas de plumaje albar; no lejos de los macizos tapizados de trifolio que sustentan pelargonias de umbelas rojas, petunias multicolores, laureles de hojas enhiestas coriáceas, y tóxicas adormideras, temblantes en sus pedúnculos tormentosos.\n\nDesde aquel sitio me es dado columbrar el frontispicio de su mansión tentacular y las ventanas de corte ojival de su boudoir, detrás de cuyos cristales languidecen exóticas orquídeas y hojas de salón verdirrojas, de margen crenífero.\n\nY cuando allá en la umbría penumbrosa de la avenida diagonal emerge su grácil silueta y avanza, alígera como inquieta libélula, la exultación sistólica y diastólica de mi pecho en su algidez hiperestésica, hace asomar a mi rostro alternativamente palideces ciriales y rubores ígneos de cinabrio.\n\nMe parece que para primer ensayo, está más que regular.\n\nDarío va a quedar asombrado de mi autodidaxia.\n\nMarzo 3\n\nLeída mi composición, Darío ha permanecido un momento pensativo, luego extendiendo el brazo con aire solemne:\n\n—¡Rubén! —me ha dicho, tú estás enamorado; no me lo niegues. ¡Ay de ti si has caído en las redes de una mujer! ¡Ay de ti si tu frágil barquichuelo ha caído en la atracción de la vorágine! La mujer es obstáculo en el camino de la celebridad; es cobardía en la lucha, turbación en el sosiego, es...\n\n—Es la serpiente paradisiaca que nos induce al mal, interrumpí. Es el hada nocívora que envenena la fuente en que el viajero bebe sitibundo; es la peste bubónica que inficiona el ambiente con miasmas deletéreas... es... es...\n\nMe explayé en dos o tres comparaciones más y hemos convenido en no hacer desde hoy, maldito caso de las mujeres, a no ser para pisotear sus corazones y sus honras.\n\nMarzo 6\n\nDarío ha ido por fin, a visitar a su tía Laureana, y ha sido recibido por ellas con la más cariñosa cordialidad. Estos dos hechos, enteramente naturales, me tienen desasosegado no sé por qué...\n\nMarzo 18\n\nHemos estado los dos varias veces en su casa.\n\n¡Estúpido el que ha confiado siquiera un día en su mujer!\n\nPor fortuna, él es tan solicitado en todas partes que apenas echa de ver los agasajos de su prima.\n\nMarzo 20\n\n¡Precisamente es eso lo que lo hace valer a sus ojos! Si no lo viera tan solicitado y agasajado por otras, no haría caso de él. ¡Qué ente tan vano y superficial es una mujer!\n\nAnteanoche en un palco, sentado al lado del recién llegado, no se hubiera cambiado con una emperatriz. Yo los observaba desde la platea. Me pareció, no sé si me engañé, que ella me observaba también de reojo.\n\nAfortunadamente, jamás, hasta ahora, le hablé de amor. He obrado con sabiduría. ¡Cómo se gozaría ahora en mi tormento!\n\n¡Coqueta infame!\n\nMarzo 25\n\nSalió, por fin, \"gloriosamente\" nuestra revista, que lleva por título \"Pasteles y Acuarelas\". Nada mío aún, ni de los amigos, porque con el prospecto, los \"pasteles\" de Darío y la economía de la hoja, se han llenado las cuatro páginas.\n\nA eso de las ocho entramos en casa de ella, que se apoderó al instante de la hoja; pidió permiso, tomó asiento junto a una luz y se puso a devorar los \"pasteles\" de su primo, con tal avidez, que cuando me levanté para despedirme, me largó la mano sin apartar la vista de la página.\n\nSalí de allí dando a los mil diablos y he jurado no volver a su casa.\n\nMarzo 27\n\n¡Esa mujer es un encanto, un sueño, una ilusión! ¡La adoro con todas las fuerzas de mi alma!\n\nHe aquí lo que ha pasado.\n\nAyer cayó un fuerte chaparrón que me detuvo en casa. Al anochecer, más tarde que de costumbre, busqué a Darío y supe que había salido. Me encaminé a ella.\n\nTampoco estaba allí. La hallé sola, reclinada en su mecedora ante la ventana que da al jardín, abierta de par en par.\n\n—¿Qué hacía usted?, dije al tomar asiento a su lado, por decir algo.\n\nUna sonrisita de picardía se dibujó en sus labios.\n\n—Heme aquí, dijo, nostálgica, contemplando al claror vesperal, las rosas pálidas, cuyos pétalos vuelan noctivagos al soplo de las brisas autumnales. ¿Y usted? ¿Qué ha sido de su vida?\n\nYo respondí al momento:\n\n—He estado todo el día asubiado a mi habitáculo, exhalando suspiros delicuescentes al son monorrítmico del tintinabuleo pluvial.\n\nLanzó una franca y sonora carcajada.\n\n—¿Nota usted, dijo luego, cuánto hemos adelantado en literatura?\n\nHoy domingo, a medio día, estaba allí de visita la madre del doctorcito Prado.\n\nDoña Liberata (léase Literata), es oradora altisonante como su hijo, y como él, gusta de ilustrar a su auditorio. Habló de la calor y del temperamento frígido. Luego nos informó de que gozaba de muy mala salud, por lo cual su médico, le había prescrito baños de inversión. En seguida, sin escupir, se puso a lamentar las penas de una hija suya, casada, cuyo hijo se hallaba con angina capi... (casi dijo capitular).\n\nZoila, en apuros, ya llevaba el pañuelo a la boca, ya se arreglaba la falda del vestido para disimular, obstinada en no mirarme.\n\nCuando quedamos solos, volvió a su asiento, muerta de risa.\n\n—Por Dios Rubén, exclamó: usted que ya puede clasificar las escuelas literarias, diga: ¿qué estilo es éste de mi futura suegra?\n\nBromeando conmigo ridiculizaba a sus dos pretendientes, ¿puedo estar más seguro de mi felicidad?\n\nMarzo 28\n\nNoto a Darío sufriente y nostálgico. Signos de propatía incipiente asoman a su rostro. No temo engañarme: el maestro se hunde en \"el ruin estercolero de los sueños amorosos\".\n\nMarzo 29\n\nYa sé la causa de la furiosa antropofobia de mi amigo; me ha referido una confidencia que doña Laureana le hizo el otro día: El matrimonio de Zoila con el doctorcito Prado es cosa ajustada desde hace un año. El canónigo no halló del todo aceptable el de tal pretendiente; pero, a falta de otro, hubo de resignarse, imponiéndole que en adelante firmara \"Del Prado\" en vez de Prado a secas.\n\nHe pasado una noche de insomnio pensando en esto. ¿Por qué no hablé a tiempo? Estoy seguro de que ella aguardaba una palabra mía, para buscar medios de romper el compromiso que, sin duda alguna, le es odioso. Ahora es ya tarde. El canónigo ha anunciado su próxima salida de Sucre y en pocos días más estará aquí.\n\nMarzo 30\n\nDarío está dado a Barrabás y yo no lo estoy menos; sólo que sé disimular mejor.\n\nNo me ha hecho hasta ahora confidencia alguna, pero comprende que he penetrado sus sentimientos y nos entendemos tácitamente. Hemos resuelto poner tierra de por medio que es el mejor remedio en estos casos. Yo me marcho a la estancia. El acompañará a un amigo en su gira política por los pueblos del Valle.\n\nAbril 25\n\nNo soy tan tonto como parezco, le he jugado al maestro una partida habilísima:\n\nLlegamos a eso de las tres y vinimos de la estación a mi casa, que es la más próxima, sin que nadie se apercibiese de nuestra llegada.\n\nEntre tanto que él se pasaba el cepillo, porque estábamos cubiertos de polvo, alcé uno de los números del diario, que habiendo sido introducidos por la rendija de la puerta durante mi ausencia, yacían en el suelo; y recorriendo la crónica di de repente con la siguiente noticia:\n\n\"Bienvenida —El señor canónigo Hermosa se encuentra entre nosotros. — Vuelve a su país natal y al seno de su familia, después de un año de permanencia en la capital.\n\nMi propia emoción me sugirió una idea: con voz no fingida sino verdaderamente alterada y temblorosa, leí en seguida este otro párrafo de crónica:\n\n\"Azahares. —Esta mañana, en el templo del Hospicio, unieron sus destinos, el inteligente doctor Temístocles del Prado y la distinguida señorita Zoila Hermosa. Que la dicha más completa reine en el nuevo hogar\".\n\nMiré a Darío. Se había puesto intensamente pálido, jamás he visto semblante más turbado y descompuesto. Dominando el estupor que lo embargaba, alargó el brazo, cogió el diario y se puso a buscar en la crónica:\n\n—¿Qué buscas? —pregunté después de un momento.\n\n—El párrafo que acabas de leer, dijo, con voz apagada.\n\n—No hay tal párrafo, contesté riendo con cinismo. Es una treta que te he jugado por convencerme de lo que sospechaba.\n\nEntonces me lo ha confesado todo.\n\n—Sí: ¡la amaba! Ella fue su primer amor —amor de niño que ahora renacía tras largos años de completo olvido. Fue ella quien le inspiró su primera novela: \"Laura o las Mosquetas\".\n\n—Novela insulsa y romántica, bien distinta de la que actualmente tiene en prensa y que muy pronto verá la luz pública. Es su última producción y él la conceptúa la obra culminante de su vida.\n\nAl oír su confesión, no he podido menos que tender la mano y decirle con lealtad:\n\n—Bien; eso quiere decir que somos tres. Falta ahora saber quién triunfa.\n\nSe ha quedado estupefacto. El profundo sicólogo estaba lejos de sospechar mi secreto.\n\nAbril 26\n\nHabiéndome hecho tan amigo de ellas en ausencia del canónigo, nada más natural que ser presentado a él a su llegada; pero no iré.\n\nSuponiendo que lo del doctorcito se desvanezca, y que nada llegue a producirse en favor de Darío, ¿qué debo esperar yo, pobre expósito, que ignoro quiénes fueron mis padres y que uso un apellido prestado; qué debo esperar, tratándose de un hombre como el canónigo, el cual, cuenta su misma familia, no aprecia otro mérito que el de los pergaminos?\n\nAbril 27\n\nEsta mañana, el canónigo Hermosa, las señoras y el sobrino, todos en un auto, fueron a que este último conociera la cervecería \"Colón\".\n\nMayo 3\n\nPor fin he leído \"Iris\", la novela autobiografiada de Darío, editada en La Paz. Llegaron ayer, por correo, algunos ejemplares. La comencé ayer mismo y la he leído casi de un tirón.\n\nLaura, la joven protagonista. Iris por otro nombre, es el lirio evanescente, la flor fragible, en la mañana fresca, seca en la tarde. La criatura inconsciente, fatalmente inclinada al mal, acaba por arrojarse en el fango. El autor ha desahogado sus odios principalmente en la pintura de doña Ana, vieja sicofanta, madre de Laura.\n\nEn resumen: \"Iris\" de principio a fin, es tremebunda filípica contra las mujeres.\n\nEl autor está lleno de ilusiones. Zoila, desde ayer, lee su novela con creciente interés.\n\nEsta mañana, cuando entró en mi cuarto, estaba tan contento. Doña Laureana, que en el paseo del otro día lo obligó a abrirle su corazón, se ha encargado de entenderse con el canónigo. Darío cree que en esta semana quedará todo arreglado...\n\n¡Entrega la cerviz a la \"infame coyunda\"!\n\nEl mismo día\n\nHay días aciagos. Hoy se han dado cita todos los disgustos para sacarme de quicio.\n\nHe roto con mi protector.\n\nPor segunda vez se entabló entre ambos un altercado, siempre con motivo de las elecciones y a causa de haberme negado a firmar la candidatura de sus simpatías, estalló en cólera hasta el punto de llenarme de improperios, me ha echado en cara los beneficios que dice haberme colmado desde la niñez. Fuera de mí, le he devuelto el único don que me hizo: su apellido. De hoy en adelante firmaré cualquier cosa; cogeré al acaso cinco letras del alfabeto, formaré un anagrama y ese será mi apellido.\n\nMe siento mal. Tengo un fuerte dolor de cabeza. Voy a dar un paseo por la plaza \"Colón\".\n\nMayo 4\n\nAnoche, durante el paseo, reflexioné que era mucha estupidez eximirla de toda responsabilidad y tragar la píldora sin decir \"esta boca es mía\". Le he espetado una carta feroz en que le pruebo la perfidia de su conducta, recordándole las mil ocasiones en que alentó indirectamente mis esperanzas. Hoy me preparo a hacer la visita proyectada al canónigo. Quiero amargar su dicha con mi presencia —gozarme con su confusión.\n\n* * *\n\nEstoy aturdido. Apenas me doy cuenta de lo que ha pasado. ¡Cuántas cosas pueden ocurrir en media hora!\n\nCuando entré en la antesala que da paso al salón, un hombre de faz tonsurada se hallaba de pie en medio del salón. El canónigo Hermosa regañaba a Zoila.\n\n—¡Qué es eso de Zoila a secas!, decía. Eres Zoila Ninfa, ¿lo oyes? Zoila la Ninfa: ¡Por algo fui tu padrino y por algo tuve la ocurrencia de combinar esos dos nombres con tu apellido!\n\nZoila, sin verme, se dirigió cabizbaja y sonriendo a una puerta que conduce a las piezas interiores. Entonces se acercó a él doña Laureana y habló a media voz. De pronto el canónigo volvió a sulfurarse.\n\n—¡Nada! ¡nada! gritó. Ya te lo he dicho; \"Del Valle\" me suena mejor que \"Del Prado\". ¡Se casará con quien yo quiero, o no cuenten desde hoy conmigo para nada!\n\nEn este punto la señora me descubrió y vino hacia mí cerrando tras mí la puerta del salón.\n\n—Ya lo ha oído usted, me dijo, cariacontecida: Nos amenaza con abandonarnos. ¡Qué haría yo, pobre viuda, sin la protección del canónigo!\n\n—Pero de todo tiene él la culpa. Él, él, y nadie más que él. Dígaselo usted así. Mi hija está encaprichada desde anoche. Le ha declarado a su padrino que por nada se casará con su primo, que ama a otro, cuyo nombre no quiere decir. Pero tiene razón, ¿qué clase de enamorado es ése que por un lado solicita a una niña y por otro le larga por la prensa una sarta de groserías e indecencias? Y no sólo a ella sino a su madre, porque no negará usted que la tal Laura y la tal doña Ana de su novela, somos mi hija y yo.\n\nYo, aturdido, no acababa de comprender.\n\nEn aquel momento, por la puerta que da al corredor, apareció mi amada.\n\nUn extraño fulgor de dicha embellecía su rostro.\n\n—Sé el disgusto que ha tenido usted con su protector, me dijo. Para su bien y el mío, sólo le pido que me deje elegir el apellido que ha de adoptar en adelante.\n\nEn seguida abrió la puerta que su madre había cerrado y me condujo a la presencia del canónigo.\n\n—Tío, dijo, éste es el joven incógnito de quien le hablé esta mañana. Le presento a mi amigo Rubén La Fuente. Y añadió dirigiéndose a mí.\n\nRubén, mi tío y padrino el señor canónigo Hermosa.\n\nEl hombre abrió los ojos desmesuradamente.\n\n—¿Cómo? dijo. A ver, amigo mío, ¿usted apellida La Fuente?\n\n—Sí... señor...\n\n—Pues entonces... aguarde...\n\nEnsayó mentalmente el apellido y luego, un grito de triunfo se escapó de su boca.\n\n—¡Laureana! Ven hija, ven.\n\nDoña Laureana se presentó.\n\n—¿Oíste hablar de doña Dolores Fuertes de Barriga?\n\n—Sí.\n\n—¿Y de doña Rosa Espinosa de Barrera?\n\n—Sí.\n\n—Pues aquí tienes algo mucho mejor: Te presento a la señora Zoila Ninfa Hermosa de La Fuente.\n\nHe vuelto a casa trastornado de felicidad y he tratado de serenarme, he escrito esta última página, tras de la cual cierro mi libro de memorias:\n\n\"¡Cuánta mudanza en un día!\"\n\n(No puedo corregirme de la manía de citar poetas pasados de moda).\n\nRubén"
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   "anio_publicacion": 1942,
   "notas": "La portada de la edición digital dice 1943; los catálogos (HathiTrust) fechan la edición paceña de Novelas cortas en 1942.",
   "resumen": "Un domingo de mayo coinciden en el campo cercano a la ciudad dos celebraciones: el misachicu de una abuela campesina y unas elecciones en las que patrones y clubes compran votos. Entre ambas queda Taruca, una pastora de doce años a la que se le extravía un burro mientras los adultos beben. El relato, de una dureza poco común en su tiempo, enlaza el alcohol, la violencia doméstica, el cohecho electoral y la complicidad del cura en un final que no admite consuelo.",
   "temas": [
    "política",
    "infancia",
    "religión y clero",
    "crítica social"
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   "destacada": true,
   "n_palabras": 4078,
   "n_parrafos": 136,
   "texto": "Eran las diez de la mañana del 3 de mayo cuando un jinete, dejando el camino, bajó por un derrumbe al lecho del torrente y avanzó a paso largo, bajo el gran túnel de verdor hasta llegar a la cabaña, ubicada en un claro del bosque. Allí detuvo al animal, soltó la brida y juntando las manos, dio dos palmadas acompañadas de un grito:\n\n—¡Zurita!\n\nUn gran silencio.\n\nEl caballero repitió su llamada. Ladró un perro; luego, apareció una chiquita de doce a trece años.\n\n—¿Y tu padre? —preguntóle en quichua.\n\n—Se fue al cerro a segar la cebada —respondió ella.\n\n—¿Sabes bien que se fue? —preguntóle él con intención.\n\nLa muchachita que conocía al patrón y que sabía quizá el objeto con que buscaba a su padre, cambió la táctica.\n\n—Tal vez se ha quedado en casa de mi abuela, donde habrá mucha gente porque tiene misachicu —dijo.\n\n—¿Podrías ir a llamarlo?\n\n—No puedo; estoy sola y he dejado a los animales allá abajo.\n\n—En cuanto vuelva, dile que me siga pronto a la ciudad. Que lleve su boleto. Que si no me encuentra en casa, me busque en donde ya sabe; donde estuvimos ayer. ¿Has oído?\n\nLa taimada respondió que sí entre dientes, pero al ver que el caballero metía mano en el bolsillo, con faz resplandeciente de alegría, asiéndose de dos ramas se dejó resbalar hasta pisar la arena del arroyo.\n\nA tiempo de alargarle la moneda, se detuvo un instante mirándola con cierta complacencia.\n\n—¿Cómo te llamas? —preguntó.\n\n—Taruca —dijo ella.\n\nLa menuda florecilla de los prados lucía aquel día toda su gracia silvestre. Vestía de fiesta, es decir, se había lavado la cara; llevaba camisa limpia y una pollerita nueva de bayeta roja fuertemente amarrada a la cintura.\n\n¡Taruca! No era a sus dulces ojos ni a su agilidad de gacela que debía aquel diminutivo sino a la costumbre de su madre, que, como toda campesina, abreviaba los nombres del almanaque con el que el señor Cura bautizaba a sus hijos. El caballero hizo ademán de arrojarle un tomín que tenía entre los dedos; ella extendió la falda para recibirlo; la moneda rodó al suelo; bajóse ella a recogerla y una vez empuñada se alzó para sonreír al patrón.\n\n—¿Olvidarás mi encargo? —preguntó éste.\n\n—No niño mío, no lo olvidaré —exclamó ella.\n\nEl jinete cogió la brida y se alejó por el callejón que conduce al río.\n\nTaruca guardó el tomín en la bolsita, lindo regalo de su madrina, que pendía de su cintura sobre el refajo de tocuyo. Luego trepó al murallón, miró a lo lejos y escuchó. El son lejano de una banda de música había herido sus oídos. No se engañaba. ¡El misachicu de su abuela!\n\nA la carrera, sobre la fila de pedrones, llegó al puente que salva en el camino el paso del torrente y desde el antepecho de cal y piedra vio pasar la procesión que regresaba de la Recoleta, alborotando al caserío con su acompañamiento de música y cohetes.\n\nUn robusto mocetón cargaba en brazos la efigie, de tamaño natural, mal cubierta por un paño de encaje. Iba detrás la abuela, con su corte de comadres y vecinas; se había puesto su pollera más vistosa y su manto de seda. Adelante las dos filas de turiferarias vestidas de gala.\n\nLa chiquilla llena de emoción, descubrió a su madre en la comitiva. Al volver de la ciudad de donde venía cargada de las provisiones de cocina que faltaban en casa de su suegra, se había incorporado a la procesión. Al pasar depositó su carga sobre el antepecho del puente para descansar un momento junto a su hija, y entre tanto que la regañaba por haber dejado solos a los animales en el prado, le presentó un pañuelo de algodón, rojo y azul que había comprado para ella y acabó de alegrarla con una torta y un quesillo.\n\nElla ansiosa, le recordó repetidas veces su promesa de enviarle un plato de merienda. Luego se separaron.\n\nTaruca escondió el fiambre en un pliegue de la falda sujeto por el vuelo a la cintura; anudando las puntas adyacentes del pañuelo se lo echó orgullosa al cuello y otra vez a la carrera llegó al prado donde se hallaban las vacas y los borricos. Luego, subió a lo alto de una tapia sombreada por un molle y devoró su golosina. Después, de pie sobre la tapia, contempló el campo.\n\nJamás se había sentido tan satisfecha. Un lindo pañuelo nuevo amarrado a su cuello; dos reales suyos en su bolsa y un plato de merienda prometido, ¿qué más felicidad?\n\nCuando el joven jinete llegó a la rúa que baja al río, un somatén de gente desembocaba en ella por el lado opuesto. Un hombre grueso y barbudo, encorvado sobre su montura, conducía una veintena de peones. También a él se le habían adjuntado algunos adherentes a lo largo del callejón.\n\nLos jinetes se miraron un instante frente a frente y luego, unos tras otros, seguidos de los suyos, se encaminaron apresurados a la ciudad.\n\nMudos y amenazadores unos y otros, avanzaban en son de guerra. Prohibido les estaba usar revólver ni arma alguna cortante, pero marchaban provistos de otras armas; el insulto atrevido, la invectiva procaz, la burla cruel... Al parecer en la rúa el joven patrón, un hombre de la otra comitiva rápido como una flecha, se había lanzado al otro lado de una tapia e internándose en las huertas, seguía adelante sin ser visto; pero al llegar a la plaza, donde le era preciso detenerse mucho rato para no ser descubierto, cambió de resolución; el joven vio a Zurita atravesar el camino.\n\n—Buena alhaja —le dijo— ¿Qué ha sido de tu vida?\n\n—Voy con ellos —respondió el cholo— me han comprometido pero, pierda usted cuidado. Recibiré el precio de mi boleto y votaré por los nuestros.\n\n—Es que esos picaros, crucifijo en mano, te harán jurar y no tendrás valor para hacerles la bribonada. Está bien, haz lo que quieras, pero, mañana mismo preséntame la cuenta de tus mejoras porque esta semana desocuparás mi terreno.\n\nZurita, mohíno, se vio obligado a seguir a su patrón.\n\nLos dos grupos entraron en la ciudad por distintas calles, animados uno y otro por el mismo empeño; el triunfo en la batalla electoral que iba a librarse en seguida.\n\nEl cura de la aldea llamada La Recoleta, por hallarse sobre las ruinas de un convento, velando por los intereses de su parroquia, subió al púlpito pocos días antes de la fiesta, y reprobó severamente en sus feligreses la costumbre de abandonar el propio campanario para irse lejos a honrar al Señor de la Cruz, como si éste no fuese el mismo en todas partes.\n\nLa plática interesada logró sus fines; aquel año, la parroquia cosechó misas como en tiempos mejores y la fiesta se repartió en muchos ranchos, pero en ninguno con la pompa que gastó en el suyo Carlota Galarza viuda de Zurita.\n\nDos eran y son aún las cabañas escondidas en el más bello rincón de la floresta. La de Pedro Zurita y la de su hermano Rosendo, contiguas la una a la otra.\n\nTaruca era hija única de sus padres. Cuatro años antes, la viruela se llevó a su tiempo a tres hermanos suyos; desde entonces, la chiquilla quedó a cargo de todo el trabajo que hubiera correspondido al primogénito.\n\nCuatro años antes la segadora negra hizo su agosto en la comarca. Miles de cuerpecitos consumidos por el martirio, bajaron a dormir en el seno de la Madre Tierra. Las madres alarmadas y queriendo saber de una vez si les llegaría el turno, llevaban a sus pequeños a casa de los enfermos. Lo único que se recomendaban unas a otras era no llevarlos a la ciudad a hacerlos vacunar porque estaba averiguado que la vacuna era la causa de la epidemia.\n\nTaruca fue una de las pocas criaturas que se libraron del contagio.\n\n¿Por qué no murió entonces? ... ¿Y por qué no murió entonces el pobre Hilario? Hilario era un chico de la puna, vendido a unos arrieros, aquel a su vez le revendieron a la madre de Zurita. Era una especie de enano, fuerte y trabajador, pero tenía nostalgia. Todo su pensamiento era huir, irse allá lejos andando, andando hasta encontrar a la madre que lo había vendido.\n\nSu nueva propietaria ideó un castigo que le hiciese escarmentar para siempre. Sorprendido en su fuga por tercera vez, le pusieron a las espaldas una piedra cuyo peso podía apenas soportar y lo obligaron a llevarla desde el punto en que fue cogido hasta la casa. Jadeante, ahogándose de asfixia, sentía que sus sienes estallaban, perdía la cabeza y sus rodillas se doblaban, pero el pinchazo de una rama espinosa que le azotaba por detrás, lo forzaba a seguir adelante. Nunca más intentó la fuga, ni aún con el pensamiento.\n\nTaruca que le había visto llegar cargado de una piedra y tenderse al suelo desfigurado y moribundo, cobró por él una profunda compasión que no se atrevía a manifestar en presencia de su abuela. Se alegró mucho de que viniese a servir al tío Rosendo. Ya podría partir con él su fiambre y consolarlo cuando fuese castigado.\n\nEn cambio él le contaba cuentos de la puna: el de la Makala, de cola de fuego que se llevaba en los bolsillos lo mejor de la cosecha —y se chupa los sesos de los niños.\n\nEl de Kate—kate, cabeza desprendida de su cuerpo que brinca en busca de sus enemigos —El del Anchancho que asusta a los mineros en unos agujeros llamados socavones.\n\nAl volver a su casa la pastora tenía que pasar junto a la de su tío.\n\nLa actitud de los sufragistas de ambos partidos políticos, en aquel primer domingo de mayo, fue mesurada en las primeras horas. Filas de honrados artesanos emparejados se presentaron a ejercer el sagrado derecho del ciudadano, encabezados por sus respectivos jefes de club, pero a medida que transcurrían las horas la excitación crecía en torno de las mesas.\n\nLa bestia cebaba en los banquetes políticos, azuzada con discursos incendiarios, esperaba el momento de lanzarse a la pelea. A partir del instante en que empezó el escrutinio la policía se vio obligada a reprimir el desorden. Conocido el resultado, un clamor colosal se alzó en la plaza principal. Los conservadores frenéticos, organizados en grandiosa comitiva recorrieron las calles divulgando su triunfo y los otros, bramando de coraje, las recorrieron también sin tener miedo a un encuentro. Los estudiantes, que están siempre de parte del más débil, formaban la vanguardia de los liberales.\n\n—¡Abajo el cohecho! gritaban éstos —Abajo los compradores de conciencias. ¡Mueran los curas de sotana corta!\n\n—¡Abajo los ateos! —gritaban los otros.— ¡Viva la Religión! ¡Viva el derecho!\n\nLa madre de Taruca, sostenida por alguien que la conducía, llegó a su casa a media noche dando traspiés. Sin acordarse de nada ni de nadie, de un empujón abrió la puerta del cuartucho, y tendida en el poyo de barro quedó roncando. Su marido, llegó también al amanecer y se tiró al pie del banco, más borracho y más rendido que ella.\n\nCoincidiendo en la fecha, las dos fieras finalizaban en igual forma. El artesano en la ciudad por la Patria, el labriego en el campo por la Cruz, apuraron la copa hasta las heces. La orgía, en todas parte fue la misma: desenfrenada, cínica, brutal.\n\nTaruca había aguardado todo el día que su madre se acordara de ella. Dos o tres veces subió de prisa a su casa a ver si alguien la buscaba: nadie; nadie más que el pobre perro que al verla batía la cola.\n\nNo entendía lo que eran las elecciones, pero sabía que se trataba de una gran pelea de la cual, su padre, vencedor o vencido, llegaría a su casa borracho y malhumorado.\n\nAsí, indecisa, sobresaltada, pasó la tarde. De pronto, al ver que anochecía, se dirigió a la casa con su tropa pensando que Hilario permanecía en el campo. Por desgracia, se hallaba equivocada.\n\nAl pasar junto a la choza de su tío, un formidable mugido le advirtió el peligro.\n\n—¡Hilacatu, sujeta a tu novillo!\n\n—¡Taruca arrea, arrea pronto!\n\nEn el corralejo de la choza, una revuelta de patadas, mugidos y jadeos hacía temblar las delgadas paredes.\n\nEl novillo, amarrado a una estaca como todas las noches a precaución, se lanzaba frenético a la puerta, amenazando romper el lazo. En su furioso ímpetu se enredaba con los otros animales del corral que, asustados, aumentaban la confusión.\n\nEn vez de arrear más fuerte y pasar pronto, la pastora aturdida, había tratado de detener a su tropa, que, toda desconcertada, se desvió del sendero arremolinándose para mayor conflicto, en la puerta misma del corralajero. Hilario, metido en la revuelta sin miedo, casi en las astas de la fiera, enlazando los pies en las trancas bajas, bregaba por encajar al agujero de la pared la más alta que impedía por completo la salida.\n\nUn instante se vieron los dos niños luchando a obscuras, con las bestias.\n\nEntre tanto, los dos perros de la casa, creyéndola atacada, se lanzaron con furiosa acometida sobre vacas y borricos que huyeron espantados en todas direcciones. Taruca, ligera como un pájaro, se precipitó por uno y otro lado, a golpe de cayado y fuertes gritos: ¡Tisa!, ¡tisa! logró reunir su amedrentada tropa y encaminarla a la casa. Aquella escena macabra preparada por la fatalidad —había durado pocos minutos. La obscuridad contribuyó a apaciguar a la bestia del corralejo.\n\nYa en su casa, la chiquilla amarraba a sus vacas, una por una, cuando notó que había un borrico de menos.\n\n—Dos, tres, cuatro —faltaba uno.\n\nVolvió entonces al caminito y no hallando al animal, siguió adelante hasta la choza del tío gritando.\n\n—Hilacu, Hilacu. ¿No habrá quedado por ahí uno de mis burros?\n\nSalió Hilario y buscaron con empeño en los alrededores. Después, pensando que se había equivocado volvió a su casa, y contó de nuevo. El Traposo estaba ahí, también Overa, con su cría y el Pelón. El que faltaba era Chaleco— blanco.\n\nRecién entonces le dio a Taruca un vuelco al corazón. El maldito, cuando se emberrinchaba, era capaz de largarse al fin del mundo.\n\nBuscó otra vez en todos los rincones de la huerta y sus cercanías y sin tardanza, se encaminó al añojal en que todos los días pacían sus animales. Afortunadamente la claridad de los cielos era tal que al caminar veía su sombra.\n\nDe aquel prado volvió diciéndose que tal vez, mientras buscaba y se afligía, el retrasado estaba ya en el sitio que ocupaba de costumbre. Vana esperanza. Entonces se acurrucó en un rincón de la huerta y lloró desesperada.\n\nMuy tarde ya, oyó voces y temiendo que fuesen sus padres que volvían se ocultó bajo el cobertizo junto al fogón. Así escondida esperó largo tiempo.\n\nEl sueño la venció. Amanecía. A lo lejos las campanas del Hospicio llamaban a la primera misa lúgubremente.\n\nPensó en su padre. — ¿Están ya aquí? —se preguntó. ¿Duermen ya o no se han recogido todavía?... De todos modos, lo importante era que el burro apareciera pronto.\n\nAl oeste de esa región, hay un callejón muy transitado por las arrias que trasponen la montaña. Si el borrico había pasado la noche vagando por ahí, se adjuntaría a la primera recua que se presentara y era preciso llegar a tiempo. Llorando y retorciéndose las manos fue por ese callejón casi una legua. No hubiera ido tan lejos, si unas mujeres que venían no le hubieran asegurado que habían visto al animal vagando hasta juntarse con dos o tres que conducía un hombre de las estancias. Al escucharlas, cobró aliento y sin dejar de caminar, casi corriendo, desahogó sus angustias con fieras amenazas.\n\n—¡Ahora verás cómo te rompo el hocico condenado!\n\n¡Pero ay!, los datos resultaron falsos; entre los borricos del hombre aquel no estaba el suyo sino otro muy parecido.\n\nRecién entonces echó a ver cuánto se había alejado de su casa, y se dio cuenta de su gran estupidez. ¿Dejar en ella el ganado no era hacer más notable la falta del borrico y la suya misma? Sin más vacilación, desandó el camino siempre corriendo y llorando y sin dejar de preguntar a cada paso:\n\n—¿Viracocha, no has visto en el camino un burro suelto?\n\n—¿Señora, no va por ahí un burro negro con el pecho blanco?\n\nCuando llegó a la choza de su tío vio a la esposa de éste y a su madre, hablando, ambas consternadísimas. La madre, al verla se puso fuera de sí.\n\n—¿Dónde está el burro? ¡Facinerosa, vas a morir!\n\nPero la otra mujer, sujetándola, la hizo entrar en razón.\n\n—No es tiempo de enojarse, —exclamó—. Su padre va a llegar, quizá no sabe. Lo que importa es que no la encuentre.\n\n—Arrea los animales y piérdete, pronto.\n\nSiguiendo este consejo, madre e hija se encaminaron agitadas. ¡Oh fatalidad!, en el instante mismo en que penetraban en el patio de la choza, el padre, de un salto, traspuso la tapia de la huerta. Se hallaron frente a frente.\n\nZurita acababa de saber lo que ocurría en su casa, y venía furioso y satisfecho a la vez de hallar en quién desahogar el despecho de la derrota sufrida el día anterior. Pensaba en su mujer, pero la vista de la culpable excitó su furia. Rígido, con los puños y los dientes apretados, se contuvo un instante para preguntarle:\n\n—¿Dónde está el animal, ha aparecido?\n\nPálida y temblorosa la desdichada juntaba las manos y gemía.\n\n—Habla —gritó el hombrón con voz de trueno, y ella dijo:\n\n—No.\n\nEn la boca del padre rugió entre dientes una palabra horrible.\n\n—Ven —gritó— ven acá.\n\nLa madre imploraba. La intervención de la mujer acabó de trastornarlo. Con un impulso ciego, sin saber lo que hacía, de un brinco, empuñó el hacha que estaba apoyada en el banco.\n\nLa madre lanzó un grito. Sin atreverse a conjurar el peligro por sí sola, se arrojó a pedir auxilio a la otra mujer que estaba lejos.\n\nPadre e hija se miraron de hito en hito.\n\nEstremecida, horrorizada, dispuesta a dar un salto al menor movimiento de su verdugo, la infeliz empezó a llorar con esa entonación mezcla de súplica y de protesta, propia de los niños en los trances fieros.\n\nLa manaza del monstruo se alzó en lo alto y el arma fue lanzada con tal ímpetu que rugió en el aire. La enorme pieza se había clavado en la pared del cuarto, rebotó al caer y el cabo quedó desencajado.\n\nLa niña entonces trató de huir, pero el padre le cortó el paso, y en dos brincos... un garrotazo la tendió al suelo. Al verla caer el bárbaro repitió dos golpes.\n\n* * *\n\nPor el angosto callejón que da al torrente avanzaba el jinete de la víspera. Con una mano guiaba su caballo y con la otra sostenía una hoja que leía con atención. El diario liberal se consolaba de su derrota declamando de cruz a fecha contra los abusos de la autoridad protectora sin disimulo del candidato oficial. La crónica se hallaba plagada de denuncias.\n\nAbusos criminales.—\n\nCrimen inaudito —leía el joven— Los esbirros pretextando desorden, abofetearon a un pacífico artesano liberal en una casa donde se divertía...\n\nAl llegar al recodo del sendero, el jinete pensó que al otro lado del seto vivo, detrás de la represa tenía lugar una reyerta. Un grito había resonado y en seguida golpes sobre una masa blanda y resistente... luego alaridos que pedían socorro.\n\n—La chicha de ayer sigue haciendo su efecto —pensó el patrón— Zurita está apaleando a su mujer.\n\nNo es así como piden auxilio las mujeres rabiosas cuando el marido las apalea. En aquellos chillidos exhalados de lo más hondo de las entrañas, vibraba la crispadura nerviosa del horror y de la angustia.\n\nY en esa mañana de mayo, luminosa y serena, bajo un dosal de ramas y de flores, los hipos se apagaron y los gritos siguieron pidiendo socorro...\n\nEl joven, paso a paso, continuó leyendo:\n\nAtentado inaudito —Anoche, la policía allanó el domicilio del prestigioso ciudadano liberal... etc., etc.\n\nA pocos pasos del arroyo en que había lavado su ropa, la madre de Zurita se disponía a tenderla, cuando vio a Hilario que llegaba jadeante.\n\nLa cara del enano daba miedo.\n\n—Qué hay —preguntó la mujer.\n\n—Don Pedro... La está matando.\n\n—¿A quién?\n\n—A Taruca.\n\nCreyendo que se trataba de su nuera, la Galarza pensaba continuar su ocupación, pero al oír —Taruca, soltó la pieza de ropa que tenía en la mano, en dos palabras recomendó su casa a una vecina cogió el rebozo y se lanzó tras de su guía.\n\nPara abreviar el camino tomaron por las huertas; salvando tapias, sembrados y acequias, la mujer a pesar de su corpulencia seguía al enano sin detenerse a respirar. Un vivo presentimiento la asaltaba; conocía a su hijo...\n\nPor fin llegó.\n\nSu nuera, al verla, redobló sus chillidos. El monstruo estaba allí, refugiado en un rincón del patio, sañudo, fiero, amenazaba todavía a su mujer que no quería callar.\n\nLa Galarza, sin detenerse, se lanzó hacia la nieta que yacía tendida, fluía un pequeño chorro de sangre ya coagulada.\n\nCon increíble fuerza nerviosa la alzó en brazos. El frágil cuerpecito tan esbelto, se había puesto enormemente pesado. La madre sollozando quiso ayudarla, pero con gesto imperioso de suprema angustia le ordenó con los ojos y ella entendió. Alzó con las dos manos un montón de tierra y aserrín y cubrió con él la mancha de sangre. La casa estaba llena de gente. Entre tanto la abuela había depositado su carga en el fondo del cuarto sin permitir que nadie penetrara en él. Después, haciendo alarde, pronunció la palabra consabida en esos casos; la palabra salvadora:\n\n—Arrebato —Sinapismos, gritó en seguida; agua caliente para los pies.\n\nLa curación simulada duró todo el tiempo que pudo impedir que la madre, penetrando en el cuarto se apercibiera de la verdad. Cuando esto sucedió, un paroxismo de furor se apoderó de la infeliz. Arrebatada, loca, atropellando a su suegra que la contenía, iba a lanzarse a provocar al marido cuando un tumulto inesperado la asustó.\n\n—¡La policía!\n\nZurita, pálido, se arrojó al otro lado de la tapia y se perdió en las huertas. Huida innecesaria; el comisario acompañado de cuatro números atravesaba el campo, iba en pos de un cabecilla liberal que había cometido no sé qué desacato contra la autoridad.\n\nPasado el susto, los ánimos se apaciguaron. La suegra hizo traer chicha y mandó cocinar allí mismo. Zurita no volvió.\n\nMuchos parientes se quedaron esa noche a velar en charla grata, sostenida por frecuentes libaciones. La madre acurrucada en el cobertizo en el mismo rincón en que la inquieta y apesarada pastorcita pasó la noche anterior, dormitaba gimiendo a ratos, sumida en la doble embriaguez del licor y la pena. Al otro día siguió bebiendo mientras ayudaba a cocinar, pensando en ciertas cosas consoladoras: Taruca era ahijada de su abuela y a ésta correspondían todos los gastos. Ella podía dejarse estar. Luego, el ataúd que habían traído era tan bueno que parecía destinado a persona decente. Al principio lo hallaron todos muy grande, pero el cadáver se había estirado tanto que resultó cabal. La abuela, en persona, lo envolvió en mortaja de percalina blanca y lo acostó en la caja. El cura, con pretexto de bendecirlo fue ese día a darse cuenta de los recursos pecuniarios de la familia.\n\nAl retirarse, ya en el campo real, se encontró con el joven patrón que conocemos. Charlaron largo rato acerca de los acontecimientos políticos de la víspera y al despedirse, el joven recordando de pronto preguntó:\n\n—¿Dígame, señor Cura, no ha oído usted nada? Se dice que Zurita ha muerto a palos a su hija. ¿Será verdad?\n\n—Falsísimo —exclamó el sacerdote— La chica ha muerto de congestión. Me consta.\n\n—Llegó la hora del entierro.\n\nEl cortejo llegó tranquilamente a las puertas del cementerio. Las mujeres, sentándose en el suelo, destaparon los cantarillos, escanciaron chicha en grandes vasos y todos los semblantes se animaron. No había sepulturero. Dos hombres de la comitiva cavaron la fosa y cuando estuvo lista entraron todos al Campo Santo con el ataúd.\n\nLa madre, acometida de un acceso de dolor. Su suegra, temerosa de un desahogo delator, acudió a consolarla sirviéndole vaso tras vaso.\n\nLa inhumación duró pocos momentos. Sobre la tierra apiñada a pisotones clavaron una cruz de palo, con un cartón adherido a ella.\n\nTERESA ZURITA"
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   "titulo": "La sociedad politécnica",
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   "subgenero": "relato",
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   "notas": "La portada de la edición digital dice 1943; los catálogos (HathiTrust) fechan la edición paceña de Novelas cortas en 1942.",
   "resumen": "En 1903, un grupo de colegiales de Cochabamba funda una sociedad científica con museo de historia natural, reglamento, actas y discursos solemnes. El relato reconstruye con humor afectuoso el auge y la caída de la agrupación: un cuarto prestado, una biblioteca de treinta volúmenes, una campanilla sustraída del oratorio de una tía. Todo acaba «como acaban las grandezas humanas», pero un epílogo revela lo que de verdad quedó de aquel juego de adultos.",
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   "texto": "En 1903, esta simpática agrupación funcionaba en una casa ubicada en la sétima cuadra de la calle Santiváñez. Uno de los fundadores, René Castro, pupilo entonces de dos buenas señoras, inquilinas del piso bajo, había obtenido de ellas el permiso de ocupar con sus amigos, una vez por semana, un cuarto vacío en el patio interior.\n\nLa pieza concedida, a medio construir, carecía de cielo raso, por lo que era imposible una conveniente iluminación. En vista de ello se resolvió que las sesiones se efectuaran en la tarde, a la salida del colegio, y terminaran al anochecer.\n\nEn aquella época, los socios más asiduos eran el Mono Guillén, Clarín, Pico y Castrito. Este último era a la vez director del \"Museo de Historia Natural\" y cajero de la sociedad. Un artículo del Reglamento prohibía en absoluto el uso de los sobrenombres. Aquel selecto grupo de intelectuales debía desenvolverse en un ambiente de exquisita cultura. Durante las sesiones, los socios se llamaban: El señor Guillén, el señor Claros, el señor Picolomini, el señor Castro, etc., etc.\n\nA fines de febrero, la sociedad recibió gran impulso con la incorporación de un nuevo socio: Zenobio Rodríguez, hijo de un rico hacendado de Ayopaya, que, al ingresar en ella, enriqueció la sección zoológica del Museo con ejemplares interesantísimos. Había recorrido palmo a palmo el dilatado fundo de su padre, desde sus heladas estancias hasta sus hondas quebradas cubiertas de montañosa vegetación.\n\nEn las tardes, a medida que fuesen llegando los socios, mientras hubiese quórum, formábanse en el patio corrillos en los que se charlaba sobre temas científicos y sociales, y como es natural, no faltaba quien refiriese por lo bajo aventuras galantes, propias o ajenas.\n\nDecíase que Zenobio era refractario al matrimonio, pero Castrito, su íntimo amigo, tuvo ocasión de saber que aquellos decires no eran más que suposiciones. Zenobio se había fijado en la chiquilla más linda y más festejada entre todas las alumnas del colegio de monjas. Un domingo, en la soledad del Parque Colón, sacó un borrador de carta y pidió a su amigo su parecer acerca de la redacción. La carta era como sigue:\n\nPrestigiosa señorita:\n\nDeseo que al recibo de ésta, se encuentre usted buena de salud, en compañía de su estimable familia; quedando yo bueno a recibir sus órdenes.\n\nSeñorita: dispense usted el atrevimiento que he tenido al poner los ojos en su digna persona. Disculpe esta ansia del corazón que como grito lanzado del seno de las masas, clama por la libertad de un porvenir risueño.\n\nComo no faltan opositores, le ruego que, con la soberanía popular que la caracteriza, conteste a la presente sin hacer caso de los chismes que tal vez le lleven contra mi honorabilidad.\n\nEsperando respuesta. Su seguro servidor.\n\nZenobio Rodríguez\n\nCastrito halló la carta ridícula y lo declaró con franqueza. En primer lugar, aquello de prestigiosa le chocaba; y por último él en el caso de Zenobio, no andaría con rodeos; diría simplemente: Señorita: la quiero a usted; ¿me corresponde usted o no?\n\nEl héroe de Ayopaya llegó molido. Guardó el papel y no se volvió a hablar más del asunto. Aquella pequeña herida de amor propio fue bastante para destruir una amistad basada en mutua y espontánea simpatía. Castro, tratado con frialdad, pagó con la misma moneda y poco a poco llegaron a ser indiferentes el uno para el otro.\n\nEn la sesión extraordinaria del 20 de mayo, los socios tuvieron una sorpresa desagradable. Ernesto Gutiérrez renunciaba irrevocablemente por razones personales. Pasado el acto, Gutiérrez hablando con dos íntimos, concretó esas razones.\n\nSu mamá le había prohibido concurrir una vez a las sesiones. Temía que en aquellos suburbios se suscitaran entre hombres o mujeres del pueblo, disputas o peleas que no debía presenciar un niño decente; además, con motivo de las sesiones Ernesto se demoraba en la calle, siendo siempre el último en presentarse a comer, lo cual tenía disgustado cada día más a su papá.\n\nErnesto era un socio muy apreciado por su puntualidad en el pago de las cuotas; su retiro voluntario impresionó a todos; pero no tenía vuelta de hoja; su madre lo había ordenado.\n\nA la tarde siguiente, tarde fatídica. Castrito vio llegar a un enviado del campo que traía cargas y una carta para las señoras inquilinas. La carta era del dueño de casa y en ella les anunciaba su llegada en tren aquella misma tarde.\n\nLas colecciones de raíces, tallos y hojas, simétricamente adheridas a grandes cartones; las de minerales, el libro de las actas y las repisas que sostenían frascos de alcohol con víboras, tarántulas y otras sabandijas igualmente interesantes, todo revuelto, fue a dar al cuarto de Castro, en el cual citados por éste, al otro día los politécnicos debatieron como sardinas en caja. Se imponía clausurar sesiones, por lo menos temporalmente.\n\nErnesto Gutiérrez, aunque tenía ya anunciado su retiro, era el que menos se resignaba a la clausura. Pidió a sus colegas una reunión más, sin decirles el objeto. Al otro día llegó triunfante a comunicarles una gran nueva: autorizado por su padre, les ofrecía una sala en su casa.\n\nLa nueva sala de sesiones era una sección de una galería baja cerrada de vidrios, separada de la sección contigua por un tabique y comunicada con ella por una portezuela. La bondadosa familia Gutiérrez colmó los anhelos de aquellos muchachos cediéndoles un suficiente número de sillas, una mesa con tapete rojo y encima de ella una lámpara con pantalla también roja.\n\nCuán solemnes fueron las primeras sesiones celebradas en ella. Sesiones nocturnas y bisemanales. La sociedad ganó en prestigio. Aumentó el número de socios. Aquella fue la Edad de Oro de la sociedad. Se expidieron nombramientos. Zenobio Rodríguez fue nombrado Director Honorario del Museo y René Castro pasó a ser portero de la sociedad, con un haber mensual de treinta centavos.\n\nSucedía a veces que, durante las sesiones, se dejaban oír al otro lado de la portezuela de vidrios, en galería contigua, cuchicheos y risas contenidas que turbaban al socio que hacía uso de la palabra. Era que las hermanitas de Gutiérrez se divertían con los discursos.\n\nUn socio de los nuevos, Temístocles Peredo, hijo de un abogado de nota, muchacho listo como pocos, tomó una noche la palabra y sin más ni más, con unas cuantas razones contundentes, hizo tortilla de la Sociedad Politécnica. Criticó sus estatutos, y puso en claro las deficiencias de su organización. Insistiendo en este punto, declaró en tono vibrante que una Sociedad Politécnica sin biblioteca era algo inconcebible. En seguida propuso su fundación por un medio muy sencillo: Cada socio contribuiría a ella con un libro. Los socios eran veinticinco, con veinticinco volúmenes tenía base más que suficiente para la realización de tan importante proyecto. Fue acogido con entusiasmo. Aquella misma semana, la sociedad poseía treinta volúmenes.\n\nEl Mono Guillén fue nombrado bibliotecario. Era calígrafo habilísimo. Sobre el dintel de aquella puerta, convertida en estante, colocó un cartelón en que se leía:\n\nBIBLIOTECA DE LA SOCIEDAD POLITÉCNICA\n\nFundada en 1903\n\nAsí andaban las cosas, viento en popa, cuando he aquí que Rigoberto Soto, volviendo a su manía, pone a los socios en un conflicto mayor que todos los que hasta entonces habían afrontado. Este muchacho tenía a los socios en el puño, a causa de ser dueño de la campanilla usada en las sesiones. Habíala sustraído del oratorio de una tía suya, temporalmente por supuesto, mientras la señora postrada en cama con reumatismo, recobraba la salud. Siempre que tenía queja de alguno o abrigaba alguna retención, se presentaba a reclamar su campanilla, bajo el pretexto de que su tía estaba ya restablecida y podía, el rato menos pensado, encaminarse al oratorio, notar la falta y descubrir la sustracción. Conociendo que se trataba de un pretexto, vencíanlo a fuerza de ruegos y concesiones; pero esta vez su resolución era tan firme que empezaron a creer que decía la verdad.\n\nLa clausura de sesiones se hacía inevitable. ¿Cómo poderles ya dar la solemnidad debida? Todos unánimes abrigaron el mismo parecer: un presidente sin campanilla era algo más inconcebible que una Sociedad Politécnica sin biblioteca.\n\nTemístocles Peredo, que a la razón desempeñaba la Presidencia, creyó resuelto el problema: ordenó al tesorero que hiciera el balance de los fondos de que disponían y al mismo tiempo envió a Clarín a averiguar el precio de una buena campanilla. Resultó que no pasaba de seis a siete pesos. Los socios eran veinticinco; con una contribución de veinticinco centavos por cabeza, tendrían la suma suficiente. Pero el caso fue que mientras unos pagaron sin dilación, otros desatendidos del compromiso trataron de rehuirlo.\n\nA esta dificultad se agregó otra: René Castro solicitó aumento en su haber de portero anunciando que haría defección de su cargo si no se atendía a su solicitud. Imposible aumentar los gastos de la sociedad en momentos en que sus entradas disminuían a causa de la informalidad cada vez mayor de los socios en el pago de sus cuotas.\n\nUna tercera circunstancia contribuyó al desastre; terminaba el año escolar; era preciso prepararse para los exámenes. Los socios empezaron a faltar y por último se retiraron todos.\n\nAsí acabó esta importante agrupación que había acariciado nobles ideales científicos y patrióticos. Así acabó sin dejar otra huella de su existencia que unos cuantos cartones y repisas en las paredes de una sala y aquella preciosa colección de libros escondida en el hueco de una puerta. Así acabó, como acaban las grandezas humanas.\n\nEPÍLOGO\n\nJamás hubiera llegado hasta mí noticia alguna de la existencia, ya remota, de la memorable sociedad, sin un hecho casual: Ernesto Gutiérrez y su mujer quisieron un día almorzar conmigo en festejo del cumpleaños de su primogénita, ahijada mía. Cuando llegué a su casa, no hallé en ella otra persona convidada; nos sentamos a la mesa los dos esposos, las dos hermanas de Ernesto, la niña y yo.\n\nEmpezábamos a almorzar cuando llegó un joven muy simpático que me fue presentado, pero como suele suceder— me, atendí poco a la presentación y quedé sin saber su nombre.\n\nDurante el almuerzo la conversación versó sobre diversos temas, y por último, sobre uno de actualidad: Bolivia y sus vías férreas en proyecto. La inmensidad de su territorio, que dificulta la mutua comunicación entre sus diversas regiones, y la índole de los habitantes de cada uno de sus departamentos; se habló entonces de lo que ha hablado más de un escritor extraño al país; de las peculiaridades del cochabambino; de su trato ceremonioso, de su entusiasmo por los discursos grandilocuentes, de su anhelo de omnisciencia.\n\nY que en algunos comienza en la niñez. En este punto, vi a ambos jóvenes que sonrientes, cambiaban una chispeante mirada de inteligencia. Los dos a un tiempo habían evocado el mismo recuerdo y prorrumpieron ambos:\n\n—¡La Sociedad Politécnica!\n\nErnesto entonces me relató todo lo que he referido; pero no él sólo, sus dos hermanas y el otro joven intervenían a cada momento en el relato desbordante de ingenio y gracia picaresca. Oyéndoles así me di cuenta de que el joven allí presente era nada menos que el ex portero de la sociedad. Todos reíamos a más y mejor; sólo la joven y angelical esposa de Ernesto guardaba silencio, limitándose a sonreír dulcemente.\n\n—¿Y el epílogo? —preguntará el lector.\n\n—Helo aquí:\n\nCuando Castrito amenazó a los socios con su dimisión si no alcanzaba al aumento solicitado, Ernesto a solas trató de disuadirlo; entonces el pequeño confesó a su amigo que quería ganar más dinero para llevar todos los domingos frutas y dulces a su hermanita encerrada en el internado, donde el alimento de las huérfanas dejaba mucho que desear. Con la ingenuidad de un niño, Ernesto contó en su casa la confidencia de su amigo. Su madre al oírlo, con los ojos caldeados de súbito enternecimiento, no paró hasta conseguir que René los visitara todos los días; hizo más: consiguió de la Superiora el permiso de tener a la hermanita todos los domingos de seis a seis en aquel hogar, donde ambos eran objeto de las más delicadas atenciones...\n\nDe lo cual resultó que, andando el tiempo, la huerfanita llegó a ser la encantadora Magdalena Castro de Gutiérrez.\n\n—¿Y Zenobio? —pregunté.\n\n—Parece que aquella dama de sus pensamientos no contestó a su carta —me dijeron—. Está casado en su provincia; es más rico que su padre y suele recordar a sus amigos de la ciudad en forma muy agradable; remitiéndoles grandes cestas de paltas exquisitas."
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   "texto": "I\n\nCarmen es una joven que, gracias a la bondad de su carácter y a su sensatez y buen juicio, goza del aprecio de muchísimas personas que cultivan su amistad con verdadero cariño. A sus prendas morales se agrega una rara habilidad y gusto exquisitos para los bordados y demás trabajos, femeninos; circunstancias todas que la hacen, más que a ninguna, víctima de las cuelgas.\n\nQuizá el lector no conoce aún el significado de esta palabra, pero estoy seguro de que ya siente su peso.\n\nEn los tiempos de la mamá de Carmencita la costumbre de las cuelgas apenas existía. Si se tenía en cuenta un cumpleaños era para festejarlo con arroz y gallo muerto, lo cual ponía en conflicto, cuando más, a la familia del agraciado. Ahora, el conflicto se extiende a todos sus parientes, amigos y aun conocidos.\n\nElla se acuerda todavía que, en el santo de la abuelita, que era como se comprende la persona más caracterizada de la familia, no había más afán que hacer compras por dos reales de la tienda de la esquina, un choco o un corderito de pastilla (si no se tenía alguno guardado desde algún monjío) y parándolos sobre un platillo de cristal, se le rodeaba graciosamente de mixtura de albahaca, arrayán y clavel deshojados y la criada lo llevaba con el consabido recado:\n\n—Que es a mi mamá, que los cumpla muy felices y que viva muchos años para nuestro consuelo. Que más tarde he de ir a darle un abrazo.\n\nY por supuesto, que el platillo de cristal era devuelto.\n\nAhora, no se sale del apuro tan fácilmente.\n\nEn un día malhadado se le ocurrió a Carmen fabricar una bonita cartera de forma suave e ingeniosa para obsequiársela en su santo a una amiga de su preferencia. La amiga que agradeció de veras el regalo, y que no tenía la habilidad de Carmen, queriendo corresponder a él con otro que valiese la pena, se echó a buscarlo por el comercio. Una pariente rica de Carmen vio la cartera, y se mostró de propósito tan prendada de aquel dije, que ésta no tuvo menos que entender la indirecta. Aguardó a que llegara el cumpleaños de aquella señora y le envió una cartera igual. Entonces, la pariente aguardó a su vez a que llegara el cumpleaños de Carmen y quiso aprovechar la ocasión enviándole un regalo de bastante valor, como que iba de pariente rica a pariente pobre. Carmen, picada en su amor propio, se empeñó en corresponder a él, en la próxima ocasión, con otro igual o de mayor valor. Cosa parecida le ocurrió a Carmen con otros parientes y amigos de ambos sexos; de manera que en ese tiroteo de regalos, la cosa fue tomando tal incremento, que hoy pesa sobre ella como una verdadera calamidad.\n\n¡Si a lo menos algunas veces Carmen pudiera desentenderse como hacen otras! Pero no: no está en su genio, como ella dice. Primero perdería la mitad de su vida que faltar a uno de estos compromisos.\n\nA veces le ha acontecido olvidar una fecha y recordarla sólo después de varios días. No importa: aunque sean pasadas dos semanas, ella no se excusa de enmendar el olvido. Y a fin de que estos olvidos, que son su tormento, no se repitan, ha recurrido al auxilio de un libro de memorias en el que tiene apuntados sus compromisos por meses.\n\nEnero\n\n3 Justina\n\n18 Doña Petita\n\n30 La tía Martina.\n\nFebrero\n\n2 Candelaria P. y Candelaria Y.\n\n8 Don Pancho\n\n21 Mi ahijada\n\n29 El chico de Marica, etc.\n\nEn los meses que no le traen más de tres o cuatro cuelgas, Carmen respira, está más jovial y conversadora y hasta gana en carnes; pero hay otros tan recargados para ella, que no hace más que salir de un apuro para entrar en otro.\n\nEn tiempos más felices ella tenía una conversación amena y agradable; así lo recuerdan sus amigas, pero ahora no atina a hablarles de otra cosa que de su constante preocupación:\n\n—¿Qué me aconsejas que le obsequie a Conchita?\n\nO bien; — ¡Por Dios!, ayúdame a idear, ¿qué debo mandarle a don Protacio, en su santo que ya se acerca?\n\nUna vez que cayó enferma, hizo sus disposiciones depositando en una amiga de su confianza el encargo de cumplir por ella oportunamente con los cumpleaños. Sólo así, declinando en otra persona su responsabilidad, pudo la pobre echarse a morir tranquilamente.\n\nNo sé por qué se acusa al país de monotonía y falta de actividad; por lo que toca a Carmencita, con las cuelgas y misas de difuntos a cuya invitación no falta nunca, tiene su tiempo tan bien distribuido, que si no se viese obligada a trabajar para atender a su subsistencia y a la de su padre anciano, apenas le quedaría tiempo para descansar de las fatigas que le acarrean sus compromisos. De lo cual, el lector debe inferir que ahora no tiene una hora de reposo.\n\nVerdad es que el 16 de julio, que es su día, estas fatigas son recompensadas con un sinnúmero de demostraciones afectuosas y multitud de objetos elegantes que cubren las mesas de la sala, entre los cuales a veces no hay uno solo que no le sea superfluo; en tanto, ella se ve con frecuencia obligada a comprar, para enviarlos de obsequio, muchos de que carece y que le serían de suma utilidad.\n\nPorque, como es fácil comprender, al fin y al cabo se ha cansado de abastecer a sus compromisos con sus propios trabajos, y ha tenido que recurrir, como todas, a las tiendas de comercio, y aun a los mismos obsequios que le han hecho.\n\nEl último 16 de julio ocurrió a Carmen una ocurrencia digna de contarse. Recibía a los amigos y amigas que habían acudido a saludarla, cuando supo por casualidad que al mismo tiempo que ella, cumplía años una vecina suya.\n\n—Apenas nos conocemos, dijo, pero me ha enviado su salutación y nada más natural que se la corresponda.\n\nY pasando a la pieza contigua, sobre cuyas mesas se iban acumulando los obsequios que le llegaban, eligió uno de ellos, el que le pareció más apropiado al caso, y al cual no tuvo que quitarle la tarjeta, porque, o no la tenía, o se le había caído, y se lo envió a la vecina con un recado muy comedido.\n\nEl ordenar el desbarajuste de la casa después de un cumpleaños no es cosa sencilla para Carmencita. Dos días después se hallaba con su criada enumerando, clasificando y distribuyendo a sus respectivos propietarios la multitud de dulceras, bandejas y floreros que se habían quedado en sus mesas. Por haber sido cambiados los ramos que sostenían y con ellos las tarjetas, se ignoraba la procedencia de muchos de estos últimos, averiguación en que su sirvienta tenía ya empleados dos días.\n\n—¿No has recogido, dijo a ésta, del poder de la señora de enfrente, esa bandejita de plaqué en que le llevaste el pescado de almendra? Anda y pídesela, que hay que averiguar cuya es.\n\n¿La bandejita? —contestó la vecina, algo cortada, a la criada que fue a reclamársela —dí, hijita a tu señora, que no se la devolví porque... es la mía.\n\nEn medio de la confusión de regalos, el pescado de almendra no había hecho pues, más que volver por donde vino.\n\nII\n\n¡Qué felices deben ser las personas que viven en países civilizados donde las casas tienen portero!\n\nSoy inquilina de un abogado hacendado, que sin dejar de entremanos los asuntos de un gran número de clientes, se marcha el mejor día a su finca, poco distante de la ciudad, en donde tiene que ayudar a su esposa, ocupada la mayor parte del año en trabajos de campo. La casa, pues, queda comúnmente escueta, pero yo estoy en ella y la puerta de mi pieza de recibo da precisamente al zaguán, frente a la de su despacho, para lo que se ofrezca.\n\n¡Y todavía pago el alquiler!\n\nEs precisamente un viernes. Más de diez veces desde la mañana me han venido involuntariamente a la memoria estos versos de un drama:\n\n\"Hay días de mala luna\n\nQue todo sale al revés\".\n\nNo hay cosa que no me haya salido mal hoy día. Estoy tan agitada, tengo de tal modo atontada la cabeza, que me acuden tentaciones de dejarlo todo a medio hacer. Soy costurera: me había propuesto terminar de una vez un vestido del que me ocupo hace días, compromiso por el cual he sufrido ya más de un reproche, cuando me acuerdo, a destiempo, de que hoy es el cumpleaños de una amiga. ¿Qué haré?, ¿tomaré el partido de olvidarme de él? Imposible. Sería quedar muy mal con ella. Pierdo más de una hora en buscar entre la multitud de preciosidades inútiles que llenan los cajones de mis cómodas, y no hallo ninguna que me parezca a propósito para el caso. No queriendo exponerme a que me suceda lo mismo si salgo a buscar a las tiendas, me determino a hacer alguna obrita sencilla y graciosa para salir del paso: una relojera, por ejemplo. Pero resulta que después de dos horas de angustiosa espera, que la criada ha cambiado el color del raso que le encargué para mi trabajo, y como ya he resuelto hacerlo, tengo que ir a comprarlo por mí misma...\n\nYa estoy de vuelta, aunque cansada y sin aliento; no hay tiempo que perder, doblo mi manto y manos a la obra. Es la una, y con que el obsequio vaya a su destino a eso de las tres... Estoy pensando en esto al mismo tiempo que tomo asiento junto a la ventana para comenzar, cuando oigo unos golpecitos dados discretamente, mejor diría indiscretamente, en la puerta de mi sala.\n\n—Ésa es Virginia, me digo, que me anunció su visita no hace rato, cuando me encontré con ella en la calle. Tenía la esperanza de que no fuese más que ofrecimiento. ¡Así había de ser! Cuando una está desocupada, sola, aburrida y deseando conversación, no hay quién se acuerde de buscarla y cuando está como ahora... los golpecitos se repiten. ¿Qué haré? Me va a hacer perder mucho tiempo, en fin, no hay remedio... Me acerco al espejo y me acomodo el cabello a la ligera. Ya estoy arreglada —le pediré permiso y trabajaré en su presencia—, le diré que estoy muy apurada. Los golpecitos vuelven a resonar. Procuro disimular mi disgusto y salgo a recibirla con semblante complacido.\n\nAbro la puerta: no es ella.\n\n—¿A cómo está la cebada en grano? Me pregunta en quechua un indio.\n\n—No sé. No soy más que inquilina: pregúntale a su dueño, y sin más, cierro la puerta.\n\nNo han pasado diez minutos. Vuelven a llamar.\n\n—Ahora sí que es ella. Lo sé porque ha llamado con el mango del quitasol. Lo peor es que esta visita ha de durar hasta las cuatro, y me va a estorbar porque va a preguntarme, para quién es, y para cuándo, haciendo que le explique cómo va a ser y por qué, hurgándolo y confundiéndolo todo. Voy a demorarme más de lo que debía por atender a su charla... ¡Y esa criada que fue a comprar seda y no aparece, cuando podía estar planchando las costuras del vestido!\n\nDejo la aguja y paso a la sala inmediatamente a recibir a Virginia. Abro la puerta y me encuentro con un señor:\n\n—Permítame señorita: ¿Ésta es la casa del doctor C?\n\n—Sí señor, vive arriba —y devolviéndole el saludo con seriedad me preparo a cerrar la puerta.\n\nVuelvo a mi asiento. El plegado que estaba terminado se ha deshecho y tengo que volver a comenzarlo, pero he perdido la aguja y ensarto otra.\n\nEntre tanto, el caballero sube la escalera, recorre los corredores mirando a todos lados con aire vacilante; luego, baja y divisa sin duda a la cocinera en el zaguán del segundo piso, y se detiene:\n\n—Oye hijita —le grita.\n\nYo estoy resuelta a desentenderme y sigo con la cabeza inexorablemente inclinada sobre mi labor.\n\nA ese tiempo, una chola se pone a gritar en el patio en quechua.\n\n—¡Niñita!, cómpreme almidón.\n\nY avanza unos pasos.\n\n—¡Cómpreme almidón, niñita!\n\nY avanza un paso más.\n\n—¡Niñita!, ¡almidón cómpreme!\n\nDejo que grite una vez más, y luego, con toda la energía de que soy capaz en aquellos momentos, le contesto a gritos desde mi asiento:\n\n—¡No!, ¡no!, ¡no! ¡No quiero!\n\nCon esto me descubre a través de los vidrios de la ventana donde me hallo, y lejos de intimidarse, cobra ánimo y se me acerca para repetir, aunque ya en tono más bajo:\n\n—Niñita, cómpreme almidón.\n\n—¡No!\n\nSe aproxima más.\n\n—¿No quisieras almidón, niñita?\n\n—No, no quiero; no necesito.\n\nMira hacia el corredor de arriba.\n\n—La niña de arriba me encargó la semana pasada que le trajera almidón.\n\n—Sube, pues —le digo.\n\n—¿Sí estará ahí?\n\n—No sé.\n\n—¿Creo que no está ahí, no?\n\n—No sé.\n\nHago en este momento lo más difícil de mi plegado que requiere toda mi atención.\n\nLa chola, al ver que apenas le contesto, se aburre por fin y se marcha.\n\nQueda la casa en un silencio profundo.\n\nLa criada llega al fin de la calle.\n\n—Vuelve a encender esa plancha que se ha apagado y no tardes, que tienes que planchar esa costura y venir después a ayudarme aquí, le digo. ¿Qué hora es? —Más de las dos.\n\n—¡Dios mío! Para colmo de angustias me acuerdo que es viernes y que tengo que escribir una carta urgentísima. ¿La dejaré para el otro correo? ¡Imposible! Van dos semanas que difiero su respuesta. Se trata de cumplir con empeño a una persona a quien debo mucho. No habría disculpa. Prefiero que se queden sin terminar la relojera y el traje.\n\nDejo la aguja y me dispongo a escribir. Comienzan a llamar a la puerta de la calle —son unos golpes furiosos con el aldabón. ¿No es desvergüenza? El ruido no me deja escribir —me he equivocado dos veces de pura cólera. ¿Quién puede ser? pienso, y salgo al patio.\n\n—¿Quién es?\n\nUn indio empuja la puerta que había estado entreabierta y me grita desde la calle.\n\n—¿No tienes perro, niñita?\n\n—No —le digo, y veo que tras él se ha detenido una tropa de borricos cargados.\n\n—¿Y el viracocha don Claudio?\n\nSi le dejo con la palabra en la boca, insistirá por la otra puerta y me hará perder doble tiempo. Vale más que me revista de paciencia para responderle brevemente.\n\n—¿Don Claudio?, no hay aquí ningún Claudio.\n\n—Don Clauro —repite él procurando dar con la pronunciación —el doctor.\n\n—¡Ah! Claure.\n\n—Sí, él me encargó guisu, ¿no querrá comprarlo ahora?\n\n—Yo no sé, entiéndete con quien puedas, yo soy arrendera —y me vuelvo a escribir mi carta.\n\nNo bien me he sentado, cuando entra la criada desde el patio sofocadísima.\n\n—¡Visitas! —me dice, y se encamina afanosa a abrir la sala.\n\nMe arreglo como puedo otra vez el vestido y el peinado. — ¡Las X!, ¿de cuándo acá se les ha ocurrido visitarme? —Al verme aparecer, ellas se desconciertan visiblemente, comprendo que es un equívoco y que vienen a dar conmigo por carambola. Pero tienen que disimular —ya están sentadas y comienza la conversación. Cada minuto que transcurre es un siglo de angustia para mí; después de mil cumplimientos e insignificancias, se dan maña para preguntarme desde cuándo es que vivo en este departamento. —Antes lo ocupaba la dueña de casa.\n\n—Sí, les digo, se ha trasladado al piso alto.\n\n—¿Y estará ahora acá?\n\n—No, están en el campo.\n\n—Pero, ¿habrá arriba alguna criada, alguien a quien dejar tarjeta?\n\n—Creo que no hay nadie.\n\n—Entonces usted nos hará el servicio de avisarle, cuando se ofrezca, nuestra visita, porque también queríamos verla a ella.\n\nHecho este encargo, se quedan, sólo por disimular, un rato más. Mientras que estoy hablando con ellas, aparentemente en calma, pero con una agitación interior que me ahoga, se asoma a la puerta un sastre con un lío en el hombro.\n\n—Aquí está el terno —dice después de saludar.\n\n—Debe ser arriba, le contesto, indicándole el camino con un ademán.\n\nDespués de que les he dado cuenta y razón de todo lo que querían saber, y de que hemos hablado de cien cosas que poco me importaban, ni a ellas tampoco, por fin, gracias a Dios, se despiden mis visitas de ocasión. Las acompaño hasta la puerta de calle y al despedirlas me encuentro con la fatídica figura de doña Mauricia, la del otro día. \"¡Adiós, mi carta!”. Ésta sí, pues, es fatalidad. Se estaciona aquí, y por más que le demuestre que estoy ocupada no va a querer entender, como sucedió el otro día que se empeñó en dejarme su expediente, y como de costumbre va a ponerse a contarme toda la historia de sus pleitos. Es una máquina de hablar, y cuando tiene quién la escuche no se apura por nada.\n\nY sólo después que la he conducido hasta la pieza donde estaba escribiendo, y la he hecho tomar asiento, y se ha informado de mi salud y de la de toda la parentela, me pregunta, mientras que me consumo de impaciencia, con su aire compungido de siempre;\n\n—¿Y mi expediente, señora, entregó usted al doctor?\n\n—Sí se lo hice entregar.\n\n—¡Dios se lo pague! ¡Tanto que la molesto! ¿Y qué diría?\n\n—No sé, yo no hice más que cumplir con su encargo.\n\n—Y ahora, ¿no estará él aquí?\n\n—No, no está.\n\n—¿Se habría ido otra vez al campo, no?\n\n—Debe ser.\n\n—¿Y no sabe usted por casualidad, cuándo se vendrá?\n\n—No, no sé.\n\n—Yo pensé que se hubiese venido ya. — ¡Tanto que urge este asunto!, por eso me asomé ahora a saber si se había venido. ¡Tan lejos también que vivo!...\n\nPor más que haga por despedirme, es imposible que doña Mauricia se mueva de aquí, hasta que no me haya contado sus apuros; así es que tomo el partido de pedirle permiso diciendo que tengo una urgencia y entre tanto que se queda en silencio mirando las paredes, me pongo a escribir.\n\nPero, ¡qué he de escribir, si la idea de este obsequio de mi amiga me quita el sosiego! Ya el año pasado me sucedió que tuve que hacerla saludar un día después de su santo, porque olvidé la fecha. Eso pasa para una ocasión, pero, ¡dos años seguidos!\n\nTal es mi desazón y aturdimiento, que a tiempo de terminar mi carta le he puesto un borrón. La dejo para borrador y saco copia, pero en este momento se oye un gran tropel de caballos en el patio. Doña Mauricia por un lado y las exclamaciones de los recién llegados por otro, ¡no sé a qué atender!\n\nEs la cuñada del doctor, con sus niños y sirvientes, la que acaba de llegar. Siempre que viene de su pueblo se aloja en el departamento de la izquierda; pero está cerrado. Mi criada le informa que toda la familia del dueño de casa se halla ausente.\n\n—Quizá han dejado las llaves a la arrendera de la tienda, porque sabían que hoy debíamos llegar, dice la señora. —Que vayan a buscarla.\n\nEntre tanto, ya se han apeado todos: mozos, criadas, chiquillos. El más pequeño de éstos llora a gritos. La señora está tan cansada que se ha sentado sobre las piedras de la grada a esperar. Yo estoy oyendo y viéndolo todo por mi puerta entreabierta, en tanto que escribo apresuradamente por terminar mi carta; pero no debo ya seguir desentendiéndome, tanto más cuánto que me conviene guardarle ciertas consideraciones como parientes del dueño de casa. Dejo, pues, la pluma y salgo a saludarla.\n\n—¡Misea josefita! ¡Cómo no pasa usted adentro a descansar! ¿Cómo le ha ido a usted? ¡Tengo mucho gusto de verla!\n\n(Y se dirá que no se miente en sociedad). Acaricio al niño que está llorando, un niño antipático y malcriado, del que tengo que ocuparme cariñosamente cuando, a ser por mi gusto, lo enviaría de paseo. Entre tanto, mi cuarto se ha llenado de criados, niños, alforjas, bufandas y ponchos, y demás utensilios del viaje.\n\nNo hay noticia de la arrendera que debe tener las llaves, cuando dan las cuatro. Una especie de santa resignación acompañada de desfallecimiento físico y moral se ha apoderado de mí ante lo imposible. —Dan las cuatro y media: ni fue la carta al correo, ni el vestido se terminó para mañana. En cuanto al obsequio, ¡se quedó para el año que viene!\n\nIII\n\nEn todos los pueblos, la necesidad de los espectáculos es casi tan imperiosa como la del alimento natural. Se comprende, pues, la avidez de las gentes a este respecto, en un país de las condiciones del nuestro. Pasadas las corridas de toros de enero y las noches de iluminación; esto es, de farolillos de papeles de colores colocados en continuada hilera en las cornisas de los edificios circunvecinos a la plaza \"14 de Setiembre\", con que se festejan los días patrios, no queda más que ver. Acaso un accidente ocurrido en la calle: un coche cuyos caballos se encabritaban, un borracho que vociferaba, un caballero que en el zaguán de casa da de bofetadas a un criado insolente, etc.; acaso también (y esto es mucho) una reunión particular, ceremonia nupcial o baile de cumpleaños, a donde se lanzará con franqueza toda la plebe de la vecindad, siempre que el dueño de casa haya descuidado la precaución de poner guardia a su puerta.\n\nPero aparte de la plebe que no se excusa de pararse en la calle a mirar con la boca abierta lo primero que le divierte, y de la gente decente que cuando no ha asistido a una tertulia no tiene inconveniente en tratar de informarse al otro día de su crónica; queda un gran resto de humanidad de cierta edad y condiciones que, por la seriedad de sus principios, tiene que desdeñar las diversiones mundanas y apartar la vista de ellas. A estas gentes, para saciar su anhelo de emociones (que no es poco) les queda otro género de espectáculos. De ellas es que voy a hablar.\n\nDoña Petita, por ejemplo. Cuando vienen a decirle que Marica se ha puesto mala, que don Prudencio ha sufrido una caída del caballo o que el chico de Nazaria se ha acalambrado, no diré precisamente que se alegra —sería dar falsa idea de su carácter que es verdaderamente bondadoso y caritativo, pero al saber una de estas novedades que viene a sacarla de la inmovilidad y apatía habituales de su vida, su semblante se anima, deja al instante la monótona labor de que estaba ocupada, toma su manto y se lanza a la calle, radiante, como quien ha experimentado una sacudida vivificante.\n\nElla fue la que dio el otro día a la tía Sinforiana la noticia de la enfermedad de don Nicasio, y tan de sopetón que casi la mata. ¡La pobre tía que con sus nervios y su mal al corazón no está para sustos!\n\nPero como precisamente lo que le agrada a doña Petita es hacer efecto, se estuvo ese día conversando con ella sobre diferentes asuntos insignificantes, antes de levantarse de repente exclamando con énfasis, para que no la demorase.\n\n—¡Tengo que ir a ver a la pobre Clara!\n\n¿Y qué tiene Clara?\n\n—¿Qué? Que ha habido junta para su marido; que le han puesto el segundo vejigatorio; que mañana le hacen la punción, que quizás no pase de esta semana.\n\n—¡Calcule usted cómo se quedaría la tía Sinforiana!\n\nAl momento le sobrevino la palpitación al pecho, y no era la cosa para menos: a la idea de que un padre de familia... sucediese algo con él (por no decir: se muriese).\n\nEn el acto, la tía, tragándose antes un par de perlas de éter a guisa de precaución, se dispone con gran aparato a ir a ver a Clara.\n\nQueda un tanto desconcertada cuando, a su llamada, Clara viene a abrirle la puerta, afligida, como es natural, pero aparentemente serena. La tía, al figurarse a Clara en vísperas de ser viuda, se había imaginado una escena más patética en su encuentro con ella.\n\nCon la mano puesta en el pecho en señal de agitación, se deja conducir a un asiento. Escucha atentamente a la joven que le informa del estado y últimas circunstancias de la enfermedad, y luego toma la palabra.\n\n—Ustedes tienen la culpa, le dice, anonadándola con su aire sentencioso, él se ha descuidado mucho. Cuánto tiempo hace que le estoy instando para que tome las naranjadas con ruibarbo. Si me hubiesen escuchado ya estaría sano.\n\nSigue la conversación con repetidas insinuaciones de la tía que Clara se empeña en no entender. Por fin, notando la ansiedad de esta última por volver a la cabecera del paciente, la primera, obligada a despedirse, se para, diciendo al mismo tiempo con visible descontento.\n\n—Aunque tengo mucho deseo de ver a Nicasio, no quiero ser imprudente y así le dirás que siento mucho...\n\nDoña Sinforiana es muy propensa a darse por desairada, y Clara, que hasta aquel momento ha estado resistiéndose por no molestar al enfermo con una nueva cita, se decide a detenerla, y va, según dice, a ver si éste está durmiendo o no. Impaciente y malhumorado con sus dolencias, lo que menos quiere el pobre es entrar en cumplimientos con nadie y mucho menos con doña Sinforiana, que habla como una tarabilla y le va a marear la cabeza; pero comprende a pesar de su estado la necesidad de no enojarla, y se somete al tormento de recibirla.\n\nElla, una vez sentada a su cabecera, les endilga una segunda amonestación relativa a las naranjadas con una narigadita de ruibarbo que debía haber tomado, y luego se retira ofreciendo encomendarlo en sus oraciones.\n\nCuando llega a su casa muy animada, porque ha conseguido su objeto, sus sobrinas que la esperan ansiosas, le interrogan al momento;\n\n—¿Y?\n\n—Le he visto; está muy acabado; me parece que no se escapa. Habían puesto su cama en frente de la puerta del trasdormitorio. Tiene los labios así y los ojos asá. Le dirigí la palabra de este modo y me contestó de este otro, etc.\n\nLa escuchan con el más vivo interés; lo cual es muy natural porque todo el mundo ha visto a don Nicasio en su estado normal, sano y bueno, con su ropa de todos los días; en su casa, en la calle; entrando y saliendo y ocupado de sus negocios; pero verle en cama, después de los vejigatorios y punciones que ha sufrido, y por último sentenciado a morir, es un espectáculo nuevo y por lo mismo interesante.\n\nDoña Pepa y doña Panchita X, son dos hermanas que forman entre ambas un perfecto contrasentido. Una alta y otra baja. Una flaca y otra gorda, una soltera y otra casada; una tan segura de la importancia y elocuencia de su palabra que puede echarle a usted un discurso de dos horas sin escupir, y la otra, tan parca en el hablar y tan desconfiada de sí misma que no hace más que repetir, como un eco, la última frase de su hermana.\n\nApenas han sabido el mal estado de su amigo don Nicasio se encaminan a visitarlo, precisamente en momentos en que Susana (una hermana soltera de éste, que a fuerza de ayudar a llevar la cruz a sus hermanas casadas se ha convertido en un armazón de huesos, rendida, deshecha con las malas noches), va a echarse un momento a descansar, mientras Clara le hace al enfermo la curación.\n\nLlaman a la puerta de la sala y hay que ir a recibirlas.\n\nDoña Pepa. — ¡Misea Susana! ¡Conque el señor don Nicasio ha empeorado! ¡Vea usted! ¡Nosotras, tan cerca, sin saber nada, para mandar siquiera un recado! ¡Si así sucede!\n\nDoña Panchita. —Así sucede.\n\nDoña Pepa. —Acabamos de saberlo por doña Petita, que nos dio la noticia de paso en la calle, cuando íbamos a hacer algunas compras, y hemos venido inmediatamente.\n\n—La otra. —Inmediatamente,\n\nDoña Pepa. —Según nos ha dicho, hace ya varios días que está así, ¿y qué es lo que siente?\n\nLa otra. — ¿Qué es lo que siente?\n\n—Según creen los médicos, lo que tiene es un tumor en el hígado, dice Susana.\n\nDoña Pepa. — ¿Y qué médicos lo curan?\n\nLa otra. — ¿Lo curan?\n\n—El doctor H. y el doctor K., que son los mejores de la ciudad, y además varios otros llamados a la junta.\n\n—¿Y no se ha resuelto misea Clarita, dice doña Pepa, a ponerle la cataplasma de harina de trigo con tuétanos de vaca y estiércol de gallina que le recetamos?\n\nSusana vacila sin responder.\n\n—Si viera usted, ¡es una cosa tan eficaz! Un santo remedio. Yo quisiera que ustedes hiciesen la prueba; nada se pierde; sin que lo sepan los médicos, por supuesto. Un pariente nuestro, ¿no es verdad Panchita?, ha sanado de su mal de hígado sin más que eso.\n\nLa otra. —Sin más que eso.\n\nAunque por haber prestado varias veces a don Nicasio dinero a interés, las dos hermanas gozan en casa de éste de ciertas prerrogativas, la actitud de Susana les hace perder, a lo menos por esta vez, la esperanza de ser introducidas al dormitorio y deciden retirarse, pero seguirán viniendo y así lo ofrecen.\n\nSusana dando gracias a Dios de haberse librado de ellas, corre hacia adentro.\n\nPor desgracia las enfermeras de don Nicasio, decididas a atenerse a los consejos de los médicos, siguen echando en saco roto el de las naranjadas con ruibarbo y el estiércol de gallina y otros mil menjurjes, recomendados como eficacísimos por cada una de las amigas que van llegando a informarse del estado del pobre caballero, que se pone cada vez peor.\n\nEl día de su sacramentación la casa es una Babilonia. Mientras cada cual se guardaba para sí la convicción de que el pobre don Nicasio, enfermo largo tiempo, marchaba con paso seguro a la sepultura, nadie se dio gran cuidado por detenerle; pero una vez comenzado el aparato, no hay quien no acuda a tener el consuelo de verle morir. De tal modo se ha esparcido la alarma, que llegan hasta las personas a quienes no les están vedados otros espectáculos de otro género, pero que sin duda quieren variar de emociones. Aquella noche, la casa, hasta sus últimos rincones, se ha llenado de gente.\n\nEl dueño de casa, un vejestorio reumático que alcanza apenas a cruzar el patio apoyado en su bastón, que vive solo y que por sus achaques no sale a la calle, está de plácemes porque con motivo de la enfermedad de su inquilino, no le falta a ninguna hora con quién charlar. En un ángulo de la sala ha formado un aparte con unas cuantas personas que tienen la paciencia de escucharle, a quienes explica de cómo en sus tiempos no se conocían más dolores que la jaqueca y el tabardillo; de cómo la complexión de las gentes de entonces era más robusta; de cómo los jóvenes de hoy en día son unos enclenques, y cómo últimamente en Europa se ha inventado que la causa de todas las enfermedades son unos gusanitos muy pequeñitos llamados microbios, que se introducen por los poros; pero tan pequeñitos que no se los puede ver sino con lupa.\n\nEn una palabra, exceptuando al enfermo que padece y a su familia que agoniza con él, todos, a favor de lo extraordinario y excepcional de la situación, se encuentran muy agradablemente.\n\nY sin embargo, ¡oh prodigio de la naturaleza!, don Nicasio no acaba de morir.\n\nA la hora en que todos se retiran, dos señoras, una pariente pobre y una viuda bastante joven, consiguen a fuerza de instancias que los de casa se echen a descansar. Entonces, las dos se retiran a un rincón de la pieza, donde, cómodamente arrellanadas en dos asientos próximos, hablan bajito sin cesar, interrumpiendo su interesante charla solamente en los momentos en que el enfermo, no pudiendo soportar más, se queja o se mueve en la cama.\n\nA propósito del caso presente, doña Ruperta, que cuando cuenta sus pesares se encuentra en su elemento, le está contando a la viuda cómo murió su yerno. Comienza desde el principio: cómo contrajo la enfermedad en el campo, cómo se sintió malo, cómo se llamó al médico, qué dijo éste, cómo se lo informó de los síntomas, cómo se trajo al enfermo a la ciudad, cómo se despidió de su familia, etc., etc... Y después, un rato de elocuente y patético silencio, y en seguida, largas consideraciones sobre lo efímero de la vida, lo cierto de la muerte y la predestinación innegable de algunos seres para la desgracia, entre los cuales se cuentan las dos interlocutoras.\n\nA este punto, don Nicasio, ¡cosa rara!, desde las primeras horas de la noche parece cobrar fuerzas; llama a su esposa que acude al instante, y le habla débilmente con voz lastimera. Pregúntenle solícitas ambas qué le ha dicho, pero lo que el pobre enfermo ha dicho a su esposa, es que aquel secreteo que no deja de oír le está vaciando la cabeza,\n\nClara cree suficiente advertencia el decirles que su esposo se queja de estar sumamente débil y de no soportar oír ni el aleteo de una mosca; lo cual, según ellas convienen, es muy natural, y con tal motivo se explayan otra vez en una larga disertación acerca de la debilidad consiguiente a toda enfermedad grave, y de las excelencias de unos parchecitos de confortativo que en tales casos se debe poner a las sienes del enfermo, etc., hasta que éste, desesperado, llama por segunda vez a su esposa y le dice, más fuerte: ¡que por Dios!, le libre de aquel maldito guri guri que ya no puede sufrir más.\n\nEl día más aciago de su vida mi querido lector, yo se lo aseguro, no es aquel en que los médicos de usted le otorguen el pasaporte para el otro mundo, sino aquel en que la noticia del desahucio llegue a oídos de toda su parentela, desde este instante, no cuente usted con un punto de reposo.\n\nDon Nicasio ha cometido el desacierto de mejorarse. Otro era el efecto que pudo haber producido, y otra la impresión que pudo haber dejado en las personas que, con el mayor interés esperaban, de su enfermedad, un desenlace más trágico.\n\nEstar malísimo, sufrir vejigatorios y punciones, ser desahuciado por una junta, recibir los Santos Óleos y después de todo salvar, es dejar a los circunstantes con la misma cara que pone un público chasqueado cuando, a última hora, se presenta uno en la escena y dice:\n\nPor un asunto imprevisto se suspende la función."
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     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
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    {
     "edicion": "Poetas bolivianos, comp. M. Plácido Molina y Emilio Finot, París: Ollendorff, 1908",
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   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Poema en cinco partes que da nombre al libro póstumo. Una voz femenina recorre su vida como un viaje: la mañana en que bastaba creer que «ser feliz era ser buena», el rechazo a la farsa de una multitud que castiga a quien se aparta, la subida a un Calvario solitario y, al caer la noche, el anhelo de la sepultura como descanso. Alterna versos de siete y once sílabas con tono de confesión.",
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    "crítica social"
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   "texto": "I\n\nUn sol de primavera\nSobre una senda fácil y florida:\nTal es el mundo al despertar, —tal era\nLa jornada primera\nDel viaje de mi vida.\n¡Aurora bendecida en que bastaba\nPara marchar serena\nPensar que ser feliz era ser buena!...\n¡Ser feliz! ¡ser feliz! ¡móvil constante\nQue nos arrastra en el fatal camino!\n¿Quién nos ha prevenido de antemano\nQue es éste el gran secreto del destino?\n\nII\n\nTambién yo, de mi lira destemplada\nLas notas quejumbrosas\nVengo a mezclar al mundanal concierto.\nUn alma delicada\nEntre esta multitud, se halla tan sola\nComo pudiera estarlo en un desierto.\nSoñar una región más elevada,\nAmar un ideal y resistirse\nA festejar este sainete humano\nQue danza sobre el fétido pantano;\nAsfixiarse en el aire nauseabundo\nDe un bajo, estrecho y miserable mundo,\nEs ser maldito, odiado, escarnecido;\n¡Ay de aquél que se aparte\nDe la infame algazara!...\nSe le llama rebelde y renegado\nY se le arroja ciénago a la cara...\n\nIII\n\n¡Qué horrible procesión la que acompaño!\nSus roncas carcajadas me hacen daño.\nYo no puedo, no puedo\nPonerme la careta del engaño\nY hacer de esos dichosos un remedo.\n¡Cuántos hay que se agrupan a montones\nEn la encantada orilla\nDel insondable mar de las pasiones!\nEn la noche de horror y desamparo\nDel que se lanza en ese rumbo incierto.\nRaro será, muy raro\nQuien llegue pronto a divisar un faro\nQue le conduzca al puerto.\n¡Cuántos llevan el seno hecho girones\nPor la garra feroz del desencanto!\nGastados corazones\nLápidas de sus muertas ilusiones\nTal vez medio borradas\nCon un raudal de llanto.\n\nIV\n\nEn la cima de un monte solitario\nTermina mi Calvario.\nSentándome en el borde del sendero\nCon la frente apoyada entre las manos.\nGozar de paz unos instantes quiero.\nDesde aquí vuelvo con la mirada\nY en un abismo de dolor me pierdo...\nEn las nubladas ondas del olvido\nSe despierta la voz desconsolada\nDel ángel del recuerdo\n¡Ah! no es tan fácil como yo creía:\nIdiotizar un alma resignada;\nNo es fácil afrontar por mucho tiempo\nCon faz siempre serena,\nDe un vacío sin término la pena\nY de un truncado porvenir la nada.\n\nV\n\nExiste un misterioso sentimiento\nQue en horas de despecho y desaliento\nhablaba en otro tiempo a mis oídos\nComo voz interior: — \"¡Espera, espera!\nNo juzgues de la historia de tu vida\nSin llegar a la página postrera\".\n¡Ya es tiempo de llegar! Voy trasponiendo\nLa trabajosa cima;\nYa se apaga la luz y el sol se esconde;\nLa noche se aproxima.\nQuiero llamar a la temida puerta\nDonde sólo el Silencio nos responde.\n¡Tengo una horrible sed que me devora!\nMi espíritu se baña desde ahora\nEn esa melancólica frescura;\nEstoy ansiosa ya de tu reposo,\n¡Oh! lecho delicioso!\n¡Callada sepultura!"
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     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
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    {
     "edicion": "Poetas contemporáneos de Bolivia, comp. José Eduardo Guerra, [La Paz]: González y Medina, 1920",
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   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Cuatro endecasílabos pensados como inscripción para la propia tumba. Quien habla se despide de los suyos: vuela a una estrella desconocida, libre por fin del «suplicio de la vida», y les pide que la lloren ausente, no perdida, hasta que sigan su huella. En una sola cuarteta caben el cansancio de vivir y la esperanza del reencuentro.",
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   "texto": "Vuelo a morar en ignorada estrella\nLibre ya del suplicio de la vida,\nAllá os espero; hasta seguir mi huella\nLloradme ausente pero no perdida."
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   "titulo": "La primera noche en el paraíso",
   "obra": "peregrinando",
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
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   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Subtítulo «(Del inglés)»; dedicado «A Margarita Aguirre».",
   "resumen": "Presentado como versión del inglés y dedicado a Margarita Aguirre, parte de una escena del Génesis: al caer la primera noche, Adán tiembla creyendo que el mundo se hunde, hasta que ve encenderse las estrellas y bendice la oscuridad. La segunda estrofa aplica la parábola a la vida humana: la muerte sería esa noche que, lejos de destruir, revela el infinito.",
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   "texto": "Cuando allá en el Edén, la luz del día\nComenzó a declinar por vez primera,\nY enlutando las cumbres de los montes\nLlegó la noche misteriosa y negra.\nEl primer hombre, amedrentado, solo,\nTembló de horror entre la sombra densa\nPensando que terrible cataclismo\nIba a hundir en el Báratro la tierra;\nMas, cuando, roto el velo de la tarde\nVió encenderse a millares las estrellas.\nY la cúpula azul del firmamento\nSe dilató fosforescente, inmensa;\nCuando grupos de soles rutilantes\nLa iluminaron con su luz serena\nDescubriendo a sus ojos azorados\nLa creación en toda su grandeza,\nExtático de asombro, de rodillas\nBendijo la alta noche y sus tinieblas.\n\n¿No será así la vida, breve día\nCuya engañosa luz ofusca y ciega?\nMi corazón por el dolor deshecho\nSe fortifica en esta fé suprema:\n¡En vano tiembla el hombre a tu llegada!\nTú abres al alma luminosa senda,\nTú eres revelación del infinito\n¡Oh muerte! ¡oh noche misteriosa y bella!"
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   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "En su juventud, herida por el desdén del mundo, la voz se refugiaba de noche en un Edén imaginario de paz y misterio. Hoy ese jardín interior es una ruina de zarzas secas bajo un astro moribundo, que solo visita cuando el viento de invierno la despierta. Allí, sentada entre los escombros, templa su laúd la «Musa de los recuerdos».",
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   "texto": "Allá en la edad feliz de la esperanza,\nCuando mis nobles, íntimos anhelos\nHallaban en el mundo indiferente\nSólo desdén grosero,\nCerrando al mundo con horror los ojos,\nDe su desdén huyendo,\nMe refugiaba, muda y dolorida,\nEn mis calladas noches de desvelo;\nY entonces; en el fondo de mi mente,\nDe la ilusión tras el movible velo,\nSurgía entre misterios y esplendores\nEl encantado Edén de mis ensueños:\nAllí era yo feliz y me olvidaba\nDel universo entero:\nEn raudal de delicias ideales\nSe bañaba mi espíritu sediento;\nQue allí todo era paz, todo armonía,\nSombra, frescura y celestial misterio.\n\nHoy que mi helada y muerta fantasía\nSólo se viste de zarzales secos,\nMustio jardín cuyas marchitas ramas\nCubre de polvo el tiempo,\n¡Qué triste está ese Edén abandonado\nCuando a veces lo miro desde lejos!\n\nA veces sí. Cuando con ecos lúgubres\nLlama a mi puerta el soplo del invierno\nTrayendo en la mudanza de estaciones\nEfluvios de otros tiempos,\nReviviendo a la vida del pasado\nDe mi sopor despierto,\nY mi alma vuela a esa mansión querida\nDe mis antiguos, cándidos ensueños.\n¡Qué triste está! De un astro moribundo\nLo baña el resplandor amarillento;\nYa no brota una flor en sus ruinas,\nNi un ave anida en sus medrosos huecos;\nLos ecos de la vida\nNo turban ya su sepulcral silencio;\nSola, en las tardes tristes del estío\nO en las heladas noches de invierno.\nSentada en sus escombros,\nAl son del ronco viento,\nEnsaya su laúd la melancólica\nMusa de los recuerdos."
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   "titulo": "Paisajes",
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     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
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   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Pareados de versos largos pintan un atardecer sobre el valle, con la nieve del Tunari teñida de oro y una paleta de pintor: azul cobalto, carmín, siena calcinada. La voz interpela a los artistas y pregunta para qué tanto esplendor como decorado de «este triste drama de la existencia». Solo cuando la luz se apaga encuentra armonía entre el cielo y su alma, y prefiere la luna melancólica.",
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   "n_estrofas": 6,
   "texto": "Los cielos resplandecen: en lo más alto\nBrilla un pálido tinte de azul cobalto.\nEl rojo anaranjado del occidente\nDe montes y colinas dora la frente.\n\n— La nieve del Tunari, blanco de plata,\nOstenta resplandores de oro escarlata;\nMás bajas que los picos del alto monte,\nTendidas en líneas del horizonte,\nDe carmín y violeta franjas brillantes\nEl ocaso de fuego ciñen gigantes.\nAbajo, el ancho valle como un espejo\nSe tiñe de las nubes con el reflejo;\nEl verde abrillantado de los ramajes\nCopia los fuertes tonos de los celajes\nY proyecta en los sitios que el sol no alumbra:\nDe siena calcinada roja penumbra.\n\nEntre el cielo y la tierra se abre el espacio\nComo el pórtico inmenso de un gran palacio,\nDando paso a la pompa del Sol poniente\nQue, tras de las montañas, hunde su frente.\n\n¡Oh artistas, que prendados de su belleza\nCopiáis la esplendorosa naturaleza!\n¿No os preguntáis a veces por qué escenario\nTan bello y tan grandioso fué necesario,\nDecorado con tanta magnificencia\nPara este triste drama de la existencia?\nEn el físico mundo, todo armonía,\n¿Qué es la vida? ¡miseria! ¡sueño de un día!\nEn presencia de un cielo resplandeciente\nA las humanas luchas indiferente,\nYo, cerrando los ojos a sus bellezas,\nMe sumerjo en la noche de mis tristezas.\n\nCuando el sol moribundo y entristecido\nSe aleja a otro hemisferio desconocido,\nY el fulgor del ocaso desaparece,\nY el matiz de las nubes se desvanece,\nY allá en las lontananzas que el viento esfuma\nTodo se va borrando bajo la bruma,\nEntonces, sólo entonces hallo armonía\nEntre el cielo y la tierra y el alma mía.\n\n¡Oh faro de los tristes! pálida luna,\nSólo tu luz helada no me importuna,\nAmo tu indescriptible melancolía\nQue con mis sentimientos guarda armonía..."
  },
  {
   "id": "en-el-campo",
   "titulo": "En el campo",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 6,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "23-26",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=33"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas contemporáneos de Bolivia, comp. José Eduardo Guerra, [La Paz]: González y Medina, 1920",
     "url": "https://archive.org/details/poetascontempor00guergoog"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Sola de noche en una casa de campo, la voz oye amainar la tormenta: el torrente bajo la ventana, la enredadera empapada, la luz que vacila. El miedo le trae del pasado una voz que resume su destino: «morir sin haber vivido». Las sextillas de ocho sílabas pasan del paisaje nocturno al espanto de una vida sin amor, y la aurora no promete alivio.",
   "temas": [
    "soledad",
    "naturaleza",
    "muerte"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 238,
   "n_versos": 54,
   "n_estrofas": 6,
   "texto": "¡Qué noche! El techo que escuda\nmi solitario aposento\ncruje al soplo que lo abate;\ny desde mi asiento, muda,\noigo del agua y el viento\nEl prolongado combate.\nMas, ya cesa; lentamente\ncallan los lúgubres ecos\nde la tempestad lejana.\nYa sólo se oye al torrente\nque entre los pedrosos huecos\ngime al pie de mi ventana.\n\nContra los vidrios, afuera,\npresa en la peña musgosa\nque forma rústico banco,\nla débil enredadera\ntiembla empapada y llorosa\nsobre el oscuro barranco.\n\nEn la fragosa quebrada\nmurmullos hondos, sombrios,\nvan ya cediendo en violencia,\ny la lluvia sosegada\nse escurre por los bajíos\ncon monótona cadencia.\nYo sola en pie permanezco;\nyo sola en toda la casa\nque la oscuridad rodea;\na intervalos me estremezco\nal ver vacilar la escasa\nluz, que junto a mi flamea\n\nNervioso desasosiego\nturba con terrores vanos\nvagamente mis sentidos,\ny en el lúgubre sosiego\npienso que escucho lejanos,\npavorosos alaridos.\n\n¿Qué dice el viento en su vuelo\ntrayéndome, del pasado\nel eco desvanecido?...\n— ¡Morir! ¡oh, triste consuelo!\nmorir, sin haber amado,\nmorir sin haber vivido!\nNegro espectro de la nada\nque te alzas en los rincones\ny llegas pausado y ledo,\nsombra doliente y callada\nde mis muertas ilusiones\nno vengas, que tengo miedo...\n\nMañana, cuando la aurora\ncon su luz brillante y pura\nbañe la vega lozana,\nllena de horror, como ahora\nme oprimirá la negrura\nde mi noche sin mañana."
  },
  {
   "id": "nubes-y-vientos",
   "titulo": "Nubes y vientos",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 7,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr-revisado",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "27-33",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=37"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas contemporáneos de Bolivia, comp. José Eduardo Guerra, [La Paz]: González y Medina, 1920",
     "url": "https://archive.org/details/poetascontempor00guergoog"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Tras un verano que agota la pradera, la nube y el viento traen una tormenta descrita como fiesta con orquesta y danza; los árboles viejos protestan en vano contra el desorden. Al amanecer el campo renace, pero las flores muertas preguntan a las vivas si saben qué es la existencia. En versos largos de ritmo danzante, el poema cierra con una imprecación a la Naturaleza si el anhelo del alma no alcanza otra vida: «¡maldita mil veces tu vana tarea!».",
   "temas": [
    "naturaleza",
    "muerte",
    "duda religiosa"
   ],
   "destacada": true,
   "n_palabras": 654,
   "n_versos": 106,
   "n_estrofas": 26,
   "texto": "Del sol del verano los rayos de fuego\ncalcinan la tierra,\nlas horas transcurren, y en lenta agonía\nse abrasa y consume la mustia pradera.\n\nEn la árida playa del próximo río\ntan sólo hay enjutas y ardientes arenas;\nvapores que se alzan de un fétido estanque,\nbrillando a lo lejos titilan y tiemblan.\n\nEn todo el espacio que abarca la vista\nni un alma se mueve, ni un eco resuena.\nQué paz y qué tedio! solemne el paisaje\nde un gran cementerio la calma remeda.\n\nDe pronto, en la línea del ancho horizonte\nBlanquísima nube surgiendo ligera\nSe agranda, se extiende, y en pocos instantes\nEntolda la esfera.\n\nLa atmósfera ardiente palpita de gozo\ny el leve murmullo de brisa indiscreta\nen prados y bosques esparce el anuncio\nde próxima fiesta.\n\nLa anuncian distantes los ecos confusos\ndel viento que vuela;\nsutil, diligente, retoza en el prado\nse lanza a la aldea,\n\nrecorre las calles, tropieza en los muros,\nsacude las puertas\ny en calles y prados exclama triunfante:\n¡Ya vienen! ¡Ya llegan!\n\nY plantas y flores sacuden el polvo\ny al goce se aprestan,\ny en tanto, en la nube que entolda el espacio\nretumba la orquesta.\n\nTurbión de agua y viento que anubla el paisaje\ncon loca algazara chillando se acerca,\ny al soplo pujante se agita confusa\nla vasta pradera.\n\nTurbión de agua y viento que arrastra en sus giros\nramajes y flores, guijarros y arenas\ny en pocos instantes, sembrando el desorden,\ntransforma la escena.\n\nFlexible y gozosa se entrega a su impulso\nla inquieta arboleda,\ny molles y sauces ensayan la danza\ntendida a los aires la gran cabellera.\n\nLos troncos añosos, el bárbaro empuje\nresisten apenas\ncon secos gruñidos, de bosques y prados\nla suerte lamentan:\n\n— Parad piedrecillas de la árida playa,\n¿sabéis, revoltosas, a dónde se os lleva?\n¿queréis ver mañana cubierta de escombros\nLa hermosa pradera?\n\nLas flores que al borde del fétido estanque\nlucieron sencillas su blanca inocencia\n¿qué harán si ese fango se agita y rebosa\nde miasmas malsanos llenando la tierra?\n\nAl ave que el nido colgó de la rama\n¿qué suerte le espera?\n¿Qué hacéis, insensatos, trastorno y desorden\nsembrando doquiera?\n\nY el viento, aturdido, con risa estridente\nresponde a sus quejas;\ny en tanto en la nube que entolda el espacio\nretumba la orquesta.\n\nLa danza prosigue. Mil gritos de orgía\nse apagan por grados... La noche comienza...\ny el campo, cubierto de fango y destrozos,\nse envuelve en tinieblas.\n\n* * *\n\n¿Qué fué de las aves, que fué de las flores,\nque fué de la hermosa fecunda pradera?...\nTras noche de horrores se ve como siempre\nsurgir la mañana brillante y serena.\n\nVistiendo ropaje de frescos matices\nlas ramas se cubren de brotes y yemas.\nEl campo renace luciendo sus galas,\n¡sus galas eternas!\n\nTal es ¡oh misterio! la ley de la vida\nque todo renueva,\nque el viento y la nube son fuerzas que a un tiempo\ndestruyen y crean.\n\nMas ¡ay! que esa aurora transcurre cual otras,\nla pálida tarde de nuevo se acerca,\ny exhala en el fango confusos gemidos\nel alma doliente de flores ya muertas.\n\n— Vosotras que, erguidas, alzáis a los cielos\nla frente serena\n¿sabéis por ventura qué suerte os aguarda,\nsabéis por ventura lo que es la existencia?\n\n¡Ah! triste el destino que cupo a las flores!\nFelices las piedras,\nfelices las rocas que ignoran la vida,\nque sienten apenas.\n\nTambién cual vosotras ufanas un día\npasamos las horas forjando quimeras;\nmas ahora... ¿qué somos? despojos humildes\nque abonan el surco que el germen sustenta.\n\nBrotar de la nada, sentirse inmortales\nsoñar unas horas... volver a la tierra...\n¡Oh ley misteriosa! continua mudanza,\n¿cuál es tu grandeza?\n\nSi el íntimo anhelo, perfume del alma\nque sube a la esfera,\nno alcanza otra vida; si sólo es engaño,\nsi sólo es quimera,\n¡maldita mil veces! ¡oh, Madre, ¡oh Natura!\n¡maldita mil veces tu vana tarea!"
  },
  {
   "id": "poeta",
   "titulo": "Poeta",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 8,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "35-38",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=45"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas bolivianos, comp. M. Plácido Molina y Emilio Finot, París: Ollendorff, 1908",
     "url": "https://archive.org/details/poetasboliviano00finogoog"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "En plena «fiesta del trabajo» del siglo industrial aparece en los salones un personaje fuera de lugar: el poeta, heredero del rapsoda harapiento de las islas griegas y del trovador que cantaba al pie del castillo feudal. El poema sostiene que la inspiración solo brota del dolor y llama a ese bardo a denunciar la falsedad de una época satisfecha con los triunfos de la industria y la ciencia.",
   "temas": [
    "arte y música",
    "ciencia y progreso",
    "crítica social"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 450,
   "n_versos": 77,
   "n_estrofas": 1,
   "texto": "En la ruidosa fiesta del trabajo,\nDe nuestro siglo en la grandiosa escena,\nEn medio de ese caos que se llama\n\"Lucha por la existencia\",\nUn personaje exótico aparece\nExtraño a los negocios de la tierra,\nEs su porte modesto al par que altivo,\nY hay en su frente un sello de grandeza:\nNi la risa del necio lo confunde,\nNi del rico la vana suficiencia,\nAl pisar el umbral de los salones,\nQuizá por vez primera,\nOstenta en sus modales\nLa distinción de incógnita nobleza.\n— ¿Quién es?\n— El mismo que haraposo un día\nCruzó las playas de las islas griegas,\nCuyos divinos cantos,\nFragmentos de una espléndida epopeya,\nArrojados al viento de los siglos\nSon de su genio la inmortal herencia.\nEl mismo que en los campos de la Galia,\nPeregrino, en las noches de tormenta,\nCansado y aterido,\nDel hogar patriarcal llamó a la puerta;\nY acogido con franca simpatía\nTras de sabrosa cena,\nEncantó a sus oyentes con tiernísimas\nBaladas y leyendas;\nY ante los muros del feudal castillo,\nDesafiando la furia de los déspotas,\nPulsó el laúd, vibrante y melancólico,\nDe la oculta beldad junto a la reja.\nEs el desheredado del destino\nQue en su errabunda y singular carrera\nVa recogiendo lauros — siempre el mismo\nA través de los siglos y las épocas.\nEn cambio del laúd y de la lira,\nPor doquiera que va, consigo lleva\nálbum — su tesoro — más valioso\nQue todos los tesoros de la tierra.\nHay en su pecho un fuego misterioso:\nEl fuego de la Idea.\n¡La Idea! Sentimiento sublimado\nQue en el cerebro la razón condensa\nY en el claro raudal de la palabra\nBrota llenando páginas excelsas.\nMas, para que esa llama sacrosanta\nEn su potente corazón se encienda,\nEs preciso que apure de la vida\nLas heces más acerbas;\nQue conozca del hórrido infortunio\nLas escabrosas sendas;\nQue sus riscos y abrojos le lastimen,\nQue sus choques y obstáculos le hieran.\n¡Eso es la inspiración! Flor misteriosa\nQue sólo exhala su divina esencia\nDespués de las terribles sacudidas\nDe tempestad violenta........\nEsa es la obra del Arte: sacro fuego\nQue devorando crea;\nCrepitación de un alma hecha pedazos\nSangre del corazón, — ¡eso es la idea!\n¡Oh bardo del dolor! llegas a tiempo:\nPulsa el laúd, alza la voz profética;\nDe las grandezas de la edad presente\nMuestra la falsedad y la miseria.\nLamenta los secretos angustiosos\nDe esa infeliz generación decrépita\nQue, ahogando el malestar que la devora,\nSe muestra satisfecha\nDe los triunfos risibles\nDe la industria y la ciencia......\nTambién tú, tributario de este siglo,\nTienes el alma y la conciencia enfermas.\n¡Poeta del dolor! Llegas a tiempo,\nCantor de la verdad, ¡pulsa esa cuerda!..."
  },
  {
   "id": "quo-vadis",
   "titulo": "Quo vadis?",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 9,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr-revisado",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "39-42",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=49"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas bolivianos, comp. M. Plácido Molina y Emilio Finot, París: Ollendorff, 1908",
     "url": "https://archive.org/details/poetasboliviano00finogoog"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Sola en medio del mundo, la voz ve aparecer a Cristo y le pregunta, como Pedro en la leyenda romana, adónde va. Luego le enumera lo que la cristiandad ha hecho con su mensaje: un Pedro cubierto de pedrería, una Inquisición que quema a sus hermanos, templos de lucro y vanidad, guerras y una esclavitud que solo cambió de nombre. El estribillo «¿A dónde vas, Señor?» deja la pregunta abierta.",
   "temas": [
    "religión y clero",
    "crítica social",
    "fe"
   ],
   "destacada": true,
   "n_palabras": 319,
   "n_versos": 52,
   "n_estrofas": 13,
   "texto": "Sola, en el ancho páramo del mundo,\nSola con mi dolor,\nEn su confín, con estupor profundo\nMiro alzarse un celeste resplandor...\n\n¡Es El! Aparición deslumbradora\nDe blanca y dulce faz,\nQue avanza, con la diestra protectora\nEn actitud de bendición y paz.\n\nInclino ante El mi rostro dolorido\nTemblando de ternura y de temor,\nY exclamo con acento conmovido:\n— ¿A dónde vas, Señor?\n\n— La Roma en que tus mártires supieron\nEn horribles suplicios perecer\nEs hoy lo que los Césares quisieron:\nEmporio de elegancia y de placer.\n\nAllí está Pedro. El pescador que un día\nPredicó la pobreza y la humildad,\nCubierto de lujosa pedrería\nOstenta su poder y majestad.\n\nFeroz imitador de los paganos,\nEl Santo Inquisidor\nHa quemado en tu nombre a sus Hermanos...\n¿A dónde vas, Señor?\n\nAllá en tus templos donde el culto impera,\n¿Qué hay en el fondo? O lucro o vanidad.\n¡Cuán pocos son los que con fe sincera\nTe adoran en espíritu y verdad!\n\nEl mundo con tu sangre redimido,\nVeinte siglos después de tu pasión,\nEs hoy más infeliz, más pervertido,\nMás pagano que en el tiempo de Nerón.\n\nAnte el altar de la Deidad impura,\nHuérfana de ideal, la juventud\nContra el amor del alma se conjura\nProclamando el placer como virtud.\n\nLas antiguas barbaries, que subsisten,\nSólo cambian de nombre con la edad;\nLa esclavitud y aun el tormento existen,\nY es mentira grosera la igualdad.\n\n¡Siempre en la lucha oprimidos y opresores!\nDe un lado, la fortuna y el poder,\nDel otro, la miseria y sus horrores;\nY todo iniquidad... hoy como ayer.\n\nHoy como ayer, los pueblos de la tierra\nSe arman para el asalto y la traición,\nY alza triunfante el monstruo de la guerra:\nSu bandera de espanto y confusión.\n\nCiega, fatal, la humanidad se abisma\nEn los antros del vicio y del error,\nY duda, horrorizada de sí misma...\n¿A dónde vas, Señor?"
  },
  {
   "id": "fin-de-siglo",
   "titulo": "Fin de siglo",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 10,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "43-44",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=53"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas bolivianos, comp. M. Plácido Molina y Emilio Finot, París: Ollendorff, 1908",
     "url": "https://archive.org/details/poetasboliviano00finogoog"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Soneto sarcástico dirigido a la humanidad que avanza optimista hacia el nuevo siglo. Sus logros son el alcoholismo como refugio, las tragedias del anarquismo, el adulterio convertido en romance y, en nombre de la justicia, la paz armada. El último terceto acusa a la ciencia de ofrecer, tras los tormentos de la vida, el «horrible consuelo de la nada».",
   "temas": [
    "ciencia y progreso",
    "crítica social",
    "duda religiosa"
   ],
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   "n_palabras": 87,
   "n_versos": 14,
   "n_estrofas": 3,
   "texto": "¡Avanza humanidad! tu vasto imperio\nExplica la razón de tu optimismo,\nNo te espanta, en el borde del abismo,\nDe terribles problemas el misterio.\n\nDel dolor bajo el rudo cautiverio\nTienes como refugio el alcoholismo;\nSus tragedias te brinda el anarquismo,\nSus romances de amor el adulterio.\n¡Avanza! que si el mundo se desquicia\nEn honor del derecho y la justicia\nMarchas a conquistar... la paz armada.\n\nY la ciencia admirable y bendecida\nTe dá, tras los tormentos de la vida,\nEl horrible consuelo de la nada..."
  },
  {
   "id": "solo-en-el-mundo",
   "titulo": "¡Solo en el mundo!",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 11,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "45-69",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=55"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Poema narrativo en cuatro partes. Dos jóvenes parten a la guerra: uno deja a una madre que lo llora; el otro, huérfano, no tiene quien lo despida. Mientras tanto, una vieja temida como bruja en la montaña presagia una derrota, y la hermana del primero guarda un amor secreto. Después del desastre, el poema sigue el duelo de ella, la aparición de un cometa y el lento olvido, y rinde homenaje al soldado anónimo del que la historia no guarda el nombre.",
   "temas": [
    "patria e historia",
    "soledad",
    "amor",
    "memoria y tiempo"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 2386,
   "n_versos": 457,
   "n_estrofas": 60,
   "texto": "No lejos de una granja pintoresca\ny en el confín de un prado,\nun solitario sitio se encontraba\nde cabañas y huertos apartado.\nSombrío y melancólico, a la puerta\nde abandonada choza,\nun sauce allí, mirado desde lejos\nsobre aquellos escombros, parecía\nmudo guardián de una olvidada losa.\nSolo en el mundo, huraño y pensativo,\nbajo su sombra un cazador un día\ngrabó sus iniciales\nen su corteza, y al través del tiempo\nel tronco aquel guardaba las señales.\n¿Cuál fué su objeto? ¿A quién se dirigía\nla cifra misteriosa?\n¡Quién sabe! En tanto, el sauce parecía\nmudo guardián de una olvidada losa.\nDespués, cuando en las tardes de diciembre\nya moribundo el sol resplandecía\nsobre la tierra de frescor sedienta,\ny en las nubes del sud, sorda y tardía,\ncomo en alma inocente la ternura\ntemblaba la tormenta,\nen ese mismo tronco reclinada,\nmostrando en la mirada\nla sombra de mortal melancolía,\nella, pasaba en éxtasis las horas\nhasta que se apagaba atrás del monte\nla luz, sumida en lánguida tibieza,\ny la noche por fin la sorprendía\ncubriendo el horizonte\nde funeral tristeza.\nEntonces, abismada en sus ensueños,\ntornando a la pradera, paso a paso,\navanzaba en las sombras lentamente\nbajo el fulgor postrero del ocaso.\n\nII\n\nEra en el campo, en una hermosa noche:\nAnte una casa se detuvo un coche\nY una puerta se abrió,\nY una mujer de aspecto venerable,\nPresa de una ansiedad inexplicable,\nBajo el dintel de pronto apareció.\n\nDos jóvenes bajaron del carruaje\nVestidos de uniforme y ya de viaje,\nY la abrazó el más jóven de los dos...\nAmbos marchaban juntos a la guerra,\nY a los seres que amaban en la tierra\nEra ya tiempo de decir adiós.\nUn hijo de su madre se apartaba.\nLa anciana entre sus brazos sollozaba\nY le estrechaba, amante, al corazón.\nTodo el dolor de tan supremo instante\nSe pintaba del hijo en el semblante\nque ocultar procuraba su aflicción.\n\nPasaron los abrazos cariñosos:\nCallaron los suspiros y sollozos;\nRápido el coche se llevó a los dos,\nY mirando el asilo de su infancia\nEl joven, aun juzgaba a la distancia\nDe su madre escuchar la triste voz.\n\nSu compañero en tanto\nNo dió señales de emoción, ni el llanto\nA sus sombríos ojos asomó.\nAl ir como al volver, en el camino,\nDe la luna al reflejo blanquecino\nImpasible su rostro se mostró.\nCallaba; pero en medio de su calma,\nEn el hondo silencio de su alma,\nCon íntimo dolor pensaba así:\n— \"Solo estoy de la vida en el desierto.\nSi por nadie, al partir, lágrimas vierto,\nNadie vierte una lágrima por mí\".\n\n\"El, que tiene una madre que le quiere,\nVolverá a ser feliz, y, si es que muere,\nHabrá quién llore sin cesar por él.\nSi vuelve, y ella ha muerto ante su losa\nSe postrará con alma cariñosa\nDepositando en ella su laurel\".\n\n\"Mas yo, ¡ni hogar ni tumba... nada mío\n— Ave sin nido — siempre en el vacío\nMe dejará, al pasar la tempestad...\n¡Quién podrá creer que en mi indolente vida,\nEn esta hora fatal de la partida\nMe pese, más que nunca, la orfandad!\"\n\nIII\n\nEn la rápida vertiente:\nDe una encañada profunda,\nSe lanza y ruge un torrente\nQue el angosto lecho inunda\nCuando llega la creciente.\n\nEn esas cimas se enredan\nPlantas de belleza extraña.\nCimas que se abren y ruedan\nCon estruendo, que remedan\nLos ecos de la montaña.\nEn medio de la rareza,\nde la espléndida belleza\nDe aquel abrupto paisaje,\nTodo respira tristeza,\nTodo es agreste y salvaje.\n\nArriba, faldas desiertas,\nEstrechas sendas abiertas\nPor los rudos leñadores,\nSendas de abrojos cubiertas\nY de raquíticas flores:\n\nAbajo, rocas inmensas,\nCarcomidas, y suspensas\nSobre las aguas del río,\nFormando grutas extensas\nDo reina un húmedo frio;\n\nMelancólicos rumores\nY misteriosos murmullos,\nY acres y fuertes olores\nDe desconocidas flores\nY solitarios arrullos;\nPájaros de otras regiones\nQue en algunas estaciones\nVienen de un clima lejano,\nCuyas remotas canciones\nNunca se oyen en el llano.\n\nEn aquel rincón distante\nSobre el valle suspendido,\nCual amenaza constante\nDe un demonio vigilante,\nSe sintió un ronco ladrido:\n\nEl de un can hosco y rabioso.\nQue, el inocente reposo\nTurbando del campesino,\nDe terror supersticioso\nLlenaba el campo vecino.\n\nRústico techo apoyado.\nEn un flanco desgarrado\nDe la escarpada pendiente:\nSobre un peñón azotado\nPor las aguas del torrente,\nTal, distante de otras chozas\nY de toda huella humana,\nTras de vallas espinosas\nEra, entre matas frondosas,\nLa casucha de una anciana.\n\nEspectro de la montaña\nCuya vida era un arcano,\nQue a toda afección extraña\nMoraba, dura y huraña,\nSin hijo, esposo ni hermano.\n\n¿Qué hacía a solas? ¿qué hacía\nAllá en su nido medroso,\nCuando a torrentes llovía\nY la creciente embestía\nCon un fragor espantoso?\n\nCuando, tras hondo estampido,\nSu noche de negro olvido\nRasgaba un rayo brillante,\n¿Nunca se postró un instante\nNi hubo en su seno un latido?\nEspectro de la montaña\nCuya vida era un arcano,\nCuya salvaje cabaña\nGuardaba la égida extraña\nDe algún poder sobrehumano.\n\n¡Cuánto tiene de envidiable\nEsa paz inalterable\nDe que disfruta el labriego,\nBajo un techo miserable\nY en torno de un pobre fuego!\n\nResignado a cuanto existe\nSu ignorancia lo mantiene:\nY en este mundo, el más triste\nAfán del hombre consiste\nEn ansiar lo que no tiene.\n\nLibre de amarga vigilia\nY de inquietudes y penas,\nAllá la esposa concilia\nLos cuidados de familia\nCon las campestres faenas.\n\nDesde el labrador anciano\nHasta el pastor más pequeño,\nTodos, con igual empeño\nGanan el pan cuotidiano.\n\nY así las horas dichosas\nSe deslizan a la sombra\nDe pabellones de rosas,\nDe las malvas olorosas\nSobre la fácil alfombra...\n\nMas ¡ay! que nubes fatales\nManchaban ese horizonte;\nDe manejos infernales\nPresagio cierto de males\nEra una guarida el monte.\n\nCuando la vieja importuna\nBajaba del precipicio,\nLas chozas, una por una,\nTemblaban a la fortuna\nTemiendo algún maleficio.\nNunca su mano huesosa\nMostró a esa gente medrosa\nSin recibir un tributo;\nNunca se asomó a una choza\nSin dejarle llanto y luto.\n\nJamás se vió a los pastores\nNi a los fuertes leñadores,\nAl trepar por la montaña,\nPisar los alrededores\nDe su temida cabaña.\n\nA esto sólo se atrevía,\nCuando apelaba a su ciencia,\nQuien una prenda perdía\nO de un amante sufría\nLa obstinada indiferencia;\n\nQue toda dolencia oscura\nO aberración, o locura,\nO desamor entre esposos,\nEran influencia segura\nDe sus filtros misteriosos.\nSólo un ser, — la hija piadosa\nDel patrón, que en la pradera,\nVagaba de choza en choza\nSolícita y bondadosa,\nMaestra y juez y hasta enfermera,\n\nDe valor haciendo alarde,\nDe aquella gente cobarde\nDespreciando la conseja,\nIba a veces en la tarde\nA dar limosna a la vieja.\n\nUn día, a fines de mayo,\nMostraba cierto desmayo\nEl verdor de la pradera.\nBrillaba al poniente un rayo,\nRojo como el de una hoguera;\n\nA la Sibila del cerro\nVisitaba en su destierro\nLa joven, como solía,\nY entre la anciana y su perro\nSus limosnas repartía.\nDe pronto la extravagante\nVieja, turbado el semblante,\nCon ademanes de loca,\nMiró al ocaso un instante\nDe pie, en lo alto de la roca.\n\n— ¿Ves, niña? ¡El destino es ciego!\nDijo, y lanzó un alarido.\n¿Ves esa nube de fuego?\n¡Esa es la batalla! y luego\nAñadió: ¡Nos han vencido!\n\n¿Por qué, si siempre hizo alarde\nDe despreciar la conseja\nDe gente simple y cobarde,\nLa impresionó aquella tarde\nLa predicción de la vieja?\n\nIV\n\nYa las brisas otoñales\nSoplan húmedas y heladas,\nQue el invierno llega al fin,\nY aun florecen los rosales\nProtegidos por las tapias\nDel jardín.\n\nLindas flores destinadas\nA coronar la victoria\nDe los hijos de la Patria\nQue marcharon a la gloria,\n¡Ay! la gloria que alcanzaron\nFué la gloria de morir!\n¡Tristes flores, hoy regadas\nEn la fúnebre capilla\nConmemoran el desastre\nAl pie de una cruz sencilla!\n¡quién lo hubiera imaginado\nCuando se les vió partir!\n\nMuchos fueron\nLos que en el campo cayeron.\n— Las plegarias de una madre\nEscuchó Dios,\nY volvió el hijo querido;\nMas su hermana inclina al suelo\nSu semblante dolorido:\n¡El ángel de la esperanza\nLe ha dado un secreto adiós!\n¿Quién hubiera adivinado,\nTriste niña que ocultabas\nUn amoroso secreto,\nCuando a verlos te negabas\nLa noche de su partida\nTemiendo desfallecer?\n¿Quién hubiera imaginado\nQue dejaba tus umbrales\nPara no volverle a ver?\n\nEn la línea que marca el horizonte,\nDe la alborada el resplandor se anuncia.\nPálidos ya los astros centellean\nDel infinito en la quietud profunda.\nEl campo está sumido en el silencio\nBajo el diáfano velo de la bruma;\nY en el espacio, inmenso, se levanta\nUn astro más hermoso que la luna.\n¡Despertad a la vida,\nOh, venturosas almas,\nLas que abrigáis, para soñar despiertas,\nEl ensueño feliz de la esperanza!\n¡Qué triste brilla para tí, qué triste,\nLa luz de la mañana,\nCorazón que despiertas en la tumba\nSobreviviendo a todo lo que amabas!\nDos años han pasado\nDesde el aciago día;\nDos siglos de tormentos\nPara la triste niña.\nEsfuerzos sobrehumanos\nPor mostrarse serena a su familia.\nHoras de soledad, mares de llanto,\nPlegarias al Señor, días tras días,\nNada a borrar alcanza la memoria\nDe su perdido amor — su única vida.\nAllí estaba encerrada en su aposento\nTras de leves cortinas,\nTendida, inmóvil, muda,\nCual sombra en un sarcófago dormida.\nLa luz, en las tinieblas avanzando\nProyectaba una lánguida penumbra\n\nQue dibujaba apenas los contornos\nDe aquella dulce y pálida figura.\n\nElla, la que aturdida y bulliciosa\nRetozó en otro tiempo en la pradera,\nOstentando los tintes de las rosas\nEn la mejilla tersa,\nMarchita ya, sobre la faz mostraba\nEn su expresión de postración suprema,\nDe las íntimas luchas del espíritu\nLa prematura huella.\nCon los ojos sombríos y cerrados,\nCon la cabeza hundida en la almohada,\nEra el pálido lirio, deshojado\nSobre el gélido manto de la escarcha.\n\nNo hay hora más solemne\nQue esa del despertar, en que el silencio\nFiltra en el corazón, gota por gota,\nLa hiel de los recuerdos\nSobre su sien purísima\nVagaba adormecido el pensamiento,\nY empezaba a mostrarse estremecida\nCual si un soplo de hielo\nFuese avivando las hirientes chispas\nDe la apagada hoguera de su pecho,\nHasta alzarse asombrada y conmovida\nDel fondo de su sueño.\n¿Qué había soñado ¡oh Dios! que se sentia\nMás que nunca infeliz y desolada?\n¿Qué brillo inusitado y misterioso\nCoronaba el fulgor de la mañana?\nMiró en torno de sí con extravío,\nY, envuelta en amplia bata,\nDejó el lecho, y cruzando el aposento\nAbrió de par en par una ventana.\nAl fondo del magnífico paisaje,\nBrillante y soberano,\nGigante y majestuoso\nAlzábase el cometa en el espacio.\n\n¡Oh, viajero incansable de los siglos,\nErrante siempre en tu ignorado rumbo,\nQue te has dejado ver por un instante\nEn el dintel del mundo!\n¡Te vas! ¿A verte acaso volveremos\nLos pobres habitantes de la tierra?\nVerte una vez es abrigar por siempre\nBlanca ilusión, tu celestial tristeza...\nAnte esa aparición deslumbradora\nQue nunca hubo soñado,\nCon sencilla expresión de arrobamiento,\nJuntando las dos manos,\nLa joven quedó absorta y, lentamente,\nDe lágrimas sus ojos se arrasaron.\n\n¡Ay! esa luz tristísima y serena\nLe hablaba en su mortal melancolía\nDe un algo de otro tiempo,\nSombra de una existencia ya perdida,\nQue dulce y vagamente\nAl través del espacio le decía:\n\n\"Aquí estoy, aquí estoy. Sé que me amabas,\nY desde aquí te miro,\nY desde aquí comprendo\nCuánto por mi has llorado y has sentido\".\n\nMuchas veces aun vióse al cometa\nEn dirección de la oriental colina\nBrillar primero esplendoroso, y luego\nIrse borrando al aclarar el día.\nMuchas veces aún, en su ventana\nLa solitaria niña\nLo contempló, pensando\nEn su perdido amor — su única vida.\n\nPero es cruel al par que compasivo\nEn su poder el tiempo:\nNos arrebata todo — hasta las penas\nQue mantener eternas prometemos.\n\nCesó al fin de llorar. Mudos los labios,\nResignada la faz, los ojos secos,\nEra una bella estatua. Parecía\nQue al derrumbarse el colosal ensueño\nHabía obstruído y cegado con escombros\nEl manantial de su hondo sentimiento.\n\n¡Todo acabó! Como la gota lánguida\nQue vibra al extinguirse una armonía,\nClara gota de llanto\nFiltración escondida,\nBajo la dura roca de su pecho\nTriste un recuerdo alguna vez gemía,\nTímido y tembloroso,\nEn el fondo dormido de su vida...\n\nPero, encerrado en la fingida calma\nQue se impusiera el corazón ya frío,\nVibraba un solo instante, y, moribundo,\nCallaba luego ese postrer latido.\n\nSer es vivir. — Ser fuerte, ser discreta,\nAprender a perder una esperanza,\nRenunciar con valor a un imposible\n\nA otra esperanza que, talvez con llanto\nY volver la mirada\n\nSerá forzoso abandonar mañana.\n\nCuando en el campo mustio y melancólico\nUn so lo asolador todo lo seca,\nLa vida, el esplendor y la alegría\nParecen extinguidos en la tierra;\nPero tras largos meses de letargo\nSe anuncia un tibio sol de primavera.\nQue reanima los gérmenes ocultos\nEn que todo renace y se renueva.\n\nGermen que tarde muere es la esperanza:\nY así, en las almas jóvenes,\nNo mata el infortunio para siempre\nLas gratas ilusiones.\n\nEra ella niña al fin — ¿quién, en su caso,\nNo llora y gime? pero ¿quién no olvida?\nLloró, gimió; mas, transcurriendo el tiempo,\nLlegó por fin un día,\nEn que latió su corazón a impulsos\nDe un nuevo amor y conoció la vida.\n\nAsí cruzó este mundo,\nAstro lanzado en la infinita esfera,\nCada vez más opaco y más distante\nY oculto al fin en su perdida huella.\n¡Así pasó el recuerdo de aquel hombre:\nY acabó de borrarse\nHasta en el alma fiel y dolorida\nDe la mujer amante!\n\n¿Quién supo si ese humilde a quien la patria\nExpuso del combate al golpe ciego,\nHubiera sido un día\nOrgullo de su suelo?\n¿Quién supo si los íntimos papeles\nQue destruyó en secreto,\nLa víspera fatal de su partida\nEran la herencia espiritual de un genio?\n\nSolo en el mundo, el infeliz soldado\nNi hermanos tuvo, ni amorosos padres\nQue fuesen a buscar en el desierto\nLa piedra helada en que regó su sangre.\nLa Historia sólo cuenta las hazañas\nQue honraron a los grandes Generales...\n¡Murió desconocido\nComo suelen morir los inmortales!"
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   "titulo": "Loca de hierro",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
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   "testimonios": [
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "71-122",
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     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
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   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "El poema narrativo más extenso del libro. Teresa, costurera, acoge en su taller a Tula, antigua compañera de colegio a quien en el hospital llamaron «Loca de hierro» por su silencio inmóvil. Tula le cuenta su vida: hija natural recibida en la casa paterna, el amor perdido por un montañés, la amiga que se lo arrebata y luego se casa con su padre, la expulsión y la muerte del medio hermano que crió. Examina la locura, el deber y la duda ante la justicia divina.",
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    "mujer y género",
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   "texto": "Llamaron a mi puerta una mañana;\nLa abrí y era una joven. Su recuerdo\nAcudió de repente a mi memoria\nY hallé su rostro idéntico:\n— ¡Tula! exclamé, y ella exclamó: ¡Teresa!\nY nos unimos en abrazo tierno.\nAsociadas bien pronto en el trabajo,\nCosiendo con empeño,\nEn mi estrecho taller desmantelado\nDurante un largo invierno,\nMuchas veces, mirando aquella cara\nY aquellos ojos negros,\nMe dije con asombro: — ¿Esta es la niña\nQue conocí en colegio?\nJamás le hablé, ¡jamás de su pasado.\nRespeté su secreto.\nHabíanme contado que entró un día\nLoca en el hospital, pero que, luego\nDegeneró el acceso en la manía\nDe la inmovilidad y del silencio;\nQue pasó muchos días y aun semanas\nNegándose a probar el alimento,\nMuda, petrificada,\nEn la misma actitud, mirando el suelo.\nQue, conmovidos ante aquella estatua\nLos practicantes todos, y aun los médicos,\nLuchando en vano por domar la fuerza\nDe su capricho fiero,\nLa miraron con pena, y la llamaron\n\"Loca de hierro\",\n\nII\n\n¡Cuántas veces, ya risas, ya gemidos\nLlegando hasta mi pobre habitación,\nEl agitado oleaje de la vida\nMe conmovió!\n¡Cuántas, en los albores de una fiesta,\nViniendo mi trabajo a inspeccionar\nUn grupo de locuaces señoritas\nDe mi quieto taller turbó la paz:\nY cuántas, una amiga desgraciada\nSintiendo ya estallar su corazón,\nEn confidencia acaso inopinada\nSu terrible secreto me contó!\nEntre tanto, mi extraña compañera\nImpasible y callada en un rincón,\nSorda como una estatua, proseguía\nAbsorta en su labor.\nYa fuese esta labor una mortaja,\nYa una gala nupcial,\nCual máquina insensible\nLa ví días tras días trabajar.\n\nIII\n\nUna tarde, acabada la tarea\nCogió su manto ya para salir,\nCuando un criado me entregó en silencio\nPequeña carta que decía así:\n\n\"¿Qué piensa esa mujer? ¡alma de hiena!\n¿Su orgullo es tan feroz?\nNi el saber que está malo la conmueve,\nNo tiene corazón.\nHacen ya dos semanas que no duermo,\nSe me acaba el valor.\n¿Por qué no cumple su deber? Teresa,\nConvéncela, ¡por Dios!\"\n\nGuardé la carta, penetré en la pieza\nY con pausado acento de amistad\n— Tula, dije — tu padre se halla enfermo,\nVuelve a tu hogar.\n\nMiróme friamente, y, sin violencia,\nsin odio, sin dolor,\n— No tengo hogar, ni padre, ni familia,\nMe contestó.\n\nYo, disgustada, abandoné la pieza,\nElla prendióse el manto, y al salir\nMe lanzó una mirada y, lentamente,\nVino hacia mí.\n— No me exijas que vaya, lo he jurado.\n— Pero ¿por qué, por qué?\nSonrió con amargura y luego dijo:\nAhí Ahi te lo contaré.\n\nIV\n\nEl hielo estaba roto. Al otro día\nSolas las dos,\nDejó la aguja, meditó un momento\nY así empezó:\n\nAl pie de la montaña, entre las breñas,\nSostenida por áspero peñón,\nHay una casa que domina el valle\nDesde un antiguo y único balcón.\n\nNo lo puedo olvidar: Era en diciembre\nLa noche aquella en que llegué, y allí,\nRendida a la emoción y a la fatiga\nCerré a solas mi puerta y me dormí.\nDe bulliciosos gansos y gallinas\nEl agudo concierto matinal\nEl monótono estruendo de un molino\nY el murmullo sonoro de un raudal;\n\nUn sol que al penetrar por las rendijas\nDifunde fresco aroma de arrayán;\nUn rebaño de ovejas que se lanzan\nEn confuso tropel por un zaguán;\n\nLa caricia violenta y reprimida\nDe un perro que ha dejado de ladrar;\nAlguien que llega y baja del caballo,\nVoces, trajín. ¡Qué hermoso despertar!\n\n¡Qué hermoso despertar! Hallé la vida\n\nBella y feliz por la primera vez,\nY olvidé las penosas impresiones\nDe mi triste niñez.\nYo, pobre niña, fruto del pecado\nLlamada a aquel hogar,\nMuerta la altiva esposa de mi padre\nYo la iba a reemplazar,\n\nDejaba un niño, hermosa criatura\na quien pronto adoré,\nProdigarle tiernísimos cuidados\nMi afán, mi dicha fué.\n\nTodo lo hallaba allí. Felices días\nQue nunca volverán,\nTodo lo que hasta entonces me faltaba:\n¡Ternura, y pan!\n\nEl ave que ha nacido prisionera\nAl dejar de improviso su prisión:\nAtónita contempla, del espacio\nLa luz y la extensión.\nYo así, saliendo al campo esa mañana\nCon vacilante pié\nDesde un pedrón, encima del abismo.\n¡Con qué asombro el paisaje contemplé!\n\nInmenso como un mar, bajo la niebla\nQue empezaba a teñirse de arrebol,\nEl valle alborozado despertaba\nA las caricias del naciente sol.\n\nLas cumbres, bajo el fondo\n— Del infinito azul,\nSe alzaban coronadas de girones\nDe vaporoso tul,\n\nAbajo, los rumores de la vida,\nArriba la salvaje soledad:\nTodo es grandioso allí, todo eS pica\nSalud y libertad.\nTú que conoces mi niñez ¿comprendes\nLa celestial fruición\nCon que aspiré las auras perfumadas\nDe esa feliz mansión?\n\nHallar familia, hogar, hallarlo todo,\nY en cambio, el noble y único deber\nDe velar por un niño cariñoso\nAl que es preciso amar y protejer...\n\nEn ese agreste asilo\nBello rincón del paraíso — alli\nEn la edad más dichosa de la vida\nLe conocí.\n\nSabes a quién aludo. — Pobre y huérfano\nBuscó la protección\nDe mi padre, y la halló, porque el anciano\nLe amó con singular predilección.\nY era no obstante escéptico. En su frente\nSe dibujaba, de su eterno mal.\nDe su incurable tedio de la vida\nLa primera señal,\n\nTrabajando en la hacienda de mi padre,\nEra todo a la vez:\nYa vendedor de granos en las ferias\nYa agricultor, viajero o montañés.\n\n¡Cuántas veces, calado hasta los huesos:\nEn noches de aguacero y tempestad\nPor fragosas veredas, a caballo\nLlegó de la montaña a la ciudad!\n\nYo admiraba su noble fortaleza\nSu gracia varonil,\nJamás he visto un rostro más sereno\nNi un alma más viril.\nHuraños al principio,\nNos tratamos después\nComo dos camaradas, con ingenua\nY amable sencillez.\n\nA veces, de su vida aventurera\nQueriendo descansar,\nJugando con el niño disfrutaba\nDe los tranquilos ocios del hogar.\n\nPrendido en la meseta que sostiene\nLa casa, sobre el áspero peñón\nSe alza un esbelto ceiba que, en los aires,\nExtiende su frondoso pabellón;\n\nAl borde del abismo, en sus raíces\nSentados ambos dos,\nYo escuchándole absorta, él, a mi lado,\nLeyendo en alta voz,\nPasábamos las horas — gratas horas\nDe dulce languidez,\nMi padre allá en la casa silenciosa\nY el niño jugueteando a nuestros pies.\n\nArriba, en el zarzal de la montaña,\nGimiendo la torcaz;\nAbajo, en el raudal que va al molino,\nHimno sonoro de ventura y paz.\nEl himno de las ondas del torrente\nDe la incansable cítola al compás.\n\n¡Oh mañanas brillantes y serenas,\nTardes nubladas, días de ilusión\nEn que empecé a sentir ese inconsciente\n\nRisueño despertar del corazón!\n\nEl sospechó mis ansias, pero nunca\nMe habló de amor; mas se dejó llevar:\nTalvez sin advertirlo,\nDel grato impulso de dejarse amar.\nUna vez se ausentó por mucho tiempo,\nY en aquella ocasión\nEn el vacío inmenso de su ausencia\nMedi la intensidad de mi pasión.\n\nLaura, elegante y celebrada entonces,\nEn el verano aquel\nFué a visitarme al campo, con alardes\nDe amiga antigua y fiel.\n\nSu trato me encantaba y seducía.\nSu gran penetración\nY afán por adueñarse del misterio\nDe cada corazón,\nLo comprendo aunque tarde, era el secreto\nDe aquella seducción.\n\nLa inquietud de mi espíritu\nNo tardó en conocer:\n¡Fue así que se interpuso en mi camino\nEsa fatal mujer!\nEra una noche espléndida en que a solas\nabrimos el balcón;\nMe interrogaba. — Prorrumpi en sollozos\nY le abrí todo entero el corazón.\n\n¡Todo se lo conté! Mis hondas ansias\nQue en vano ya tratara de ocultar\nA los ojos de aquel cuyo cariño\nNo esperaba alcanzar.\n\nSu existencia de azares y aventuras,\nSu audacia sin igual\nY su gran descreimiento que era causa\nDe su tedio amarguísimo y mortal.\n\nTerminada mi larga confidencia,\nDijo con sencillez\nQue le era muy simpático y que ansiaba\nConocer a mi extraño montañés.\n¡Oh, cuán incauta fuí! Llegó él un día\nY pude, desde luego, comprender\nQue estaba yo tejiendo los laureles\nDel triunfo vil de esa fatal mujer.\n\nSu hermosura era aquella que en los hombres\nEjerce más poder;\nEsa hermosura que habla a los sentidos\nY que hace enloquecer.\n\nTras breves días de embriaguez dichosa\nLa siguió a la ciudad.\nElla se fué sonriendo. Ya comprendes\nCuál fué entonces mi horrible soledad.\n\nHonda desolación cubrió mi vida;\nCuando mi angustia mitigar logré.\nEn el amor de mi pequeño Edmundo\nMe refugié.\n¡Pobre ángel mío! Muda y dolorida\nContra mi pecho le estrechaba yo,\nCon su charla inocente y sus caricias\nUn bálsamo en mis penas derramó.\n\nEl regresó, pero se fué de nuevo,\n¡Tal era la atracción de aquel imán!\nYo al través de su rostro adivinaba\nSu dicha inmensa, su creciente afán.\n\n¡Oh, días de angustiosa alternativa\nY de lucha secreta para mí,\nAl cabo de los cuales nos dijeron\nQue iba a casarse ya! mas no fué así:\n\nOrgullosa al principio de su nuevo\nY ardiente adorador\nArrastróle en su séquito, y más tarde\nSe burló de su amor.\nEl montañés altivo y desdeñoso,\nLoco de celos, ciego de pasión,\nSe vió luego enredado en mil indignas\nIntrigas de salón.\n\nPor fin quedó ajustado el matrimonio,\nMas no se realizó;\nSobrevino un ruidoso rompimiento\nY él se marchó.\n\nElla tuvo en seguida muchos novios,\nY él se casó en La Paz,\nSé que es horriblemente desgraciado...\nNo hablemos más.\n\nLa sociedad es un jardín, y en ella\nBrotan flores más bellas cada vez.\nPara toda mujer vana y hermosa\nHay un fantasma horrible: vejez..\nLaura vió al fin que el sol de su hermosura\nSe iba pronto a eclipsar,\nY entonces... ¡la ladrona de mi dicha\nVolvió a mi hogar!\n\nYa sabes lo demás. ¿A qué contarte\nLo que ocurrió?\nEl blanco de sus miras fué mi padre\nQue en breve a sus encantos se rindió\n\nEn vano los parientes le advirtieron\nLos riesgos de un enlace desigual.\n¡Es terrible pasión la de un anciano\nPorque es la más sensual!\n\nSatisfecha en sus sueños de fortuna,\nDueña ya de mi hogar, se figuró\nQue en su vida de lujo y de grandezas\nIba a estorbarla yo.\nSu encono fué tenaz. Tan cruda guerra\nNo resistí;\nExigió que mi padre me arrojara...\nDejé mi casa y se libró de mí.\n\nPronto, de los domésticos quehaceres\nSintiéndome incapaz\nAnsió, de la sirvienta sin salario\nEl auxilio eficaz.\n\nEsperó que al hallarme sin amparo\nCediera a la menor insinuación;\nMas, nada, ni las súplicas de Edmundo\nVencieron mi tenaz resolución.\n\nElla, indignada ya, mi resistencia\nNo pudiendo vencer,\n¡Ay! se vengó de mí, prohibiendo al niño,\nQue me volviera a ver.\n¡Oh martirio de todos los instantes\nQue no podré pintar;\nMi última sombra al conciliar el sueño,\nMi primer pensamiento al despertar.\n\n¡Saber que no he de verle, que está mustio.\nQue nadie piensa en él,\nY que su aspecto acusa la indolencia\nDe esa mujer cruel!\n\nUn día, desde lejos, en la calle\nLe descubrí,\nCorrí ansiosa a su encuentro; pero al verme\n— El niño huyó de mi\n\nLlegué a casa, y lloré desesperada.\nY me espantó el pipi,\nComo si aquella pena sin remedio\nTuviese que afligirme hasta morir.\nYo fuí siempre neurótica, no extraño\nQue aquella vez\nMe asaltaran de nuevo los espectros\nDe mi triste niñez.\n\n¿Por qué dicen, Teresa, que la infancia\nEs la mejor edad?\nYo he sufrido en mi infancia horrendas crisis\nDe indecible ansiedad;\n\nHe presentido, en lóbregos ensueños\nQue agitaron mis noches sin dormir,\nMi paso por los páramos sombríos\nDel porvenir...\n\nVino un día a buscarme una sirvienta\nY, de un modo brutal,\nMe refirió que Edmundo se moría.\nQue estaba mal, muy mal.\nVolé al punto a la casa de mi padre\nA pedirle, arrastrándome a sus pies,\nQue me dejaran ver al ángel mío\nPor la postrera vez.\n\nLlegué a la casa. ¿Lo creerás? la puerta\nSe me cerró.\n¡Y mi padre, Teresa, sí ¡mi padre!\nLo consintió!\n\nUna borrasca de dolor sin nombre\nPasó por mí;\nMurió sin verme al fin, a pocos días...\n¿No te lo han dicho nunca? ¡enloquecí!\n\nVagar sin tino, absorta en una idea,\nBuscar la soledad,\nDudar de todos, desconfiar de todo\nY odiar la humanidad.\nSentirme a un tiempo acobardada y fiera,\nSer presa de recóndita inquietud,\nOir en cada acento un alarido,\nY ver en cada mueble un ataud;\n\nVer odio y burla en todos los semblantes\nY una amenaza en la menor señal,\nSoportar el ultraje de miradas\nHirientes como el filo de un puñal;\n\nTal fué el principio; el lúgubre período\nDel eclipse gradual de mi razón\nEn que cruzaron ante mi fantasmas\nQue llenaron de espanto el corazón.\n\n¿Sabes qué es la locura? Es el violento\nGrito de horror que dá\nEl ser a quien torturan mil dolores\nCuando no puede soportarlos ya.\nEs la protesta enérgica y salvaje\nQue agotando las fuerzas de una vez\nNos hunde en un sopor... sopor sin calma,\nMorbosa languidez.\n\n— El despertar del sueño aquel aun dura...\nMientras la vida transcurriendo va,\nDormido en un rincón del cementerio\nEl astro de mi amor no existe ya.\n\nNo quiero recordar. Es mi consigna\nCoser, coser y conquistar un pan,\nMatar el alma, consumir mis horas\nEn tan mezquino afán...\n\nNo comprendo a los seres que a una tumba\nVan, con flores, su duelo a cultivar;\nEn los grandes dolores, el dilema\n— Es: — Morir ú olvidar.\nTodo lo sabes ya, Teresa mía,\nNo me interrogues más,\nDeja que mis heridas cicatricen;\n¡Déjame en paz!\n\nvI\n\nDespués de aquella triste confidencia,\nMi amiga, entrando en el paterno hogar,\nFué, junto al lecho de su padre enfermo,\nLa sombra buena, el ángel tutelar.\n\nLargo es el padecer, ruda la prueba,\nY heroica la virtud\nDe quien asiste al hombre en el descenso\nQue lleva a la postrer decrepitud.\nTula no se apartaba del enfermo,\nY algunas veces visitaba yo\nLa estancia aquella, en que el deber austero\n\nVíctimas y verdugos agrupó,\n\nVíctimas, sí; la niña, niña enferma;\nUnico fruto de la absurda unión,\nMiraba a todas horas a su hermana\nCon inconsciente y muda admiración.\n\n¡Hermana suya, y, a la vez extraña!\nEnigma que no osaba descifrar.\n¿Por qué el odio sin causa de su madre?\n¿Qué abismo la apartó de aquel hogar?\n\nLa pálida enfermera de ojos negros\nCon su sencillo traje de percal\n¡Qué bella estaba! la flotante falda\nCeñida por airoso delantal.\nLos años y el dolor no marchitaban\nLa suave frescura de su tez,\nRevelando en las líneas de su talle\nGraciosa madurez.\n\n¿Por qué ha de envejecer quien de la vida\nSólo ha probado el néctar celestial,\nApurado en los cándidos ensueños\nDe un triste amor, castísimo, ideal?\n\nLa sorda convulsión de otras pasiones\nQue trastornan el alma con su afán,\nRompe las fibras, y sus rojas llamas\nFrente y mejillas horadando van.\nComo se abren las grietas del terreno\nQuemado por el fuego del volcán.\n\nMas, cuando del mortal remordimiento\nNo se siente jamás el aguijón,\nCuando las dichas sólo son ensueño,\nEl dolor es también pura ilusión.\nLlegó el verano y una tarde, a solas,\nEn un rincón de un saloncito azul,\nJunto a una gran ventana guarnecida\nDe cortinas de tul,\n\nCogió mi mano, me miró un instante\nCon solemne y tristísima expresión:\n— Juan ha llegado — murmuró. Al oírla\nTembló mi corazón.\n\nLuego, fija la vista en el vacío,\nDijo con tenue voz:\n— ¿Por qué amontona así los sufrimientos\nEn mi existencia Dios?\n\nEn mis plegarias de tan largos años\nNo le he pedido más\nQue olvido y calma, — yo, que otra ventura\nNo conocí ni probaré jamás.\nMi alma está muerta y burla me parece\nSentir y amar,\nPero, sólo al pensar en su llegada\nSiento mis emociones despertar.\n\n¡Ay! ¿qué vá a ser de mi, Teresa mía,\nCuando le vuelva a ver?\n¿Cómo disimular en la presencia\nDe esta maligna y pérfida mujer?\n\nNo tengo fuerzas ya para la infame\nComedia del vivir.\n¡Ah! si mi padre no se hallara malo,\nMe quedaba un recurso; ¡huir, huir!\n\nVII\n\nEn ese saloncito entapizado\nDe rep, azul,\nJunto a la gran ventana guarnecida\nDe cortinas de tul,\n\nMientras dormía el fatigado enfermo,\nDespués de anochecer,\nMe cupo presenciar frecuentemente\nUna escena sencilla al parecer:\nUn hombre encanecido y una obesa\nMujer de roja faz\nConversan por lo bajo, en tanto que ella\nContempla al hombre, impávida y audaz.\n\nJunto a la luz, la estatua de ojos negros.\nY rostro juvenil\nAbsorta en su labor, mueve la aguja\nCon sus ágiles dedos de marfil.\n\nEl practicante que asistió a la loca\nY hoy es su amigo y a su lado está,\nSostiene entre las manos la madeja\nQue ella en sus dedos enredando vá.\n\nAprovechando de su pobre enfermo\nEl sueño momentáneo y la quietud,\nTrabaja. El joven la contempla a veces:\nEn muda y melancólica actitud.\nDina está allí. La niña enteca y pálida\nSentada en un rincón\nFija la vista en el gallardo mozo\n— Con ingenua expresión.\n\nSe oye llover. En la desierta calle\nReina la más profunda lobreguez,\nEn la pieza contigua el pobre enfermo\nRespira con ansiosa pesadez.\n\nLas horas pasan. La inquietud del alma\nAsoma en cada faz.\n¡Cuánta emoción secreta! ¡cuántas luchas\nEn esa escena de aparente paz!\n\nFuma y medita el hombre encanecido,\nCeñido el alto cuello del gabán,\nMedita con los ojos entreabiertos\nMientras Laura lo observa con afán.\nEnvuelto en la humareda del cigarro,\nCon fruición dolorosa y celestial,\nFija en Tula miradas fugitivas\nMientras le espía la mujer fatal.\n\nLa rabia de los celos, el despecho,\nHacen palidecer la roja faz.\n¡Cuánta emoción secreta, cuántas luchas\nEn esa escena de aparente paz!\n\nMas, ¿qué le importa al hombre encanecido\nQue, de sus tristes ojos al través,\nSe adivine un ensueño que acaricia\nPor la postrera vez?\n\nVencido de la vida. Peregrino\nQue el sendero intrincado equivocó,\nDivisa al otro lado del abismo\nAl ángel que las cimas alcanzó.\nLa garra del dolor de su destino\nEstruja su marchito corazón\nMira al ángel aquel, mas sus miradas\nNo imploran ni amistad, ni compasión.\n\nVIII\n\nMurió el viejo por fin, y una mañana\nA mi puerta volvieron a llamar:\nEra Juan y Raúl el practicante.\nLes hice entrar.\n\nAmbos, amigos ya, juntos partían\nRaúl a Potosí, Juan a La Paz.\n— ¿Cuándo volverá Ud.? Pregunté al joven.\nY éste me contestó: — Talvez Jamás.\n\nIX\n\nTras los primeros días de su duelo,\nTula vino al taller; con lentitud\nAbrió su bolsa y me alargó una carta,\nLa carta de su amigo — Raúl:\n\n\"Mi regreso a ese valle tan hermoso\nDonde fuí tan feliz\nDependerá de una sentencia tuya\nQue es de vida o de muerte para mí\"..\nAsí empezaba. La miré un instante.\n— Tula, dije, te quiero preguntar:\n¿La que una vez amó como tú amaste\nPodrá volver a amar?\n\n— ¡Oh! ¡si! exclamó. No ya con la insensata,\nFatal pasión de la primera edad\nFruto de una exaltada fantasía,\n— Locura, ceguedad;\n\nCon otro amor más noble, más profundo,\nAmor que es realidad y no ilusión.\nTernura generosa que es, a un tiempo,\nPiedad y abnegación.\n\n¿Contemplaste los cálidos matices\nDe un paisaje otoñal?\nAsí se entiende el alma iluminada\nPor su llama fecunda y celestial:\n¿Le amas? — Le adoro. Por su dicha diera\nMi triste porvenir.\nSi él me diese la muerte, ¡qué ventura\nFuera morir!\n\nCogí su mano entusiasmada, y dije\nFuera de mí:\n— ¡Por fin serás dichosa! ¡Tula mía,\nEscríbele que vuelva, dale el sí!\n\n— ¡Dichosa! murmuró, ¿piensas acaso\nQue he de sacrificar a Dina yo?\n¿Se puede ser feliz cuando otros lloran?\n¡No puedo, no!\n\n\"Yo no me hago ilusiones; sé, Teresa,\nQue en ese corazón, en vez de amor,\nHa infiltrado la madre el cruel veneno\nDe su tenaz rencor.\nSé que ella no me quiere; — mas, ¿qué importa?\nMi deber cumpliré.\nA esa mujer que asesinó mi dicha\nNo me pareceré.\n\n¿Yo, clavarle el puñal, ser su verdugo,\nTorturar su inocente corazón\nY cimentar mi dicha en las ruinas\nDe su primera y tímida ilusión\"...\n\nQuedé vencida, y luego, con vehemencia\nVolví a decir:\n— Piénsalo aún, no juegues con tu suerte,\nNo destroces así tu porvenir.\n\n¿Qué ha sido siempre para tí la vida?\nUna burla cruel.\n¿A qué tan infructuoso sacrificio?\n¿Acaso la ama él?\nNo importa, murmuró. Dios lo ha querido,\nMi deber cumpliré.\nA esa mujer que asesinó mi dicha\nNo me pareceré.\n\nPasó algún tiempo. Hallábame en la calle,\nCuando de pronto un día\nOi el trágico son que nos advierte\nQue hay un mortal que se halla en agonía...\n\nSeguí el sagrado viático, y entrando\nDel padre de mi amiga en la morada,\nMe detuve ante el lecho en que yacía\nLaura enferma, convulsa, demacrada...\nDi algunos pasos más, y penetrando\nEn otra habitación, que estaba abierta,\nHallé tras sus cortinas\nA Tula arrodillada ante la puerta.\n\n— ¡Tú aqui! dije en secreto. Yo ignoraba...\n¡Pobre Laura! ¿Te ha visto? ¿la has hablado?\nQuién hubiera pensado que tan pronto...\nQué mala está ¡infeliz! ¿la has perdonado?\n\n— Ante el misterio augusto de la muerte\nDijo, enmudece la pasión humana.\nMe llamó y acudí, le he prodigado\nLos prolijos cuidados de una hermana.\n\nCallamos. En el cuarto de la enferma\nLleno de los efluvios del incienso\nAlzó su voz solemne el sacerdote,\nY todo el mundo se quedó suspenso.\nRespondiendo a la fórmula sagrada\nCon quejumbroso entrecortado acento\nLa enferma perdonó — fué perdonada,\nY le fué administrado el sacramento.\n\nSalió el gentío al fin. La moribunda\nEsforzando su aliento estertoroso\nLlamó a Dina; la niña acongojada\nAcudió reprimiendo su sollozo.\n\n¿Estamos solas? dijo, quiero hablarte,\nAcércate, hija mía...\nOye... lo que tu madre... te aconseja\nAntes... de que principie... su agonía.\n\nTula ha sido muy mala. A ella le debo\nTodos mis sufrimientos.\nEl temor de que vivas a su lado\nMe atormenta en mis últimos momentos.\nPerdónala; pero, por Dios, te ruego,\nNo cedas a sus pérfidos engaños.\nQuedas sola, es verdad, pero prefiere\nLa protección más bien de los extraños.\n\nTula se puso en pie; ví que se ahogaba\nseguí. — Salimos de la pieza.\nUna vez fuera, absorta, enagenada\nInclinó la cabeza.\n\nDespués la irguió — con expresión huraña\nSacudiendo la frente,\nQuedó un instante pensativa, y luego\nMurmuró friamente:\n\n— ¡Oh ceguedad de la conciencia humana\nQue los cimientos de la fe derrumbas!\n¿Dónde está Dios si van sus extravíos\nMas allá de las tumbas?\nEngaño fué pensar que un solo instante\nNi ante la muerte la verdad reluzca...\n¿Quién ha sido el verdugo? ¿quién la víctima?...\n¿Soy yo o es ella? ¡mi razón se ofusca!\n\nTras de la muerte el Tribunal Supremo\nSu majestad desplega\nY, ¿a quién castiga, si al juzgar sus actos\nEs la criatura ciega?\n\nDios nos ordena amar, ¡y es el castigo:\nDogma consolador, feroz consuelo!\nSi ese ser que me ofende va al suplicio,\n¡Cuán generosa soy gozando el cielo!\n\n— ¡Calla! dije asustada. No blasfemes.\n¿Quién osa penetrar en lo infinito?\nNo te hieras en vano golpeando\nSus puertas de granito.\nCalló. Desde aquel día\nPresa de amarga duda,\nLa costurera de los ojos negros\nVa por el mundo ensimismada y muda.\n\nLoca de hierro. Alguna vez sus frases\nComo fragor de fuego subterráneo,\nDejan sentir la tempestad de ideas\nQue arde bajo su cráneo.\n\nSu expresión es de paz; pero impulsada\nPor inquietud constante,\nVa por el mundo ensimismada y muda:\ncomo fantasma errante.\n\nXI\n\n¡Feliz la parietaria que en los mares\nBorda la cima del peñón azul!\n¡Feliz la nube que deshizo el viento\nRota en girón como rasgado tul!\n\nArrastradas en raudo torbellino\nIrán donde las lleve el vendabal,\nLibres al fin en su triunfal carrera\nDe un átomo del polvo terrenal.\n\n¡Alma infeliz, mortal que alzas la frente\nimplorando a la muda inmensidad!\n¡También un día te alzarás del polvo\nEn alas de suprema tempestad!"
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   "titulo": "A Nuestra Señora de Dolores",
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   "resumen": "Plegaria a la Virgen dolorosa al pie de la cruz, en versos de ocho sílabas con ritmo de himno. La voz contempla las heridas de Cristo, el duelo de los ángeles y el sufrimiento de la madre, atravesada por la espada que le profetizó Simeón, y pide que tanto martirio no sea en vano para los hombres.",
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    "muerte"
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   "texto": "Santa madre dolorosa\n¡Ay que triste que afligida\nYo te miro sumergida\nYaces toda en el dolor!\n\nEn la cumbre del calvario\nUna cruz se ha levantado\nAgoniza allá enclavado\nEl objeto de tu amor.\nDe su frente taladrada\nDe sus plantas barrenadas\nDe sus manos desgarradas\nYa chorrea de sangre un mar.\n\nSe consume el universo\nSe obscurece y enluta el Cielo\nY los ángeles en duelo\nLloran, lloran sin cesar\n\n¿Quién pudiera tantas penas\nVer sin duro, amargo llanto?\nQuién pudiera un dolor tanto\nInsensible presenciar?\n\n¡Pobre madre! el triste drama\nTú miraste de su muerte\n¡Ay qué acerba y dura suerte!\n¡Qué profundo tu penar!\nUna espada a doble filo\nPenetró tu pecho santo\nY con hórrido quebranto\nTus entrañas destrozó.\n\n¡Oh dolor! está cumplido\nTu martirio sin ejemplo\nQue en el ámbito del templo\nSimeón profetizó.\n\nSanta madre, por los hombres\nTantas penas tu sufriste\nPor nosotros tu quisiste\nTus tormentos padecer.\n\n¡Ah! no sea tu dolor en vano;\nBien eterno nos produzca\nTu martirio nos conduzca\nA la patria del placer."
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   "titulo": "El viaje de la vida",
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "126-128",
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   "resumen": "Otro poema para la hermana Amalia, firmado con el seudónimo Soledad. La voz advierte a la menor, todavía libre de penas, que no intente adivinar su porvenir: la vida es un sendero áspero cuyo término es el cielo, y solo llegan bien quienes conservan intactas las flores del corazón. Las estrofas de ocho sílabas tienen tono de consejo fraterno y piadoso.",
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   "texto": "A mi hermana Amalia\n\nTú, que ornadas ves tus sienes\nDe puras flores tempranas,\nQue ningún dolor mantienes;\nTú, que ignoras los vaivenes\nDe las pasiones humanas:\n\nTú, que de todo inocente\nPasas tu existir en calma\nY vives indiferente,\nSin una sombra en la frente,\nSin una espina en el alma.\nTalvez mirando lejanos\nLos confines del vivir\nQuieres con esfuerzos vanos\nAdivinar los arcanos\nQue guarda tu porvenir.\n\n¿Por qué el futuro destino\nIndagar con vano anhelo,\nSi el hombre es un peregrino\nQue sigue siempre un camino\nCuyo término es el cielo?\n\n¿Qué importa que de esta vida\nCruce las playas desiertas\nSi al terminar su partida\nSu alma enferma y desvalida\nHalla del Edén las puertas?\n\nQué es la vida, hermana mía\nQue tan bella nos parece?\nFlor que se agosta un día\nLeve soplo de ambrosía\nQue pronto se desvanece.\nPor un áspero sendero\nEs el viaje de la vida:\nInfeliz de aquel viajero\nQue en momento lastimero\nDe su término se olvida.\n\nQue de hastío entonces lleno,\nSe detiene en el camino,\nY lo sumerge en el cieno,\nDel desaliento el veneno\nY no llega a su destino.\n\n¡Oh! dichosos los mortales\nQue al acabar su misión,\nEntre abrojos y zarzales\nConservaron virginales\nLas flores del corazón.\n\nPor que esas flores regadas\nCon las lágrimas del alma,\nAnte el cielo presentadas\nPor manos inmaculadas\nSerán su premio y su palma.\n\nSoledad."
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   "titulo": "Amarguras",
   "obra": "peregrinando",
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "129-130",
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   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Tres cuartetos de visión desolada: las ilusiones mueren al despertar de la vida y dejan paso a dolores que hieren el alma en la soledad. La última estrofa se vuelve pregunta directa a Dios: por qué no da algún alivio a los seres que lanza a este mundo. La queja, sin adornos, vale por su franqueza.",
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   "texto": "Esperanzas, quimeras, ilusiones,\nSueños de una ventura de alegría\nMueren, en la mañana de la vida\nAl comenzar, al despertar el día.\n\nDolores, amarguras y pesares.\nFantasmas de la triste realidad\nQue vienen a dejar el alma herida\nEn la más cruel, horrible soledad.\n\nY al despertar después seguir la lucha\nSin descanso, sin tregua de un segundo\nPor qué, Señor no das algún alivio\nA los seres que lanzas a este mundo?"
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   "titulo": "Fragmento",
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
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   "resumen": "Cuartetos que presentan al escritor como un buzo que baja al fondo del corazón humano, donde, en medio de pasiones y tempestades, hay siempre más pena que maldad. Allí encuentra la perla oculta de los instintos generosos y la muestra al mundo engastada en el oro de su ingenio. Es una pequeña poética: escribir para rescatar lo bueno escondido.",
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   "texto": "En medio de sus negras tempestades\nDe loco afán o criminal pasión\nGuarda la humanidad perlas ocultas\nEn el fondo del mar del corazón.\n\nAllá, en la intimidad de las conciencias\nDonde hay siempre más pena que maldad.\n¿Quién no abriga un instinto generoso\nQue tiende a la verdad?\nBuzo audaz que ha probado los embates\nDel oleaje social, el escritor,\nSabe hallar esa perla de las almas,\nEscondida en la concha de dolor.\n\nEl muestra al mundo esa preciosa joya...\nNoble corona de la humana sien,\nEngastado en el oro de su ingenio\nEl ideal de la verdad y el bien."
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   "titulo": "Tardes estivales",
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
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    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Estrofas de diez sílabas, de ritmo muy musical, ante el ocaso junto al agua. A medida que callan los ecos, la voz siente apagarse en su pecho un soplo de vida, sin rumor, flor ni estrella que la acompañe. La última estrofa lleva la noche hacia dentro: más helada es la del alma que no alienta un destello de amor.",
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   "texto": "La postrer claridad del ocaso\nEn los tibios celajes desmaya,\nTriste el viento suspira en la playa\nDe las olas al blando vaivén.\n\nY a medida que callan los ecos\nY me quedo en las sombras sumida,\nSiento apenas un soplo de vida\nQue se apaga en mi pecho también.\nNi un rumor que se escucha a lo lejos\nDel desierto en la extensa distancia.\n¡Ni una flor su escondida fragancia!\n¡Ni una estrella su dulce fulgor!\n\nMás profunda y callada y sombría,\nMás funesta en su rígida calma,\nMás helada es la noche del alma\nQue no alienta un destello de amor:"
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  {
   "id": "llanto",
   "titulo": "Llanto",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 18,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "135-136",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=145"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Breves estrofas dirigidas a una mujer cuyo rostro, marchito por el llanto, deja ver las ilusiones perdidas. La voz le pregunta por qué soñó con un Edén que no existe y le anuncia mentira y engaño a cada paso. El cierre lo generaliza: amar, llorar y sufrir es el destino de todo ser que cruza este camino.",
   "temas": [
    "desengaño",
    "mujer y género",
    "amor"
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   "n_palabras": 68,
   "n_versos": 16,
   "n_estrofas": 3,
   "texto": "En tu semblante se vé,\nMarchito por tanto llanto\nLas ilusiones perdidas\nLlenas de tan dulce encanto.\n\n¿Por qué soñaste mujer,\nPor qué lloras, si perdiste\nEl encanto de la vida\nUn Edén que nunca existe?\nMentira, engaño, ficción\nHallarás a cada paso\nY ciego tu corazón\nOprimirá duro lazo.\n\nAmar, llorar y sufrir\nEs el amargo destino\nDe todo ser que ha venido\nA cruzar este camino."
  },
  {
   "id": "a-un-suicida",
   "titulo": "A un suicida",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 19,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "137-141",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=147"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas contemporáneos de Bolivia, comp. José Eduardo Guerra, [La Paz]: González y Medina, 1920",
     "url": "https://archive.org/details/poetascontempor00guergoog"
    },
    {
     "edicion": "Fígaro (Buenos Aires), 11-11-1887"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Ante la tumba de un suicida, sin flores ni plegarias, la voz reconstruye su soledad. Le reprocha haber creído que la muerte era un sueño tranquilo, porque el alma sigue su viaje, y se pregunta en voz alta dónde está Dios ante tanto sufrimiento. Frente a un mundo que solo dejará crecer en ese sepulcro «la zarza maldecida del olvido», termina rezando por él.",
   "temas": [
    "muerte",
    "duda religiosa",
    "soledad"
   ],
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   "n_palabras": 412,
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   "n_estrofas": 12,
   "texto": "Como un eco perdido en el espacio,\ncomo una estela en los profundos mares,\nse ha borrado en el seno del olvido\nla huella de tus íntimos pesares.\n\n¡Digna posada te brindó reposo\ntras jornada escabrosa y solitaria!\n¡maldita está la tumba en que tus restos\nduermen sin una flor ni una plegaria!\nAjena a tu dolor y a tu abandono\nla multitud pasaba en su carrera\ncomo pasan las aguas del torrente\njunto a la flor que tiembla en la ribera.\n\nEl ser más feliz halla en el mundo\nde amor y de amistad sagrados lazos\npero tú... ¡ni una lágrima piadosa\ncayó sobre tu sien hecha pedazos!\n\n¡Pobre loco! pensaste en tus quimeras\nque, apagando la luz de tu pupila,\nte lanzabas al fondo del abismo\npara dormir en lobreguez tranquila.\n\n¿Dónde está el fondo de ese abismo, dónde?\n¿quién el confin del infinito alcanza?\n¡mentira! el alma sigue su destino\npor la ruta inmortal de la esperanza.\nTe sedujo la calma engañadora\nde ese lecho de hielo de la tumba\nen que, del fatigado peregrino\nla envoltura de polvo se derrumba;\n\nPero morir no es detener la marcha;\nsólo es dejar el terrenal ropaje;\nhundirse en los espacios invisibles,\nseguir, seguir el misterioso viaje.\n\n¡Cuántos pesares sin consuelo, cuántos,\ncon su peso mortal te han oprimido\nhasta romperte el corazón y hacerte\nprorrumpir en tan bárbaro estallido!\n\n¿Dónde está Dios? ¿Responde al pensamiento\ndel alma que le implora dolorida,\no es el hombre un gusano abandonado\nque se arrastra en el fango de la vida?\n¡Silencio! y prosigamos adelante\nhasta encontrar una región propicia\nen que se expliquen a la mente humana\nlos arcanos del bien y la justicia.\n\nInsensible al secreto de tus penas,\nel mundo inexorable, horrorizado,\nsólo ha visto en tu frente la negrura\nde esa marca feroz del renegado;\n\nY todo aquel que lleve siemprevivas\na la mansión de paz de un ser querido,\nsólo verá crecer en tu sepulcro\nla zarza maldecida del olvido.\n\nY nunca, nunca, en las solemnes horas,\ndel aura triste en el errante vuelo,\nse exhalará un suspiro silencioso\nque vaya en pos de tu memoria al cielo.\nPero el Ser misterioso que sostiene\ndel dolor y la culpa la balanza,\ntendrá piedad del misero demente\nque fué ciego a la luz de la esperanza.\n\nEn nombre del Poder irresistible\nque abruma de dolores nuestra vida,\n¡doblo ante Dios con humildad la frente\ny elevo una oración por el suicida!"
  },
  {
   "id": "la-violeta",
   "titulo": "La violeta",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "142-143",
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    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "La violeta, flor pequeña y sin lujo, brota en invierno sobre la tumba de las otras flores. El poema traslada la imagen al alma: cuando las ilusiones se deshojan, aun en el corazón más desolado queda una última esperanza. Los cuartetos de once sílabas terminan en un paralelo de moraleja: Dios deja «una flor en el invierno» y una esperanza en el dolor.",
   "temas": [
    "naturaleza",
    "fe",
    "desengaño"
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   "n_palabras": 146,
   "n_versos": 24,
   "n_estrofas": 5,
   "texto": "Hay una flor pequeña y delicada\nde agradable y suavísima fragancia\nque vive, por su planta cobijada,\nsin lucir galanuras ni elegancia.\n\nCuando se extiende en los desiertos prados\ndel invierno la pompa funeraria,\ncuando quedan los campos devastados\nY queda la llanura solitaria,\n\nEsa flor, que a las ráfagas resiste\nY del clima soporta los rigores\nbrota en un suelo desolado y triste,\nsobre la tumba de las otras flores.\nAsí, cuando perecen en la vida,\ndeshojadas en flor, las ilusiones,\ncayendo sobre el alma dolorida\nel hielo de las duras reflexiones,\n\nComo se abriga en el desierto prado\nesa flor, sin el sol de primavera,\naun en el corazón más desolado\nse abriga una esperanza postrimera.\n\nEn sus benignas leyes el Eterno\nmanda, tras la borrasca, la bonanza,\ny nos deja una flor en el invierno\ny en el dolor nos deja una esperanza."
  },
  {
   "id": "primavera",
   "titulo": "Primavera",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 21,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "144",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=154"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Soneto. Los cuartetos celebran el regreso de la primavera tras el invierno: despierta la naturaleza, canta el ave, el bosque se viste de nuevo. Los tercetos traen el contraste: en la vida humana la estación helada no tiene vuelta, y la voz suspira por una juventud que, despojada de ilusiones, pudiera volver a vestirse de ellas.",
   "temas": [
    "naturaleza",
    "memoria y tiempo",
    "desengaño"
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   "n_palabras": 86,
   "n_versos": 14,
   "n_estrofas": 4,
   "texto": "Después de la aridez y la tristeza\ny del invierno, pálido, inclemente\nhoy que ya vuelves, primavera ausente\ntodo a tu aliento a revivir empieza;\n\nDespierta la feraz naturaleza,\nsusurra el tibio y perfumado ambiente,\ncanta el ave, y el bosque nuevamente\nse viste de su espléndida belleza;\n\nDe la existencia en la estación helada\njamás torna a venir la primavera,\nya no se vé lucir esa alborada;\n\n¡Ah! ¡si también la juventud volviera!\nsi el alma, de ilusiones despojada\notra vez de ilusiones se vistiera..."
  },
  {
   "id": "tristeza",
   "titulo": "Tristeza",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 22,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "145",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=155"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Canción en cuartetos que encadena autorretratos de la tristeza: una flor que se dobla porque un gusano la devora por dentro, un cisne que quiere al menos morir cantando. La voz explica que el olvido es el sueño del alma, pero la suya no puede dormir, y mira con miedo el porvenir. Entre los poemas sueltos hay otra versión, titulada «El cisne».",
   "temas": [
    "desengaño",
    "memoria y tiempo",
    "soledad"
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   "n_palabras": 95,
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   "n_estrofas": 5,
   "texto": "(Canción)\n\nSoy la flor que en su tallo se dobla\nporque sufre, guardando en su seno\nde un gusano escondido el veneno\nque devora su triste vivir.\n\nSoy el cisne que canta doliente\nde su muerte el momento esperando,\nya que siempre he vivido llorando\nquiero al menos cantando morir.\n\n¡Cuánta pena contiene un recuerdo!\nolvidando, la pena se calma,\nel olvido es el sueño del alma;\npero mi alma no puede dormir.\n\nConsumida por honda tristeza\nel dolor se retrata en mi frente;\n¡cuán amarga es mi vida presente!\n¡cuán amargo será el porvenir!"
  },
  {
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   "titulo": "A una golondrina",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
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     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "146-147",
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    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Canción en cuartetos de once sílabas. Al caer la tarde, una mujer ve alejarse una golondrina y le envidia el vuelo que podría llevarla, más allá de mares extranjeros, a morir «junto a aquel ser que adora el corazón». Un estribillo repetido y el ruego de que el ave le cuente su pena al amado ausente dan al poema aire de romanza.",
   "temas": [
    "amor",
    "animales",
    "soledad"
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   "n_estrofas": 6,
   "texto": "(Canción)\n\nAve gentil que con gracioso alarde\nla inmensidad azul cruzando vas,\ny perdida en la niebla de la tarde\nvuelas y acaso nunca volverás.\n\nAve feliz ¡quién como tú pudiera\nrauda volar, llegar a otra región,\nir a morir incógnita viajera\njunto a aquel ser que adora el corazón!\nFija en el horizonte mi pupila,\nsin más anhelo que volverte a ver...\nvolverle a ver para morir tranquila\nestoy aquí mirando anochecer.\n\nAve feliz ¡quién como tú pudiera\nrauda volar, llegar a esa región,\nir a morir incógnita viajera,\njunto a aquel ser que adora el corazón!\n\n¡Oh! ¡si a la orilla de extranjeros mares\n¿puedes llevar un eco de dolor,\ncuéntale tú mis ansias, mis pesares,\nla inmensidad de mi constante amor!\n\nAve gentil, piadosa mensajera,\ncuéntale mi dolor por compasión,\ndile con cuánto anhelo, si pudiera,\nfuera tras ti mi amante corazón."
  },
  {
   "id": "a-un-arbol",
   "titulo": "A un árbol",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
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   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
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     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
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    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Nueve versos dirigidos a un árbol de copa robusta cuyo tronco, roto y quemado por un rayo, nadie adivina al verlo. La imagen se vuelve espejo humano: hay frentes puras y serenas que esconden corazones consumidos por pasiones ardientes. El giro final convierte la estampa natural en una lección sobre las apariencias.",
   "temas": [
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    "amor",
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   "n_palabras": 52,
   "n_versos": 9,
   "n_estrofas": 2,
   "texto": "¡Cómo se eleva tu robusta copa\nsin el más leve indicio de desmayo!\nnadie, al verte, adivina que tu tronco\nse halla roto y quemado por el rayo.\n\nNo me extraña que ostentes\nesos ramos tan frescos y floridos;\nhe visto puras y serenas frentes\nque esconden corazones consumidos\npor pasiones ardientes."
  },
  {
   "id": "rastrera-y-cineraria",
   "titulo": "Rastrera y cineraria",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
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   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "149-151",
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    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
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    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Diálogo entre dos plantas de cementerio. La cineraria, sembrada sobre una tumba, se marchita de sed y de vergüenza porque la viuda ya no viene a regarla, distraída «con los consuelos del mundo». La rastrera, que no necesita riego, promete cubrir la lápida con sus hojas como un manto de luto fiel. Una fábula breve y punzante sobre la inconstancia del duelo.",
   "temas": [
    "muerte",
    "matrimonio",
    "naturaleza"
   ],
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   "n_palabras": 203,
   "n_versos": 44,
   "n_estrofas": 9,
   "texto": "— Aun no ha llegado el invierno\ny estás mustia hermana mia,\n¿Es que este silencio eterno\nte infunde melancolía?\n\n¿Te apena ver trasplantada\ntu celebrada belleza\na la fúnebre morada\nde la paz y la tristeza?\n\n— No: causa bien diferente\nme infunde esta pena intensa,\nmi enferma y marchita frente\ndoblo al suelo... ¡de verguenza!\n¿No ves que la tierra dura\ndel tiesto que me sustenta\nni una gota de frescura\nrecibe, y que estoy sedienta!\n\n¿Por qué a regarme no viene\nya, con su llanto fecundo?\n¡Ah! ¡su viudez entretiene\ncon los consuelos del mundo!\n\nY en tanto, la savia pierdo\njunto a la tumba querida,\ny simbolizo el recuerdo...\n¡y esa alma ingrata me olvida!\n\nUn sarcasmo es mi presencia\nen esta santa morada:\nsoy la mentida apariencia\nque burla la fé jurada.\n— ¡Hermana! te compadezco,\ny al cabo, cuando sucumbas,\nyo reemplazarte te ofrezco;\n¡yo, rastrera de las tumbas!\n\nSí: yo que no necesito\ndel riego de aquellas manos,\ny así la inconstancia evito\nde los afectos humanos,\n\nme tenderé cariñosa\ncual amplio manto de luto\nconsagrando al que reposa\npobre, pero fiel tributo;\n\ny si, fingiendo congojas\nvuelve un día arrepentida,\n¡ya estará bajo mis hojas\nesa lápida escondida!"
  },
  {
   "id": "baile-de-mascaras",
   "titulo": "Baile de máscaras",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 26,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
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    },
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     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Fígaro (Buenos Aires), 12-12-1887"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Seguidillas que desarrollan una sola metáfora: la vida es un gran baile de disfraces donde todos, poetas incluidos, llevan careta. La alegría es el traje de fantasía que tapa una tristeza callada, y cada cual, al ver reír a los demás, se cree el único que sufre. Desde el comienzo de la historia, la tierra es «un gran teatro» que nunca cierra.",
   "temas": [
    "crítica social",
    "desengaño",
    "soledad"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 193,
   "n_versos": 56,
   "n_estrofas": 6,
   "texto": "La vida es un gran baile\ncon antifaces,\nen que todos los hombres\nusan disfraces;\ny en el que todos\nse adornan de oropeles,\nde varios modos.\n\nCada cual, con el traje\nque bien le viene,\nel papel representa\nque le conviene;\nen él hay farsas,\nenredos, y aventuras\nentre comparsas.\nEn él dan los poetas\nsus sinfonías\npoblando los espacios\nde melodías;\nmas, los poetas\ntambién, como los otros,\nllevan caretas.\n\nBaile en que toma entrada\ntodo el que nace,\ny en que es imprescindible\nque se disfrace;\ny en que bailando\nlas horas y los años\npasan volando.\n\nEn el baile del mundo\nnuestra alegría\nes traje deslumbrante\nde fantasía,\ncon que cubrimos\nla incógnita tristeza\nque reprimimos.\nY, cuando entre las turbas\nenmascaradas\npublica su contento\ncon carcajadas,\nun dolor en el alma\nel hombre siente\nque le desmiente\n\nEntonces, envidiando\nla dicha ajena,\ndevora ocultamente\nsu acerba pena,\ny se figura\nser él solo quien sufre\ntal desventura.\n\nDesde la edad primera\nla más lejana,\nen que se dió a la escena\nla historia humana,\ntoda la tierra\nno es más que un gran teatro\nque no se cierra..."
  },
  {
   "id": "nacer-hombre",
   "titulo": "Nacer hombre",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 27,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr-revisado",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "155-156",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=165"
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    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    },
    {
     "edicion": "Poetas bolivianos, comp. M. Plácido Molina y Emilio Finot, París: Ollendorff, 1908",
     "url": "https://archive.org/details/poetasboliviano00finogoog"
    },
    {
     "edicion": "Fígaro (Buenos Aires), 13-12-1887"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "En Peregrinando la cuarta estrofa no trae el verso «(Permitidme que me asombre)»; otras versiones en circulación (p. ej. Wikisource, que no cita su fuente) difieren bastante.",
   "resumen": "Sátira en seis estrofas sobre los privilegios masculinos. Cada escena enfrenta a una mujer capaz con un hombre inepto, jugador o infiel que, aun así, manda en casa, vota aunque apenas sepa firmar y puede vengar con sangre la infidelidad que a ella se le exige perdonar. Un paréntesis de falso asombro y el estribillo «porque es hombre» sostienen la ironía hasta el remate.",
   "temas": [
    "mujer y género",
    "crítica social",
    "humor e ironía",
    "política"
   ],
   "destacada": true,
   "n_palabras": 171,
   "n_versos": 40,
   "n_estrofas": 6,
   "texto": "Ella, ¡qué trabajos pasa\npor corregir la torpeza\nde su esposo! y en la casa,\n(Permitidme que me asombre)\ntan inepto como fátuo\nsigue él siendo la cabeza,\nporque es hombre.\n\nSi alguna versos escribe —\n— \"De alguno esos versos son\nque ella sólo los suscribe\";\n(Permitidme que me asombre)\nSi ese alguno no es poeta\n¿por qué tal suposición?\n— Porque es hombre\n\nUna mujer superior\nen elecciones no vota,\ny vota el pillo peor;\n(Permitidme que me asombre)\ncon sólo saber firmar\npuede votar un idiota,\nporque es hombre.\n\nEl se abate y bebe o juega\nen un revés de la suerte;\nella sufre, lucha y ruega;\nella se llama \"ser débil\",\ny él se apellida \"ser fuerte\"\nporque es hombre.\n\nElla debe perdonar\nsi su esposo le es infiel;\nmas, él se puede vengar;\n(Permitidme que me asombre)\nen un caso semejante\nhasta puede matar él,\nporque es hombre.\n\n¡Oh, mortal!\n¡Oh mortal privilegiado,\nque de perfecto y cabal\ngozas seguro renombre!\npara ello ¿qué te ha bastado?\nNacer hombre."
  },
  {
   "id": "vanidad",
   "titulo": "Vanidad",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 28,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "157-166",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=167"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Sátira en versos de ocho sílabas que vuelve contra los hombres un lugar común. Agapito se casa con Tomasa por amor propio, después de que una señora astuta le inventara un rival; Conrado, que de niño jugaba a los soldados, sacrifica familia y hacienda a su sueño de ser ministro de la Guerra; Baldomero deja a los suyos sin pan por pagar cerveza a sus amigos. Los tres sentencian, muy serios: «No es más que la vanidad».",
   "temas": [
    "mujer y género",
    "humor e ironía",
    "crítica social",
    "matrimonio"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 1014,
   "n_versos": 219,
   "n_estrofas": 11,
   "texto": "En belleza y en recato,\nen elegancia y buen trato,\nnadie ganaba a Tomasa;\npero pasaban los años\nsin que ni amigos ni extraños\ndijesen: — ¡Al fin se casa!\n\nLa buena doña Prudencia,\nmujer de mucha experiencia,\nsiempre que pensaba en ella\ndecía con suma gracia:\n— A esa niña, que es tan bella,\nle hace falta diplomacia;\nSi, cuando algún pobre diablo\ncomo el provinciano Pablo\nosa decirle: — ¿Me quieres?\nella, cual otras mujeres,\ndando una respuesta ambigua,\nle mantuviese a su lado,\notro fuera el resultado;\npues la experiencia atestigüa\nque, en tratándose de amor,\naunque parezca rigor,\nel hombre, aquí o en Europa,\nprocede como cordero:\nallá donde va el primero\nse lanza toda la tropa.\n\nUn día, (¡bendita hora)\nque la prudente señora\n(hablo de doña Prudencia)\noía la confidencia\nde un afligido amiguito\na quien su madrasta odiaba,\nentró de pronto Agapito,\nquien, cuando el mozo, cortado,\nse hubo al punto retirado,\nle preguntó qué pasaba,\ny ella, mintiendo a su gusto\naunque con intento justo,\nrespondió: — Lo que le pasa\nes bien triste: — el pobre niño\nestá loco de cariño.\n— ¿Y por quién? - ¡Ay, por Tomasa!\n— ¿Y ella? - No niega ni esconde\nque... también... le corresponde;\npero... Agapito lo oyó\ny cuando a solas se vió\ndijo para su capote:\n— ¡Corresponder a ese zote!...\ny concluyó en tono seco:\n— Si así fuesen mis deseos\nyo, con cuatro galanteos\ndesbancaba a ese muñeco.\n\nY en visitas y reuniones\ncon sátiras y alusiones\npersiguió tanto Agapito\nal inocente amiguito,\nque éste, al creerse desafiado\npor un celoso obstinado,\nquiso el guante recoger;\n¡Oh, Prudencia! ¡qué mujer!\nA la mañana siguiente\nresultó que Tomasita,\nya mentada por bonita,\na falta de un pretendiente\nse halló con dos a escoger,\n¡Oh, Prudencia! ¡qué mujer!\nTras los dos vino un tercero,\ny muy pronto llegó el día\nen que Tomasita oía\na cada paso un \"Te quiero\".\n\n¿Queréis saber el final\nde esta batalla campal?\nEs que, triunfante, orgulloso,\ny juzgándose dichoso\ncon el amor de Tomasa,\nhoy Agapito se casa;\ny es que, este mismo Agapito\nsiempre que encuentra ocasión\nde lucir su gran saber,\nque la dá de gran perito:\nen pleitos del corazón,...\ndice con formalidad:\n— Sólo por la vanidad\nse gobierna a la mujer.\nCuando niño don Conrado\nno tuvo mayor empeño,\nni otra ambición, ni otro sueño\nque llegar a ser soldado.\n\nApenas pasaba el día\ny era llegada la tarde,\nConradito repartía\nentre la turba infantil;\nen cada caña un fusil,\ny haciendo ruidoso alarde\nde militar disciplina,\nmarchaban con grande afán\nal son del ra-ta-plan-plan\nde un perol de la cocina.\nNo hay que añadir que era él\nsiempre, el jefe del cuartel;\npues se pegó tan de veras\na las tales charreteras,\ny este juego peligroso\nle dejó tal afición,\nque hoy, que es ya padre y esposo,\naun le turba la razón.\nUna vez, yo no sé cuándo,\nque se encargaba del mando\nde un cuerpo de nacionales,\nse le pasó en un oficio\nla orden de entrar en servicio\npor razones muy formales;\nincidente ¡oh, desventura!\nque le agravó la locura,\npues conserva tal memoria\nde ésta su pasada gloria,\nque, cuando, como es costumbre,\nse habla al amor de la lumbre\nde militares campañas;\nél, entre grandes hazañas\ncuenta que en esa ocasión\nhizo, con tropa cansada,\nuna gran marcha forzada\nde la plaza al malecón.\n\nY no vayais a pensar\nque esta inocente manía\nes el solo resto hoy dia\nde su afición militar;\nno, que honra, hacienda, reposo,\ndeber de padre y esposo,\nhogar, salud, no son nada\nhasta no ver realizada\nla ambición con que delira,\npor la que lucha y conspira.\nSu ambición ¿sabéis cuál es?\n— la misma de su niñez;\nla de asombrar a la tierra\ncon su fama de valiente\ny del ejército al frente\nser... ¡Ministro de la Guerra!\n\nY este mismo niño-grande\nque quiere dar de balazos\ny despachar a sablazos\na quien le chiste o lo mande,\ncuando llega la ocasión\nde deplorar las rarezas,\nlos caprichos y flaquezas\ndel femenil corazón,\ndemostrando su saber\ndice con gran seriedad:\n— No es más que la vanidad\nel móvil de la mujer.\n\nEl pobre don Baldomero\nque cuando pierde el sombrero\nmanda a su criado a buscarlo,\npues no puede reemplazarlo,\ntiene una corte de ociosos\ndescarados y viciosos\nque, conociéndole el flaco,\nhallan el medio sencillo\nde dedicarse al dios Baco\na costa de su bolsillo\ny en una sola vigilia\nle hacen gastar de una vez\nlo que su pobre familia\ngastar pudiera en un mes;\nque la gran felicidad,\nla gran superioridad\nde este pobre caballero,\ntenga o no tenga dinero,\nes hacer gala de él,\ny en entrando en un hotel\ndar un golpe en una mesa\ny gritar: —¡Mozo! ¡Cerveza!\n\nEn horas de lucidez\nen que la atroz realidad\nle presenta la verdad\nen toda su desnudez;\ncuando de sí mismo duda\nal contemplar a su esposa:\nen cuya cara llorosa\nhay siempre una queja muda;\ny sin pan y sin abrigo\nvé a los hijos de su amor\ny es, por la fuerza, testigo\nde este cuadro acusador;\ncuando cobra la lechera,\ncuando apura la casera\ny todo es ansia y tormento,\npresa de atroz reacción\nsiente un gran remordimiento;\nmas llegada la ocasión,\naunque vé que vá al abismo,\nnunca tiene el heroísmo\ndecir: — \"Yo me detengo;\nno gasto lo que no tengo\"\ny cede a la complacencia\nde ostentar magnificencia\nY hacer de Rotschild o Creso\nél, que nunca tiene un peso;\npues este mismo sujeto\n— que existe yo lo prometo,\nhablando con sus amigos,\nde sus flaquezas testigos,\nde achaques del corazón,\ncon profunda convicción\ny un aire de gran saber\ndice con formalidad:\n— No es más que la vanidad\nlo que pierde a la mujer.\n¡Oh! ¡cuánto estudio profundo\nha hecho el hombre en este mundo,\nhoy, como en otras edades,\npor hacernos más felices\ndescubriendo las raíces\nde nuestras debilidades!\n\nde nosotras: Ocupado...\npocas veces ha mirado\na su propio corazón."
  },
  {
   "id": "el-solteron",
   "titulo": "El solterón",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 29,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "167-168",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=177"
    },
    {
     "edicion": "Ráfagas, París: Ollendorff, s.f. [1913, 1914 o 1917 según las fuentes]",
     "url": "https://books.google.com/books?id=SBVUAAAAMAAJ"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Don Teodosio huyó del matrimonio para vivir a su gusto y, ya viejo y achacoso, descubre que aquella libertad era aislamiento: sin hijos ni sobrinos, depende de manos pagadas y de favores de vecinos que lo atan más que nunca. Los pareados de once sílabas cierran con una moraleja: no hay mejor libertad que la de los afectos.",
   "temas": [
    "matrimonio",
    "libertad",
    "soledad"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 127,
   "n_versos": 20,
   "n_estrofas": 4,
   "texto": "Por ser libre y vivir sin más negocio\nque hacer siempre su gusto, don Teodosio\nhuyó del matrimonio y sus deberes,\nlanzado de la edad a los placeres;\n\nPero al cabo es hoy viejo, y desvalido\nal verse de miserias consumido,\ntiene que conocer con sentimiento\nque aquella libertad es aislamiento;\nQue en el sostén, a un viejo necesario,\nnunca se esmera el brazo mercenario;\nque dá comodidades la opulencia,\npero no cura la moral dolencia,\n\nY que, por falta de hijos o sobrinos,\nal valerse de extraños y vecinos,\nquedando a esos favores obligado\nhoy se vé más que nunca esclavizado.\n\nDeber, necesidad — no importa el nombre —\nsiempre estará ligado el hombre al hombre.\nNo hay mejor libertad que las prisiones\nque encadena a santas afecciones."
  },
  {
   "id": "el-eco",
   "titulo": "El eco",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 30,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr-revisado",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "169-175",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=179"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Juego de ingenio en estrofas de ocho sílabas. Carlos acaba de perder a su madre y quiere huir al Beni, a la tierra de los gomales, para olvidar; cada pregunta que lanza la contesta el eco con sus últimas sílabas. Esas réplicas, que van del luto al hogar y a la fe, lo hacen dudar y le recuerdan sus deberes con los hermanos pequeños. El remate convierte la despedida en un último juego de palabras.",
   "temas": [
    "familia",
    "humor e ironía",
    "fe"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 496,
   "n_versos": 100,
   "n_estrofas": 25,
   "texto": "Muerta mi madre querida\nde la existencia reniego\nperdí el valor y el sosiego\ny voy al Beni a buscarlos......Carlos.\n\nQuién me nombra?, quién me escucha?\nTal vez alivio me ofrece?\nQué alivio puede ser ese?\nQué alivio?, no lo adivino......divino.\n\nDivino? quién me asegura\nque he de hallarlo, ni un segundo\nel que ha perdido en el mundo,\ntodo lo que poseyó?......yo\n\nTú? si estos hondos pesares\npara tí no son extraños,\ndí ¿calmará con los años\nmi doliente frenesí?......sí\n\nQuizá al hacerme soldado\ndistraiga la pena mía,\nmás de ello ¿qué sacaría\nmi familia abandonada......nada.\n\nSiento impulsos de arrojarme\ndel mal en las turbias olas,\npero me pregunto a solas:\n¿qué le espera al disoluto?......luto.\n\nViajando en estas montañas\nahogaré mis impresiones,\n¿qué traeré de las regiones\ndonde crecen los gomales?......males.\n\nMales, ahí qué mal mayor\nque el que olvidar necesito?\nSi esos peligros evito\nme queda esperanza alguna?......una\n\nCuál? en la borrasca humana\n¿Cuál es ese puerto amigo\nque al náufrago presta abrigo,\ncuando ya se siente ahogar?......hogar\n\nHogar, ay! hogar sin madre?\nQuién como ella cariñosa,\nrogando a Dios fervorosa\ncambiará mi mala estrella......ella\n\nElla! ¿contempla a sus hijos\naun través de la muerte?\nVela, en fin, por nuestra suerte\nque es una triste novela?......vela\n\nSi me consagro a los míos\ndominando mi tristeza,\nquién mi noble fortaleza\nrecompensará mañana?......Ana.\n\nAna, si acaso me ausento\nno bastarán sus cuidados\n¿con los niños desgraciados\nque un hermano abandonó?......no\n\nQué le falta para ser\nla madre de sus hermanos?\nJamás descansan sus manos\ny es mucha su seriedad......edad\n\nTienes razón, es muy niña,\nvolver, aunque no me cuadre\ny ser con ellos un padre\nes mi deber; lo declaro......¡claro!\n\nEl astro de mi destino\n¡cuán pronto llega a su ocaso!\n¿guarda el porvenir acaso\npara mi secreto alguno?......uno\n\nCuál es? ¿qué cambio pudiera\nhacerme amable la vida\ny en mi dolorosa herida\nun bálsamo derramar?......amar\n\nAmar? qué? si tu me ofreces\nuna esperanza lejana,\nyo confío en el mañana\ny mis lamentos acallo......callo\n\nCallas? me voy. Es muy justo;\nde mi poca edad recelas\ny el secreto no revelas\nporque soy un mozalbete......vete\n\nNo me iré, sigue afirmando\nque mi vida tiene objeto;\nque en mi suerte hay un secreto\ny te creo y lo persigo......sigo\n\n¿Qué me das si te obedezco\ny desisto del viaje,\nal territorio salvaje\nde la goma y el café?......fe\n\n¡Cuánto influye en mí tu acento\nsolitario, misterioso!\nEres un ser poderoso\nporqué calmas mis desgracias......gracias\n\nQuiero saber con quién hablo\naunque al oírlo me asombre.\nOh! viejo! díme tu nombre\nno decirlo, es un desaire......aire\n\nAire que vienes del cielo\nQuién eres? en tí confío\nhas derramado rocío,\nen mi corazón ya seco......eco\n\nEco fiel de mi destino\ncon sentimiento te dejo.\n¿A quién pediré consejo\ncuando a tí te diga adios?......A Dios."
  },
  {
   "id": "caridad",
   "titulo": "Caridad",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 31,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "176-177",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=186"
    },
    {
     "edicion": "Fígaro (Buenos Aires), 17-11-1887 (identificación probable)"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Una niña da limosna a una mendiga anciana y el poema se detiene en la escena como ante un cuadro: una termina su camino y la otra empieza una vida que también traerá dolores. La voz imagina el futuro de ambas, la plegaria agradecida de la anciana y el olvido de la niña, y ve en ese gesto una «muda lección de caridad cristiana».",
   "temas": [
    "pobreza y caridad",
    "infancia",
    "fe"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 205,
   "n_versos": 32,
   "n_estrofas": 8,
   "texto": "Nunca inspira la infancia más ternura\nnunca es más adorable su inocencia,\nque cuando se la ve, dichosa y pura\nremediar el dolor y la indigencia.\n\nUna niña sensible y bondadosa\nen lo más bello de su edad temprana,\nalargando con mano cariñosa\nuna limosna a una mendiga anciana,\n\nEs una escena hermosa y expresiva\ncuyo recuerdo encanta la memoria.\nDe la anciana y la niña compasiva\nse puede imaginar toda una historia!\nUna ve cerca el fin de su carrera\nque el término será de sus pesares\ny la otra va a cruzar la vida entera,\npara encontrar dolores a millares.\n\nY la niña a la anciana compadece\npor su triste mirar que le designa\nlo mucho que ha sufrido y aún padece.\n¡Ah, cuál será de compasión más digna!\n\nCuando se acerque el postrimer momento\nde la infeliz anciana proletaria\nde aquella niña que le dió sustento,\ntal vez se acuerde en su última plegaria.\n\nY la niña, luchando cada día\n\nserán tantas las lágrimas que vierta\nque olvidará a la anciana que vivía\nde harapos y de lágrimas cubierta.\n\n¡Cuántas ideas de ternura y llanto!\ninspiran esa niña y esa anciana.\nCuadro elocuente de un ejemplo santo,\nmuda lección de caridad cristiana!"
  },
  {
   "id": "ayer-en-la-tarde",
   "titulo": "Ayer en la tarde",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 32,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "178-181",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=188"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Dedicado «A mi hermana Amalia», evoca un anochecer al aire libre: la hermana canta, la voz la escucha recostada y la luna se nubla. De pronto ambas descubren que lloran a la vez, por algo que las dos recuerdan y que el poema no nombra. Las estrofas de ocho sílabas, sencillas y musicales, cierran con el ruego de que nunca se separen.",
   "temas": [
    "familia",
    "memoria y tiempo",
    "arte y música"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 257,
   "n_versos": 55,
   "n_estrofas": 9,
   "texto": "A mi hermana Amalia.\n\nTras un día caluroso\n— Vino un fresco anochecer,\nY en un sitio delicioso,\nBajo un pabellón frondoso,\nNos detuvimos ayer.\n\nYo me apoyé en su regazo:\nTu te pusiste a cantar:\nMi vista vagó al acaso\nHasta que allá en el ocaso\nVimos la luz expirar.\nEl cielo estaba sereno,\nAzul toda su extensión;\nY yo apoyada en tu seno,\nEl corazón de paz lleno,\nEscuchaba tu canción.\n\nLa luna brilló en el cielo\nY a su tibia luz te vi\nComo un ángel de consuelo\nQue hubiese plegado el vuelo,\n— Viniendo a velar por mi.\n\nLargo tiempo te escuché.\nTu voz me gustaba tanto,\nQue algunas gotas de llanto\nVertí, sin saber por qué.\nTan dulce fué mi tristeza,\nQue me fingí en un Edén;\nAlcé entonces la cabeza\nY descubrí con sorpresa\nQue tú llorabas también...\n\nTal vez en algo pensamos\nA un mismo tiempo las dos;\nAlgo, que ambas recordamos;\nPor eso juntas lloramos\nCon el eco de tu voz.\n\nLa luna, clara y hermosa,\nDe pronto se obscureció,\nY tras nube vaporosa,\nSu luz ténue, misteriosa,\nMayor encanto vertió.\nY a la luna semejante\nCuando te volví a mirar,\nEn tu cándido semblante,\nNublado por un instante,\nVi tus lágrimas brillar.\n\nNunca en medio del contento\nTe ví tan angelical;\nY era que en aquel momento\nTe alumbraba el sentimiento\nCon su llama celestial!\n\nRoguemos al cielo santo\nQue siempre unidas así,\nSe alce a un tiempo nuestro canto,\nSe confunda nuestro llanto.\nY no te apartes de mi."
  },
  {
   "id": "la-oracion-de-la-tarde",
   "titulo": "La oración de la tarde",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "poesía",
   "orden": 33,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "182",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=192"
    },
    {
     "edicion": "Fígaro (Buenos Aires), 01-12-1887"
    }
   ],
   "anio_publicacion": 1943,
   "resumen": "Dos estrofas de oración vespertina a la Virgen, a quien llama «Lirio del Nazaret» y lucero de la tarde. La voz le pide por los pecadores humildes y sus miserias y, recordando el anuncio de Gabriel, repite con el ángel el Ave María. Breve y devota, alterna versos de siete y once sílabas.",
   "temas": [
    "fe",
    "pobreza y caridad"
   ],
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   "n_versos": 12,
   "n_estrofas": 2,
   "texto": "¡Lirio del Nazaret, flor de los cielos,\nLucero de la tarde,\nYo te saludo al declinar el día!\nRuega por los humildes pecadores,\nAlivia sus miserias y dolores,\nSanta madre de Dios y madre Mía!\n\nPor el anuncio que Gabriel te trajo\nCuando bajó del cielo,\nDe que el hijo de Dios tuyo sería,\nYo repetir en tu alabanza quiero\nLas palabras del Angel mensajero\nY te digo con él: Ave María!"
  },
  {
   "id": "violeta-o-la-princesa-azul",
   "titulo": "Violeta o La Princesa Azul",
   "obra": "peregrinando",
   "genero": "teatro",
   "orden": 34,
   "fuente_base": "peregrinando-hathitrust",
   "fidelidad": "ocr",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Peregrinando, La Paz: Editorial La Paz, 1943",
     "paginas": "183-204",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000020271282&seq=193"
    }
   ],
   "subgenero": "juguete dramático",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "«Juguete dramático. Imitación de un cuento fantástico» (versión de la Cenicienta), en tres actos y en verso. El reparto impreso nombra a las alumnas que lo estrenaron (Emilia Quiroga como Violeta, entre otras); se transcribe al comienzo. Texto armado automáticamente a partir del OCR por columnas (nombre del personaje y acotaciones breves a la izquierda, versos a la derecha): sin revisión verso a verso, puede haber versos atribuidos al personaje vecino, palabras perdidas y restos de OCR.",
   "resumen": "Juguete dramático en verso que adapta el cuento de la Cenicienta. Violeta, huérfana que sirve en casa de la vanidosa Truchona y sus hijas Presunción y Cándida, rechaza a la Envidia y la Soberbia, que la tientan disfrazadas de viejas, y un hada premia su lealtad llevándola al baile del príncipe Talismán. El reparto impreso, todo femenino, nombra a las alumnas que lo estrenaron, con Emilia Quiroga como Violeta y Rita Quiroga como el príncipe.",
   "temas": [
    "educación",
    "moral y conciencia",
    "pobreza y caridad"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 4420,
   "n_parrafos": 206,
   "texto": "PERSONAJES — AUTORES\n\nVioleta: Emilia Quiroga.\nTruchona: Elena Ugarte.\nPresunción: Julia Vergara.\nCándida: Célida Galindo.\nHada: Elisa Morató.\nEnvidia: Rafaela Ugarte.\nSoberbia: Juana Galindo.\nPríncipe Talismán: Rita Quiroga.\nChambelán: Laura Astigueta.\nMinistro: Etelvina Serrano.\nGrandes del reino: Raquel Saavedra, Raquel Sainz.\nPaje 1o.: Flora Jaguer.\nPaje 2o.: Elvira Lozada.\nPaje 3o.: Dolores Méndez.\nPaje 4o.: Herminia Saavedra.\nDamas de baile: Emilia Cabrera, María Jaguer, Enriqueta Méndez, Felicia Saavedra.\nDamas y Caballeros de baile.\n\nACTO PRIMERO\n\n(Cocina en casa de Truchona. — Al fondo puerta que comunica con las otras piezas de la casa — a la derecha ventana a la calle y puerta que conduce a la calle; a la izquierda el fogón)\n\nESCENA 1a.\n\n(Violeta sola sentada delante del fogón y ocupada de la cocina)\n\nVIOLETA.— (meditando) La noche! su sombra amiga\nDa tregua a toda faena,\nY con su calma mitiga\nLa cuotidiana fatiga. (Pausa).\nBajo su manto piadoso\nTodo se entrega al reposo...\n(mirando al fondo) ¡Cosa bien singular es\nQue hayan gentes en el mundo\nQue hagan la vida al revés\n(volviendo a mirar al fondo) Que en ocio pasen el día\nY que luego en estas horas\nDe paz y recogimiento\nCorran a buscar placeres\nY bullicio y movimiento. (Pausa).\n(meditando) ¡En esos centros pomposos\nDe los suntuosos salones\nHallarán íntimas dichas\nQue llenen sus corazones?\nAh! tal vez no hay dicha igual\nA la de hacer la tarea.\nCon todo valor y empeño,\nY luego, sin ningún mal\nEntregarse a un dulce sueño;\nY así, al llegar la mañana\nDespertar con alegría\nY hallar la carga del día\nMas llevadera y liviana. (Pausa).\n(Con amargura) Solo yo no tengo nunca\nHora segura de paz;\nEn vano durante el día\nCumplo todos mis deberes;\nAy! no se acaban jamás.\n\nESCENA 2a.\n\n(Dicha, Presunción, luego Cándida, ambas vestidas de baile)\n\nPRESUNCION.— (desde adentro) Cenicienta! Cenicienta!\nCenicienta!\n\nPRESUNCION.— Dónde estas? te has vuelto sorda\nNo oyes cuando tu ama grita?\n\nVIOLETA.— Ya estaba yendo\n\nPRESUNCION.— Mañosa!\nTenme esta luz (se la dá) y este espejo\nMas no te aproximes mucho:\nCon tu traje sucio y viejo\nDas asco. Asi (le enseña a sostener la luz y el\nespejo y se arcegla peinado).\nMás arriba.\n\nESCENA. Za DICHAS, CANDIDA.\n\nPresunción\n\nCANDIDA.— Dónde has dejado el espejo?\n(Presunción se vuelve y la mira)\n\nPRESUNCION.— Ay! qué enorme polizón!\n(algo cortada) Te parece?\n\nPRESUNCION.— Y está a un lado,\n(Cándida se arregla el polizón. Presunción se\nacaba de areglar al espejo).\n\nPRESUNCION.— (Volviéndose a Cándida)\n¿Me sienta bien el cerquillo?\n\nCANDIDA.— Está muy exagerado\n\nPRESUNCION.— Pero, ¿qué guantes tes has puesto:\nNo te llegan ni a los codos\ninrporta, quién que es bonita\n\nCANDIDA.— (picada) o Está bien de todos modos.\n\nESCENA 4a. e DICHAS, TRUCHONA\n\nLa casa está en un desorden!\n\nTRUCHONA.— ¡Qué fatiga! qué trajín!\nPor fin, estais ya vestidas?\n(con satisfacción) Yo estoy hecha un figurín\n\nTRUCHONA.— Qué país este! ¿cuánto cuesta\nQuerer vestir a la moda.\nPor una vara de cinta\nHay que andar la ciudad toda\n¡Y requieren estos casos\nTantas, tantas menudencias!.....\nQue cold crem, que perlas líquidas,\nQue aceites, polvos y esencias:\nQue esmalte para los dientes,\nQue carmín, que tinta china,\nQue brillo para el cabello,\nY en fin, tanta medicina!....\nY el vestido? y los adornos?\nby said Y los guantes? y el calzado,\nY las cintas y alfileres,\nY las flores y el peinado?\nEs menester que agradeis\nAl Príncipe Talismán;\nY que no resulten vanos\nTanto gasto, tanto afán\n\nCANDIDA.— Ay mamá! Cómo palpita..\nMi corazón a esa idea\nTener palacios y coches\nY lacayos de librea!\n¡Qué ilusión!\n\nTRUCHONA.— (poniéndose el abrigo que trae, en la mano)\na ya prontas?,\n\nCANDIDA.— (imitándola) Yo estoy\n(Presunción que habrá desaparecido, vuel—\nve corriendo con una caja de polvos y co—\nmienza a empolvarse la cara delante del es—\npejo que sostiene Violeta)\n\nTRUCHONA.— (a Presunción)\nYa tu hermana sale\nY tú, niña, todavía\nEstas ahí dale que dale\n(imitando la acción de empolvarse)\n(Cándida volviendo aparecer por la puerta\nderecha y lanzándose hacia el fondo preci—\npitadamente).\n\nCANDIDA.— ¡Mi abanico! lo olvidaba\n\nPRESUNCION.— ¡Ay mamá, este lazo rosa (señalando)\nNo es del color del vestido:\nVoy a 43 estar muy azarosa.\n\nCANDIDA.— (Que aparecerá en ese momento con el abanico\nen la mano)\nEres descontentadiza\nCuál ninguna ¡si es igual!\n\nPRESUNCION.— (con enojo!) Como a tí te importa poco\nQue yo vaya bien o mal!\n\nTRUCHONA.— ¡Qué niñas! si siempre un baile\nHa de dar disgustos -tales,\n(con firmeza) Es ésta la última vez A\nQue os llevo a las fiestas:réales.\n\nCANDIDA.— conciliador) Partamos pronto\nceo (se dirige a la puerta de la derecha, la abre\npartymira hacia afuera)\nYa sopla el viento,\nLa noche es lóbrega, ya va a llover:\nPartamos pronto!\n(aparte) (Llegó el momento\nDe ir a las fiestas, ¡ay, qué placer!)\n\nTRUCHONA.— Tú, cuida la casa que queda desierta:\n(a Violeta) copio tome, Ciérrate la puerta:\nque a nuestro regreso la cena esté hervida:\nMe has oído? ¡cuidado que te halle dormida..\ne\n\nVIOLETA SOLA\n\n(Mirando hacia afuera, antes de cerrar la puerta)\n\nVIOLETA.— La noche es lóbrega. Ya sopla el viento\nComo un anuncio de tempestad.\n¡Qué triste noche!\n¡Quén hondo silencio, qué oscuridad!\n(Cierra la puerta y avanza hacia el centro\nde la escena)\nQué miedo tengo de verme sola,\nY hasta que vuelvan ¿cuánta ansiedad!\n(En este momento la Envidia y la Sober—\nbia grotezcamente vestidas de viejas, salen\nde dos rincones opuestos de la pieza y avan—\nzan cautelosamente hasta que se juntan y\nhablan a media voz entre sí a espaldas de\nLa noche lobrega, A ya S0P: ola el viento\n\nSOBERBIA.— La noche es o\nNADIA y truenos si no realizo mi pensamiento\n(mi-;. zando en torno «ampo): esco oo Cuál si seres invisibles\n\nVIOLETA.— Me'acecharan\nSaliendo de algún rincón,\nAsí late apresurado\nMi angustiado corazón.\n(Descubriendo a la Envidia)\n«(dando un grito ahogado) Ay! ¿Quién sols?\n\nENVIDIA.— hay-que asustarse:\nYo.soy una pobre vieja::.\nauto Que se mete en los rincones\nataco Soberbia se le presenta por el otro lado.\nVioleta lanza otro grito ahogado)\n\nSOBERBIA.— Yo soy otra que aconseja\nA inexpertos corazones\n\nVIOLETA.— ¿Por qué puerta habeís entrado?\n\nENVIDIA.— ENVIDIA(Tocandola familiarmente en el hombro)\nNiña, la pasión humana\nSi halla la puerta cerrada\nSe mete por la ventana.\n(Señalando a la puerta por donde Trucho—\nna y sus hijas han:salido)\n¿Has visto qué galas lucen?\nQué orgullosas y elegantes?\n¡De seguro que esta noche\nConquistan muchos amantes!\n\nSOBERBIA.— Tú que vales mucho más\nTe quedas sucia y mugrienta.\no\n\nENVIDIA.— Violeta es tu lindo nombre\nY te llaman Cenicienta.\n\nSOBERBIA.— Tú, barres, cocinas, y lavas y planchas\nPara que tus amas vivan a sus anchas,\nY en pago ¿qué sacas de tanto trabajo?\na como vives: vestir un andrajo!\n\nENVIDIA.— Te llaman la fea, te llenan de ultrajes:\nSi tu te vistieses con los ricos trajes\nDe esas dos harpías que se llaman bellas,\niS tú te adornaras cual se adornan ellas,\nQué fueras? ¡Tontuela, mírate al espejo\nOye. mi consejo:\nHay, por ese mundo,:placeres que ignoras\nY muchas señoras\nQue al verte en su casa, rendidas y atentas.\nLlamándote suya se hallarán contentas:\no esta casa, ¿nos quieres seguir?\n\nSOBERBIA.— Ambas te ofrecemos un gran porvenir,\n\nVIOLETA.— (Indignada) Callad! ¡No os escucho! no quiero, no quiero!\nVivir así, humilde, cual vivo prefiero: (paasa)\nYo soy una pobre que huérfana un día\nSin pan, sin abrigo, vagando gemía,\nY entonces una extraña que hoy es mi señora,\nFué mi protectora:\n¡Yo, ser una ingrata? ¡prefiero la muerte!\n\nSOBERBIA.— nn\n\nENVIDIA.— Mereces tu suertel\nos\ncaiaa sde] «¡ESCENA Sas E Guó%\npr\n\n(CIERRA LA PUERTA.:CON ENERGIA. \"LUEGO VUELVE: A SU OGUPACION ENEE: ASIENTO\" DELANTE\n\nDEL*FOGON) A px st by te Luo Hitos\n(cantando) La: (can-Lapaz: bendita de la inocencia\n\nVIOLETA.— Yel cumplimiento de mi deber,\nLos PUEOS (gOces de la conciencia\nSon mi fártuna,.som: mil: placer.\nCuando «ne, tientan con ruído vano\nLas sugestiones de la ambición,\nYo a su maldito consejo insano\nCierro las puertas.del:cosaZón.\n(Al comenzar da estrofa, se oye una\nmúsica lejana, que acompaña a su voz y\nse va acentuando)....\n\nVIOLETA.— ¡Qué música pes\nQué escucho? (se pone de pié)\n(Música más fuerte) cesa!...\nY en dónde será?\n¡Crece el ruido! Ah!\ne un trueno. Una viva claridad\ninunda la pieza, y envuelta nelta una ÚnA, nube\n_de el \"Hada. cón su:\n¡metenso, aparece\nvarita en la (no)\n\nJT LEA\n\ni\n\nVIOLETA, HADA\n\nE r\no?\n\"lok escoñidida,\n\nHADA.— Cuya ignorada hermosura,\nReside humilde y oscura\nEn este pobre rincón.\nVengo a premiar tus virtudes:\nTu pureza acrisolada,\nLa lealtad bien probada\nDe tu noble corazón.\nEsas dos viejas astutas,\nQue han venido hace un momento,\nQuieren robarte el contento,\nTurbando la santa calma\nDe tu alma,\nSon la Soberbia y la Envidia.\nSu perfidia\nNo ha logrado convencerte.\nPues bien, yo que soy una Hada\nMe hago cargo de tu suerte.\nAllá en un regio palacio,\nYa comienza en este instante,\nCon gran pompa y regocijos,\nUna fiesta deslumbrante.\nTodas las damas del reino,\nLas más nobles y orgullosas,\nY las que se consideran\nMas hermosas,\nCoronadas\nDe diamantes y de flores,\nAllá lucen a porfía\nDe sus galas los primores.\nyo quiero que concurras\nA esa fiesta,\nNiña graciosa y modesta.\n\nVIOLETA.— Yo, Señora?\nYo, que no salgo de casa?\n\nHADA.— Pues saldrás, y será ahora\n\nVIOLETA.— De esta traza?\n\nHADA.— Cámbiate un vestido limpio,\nPero sencillo y modesto.\n\nVIOLETA.— Yo no tengo más vestido\nQue éste que ahora llevo puesto;\n\nHADA.— No importa ¡soy poderosa.\nYo le pediré al arroyo,\nLos matices y cambiantes\nDe sus líquidos diamantes.\nA las nubes de los cielos,\nAlbos velos:\nSus dorados resplandores\nA la luna:\nY vistiéndote con ellos,\nIrás mejor que ninguna.\n(Adelanta un paso y levanta la vara)\nQue al contacto de mi vara,\nSe desgarren tus harapos\nY que caigan a tus pies;\nY te cubra otro vestido,\nDigno de tu linda cara.\nDigre\n(La toca con la vara, cae su vestido viejo,\ny aparece vestida de princesa)\nYa lo es.\n\nVIOLETA.— (asombrada) Ay señora! qué portento!\nYo estoy muda de estupor!\n\nHADA.— Aguarda, aguarda un momento,\nY tu asombro\nSerá aún mil veces mayor.\n¿Qué hay aquí? (se acerca al fogón)\nUna calabaza,\nY dos conejos y un gallo\nYo haré de ello una carroza,\nY dos pajes y un caballo.\n(Da con la vara un golpe en cada uno de\nlos objetos. La carroza, los pajes y el ca—\nballo aparecen).\n\nHADA.— (A los pajes) Marchad! (Los pajes avanzan tirando el ca—\nballo).\nMarchad pronto y saludad (Pajes saludan).\n(A Violeta) Ahora ven, sube a tu coche\nVe al baile y serás la reina\nDe esta noche.\nDe esta noche.\n(vacilando) Mis amas fueron al baile...\n\nHADA.— Nadie te ha de conocer.\n\nVIOLETA.— Pero de no hallarme en casa\n¿Qué pensarán al volver?\n\nHADA.— Tú volverás antes que ellas.\nOyeme bien: el encanto\nQue ha brotado de mi vara\nSólo dura hasta las dos:\nSi tardas más, se deshace.\n(Violeta subiendo al coche y a tiempo de\npartir).\nEstá bien, adiós!\n\nACTO 2o.\n\n(Representa el salón principal de palacio. En el lugar de preferencia se ve el trono)\n\nESCENA 1a.\n\n(Chambelán y Ministro)\n\nCHAMBELAN.— (Entrando) Vestíbulo, corredores\nSalas, todo está atestado\nDe señoras y señores.\nQué gran fiesta\nPues esta,\nQue con trompas y clarines,\nSe ha mandado publicar\nDe este reino poderoso\nEn los últimos confines?\n\nMINISTRO.— El rey y la reina madre\nQue están ya tan viejecitos\nQue pronto á morirse van,\nQuieren deponer el mando\nEn el príncipe heredero,\nEl hermoso Talismán,\nQuién para subir al trono\nDebe elegir una esposa.\nY esta es la causa importante\nDe esta fiesta suntuosa.\n\nCHAMBELAN.— (mirando al fondo) Ya entran ellas,\nHan venido las más bellas;\nLlevan joyas deslumbrantes,\nSe pasean, cuchichean:\n¡Qué ansiedad la que devoran\n¡Cómo cuentan los instantes!\n\nESCENA 2a.\n\n(Salen los empleados. Van apareciendo, unos tras otros, muchos grupos de señoras, que se pasean en el salón)\n\nGRUPO 1o.— (una observando) ¿A qué ha venido Milagro\nCon la fea de su hija?\nTendrá acaso la esperanza\nDe que el príncipe la elija?\n\nGRUPO 2o.— (otra) Las que ya no somos jóvenes\nA qué venimos al baile?\nA estar con las bocas secas\nSin movernos de un asiento;\nY yo, que tengo jaquecas!\n\nTRUCHONA.— Jaquecas?; cuanto lo siento.\nAy comadre!\nCuádrenos o no nos cuadre\nEstas molestias pasemos:\nPor casar a nuestras hijas\nMil sacrificios hacemos.\n\nGRUPO.— (una) No veo hasta ahora a Pulida,\nQuizá no vendrá!\n\nOTRA.— Quizá.\n\nOTRA.— Es que es dama de gran tono,\nY sólo ha de aparecer\nCuando se apaguen las luces\nCerca del amanecer.\n\nGRUPO.— (una) Qué lujosa está Hechicera.\nCuántas perlas y diamantes!\nY las rentas de su casa\nNo alcanzan para los guantes.\n\nUNA.— TRUCHONA\n\nTRUCHONA.— El viejo rey en persona,\nSe ha empeñado\nEn que trajese a mis hijas\nY tuve, por darle gusto,\nQue vencer inconvenientes.\n(aparte) (Vieja alabanciosa, mientes).\n\nESCENA 3a. DICHAS, EL PRINCIPE Y SU SEQUITO\n\nla puerta), (anuncinado). Su alteza!\n\nUJIER.— (Entra el principe demas se inclinan res—\npetuosamente a su paso).\n\nCHAMBELAN.— Suene la orquesta.\nQue va a comenzar la fiesta.\n(Rompe la música. Se toman las parejas\ny comienza el baile). El príncipe ha ido a\ndar y a un lado de la escena. Contempla un\nmomento el salón, y:luego se retira hacia\nel fondo con paso mesurado, seguido de su\nséquito. En el momento en que el baile va\na terminar, aparece otra vez y va a dar el\nmismo lado de-la escerma. Las parejas, des—\npués de bailar pasen al rededor del\nel salón.)\n\nPRINCIPE.— (aparte) Virginales ilusiones,\nEncantadoras visiones\nDe celeste claridad,\nNunca sereis reemplazadas\nCon la pobre realidad.\nCruzásteis por mis ensueños\nComo relámpago ardiente,\nY ese incendio de mi mente\nSe apagó:\nNadie siente\nLo que en medio de esta fiesta\nSiento yo:\nEs el hielo funerario\nDe un sudario\nDe mortal indiferencia,\nEn que el alma envuelta está,\nY en mi letargo profundo\nNingún estruendo del mundo\nPuede conmoverme ya.\nYo he soñado una hermosura\nQue nunca, nunca he de ver,\nY la persigo en mis sueños\nY la adoro,\nVisión, fantasma o mujer.\n(Se nota gran conmoción en la puerta del sa—\nón).\n\nUJIER.— ¡Paso, la Princesa Azul!\n\nESCENA ú4a. DICHAS,, VIOLETA\n\nEn el momento en que el príncipe ha de—\nclamado el último verso, dpitste: Violeta\nconducida por el Chambelán. El príncipe\nmita hacia la puerta en este momento, atrai—\nla por el rumor descubre y se que—\nda estático.\nQuién es?\n\nOTRA.— Quién es?\nbib\nOh! qué hermosa!\n¡de\n\nOTRO.— Es una hada!\nde\nEs una Diosa?\n\nOTRO.— al\n\nOTRO.— Es una ninfa\n\nPRINCIPE.— (aparte) (Eres tú!)\n(Se adelanta a recibirla)\n(La conduce) Venid Señora esperaba\nPorque en mis sueños.aos conocía;\nVenid Señora, que ya sois dueña\nDel alma mía.\n(La conduce hasta el pié del trono)\nSubid al trono, que es vuestro puesto.\n\nVIOLETA.— (resistiendo) No, por favor!\n\nPRINCIPE.— (instándola) Si yo me viese dueño y Señor\nDe veinte reinos, con sus poderes,\nCon su esplendor,\nFuera muy poco para ofrecerlos\nPor vuestro amor.\nLa obliga a sentarse en el trono. Rompe la\nmúsica. El príncipe de pié apoyado en el\nrespaldo del sillón, aparenta conversar con\nella con animación. Salen varias parejas que\nal bailar demuestran estarlos observando.\nEn el momento de acabar el baile, el prín—\ncipe baja del trono con Violeta y da una\nvuelta por el salón.\nde señoras (al verlos pasar)\n\nUNA.— Es demasiado encogida,\nLe falta sagacidad.\n\nOTRA.— Se conoce\nQue-no se halla acostumbrada\nA brillar en sociedad.\n\nGRUPO.— de cabalieros.\nUNOo elegante y hermosa,\nY parece muy discreta.\n\nOTRO.— Para agradarnos a todos\nSólo le falta una cosa:\nSer coqueta.\n(En o. este momento se oyen distintamente\ndos campanadas)\n\nVIOLETA.— (aparte) Las dos! ay! como transcurren\nLas horas en un momento,\nCuando les presta sus alas\nEl contento.\n(al príncipe) Gran Señor! sonó la hora\nDe partir y os digo adiós!\n\nPRINCIPE.— Vos, partir! no, no es posible,\nPartir vos!\nCuando apenas os he visto\nY os he hablado,\nVáis a huir así, tan pronto\nDe mi lado?\n\nVIOLETA.— Dad, Señor, vuestro permiso\nQue no puedo detenerme.\n\nPRINCIPE.— Mas, por qué?\n\nVIOLETA.— Porque es preciso!\n\nPRINCIPE.— Dos horas más y os concedo\nPartir ¡por favor, Señora!\n¡Dos horas más!\n\nVIOLETA.— No, ¡no puedo!\nNo es posible, ni una hora.\n\nPRINCIPE.— Pues entonces permitidme\nQue os siga a vuestra morada.\n\nVIOLETA.— (aparte) (con sobresalto)\n(La hora sonó y ha espirado\nEl plazo que me dió el Hada).\n(al príncipe) Príncipe, sois caballero\nY me vais a prometer\nNo seguirme.\n\nPRINCIPE.— Qué os impele\nLejos de aquí? Quién os llama?\n\nVIOLETA.— Señor, me llama el deber.\n\nPRINCIPE.— Decidme entonces, siquiera\nVuestro nombre.\n\nVIOLETA.— En vano fuera,\nMi condición es oscura,\nY dó fuéseis a buscarme\nNadie hubiera\nQue mi nombre conociera.\n\nPRINCIPE.— ¡Nadie os conoce en el mundo!\nQuién sois pues? sois un arcano?\n¿De dónde venis y en dónde\nVuestra existencia se esconde?\n¿Sois acaso una sirena\nQue os vais a hundir en las ondas\nDe la tranquila laguna,\nPara cantar en las noches\nBajo el rayo misterioso\nDe la luna?\nSeais, quien seáis, Señora,\nYo os seguiré por lo mismo,\nAunque fuese necesario\nBajar tras vos a un abismo!\n\nVIOLETA.— (Con solemnidad) La magnánima acogida\nQue esta noche,\nSeñor, me habeis dispensado,\nEn mi alma agradecida\nRecuerdo eterno ha grabado;\nPero son más de las dos\nY no puedo detenerme,\nAdiós, pues!\n\nPRINCIPE.— (Con tristeza) Princesa, adiós.\nLa acompaña hasta la puerta\nvuelve a la escena y queda un momento\nabismado.\nESCENA 5a.\n\nDICHAS VIOLETA\n\nCHAMBELAN.— (entrando precipitadamente)\nSeñor! señor! la princesa\nHa partido\nCon tal prisa y arrebato,\nQue a: subir a su carroza\nDejó caer este zapato.\n\nPRINCIPE.— (apoderándose del zapato)\nDadme esa prenda preciosa,\nQue con ella\nYo sabré encontrarla al fin.\n(con firmeza) Yo la quiero!\nAunque fuese necesario\nRecorrer el mundo entero\nDe un confín a otro confín.\n(Telón rápido)\n\nACTO 3o.\n\n(La escena representa la cocina del primer acto)\n\nESCENA 1a. VIOLETA SOLA\n\n(meditando) Qué buena! qué complaciente!\nHa sido conmigo el Hada.\nVengo del baile y me encuentro\nCon la cena preparada.....\n¡Es una extraña aventura.....\nmi ¿ll agitación crecía\nCon su empeño y su porfía....\nQué susto tuve ese rato\nQue se me cayó el zapato!\nQué emoción!\nAun me late el corazón (pausa)\nSerán ellas? siento pasos.\n\nTRUCHONA.— (desde fuera) Cenicienta!\n\nVIOLETA.— (con.desaliento) Ya vienen a maltratarme.\n(Levantándose con decisión)\nNo importa ¡Estoy tan contenta!\na\n\nESCENA Za. DICHAS, TRUCHON A Y- sus HIJAS\n\nDOS\n\nTRUCHONA.— Te habrás echado a dormir.\n\nVIOLETA.— señóra, no dormía.\n\nPRESUNCION.— Pues entonces,\nPor qué tardaste en abrir?\n\nCANDIDA.— Cenicienta, está la cena?\nTráela pronto y que esté buena\nPues traigo mucho apetito,\nQue allá en la cena del baile,\nNo he probado ni un poquito.\n\nTRUCHONA.— No has cenado?\n\nPRESUNCION.— Yo tampoco.\n\nTRUCHONA.— Mas, por qué?\n\nPRESUNCION.— Yo no lo sé.\nLa agitación, el corsé.\n\nCANDIDA.— Sobre todo, en una niña\nRomántica, espiritual,\nEl ir a éngullir aun baile,\nEs cosa que sienta mal.\n\nTRUCHONA.— Pues yo, sin mas miramientos,\nMe dediqué a los pudines\nY a los dulces y al jamón\nCon toda satisfacción.\nBuenas noches, cenad pronto\nY no tardeis en:venir,\nQue ya es precise dormir.\n\nESCENA 3a. DICHAS MENOS TRUCHONA\n\nPresunción y Cándida.se sientan a la mesa\nque les.ha:preparado Violeta.\n\nPRESUNCION.— Aún se agitan en mi pecho\nLas mil gratas emociones\nDe que he gozado en..el baile.\n¡Qué porte, qué servidumbre,\nQué salones!\nPoblados de reberveros.\n¡Qué selecta muchedumbre\nDe damas y caballeros!\n\nCANDIDA.— Ay, qué fiesta! Cenicienta,\nDe veras te compadezco,\nPorque tú que eres sirvienta,\neres fea y mal vestida,\nNunca verás en tu vida,\nNi de lejos,\n_Lo-que es una fiesta real.\n\nPRESUNCION.— ¿Y qué entiende de esas cosas\nE\nEsta-.estúpida, animal?\n\nCANDIDA.— Presunción) Y -el príncipe? galante\nY atento ha estado conmigo.\n\nPRESUNCION.— no lo he notado,\nSia nipguna\nHabló, ni miró siquiera,\nSi ha estado loco, embobado\nCon esa hermosa extranjera.\n\nCANDIDA.— Violeta) Ay Cenicienta! qué mujer esa,\nCuánta sorpresa, qué admiración,\nCuando anunciaron allá en la entrada\nDel gran salón;\nY vimos todos aparecer\nUna figura tal, tan hermosa,\nQue imaginamos que era una Diosa,\nNo una mujer!\nSus ojos bellos\nResplandecían;\nEran dos astros, cuyos destellos\nSoñar hacían\nTodo un Edén,\nGuinda su boca,\nSu faz rosada,\nY coronada\nSu altiva sien,\nDe una diadema de Venturinas\nY de esmeraldas\nY a las espaldas\nUn amplio tul\nDe estrellas blancas, en campo azul.\nAy Cenicienta! cómo quisiera\nQue tú la vieras por un instante\nBreve siquiera.\nCuál será ella, cuál su hermosura,\nQue hasta nosotras, las escogidas,\nQuedamos todas oscurecidas.\nAl verla el príncipe corrió a su encuentro,\nLe dió la mano y entre el rumor\nQue suscitaba tan gran favor,\nCruzó la estancia diciendo a su oído\nFrases de amor.\n\nPRESUNCION.— Y para colmo de distinciones\nSobre su trono la colocó.\n\nVIOLETA.— (aparte) Ah ¡si supieran, que esa era yol\n\nCANDIDA.— Debe estar amaneciendo,\nVámonos a descansar.\n\nPRESUNCION.— (a Violeta) Madruga tú, Cenicienta,\nQue hay mucho que trabajar.\nGuarda los trajes de baile\nQue nos vamos a quitar,\nY que todo esté dispuesto\nPara la hora de almorzar.\n\nESCENA 4a. VIOLETA SOLA\n\n(Se asoma a una ventana y se pone a con—\ntemplar hacia afuera).\n\nVIOLETA.— Ya se anuncia la mañana,\nCon esa lumbre lejana\nDel naciente amanecer. (pausa)\nEn el pálido horizonte\nUn opalino celaje\nComienza a resplandecer.\nSu diáfana claridad\nYa dora las altas cúpulas\nDe la tranquila ciudad.\n(observando con interés)\nMas, qué gente es la que veo\nAllá de la larga calle\nEn el lejano confín?\nEntre un grupo que se mueve\nSuena la voz de un clarín.\n(sobresaltada) Vienen, paran a la puerta\nY dan extrañas señales,\nTraen un séquito inmenso\nCon trompetas y atabales. (Cierra la ventana)\nSiento mi pecho turbado\nPor extraña confusión.\n\nESCENA 5a. DICHA LUEGO PRESuNCION CANDIDA CHONA CHAMBELAN Y GUARDIA\n\n(Se oyen golpes a la puerta)\nQué ruido es ese?\n\nPRESUNCION.— Qué pasa?\n\nCHAMBELAN.— (desde afuera) Abrid!\n\nVIOLETA.— No sé quiénes son.\n\nTRUCHONA.— ¿Quién osa allanar mi casa\nAsí, contra toda ley?\n(desde afuera) Abrid! en nombre del rey!\n\nCHAMBELAN.— (Truchona hace seña a Violeta para que\nabra y esta obedece).\n(Entrando) Perdonad dignas señoras,\n\nCHAMBELAN.— Que en hora así tan temprana\nMe presente a molestaros:\nEs por orden soberana!\nEspero que no os ofenda\nQue yo cumpla mi consigna:\n(Saca el zapato de su escarcela)\nEs buscar la propietaria\nDe esta prenda. (Les presenta el zapato).\n\nPRES. Y CAN.— Y Zapato!\n\nCHAMBELAN.— Desde.las dos,\nHora en que acabó la fiesta,\nAndamos buscándola.\nY media ciudad,.lo menos\nHemos recorrido ya.\n(Recobra el zapato) Es tan estrecho y tan fino\nQue la primera mujer\nQue pueda calzarlo, es ella,\nLa incógnita misteriosa\nQue lo ha dejado caer..\nEl Príncipe que la:adora,\nPues «¿Pues ya la ha.visto.usta vez,\nNecesita a todo trance\nHallarla, saber quién és.\n\nCHAMBELAN.— (a Cándida) Probáoslo Señorita (se lo dá a\nTruchona para que se lo pase)\n\nTRUCHONA.— (examinándolo) Es el veinte.\n\nCANDIDA.— Ese es mi número.\n(Hace la prueba de ponerse el zapato)\nNo entral ¡qué media maldita!\n\nTRUCHONA.— A vera tí Presunción? (le pasa:el zapato)\n(Ap.) (Tira, tira cuanto puedas).\n\nPRESUNCION.— Tampoco, ¡qué maldición!\n(Devuelven el zapato al Chambelán)\n\nCHAMBELAN.— ¿No habrá ninguna otra joven\nQuién pueda calzarlo aquí?\n\nVIOLETA.— (aparte) ¿Es posible que la suerte\nSin lanzarme una mirada\nPase tan cerca de mí?\n\nTRUCHONA.— Ninguna más hay.\n\nTRUCHONA.— Cenicienta?\n\nUNA.— Señor, esa es la sirvienta.\n\nCHAMBELAN.— No importa, la orden que traigo\nEs buscar sin distinción\nDe clase ni condición.\n(A Violeta) Niña, acercaos, venid,\nSentaos, (le señala asiento) Y permitid.\n(Pone una rodilla en tierra y le mide el zapato)\n\nTRUCHONA.— (a sus hijas) Habeis visto necio igual?\n\nPRESUNCION.— ¡Qué bruto! probarle a esa\nUn zapato,\nQue ha perdido una princesa?\n\nCANDIDA.— Mentecato!\n\nCHAMBELAN.— (de pie) Está cabal.\n(Al guardia) Trompeta! dad la señal\n(Suena el toque de una corneta).\n\nA ESCÉNA 6a. DICHAS Y EL PRINCIPE CON. TODO SU SEQUITO—\n\nTRUCHONA.— sus hijas y Violeta,\n\nTRUCHONA.— Soberano Señor,\nVuestro noble embajador\nSufre una equivocación.\n(aparte) Ay! no sé si en su presencia\nMe venda mi confusión.\nSeñor...\n\nPRINCIPE.— Señora, despacio.\n(a Violeta) Niña, ¿fuisteis vos, decid,\nLa que hace poco en palacio\nOs hicisteis anunciar\nComo la Princesa Azul?\n(Presunción y Cándida aparte prorrumpene\nen una carcajada).\n\nPRESUNCION.— Cenicienta yendo al baile!\nVestida de rico tul!\n\nCANDIDA.— Fuisteis vos? decidlo.\n\nPRINCIPE.— Yol.....\n\nVIOLETA.— Dí la verdad, que no fuiste.\n\nTRUCHONA.— No fuisteis?\n\nPRINCIPE.— (amedrentada) No Señor, no.\n\nVIOLETA.— (Movimiento de desaliento en el principe que\nse aparta a un lado).\n\n\"ESCENA 7a. Y ULTIMA\n\nDICHAS HADA (apareciendo)\nDos flores que arranca la brisa al soplar,\n\nHADA.— Y apartan flotando las ondas del mar,\nY llegan perdidas al otro confín;\nDos flores, dos vidas,\nEn playa remota se juntan al fin\n(Al Príncipe y a Violeta)\nVenid, vuestras almas en una juntad:\n(Al Príncipe) Vos sois la nobleza\n(A Violeta) Tú eres la bondad,\n(Al Principe) Ella es esa imagen que visteis\n(en sueños,\n(A Violeta) El premia tus nobles constantes\n(empeños;\nSed juntos, por siempre felices los dos;\nMas antes de daros el último Adiós:\n(A Violeta) Tú, que ahora comienzas un\n(nuevo vivir,\nRetén las verdades que voy a decir:\nDe seres humanos el mísero pecho,\nJamás está libre de estrecha pasión;\nComo es muy difícil bajar sin despecho (seña—\nlando a Cándida y Presunción).\nTambién es difícil subir sin orgullo,\nSin que ese murmullo (señala al séquito del\nPríncipe)\nDe vanos aplausos,\nNo infunda ambición..\nNiña: sube al trono, sencilla, cual eres,\nNo quede en tu pecho\nDe antiguos rencores mortal cicatriz:\nSi males te han hecho,\nPaga con favores:\nSé humilde, si quieres ser siempre feliz.\n\nDUO MUSICA\n\nPRIN. Y VIOL. Dos flores que arranca la brisa al soplar\nY apartan flotando las ondas del mar\nY llegan errantes al otro confín\nDos flores perdidas,\nDos náufragas vidas,\nEn playa remota se juntan al fin\nEn hora bendita brilló la bonanza;\nLa santa esperanza\nSus brazos tendió,\nPasó el torbellino\nBurlando al destino,\nDos almas, dos vidas, en una juntó.\n\nCHAMBELAN.— Y en premio de los aplausos\nQue se nos han prodigado,\nCon tan bondadoso afán,\nQueda el público invitado\nA las bodas de Violeta\nY el Príncipe Talismán.\nFIN"
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   "notas": "Tres actos, en verso, con canciones. Texto armado automáticamente a partir del OCR por columnas (nombre del personaje y acotaciones breves a la izquierda, versos a la derecha): sin revisión verso a verso, puede haber versos atribuidos al personaje vecino, palabras perdidas y restos de OCR.",
   "resumen": "Pieza fantástica en verso, con canciones y coros. Verbena, campesina huérfana, quiere en secreto a Malek, un cazador expósito enamorado de la princesa Estrella, prometida del disoluto príncipe Donoso. Un hada vestida de luto la envía ante la reina Yedra, a quien veinte años atrás le robaron a uno de sus dos hijos recién nacidos para hacer de él «todo un hombre» a fuerza de pruebas. Con una invasión de fondo, la obra opone la nobleza de cuna a la del corazón.",
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   "texto": "PERSONAS VERBENA HADA NEGRA YEDRA HADA: BLANCA ESTRELLA DAMA 1a. DAMA a. MALEK MONTERO REY PRINCIPE DONOSO PAJES ABANDERADO SOLDADOS PUEBLO.\n\nACTO PRIMERO\n\nDecoración de bosque al anochecer. izquierda del\npectador una fuente rústica en primer término segundo tér—\nmino y a cierta altura, simulando la falda de una montaña, una cho—\nza en cuyo interior se verá arder la luz del hogar. Al fondo un\nsendero que se pierde entre los árboles. Toda la escena obstruída\npedrones cubiertos de musgo.\n\nESCENA 1a.\n\nSe oye cantar a Verbena dentro de la cabaña de donde sale\ndespués de un momento cantando la última estrofa mientras des—\nciende los escalones de piedra que bajan de la cabaña a la fuente..\nTrae un cantarillo apoyado en la cadera.\n\nVERBENA.— Triste es mi vida\n¡Siempre lo fué!\nHuérfana al mundo\nSola crucé.\na NO A\nEn mi pasado\nNo hallo ¡ay de mi!\nNingún recuerdo\nGrato y feliz.\nSeres a... el cielo\nMe arrebató\nPadres del alma\nMi santo amor.\nCuando los ojos\nVuelvo hacia atrás\nVuestro recuerdo\nMe hace llorar.\n¡Tarde triste!\n\n(Deja el cantarillo en el pretíl de la fuente y se sienta en una\n\nVERBENA.— Í\npiedra).\nEn vano espero\nTriste el sol se esconde ya. (Observando el horizonte)\nNo hay un alma en el sendero\nNo vendrá.\nEl, hijo de la montaña,\nNo ha mucho tan orgulloso\nDe su amada libertad,\nHoy, dejando su cabaña.\nCorre ansioso\nA la ciudad.\n¿Es que ya cabe en su pecho.\nAlguna humana ambición?\nLo sospecho,\nY no engaña el corazón!\n(Pausa) Cuando empieza opaco el día\nLentamente a declinar,\nA esta fuente, cual solía\nYa no viene a conversar.\n(Parándose) ¿Por qué me hiere su ausencia\nSi yo debo, por mi bien\nPagar con indiferencia\nSu desdén?\nMientras llena su cantarillo aparece Malek por el fondo.\n\nESCENA 2a.\n\nVERBENA.— MALEK\n\nMALEK.— Buenas tardes\n\nVERBENA.— Ah!\n\nMALEK.— ¿Qué hacías Verbena?\n\nVERBENA.— ¿Malek tú aquí?\n\nMALEK.— Me ausenté por tantos días\nQue no pensabas ya en mi.\n¿Qué hacías?\n\nVERBENA.— Encender lumbres\nDejarlas ardiendo en mi hogar,\nVenir, como de costumbre\nMi cantarillo a llenar,\nY volver y hacer mi cena.\n\nMALEK.— ¡Cuán exenta de dolor\nEs tu existencia Verbena\nCuánto envidio tu candor!\n\nVERBENA.— ¡Me envidias!\n\nMALEK.— El que aquí siente (se toca el corazón)\nRugir una tempestad,\nNS\nEnvidia del inocente\nLa noble serenidad.\n\nVERBENA.— (Cambiando de tono)\nOye Malek, soy tu amiga\nTienes penas bién lo sé\nY confiármelas te obliga\nMi cariño.\n\nMALEK.— Para qué?\nHoy, a comprender no alcanza\nTu sencillo corazón\nDe un amor sin esperanza\nLa negra desolación.\n\nVERBENA.— (Con amargura) sin esperanza ¡qué triste\nTal amor debe ser.\n\nMALEK.— hay en el mundo, no existe\nMás horrible padecer.\n\nVERBENA.— Más ¿porque así de la suerte desconfiar?\nEres generoso y fuerte\nLucha, ya sabrás triunfar\n\nMALEK.— Cuando a un bien inaccesible\nSe alzó la mirada audaz\nLuchar contra el imposible\nEs locura; nada más:\n¡Si supieses quien es ella!\n\nVERBENA.— Sé quién es\n\nVERBENA.— La Princesa Estrella\n\nMALEK.— sabíasl......... Ya lo ves:\nLo dice su nombre mismo:\nElla es un astro, yó un hombre,\nNo te asombre\nMi dolor:\n¡Cómo salvar el abismo\nQue me aparta de su amor!\no. La\n\nVERBENA.— Pero, a fuerza de esperanza, de trabajo,\nDe virtud,\n¿Acaso el hombre.no. alcanza\nLa más alta excelsitud?\n\nMALEK.— Nombres vanos\nLos que acabas de invocar\nHay ciertos dones humanos\nNN\nQue los intentos más sanos\nNo consiguen alcanzar;\nLa nobleza de la cuna\nro\nCon su aplomo y su altivez.\n¿Puede la fortuna\nA la sencilla honradez?\no\n\nVERBENA.— La nobleza verdadera\nReside en el corazón.\n\nMALEK.— Ah! ¡Que cual tu lo dijera\nLa común preocupación!\n\nVERBENA.— Nacer noble! ¡No es herencia\nLa nobleza; en casos mil,\nPuede verse en la existencia\nNoble al padre, al hijo víl.\nQuién al par que su nobleza\nCuenta un bajo proceder...\n\nMALEK.— Lleva erguida la cabeza\nPor doquier.\nY aunque el vicio lo rebaje\nY aunque fuese el más ruín,\nEl exige el homenaje\nDe su rango noble al fin.\n\nVERBENA.— Ah! por éso su carrera\nDesligados del deber,\nMas villanos que cualquiera\nTantos nobles suelen ser\n\nMALEK.— Y por eso el insensato\nQue éste reino.va. a heredar,\nHijo ingrato\nQue a su madre hace llorar.\nEse príncipe Donoso\nQue al mundo escándalo dió\nEs el prometido esposo\nDe la mujer que amo yo.\n\nVERBENA.— Ah! Malek, eso es horrible\nEs injusto es inmoral.\n\nMALEK.— Pero entretanto es posible y es real.\n\nVERBENA.— Sabe ella tu amor?\n\nMALEK.— Lo sabe\nY acepta la dura ley?\n\nMALEK.— Otra conducta no cabe\nVerbena, en la hija de un rey.\nAh! mil veces bendecida\nNuestra humilde condición,\nPor al menos en la vida\nNo encadena el corazón.\n\nMALEK.— observa fijamente)\nNiña pura, qué dirías\nTú, que ignoras que es querer,\nSi las, tristes ansias mías\nDe éstas desventuras\nNo medra en tí la raíz.\n\nVERBENA.— Soy, como tú lo aseguras\nTan feliz..\nVerbena, cuando me abismo\nEn mi profundo dolor,\nTengo miedo de mí mismo\n\nVERBENA.— Ten valor;\nQué intentas?\n\"VABLUBK a mis montes\nCorrer del olvido en pos\nBuscar otros horizontes\nAy, ¡decirte adiós! (le tiende la mano)\n\nVERBENA.— Cuando en tus negros desvelos\nTe abrume la soledad\nY pienses en los consuelos\nDe una sincera amistad,\nSi es verdad que se mitiga\nLa pena, con la expansión,\nRecuerda que soy tu amiga (te tiende la mano).\n\nMALEK.— Gracias!\n\n(Le ajusta la mano y se marcha ella lo contempla hasta -Que desaparece y luego cae sobre el asiento de piedra).\n\nVERBENA.— Muere corazón! (pausa)\nSueños de una vida entera\nMe habeís robado la paz\nY erais sólo una quimera\nNada más, ¡ay! nada más!\n\nESCENA 3a.\n\nVERBENA.— HADA\n(Mientras ma lentamente, Verbena permanece abismada, el Hada se aproxi\nma lentamente, cantando hasta pararse detrás de ella).\n\nHADA.— Quien quiera a mi lado\nLuchar y sufrir\nDespués, algún día\nSerá muy feliz\nYo visto de luto\nY adoro la luz\nMi objeto, es doquiera\nPremiar la virtud.\nmm e A A\n\nVERBENA.— Jamás tan hondamente el sentimiento\nDel aislamiento\nSe apoderó de mí:\nJamás tan hondamente como ahora.\n(Al pasear la mirada en torno suyo descubred\nHada).\nAh! ¿quién será? Señora.......\n\nHADA.— ¿Qué haces aquí?\nAsí, tan abatida y tan llorosa\nDejas tu choza,\nY vienes a ésta fuente a meditar?\n¿No oyes la triste voz del rúdo-viedto\nComo un lamento\nRonco Bramar?\nCercana tempestad nos amenaza:\nVuelve a tu casa\nLa tarde va a morir,\nLas flores han doblado la cabeza\nY sienten con tristeza\nQue es hora de dormir.\nVerbena! Mustia estás.\n\nVERBENA.— Sabeís mi nombre!\n\nHADA.— Que no te asombre\nOírmelo, Verbena pronunciar,\nPorque más de una vez en la montaña\nEn torno a tu cabaña\nVine a velar.\nSé que allí vives sola y respetada\nTan sólo resguardada\nPor una verde valla de arrayán;\nQue animosa y confiada en tu inocencia\nGanas tu subsistencia\nCon noble afán.\n\nVERBENA.— ¿Cómo me conoceís? yo...... nó os hé visto\nA\nYó a los humildes amo y los asisto\nCuando al deber inclinan la cerviz;\nSoy quién amables dones les reparte\nY vengo cariñosa a preguntarte.\nSi eres feliz.\n\nVERBENA.— Felizi ¿Puede alguien serlo? hasta mi choza,\nAlguna vez, vagando silenciosa\nYedra, la Reina, se dignó llegar,\nen mi recinto estrecho\nMis humildes enseres y mi lecho\nLa ví lánguidamente contemplar,\nCon un acento que el dolor ahogaba\nMe dijo que envidiaba\nDe mi existencia el plácido solaz,\nY que rango y honores trocaría\nPor gozar, sólo un día\nDe dulce paz.\nSi de una Reina el corazón se inclina\no\nA envidiar a una campesina\nA los demás mortales ¿que quedó?\nYedra, la Reina viuda, tú la viste\nVagar callada y triste?\nTambién Verbena, la conozco yo. Sufro es cierto\n\nVERBENA.— Ay! señora, en su semblante\nVaga constante\nLa huella de un oculto padecer.\n¡Alguna vez al conversar contigo\nDe su dolor testigo\nTe quiso acaso hacer?\nAllá en tu choza\nDe sus penas la causa misteriosa\nNo te contó?\nseñora, a la ignorante niña de la campiña:\n\nVERBENA.— Ah!\n(Tal honra no tocó.\n\nHADA.— conozco el secreto que ella esconde;\nConozco en dónde\nRemedios su dolencia puede hallar,\nSi esa eterna y mortal melancolía\nTe inspira simpatía\nVerbena, tu la puedes consolar.\n\nVERBENA.— Yo señora? yo pobre?\n\nHADA.— Si pudieses\nHacerle un grande incomparable bien\nLo harías?\n\nVERBENA.— Sí mil veces\nSin vacilar\n\nHADA.— Pues bien:\nAnda mañana mismo a su palacio\nY pídele que te conceda espacio\nPara hacerle una gran revelación.\nSi las augustas puertas\nNo hallas abiertas\nY no alcanza favor tu petición.\nProcura hacer llegar a sus oídos\nFielmente repetidos\nEstos conceptos, nada más Que ya\nSe halla cumplido el plazo señalado\nEn día muy marcado\no o\nVeinte años ha!\na verás que a éste sólo llamamiento\nComo al toque de oculto talismán\nDe su regio aposento\nLas puertas, al momento\nSe te abrirán\nDile entonces allí, por cuenta mía\nQue si aún ansía\no\nEl bien que le he robado recobrar.\nQue si aún anhela que a sus brazos vuelva\nEn el \"Castillo Negro\" de la selva\nSus vasallos le pueden encontrar.\n\nVERBENA.— Lo haré, lo haré señora.\n\nHADA.— (Cambiando de tono)\nCuéntame ahora\nNiña, tus propias penas, sin.mentir,:.)\nme encanta la virtud, premiarte puedo\nY aún antes de escucharte te concedo\nLo que vas a pedir.\n\nVERBENA.— Ay! señora, os dirijo muy deveras\nLas gracias más sinceras\nPero yó....... nada quiero para mí,\nMás, si sóis dueña de envidiables dones,\nSi mandais en humanos corazones\nYo os quisiera pedir.........\n\nHADA.— ¿Qué cosa? dí!\n\nVERBENA.— Hay un ser cuya suerte me interesa\nY que hoy se halla sumido en la tristeza\n\nHADA.— Y ese, ¿quién es?\n\nVERBENA.— Mi protector, mi amigo más sincero\nDe mi niñez.\n\nHADA.— Malek?\n\nVERBENA.— El ama a la Princesa Estrella;\nHaced que también ella\nLe ame y acepte su cariño fiel,\n\nHADA.— (mirándola fijamente)\nTu quieres a Malek (con intención)\n\nVERBENA.— (Se cubre la cara por un primer impulso de rubor\ny luego con arranque)\nDiera mi vida!\nPorque fuese feliz!\n\nHADA.— Niña oe mo querida\nTú eres tan insensata como él.\n\nVERBENA.— En el más noble y fervoroso afecto\nDe un hombre el más perfecto\nmoi\nMatar la fé.\nY sólo porque es Príncipe, a Donoso\nHacer dichoso\nAy, señora ¿por qué?\nAy! porque esa mujer no rompe el yugo\nCon que amarrar su voluntad le plugo\nA la injusta y absurda sociedad?\nDa ganas de pensar que las mujeres\nSon unos pobres seres\nLlenos de cobardía y vanidad—\n\nHADA.— por qué eseMalek? en la ternura\nDe una niña tan candida y tn\npura\nNo echa de ver,\nY se deja encantar con la hermosura\nDe una orgullosa y frívola mujer?\n¿Qué ama en ella? no más que su belleza.\nSu prestigio, la aureola de Princesa\nQue corona su sien:\nSólo de las mujeres no te asombres:\nConfiesa que los hombres\nSon frívolos también.\nVence pues tu cariño y tu tristeza\nEn tu auxilio llamando a la razón,\nQue por algo se lleva la cabeza\nEncima de éste loco corazón.\nRíete, niña de tu llanto amargo\nY, hasta mañana ¿Cumplirás mi encargo?\nVerás a Yedra?\n\nVERBENA.— Descansad en mí\nLa buscaré señora\n\nHADA.— Y ya hablaremos\nHasta mañana!\n\nVERBENA.— ¿En dónde nos veremos?\nEn esta fuente?\nAAN a\n\nACTO SEGUNDO\n\nDecoración del primer-acto. escena es en la mañana.\n\nESCENA 1a.YEDRA MONTERO.— DAMAS PAJES.\n\nYEDRA.— Cierta estoy no me equivoco:\nEste mismo es el sendero\nPor donde vine hace poco,\n(señalando)\nAllí había.un naranjero.\nDoblemos por éste lado (torciendo hacia la izquierda)\nNo hay miedo a que me extravie\n\nMONTERO.— Mejor será que yo os guíe;\nCon cuidado,\nSeñora en esos zarzales\n\nYEDRA.— setá el primer espino\nQue en su escabroso camino\nHollen mis plantas reales.\n(Deteniéndose)\nEse sauce que hay en frente\nLo conozco, que a su pie\nLa última vez me senté.\n(Entrando en la escena)\nYa estamos, esa es la fuente\nY esa la linda cabaña\nCercada de enredaderas\nQue se columpian ligeras\nAl soplo de la montaña.\nEstoy rendida.\n\n(Toma asiento en una piedra. Damas y pajes ocupan, sus s$- tios correspondientes).\n\nYEDRA.— Montero!\nSube luego a esa casita\nala niña que la habita\nAvísale que la espero.\n\nMONTERO.— (Capricho más singular)\nDiré vuestro augusto nombre?\n\nYEDRA.— mo temas que se asombre\n(Mucho tenemos que hablar)\n(Reflexionando)\n¡Quién pudiera imaginar\nQue una Reina en su aflicción\nConsuelos y protección\nVenga a una choza a buscar!\n\nDAMA.— Pero, qué negocios tiene\nCon esa joven?\n\nDAMA 2a.— Quién sabe!\nLa situación es tan grave\nEn Palacio, que.... ya viene.\n\nDAMA.— ¿Que hacemos, nos retiramos?\n\nESCENA 2a.\n\n(Dichos Verbena, que aparece a la puerta de su choza?\n\nVERBENA.— Decís que la Reina Yedra....\n\nMONTERO.— Tomó asiento en una piedra\nY os espera\n\nVERBENA.— Vamos ¡vamos!\n\nYEDRA.— (Parándose)\nNiña!\n\nVERBENA.— Si mi soberana\nQuiso con su sierva hablar\n¿Por qué no la hizo llamar?\n\nYEDRA.— Te trato como a una hermana\n(A su comitiva)\nDamas, dispensad, que quiero\nCon esta niña un momento\nHablar. A mi llamamiento\nAcudireís vos, Montero.\n\nESCENA 3a.\n\nYEDRA.— VERBENA\n\nYEDRA.— La grave revelación\nQue ayer me hiciste en Palacio\nMe llena de turbación.\nVengo a que hablemos despacio:\nDime ¿Aquel ser misterioso,\nSombra fantasma o mujer\nCon quien estuviste ayer\nCómo era?\n\nVERBENA.— Semblante hermoso\nAunque pálido y enjuto.\nToda cubierta de luto\nY su ademán majestuoso.\n\nYEDRA.— ellal El Hada temida\nA la cual, desde hacen años\nDebo los profundos daños\nQue han enlutado mi vida\nAunque el hacer tal memoria\nMe consternará sin duda\nVoy a contarte esa historia\nPues solicito tu ayuda;\n(Toma asiento)\nVeinte años hace que un día\nLa noticia se esparcía\nDe un gran acontecimiento:\nCon solemnes festivales\nea\nSe anunciaba el nacimiento\nDe dos infantes reales.\nEl Rey lleno de contento\nMandó llamar al momento\nA una Hada, nuestra vecina\nSegún lo exige el gran tono,\nPara que fuese madrina\nDel heredero del trono.\nVino el Hada complaciente,\nY eligiendo alegremente\nSin el menor embarazo\nAl más bello de los dos,\nLo colocó en su regazo\nY dijo.con dulce voz:\n\"A mi ahijado le concedo.\nTodo lo bueno que puedo;\nRiqueza, honores, salud;\nHijo envidiado de reyes\nDurante su juventud.\nSus caprichos serán leyes\nY abrigando al tierno niño\nCon obsequioso cariño\nEntre sus blancos cendales\nMe pidió.luego. permiso\nY al son de los atabales\nSe marcharon al bautizo.\nYo quedé sola en la estancia\nY ya estaban a distancia,\nCuando de pronto a la puerta\nMiro una sombra asomar,\nA la claridad incierta\nDel astro crepuscular,\nAlta, rígida, severa,\nDe faz solemne y austera\nComo la negra fortuna\nEs un Hada'-que, sombría\nMarcha derecho a la cuna\nDonde «el.otro- infante dormía.\nCon este ser inocente\nDice, altiva y friamente\nHa sido injusto el acaso\nSin duda me lo destina\nYa que nadie le hace caso\nYo quiero ser su madrina.\nRudas pruebas, largas luchas\nY muchas penas, sí muchas\nEs todo lo que le doy.\nVivirá oscuro y sin nombre\nYa que su «madrina:soy\nQuiero hacer de él, todo un hombre\nHoy lo arranco a tu regazo\nPero te señalo un plazo;\nTe lo sabré devolver\nY la podrás:abrazar,\nCuando por su proceder\nSe haga digno de reinar\".\nY sin'darme tiempo'a nada\nCoge en sus brazos el Hada\nAl niño y desaparece.\n<Yo. grito, trás ella corro\nY mi pecho desfallece\nY pido\"en vano socorro.\nCuando vuelve el Rey mi esposo\nDesesperada sollozo\nLe cuento lo que ha pasado.\nCon toda su comitiva\nSe lanza elíRey' desolado\nTras al Hada fugitiva...... (pausa)\nTodo en vano! Pasan años.....\nA fuerzas de desengaños\nPronto bajaré a la tumba\nY a mi hijo no he vuelto hallar.....\nHasta.aque, al dolor sucumba\nNo dejaré de llorar.\n\nVERBENA.— Más, ya sabéis dónde está,\n¿Para qué afligiros ya?\n\nYEDRA.— Pero, ¿no vez hija mía\nQue el aviso que me da.\nEncierra cruel ironía?\nEn un bosque enmarañado\nSobre una roca temible\nSe halla el castillo encantado\nEn que mi hijo está encerrado\nTras un muro inaccesible.\nLa tradición nos advierte\nQue aquél que se atreva a tanto,\nQue desafiando a la muerte\nEscale ese muro fuerte\nEse, deshará el encanto:\n¿Quien entre mis servidores;\nafrontará los rigores\nDe un bosque insano y oscuro?\n¿Quien escalará ese muro,\nCual entre mis servidores?\n\nVERBENA.— Conozco un hombre señora\nQue por su gran fortaleza\nEs muy capaz de esa empresa\n\nYEDRA.— ¿Quién?\n\nVERBENA.— Malek\n\nYEDRA.— (Con interés)\n¿Dónde está ahora?\n\nVERBENA.— Próximo se halla a partir\n\nYEDRA.— no lo pudieras ver?\n\nVERBENA.— Oh, sil\n\nYEDRA.— Y me querrá servir?\n\nVERBENA.— Yo lo sabré convencer,\n\nYEDRA.— Ese. Malek.......\n\nVERBENA.— Era un niño\nQue halló en el bosque mi padre\nY de quien cuidó mi madre\nCon entrañable cariño\nCreció lleno de virtud\nY al verme sola en el mundo\nCon un respeto profundo\nMe muestra su gratitud.\n\nYEDRA.— es audaz y emprendedor?\n\nVERBENA.— Caza en el bosque a las fieras\nY mo'conoce barteras\nSu incontrastable valor.\n\nYEDRA.— ¡Ah si él consiguiera un día\nRomper el terrible encanto\nDe dicha anegada en llanto\nDe dones le colmaría!\nHoy que vecina nación\nCon injusticia execrable.\nEn su ambición insaciable\nNos declara su traición;\nHoy que un hijo afeminado\nDeja invadir mis fronteras\nY se humilla las banderas\nDe un viejo Rey que es mi aliado;\nRecobrando a ese hijo mío\nRecobraremos, lo sé\nEl entusiasmo y la fé\nLa fama y el poderío\n(Aproximándose y poniéndole su mano sobre el\nhombro).\nNo olvides\nBusca niña al montañez\nAmigo de tu niñez\nY....... cúmpleme promesa)...\n\nVERBENA.— Bien señora, descuidad,\nEl hace lo que yo quiero.\n\nYEDRA.— Mañana vendré.\n\nMONTERO.— Nos vamos?\n\nYEDRA.— A la ciudad.\n\n(Damas y Pajes siguen a la Reina que desaparote por el fondo»\n\nESCENA 4a.\n\nVERBENA.— (Regresando después de haberla.«acompañado)\n¡Pobre Reina, pobre madre!\n¡Qué falta hace el Rey su esposo;\nEse Príncipe Donoso\nEs indigno de su padre.\n(Encaminándose a su choza)\nEs muy ciega la fortuna:\nCuántos hay que en su lugar,\nSupieran:mejor honrar\nLa nobleza de su cuna.\n\n(En momento en que desaparece, Malek aparece por el fondo\n\nVERBENA.— luego sale Verbena con sombrero).\n\nESCENA 5a.\n\nVERBENA.— MALEK\n\nVERBENA.— Pensaba buscarte\nPara pedirte un favor.\nYo no he tenido el valor\n\nMALEK.— Amado compañero\nDe partir sin abrazarte\n\nVERBENA.— Escucha, siéntate aquí. (Lo conduce y le señala un\nasiento, sentándose ella a su vez en una piedra cerca\nde él).\nUna madre desolada\nBusca a su prenda adorada\nY necesita de tí.\nLe prometí por quién eres\nQue irás al Castillo Negro. (Mirándole para obser\nvar el efecto de sus palabras)\n\nMALEK.— (Después de reflexionar)\nDe tu promesa me alegro.\nIré ya que tú lo quieres,\n\nVERBENA.— Es la Reina\n\nMALEK.— (sorprendido)\n\nVERBENA.— Un hijo que ella tenía\nQue le fué robado un día\nHoy se sabe que está allí.\n\nMALEK.— (Parándose y cambiando de tono)\nY cuando, roto el encanto\nA cumplir el más dichoso\nDe los destinos; en tanto,\nQue él, empuñando una espada\nLiberte a las dos naciones\nQue hoy sufren las vejaciones\nDe una rival execrada;\nY ese Rey que es nuestro aliado\nEn premio de acción tan bella\nLe concede a su hija Estrella,\nYo en tanto ¿qué habré ganado?\nTaciturno y vagabundo\nIré a buscar el olvido\nEn esos montes perdidos\nErrante y sólo en el mundo!\n\nVERBENA.— ¿Te niegas?\n\nMALEK.— de un momento)\nNo ¿qué he de hacer,\nNi, cómo me he de negar\nCuando puedo consolar\nA una reina, a una mujer?\n\nVERBENA.— ¿Irás?\n\nVERBENA.— Yo tengo fé\nEn tu valor y en la suerte\n\nMALEK.— ¡Ojalá encuentre la muerte\nEn esos muros. Iré.\n\nVERBENA.— Yo tengo el presentimiento\nDe algo grande que el destino.\nTe prepara en tu camino.\n\nMALEK.— Adios (le da la mano)\nConsientes? (hace ademán de abrazarla)\n\nVERBENA.— Consiento (se abrazan).\n\nESCENA 6a.\n\nVERBENA.— HADA (qué traerá una caja en las manos)\n\nHADA.— La hora llegó de probarte\nNiña valerosa y fiel\n\nVERBENA.— Señora..\n\nHADA.— Vengo a entregarte\nEsta caja para él (la deposita en una piedra)\nTú que has tenido valor\nDe desafiar a la suerte,\nDe exponer, quizá a la muerte\nAl objeto de tu amor;\nDime įtendrás la entereza\nDe auxiliarle, sin temblar\nEn la temeraria empresa\nQue se obliga realizar?\nEs sacrificio muy grande\nEl que hoy exijo de tí.\n\nVERBENA.— Haré lo que se me mande\nDecid ¿qué queréis de mí?\n¿Qué es?\nSalir de tu cabaña\nMañana al amanecer\nCruzar sola la montaña (marcando las palabras y\nobservando su efecto)\n\nVERBENA.— No dudéis, que lo he de hacer.\n\nHADA.— Trepar con pasos seguros\nEl sendero más agreste\nY en el lado que dá al este\nDejar esto al pie del muro (le señala la caja)\nDel Castillo? por qué no?\n\nHADA.— las fieras y reptiles?\n\nVERBENA.— No siempre los hay a miles;\nYa sabré librarme yo\nPor él, por contribuir\nA su generosa acción\nAún cuando fuese a morir\n\nHADA.— Noble y grande corazón (la acaricia poniéndole una\nmano en el hombro)\n\nVERBENA.— (aproximándose a la caja con curiosidad)\n¡Una caja!\nEn su interior\nUn objeto misterioso\nSerá auxilio poderoso\nQue animará su valor\nCon ella le seguirá\nMi protección invisible.\nSobre la roca, terrible (marcando las palabras)\nContra el muro.\n\nVERBENA.— Bien está (recibe la caja de manos del Hada y se\ndispone a retirarse)\nMañana al amanecer\nSubiré por la montaña\nY volveré a mi cabaña\nAntes del anochecer\n\n(Se retira a su choza y el Hada se pierde en un sendero del\"\n\nVERBENA.— bosque, al mismo tiempo que por el lado opuesto aparece Malek\ncon su comitiva)\n\nESCENA\n\nPUEBLO\n\nABANDERADO SOLDADOS\n\n(Soldados y pueblo cantan en coro desde que aparecen a la distancia, de modo que la última estrofa sea cantada al llegar dl pri\n\nmer término de la escena)\n\nCORO.— ¡Qué viva la Reina!\nSus huestes guerreras\nLas anchas fronteras\nSabrán defender,\nDel suelo bendito\nQue todos amamos\nPor ella juramos.\nMorir o vencer\n\nMALEK.— Soldados! a las fronteras\nDe esta patria tan amada\nLlegan hoy a mano armada\nRudas huestes extranjeras.\n¿Sufriremos la invasión\nDe extranjeros enemigos?\n¿Seremos mudos testigos.\nDe tamaña humillación?\nNó! que si hay quién se enervó\nEn la molicie y el vicio\nOtros hay que al sacrificio\nMarcharán\n\nMALEK.— Para luchar con honor\nY cumplir misión tan alta\nUn jefe nos hace falta!\n¡Busquemos un salvador!\nUno que de dos naciones\nLos derechos reconquiste\nAclamadle Batallones!\nQue ese salvador existe.\n\nMUCHOS.— Quién es?\n\nMALEK.— En la obscuridad\nDe un extraño cautiverio\nHa vivido en el misterio!\nPronto le veréis venir\nDesnuda la noble espada\nY os guiará en la jornada\nHasta vencer o morir\n¡Viva ese Príncipe\nAmado\nDe su Patria salvador!\n¡Abajo el afeminado!\n\nABANDERADO.— Fuera, fuera el invasor!\n\nPUEBLO.— (marchando)\nQue viva la Reina\nSus huestes guerreras\nLas anchas fronteras\nSabrán defender.\n\nMUSICA.— Del suelo nativo\nQue todos amamos\nPor ella juramos\nMorir o vencer.\n\nACTO TERCERO:\n\nEn primer término, una pendiente cubierta de pedrones\nmatorrales. Al fondo en lo alto de la pendiente, un muro de piedra,\ncuya altura será la mayor posible.\n\nESCENA 1a.\n\nVERBENA\n(Después primer término le entregó el Hada). de un momento, aparece. Verbena a la derecha, e\nde mantilla y sombrero y cargada de la caja que\n\nVERBENA.— Llegué al fin. ¡Qué tonta soy!\nNunca he tenido más miedo!\n(Deposita la caja en una piedra)\nDescansaré. Ya no puedo\nDe fatiga, (se sienta)\n(Pasándose la mano por la frente)\nArdiendo estoy,\nEn las zarzas me he cubierto\nDe espinillos el vestido.\n(Examinando la falda de su vestido)\nYo no sé cómo he podido\nLlegar.\n(mirando en torno suyo)\n¡Este es un desierto!\n(Alarmada)\nY si no aligero el paso...\nt,\n(se para. Ajusta la cinta del sombrero y se arregla ta\nmantilla)\nLo bueno será que vuelva\nAl lindero de la selva\nAntes que el sol a su ocaso.\n(Coje la caja y se pone en marcha)\n(Sube la pendiente hasta llegar al pie del muro)\n(Señalando)\nEste es el muro terrible,\nEste, el punto más agreste:\nEl lado indicado es éste.\n(Se dirige a él)\nLa pondré lo más visible\nQue se pueda.\n(coloca la caja)\nAsí, y ahora\nMe voy, ¡oh! corazón mío,\nEn tus anuncios confío\nY en esa Hada protectora.\nDe esta empresa sobrehumana.\n(midiendo al muro con la vista)\nHallará la recompensa\n¡El triunfará ¡dicha inmensa!\n¡En fin Hastá mañana!\n\n(Baja por distinta senda de la que ha traído y desaparece a la izquierda)\n\nESCENA 2a.\n\nMALEK\n\n(Malek aparece en primer término, a, la detecha; asciende És pendiente algunos pasos y luego se detiene q, contemplar el hostzonte). Sra,\n\nMALEK.— Negra nube surca el cielo\nY ha cubierto el horizonte:\nSombra el valle, sombra el monte\n(Señalando)\n¿Será un presagio de duelo?\n(En este momento oscurece, se oyen truenos lejanos y\nel ruido del viento que lucha con la tempestad)\nCon salvaje frenesí\nSe desata el huracán\nSemejante al hondo afán\nQue hace tiempo siento aquí (señala el corazón)\n(Sube la pendiente algunos pasos más y se detiene en\nlo alto de un pedrón)\n¡Madre triste, Reina Yedra!\n¿Este era el gran sacrificio?\nNi me espanta el precipicio (señalando)\nNi el alto muro me arredra.\n(Sigue subiendo hasta llegar al pie del muro)\n¡Una caja! Raro encuentro\nEn sitio tan solitario\n(meditando)\n¿Quién la trajo?... Es necesario\nAbrirla y ver qué hay adentro.\n(sorprendido)\n¡Una llave! (Examina la llave, luego se la echa a 1 bolsi—\nllo y sigue examinando la caja).\n¿Qué estoy viendo?\n(Coje la punta de un objeto, tira y aparece una escala)\nY una escala! Justamente\nLo que más urgentemente\nNecesito ¡Ya comprendo!\nUna mano misteriosa\nMe protege en esta empresa.\n¡Eso aumenta mi entereza!\n(Coje la escala y la coloca en el muro)\nGracias! Sombra generosa! (saludando)\n(Empieza a subir. Llega a lo alto del muro y mira ha—\ncia adentro)\n¡Vasto recinto sombrío\nNunca abierto a los humanos,\nYo no temo tus arcanos\n(arranca la espada)\nAquí estoy, los desafío!\n\nESCENA 3a.\n\nSe precipita hacia el otro lado del muro muro\n-ba con estruendo y aparece el pórtico de un Palacio, al que condu—\n-cen dos escalinatas la derecha y a la izquierda. En lo alto de\ncada una de las escalinatas aparecen las dos Hadas el Hada Ne—\ngra a la derecha y el Hada Blanca a la izquierda. Ambas en la mis—\nma actitud alzando en lo alto la varita mágica.\nEn el fondo del Palacio resuena una música suave. Después de\nalgunos minutos aparece, a la izquierda, la comitiva real que va su—\nbiendo por la escalinata, sin que ninguna de las dos Hadas se mueva.\nPrimero el Rey aliado y la Reina Yedra seguidos de damas y\npajes luego la Princesa Estrella y el Príncipe Donoso segui—\ndos de damas y pajes luego pueblo que se queda al pie de la escali—\nnata. Colócanse en el orden siguiente: La Reina Yedra al centro de\nla plataforma teniendo al Rey aliado a su derecha, en seguida Es\ntrella y Donoso; en seguida damas y pajes. Todos aparentan con—\nversar con animación, mientras dura la escena siguiente.\n\nESCENA 4a.\n\nVerbena, en el mismo traje de la escena la. aparece en primer\ntérmino a la izquierda y atraviesa la escena por un sendero que ha—\nbrá entre los pedrones.\nEl Hada Negra la divisa, baja la escalinata y va a su encuentro.\nHADA NEGRA Verbena! Llegó la hora;\nQuiero que subas conmigo (señalando la pla—\ntaforma)\nTe toca ser a tí testigo\nDe la gran fiesta\n\nVERBENA.— Señora\nDejadme marchar\n\nHADA.— (observando su semblante)\nQué tienes?\nQué te pasa?\n\nVERBENA.— (Ocultando el rostro)\nNada, nada,\n\nHADA.— Dame la mano (coje su mano)\nEstá helada\n(toca su frente)\nY están ardiendo tus sienes!\nQué tienes?\n\nVERBENA.— (con arranque)\nTengo un fastidio\nDe la vida!... ¡Una amargura!...\nLa contemplo tan oscura,\nQue me parece un presidio.\nSe me muestra el porvenir\nYa para siempre truncado,\nTan desierto y desolado\nQue sólo quiero morir,\nHuyo del fiero tropel\nDe las venturas ajenas\nPorque forma con mis penas\nEl contraste más cruel;\nTropel que en mi corazón\nQuizá un instante sereno\nViene a remover el cieno\nDe una negra decepción.\n\nHADA.— (mirándola fijamente)\nTú la amante generosa\nQue su triunfo preparó\n¿Te arrepientes?\n\nVERBENA.— Es que yo.......\n(Rompiendo en sollozos)\n¡Quiero esconderme en mi choza!\n¡Llorar a solas mi pena!\nNo ver más la luz del día!\nEsa baja cobardía\n\nHADA.— No es digna de tí, Verbena.\nEnjuga tu llanto y ven,\nQue ya me están esperando:\n¡Te lo ruego, ¡Te lo mando!\nVendrás?\n\nVERBENA.— Señora, está bien!\nEl Hada sube la escalinata y Verbena la sigue. El Hada ocupa\nsu sitio, Verbena a su lado.\n\nESCENA 5a.\n\nToda la comitiva real deja de conversar particularmente y se\ndispone a escuchar al Hada Blanca que toma la palabra con solem—\nnidad dirigiéndose al Hada Negra.\nEn el instante en que el Hada Blanca toma la palabra aparece\nMalek al pie de la escalinata de la derecha y empieza a subirla len—\ntamente de modo que se habrá colocado en el espacio que quede en—\ntre la Reina y Verbena para el momento en que el Hada Negra lo\nseñala.\n\nHADA BLANCA.— Un día en la real estancia,\nCon inaudita arrogancia,\nPenetró un fantasma audaz;\n\nYEDRA.— ¡Hijo mío!... ¡Qué alegría!\nSin más plazo. ¡Contestad!\nHoy su madre (señala a la Reina)\nOs lo reclama\nA\nHuyó sin volver jamás:\nDecidnos, Hada sombría.\n¡Desde aquel aciago dia\nQué habéis hecho de él? Hablad!\n¿Dónde está? ¿Cómo se llama?\nY arrancando de su cuna\nA un infante sin fortuna\n\nHADA NEGRA.— Rudas pruebas, largas luchas\nY muchas penas, sí, muchas,\nFué todo lo que le dí:\n¡Al fin hice de él un hombre (señala a Malek)\n\nVERBENA.— ¡Malek!\n\nHADA NEGRA.— Ese es su nombre\n\nMALEK.— Venid! (le toma de la mano y lo presenta\nla Reina)\nLe tenéis aquí.\n(Malek cayendo de rodillas)\n¡Reina augusta.... madre mía!\n\nHADA NEGRA.— Os lo supe devolver\nY lo podéis abrazar\nHoy, que por su proceder\nSe ha hecho digno de reinar!\nDurante esta escena todos los circunstantes representarán la\nsorpresa y la emoción propias del acto que presencian.\nLa Reina levanta a Malek lo vuelve a abrazar con trasporte, lue—\ngo se adelanta y habla al público.\n\nYEDRA.— Feliz momento el presente\nEn que puedo alzar la frente\nSin vergüenza y sin dolor,\nPorque mi puesto abandono\nLegando a un Rey a mi trono\nY a mi pueblo un salvador.\n(A Malek)\nAl marcharme a mi retiro\nPor una cosa suspiro:\nHijo mío! Dame el sí\nDe esta Princesa hechicera (le presenta a Es—\ntrella)\nHaz la augusta, la augusta compañera\nQue ha de reinar junto a tí.\n\nMALEK.— Hoy puedo, desde mi altura\nVer de cerca la hermosura\nQue suele ser un barniz.\nHoy sé meditar con calma;\nNo es una estatua sin alma\nLa que me ha de ser feliz:\nMe ha concedido la suerte\nDe un corazón noble y fuerte\nConocer la abnegación,\nY no tengo más empeño\nQue ser venturoso dueño\nDe ese hermoso corazón (señala a Verbena)\nEsta niña dulce y buena (se dirige a ella)\nLa generosa Verbena,\nElla la Reina será.\nSi acepta...... (le extiende la mano)\n\nVERBENA.— (vacilando) yo desfallezco.\nSi tanta dicha merezco (la conduce ante la\n\nMALEK.— Reina)\n¡Oh madre bendícela!\nLa Reina acoje con cariño a Verbena y posa la mano derecha\nsobre su cabeza en señal de bendición.\n\nHADA NEGRA.— (al público)\nQuién quiera a mi lado\nluchar y sufrir\nDespués algún día\nSerá muy feliz\nYo visto de luto\nY adoro la luz\nMi objeto es, doquiera\n(Señala a Verbena)\nPremiar la virtud!\nFIN"
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   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 23 variantes de 1943 adoptadas, 18 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Cada noviembre, las familias de la ciudad veranean al otro lado del Rocha, en Calacala y Queroquero, dos campiñas rivales que se disputan bandas, fiestas y jóvenes galantes. Allí llega León, con su violín, dispuesto a conquistar a Blanca, hija única de un padre rico, mientras Marcial, primo de ella y administrador de las tierras de la familia, la quiere en silencio y toca la guitarra. El cuento mezcla la crónica burlona del veraneo con una historia sentimental que termina dando la razón al instrumento más modesto.",
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   "texto": "“Noviembre empezaba… La tarde no era fría, ni las nubes se alzaban”… Por el contrario, ninguna nube empañaba el pálido azul del cielo de la tarde, teñido hacia el ocaso de nacarados celajes.\n\nLa perezosa ciudad, molestada por el calor, se agitaba algo más que de costumbre. Desde mediados de octubre se había notado algún movimiento en el comercio, porque la inmigración veraniega exige gastos extraordinarios; pero en las tardes, después de las cinco, cerrados los almacenes, la población quedaba, que se podía bailar una cueca en media calle.\n\nHasta aquella hora, todos los días, el empedrado de la calle del Teatro resonaba constantemente al paso de los carruajes, que, cargados de gente, se lanzaban fuera de la ciudad: y las muchachas, que al ruido, abrían el balcón para asomar la cabeza, sentían que tras aquellos carruajes y cabalgatas se les iba el alma… Porque entre tanto que abrumadas por el calor se consumían de aburrimiento, allá, al otro lado del Rocha, sobre el suelo accidentado y pintoresco de la risueña vega, a la puerta de las casuchas y bajo el fresco toldo de la arboleda, donde iban todos, se sucedían escenas deliciosas…\n\nHubo muchacha acomodada que al tomar la diligencia para dejar la ciudad en dirección opuesta renegó de su suerte, envidiando la de las jóvenes pobres cuyas familias, por no poseer una finca en donde pasar el verano, se veían obligadas a refugiarse en la vecina campiña, en donde cien familias alojadas en rústicas chozas se divertían al aire libre, arrostrando los deliciosos inconvenientes de la situación.\n\nCuando en las tardes de los domingos, una ráfaga caprichosa traía el eco perdido de la banda militar que tocaba en la plazuela del “Regocijo”, aquellos ecos resonaban en los oídos de los desventurados que habían quedado achicharrándose en la ciudad, como la música lejana de un país encantado.\n\n¡Calacala! ¡Queroquero!\n\nAnochecía, cuando un individuo, muy conocido, que había estado ausente varios meses, apareció a caballo en la esquina del “Estanco”, al mismo tiempo que un amigo, que lo había divisado desde lejos, corría a su encuentro con muestras de alegría. El de a caballo echó pie a tierra y se abrazaron exclamando a un tiempo:\n\n—¡Hola, León! ¡Al fin!\n\n—¡Hola, Dieguito!\n\nHabía por allí alguna gente, y avanzando unos pasos torcieron hacia el camino de la izquierda donde podían hablar íntimamente con toda libertad. León echando al hombro la brida de su caballo que conducía de tiro, metió la mano al bolsillo y ambos se detuvieron para encender sus respectivos cigarrillos.\n\n—¿Cuándo llegaste?\n\n—Hoy a las dos. Recibí tu carta y abandonándolo todo, monté a caballo y me vine.\n\n—Bien hecho, lo demás hubiera sido una chambonada imperdonable.\n\nHubo una pausa.\n\n—¿Con que, dijo León, crees que pueda adelantar algo…?\n\n—Si no es ahora, nunca. Bien sabes que el amor, no es, como miente la fábula, hijo de Venus, sino de la ocasión.\n\n—Y crees que aquí se presenten ocasiones.\n\n—Todos los días.\n\n—¿Recibe en su casa?\n\n—Rara vez, pero pasea y visita. No vive encerrada como en la ciudad.\n\n—Supongo que hablando con ella habrás tratado de predisponerla…\n\n—Así, así. Una que otra vez, muy por lo bajo y procurando que nadie se apercibiera de ello, le hice bromas con un amigo ausente.\n\nLeón se quedó pensativo.\n\n—Y dime —preguntó luego alegremente—, ¿qué milagro estupendo ha sido este?\n\n—Caprichos del vejete. Otros años, cuando se le rogaba como a un santo, nada de ceder, y ahora que nadie le dijo palabra, un día de repente, dió orden de que se aseara la casita que tienen aquí, y sin más ni más se vino con la niña.\n\nQuedaron un momento fumando en silencio.\n\n—¿Y qué se hace aquí, se baila?\n\n—Ni una vez. Se ha recurrido a los juegos de prendas.\n\n—¿Asiste ella a esas reuniones?\n\n—Casi siempre. Cuando el viejo no está de mal humor.\n\n—Te advierto, añadió Diego, que tienes que habértelas con una runfla de rivales…\n\n—No importa. Mejor. Con tal de que ella no abrigue todavía ninguna impresión seria por nadie…\n\n—De eso, te respondo. Es, quizá, la única mujer que no ha querido a nadie.\n\n—Lo que hay en esto, murmuró Diego, después de un momento, que hace que valga la pena de emprenderlo, no es, precisamente, que la renta del papá ascienda a tanto o cuanto, sino que es hija única y no hay miedo, para después, de suegra, ni cuñados, ni cosa que valga.\n\n—No, protestó León, créeme, no es eso lo que me decide, sino su persona, su edad, sus gracias, y sobre todo sus prendas morales…\n\n—Hum…\n\nLo malo era que León no tenía relación con nadie en Calacala.\n\n—¡Oh! No te aflijas, —dijo Diego—. Pronto te presentaré a las amigas. Aquí, como en todas partes, el género masculino anda escaso. Te recibirán de mil amores.\n\n* * *\n\nAl día siguiente a la misma hora, otro diálogo, no menos expresivo se entabla entre dos amigas.\n\nBerenguela, de prisa, con el rostro encendido por la emoción y brillando en sus ojos una expresión de triunfo, llegaba a la casa de Blanca que salía a recibirla sonriendo también significativamente.\n\nUn paréntesis: Estos dos nombres en Calacala, son un anacronismo. Mis lectores comprenderán que las dos niñas a que me refiero, no se llamaban Blanca ni Berenguela, ni Sancha, ni Urraca; pero también comprenderán muy fácilmente que, en el reinado de las Carlotas y Marías, Victorias y Margaritas, el hacer uso de cualquiera de estos nombres, daría lugar a interpretaciones y comentarios.\n\nDesde lejos se conocía que Berenguela y Blanca, al saludarse aquella tarde, tenían que comunicarse alguna novedad muy importante.\n\nCuando se hubieron abrazado, Berenguela fijando los ojos en su amiga, para ver el efecto que en ella iba a producir, pronunció a media voz estas palabras:\n\n—Ha llegado.\n\n—Lo sabía— respondió Blanca sonriendo.\n\n—¿Quién te lo dijo?\n\n—Lo he sabido por casualidad.\n\nY Blanca oprimiendo la mano de su amiga para que no añadiera una palabra más, la condujo en silencio, a lo largo de un sendero de arrayanes, al rincón más escondido de la huerta, donde había un tronco caído en que se sentaron.\n\n—¿Qué dices ahora?— preguntó Berenguela.\n\n—No sé qué decirte. Creo que preferiría no verlo. Tengo miedo.\n\n—¿Por qué eres así?— exclamó la otra impaciente. ¡Por Dios, domina ese carácter! Sigue mis consejos. Ya verás, haremos de manera que venga a tu casa.\n\n—¿Para qué? ¿Acaso tengo yo esperanza…?\n\n—Tú tienes la culpa. Mira Blanca; es preciso estudiar y conocer el mundo. Los hombres a quienes todos los días acusamos de atrevidos, son en realidad, los pobres, más timoratos de lo necesario. Apenas hay un hombre que piense en una mujer sin que ésta le haya sugerido antes la idea.\n\n—Yo no quiero así. No es ese mi ideal. Prefiero cruzarme de brazos y abandonarme a la corriente del destino.\n\n—¡Mujer! No seas romántica, déjate de ideales. ¿Quieres ser feliz? Acepta la realidad: sé como todas.\n\n—Por otra parte, no se necesita más que un poco de amabilidad. ¿Piensas enviarle salutación?\n\n—¡Si jamás me ha visitado! Estoy segura de que hoy no piensa siquiera que yo existo.\n\n—No importa. Lo saludaré a tu nombre y haré de modo que venga a tu casa. Ya verás…\n\n—Lo único que me alienta —murmuró Blanca pensativa— es que algunas veces, Diego, me ha hablado de él de cierto modo…\n\n—¡Señoritas! —gritó una criada a diez pasos de distancia— visitas.\n\n—¿Quién?\n\nDon Diego y otro caballero más.\n\n—¡Si fuese él!— exclamó Blanca juntando las manos como si se hallase en un conflicto. Se había puesto pálida como un papel.\n\nCuando llegaron a la casa, León y Diego, aguardaban en el corredor.\n\nDespués de las primeras frases de estilo, Berenguela hizo como que se aburría.\n\n—Pero esto está muy feo —dijo— en Calacala no se debe permanecer bajo techo. Blanca recíbenos en la huerta.\n\n—¡A ver! Muchacha, lleva asientos al bosque de perales.\n\nY los cuatro jóvenes se instalaron en seguida en un poético lugarcito en que el murmullo arrullador de un arroyuelo se mezclaba al cuchicheo de las aves y los rumores de la brisa.\n\n—Si no me engaño —dijo Berenguela a León— Ud. tocaba el violín.\n\n—Un poquito.\n\n—¿Y qué ha hecho Ud. del suyo?\n\n—Está en la ciudad.\n\n—¿Sería muy difícil hacerlo traer?\n\n—De ningún modo. Si Uds. lo desean, procuraré recordar algo de lo que sabía.\n\n—¡Cuánto se lo agradeceríamos! En el campo agrada la música, más, si es posible, que en la ciudad, y a falta de pianos, hay que recurrir a otros instrumentos.\n\n—¿No tienen Uds. aquí ninguno? Preguntó Diego.\n\n—Tenemos una guitarra de Marcial que es muy buena, según dicen— respondió Blanca tímidamente.\n\n—¿Quién es Marcial, señorita? Preguntó León fijando en ella los ojos.\n\n—Un… administrador, se apresuró a responder Berenguela con cierto desdén.\n\n—Un primo mío, rectificó Blanca con sencillez. Un joven que se ha hecho cargo de nuestras propiedades en el campo.\n\nComo si hubiese adivinado que se hablaba de él, Marcial se presentó en aquel momento en el bosque de perales.\n\nAvanzó lentamente a saludar a Berenguela y a Diego, fué presentado a León y tomando un asiento, se cruzó de brazos y escuchó en silencio la conversación.\n\nLeón estaba inspirado aquella tarde. Habló mucho y muy bien.\n\nA las ocho cuando todos se hubieron retirado, Marcial, de pie, a dos pasos de su prima, indolentemente apoyado en el marco de la puerta de la sala, a la luz de la lámpara que ardía en la mesa central, la miró largo rato y le dijo con voz apagada:\n\n—Te felicito. Yo me había figurado que este León no era más que un mueble de salón, muy bien embarnizado, pero nada más que un mueble. Lo juzgo de otro modo y te felicito.\n\n—¿Y por qué?— Preguntó Blanca fingiéndose ofendida.\n\n—Marcial sonrió tristemente.\n\n—¿Piensas que no comprendo lo que te pasa?— Le dijo.\n\nCon el alma inundada de inesperada felicidad, aquella noche, a tiempo de dormir, Blanca sentía que una punzante amargura, especie de remordimiento, envenenaba su dicha. No comprendía cómo hay mujeres que se gozan en inspirar afectos que no han de corresponder. Para entregarse dulcemente a sus ensueños, quería olvidarse de su primo, y hubiera dado la mitad de su dicha porque éste, en aquel mes de noviembre, le diera calabazas con Berenguela o cualquiera otra de sus amigas.\n\n* * *\n\nEra noche de jueves y en la plazuela del “Regocijo” se susurraba algo… Algún complot fraguado en Queroquero.\n\nEmpezaba la lucha de todos los años, mejor dicho, se reproducía. Lucha tenaz. Menos sangrienta, convengo en ello, que la de Güelfos y Gibelinos o las de las dos Rosas, pero más singular que otra ninguna en los fastos de la historia. No son aquí dos familias reinantes que se disputan sencillamente la corona; son dos poblaciones balnearias que, en masa, toman las armas para aniquilarse recíprocamente. ¡Y qué armas!\n\nEl gran sauce que se alza al centro de la plazuela del “Regocijo”, mudo testigo de los amores, odios e intrigas de diez generaciones que han venido sucesivamente a cuchichear a su sombra todos los años en noviembre, guarda en su tronco, para oprobio de Queroquero, una señal indeleble, recuerdo de esta lucha sempiterna.\n\nEn 1880, Calacala dormía sobre sus laureles. Nadie podía disputarle sus preeminencias históricas, como lo atestigua hoy mismo la llamada Casa del Estanco, mezcla confusa de mezquita musulmana, de quiosco chino y de chalet moderno, prodigio de arquitectura, con su escalera incomprensible, su azotea o laberinto de doce pilarcillos colocados en dispersión, su puerta que mira a la plaza, especie de socavón tenebroso, formado por el espesor del muro, y su sala de la planta baja, que recuerda los “pozos” o cárceles subterráneas de Venecia y en la que el prisionero, esto es, el bañista que allí se alojara, colocando una mesa sobre otra y encima una silla, y encaramándose sobre ellas, tendría en las tardes de paseo, la ventaja de divisar, al través de las rejas de la ventanilla, los pies de los transeúntes que circulasen por la calle.\n\nEn aquel año de 1880 la viva rivalidad suscitada en Queroquero, era ya un hecho declarado, pero Calacala se reía de ella, descansando en su indisputable superioridad. Los orgullosos calacalenses, engreídos con sus numeroso jardinillos, lanzaron sobre Queroquero epigramas que aludían al mal olor de los extensos cebollares de esta campiña. A este insulto contestó Queroquero afeando los paredones que cercaban las huertas de Calacala, convirtiendo los caminos en callejones.\n\n¡La lucha se entabló!\n\nDos años después los bañistas de Queroquero, ¡oh audacia inaudita! Solicitaron de la autoridad que la banda de música que, desde tiempo inmemorial, acostumbraba tocar en Calacala los domingos en la tarde, regalase con sus armonías, alternativamente a las dos campiñas. Por efecto de hábiles maquinaciones, esta solicitud fué favorablemente acogida con gran escándalo de Calacala, donde la indignación llegó a su colmo.\n\nLos bañistas de Queroquero, se distinguían por su ardimiento. Para las tardes de paseo en que la banda les correspondía, se había improvisado una plazuela en la que, a imitación de Calacala, se reunía lo más selecto de la sociedad. Si una tarde en Calacala se hacía carrera de caballos, el domingo siguiente en Queroquero había carreras y corrida de sortijas; si en Calacala había enseguida sortija y carreras, en Queroquero el próximo domingo se inventaban arcos triunfales y palo ensebado; si en Calacala se hacía todo eso y además iluminación con farolitos de colores, en Queroquero, se contrataba una compañía de acróbatas que trabajando en media plaza, al aire libre, atraía una multitud de miles de espectadores que acudían de la ciudad y comarcas circunvecinas, alcanzándose de este modo un triunfo definitivo.\n\nEn Calacala, la exasperación había llegado a tal punto, que un intendente ¡hombre desalmado! Detuvo y embargó grandes canastos de flores, contratados para una tarde de fiesta en Queroquero. Este atropello dió lugar a un atentado: Una mañana el gran sauce de la plazuela del “Regocijo”, orgullo de Calacala, amaneció ardiendo. Una sábana incendiaria había sido introducida en las sinuosidades de su tronco, y no fué poco trabajo que costó apagar el incendio. El autor de este atentado no fué descubierto. Fué achacado a unos jóvenes, parciales encubiertos de Queroquero, que se recogían de un baile, aquella mañana. También se dijo que los sirvientes de una señora muy principal de Queroquero, vagaban, por ahí cerca, ese día al amanecer.\n\nHoy, gracias a la cultura de estos tiempos, no hay temor ya de tan sangrientas represalias. La guerra ha tomado otro carácter. Sin embargo, comparando el pasado con el presente, es preciso confesar que, con respecto a las corridas de sortija, por ejemplo, hay entre aquellas y éstas la misma distancia que entre los torneos de la Corte de Don Juan II y las fiestas de toros y cañas del tiempo de Felipe IV.\n\nEntonces eran lindas muchachas las que prendían en el brazo del triunfador un lazo de cinta y le alargaban un ramillete de flores, hoy, un toque de ataque para el que acierta y otro de retirada para el que yerra y pare Ud. de contar.\n\nDespués de aquellos años de preponderancia en Queroquero, se había notado allí cierta decadencia y en la época a que me refiero, la victoria se hallaba indecisa.\n\n* * *\n\nPasada apenas una semana desde su llegada, León era ya el alma de las reuniones veraniegas.\n\nEn Queroquero era el héroe del michi-morongo, y en Calacala no había correos ni secretario sin su intervención.\n\nLuz, la bella y picarona Luz, lo favorecía con marcadas preferencias, lo cual había llegado a traslucirse.\n\nNo faltaban envidiosos.\n\nEn Calacala, lanzábase de repente en el secretario, papelitos de esta jaez:\n\n“Luz de mi vida — nada me halaga lejos de tí. Calacala es un panteón. Solo a tu lado soy feliz”.\n\n“Firmado.— León”.\n\nO a la inversa.\n\n“León — adorado mío, ingrato, cruel, ¿en dónde estás? Las bellas de Calacala me han robado tu cariño. Me olvidas y yo me muero. — Luz”.\n\n¡Y vaya Ud. a averiguar quién había escrito aquellos papeles. En el secretario todos desfiguran su letra con igual empeño.\n\nEstas inconveniencias ponían de mal humor a Diego que se inquietaba por el efecto que podían hacer en Blanca, pero León no se cuidaba de ellas ni poco ni mucho. Tenía sus teorías y se decía que los celos son el mejor estímulo del amor.\n\nEntre estas y las otras se pasaba noviembre sin más novedad. Sólo faltaban los últimos días de gran paseo, después de los cuales es sabido que el primer aguacero es el toque de retirada para las familias.\n\n* * *\n\nUn numeroso grupo de señoritas ocupaba los asientos que, a manera de gradería, rodean el tronco del gran sauce, cuando León, Diego y otros muchos aparecieron en la plaza.\n\n—Muéstrate amable— dijo Berenguela al oído de Blanca. Mira, hoy es jueves, recuérdale su promesa de ir a tocar un solo de violín en tu casa, compromételo y de ese modo evitamos que vaya esta noche a Queroquero.\n\nLos jóvenes se aproximaron y comenzó el tiroteo de palabras.\n\n—¡Uds. aquí! Yo los hacía en Queroquero.\n\n—¡Qué milagro!\n\n—¿Por dónde saldrá el sol mañana?\n\n—Pero señoritas, ¡si yo pertenezco a Calacala, si en Queroquero soy forastero! ¡Qué voy a hacer allí!\n\n—Mucho de eso.\n\n—¿Y anoche?\n\n—Nos llevaron por la fuerza.\n\n—¿Puede ese campo de cebollares compararse con este paraíso?— dijo León. Aquí es más puro el ambiente, las flores más fragantes, las puestas de sol…\n\n—Sí, búrlese Ud. por disimular.\n\n—Desde hoy les pertenecemos alma, vida y corazón; ¿a dónde se juega esta noche?\n\nEstaba anocheciendo y la luna, blanca y brillante, asomaba detrás del cerro de San Pedro.\n\nEn aquel instante, un grupo de señoras y señoritas procedentes de Queroquero apareció en una esquina.\n\nVacilaciones y cuchicheos bajo del sauce. Ya se disponían, como dueñas de casa, a recibir a las forasteras, cuando éstas, pasaron, muy tiesas, yendo a sentarse al frente, delante de la casa del Estanco.\n\nEste incidente produjo viva animación al pie del árbol, pero todos bajaban la voz para no ser oídos de las otras.\n\n—Ahí está Luz, León, vaya Ud. a saludarla.\n\n—Mejor estoy aquí.\n\n—¡Qué tal hipócrita!\n\n—¿Y Ud. Diego?\n\n—Se les conoce en la cara que ya se mueren por dejarnos.\n\n—Apuesto a que ahora se van con ellas.\n\n—¿Yo? —Dijo León— ¡imposible! Tengo un compromiso en la ciudad.\n\n—Lo veremos.\n\n—Se lo juro.\n\nPoco a poco, todos los jóvenes que rodeaban los asientos del árbol, fueron desapareciendo uno tras otro.\n\nRafael, Jorge, Roberto, Carlos, Pepe, Manuelito, todos fueron a plegarse a las invasoras. Formáronse grupos alrededor de ellas y de estos grupos salieron voces que llamaban por lo bajo:\n\n—¡León! ¡Diego!\n\nEstos dos eran los únicos que permanecían al lado de las de Calacala.\n\n—León, oiga Ud. que le llaman. Luz va a enojarse.\n\n—Que me dejen en paz.\n\nY León seguía conversando tranquilamente.\n\nPero las llamadas se repetían y al fin, no pudo más; dijo que iba a ver qué querían de él, pidió permiso y se marchó.\n\nEn el círculo de las recién llegadas, se conspiraba con actividad; un hermanito de Luz era el agente más listo de la conspiración.\n\n—¡No hay guitarra como la de don Marcial!— decía el muchacho.\n\n—¿Y quién es don Marcial?\n\n—Un joven que toca divinamente.\n\n—¡Pues que lo traigan!\n\n—Es que es muy corto.\n\n—Invítalo a mi nombre, —dijo Luz—. Ya se le quitará la cortedad.\n\nLeón y Diego aparecieron a este punto.\n\n—¡Paisana!\n\n—¡Oh, paisano!\n\n—¡Paisanita!\n\nSe estrecharon la mano con efusión, como de compañeros en suelo extranjero.\n\n—¿De qué se trata?— preguntó León.\n\n—De reclutar todos los instrumentos y músicos habidos y por haber e ir a organizar un concierto en Queroquero.\n\n—¡Magnífico!\n\nPronto vinieron los muchachos a dar cuenta de sus comisiones, se ordenó la partida, y las forasteras arrastrando gran séquito de sus servidores se marcharon a sus lares.\n\nLa plazuela quedó escueta.\n\nDiego tuvo la precaución de pasar lejos del árbol. León que llevaba a Luz del brazo procuró, por el contrario, que al pasar, se oyese algo de su conversación con ella.\n\nUna especie de estupor reinó en el primer momento bajo el sauce. Luego empezaron a hacerse comentarios a media voz y por fin, al verse solas, las desairadas estallaron, todas a un tiempo, en vivas exclamaciones de indignación.\n\n—¿Se ha visto nunca un porte semejante?\n\n—¡Y se llaman nuestros amigos!\n\n—¡Infames!\n\n—¡Aleves!\n\n—¡Perjuros!\n\n—¡Y todavía hemos de contestar mañana a su saludo!\n\n—¡Dios mío!— Exclamó una, la más ladina, alzando los brazos al cielo con cómica desesperación, entre las risas de sus compañeras —¿no permitirás que en globo aerostático caiga en este momento a esta plazuela, trayéndonos unas cuatro docenas de porteños finos, galantes y distinguidos, para dejar plantados a esos traidores que a las primeras de cambio se pasan a las filas enemigas?\n\nLa única que nada decía, era precisamente la única a quien dolía de veras el desaire. Estaba muda; sentía como una puñalada en el corazón y tenía los ojos llenos de lágrimas. Felizmente, era de noche y nadie se apercibía de ello.\n\nCansadas de lamentarse y lanzar, entre bromas y risas, improperios contra sus falsos amigos, Berenguela y sus compañeras vieron que era preciso marcharse, cada cual a su casa. Berenguela acompañó a Blanca a la suya.\n\n* * *\n\nEntre tanto, la comitiva triunfante se detuvo en la esquina principal de Queroquero.\n\n—¡Señores y señoritas, una moción!— dijo León en voz alta— un rato de concierto y en seguida a bailar.\n\n—¡Aceptado! Tenemos un salón espacioso y un piano a nuestra disposición.\n\n—No será extraño —dijo una rubia— que se nos vengan algunas de Calacala atraídas por el concierto.\n\n—Como que esta mañana las invitamos.\n\n—¡Cómo! —Preguntó León— ¿Uds. han hablado con ellas?\n\n—En la ciudad, ya ve Ud., era en campo neutral. Nos encontramos en el comercio con varias de ellas y las invitamos al concierto de esta noche.\n\n—¡Pues si vienen, hay que tratarlas muy bien!— dijo un joven.\n\n—No faltaba más, después del recibimiento que acaban de hacernos.\n\n—Lo que nos toca es lo siguiente: si se presentan, tratarlas con buena educación, porque lo demás sería una grosería. Que escuchen el concierto, pero cuando se despidan, nada de atajarlas, que se vayan enseguida y nos vamos a bailar.\n\n—¡Silencio! —Dijo una— gente sospechosa.\n\nY echaron la vista a unos cuantos rapaces agazapados contra una pared detrás de las señoras, entre los cuales se hallaba un hermanito de Berenguela.\n\n—Son espías— dijeron las niñas.\n\n—¡A ver, ratones! —Dijo León aproximándose— ¡largo de aquí! ¡Campo! ¡Campo! Se necesitan esos asientos.\n\nEn seguida se procedió a organizar las diversiones.\n\n* * *\n\nHacía dos horas que Blanca y Berenguela charlaban a solas en el corredor y ya se supone de qué se ocupaban, cuando un tropel, y dando resoplidos de cansancio se presentaron los chiquillos.\n\n—Venimos de Queroquero.\n\n—¿Y?\n\n—Primero han jugado un rato al michi-morongo y luego don León ha tocado un solo de violín.\n\nLas dos amigas, una junto a la otra, se ajustaron la mano en señal de inteligencia.\n\nLos chicos refirieron enseguida, con grandes exageraciones lo que habían visto y oído; la trama urdida en contra de las que fuesen de Calacala a oír el concierto, y el modo como habían sido arrojados por León. Uno de ellos que era embustero, agregó que aquel caballero los había amenazado con darles de bofetadas.\n\nLas dos amigas escuchaban estupefactas.\n\nLuego el rapaz principal se acercó al oído de su hermana que abrió su monetario y le dió reales para que fuese a gastarlos con sus amigos en la heladería.\n\nLa policía secreta recibía su propina.\n\nDespués de esto, Berenguela alzó los ojos al cielo lanzando un suspiro y se explayó en largas consideraciones acerca de las veleidades e inconsecuencia de los hombres.\n\nPero era preciso terminar la noche de algún modo más agradable y entraron en la sala a jugar carga-cuernos con Marcial.\n\nPor la primera vez Berenguela se mostró amable con él, y cuando se quedaron solas hizo grandes elogios del joven. Sentía benevolencia y hasta ternura por él; ¿no era el único que se había negado a ir a Queroquero?\n\nAquella noche, Blanca batalló mucho para tomar el sueño. Al primer sentimiento de despecho vivísimo y profunda amargura, había sucedido en su alma una especie de calma. Estaba en uno de esos momentos en que penetrando en nosotros mismos, analizamos nuestros sentimientos.\n\n¿Por qué entre un hombre frívolo, falso, tal vez malvado, que nos desdeña, y otro honrado, serio, generoso que nos ama, el corazón nos inclina al primero? ¡Oh aberraciones!\n\nSin embargo, por ideal que fuese su oculto cariño a León, se confesaba que en aquel momento había en él nueve décimas partes de amor propio ofendido; en tanto que a las nueve décimas de estimación y gratitud que abrigaba hacía su primo, se mezclaba también viva ternura: ¿cuál de las dos mezclas contenía elementos más duraderos?... Decididamente hay ocasiones en las que casi creemos que se puede querer a dos a un tiempo.\n\n* * *\n\nA la mañana siguiente, las dos amigas se encontraron de pronto con los dos amigos, a la vuelta de un sendero de rosales.\n\nHacían ellos parte de un corrillo en que se trataba de suscripción para un baile-apiapi que había de darse al otro día en Queroquero; cuando las divisaron y se encaminaron a saludarlas.\n\n—¿Cómo piensas tratarlo? —Preguntó Berenguela al verlos venir.\n\n—Con mucha frialdad.\n\n—Mal hecho. Tú no sabes vivir. Porque va con frecuencia allá, ¿vas a creer ahora que está enamorado de Luz? ¡Disparate! Los hombres están bien donde se les halaga; eso es todo.\n\n¡Así es de débil el corazón de las mujeres! Contra todos sus propósitos, Blanca empezó luego a sentirse conmovida y más sensible que nunca a las cariñosas atenciones de León.\n\n—Uds. se ocupan del apiapi de mañana, dijo Berenguela.\n\n—No tal —respondió León mirando a Blanca—. Yo no pienso ir.\n\n—¿No va usted?\n\n—No.\n\n—Entonces— se atrevió a decir Blanca— comprometo a Ud. a pasar en casa la noche de mañana.\n\n—No faltaré. Recogeré mi violín que anda por ahí y pasaremos una noche agradable.\n\n—¿Palabra de honor?\n\n—¡Palabra de honor!\n\n* * *\n\nTodo pasó en Queroquero a pedir de boca; baile hasta el amanecer, almuerzo, más tarde, paseo al bosque de jarcas y lunch ruidoso; después comida y otra vez concierto e iluminación.\n\nA las nueve de la noche, León despertó de aquel aturdimiento como un sueño. Se acordó con sobresalto de Blanca y de su compromiso con ella. De tantas horas de fiesta sólo le quedaba un sabor amargo, un ansia y un vacío profundo en el corazón. Luz había coqueteado mucho con él, pero también había coqueteado con otros. Estaba disgustado y aburrido y sólo quería volver a ver a Blanca. Buscó a Diego y le propuso luego marchar a Calacala, antes de que se hiciera tarde para visitar. Se encaminaron en busca de sus caballos, los ensillaron y emprendieron el trote por el camino lleno de polvo a la luz de la luna.\n\nEn la casa de Blanca todo estaba cerrado, pero por las rendijas de las ventanas se veía la sala iluminada. Contuvieron sus caballos y aguardaron un momento indecisos. De repente se percibieron los acordes de la guitarra de Marcial que tocaba adentro. No estaba solo, se oían voces. La guitarra empezó de nuevo un acompañamiento y León a luz de la luna y en medio del silencio que rodeaba la casita oyó la voz vibrante y melancólica de Blanca que cantaba:\n\nSi fino y tierno su afecto fuera, hoy no estuviera lejos de aquí.\n\nDióle un vuelco el corazón y estuvo a punto de llamar a la puerta y presentarse en la sala; pero esto hubiera sido un desatino y tuvo que resignarse a marchar a su casa y dejarlo todo para el día siguiente.\n\n* * *\n\nAmaneció lloviendo a cántaros, como se dice vulgarmente. El aguacero no cesaba hasta las diez y los jefes de almacén y demás comerciantes, llegaban a la ciudad a coche o a caballo, chorreando agua de sus ponchos y capuchones de goma. La cosa era ganar la playa del río antes de que llegara la avenida.\n\nDespués de almorzar, León y Diego montaron a caballo para volver a Calacala. Al otro lado del río detenidos en la playa por la avenida que empezaba a disminuir, veíase una multitud de borricos y peones cargados de camas, muebles, canastos, lámparas y otras menudencias.\n\nEl aguacero había asustado a las familias que alzaban el campo de regreso a la ciudad.\n\nLos dos amigos que estaban bien montados, pasaron el río y enderezaron hacia Calacala torciendo por la calle de Herrera.\n\nAl llegar a la casa de Blanca, lo primero que vieron, con gran asombro y consternación de León, fué un carretón cargado de muebles, que parado en medio camino, esperaba la señal de partida. Ahí estaban Blanca, Marcial y Berenguela parados en la puerta.\n\nLeón se apresuró a bajarse del caballo y saludar a la joven, afanoso, manifestando su asombro y desconcierto por tan inesperada resolución.\n\n—¡Qué es esto, señorita!, ¿están Uds. locos?\n\n—A causa del aguacero mi papá ha resuelto que nos vayamos— dijo ella mirándolo tranquilamente.\n\n—Pero es una locura, es preciso persuadirlo…\n\nUn instante bastó para que León se apercibiera del profundo cambio que en pocas horas se había operado en Blanca en la que sus expresivas miradas no hacían ya efecto alguno.\n\nVieron partir la carreta y conversaron todavía largo rato.\n\nEl desconcierto de León crecía por momentos.\n\nBlanca era otra mujer. No lo trataba mal, pero él había llegado a ser para ella, lo mismo, exactamente, que Diego o que cualquier otro.\n\nMarcial acaba de enganchar el coche. Un coche pequeño de dos asientos. El viejo había dispuesto que su sobrino llevase primero a Blanca y regresase por él.\n\nEn aquel momento pasó un carruaje conduciendo una amante pareja: dos jóvenes que se habían casado algunos días antes.\n\nEl papá apuraba y Blanca entró en la casa. Marcial la siguió y deteniéndose ambos delante de la verja del jardín, hablaron un momento en voz baja. Después Marcial salió calándose los guantes, se despidió, saltó al coche alegremente y tomó las riendas. Blanca salió con el sombrero y el abrigo puestos, abrazó a Berenguela, deteniéndose a hacerle algunos encargos, se despidió de Diego, tendió a León la mano con indiferencia y subió al coche con ligereza. Su primo, haciéndola campo a su lado la miró suavemente. Entre tanto que una criada corría a traer algo que ella había olvidado, Marcial indicándole un ramo de flores que llevaba en el regazo, le dijo no sé qué muy bajito —eligió ella entre sus flores el más hermoso botón de rosa y se lo alargó sonriendo; él sujetando las riendas con la izquierda lo recibió y se lo colocó orgulloso en el ojal. Después hicieron una señal de despedida y partieron.\n\nSin darse cuenta de su propio estupor, León, mudo, absorto, desconcertado, se había quedado inmóvil, fijos los ojos en el coche que se alejaba.\n\n—¡Ay! michi-morongo, ¡lo que me cuestas! —Murmuró Diego para sus adentros al verle en ese estado.\n\nCierto que dos días después se dió un baile en Calacala, pero, ¿qué le importaba ya a León? Las puertas de Blanca, siempre cerradas en la ciudad, se cerraban para él, esta vez, para siempre."
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Sacó enseguida la tabaquera le dio dos golpecitos, sorbió una narigada, se limpió las narices con su gran pañuelo de algodón, y guardando caja y pañuelo, sacó la cabeza fuera del confesionario y dijo con acento reposado:\n\n—Si hay alguna casada, que se acerque la primera.\n\nTenía la costumbre de preferir a las madres de familia, considerando que no debían abandonar mucho rato su casa.\n\nA esta advertencia, se siguió una conmoción en torno del confesionario. Las que tenían ganada la rejilla, se vieron obligadas a cederla, y sólo después de algunos momentos se restableció la quietud.\n\nFray Justo, como de costumbre, tocó primero a la derecha. Tan, tan.\n\nLa penitente aguardaba con la respiración anhelosa y entrecortada.\n\n—¿Es confesión o reconciliación? —Preguntó el fraile.\n\n—No padre —respondió ella conmovida— venía solamente a consultarle…\n\n—Ah, Genoveva, ¿no vienes a comulgar?\n\n—No padre. Estoy en un estado de ánimo muy malo. He tenido desde ayer motivos de amargura tan enormes…\n\n—Razón de más, para buscar la fuente de todo consuelo.\n\n—¡Ay!, padre. Si viera usted cómo tengo el corazón… Solo quería hablar con usted.\n\n—Bueno, espera un rato. Despacharé a esa porción de beatas que esperan para recibir la comunión y te escucharé después con calma. Hasta luego.\n\nEl fraile se volvió a la izquierda. Otra vez una respiración anhelosa al otro lado de la reja.\n\n—¿Confesión o reconciliación?\n\n—Soy yo — silbó una voz muy reprimida. Y sin más ni más se echó a llorar.\n\n—Ay padre, mi marido me ha dado otro colerón.\n\n—Paciencia, hija. Cuando me consultaste tu matrimonio, yo lo reprobé. Nada bueno se podía esperar de un marido tan joven siendo tú ya madura.\n\n—Pero eso, padre, ya no tiene remedio, entre tanto, yo soy una desgraciada. —Y siguió gimoteando. — Al fin y al cabo, es usted mi director espiritual y nuestro padrino, si usted no toma parte, cada día será peor.\n\n—Bueno, bueno, ven mañana a las ocho y me contarás lo que ha pasado ahora hay muchas que me aguardan para recibir la Santa Comunión. Hasta mañana. Y otra vez a la derecha… Tan, tan.\n\n—¿Es reconciliación?\n\n—Sí, padre.\n\n—Ah, Escolástica. ¿No comulgaste ayer?\n\n—No, padre. Me acordé a última hora de un pecado.\n\n—No ha de ser muy grave cuando lo olvidaste. ¿A ver?\n\nLa penitente rezó el Yo Pecador y luego dijo:\n\n—Me acuso de haber echado maldiciones.\n\n—¡Hum!... ¿Y fueron de corazón?\n\n—Sí, padre, con toda mi rabia.\n\n—¿Y a quién?\n\n—A una tapa de baúl que se me cayó encima.\n\nFray Justo, en el confesionario, era impasible como una estatua. No sonreía, ni se enojaba por nada.\n\n—Mal hecho, dijo, una cristiana no se impacienta ni siquiera con los objetos inanimados. Confiesa ahora un pecado grave de la vida pasada, para que haya motivo de absolución.\n\nLa penitente obedeció, y fué despachada.\n\nA esto se siguieron diez o más confesiones igualmente breves e igualmente insulsas, hasta que el fraile tocó por décima quinta vez a la derecha.\n\n—¿Es reconciliación?\n\n—Soy yo, que he traído el libro.\n\n—Entrégamelo al punto.\n\n—Está bien padre, pero… ¿qué le voy a decir cuando me pregunte si lo he leído?\n\n—¿A quién?\n\n—A él, al que me lo obsequió.\n\n—Le dirás la verdad. Que yo te lo he pedido para quemarlo. Que te he prohibido la lectura de novelas y que no volverás a aceptar esos regalos.\n\nLa penitente, que era una niña, graciosa y coloradita, se puso en pie delante del confesionario y entregó el libro humildemente, retirándose luego.\n\nEl padre sacó en seguida la cabeza. No quedaba más que la casada número uno que comprendiendo que le había llegado la vez, se aproximó.\n\nEstaba más sosegada. Una larga amonestación del sacerdote acabó de tranquilizarla, pero al dar cuenta de lo que le pasaba volvió a conmoverse.\n\n—Anoche— dijo— con escándalo de toda la vecindad que se apercibió de ello, ha introducido a esa mujer a mi propia casa. ¿Qué debo hacer, seguiré callando? ¿Consentiré semejante ejemplo para mis criadas, para mis hijitos? ¿Qué me toca hacer?\n\n—Obrar con prudencia— dijo el sacerdote—. No comprometer el porvenir de tus hijos. Rogar a Dios y esperar…\n\n—¿Pero hasta cuándo?\n\n—Hasta cuando Dios quiera— respondió el fraile sin alterarse—. Algún día le tocará al corazón y volverá sobre sus pasos.\n\n—Tal vez— murmuró ella—. Cuando esté viejo y ya no pueda más.\n\n—Hija mía— interrumpió el confesor severamente—. Es preciso no rebelarse contra las pruebas que Dios nos manda. ¿Quieres que yo lo busque y lo amoneste?\n\n—Sería contraproducente. Si viera usted cómo se burla de los sacerdotes… Quería también— continuó ella— hacerle otra consulta. Como usted sabe, ha comprometido mi patrimonio y están a punto de rematarnos la casa.\n\n—¿Qué puedo hacer en ese asunto?\n\n—Buscar a ese señor acreedor nuestro, contarle mi situación y conseguir que nos conceda un plazo.\n\n—Está bien. Iré hoy mismo. Ven mañana a las ocho.\n\nFray Justo, entró en la sacristía y subió la escalera del Claustro.\n\nEntró en su celda, dejó el libro sobre su mesa de noche y se fué al comedor visiblemente preocupado. Cuando volvió a su celda, tomó asiento en su sillón y alargando la mano cogió distraídamente la novela. Cuyo título consistía en una sola palabra Avatar. Lo que puede la curiosidad hasta en un santo varón; interesado poco a poco en su lectura, dió vuelta hoja tras hoja hasta que se quedó dormido.\n\nEl esposo de Genoveva era un sujeto adornado de todas las condiciones necesarias para hacerse agradable en sociedad. Era un ingeniero en la conversación. Sabía condensar a veces tan oportunamente en una sola frase un profundo sentido; hacía ostentación de modales tan suaves y comedidos con las damas que tenía gran partido entre ellas. En el fondo de su trato con éstas dejaba traslucir a veces cierto abandono lleno de gracia y melancolía que le sentaba muy bien.\n\nVerdad es que ya se le notaba algo de calvicie prematura, algo de rubicundez en la tez, pero, cuando bien peinado, afeitado y perfumado se ponía el frac, la corbata blanca y los guantes, seguía siendo una arrogante figura en un salón. El brillo de sus ojos, daba todavía animación a su fisonomía y en las reuniones, aún había una que otra buena moza que a falta de un soltero que le hiciera la corte, se mostraba sensible a sus lánguidas y expresivas miradas. A parte de unos pocos padres de familia que le miraban con malos ojos acusándolo de dilapidador, y de unas cuantas señoras intolerantes que lo odiaban en secreto por lo que se murmuraba de su conducta privada, todos lo hallaban muy agradable y lo trataban con sumo agasajo. En suma, era, como se dice en castellano viejo: candil de la calle y obscuridad de su casa.\n\nDoña Pacífica, la confesada de Fray Justo, aquella esposa ya madura de un esposo demasiado joven, era una prueba viviente de que no siempre dan los nombres idea exacta de los objetos a que han sido aplicados. Doña Pacífica, parecía oriunda del océano del mismo nombre, el cual se pone a veces tan furioso, que se precipita sobre un puerto y se lo traga íntegro. Sólo que los furores de Doña Pacífica eran más frecuentes que los de aquel.\n\nSu pobre esposo tenía dos debilidades: Temía el escándalo y abrigaba la idea caballeresca de que golpear a una mujer es una acción cobarde. Con esto y con un vozarrón que se oía a una cuadra, tenía la señora lo suficiente para dominar a su marido que andaba flaco como un espárrago. Los amigos de este infeliz, en sus ratos desocupados, se complacían en recordar todos los tormentos de la Inquisición para doña Turbulenta y daban a la víctima consejos a cual más enérgicos, pero todo esto a respetable distancia, que, cuando se hallaban en presencia de ella, contagiados de inexplicable terror se mostraban muy comedidos.\n\nDormía Fray Justo profundamente cuando llamaron con suavidad a la puerta de su celda.\n\n—¿Es Genoveva o es la otra?— Se preguntó, figurándose todavía en el confesionario.\n\nEra un lego, venía a advertirle que había llegado la hora de acudir al coro.\n\nAl despertar, dos órdenes de ideas se confundían en el cerebro del fraile: Las confidencias de las dos casadas y el argumento de la novela.\n\nY fué en aquel momento; en aquel tránsito indeciso del sueño a la vigilia, vaga penumbra en que se agita el espíritu con rara lucidez, que el santo varón concibió la idea. Acudió al coro y durante los rezos y durante toda la tarde la idea siguió madurando en su cerebro.\n\nAquella noche empezaba la novena de San Pascual Bailón y Fray Justo debía presidir la ceremonia. El templo estaba ya repleto de gente cuando se presentó, revestido de capa de oro y acompañado de dos acólitos. Hecha la venia ante el Altar Mayor, se agitaron las campanillas, subió al altar el humo del incienso y tras algunos momentos de silencio en que arreció el fervor de los circunstantes, empezó la novena. Después de las primeras oraciones cuando el lego que las hacía rezar, desde el púlpito pronunció las palabras:\n\n—Cada cual aliente la confianza.\n\nFray Justo, inclinándose aún más, alentó la confianza y murmuró fervoroso la siguiente oración:\n\n—Señor mío Jesucristo, en tu Divina presencia, abomino los mitos paganos, desprecio las utopías científicas; solo en Tí creo, concédeme la gracia sobrenatural que te pido, para mayor gloria tuya y provecho de las almas que yo me sé. Así sea.\n\nAquella noche durmió más tranquilo que nunca.\n\nA eso del amanecer, llamaron otra vez suavemente la puerta de su celda.\n\n—¿Es el viento o es San Pascual Bailón que me da el aviso?— Se dijo.\n\nNo sé si mis lectores se hallan enterados de que San Pascual Bailón se encarga de dar a sus devotos aviso oportuno del día y la hora en que han de ser llamados a comparecer ante el Tribunal Supremo, a fin de que arreglen su conciencia.\n\nNo era ni el viento, ni San Pascual Bailón — sino era una Santa. Traía en las manos una corona de espinas y el fraile la reconoció al momento.\n\nSanta Rita de Casia, abogada de imposibles, modelo de esposas mártires, de pie junto a la cama, murmuró en voz baja pero muy clara:\n\n—Justo por tus merecimientos, el Señor te concede permiso para obrar el milagro que le has pedido.\n\nCuando el fraile dormido abrió los ojos, la visión había desaparecido. No era más que un sueño pero vió en él una revelación divina, obró con toda fé.\n\nDespués de decir su misa, se encaminó a su confesionario donde le esperaban, una a cada lado, Pacífica y Genoveva.\n\nComenzó por dirigir a la primera una de aquellas exhortaciones suyas, capaces de ablandar el corazón más empedernido recomendándole prudencia, dulzura y buenas palabras, únicos medios de mantener la paz en el hogar y conseguir la felicidad propia y la ajena. Después, advirtiéndole que esperaba, atendió a Genoveva; le dió cuenta de su encargo y pasó a exhortarla…\n\nCuentan de un cura, que sacaba rogativa en movimiento de luna porque, según decía, una causa natural debía cooperar al milagro. Sin conocer tal cuento, Justo, participando tal vez de esa opinión, aconsejó a su hija espiritual un tanto de energía, que no estaba reñida con los procederes de una esposa cristiana, cuando los ruegos y reflexiones han sido agotados inútilmente en la lucha contra un esposo descarriado, y en los esfuerzos para volverlo al buen camino hay más mérito y sacrificio dijo, que en la ciega sumisión que a veces es cobardía y algo de egoísmo.\n\nEn seguida ordenó a las dos mujeres a que se arrodillaran para recibir ambas a un tiempo su bendición. Quería que se fueran a su casa tranquilas, llenas de fé y que desde aquel día no tuvieran más motivo de pesar.\n\nLas dos obedecieron y el padre, en secreto, con todo el corazón pronunció las siguientes misteriosas frases: El alma…\n\nAl entrar en su casa aquella mañana, doña Pacífica se sintió tan pacífica, tan verdaderamente pacífica que se desconocía a sí misma. Jamás había experimentado igual estado de ánimo. No regañó a las criadas, ni la armó con sus inquilinos; no se le oyó la voz. Durante el almuerzo sintió en presencia de su marido una gran timidez y un temeroso deseo de agradarle. Hasta se atrevió a ofrecerle los bocados que eran de su preferencia. Después de almorzar cogió su canastillo de labor y silenciosa empezó su trabajo. Lo único que ansiaba era que la dejaran en paz para meditar en los consuelos divinos.\n\nSu consorte, más que nunca aterrado, observaba estos síntomas seguro de que eran el presagio de una tempestad más furiosa que ninguna.\n\nUna de las sirvientas de Genoveva que había salido a la puerta de calle a esperar el regreso de su ama, al descubrirla corrió a su encuentro y le dijo, con angustia:\n\n—Ay, señora, mucho ha tardado usted, el caballero está furioso. Ya nos ha hecho revolver toda la casa buscando la llave de su ropero; que no la vea entrar…\n\nLa señora asombrada de su propia entereza, se dirigió a su cuarto sin miedo, se quitó los guantes, luego el manto y estaba doblándolo cuando se oyó la voz del marido que gritaba, con voz de trueno:\n\n—¡El almuerzo!\n\nLas criadas se pusieron en movimiento. Los dos esposos se presentaron a un tiempo en el comedor; ella por una puerta y él por otra. Se miraron un instante y tomaron asiento en la mesa, él furibundo, ella impávida y despreciativa.\n\nCon la gorra calada hasta los ojos, para meditar mejor cómo iba a empezar, comenzó él a servirse el primer plato. A la primera cucharada halló la comida sin sal; la buscó en el taller y no la encontró, entonces con un terrible puñetazo en la mesa, gritó a las criadas…\n\n—¡Catalina! ¡Petrona!\n\nGenoveva, pálida pero serena en apariencia permanecía en la misma actitud. De repente, conteniendo apenas su furor el marido se volvió hacia ella y preguntó:\n\n—¿Querrás decirme por qué no están las cosas hoy día en su lugar en esta casa?\n\n—Porque en esta casa todo está fuera de su lugar, comenzando de quien la gobierna— contestó ella.\n\nEl hombre, atónito ante la inesperada actitud de su mujer, se puso de pie.\n\nElla de pie también, le desafió con la mirada.\n\n—¿Qué quiere usted decir?\n\n—Quiero decir— respondió— que siendo tú el primero en dar ejemplo de desorden, despilfarro y mal proceder, no tienes derecho para exigir corrección de los demás.\n\nUna ola de furor sacudió los miembros de aquel hombre orgulloso y envanecido, dió un paso hacia ella y con un impulso ciego, sin darse cuenta de lo que hacía, de una bofetada la arrojó lejos…\n\nElla dió un grito y se llevó la mano a la frente. Se había estrellado contra la cerradura de una puerta. Hubiera caído al suelo, si las criadas no acuden a sostenerla. Cuando apartó la mano, gruesas y precipitadas gotas primero y luego un chorro de sangre, manchó su cara.\n\nEl marido, pálido, trémulo, la miró un instante. Una criada acudió a lavar la herida con una palangana.\n\n—No con esa agua, gritó él: con agua hervida.\n\nEntonces ella fuera de sí le increpó a gritos:\n\n—Cobarde, ¿qué te importa? Y ahogando un gran sollozo continuó: — ¿Y qué me importa a mí? ¿Qué me importa vivir ultrajada, envilecida? Miserable, por causarte una hora de remordimientos sufriría con gusto mil muertes.\n\nLe faltaron las fuerzas cayó en una silla y perdió el conocimiento.\n\nCuando volvió en su acuerdo, estaba en su cama. El marido había traído un médico; la pusieron en un asiento y procedió la curación. La suegra, silenciosa y conmovida, ayudaba al médico.\n\nAl mismo tiempo que abandonaban las fuerzas a Genoveva, Doña Pacífica recobraba sus bríos momentáneamente perdidos. Sabedora del accidente que aquella había sufrido, se encaminó a visitarla acompañada de su dócil consorte.\n\nCuando entraron en la sala, hallaron allí a varias señoras. Comentaban el estado alarmante de la enferma. Todas sabían lo ocurrido con más o menos exactitud, pero todos fingían creer lo que la suegra de aquella había contado: Se había herido en una caída muy casual.\n\nUna de aquellas señoras tuvo la malvada ocurrencia de deslizar por lo bajo una pregunta algo indiscreta… ¿Y el marido?\n\n—Está en su cabecera sin moverse — contestó otra.\n\n—Aquí te prendí — pensó doña Pacífica, y exhalando un suspiro murmuró dolorida.\n\n—Dichosa ella. Cierto que su marido es un poco calavera, como todos, pero al menos cuando está enferma se duele de ella; otras podemos morirnos sin que a nadie le importe.\n\nCruzáronse entre las circunstantes fugitivas miradas de inteligencia y sonrisas casi imperceptibles asomaron a algunos labios. El aludido, no sabía cómo disimular.\n\nSalió de allí ardiendo en cólera. Acompañó sin decir palabra a la señora hasta su casa que estaba próxima y cuando ella pisaba el umbral, se largó por la acera hacia la plaza. Ella deteniéndose, le llamó repetidas veces en voz alta, con tal imprudencia que dos o tres vecinas asomaron a sus puertas a ver lo que pasaba; él regresó por evitar escándalo; pero, pálido de rabia, con los puños cerrados llegó a su cuarto, hasta la cabecera de la cama. Ella que lo seguía, al verle sacar la pistola y desenfundarla corrió hacia él gritando:\n\n—Bárbaro, ateo. ¿Vas a morir sin confesión?\n\n—Quien va a morir es usted— dijo el mozo con calma satánica y apuntó.\n\nElla lanzó un chillido pero él le puso el caño de la pistola en la frente, diciendo:\n\n—Un grito más y le clavo cinco balas en la cabeza.\n\nLa pobre señora, escapándosele resoplidos de horror pero muda, aguantó mientras el bárbaro, pistola en mano, le cantaba a voces la cartilla.\n\n—Se ha imaginado usted que soy un niño; ¿que puede manejarme como a un muñeco? Se equivoca usted. Desde hoy, saldré cuando me dé la gana y volveré a la hora que quiera. Y no se meta a gobernarme, porque estoy resuelto a todo. ¿Me entiende usted? No me importan ni la cárcel, ni el patíbulo… Ni el demonio.\n\n—Al fin se le subió al pobre la mostaza a las narices— dijo una vecina.\n\n—Aguarda que vayamos a favorecerle— dijo otra.\n\n—Ocho días después, la vida, en los dos hogares seguía su curso ordinario… pero no sin cierta modificación muy favorable en los caracteres…\n\nSi hubiese conocido los pormenores de las dos tragedias íntimas, el público, siempre inclinado al racionalismo, hubiera tratado de explicarlos como hechos muy naturales. Se habría dicho en primer lugar, que, el inusitado consejo del confesor, había provocado en Genoveva la actitud temeraria que enloqueció de cólera al marido, y que el esposo de doña Pacífica, estimulado por el ejemplo de la santa esposa, había tomado las riendas del gobierno escarmentando a la suya.\n\nLa verdad es que esta última, desde entonces, siempre que iba poniéndose turbulenta se acordaba de aquel caso de la pistola que había estado a punto de enviarla al otro mundo. Por su parte, el esposo de Genoveva, sobre el cual la opinión pública guardó desde entonces de provocar un estallido cuyo recuerdo lo turbaba todavía. Además, cosa extraña. Su mujer exasperada, terrible, empezó a inspirarle una secreta estimación que no sentía ya por ella hacía mucho tiempo. Aquel grito de rebelión la había elevado a sus ojos.\n\nEntre tanto, todo el mundo se asombraba de los indicios reveladores que demuestran un cambio favorable en la vida íntima de los dos matrimonios.\n\nNadie sabía que eran los resultados de un milagro de Fray Justo."
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   "texto": "En la silenciosa casa de campo, se oye lejano el tañido del cencerro que anuncia la llegada del ganado. Es la hora melancólica y solemne del anochecer. Hora en que la atribulada madre de familia siente más que nunca el peso de su temprana viudez y en que, acosada por sus recuerdos, a la vez que por la idea de los cuidados y sinsabores presentes, huyendo de sí misma a su habitación ya surcada por las sombras, y rodeándose de los suyos, se encamina a la puerta de la calle, toma asiento en los poyos de barro, guarnecidos de gruesa alfombra cuzqueña, a ver pasar la mansa y lenta procesión. Primero yeguas, caballos y borricos custodiados por el mulero; luego el grupo de vacas a cuyas patas se arriman graciosos y ariscos recentales, y la mujer que las conduce afanosa haciendo girar su rueca mientras camina; después la tropa de ovejas, de las que se desprenden grupos de corderillos que huyen lanzándose al aire en graciosa pirueta al pasar junto a los niños que las persiguen; y atrás de todos, la original figura del pastor, con su traje hecho jirones y su sombrero andrajoso, caprichosamente adornado con grandes flores silvestres de las quebradas. Los tres, uno tras otro saludan al pasar a la patrona con ese acento humilde y dolorido, peculiar del indígena, y luego arrean en derechura a los corrales.\n\nEntre tanto, la hija mayor que ha quedado como siempre sola, encerrada en su cuarto, al acabar de anochecer, puesto el abrigo, con el ala del sombrero sobre los ojos hinchados de llorar, cierra su puerta, cruza lentamente el patio y sale al campo, silenciosa como una sombra.\n\nSu madre, que la observa con inquietud, trata de detenerla.\n\n—¿A dónde vas, Emilia?\n\nPero ella no contesta y sigue, paso a paso, camino abajo, hacia la pampa.\n\nUna mirada cambiada entre la señora y su fiel ama de llaves, basta en aquel instante para que ambas se comprendan, y la ágil servidora, alborotando a niños y criadas, con pretexto de dar también un paseo, se lanza en comitiva tras la malhumorada y pensativa paseante.\n\nLos mil rumores del anochecer han callado de pronto. Disipada la niebla de la tarde, la luna brilla en el azul profundo de los cielos — luna de invierno que inunda el valle de luz espléndida. Por el ancho camino pedregoso, a su derecha la sombra de una hilera de rosales, a su izquierda el maizal que se extiende hasta la playa del río, Emilia marcha pausada y pensativa sin volverse atrás. La brisa de la noche va exhalando a su paso suspiros silenciosos, a cuyo soplo, las rosas, que se deshojan, tienden sobre el camino leve alfombra de pétalos. Caricias del ambiente que no llegan a su alma conturbada por incesantes contrariedades.\n\nAl terminar la hilera de rosales, va a torcer a la izquierda para internarse en un sendero del maizal, cuando la comitiva que la sigue, logra alcanzarla. Con risa un tanto irónica, acepta Emilia la obsequiosa compañía del ama de llaves, que de mil amables modos trata de disimular el espionaje de que está encargada.\n\nAlgunos pasos más y han llegado a la choza del chacarero, aérea alcoba de ramas, construída sobre cuatro estacones, a dos metros de altura, de modo que domine el mar extenso de penachos, tesoro que en esa época del año, próxima a las cosechas, es preciso custodiar de día y de noche a hondazos y silbidos.\n\nEn aquel peldaño claro del sembrado, al pie de la gayola, agrupada sobre un pedrón, único asiento, más de una vez, en las tardes toda la gente menuda de la casa de la patrona, niños y criados, han escuchado absortos los medrosos relatos del chacarero.\n\nLas noches del guardián de los maizales son llenas de zozobras y rodeadas de misterio. La imaginación del indio ha poblado los campos de enemigos fantásticos, más temibles que los ladrones, los k’arisiris salteadores verdaderos. Aquella noche, el medroso relato del labriego, provocado por Emilia, se hace aún más interesante a la luz de la luna. Están en lo más sabroso, cuando de pronto, el narrador queda suspenso. En el silencio del campo, se oye a intervalos el son acompasado de un campanillazo semejante al que acompaña al Sacramento. Los circunstantes se miran azorados. No es ilusión. Todos los oídos lo escuchan cada vez más distinto. El apiñado grupo se estrecha aún más con estremecimientos de terror. El campanillazo avanza de minuto en minuto hasta vibrar agudo y penetrante a corta distancia. Oyese un ruido al fondo del maizal. Todas las caras de espanto, todos los corazones palpitantes. De repente, a diez pasos de distancia, las altas cañas del cereal crujen y se desgajan, dando paso, primero a una llama rojiza, luego a una sombra; una capucha gris y dos mangas de fraile que sostienen, a un lado la linterna, al otro la campanilla y las alforjas.\n\nEl estupor general dura algunos segundos. Una voz descompuesta por el terror exhala un grito:\n\n—¡K’arisiri!\n\nA ese grito de espanto del chacarero sigue el grito simultáneo de diez bocas, y todos, grandes y pequeños, atropellándose, tropezando y cayendo, se precipitan hacia el sendero que conduce al camino. No todos llegan a él: a dos pasos el chacarero yace en tierra, de bruces, arrojando sangre por las narices.\n\nLa joven entretanto, petrificada en su asiento, se oprime con ambas manos el corazón, mirando hacia la extraña aparición entre asustada y sonriente; luego se para, da algunos pasos y cae en brazos del fantasma. La capucha de jerga gris se desliza hacia atrás y deja descubierto a la luna, el rostro noble y simpático que sonríe bajo su espeso bigote negro. Tras suave y prolongado abrazo el fraile conduce a Emilia al asiento de piedra, se coloca a su lado y se miran sonriendo, agitados aún por la emoción.\n\n—¡Eres valiente! —Murmura él a media voz.\n\n—Sí, tan valiente, que aunque estaba advertida, he tenido un poco de miedo.\n\n—¿Recibiste mi cartita?\n\n—Ayer tarde. Si hubieses visto con qué naturalidad me lo entregó el pastor, en presencia de todos, escondida en la corola de una flor de ulala.\n\n—A no ser este ardid no hubiéramos podido vernos, dice el joven, respondiendo a la mirada de curiosidad con que la niña examina su aterrador disfraz.\n\n—¿No te decía que en el campo había de ser lo mismo que en la ciudad? No puedo dar un paso sin que me sigan. ¡Ah, mi madre! No sé qué va a hacer de mí. No sabes qué tormento es estar vigilada.\n\n—Pero, no perdamos tiempo: ¿qué es ese asunto grave y urgente que querías comunicarme personalmente? ¿Qué es? Repite angustiada al ver tornarse sombrío el semblante amado. ¿Te han dicho algo de mi madre? ¡Dios mío! ¡Cuándo me darás el gusto de no hacer caso de chismes!\n\n—Parto al Acre —dice él por toda respuesta.\n\n—Al Acre, ¿tú? ¡Qué locura! ¿Era eso lo que tenías que decirme?\n\n—Es cosa resuelta. Me he alistado en las tropas que se están equipando para el objeto. Saldremos dentro de dos semanas a más tardar.\n\nElla quedó aturdida. Lo que acaba de oír le ha hecho el efecto de un golpe de maza que hubiese recibido en la cabeza. Luego se esfuerza y prorrumpe con vehemencia:\n\n—Pero, ¿no ves que de diez individuos que pisan esas regiones, dos o tres vuelven, y aún esos, a morir lentamente a consecuencia del paludismo?\n\n—¡Qué hacer! Seré a lo menos útil a mi patria: ¡y si no vuelvo, tanto mejor!\n\n—¿Crees, pues, tener derecho para disponer de tu vida? ¡No soy nada para tí! ¡Ah! ¡Desgraciada de la que un día ha confiado de la promesa de un hombre!\n\n—Emilia, escucha: voy a ser franco: Tu madre hace imposible nuestra dicha. No lograremos vencerla; estoy convencido de ello. Si yo te amara menos, me quedaría a presenciar como un estúpido, la dicha de otro. Perdóname; la vida es esa. Tarde o temprano cederás a las tenaces sugestiones de mi enemiga, y entonces, ¿qué me queda? Una vida sin objeto. Que mi muerte, si la hallo, sea a lo menos fructuosa para los míos; que el precio de mi sangre alivie un día su indigencia.\n\n—Tienes razón: Tu madre, ¡tus hermanitas! ¿Qué te importo yo?\n\n—Tu madre ha abierto un abismo entre los dos, dice él sombrío. Los ultrajes que me ha hecho, que sigue haciéndome, son de tal naturaleza… ¿Sabes acaso el mensaje que he recibido de ella últimamente?\n\n—Lo sé. No lo repitas. Pero ¿es culpa mía? Oye Ricardo: Te lo juro mil veces: jamás cederé a los deseos de mi madre. Te seré fiel, pero renuncia a ese proyecto, no desesperes. Somos jóvenes, todo puede cambiar.\n\n—¿De qué modo? Soy pobre, ese es mi crimen. Yo no me hago ilusiones: nunca podré cambiar de situación, en este miserable rincón del mundo. Un joven pobre, no sube, sin un sostén, los difíciles peldaños de la fortuna. Parientes ricos, padrinos influyentes, ni aún eso basta. Es preciso inclinarse, adular, abdicar, ser bajo, ser abyecto. Yo no podría, aunque volviese a nacer.\n\n—Yo no quiero seas sino lo que eres. Sólo te pido que confíes un poco. Escúchame, tengo ahora una esperanza. Dentro de pocos días hará un año de la muerte de mi padre y han de decirse sus misas en el pueblo. Mi madre se propone comulgar ese día. Pienso hablar con el padre que la confiesa. Explicarle mi situación, implorar…\n\n—¿Olvidas que el mismo señor Obispo no ha podido vencer su terquedad?\n\n—Es que ahora noto cierto cambio en ella, ¡quién sabe si esta vez…! Le he pedido a Dios un milagro; a tí te pido tan sólo unos días de plazo. ¿Me prometes renunciar a tu idea, a buscar un modo de salvar del compromiso, si es que ya los has adquirido?\n\n—Está bien. Esperaré una semana.\n\n—¿Estarás el domingo en el pueblo?\n\n—Estaré allí.\n\n—Nos veremos siquiera desde lejos. Yo le suplicaré al padre que te dé a conocer el resultado de su intervención en este asunto. Y ahora vete. Oigo voces. Son ellos. Les ha pasado el susto y vuelven. Adiós. Confía en mí.\n\nEl fantasma se interna en el maizal. Un numeroso grupo de personas que hablan a voces desciende por el camino y toma por el sendero.\n\nLa ansiedad de la madre es indecible. No cree en la realidad del fantasma que todos han visto, pero su hija ha quedado sola en medio del campo, presa quizá del pánico que le impidió huir, y hasta no hallarla no tiene sosiego. La joven, recostada en el pedrón contra la choza, dominada todavía por las ideas y emociones que ha experimentado, no necesita fingir la postración que, de veras, se ha apoderado de sus miembros.\n\n—¡Emilia! —grita la madre al descubrirla— ¿por qué no huiste? ¿Qué te ha pasado?\n\n—Nada. Mis rodillas se doblaron de susto. Apenas me doy cuenta de lo que ha sucedido.\n\nCuando ya de regreso todos en la casa, se encienden luces en el comedor y se sirve la cena, el aire ensimismado y abatido de la joven confirma las sospechas de la gente sencilla que la rodea. La señora, que observa a todos y descubre las miradas de inteligencia que sus sirvientes cruzan entre sí, adivina lo que se piensa de su hija: sabe las proezas que se atribuyen al k’arisiri, vampiro en forma humana, que fascinando a su víctima, logra adormilarla para abrir una herida en su seno y extraer de sus entrañas substancias misteriosas destinadas a un uso más misterioso aún. La herida, curada en seguida, queda invisible, pero el daño está hecho y la víctima adementada, mustia, se consume lentamente hasta morir. Mortificada interiormente y a fin de despreocupar a aquellos ignorantes, la madre, durante la cena, trata de distraer a la niña, con su conversación, pero no lo consigue en toda la noche y al fin se retira a dormir, dominada por esta impresión y pensando en las tristezas secretas de esta hija que es su tormento.\n\n* * *\n\nEs media noche. La acongojada madre pugna, se agita hundida en las tinieblas de un sueño horrible. En la pieza contigua, la luz de cuatro cirios ilumina un cuadro. Coronas de rosas blancas, pendientes de las columnas un catre-tules y flores formando un lecho mortuorio, y una inmóvil y pálida figura cuya silueta se destaca entre los tules y las flores. ¡Es, pues, verdad que aquello ha sucedido! ¿La idea, que al cruzar alguna vez por su cerebro, rápida como un relámpago, sacudió todo su ser hasta dejarla desfallecida, es una realidad que pesará sobre ella todo el resto de su vida?\n\nSe acuerda con espanto de las frases que, con ligereza increíble pronunció más de una vez: —”Quisiera verla muerta, antes que en brazos de ese hombre”. ¿Muerta, la hija adorada, después de haber sufrido tanto! ¡Muerta, sin haber tenido un día de felicidad! La desesperada madre se arrastra de rodillas, retorciéndose; desde el fondo de su corazón lanza un grito supremo:\n\n—¡Dios mío! Ya sé que esto es sin remedio — que lo que está consumado no puede dejar de ser pero, ¡Dios mío! para tí no hay imposibles —ten compasión de mí — ¡no puedo más! — haz de cualquier modo, que esta visión desaparezca de mis ojos; destruye esta realidad: haz un milagro, y te juro… ¡te juro, Dios Poderoso! que los haré felices. Deponiendo mi orgullo y mi aversión, iré yo misma a arrodillarme ante ese hombre a implorar…\n\nLa violencia y esfuerzos de su propia congoja la despiertan. En el sombrío aposento penetra suavemente el vislumbre de la luna a través de los vidrios de la ventana. Todo está en calma — sólo se escuchan respiraciones tranquilas. Emilia duerme en la pieza contigua… La entristecida madre se incorpora y llora a sollozos. Después medita largo tiempo — reza, y no vuelve a dormir hasta que aclara el día.\n\n* * *\n\nUna semana después, la viuda, arrodillada ante el confesionario de un reverendo, en el pueblo termina su confesión. Y ahora, padre, dice, escuche Ud. un caso de conciencia: De su respuesta depende la tranquilidad de mi vida: ¿Estoy obligada a cumplir un juramento que hice a Dios en sueños?\n\n—¿Ese juramento es de odio o de perdón? — pregunta el fraile.\n\n—Es de perdón.\n\n—Pues estás obligada a cumplirlo como si lo hubieses hecho despierta.\n\n* * *\n\nUna hora más tarde, en un cuarto de la casa donde han sido alojadas, Emilia, temblorosa de emoción, se prende el manto ante un espejo. Su madre ha vuelto del templo. Su suerte va a decidirse. Corre a saber el resultado de la encarecida súplica que hizo al anciano que ha confesado a su madre; pero, al pisar el umbral para salir, da un paso atrás y queda atónita. El recoleto entra en la casa — no viene solo — Ricardo viene con él; no la han visto; cruzan el patio y entran impávidamente en la sala donde está su madre. ¡Dios mío! ¿Qué sucede? ¡Oh ansiedad!\n\nDespués de algunos momentos el sacerdote vuelve solo y se dirige hacia ella…\n\n—Padre, ¿qué es esto?\n\n—Nada, que me encargó que llame al joven. Los dejo hablando como buenos amigos.\n\n—¡Padre!, es Ud. quien ha obrado este milagro.\n\n—No hija, te engañas. Es Dios, que para obrarlos se vale a veces de medios muy naturales y sencillos."
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   "resumen": "Una multitud de insectos celebra la llegada de la primavera en un prado, descrita como un carnaval social con togados, grisetas, socialistas y diplomáticos. Al caer la tarde, un Grillo solitario, que acaba de ver partir a una Libélula, se interna en la hierba y da con unas ruinas de bóveda blanca, cuyo conserje, un escarabajo, se las enseña con vocabulario de arquitecto. El lector reconoce poco a poco el edificio, y la visita deja al Grillo una melancolía incurable.",
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   "texto": "A un prado, nunca hollado, en que la grama formaba selva espesa y sobre la cual se erguían, a modo de palmeras, esbeltas umbelíferas, había acudido la multitud a festejar la llegada de la risueña Diosa Primavera.\n\nEra la fiesta anual, siempre la misma. La hermosa palingenesia de un mundo efímero que resurgía una vez más bajo el influjo de la estación.\n\nLos gérmenes, rasgadas las paredes de su cárcel, se alzaban impacientes. Las larvas despertaban. Había llegado la hora del tránsito dichoso hacia la luz.\n\nEn aquella mañana esplendorosa, grandes y chicos, hermosos y grotescos, todos en traje de gala, mezclados, confundidos, en huelga universal, flotaban con delicia en el ambiente saturado de efluvios húmedos y tibios.\n\nTodas las clases se hallaban representadas en la revuelta y heterogénea muchedumbre. Veíanse allí coleópteros togados, que, perdiendo de pronto su gravedad, desembozaban sus élitros rígidos y ahuecados, para estirar la gola encarrujada de sus frágiles alas interiores, saltarinas y tijeretas, ortópteras que abrían sus abanicos semejantes a serpentinas; lujosas lepidópteras de todo género: ya pesadas y airosas como majas, ya ligeras como grisetas; todas pintarrajadas de carmín o cubiertas de polvo de oro.\n\nAquí y allí se pavoneaban los himenópteros bronceados, entre los cuales descollaba el Tábano zumbón; y en fin, en todas partes, la turba alegre de pilluelos, los Mosquitos, igualmente malignos y zumbones. Diseminados en la inmensa muchedumbre, avanzaban también, un poco temerosos de un golpe inesperado de la policía, los socialistas de baja estofa: Polillas, Saltamontes y Gorgojos, y sus audaces colaboradoras: La Altisa y la Filoxera.\n\nDe repente, provocando un murmullo general, presentábase alguna celebridad: alguna noble inventora, de ésas que dotaron a la industria de productos útiles: una Crisálida benemérita, antiguo Gusano de Seda, que acababa de darse a luz convertida en Mariposa —Una Abeja Reina y sus obreras —una Modesta Cochinilla, tipo de abnegación; o bien, una simpática legación de Hormigas aladas en su sencillo traje diplomático.\n\nY en torno de esa pléyade brillante, la multitud anónima: miríadas de animálculos sin nombre, incubados en la inmundicia, girando hacia los centros en que anhelaban ser...\n\nAbajo, en las sombrías avenidas de la floresta de grama, se paseaba así mismo la multitud pedestre: Miriápodos y Arácnidos y entre ellos, más de un sujeto de siniestra catadura —torva la horrible mirada de ocho ojos y oculto el aguijón envenenado, dispuesto a herir.\n\nLa fiesta, pastoril en la mañana, habíase convertido al declinar la tarde, en carnaval frenético. Grupos de chupadoras aclamaban a la Diosa rindiendo culto a Baco en el cáliz sabroso de las flores. La inmensa mascarada, ensordecida por su propio zumbido universal, iba y venía en corso inacabable alrededor del prado. Allá ruidosa y estridente estudiantina de cigarras —aquí grotesco grupo de panzudos moscardones ceñidos de luciente tornasol azul y verde, agitando sus alas de velillo a guisa de panderetas —Más lejos, saltarines y tijeretas, o bien, comparsa alegre de mariposas luciendo luengas faldas cuyos colores chillones contrastaban con el tocado aristocrático de las neurópteras de breves alas y figura esbelta.\n\nJunto a aquel prado, corría un arroyo de dos metros de ancho, que para aquellos seres diminutos tenía el aspecto de un río navegable. Muchos sedientos hundían la trompa en su corriente. No lejos de la orilla, bajo una piedra sombreada por obscura parietaria, bohemio artista, un Grillo, tranquilo expectador de aquel tumulto, ocultaba su pobre traje y su figura desgarbada.\n\nCaía la tarde. Luciólas diligentes encendían ya focos de luz. La fiesta iba a concluir. Un soplo de la brisa estremeció un rosal que inclinaba sus flores sobre las aguas. Cayeron varios pétalos. Una pálida Libélula llegó volando a la orilla; plegó sus alas de tul y se dejó caer rendida en la concavidad de un pétalo de rosa. La frágil embarcación, con su pequeña carga, se balanceó un instante en un remanso y luego huyó arrastrada por la corriente.\n\nEl Grillo exhaló un débil cri-cri y, a pequeños saltos, se internó en la selvática espesura de grama donde reinaba ya profunda sombra.\n\nDe vez en cuando, un tímido rayo de luna, deslizándose por el follaje, alumbraba sus pasos. El solitario se internó cada vez más en la floresta que en aquella hora, solo inspiraba pensamientos tétricos. No halló un transeúnte; todos se habían marchado a descansar.\n\nVagaba así, cuando de pronto vió destacarse encima de la selva la blanca bóveda de un extraño edificio, especie de rotonda, de estilo arquitectónico difícil de reconocer. Siguió avanzando hasta tocar sus muros medio ocultos en aquel mar de verdor. Habíase despertado su curiosidad y en un breve paseo de circunvalación no tardó en descubrir su portada vivamente iluminada por la luna. Consistía ésta en dos óvalos o claraboyas situadas a cierta altura y equidistantes de otra abertura más baja, especie de ajimez, cuyo tabique central se hallaba medio derruido. El soportal que defendía la entrada del edificio era una galería saliente en forma de herradura, que en vez de capiteles, superior e inferior, ostentaba una serie de arabescos, a modo de estalactitas y estalagmitas, labradas en una materia más dura y blanca que la del resto del edificio.\n\nEl intrépido paseante dió dos brincos hacia adentro. Reinaba un gran silencio. Sombras medrosas invadían los rincones. Los rayos de la luna, al través de las dos singulares claraboyas adquirían la tristeza pavorosa de la mirada de un moribundo. Su reflejo en el interior de la bóveda, difundía cierta vislumbre que permitía distinguir los objetos. En medio del pavimento, se destacaba la negrura de una cavidad profunda como un pozo.\n\nEn el fondo de aquel subterráneo resonaron pasos y una voz preguntó:\n\n— ¿Quién va?\n\nEra un escarabajo que avanzó lentamente.\n\nEl feo conserje, sometido a un largo ayuno de conversación, se mostró afabilísimo.\n\n—Supongo que querrá usted pasear las ruinas, dijo. Sígame y medite lo que va de ayer a hoy. Esa bóveda desierta, en cuya concavidad resuena el eco de nuestros pasos, abrigó en otro tiempo multitud de celdas que fueron centros de prodigiosa actividad. Dentro de sus tabiques se produjeron las más elevadas manifestaciones de la vida. Era una construcción ligera, alojada inmediatamente debajo de la bóveda. Estaba simétricamente compartida en dos departamentos laterales y cada uno de estos, en tres divisiones rodeadas de una sucesión de celdas, en galería cerrada, llamadas de circunvalación. Ambas alas de la construcción unidas por el puente de Varolio, (llamado así, sin duda por el arquitecto que lo construyó); constituían lo que podía apellidarse la Oficina Central, por hallarse en ellas el centro motor de un admirable sistema de hilos conductores que la ponían en comunicación con el exterior. En ese hueco que ve usted ahí, un poco más abajo de la Oficina Central, se hallaban sus dependencias.\n\nEn ellas se atendía al movimiento de la planta baja del edificio. Los hilos conductores se entrecruzaban a la altura del puente, poco más o menos, de modo que la planta baja izquierda comunicaba con el departamento derecho de la Oficina y viceversa.\n\n—Si usted quisiera asomarse a esa obscura escotilla —continuó —por donde acabo de subir, podría ver uno o dos peldaños que aún existen de la gran escalera que conducía a los extremos inferiores del edificio. Cada peldaño estaba horadado en su porción posterior, de modo que, acopladas todas las cavidades coincidían formando un canal en que estaba el haz de hilos conductores de que he hablado.\n\nEn el pavimento de las divisiones de ambas mitades de la Oficina, se hallaba el acueducto de Silvio. Cerca del puente de Varolio se alzaban las pirámides; las anteriores y las posteriores. Lástima que todas esas maravillas arquitectónicas hubieran sido labradas en materia poco consistente. Hoy todo eso se ha derrumbado y solo queda, como usted ve, la parte sólida del edificio.\n\nLa larga explicación del amable Conserje había llegado a interesar al visitante que le escuchaba con atención.\n\n—Fíjese en ese pavimento— continuó—. Por su forma particular ha sido comparado a un gran murciélago. Mire usted; consta de un cuerpo central y dos alas que se extienden hasta tocar los dos muros laterales. Este admirable entresuelo sujeta las numerosas piezas de la portada uniéndolas a la bóveda.\n\nEse montón de escombros que ve usted ahí, en el fondo del ajimez, era una celosía acribillada de agujerillos: Las corrientes de aire, al chocar con las paredes interiores del ajimez, tapizadas de fina tela, enviaban hacia adentro los átomos odoríferos, conducidos por hilos finísimos que, atravezando los innumerables agujeros, se unían adentro en dos cordones.\n\nEra este el primer par de cordones de los muchos pares que comunicaban la Oficina Central con los diversos puntos del exterior. La fuerza activa que obraba en ellos, no era precisamente el fluido eléctrico, pero sí algo muy parecido. Obraba de dos modos: transmitiendo las noticias sensacionales del exterior, a la Oficina Central, donde se hacía conciencia de ellas, e impartiendo las órdenes de la Oficina a las extremidades del edificio.\n\nCada una de las aberturas de la portada, transmitía un orden de noticias, diversas, según la región de donde procedían. Por esas dos claraboyas cuyos cóncavos, hoy vacíos, se hallaban entonces revestidos de lindas vidrieras y cortinas, penetraban las llamadas vibraciones luminosas. Vibraciones de otro género eran transmitidas por otro par de cordones que partían de dos aberturas situadas en los muros laterales, equidistantes de la portada.\n\n—Si usted quisiera molestarse, se las enseñaría.\n\nSalieron por el ancho soportal adornado de estalactitas y estalagmitas de marfil, y torcieron hacia la derecha. Aquella porción lateral del muro sobresaliente de la bóveda, formaba, casi a la altura de las claraboyas una especie de azotea, prolongada hacia atrás.\n\n—Esta azotea —dijo el escarabajo— llevó en otro tiempo el pomposo nombre de Arco Cigomático. Son dos: una a cada lado de la portada. En ellas tengo dos observatorios. Desde aquí me entretengo en contemplar las puestas de sol o en contar las estrellas en las noches claras.\n\nSe detuvieron en un punto en que la parte saliente terminaba y el muro ofrecía a la vista una especie de nicho. Penetrando en él recorrieron un callejón que los condujo a una reducida estancia donde yacían amontonados varios objetos: un yunque, un martillo, un estribo y un lente.\n\n—Usted se figurará estar en un taller de herrería, dijo el escarabajo, pues nada de eso; a lo que esto podría compararse con más propiedad, es a una oficina telefónica, aunque el aparato que va usted a ver, mas tiene de fonógrafo que de teléfono. Asómese a esa ventana oval, o a esta otra redonda, y procure ver hacia adentro. Descubre usted una bocina un poco inclinada hacia abajo. Esa es la Trompa de Eustaquio.\n\n¿Ha aplicado usted alguna vez el oído a la concha de un caracol? Se halla lejos del mar; y no obstante, se escucha en su interior el rumor de las olas.\n\nUn fenómeno semejante, en apariencia, aunque de muy distinta naturaleza se produce aquí. No hay vida adentro ya, pero las membranas que recibieron y conservan la impresión de los antiguos sonidos, aunque muy estropeadas, siguen funcionando. El aire los despierta. La cara interior de la bóveda hace de lámina vibrante que los reproduce y la ilusión es completa. Haga usted la prueba.\n\nEl Grillo aplicó el oído. En los primeros instantes solo percibió un ruido sordo acompañado de una resonancia cada vez más fuerte —luego un lejano rumor de colmena que fué creciendo y complicándose hasta dar la idea confusa de un gran tumulto. A medida que se escuchaba, se comprendía mejor. Era aquel todo un mundo exterior reflejado y repercutido adentro, que se reproducía en mil escenas simultáneas, y al mismo tiempo, toda una vida interior, subjetiva, recóndita, que seguía vibrando intensa y dolorosamente.\n\nLa sorda resonancia fué convirtiéndose en prolongada aspiración, en un ansia inacabable, de cuyo fondo surgieron aleteos de alas palpitantes que se encumbraban al infinito, ruido de caídas, ecos de abismo, clamores de ángel, jadeos de bestia, rugidos, estertores, risas, sollozos...\n\nEl Grillo se sintió acometido de un malestar repentino. Dió un paso atrás. Su cabeza vaciló y teniendo apenas tiempo para despedirse, huyó desatinado dando traspiés. Después, con un esfuerzo supremo, se lanzó a grandes saltos hasta caer sin aliento muy lejos del siniestro paraje.\n\nLe recogieron sin conocimiento. Su prolongado vértigo, del que apenas pudieron despertarle, alarmó a todos. Sus amigos, sospechando la causa del accidente, le hablaban de la pálida Libélula, reina del corso, que la tarde anterior había huido delante de sus ojos, como ensueño irrealizable. El triste enfermo callaba y sonreía. Sentía que su dolencia era incurable. Se hizo misántropo.\n\nSolitario cantor de las ruinas, en su flébil gemido, desde entonces, solloza, no ya el alma inocente de un insecto, sino la hipocondría de un demente iniciado en los secretos humanos."
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   "notas": "La edición de 2016 titula «Rendón y Rodín» en el índice y la cabecera; 1943 y el cuerpo dicen «Rondín». Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 1 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 19 variantes de 1943 adoptadas, 16 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Pancho Rendón, un niño pobre que falta a la escuela porque no tiene zapatos ni cuadernos, vive con su abuela costurera y con Rondín, el perro que es su único amigo. Entre beatas chismosas, un padrastro violento y un maestro que lo expulsa, el chico descubre la injusticia y empieza a hacer preguntas incómodas. El cuento termina con una de ellas, dirigida a la abuela y a la doctrina que lo explica todo con Adán y Eva: «¿y los animales? ¿Por qué sufren?».",
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   "texto": "A la sombra del más coposo de los terebintos del Parque de Septiembre, arrellenado en un banco, con los pies colgantes, acariciaba el ensortijado pelaje de su perrillo, que de hocicos sobre sus rodillas, dormitaba entreabriendo de vez en cuando los ojos para mirarlo con cariñosa mansedumbre.\n\nRendón y Rondín.\n\n—Los dos inseparables.\n\nUn condiscípulo que pasaba, divisó al grupo y se encaminó hacia él, interpelando al chico bruscamente.\n\n—Che Rendón, ¿qué haces aquí?\n\n—Mauleando.\n\n—¿No piensas volver a la escuela?\n\n—No.\n\n—¿Y por qué?\n\n—Estoy aburrido. El maestro me macanea.\n\n—Sabrás que está furioso. Esta mañana me ha llamado:\n\n—Oiga, Quiroga, ¿conoce la casa de Francisco Rendón? —Sí señor —Vaya Ud. y dígale a su padre... —No tiene padre, dijo; solo tiene padrastro. —Pues dígale al padrastro que venga; que necesito hablar con él. Te van a embromar hermanito. Rendón se encogió de hombros.\n\n—¿Piensas entonces quedarte de burro blanco?\n\n—Voy a pasar a la Escuela Quiroga.\n\n—Ja, ja. A tu abuela. Las fiscales se han hecho para los ricos. En primer lugar, allá van todos bien vestidos; y luego, a cada rato, cuadernos, libretas, estuches y demás vainas.\n\nEl diálogo fué interrumpido por una voz de niño que gritó desde lejos en tono de triunfo:\n\n—Pancho. Al teatro.\n\nPartía de un grupo de granujas que seguían afanosos a varios caballeros, en marcha hacia la esquina de la Biblioteca Pública.\n\nRendón dejó el asiento de un salto. Dió algunos pasos; miró con atención, y al reconocer entre los caballeros, al cómico que algunos meses antes le había llenado el bolsillo de propinas, no esperó más. Dejando a Quiroga con la palabra en la boca, echó a correr, seguido de su perro, hasta incorporarse al grupo en el momento en que éste pisaba la calle del teatro.\n\n* * *\n\nEn los primeros años de su vida, el perrillo de Pancho Rendón no llevó otro nombre que el que la plebe da, en quichua, a todos los de su raza: Pequeñuelo. Más tarde adquirió el título policiario, debido a su habilidad en el oficio. En las noches, a la luz del foco de la calle, jugando a los rondines y ladrones, con su amo y otros chiquillos de la vecindad, hacía siempre el primer papel, con tal inteligencia, que, a poco en el círculo de sus admiradores, llegó su fama al punto de que muchos niños mimados hubieran dado una fortuna por ser dueños de un Rondín.\n\nAquellos eran tiempos muy felices. Después vinieron los días turbios. La tosferina se llevó a la hermanita de Rendón. Rondín que la adoraba, acompañó el pequeño ataúd sin apartarse de él, hasta que lo colocaron en el nicho. De regreso a la casa, se metió debajo de la cama en que la pequeñita había agonizado, sin querer salir de allí en muchos días, durante los cuales se resistió a tomar alimento. Parecía que había resuelto morir.\n\nPero aquello pasó. Ninguna pena es eterna. La mamá de Rendón no se había casado aún en segundas nupcias. Alguien dió a la abuela un capital, con el que fueron los tres a abrir una pulpería en un balneario próximo a la ciudad.\n\nRendón, colaborado por sus nuevos camaradas, los muchachos de una escuela rural, fundó un gran circo. Trabajando en él Rondín aprendió poco a poco, a dar saltos estupendos, que llenaban de asombro al público. En pocos meses de campo se hizo acróbata famoso y cazador intrépido, y adquirió tal renombre, que, cuando los dos inseparables se largaban de expedición hacia los arrabales más lejanos de la ciudad, allí donde nadie conocía a Rendón, todos grandes y chicos sonreían al pasar, al gracioso perrillo, saludándolo por su nombre — Rondín, Rondín.\n\nLa abuela ganó poco en la pulpería. Lo comido por lo servido, como decía ella.\n\nCuando volvieron a la ciudad, la hallaron transformada. Muchas construcciones. El tráfico había aumentado considerablemente. Rondín no era uno de esos perros conservadores, intransigentes que se oponen a la marcha de la civilización y tratan de impedirla; de esos que embisten a los autos y se arrojan ladrando desaforadamente hacia los tranvías, a veces hasta hacerse matar. Prudentemente colocado al lado de su amo, especiaba atento la exhibición de los asombrosos artefactos modernos, contemplando de hito en hito con la serenidad del filósofo. Sólo en presencia del primer aeroplano que visitó el país en el momento en que el aparato hacía el vuelo por la ciudad, su entusiasmo fué tal que rayó en escándalo; parecía loco. Quería volar con el avión.\n\n* * *\n\nEl reloj del Hospicio marcó la hora.\n\n—Las cinco y Pancho no parece, dijo la abuela. Lo mandé a la una en punto a entregar unas camisas que estaban ya pagadas, y... ni noticia.\n\n—Si lo que Ud. debe hacer doña Josefa, opinó Guadalupe, la beata, que estaba presente, es entregarlo a su padrastro. Sólo él lo ha de enderezar.\n\n—Entregarlo a un vicioso para que le dé malos ejemplos y lo mate a palos, murmuró la anciana amostazada. Uds. las beatas están siempre, listas para dar consejos... en cabeza ajena. Si Ud. tuviera un sobrino. Ya la viera a Ud.\n\n—Pero, ¿no es peor que resulte un malvado?\n\n—En todo caso, no ha de resultar tan malvado como su padrastro. El chico es malcriado y desobediente, pero tiene un corazón... ¡Qué bueno entregárselo para que lo pervierta!\n\nEn este punto de la conversación se presentó el perrito afanoso y satisfecho, batiendo la cola como quien dice: Ya estamos aquí.\n\nPancho llegaba tras él, pero se detuvo en la puerta receloso...\n\n—¡Canalla, badulaque! —gritó la abuela —¿En dónde ha estado Ud. toda la tarde?... ¡Esto ya no se puede soportar! —Y se puso a buscar el chicote. Los ojos de Guadala brillaban de alegría.\n\nEl chicote no parecía y la señora se vió obligada a descargar cuatro o cinco puñetazos sobre los lomos y la nuca del delincuente que defendió su cara cruzando ambos brazos sobre la frente. Sufridos los golpes, Pancho se puso a gimotear, sólo por cumplir. Estaba curtido; los castigos de la abuela no le hacían mella. Transcurrieron algunos momentos.\n\n—Ahí tiene Ud. su plato— dijo la anciana—. Póngase a comer antes de que se acabe de enfriar. Sin dárselo todo al perro como tiene de costumbre.\n\n—Cómo no pues, observó Guadalupe, si disque se va a la estación a acarrear las valijas de los pasajeros y con lo que le pagan se atraca de golosinas, mientras que Ud. lo cree toda la vida muerto de hambre.\n\nPancho colocó el plato en el suelo, se sentó a la japonesa y se puso a comer, dando a Rondín furtivamente los mejores bocados. Cuando acabó, puso el plato en su lugar, se acomodó sobre un baúl y dijo humildemente:\n\n—Sabes abuelita, ¿por qué me he tardado?\n\n—¿Entregó las camisas? —preguntó ésta.\n\n—Sí, pero me hicieron esperar mucho porque estaban con visitas y después...\n\n—¿Y después?\n\n—Después habían llegado unos cómicos; yo y otros chicos entramos con ellos al circo, y al salir, el conserje que es un alhaja, nos ha entretenido contándonos una cosa que había sucedido ahora tiempos, cuando no había luz eléctrica, ni biógrafo, ni tonadilleras. ¿Sabes una cosa abuelita? “Dice que una vez, en la última función de una temporada, cuando acabó y todos se fueron al amanecer, los vecinos oyeron unos gritos... caramba que hacían retumbar la bóveda del teatro. Dice que parecían a veces chillidos de demonios y a veces llanto de criaturas que pedían misericordia. Y dice que…”\n\n—Y dice qué... —Remedó Guadalupe.\n\n—Pero doña Guadalupe, déjeme hablar— gritó el niño; y continuó:\n\n—Dice que fueron a llamar al conserje y cuando abrió el teatro y entraron, se supo que era una gata, porque uno de los lampareros que subió al tejado por el gallinero, vió una porción de crías, que lloraban desparramadas buscando a su madre. La gata se callaba algunos momentos y luego volvía a gritar... que daba pena. No había cómo socorrerla porque estaba en la rotonda, y el empresario de la cantina se había ido al campo de mañanita, llevándose la llave. El pobre animal siguió gritando muchos días, hasta que al fin se calló y no se supo más. A la semana siguiente, cuando abrieron la cantina, dice que había un mal olor... caramba, que no se podía soportar. Buscaron, sacaron todo para barrer y no había nada. Figúrate que después de un año llegaron otra vez unos cómicos y fueron a conocer el teatro. Entraron a la rotonda y uno de ellos al alzar los ojos a la bóveda... ¿qué crees que vio?... el esqueleto de la gata, prendido por el cuello a los garfios de la lámpara de colgar. Dice que al momento se dieron cuenta, claro que sí, de lo que había sucedido. La pobre que tenía tantos hijos que criar, desesperada de hambre, al ver desde la claraboya los restos de la cena, sobre las mesas, midió la distancia, creyó llegar con vida, y dió el salto mortal. Con todo el peso de su cuerpo se ensartó en el garfio y estuvo así pataleando noches y días hasta morir.\n\n—Y las crías murieron también, de hambre y de frío— concluyó la abuela consternada.\n\n—Pero, cómo no han de suceder esas cosas, observó Guadalupe, si ese teatro ha sido hecho dentro de un templo. Cabalmente, lo que ahora sirve de cantina, era el Sagrario. Eso tiene las profanaciones Castigo de Dios.\n\n—Pero, doña Guadalupe, no sea Ud. pues bruta, exclamó el niño. Cómo ha de castigar Dios a un pobre animal, por lo que hizo en su tiempo el General Achá.\n\n—Más bruto —sois tú— dijo ella, que con ser escolino no sabes lo que dices. Ese teatro no es obra del General Achá que era de una familia muy cristiana, sino de... no sé qué otro presidente.\n\n—Pero sea de uno o de otro, replicó el niño. ¿Por qué ha de pagar, un pobre animal, lo que otros hicieron? Uds. las beatas son más herejes...\n\n—Cállate niño, no seas malcriado— gritó la anciana.\n\nGuadala dejó su asiento.\n\n—Buenas tardes doña Josefa. Algún día ha de ser su verdugo. Jesús; Jesús; y salió echando cruces sobre Pancho, como quién espanta al diablo.\n\n* * *\n\nCuando la policía marchando apresurada a lo largo de la calle Bolívar, llegó a la cuadra designada por el denunciante, el escándalo no había cesado. Golpes bárbaros resonaban a distancia. A cada golpe un alarido de la víctima, mezclado a los chillidos de la anciana y a las furiosas embestidas del perrillo. Luego el ruido entrecortado sollozante del niño, que ya no podía más. Mucha gente se había amontonado a la puerta de la tenducha, pero nadie hacía nada; todos se limitaban a especiar. Antes de que el comisario, con dos números penetrara en él, el malvado, jadeante aún de furor, látigo en mano había logrado escabullirse por entre la multitud. No hallaron al entrar, más personas que una anciana, caída sobre un asiento, llorando a gritos, y un niño medio desmayado, abrazado a ella.\n\nVarias vecinas, mujeres del pueblo, se apersonaron al agente de Policía ofreciéndose como testigos. El inicuo atropello contra una señora, hoy humilde, pero, lo sabían, muy conocida en otro tiempo, entre la mejor gente, las había indignado. Todas conocían los antecedentes de aquel tunante. Lo que no comprendían era cómo había habido mujer que se decidiera a casarse con él. Pasados los informes y los comentarios, el comisario se marchó y tras él las vecinas una por una. Quedaron solos.\n\nLa vieja costurera que había luchado treinta años, contra el infortunio, sabía bien que para el desvalido no hay justicia; que no debía esperar nada, de nadie. Cansada de llorar inclinó la cabeza sobre su nieto, que seguía abrazado a ella y quedó muda...\n\nGuadalupe apareció. Avanzó compungida, y se sentó a su lado con mucha compostura. Luego, juzgándolos ya más tranquilos, tomó la palabra.\n\n—Carlota acaba de saber lo que ha sucedido— dijo (Carlota era la madre del chico, hija de la señora).\n\nPor mi parte digo que está mal hecho. ¿Quién ha de decir otra cosa? No debía cometer esa imprudencia, Carlota está muy apenada.\n\nDoña Josefa, que no estaba para discusiones, la oía hablar como quien oye llover. La beata, animada por su silencio, siguió adelante hasta el resbalón.\n\n—Ella comprende bien que usted no está ya en edad de sufrir incomodidades a cada rato. El chico necesita mucha vigilancia y ha resuelto recogerlo.\n\n—Cómo. ¿Qué dice usted? — exclamó la señora, fuera de sí— ¿Recogerlo ella? No faltaba más.\n\n—Al fin es su madre— Observó Guadalupe concienzudamente.\n\n—Madre, repitió la anciana; madre la que por no vivir sin marido le buscó a su hijo un verdugo y nos hundió a los tres, esas no son madres, son... Conoció que iba a extralimitarse y atrapó al niño empujándolo hacia fuera de su regazo.\n\n—Pancho, dijo. No estés así; todo ha pasado, anda a ver la calle. Procura distraerte.\n\nEl chico, dando traspiés llegó hasta la puerta y se dejó caer en el umbral.\n\n—¿Sabe usted lo que hicieron el año pasado? continuó la señora. Esa que pretende recogerlo. Le puso el pantalón más andrajoso y lo mandó de casa en casa con un papel en que se leía: Una madre afligida pide limosna para enterrar a su hija muerta en el hospital. Le hacía perder la vergüenza por sostener los vicios del marido. No volverá a esa casa. No lo consentiré. Que me demanden. Lista estoy a cantarles la cartilla en el juzgado.\n\nLa beata al verla tan enojada, guardó sus sanos consejos para mejor ocasión y se marchó.\n\nAcurrucado en el ángulo derecho de la puerta, pálido y desfallecido reflexionaba tristemente.\n\n—Me ha pegado, porque no voy a la escuela, y paso el día vagando por las calles. Seguro que Quiroga le dió el mensaje del maestro, canalla... pero cuándo yo lo agarre... Y esa beata chismosa que solo a eso viene... ¿Para qué la recibe mi abuela?... No aprendo nada pero, ¿qué voy hacer si estoy casi siempre descalzo y no tengo uniforme ni cuadernos, ni un lápiz, ni un pliego de papel?... El maestro me vota de la escuela; me ordena que no vuelva no siendo con una persona que responda por mí. ¿Cómo le he de avisar eso a la abuela, cuando veo que su costura alcanza apenas para que comamos? Ella quiere que no falte a clases; me vota de aquí; el maestro me vota de allá; claro que me voy al río, o a la estación o a cualquier parte a pasar el tiempo, hasta que sea hora de volver a casa, y que ella crea que vengo de la escuela... Ha dicho mi padrastro que soy un animal… hay otros burros, burrísimos que tanto estudiar aprenden un poco y sacan buenas calificaciones... Pero tienen quién los vista y quién les dé todo lo que necesitan... Cómo me ha de gustar la escuela, si los chicos al ver mi traza, me desprecian, me ponen apodos y me persiguen con sus burlas... Todo les aguanto, todo menos esa tonada que se les ha metido en la cabeza: Rendón y Rondín, Rondín y Rendón... Qué brutos son, y qué cargosos... todo por envidia. A fé que si tuvieran un perro como el mío...\n\nEra domingo. Pasaron varios ciclistas, uno tras otro de regreso del Prado. “Qué feliz el que pueda comprar una bicicleta”, pensó Pancho.\n\nA poco, en dirección opuesta, apareció un señor con su niño y tras ellos varios chiquillos endomingados charlando alegremente.\n\n—Qué feliz el que tiene un padre que lo lleve primero a la matinée y luego a la pastelería... y felices los que van a pasear con licencia y vuelven a sus casas con sus amigos. Un profundo suspiro se escapó de su pecho.\n\n“Yo no tengo un amigo”, pensó.\n\nY en ese instante sintió en la mano el roce de una cosa blanda y tibia, se volvió. Era Rondín, que al sentirlo acongojado lo consolaba con su caricia.\n\n—Mi Rondín— murmuró—. Mi perro querido. Cogió al animal y lo estrechó contra su pecho. Soy un ingrato; me olvidaba de tí, tengo un amigo, mi único amigo. No hay otro mejor que tú. Casi te has hecho matar por defenderme.\n\nAnochecía. La anciana venciendo su postración, había encendido el brasero, colocado en el pasaje; llamó al niño, encendieron la esperma, cerraron la puerta y cenaron. Pancho como de costumbre hizo cama en el suelo al pie de su catre, y la abuela lo llamó a rezar. Entonces el pequeño proletario consternado, se echó en sus brazos y ella, con la voz descompuesta, exclamó exaltado:\n\n—Por Dios no seas preguntón. Déjame dormir en paz.\n\n—No tengo ganas de rezar abuelita— y añadió sollozando:\n\n—Quiero saber primero, por qué soy tan desgraciado; por qué ha muerto mi padre y por qué se ha casado mi madre con ese hombre que me aborrece. Por qué otros tienen todo y yo no tengo nada. Por qué hay señoras ociosas que van a la iglesia bien vestidas y tú trabajas todo el día y no tienes un manto decente... Por qué esta desigualdad hasta entre los animales; por qué el gato de la pulpera de en frente ya no puede moverse de puro gordo y por qué esa pobre gata que tenía tantos hijos, clavada en un garfio padeció días y noches sin poder morir. Por qué ese pobre burro de la tropa de los cerveceros lleva la carga todos los días, del cerro a la ciudad con un pie dislocado y lo obligan a caminar a latigazos sin que nadie lo compadezca.\n\nA medida que hablaba se exaltaba más y lloraba con amargura inconsolable.\n\n—No pienses más en esas cosas; —dijo ella— serénate.\n\n—Dime abuelita, es verdad que en Cinti o yo no sé dónde, para hacer las botijas de vino les cortan a los cabritos el cuero alrededor de las patas y después de colgarlos les arrancan en vivos el pellejo por la fuerza, haciéndolos hablar en latín. ¿Por qué es tan bruto el maestro, que ha contado eso sonriendo, en vez de horrorizarse? ¿Por qué permite Dios, esas cosas, por más que no somos todos buenos y todos felices?...\n\n—Así quizo Dios que fuéramos hijo, y así hubiéramos sido, pero ya te he contado que Adán y Eva pecaron y lo echaron todo a perder.\n\n—¿Y qué tenemos que ver nosotros con Adán y Eva?\n\n—Yo no sé hijo. No sé, eres muy ladino, no preguntes más, resígnate.\n\n—Bueno abuelita, está bien; todos sufrimos por Adán y Eva que pecaron, pero respóndeme, ¿y los animales? ¿Por qué sufren?"
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   "resumen": "Doña María de la Concepción, devota acomodada, decide regalar un velo y un manto bordados a la Virgen, más por lucirse ante las señoras de la Santa Asociación que por fe. Al encargar la obra a su ahijada Concha, bordadora enferma y empobrecida, tiene en la mano la ocasión de salvarla y resuelve: «primero la Virgen y después los pobres». Con ironía mordaz, el cuento opone la caridad verdadera a la beatería y sigue hasta el final las consecuencias de esa elección.",
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   "texto": "Un jueves, a principios de noviembre, la señora doña María de la Concepción, instalada en su blando reclinatorio con su montón de libros piadosos por delante, rezaba deliciosamente sus devociones, como solía siempre hacerlo después de la misa mayor, cuando, notando que una de las velas del altar, ladeaba y con el pabilo doblado hacia abajo ardía chorreando de un modo lastimoso y amenazaba incendiar un ramo de flores de trapo próximo, hizo seña a un sacristán que pasaba a la sazón por ahí y dejando a doña María con la palabra en la boca, se fué muy solícito a atender primero a la X que lo envió no sé a qué a la sacristía.\n\nEs un hecho que los más pequeños incidentes son a veces causa de nuestras resoluciones más serias. La señora doña María bastante picada se puso involuntariamente a reflexionar:\n\n—¡Los humos que se dan aquí las X! ¡Y qué poco les cuesta: una araña que obsequiaron hace años que no valdría veinte pesos! Es que ellas saben hacer bombo y darse importancia. ¡Si yo obsequiara a la Purísima el velo y manto que tengo pensados, veríamos si los sacristanes me trataban así! Un manto como el que la señora N. regaló a la Virgen del Carmen, que tanta bulla metió, pero mucho más costosa. ¡Y la cara que pondrían las X ante semejante obsequio! ¡Qué alegría la de los canónigos, y qué expresiones de profundo agradecimiento las que me dirigirían! Acaso la escena tendría lugar en la presencia de las X o de alguna otra de las compañeras de la Santa Asociación que contaría el caso y los elogios de que habría sido ya objeto. No se hablaría de otra cosa entre las gentes de piedad.\n\n—¡Un hermoso manto y velo a la Purísima, a la Virgen de su nombre! ¡Madre mía y señora y como no había de cumplirle una promesa hecha hacía tiempo!\n\nPorque, en efecto, hacía cerca de un año que este proyecto le servía para conciliar agradablemente el sueño recreándose en él.\n\nSe acordó que tenía en su casa las medidas del manto y velo y un ahorro destinado a los primeros gastos, guardadito en un cajón de su cómoda. Luego pensó en que no faltaba más que un mes escaso para el día de la fiesta, tiempo apenas suficiente para llevar a cabo un bordado tan fino y tan hermoso como ella se lo había imaginado, y se alarmó de haber dejado transcurrir el tiempo sin poner manos a la obra. Pensar en estas cosas, rezar el bendito, alzar sus libros y su pañuelo, doblar su alfombra, y salir del templo, todo fué uno.\n\n¡Mi señora doña María de la Concepción! Todo el mundo la conoce, no hay para qué descubrirla. Es una de esas señoras profundamente convencidas y seguras de su propia salvación, al paso que no dan un comino por los demás.\n\nCuando yo no me encuentro con una de ellas, me confundo, me anonado, quisiera que la tierra se abriese a mis pies y me tragase.\n\nYo creo que cuando ella llegue a las puertas del cielo, ha de haber allí gran conmoción, y si San Pedro, por algún accidente involuntario, tarda cinco minutos en abrírselas, tendrá que pedirle mil perdones con el sombrero en la mano.\n\n¿Dónde han de ir tantas novenas, escapularios y jubileos?\n\nNunca descuida la ocasión de hablar al prójimo de las dificultades cada día mayores, del camino a la eterna Jerusalem, y de la necesidad de hacer méritos para la otra vida.\n\nPor su parte, como todo el mundo sabe, despierta a las cinco de la mañana y reza hasta las seis mientras una de sus criadas le hace el chocolate. Cuando va a levantarse nunca le falta ropa blanca bien limpia y cosida con esmero, un manto decente, un hábito nuevecito y libro y alfombras de misa de todo su gusto. Se viste con calma, asistida por servidoras solícitas y pasa a servirse el chocolate con bizcocho o torta, según se le antoja. Luego, como no todo ha de ser regalo, se va a la Catedral, donde después de una o dos misas, se queda dulcemente rezando sus devociones. En seguida pasa a ver a su hija con quien conversa largo rato, si es que los chicos no majan y alborotan la casa; cuando éstos la aburren se va a visitar a alguna amiga. Felizmente sus nietos son muy sanitos; cuando alguno de ellos se enferma, cosa que sucede rara vez, va a verlo un rato y luego pasa a lamentarse, con alguna comadre, de las penas del matrimonio.\n\nEso sí, nunca deja de encomendar en sus oraciones a todos los suyos, sanos y enfermos, vivos y muertos, y en especial a un hijo calavera que tiene ausente y por el cual ha llorado mucho, pero no hasta el extremo de matarse a fuerza de pena como otras madres.\n\nCuando vuelve a su casa, todo está limpio, arreglado y en su lugar, y pasa el resto del día poco más o menos del mismo modo que la mañana.\n\nLas personas que conocían su proyecto de hacer bordar velo y manto para la Virgen, le habían indicado a varias bordadoras, pero ella, en ninguna confiaba más que en su ahijada Concha, hija de una antigua amiga ya difunta. Nadie ejecutaría aquel bordado con más primor que ésta, sin contar con qué, como ahijada suya, lo haría por menos precio y del todo a su gusto, admitiendo indicaciones que quizá otra no admitiría. Por otra parte, dicho sea en honor de la verdad, quería favorecerla con este trabajo, pues sabía que se hallaba como siempre, en muy mala situación.\n\nFuese, pues, esa mañana a su casa, y sacando medidas y dinero, y guiada por una de sus criadas, se encaminó en persona a casa de su ahijada que la criada conocía. Temía que, si se contentaba con hacer llamar a la bordadora, tardase ésta en acudir, y no quería perder un día más.\n\nNo estamos en París, pero, aún en nuestra pequeña ciudad, suele sucedernos que cuando algún negocio cualquiera nos lleva a uno de esos suburbios, especialmente si es al sud, que hemos visitado pocas veces y quizá nunca, nos parece que nos hallamos en otro pueblo, extraño al nuestro.\n\nCalles y calles ya angostas, ya anchas, y otra vez angostas, más allá —veredas irregulares —casas y más casas, casi todas de bajos, alguna vez un altito recién pintado, patios solitarios, puertas cerradas, ya un perro que acosa al transeúnte, ya un montón de cerdos y de criaturas sucias que vagan confundidos sobre el fango de media calle. Chicherías a cada paso. A veces, junto a una chichería, una capillita cuya cruz sirve de estandarte a la crápula... Mujeres de aspecto repugnante, hombres ebrios que disputan y se provocan, y en medio de todo esto, alguna vez, una ventanita baja cuya limpia vidriera deja ver adentro una habitación amueblada y limpia... Cuando se va por esas calles, se comprende que nuestra “tierra inocente y hermosa”, no es, ni tan hermosa ni tan inocente como se dice, que quizá esos rincones apartados son el escondrijo de la miseria, de la deshonra... y de mil horrores más.\n\nPoseída vagamente de estas ideas, doña María seguía a su sirvienta por una de estas calles; cada vez más dispuesta a manifestar a su ahijada su asombro y descontento de que se hubiese venido a vivir en semejantes parajes que tan poco convenían al decoro y buen nombre de una niña decente.\n\n—¡Qué diría la pobre Margarita si resucitase y hallase allí sus hijas! —se decía.\n\nA cada cuadra que caminaban preguntaba impaciente a la criada hasta dónde iban, pero la casa de la bordadora estaba todavía adelante, y seguían andando.\n\nPor fin la criada se paró ante una puerta y la señora pudo ver hacia adentro del zaguán una casa vieja donde todo era desaseo, ruina y abandono. Lo que contribuyó principalmente de un modo pésimo a impresionarla, fué la mala catadura de un hombre que salía en aquel momento de la casa y que se encontró con ella en el zaguán.\n\nLa criada que conocía la puerta del cuarto de Concha, llamó a ella varias veces. Por fin sonó la aldaba por dentro y la puerta se entreabrió. Doña María entró en la pieza a tiempo de que una niña desgreñada, que se había agazapado detrás de la puerta después de abrirla, huía al patio sin saludar.\n\nEn el cuarto que tenía ventana a la calle, estaba dividido por una cortina hecha de dos sábanas unidas y sostenidas por un cordel amarrado a dos clavos. Cortina improvisada detrás de la cual se movía en silencio una persona. Doña María se sentó en un sofá viejo y esperó. Hacia bastante tiempo que no visitaba a su ahijada. Allí no se veía ya más que un sofá y el baúl sobre el cual había un montón de costuras dobladas. Todo estaba sucio y descuidado.\n\nConcha se presentó por fin. Se comprendía que había tardado por cambiarse rápidamente la falda del vestido y cubrirse el talle con una manta; pero a pesar de su acostumbrado aire de compostura lento y reposado con que se presentó, su madrina la notó muy cambiada. Le pareció mucho más delgada y marchita y observó en ella una expresión de malestar que antes sabía ocultar mejor. Notó además en ella cierta violencia y falta de naturalidad que mostró al saludarla.\n\nSus manos, estropeadas por el cuchillo de cocina y quemadas hasta el punto de parecer sucias, no eran ya aquellas manos de hada, a las que había visto ejecutar tantos primores. Casi le pesó haberla buscado temiendo por su bordado.\n\nLa señora comenzó con reconvenciones como de costumbre con las hijas de una antigua amiga sobre las cuales creía tener cierto derecho. Se quejó de que María la chica, apenas abierta la puerta, había huido de ella, con la mayor malacrianza, casi sin saludarla.\n\nCreyó que Concha, como siempre, iba a tratar de disculpar a su hermanita, pero no fué así.\n\n—Estaba descalza y sucia —dijo con una especie de franqueza ruda que rayaba en descaro — y por eso habrá huido. Además, como hace tanto tiempo que no va a la escuela, se ha acostumbrado a no ver gente y se hace cada día más corta.\n\n—¡No va ya a la escuela!\n\n—Qué malo está eso. ¿Y por qué no va?\n\n—Porque no tiene calzado ni vestido con que salir a la calle.\n\nLa señora se quedó cortada. Le asombraba oír semejantes confesiones en boca de Concha. De Concha que toda la vida había sabido disimular y ocultar sus penurias y que en otra ocasión se hubiera dejado abrumar a reconvenciones antes que confesarse vencida por la pobreza. Era indudable que su madrina la hallaba en uno de esos momentos en que, cediendo al fin el peso de una situación que no podemos sostener más, nos dejamos llevar de la amargura y el despecho.\n\n—Estás muy flaca —dijo doña María—. Nunca te he visto más destruida, ¿has estado enferma? Te veo después de algún tiempo. Ya no te acuerdas de buscarme; tanto, que he tenido yo que hacerlo. ¡Jesús que vives lejos!\n\nY enseguida se quejó de lo mucho que se había cansado y reprobó a la joven que viviese en aquellos sitios, siendo como era una joven sola y sin amparo.\n\nUna contracción amarga, parecida a una sonrisa se dibujó en los labios de Concha, que contestó a un tiempo a la pregunta y a la observación:\n\n—He estado y estoy muy enferma. Si no fuese la necesidad que me sostiene, obligándome a trabajar, hace tiempo que me hallaría tirada en un rincón. Y luego, ¡Ah! no necesito que Ud. me lo diga. Comprendo las ventajas de residir en el centro de la población. Si pudiese, viviría en la plaza; pero la que se halla en mi situación tiene que resignarse a todo, los alquileres están cada día más subidos y cada día gano yo menos. Si hoy vivo aquí, tal vez mañana tenga que ir lejos, más lejos.\n\nDoña María se quedó esta vez más cortada. Se acordó de que hacía un año, con pretextos más o menos hábiles, se había negado dar a su ahijada, en alquiler, una tienda con pasaje que ocupaba una planchadora en su casa. Parecióle que en las palabras de la joven había algo de reproche y sintiendo que la voz de su propia conciencia iba a acusarla se apresuró a recordarse a sí misma interiormente, las razones que había tenido para aquella negativa. En efecto, alquilar habitaciones en la propia casa a una ahijada pobre, a la hija, o mejor dicho a las hijas de una antigua amiga que al morir se las había encomendado, era, en cierto modo, contraer la obligación definitiva de echarse encima dos personas más de familia. Y luego, la responsabilidad. Por Concha no lo halla tan inconveniente; porque Concha era una mujer formal y además, sabía hacerlo todo, tenía grandes aptitudes de que se podía aprovechar, pero aquella chica... que se introducía en su casa con toda la majadería propia de los niños pobres. Y la paz de su casa, y sus costumbres y su amor a la soledad y todo lo que tendría que sufrir de ellas por ser pobres, ella que no aguantaba ni a sus nietos... en fin era un delirio, un absurdo. ¡Si no se hubiese tratado más que de alquilarles la tienda! pero no, mejor era tenerlas lejos y socorrerlas en lo que pudiese, al mismo tiempo que sacaba provecho de la habilidad de su ahijada, siempre dispuesta a servirla, obligada por uno que otro favor que había recibido de ella en distintas ocasiones.\n\nEn seguida, creyendo alegrar a la joven, le contó el motivo de su visita.\n\nNo se alegró, y hasta manifestó de pronto que no podía hacerse cargo de la obra. Hacia un año que no bordaba. Sólo recibía costura blanca.\n\n—Pero en eso ganas muy poco —observó la señora.\n\n—¡Ah! ya lo sé, hasta hace pocos meses concluía una pieza al día, por la que me pagaban cuatro o seis reales, hoy la termino apenas en dos días.\n\n—El bordado da mucho más.\n\n—Pero el bordado me mata. Más dañoso que ninguno me es el trabajar en bastidor.\n\n—Entonces, ¿no aceptar la obra?, lo siento. ¡Lo haces tan bien! ¿Y llamando una compañera que trabajando bajo tu dirección, te ayudase en la parte más morosa y menos delicada de la obra, no te harías cargo de ella? preguntó la señora, indicando en seguida que adelantaría algo del pago.\n\nConcha pareció vacilar, pero su ánimo estaba visiblemente debilitado.\n\n—No, no —dijo luego—, ¡sería inútil! Me comprometería en vano. Es inútil, ya no puedo. Y sus ojos brillaron rebosando lágrimas.\n\n—¿Por qué no te dedicas a coser trajes?, preguntó su madrina con cariñoso interés. Eso, con menos trabajo da mucho más. Mira cuantas han cambiado, por ese medio, de situación.\n\n—Esa ha sido siempre mi idea, dijo la joven, pero para eso es necesario una máquina. Hay costuras que sólo se pueden hacer con ella, y... la máquina vuela, ¿qué podemos adelantar las que cosemos a mano? ¡Ah! si yo tuviese una no perdería la esperanza, así enferma como estoy, vería Ud. cómo en poco tiempo, cambiaba mi suerte.\n\nY a la sola idea se entusiasmaba.\n\n—¡Cuánto tiempo he trabajado, continuó, sin más aspiración que esa! Si la hubiese alcanzado me consideraría feliz —y exhaló un involuntario suspiro.\n\n“¿Cuánto cuesta una buena máquina de coser?”, se preguntó a sí misma interiormente la señora doña María: pero dándose cuenta inmediatamente del espíritu de esta insidiosa pregunta, la rechazó como mal pensamiento.\n\n—En dos ocasiones ha perdido de golpe los ahorros que llegue a hacer destinados a ese objeto —continuó Concha— La primera como Ud. sabe, cuando me falsearon el candado y me robaron todo lo que tenía en mi tiendita de la calle San Francisco, y otra vez el año pasado, cuando la enfermedad de la chica, en que gasté todo lo que tenía.\n\n—Sí, sí, —afirmó la señora precipitadamente, tratando de desechar las ideas que la acosaban—. Te hace falta una máquina de coser. Así estarías mejor. Debes hacer lo posible por comprar una.\n\n—¡Ya no es tiempo! —murmuró la joven con desaliento—. Lo menos que una de ellas cuesta son treinta o cuarenta pesos; ¿cómo ganarlos? ¡Estoy tan mal de salud! Ya no puedo, ya no espero nada y suspiró con profunda tristeza.\n\n“—¡Ah! —pensó entonces doña María sin poderse contener —precisamente la cantidad que traigo... lo suficiente... de sobra. ¡Qué alegría, que felicidad ir ahora mismo al comercio, buscar una, la mejor, pedir un mozo que cargue con ella, llegar, presentársela y decirle: Ahí tienes la máquina. Es tuya. Alégrate: trabaja, no más desmayo, no más desaliento”.\n\nMas la virtuosa señora echó de ver al momento en lo que estaba pensando. Sabía que el enemigo no se duerme y se puso en guardia ¡Privar a la Virgen del obsequio que le tenía destinado! Faltar a una promesa. No, no, —murmuró decididamente en su interior —primero la Virgen y después los pobres, y procurando recordar las palabras del señor canónigo, su confesor, el día en que le comunicó su proyecto del donativo. “Manía vieja de la herejía ha sido declararse contra las sagradas imágenes”. “Contribuir al esplendor del culto es sostener la religión”.\n\n—Con que, ¿no te encargas de la obra? —preguntó a su ahijada.\n\nEsta vaciló otra vez y luego dijo que la aceptaba; que llamaría en su ayuda a una compañera.\n\n—Lo hago solo por pagar lo que debo por seis meses de alquiler de esta habitación —dijo.\n\nEn aquel momento se vió a la pequeña María cruzar rápidamente el patio cargada de un cantarito de agua que acababa de sacar del pozo.\n\n—Y por aquella —añadió Concha pensativa señalando a la niña —sólo por ella, el día en que yo viese asegurado su porvenir, ¡con qué gusto renunciaría a la vida!\n\n—No digas eso —murmuró su madrina conmovida, tratando de consolarla. Concha estaba, inconocible, jamás la había visto tan abatida.\n\nEn seguida se ocuparon de la obra. Doña María presentó las medidas que había traído; Concha le mostró sus dibujos de los que la señora eligió el que le pareció mejor; y se hizo el presupuesto.\n\nLa señora quería que el bordado de seda del velo fuese mezclado de algunos hilos de oro, más a la joven le pareció que siendo la tela demasiado delicada, había peligro de que se estropeara y aún rasgara con el oro.\n\nPor fin quedó todo ajustado y convenido. Le dejó un adelanto y se despidió de ella, comprometiéndola a que viniese a su casa después de almorzar para que salieran juntas a hacer la compra del material para la obra.\n\nYa en la puerta, cuando se despedían, volvió a decirle que estaba muy destruida, que se cuidase y procurase recobrar su salud. La joven habló otra vez de morir y de que sólo su hermana la ligaba a la vida.\n\n—¡Me preocupa tanto su porvenir! —dijo— me horrorizó al pensar en todo lo que espera...\n\n—¿Es posible que hable así la que durante diez años ganó, con virtud inalterable, la subsistencia de una madre enferma?\n\n—¿Por qué afligirse así por ella? ¿No cuenta acaso con la herencia que tu madre y tú le dejan, con la más sólida: que es la de los buenos ejemplos?\n\n—Hay otra más sólida —murmuró la joven, sonriendo con amarga ironía.\n\n—Nada hay más sólido que la verdadera virtud —rectificó la señora con firmeza. Que se parezca a tí: es lo mejor que podemos desearle.\n\n—¡Oh, no! ¡Por nada! —exclamó Concha con viveza—. Que no se parezca a mí. Que no le quepa la misma suerte; cualquiera menos esa —agregó lentamente y con amargura.\n\n—Este oficio de vestir imágenes es a veces muy cruel.— Parecía despechada.\n\nSu madrina clavó en ella los ojos.\n\n—Me extraña oírte hablar así, le dijo...\n\n—¡Se cambia tanto! —respondió ella— ¡La vida tiene, para algunos, tan terribles enseñanzas! Dichosa Ud. que no las sospecha siquiera.\n\n* * *\n\nConcha no apareció en todo el día.\n\nDoña María había vuelto a su casa tristemente impresionada; pero las penas ajenas, que solían afligirla sinceramente, no pesaban por sobre ella hasta el punto de hacerla perder la paz, ni quitarle los gustos un tanto regalones de su vida habitual; y así fué que aquella noche, después de haber despachado su taza de chocolate, y haber fumado tranquilamente a su anchas su acostumbrado cigarrillo, de haber rezado y encomendado a parientes y conocidos, se metió en la cama y se puso a pensar deliciosamente en las diversas circunstancias del regalo que iba a hacer, deteniéndose principalmente en el asombro y comentarios de sus compañeras de la Santa Asociación, cuando faltando algunos días para la fiesta, supiesen que ella se encargaba de vestir y adornar a la santa imagen y viesen aparecer aquel maravilloso obsequio. Después preguntándose si las medidas estaban bien tomadas, recordó el día en que aprovechando de un arreglo que se le hacía en el altar, hizo bajar la imagen con dos sacristanes y las tomó ella misma, y de su estremecimiento de que uno de ellos a causa de la postura violenta en que se mantenía sobre el altar, perdió el equilibrio y estuvo a punto de venirse abajo con la imagen. No tardaron aquellos agradables pensamientos en ser turbados por el recuerdo de Concha. Al salir de casa de ésta, en el patio había visto a una vieja alta y flaca sumamente antipática. Por las señas; era la dueña de casa, una tal doña Carlota, de quien le habían dado informes nada tranquilizadores. Le pesó no haber insistido con la joven, en que dejase esa casa.\n\nAquella noche tuvo un sueño tan extraño como confuso... Uno de esos sueños que no se pueden contar por enmarañados y vagos pero que dejan una profunda impresión. Un sueño en que todas las ideas del día anterior se habían enredado y confundido. Concha, triste, desalentada, enferma, el velo de la Purísima rasgado por el peso del oro —aquella vieja antipática asomando la cabeza para atisbar una calle oscura. Un hombre sospechoso esperando en una esquina. Luego el templo. El sacristán que de un salto, ponía sus sucios y groseros zapatos sobre el altar despojado de sus manteles y alargaba los brazos para apoderarse de la imagen, y por último la Purísima caída desastrosamente despedazada... ella angustiada, estremecida, acudiendo a levantarla y la imagen que alzando la cabeza lánguida y dolorida, le decía tristemente del mismo modo que Concha.\n\n—Es tarde, ya no es tiempo.\n\nCuando doña María abrió los ojos era ya de día y oyó realmente esa voz lastimera con que estaba soñando: la de alguna que hablaba con sus criadas en el patio al otro lado de la puerta cerrada de su dormitorio.\n\nAl saber que la que estaba ahí era la hermanita de su ahijada, se vistió inmediatamente poseída de un singular desasosiego, causado por el sueño del que acababa de despertar, y salió a recibirla.\n\nLa chiquilla, para salir a la calle, se había amarrado a los pies, como pudo un par de zapatos viejos y envuelto en una manta de su hermana.\n\nDoña María rasgó el sobre, y descubriendo dentro de él, el paquetito de billetes de banco que el día anterior había entregado a su ahijada, miró asombrada a la niña que respondiendo a su mirada murmuró muy despacio, con voz que se anudaba en su garganta:\n\n—Se ha ido... esta mañana.\n\n—¿A dónde?\n\nLa desdichada bajó la cabeza para responder.\n\n—No sé —y prorrumpió en sollozos ocultando la cabeza bajo la manta.\n\nDoña María la hizo entrar en la sala y llena de ansiedad leyó la carta que decía así:\n\n“Devuelvo a Ud. el adelanto que me hizo por el trabajo que ayer, en un momento de vacilación me decidí aceptar. No pregunte Ud. a dónde voy; sé que Ud., como todas, me condenará severamente. Muy fácil es amar la virtud y practicarla cuando sin lucha, sin crueles y terribles pruebas, la virtud se reduce a cerrar los ojos a las miserias del mundo y acogerse en el cómodo y plácido recinto de la oración. Pero mi madre, mi santa madre que ha visto desde el cielo mis dolores íntimos de tantos años, será más indulgente conmigo.\n\n“Yo que orgullosa de mí misma, creí, en medio de mis padecimientos, que no podía llamarme verdaderamente desgraciada mientras pudiera levantar la frente, yo que durante toda mi vida practiqué la máxima de que se debe sacrificar todo, todo a la dignidad, sucumbo al fin... no a la pasión, al cansancio, al desaliento, al escepticismo. No comprendo la bondad de un Dios que va aumentando de día en día el peso con que carga nuestros buenos propósitos sin cuidarse de ver hasta qué punto podrá soportarlos una débil criatura.\n\n“Ud., que ha sido siempre mi amiga, no se acuerde más de mí, todo está consumado y sería demasiado tarde; pero tenga Ud. compasión de mi pobre María. Se la entrego.\n\n“Deseo, se lo ruego con todo mi corazón, que trate Ud. de colocarla como gratuita en la casa de huérfanas. Creo que no le será difícil el conseguirlo, contando, como cuenta Ud. con las influencias del señor Canónigo, su confesor. Si esto no es posible, o si no accede Ud. a mi súplica, contésteme inmediatamente, y mande su contestación a doña Carlota mi patrona, que se encargará de hacerla llegar a mí poder para que yo envíe inmediatamente por mi hermanita. No quisiera que esto sucediese, porque mi objeto como Ud. comprenderá, es alejarla de mi lado”...\n\nLa lectura de esta carta tan inesperada como terrible, dejó a doña María anonadada.\n\nPensó en el aspecto y en las palabras de Concha el día anterior, en su sueño, en todo reunido, comprendió cuan cerca había estado de tender la mano a aquella desgraciada para apartarla del precipicio y aquella mujer, madre al fin sintió en el corazón una puñalada tan aguda, que cayendo en un asiento, después de un momento de estupor, comenzó a llorar con la mayor amargura.\n\nSí, sí, exclamó luego abrazando a la niña y hablando con ella, entrarás en este establecimiento, y si no te admiten como gratuita yo pagaré la pensión. Esto servirá para los dos primeros meses, y oprimió el paquete de billetes.\n\nEsta señora tenía buen corazón; abrigaba ideas falsas respecto de la caridad, por eso erró.\n\nLectora mía, ¿quieres saber ahora lo que la Virgen María quiso decirle en sueños?\n\n“Te hice un llamamiento, quiso decirle, y lo desoíste. Llegaste a tiempo para tender la mano y salvar del abismo a una desgraciada y le negaste tu ayuda y la dejaste caer. ¡Ah! ¡Qué importaba que una imagen mía, allá en la tierra vistiese un miserable trapo de más o menos, si el precio de ese trapo importaba la salvación de una criatura! No comprendiste que, si es meritorio ornar el templo material donde se adora a Dios, mil veces más lo es sostener en la virtud a un alma pura, templo mucho más precioso, consagrado a Dios en espíritu y verdad”."
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  {
   "id": "yo-te-bendigo",
   "titulo": "Yo te bendigo",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "prosa reflexiva",
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   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "102–103",
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    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "82–83"
    }
   ],
   "subgenero": "prosa poética",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Prosa poética dirigida al perro. Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 0 variantes de 1943 adoptadas, 0 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Más que un cuento, es una prosa poética dirigida al perro, al que la voz que habla llama «Alma ingenua, alma de niño». Elogia su lealtad, su capacidad de sufrir y su amor sin cálculo, y compara la devoción del animal por su dueño con la del ser humano por Dios. Cierra con una letanía de oficios del perro, del compañero de juegos al rescatista de San Bernardo y al servidor de la Cruz Roja.",
   "temas": [
    "animales",
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   "n_palabras": 262,
   "n_parrafos": 9,
   "texto": "Alma ingenua, alma de niño, con sus impulsos ya iracundos, ya generosos — alma encerrada en cuerpo de animal eternamente incomprendida, eternamente atormentada.\n\nCorazón y cerebro cuyos alcances salvan el abismo que separa al bruto del ser que se reconoce y dice: Yo pienso y siento. Cuando te veo esclavo, sometido a la voluntad de tu dueño con una abnegación que va más allá... Cuando te veo afrontar peligros y soportar mortificaciones hasta olvidar tus necesidades más apremiantes, por seguirle y hacerlo, no por conveniencia sino por afecto, cuando te veo gemir de felicidad con una caricia y consumirte de abatimiento con un castigo moral. Cuando en horas de meditación y de tristeza te veo a sus pies, alzar los ojos ansiosos por comprender la causa y comunicarte con él, me pregunto: La idea de un árbitro supremo de tu destino mezquina, grosera y confusa, que se eleva del hombre a Dios: ¿no es comparable a la que tú concibes de ese ser superior del planeta?\n\nEl hombre no vive solamente de comida y de bebida, sino también— de la palabra divina dice la sentencia bíblica: “tú eres más que él. Tú vives más de amor que de comida y de bebida. Tú como el niño prefieres la caricia al alimento”.\n\n¡Amigo fiel!\n\nCompañero de los juegos de la infancia cuyos atronadores ladridos hacen coro a las alegres carcajadas.\n\nGuardián de la casa del labrador.\n\nCompañero de viaje, abnegado hasta morir... a veces delator del crimen.\n\nHeroico explorador en San Bernardo.\n\n¡Bendito tú, Bendito más que todos, heroico servidor de la Cruz Roja."
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  {
   "id": "la-razon-y-la-fuerza",
   "titulo": "La razón y la fuerza",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
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   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "104–105",
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    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "84–85"
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   ],
   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Apólogo. Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 0 variantes de 1943 adoptadas, 2 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Un apólogo breve con personajes alegóricos: la Razón y la Fuerza pleitean ante la Justicia, que falla a favor de la primera. Aconsejada por la Hipocresía, la Fuerza roba las vestiduras de su rival y vuelve a presentar su memorial, ahora en nombre de la Patria, la Humanidad y la Religión, ante una Justicia «algo cegatona». En pocas líneas, la fábula desmonta el disfraz moral con que el poder consigue lo que la razón le niega.",
   "temas": [
    "política",
    "moral y conciencia",
    "crítica social"
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   "n_palabras": 341,
   "n_parrafos": 13,
   "texto": "La razón y la fuerza se presentaron un día ante el tribunal de la Justicia a resolver un reñido litigio. La Justicia se declaró en favor de la Razón. La Fuerza alegó sus glorias que llenan la historia y su innegable preponderancia universal en todas las épocas; pero la Justicia se mostró inflexible.\n\n—Tus triunfos no significan para mí más que barbarie; solo sentenciaré a tu favor cuando te halles de acuerdo con la Razón— le dijo.\n\nLas dos litigantes se retiraron, cada cual por su lado, y en el camino, la Fuerza se encontró con la Hipocresía y le contó el fracaso que acababa de sufrir.\n\n—Has declarado tus ambiciones con demasiada franqueza— díjole ésta. —Si te hubieses revestido de los atributos de tu enemiga, el resultado hubiera sido distinto.\n\nLa Fuerza aprovechó el consejo: Aguardó a que la Razón estuviese dormida o descuidada, le robó sus vestiduras, se disfrazó con ellas, y adoptando sus maneras y lenguaje, se presentó a la Justicia con su memorial en la mano.\n\n—Leedlo, señora, —le dijo—. Todo lo que pido es en nombre de la Patria, de la Humanidad, de la Religión.\n\nLa justicia que es algo cegatona, se colocó los anteojos, puso su visto bueno al documento y le imprimió el sello augusto de su ministerio.\n\nLa Fuerza se fué en busca de la Hipocresía.\n\n—Eres hábil, —le dijo—, y me conviene tomarte a mi servicio; pero la vileza repugnante de tu aspecto podría perjudicarme. Es necesario que cambies de traje.\n\nLa Hipocresía se dirigió a casa de la Prudencia.\n\n—Vecina, —dijo—, hágame el favor de prestarme uno de sus trajes, el más decente. Me propongo una loable empresa.\n\nLa Prudencia mantiene su lámpara encendida y goza de muy buena vista, pero el papel había estado tan bien representado que se engañó: Creyó en las buenas intenciones de aquella vecina y le confió un traje de diplomático.\n\nDesde entonces, cuando la Fuerza no puede realizar por sí sola alguna de sus hazañas, se asocia a la Hipocresía y casi siempre logra triunfar."
  },
  {
   "id": "la-conciencia",
   "titulo": "La conciencia",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
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   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
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   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "106–107",
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    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "86–86"
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   ],
   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 2 variantes de 1943 adoptadas, 1 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "En una sola página, una narradora que acaba de cometer un crimen recibe de la religión una moneda con sus buenas y malas acciones grabadas en cada cara. Mientras sube por un sendero hacia el cielo, aprende a mirar solo el lado favorable, hasta que el otro casi se borra. La alegoría, seca y precisa, muestra cómo el sofisma tranquiliza la conciencia y vacía de sentido la confesión sacramental.",
   "temas": [
    "moral y conciencia",
    "religión y clero"
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   "n_palabras": 218,
   "n_parrafos": 7,
   "texto": "Acababa de cometer un crimen, y horrorizada llamé en mi auxilio a la religión.\n\nCon ademán solemne, la religión puso en mis manos una moneda, cuyas dos caras representaban mis buenas y malas acciones.\n\nEmprendí la subida por un sendero escarpado que se elevaba al cielo, y al avanzar, examiné la moneda.\n\nDesde luego, hallé pintada en ella, con vivo colorido, toda la fealdad odiosa y repugnante de mi mala acción. Rápida, instintivamente, volquéla al punto, y en el reverso, traté de descubrir, con trabajo, algunas sutiles circunstancias que atenuaban mi culpa.\n\nAsí marché examinando alternativamente, las dos caras opuestas de la moneda. Mas, como siempre que fijaban mis ojos en el mal lado, sentía la punzada insufrible del remordimiento, di en examinar con más frecuencia el lado bueno, en el cual fuí descubriendo multitud de razones y circunstancias, cada vez más marcadas, que, no solamente disculpaban, sino que justificaban aquella acción.\n\nY sucedió que cuanto más examinaba el lado bueno, los caracteres fuertemente grabados en el mal lado fueron debilitándose poco a poco, hasta quedar casi borrados.\n\nCuando llegué a la cumbre de aquel sendero, me arrodillé a los pies de la Religión y confesé sinceramente mis pequeñas culpas, más no aquella, que, a fuerza de sofismas, se había convertido a mis ojos, en una acción laudable."
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   "id": "el-primer-tren",
   "titulo": "El primer tren",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
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   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
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    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "108–111",
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    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "87–89"
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   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 3 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 0 variantes de 1943 adoptadas, 1 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Desde un prado, mulos, caballos y borricos oyen llegar la locomotora, el «gran caballo» que resopla vapor. Un caballo andaluz, criado entre mimos, la acusa de dejar sin oficio a su especie; el viejo mulo, curtido en los desfiladeros andinos, le responde con la lista de sufrimientos que el otro nunca conoció. La fábula celebra el progreso técnico desde el punto de vista de las bestias de carga y desenmascara la queja de los privilegiados.",
   "temas": [
    "animales",
    "ciencia y progreso",
    "crítica social"
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   "n_palabras": 720,
   "n_parrafos": 14,
   "texto": "“Oíd, oíd, ahí viene el gran caballo”, dijo de pronto el decano de la tropa, un mulo envejecido en la fatiga de los tortuosos desfiladeros andinos.\n\nMulos y mulas, caballos y borricos dispersos en el prado, dejaron de pacer, y, alta frente, orientaron las orejas hacia el lejano colosal relincho que les anunciaba la aparición del monstruo.\n\n—Ahí viene el gran caballo, repitió el viejo; viene a galope tendido; oíd su jadeo ardoroso, precipitado, el rumor retumbante de sus cascos, se refrenan de pronto; da unos cuantos resoplidos; lanza un relincho estridente, estornuda, babea, tasca el freno y se detiene... ¿Le habéis visto?\n\n—Lo he visto desde lejos; le he visto aparecer alternativamente, veloz como el relámpago entre los claros del bosque, dijo un potrillo entusiasmado. Lleva un penacho de humo en la cabeza, ¿qué es eso?\n\n—Es su aliento; su aliento de titán. Ha bebido mucha agua, mucha, y el fuego que llevaba en las entrañas convierte el agua en vapor, aliento poderoso que le impulsa, sin el cual no arrastraría centenares de pasajeros y centenares de toneladas de carga.\n\nUn bonito caballo de raza andaluza, acicalado a la antigua con la cola y las crines muy crecidas y el tronco redondo y reluciente, tomó la palabra y en atiplado relincho increpó al viejo mulo y a sus oyentes.\n\n—Admirad, necios, admirad al extranjero— dijo. Al intruso que viene a usurpar nuestro puesto y con él la parte que nos toca en la obra civilizadora del hombre.\n\nAlabad al aventurero que viene a reduciros a la inacción y la nulidad. Ese invento fatal moviendo ruedas, suprime nuestro esfuerzo en maestranzas y fábricas. ¡Ciegos! No veis que si además conduce al paseante y al viajero, si lleva carga; si con su celeridad incomparable acorta las distancias, si reemplaza con toda ventaja a toda acémila, a todo vehículo, ¿no nos queda qué hacer? Expulsados por inútiles, huiremos a refugiarnos en los bosques. Nuestra gloria en los combates, nuestra fama en los torneos, nuestra honra de colaboradores en las grandes empresas humanas, será bien pronto olvidada y degenerados, salvajes, no dejaremos de nuestra raza más vestigios que la cebra y el onagro de los desiertos.\n\nEl viejo mulo alzó los ojos entristecidos por los años y el trabajo, para mirar un instante con fijeza al elocuente orador.\n\n—Así hablas tú, —le dijo— porque todas las tormentas te sorprendieron bajo el techo del pesebre; porque todos los inviernos te encontraron abrigado por confortable cubierta de lana; porque el hambre de los años desastrosos, te halló siempre provisto del morral lleno de grano sabroso y nutritivo, expresamente conservado para tí; porque los paseos de tu amo, tan regalón como tú, se limitaban a ejercicios higiénicos, y cuando eran interrumpidos por alguna causa, el caballerizo se veía obligado a conducirte de la brida algunas cuadras, a fin de que no reventaras de gordo... Nunca tus miembros se doblegaron bajo el peso de la carga, nunca bregaste colosales furgones en el incendio del mediodía, sobre la arena abrasada de las carretas.\n\nNo conoces el tormento de la sed ni las ansias del cansancio supremo, ni las agonías de la asfixia que ahoga en sangre las fauces en el prolongado ascenso de la montaña. No has pisado, turbado y vacilante los bordes del precipicio; no has pasado las noches a la intemperie, allá en las cumbres, sacudido por torbellinos de nieve y terribles descargas eléctricas. Abajo en las quebradas, no has temblado bajo el látigo brutal que te arranca a golpes del atolladero... en la jornada interminable, agotado por fin y resuelto a no dar un paso más, tus músculos enflaquecidos no fueron macerados a pedradas ni tus ojos cerrados por remolinos de polvo. No conoces la vida y te atreves a insultar al extranjero, y, nosotros en cambio, acémilas humildes, le bendecimos. Sabemos bien que su presencia no nos privará de trabajo honroso y soportable.\n\n—Y tú, noble y valiente compañero del hombre— añadió mirando a un grupo de caballos de tropa que se hallaban presentes— sabes también que tendrás siempre a su lado tu puesto en el campo del honor.\n\nY los fuertes caballos de batalla, de cola recortada y recia herradura, cuadrándose con arrogancia, encabezaron la salva de relinchos.\n\n—Salud al gran caballo. Paso al Libertador de oprimidos y de mártires. Paso al tren."
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  {
   "id": "el-diamante",
   "titulo": "El diamante",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
   "orden": 11,
   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
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   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "112–114",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000015511539;seq=138"
    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "90–91"
    }
   ],
   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Apólogo. Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 7 variantes de 1943 adoptadas, 4 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "El Diamante desprecia a sus hermanos, la Hulla, el Grafito, la Turba y el Carbón Animal, por negros, vulgares y apegados a oficios humildes. Ellos le responden con la lista de sus servicios a la industria, la escuela y el alumbrado, y le recuerdan que la química moderna lo ha descubierto tan combustible como ellos. El apólogo opone la utilidad al lujo y la vanidad, con humor seco y una pizca de divulgación científica.",
   "temas": [
    "ciencia y progreso",
    "crítica social"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 576,
   "n_parrafos": 13,
   "texto": "El Diamante dijo un día a sus hermanos:\n\n—No os alabéis de nuestro común origen, sois mi vergüenza. Los que surten las lámparas y se arrastran en los fogones, os harán proclamar su parentesco con quien nacido en regiones privilegiadas es transportado en triunfo, de su cuna a los palacios a coronar la frente de sus soberanos. Vuestra negrura y fetidez os denuncian, estáis mezclados con substancias viles, y yo soy puro; desde la cuna, tan sólo me acompañan el oro, la plata, los rubíes y otras piedras preciosas. Los sitios en que me digno habitar son bien contados y por buscarme el hombre, cruza los mares y desciende a los abismos.\n\n—Nosotros nos hallamos allá donde podemos serle útiles, dijo la Hulla; proveemos a las necesidades de su industria y también a sus necesidades domésticas.\n\n—Os despedaza con el hacha y crujís bajo su planta, continuó el Diamante. Aprended de mí: soy el más duro de los cuerpos de la Naturaleza; ninguno me raya y yo rayo a los más fuertes.\n\n—Eres duro, pero frágil— observó el Grafito a media voz.\n\n—¡El plebeyo cristal se enorgullece de asemejarse a mí; el artificioso Estras que se introduce clandestinamente en el comercio cuando se afana por imitar mis reflejos! La Perla misma, con toda su belleza, jamás alcanza la preferencia cuando se atreve a competir conmigo. Si no salgo a lucir en paseos y festines, descanso muellemente en perfumadas cajas acolchadas de raso y terciopelo. Sin mí no hay fiesta aristocrática; yo comunico a esos saraos el brillo particular que los distingue. Al contemplar mis destellos, se realzan sus atractivos naturales, las bellas sonríen satisfechas ante el espejo, y muchas de las que no poseen, darían por mí algo más que la vida.\n\n—Sí, tú fomentas la vanidad femenina, no lo negamos, dijo el Grafito; eres el principal factor del lujo, que, en todo tiempo, fué el cáncer de la sociedad. Por tí son sacrificados honra e inocencia. Tu brillo engendra en el corazón del miserable, envidias y rencores que se resuelven en crímenes. ¿Qué más has hecho desde que apareciste en el mundo? ¡Cuéntanoslo! Montar el eje de los relojes y cortar el vidrio; servicios bien insignificantes si se comparan a los males que has causado. Nosotros entretanto, nos consagramos a la industria y contribuimos al progreso. Yo, porfiando hasta deshacerme contra la pizarra, grabo en la mente del niño caracteres que ilustran su inteligencia y guían su voluntad hacia el bien.\n\n—Mi aliento impulsa el navío que conduce las riquezas de la industria del uno al otro continente, dijo la Hulla, y empuja la locomotora que las arrastra a los confines de la tierra. En las ciudades, combatí las tinieblas, hasta en las callejuelas más apartadas; fuí el mejor auxiliar de la policía; ¡cuántos crímenes evité y cuántos fueron denunciados por los resplandores de una lámpara!\n\nAunque hoy se haya inventado un sistema de alumbrado superior al que yo proporcioné, los siglos venideros no olvidarán los servicios que presté a la humanidad.\n\n—Allá donde falta la Hulla yo acudo a reemplazarla— dijo la Turba.\n\n—Yo purifico el vino y los jarabes— agregó modestamente el Carbón Animal.\n\n—La química moderna —continuó el Grafito— ha desmentido tu decantada fortaleza; se te creía inatacable y resultas combustible como nosotros. ¿De qué pues enorgullecerse? ¿Cuáles son tus preeminencias? ¡Respóndenos!\n\nEl Diamante no tuvo qué responder, y la Hulla, el Grafito y los otros sonrieron y le volvieron las espaldas."
  },
  {
   "id": "fragmento",
   "titulo": "Fragmento",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
   "orden": 12,
   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "115–120",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000015511539;seq=141"
    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "92–95"
    }
   ],
   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 3 variantes de 1943 adoptadas, 3 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Un estudiante y una joven contemplan desde un balcón una mata silvestre que crece sola en el muro de un templo. Él la convierte en metáfora del orgullo de ella y en oráculo de su propio secreto, hasta amenazar con trepar por la cornisa para alcanzar su única flor, una planta que «se llama como tú… Margarita». La escena, casi toda diálogo, retrata un cortejo hecho de pulsos de orgullo y desemboca en una pregunta que ya no admite rodeos.",
   "temas": [
    "amor",
    "naturaleza",
    "mujer y género"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 1130,
   "n_parrafos": 36,
   "texto": "Mi hermana nos dejó solos en aquel momento. Hacía rato, que, apoyados en el barandado del balcón, ambos pensativos, teníamos los ojos fijos en una mata silvestre prendida en una grieta del muro entre dos altas ventanas del templo, que se alza enfrente de mi casa.\n\n—Es mía, —dijo—, hace seis meses que la contemplo cada día, con el mismo interés con que observara a una romántica vecina.\n\n—También a mí, —murmuró—, toda existencia aislada y excepcional, aunque no sea más que la de un pequeño ser, me inspira simpatía.\n\n—Hace seis meses, —dije—, parecía feliz. Sus largas ramas flotaban atrevidamente sobre el vacío desafiando los soplos de la tempestad. ¿Ves allá abajo en el atrio silencioso esa multitud de plantas que se arrastran hasta besar los cimientos de su enorme pedestal?, libre ella del contacto de esa vulgar muchedumbre, parecía satisfecha de su altura. El lodo de la tierra no la alcanzaba y era la primera en recibir los dones de lo alto; el rayo del sol y el rocío vivificante de la mañana. Pero su escasa frescura, continué, sin dejar de mirar hacia la planta, no ha tardado en marchitarse. Mira, está mustia. Entretanto, que las de abajo lucen juntas y a porfía su robusta y prolongada florescencia, la solitaria empieza a languidecer. Se deja caer hacia abajo, arrepentida y como si anhelase alcanzar a las otras y abrazarse a su ramaje. Organizada para vivir en la tierra, enlazada a sus semejantes que la hicieran sombra, los mismos beneficios del cielo, que no tiene con quien compartir, acaban por abrumarla; la quema el sol y la hiela la noche.\n\nMe comprendió y ligera sonrisa despreciativa se dibujó en sus labios.\n\n—¡Corazón de mujer, —murmuré lentamente—, orgulloso de la elevación y singularidad de tus sentimientos, en la atmósfera de aislamiento que has creado en torno tuyo, tú experimentas íntimamente esa temprana decadencia!\n\n—Es una planta —dijo ella — con cierto desdén y sólo por decir algo — tan común en nuestro clima, que en la estación lluviosa brota a montones en todas partes, en el campo, en la ciudad; no es extraño que haya subido hasta allí…\n\n—No necesita ser sembrada ni cultivada, —añadí yo—. No importa que se la arranque, que se la pisotee, que se trate de aniquilarla, su germen no se extingue. Es una planta porfiada, constantemente empeñada en vivir, que se parece a la flor del corazón, a la esperanza… Es la más bella entre las radiadas y se llama como tú… Margarita.\n\nElla continuó impasible.\n\nYo había resuelto que terminara la comedia de amistad que me obligaba a representar. Quería saber si aquella estatua tenía un alma.\n\n—Voy a confesarte una debilidad, le dije, no te rías, es una confidencia. ¿Ves allá entre su escaso y marchito ramaje, un diminuto botón de pétalos amarillos? Es una flor tardía y descolorida, única flor que ha producido esa planta. Todos tenemos nuestro secreto y a mí se me ha antojado que los pétalos de esa flor guardan el mío: el único secreto de mi vida.\n\n—El único secreto de tu vida depende, pues de una casualidad— observó.\n\n—Es verdad, pero, puesto que no me es dado descubrirlo por otro medio, quiero someterme al fallo de la casualidad y creer en ella como en un árbitro.\n\n—Fácil es, —dijo—, ya que no alcanza hasta ella, coge una de las de abajo y consúltala.\n\n—Son muchas y es difícil escoger. Unas me dirían que sí y otras que no; muchas casualidades sucesivas, desmintiéndose mutuamente se anulan y se destruyen. Una sola en un momento dado puede ser el fallo supremo del destino. Siempre ha tenido esa preocupación. Por eso, en los paseos por el campo, cuando mis compañeros se precipitaban sin reserva hacia esa flor-sibila, que nos sale al encuentro a cada paso en las orillas del camino; nunca deshojé una, nunca. No quería que su virtud misteriosa se desvaneciera para mí y mi secreto, el secreto de mi porvenir, permanece cerrado en la sola que quiera consultar, a cuyo fallo me entrego. Y bien, ya está resuelto, esa flor es aquella, ninguna otra.\n\n—Y entre tanto, —murmuró ella con calma—, está ahí inaccesible a tu curiosidad. Muy pronto el viento se llevará en un soplo, el único secreto de tu vida.\n\n—No lo permitiré. ¿Acaso es imposible llegar hasta ella?\n\nSe volvió hacia mí y me miró con burla.\n\n—¿No lo crees?, —dije—, ¡ya verás! ¡Te lo juro!\n\n—Y hoy mismo, —añadí, al ver que se alarmaba—, porque quizá mañana sería tarde. Pagaré al sacristán para que me abra la puerta de la torre. Hoy es domingo y esta tarde habrá en la calle menos gente que de ordinario; y si alguien me ve ¿qué importa?, no soy más que un estudiante. Subiendo por la torre llegaré en dos minutos a la altura de la bóveda. Paso a paso avanzaré por la cornisa hasta el punto del estribo; luego a gatas, deslizaré el pie hasta ponerlo con cuidado en él, y una vez allí, asomándome al borde, me sujetaré con una mano y alargaré la otra…\n\n—¡Qué horror! —gritó ella, sin poder ya contenerse y tapándose los ojos, —resbalarías y te harías pedazos.\n\nYo sonreí.\n\n—No es tan arriesgado como te parece, —murmuré con calma—. Muchas veces, siendo niño, he llevado a cabo empresas casi tan peligrosas, por alcanzar un nido de pichones. Hoy tengo otro capricho…\n\nElla medía el precipicio con los ojos espantados.\n\n—No lo harás, —dijo con seriedad—, se lo avisaré a tu hermana.\n\n—Ella no podrá impedirlo.\n\n—¡Por Dios! —exclamó, alarmada por mi aire decidido—, ¿estás loco? ¡No lo harás!\n\nYo volví a sonreír.\n\nMe miró entonces un instante de un modo irresistible, casi despreciativo.\n\n—¿Y si yo te rogase, si te ordenase que no lo hicieras?— dijo, cambiando de tono.\n\n—Déjame con mis caprichos y mis sueños, —murmuré, fingiendo amargura—, ¿qué te importo yo?\n\n—Sólo de un modo desistiría de mi resolución, —añadí, ahogándome, esta vez, de verás de emoción —sólo de un modo: Existe una persona, una sola en la tierra, que puede responder a la pregunta que quiero hacer a esa flor —: eres tú. Si tú quisieras responder…\n\nElla palideció…\n\n—¿Y qué pregunta es esa? dijo, con inquietud.\n\n—Si me quieres. Yo la miré de frente.\n\nEn aquel momento apareció mi hermana. Hay en los instantes supremos, explosiones de emoción que estallan de súbito, en el gesto, en la mirada, en la actitud. Único lenguaje humano, tan espontáneo que el más perfecto disimulo no ha alcanzado a ahogar. El único capaz de infundirnos un convencimiento pleno y absoluto. ¡Mi última frase había sido para ella enteramente inesperada y sin quererlo, sin abrir los labios, sin pronunciar palabras, respondió mi pregunta y hoy soy ya dueño del secreto feliz de mi destino!"
  },
  {
   "id": "el-desconocido",
   "titulo": "El desconocido",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
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   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
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   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "121–124",
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    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "96–97"
    }
   ],
   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 1 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 3 variantes de 1943 adoptadas, 3 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "En su templo subterráneo, la Naturaleza, diosa que crea para destruir, recibe el homenaje de sus criaturas, hasta que un extranjero pálido y luminoso la acusa de derroche, crueldad e indiferencia ante el dolor humano. El diálogo alegórico enfrenta la fecundidad ciega del mundo natural con una fuerza que la supera y cuyo nombre solo se revela al final. La pieza pone en escena el choque entre una visión científica de la vida y la necesidad humana de sentido.",
   "temas": [
    "naturaleza",
    "fe",
    "ciencia y progreso"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 713,
   "n_parrafos": 14,
   "texto": "La Soberana Matrona, sentada en el altar de su gran templo, en el seno de la tierra, recibía los homenajes de sus hijos, que celebraban sus fiestas; porque era al comenzar de la primavera. Sus manos, incansables, desde el principio del mundo, modelaban, con pasmosa habilidad, innumerables y variadas figuras, que apenas acabadas, eran destruidas, para que el barro de que habían sido formadas, revistiese en seguida nuevas formas, más complicadas y perfectas.\n\nDe pronto, entre la multitud que la rodeaba, apareció un extranjero. Era pálido y endeble, pero hermoso como un arcángel. Su alba túnica impalpable formaba pliegues de luz. Una aureola de tenues arreboles coronaba su frente. Abrióse paso lentamente entre la multitud.\n\n—Vengo a mirarte cara a cara y a desmentir las alabanzas de que eres objeto, ¡oh! Madre sabía, que te ocupas de crear para destruir, —dijo a la diosa. Al oírle todos se miraron con asombro.\n\n—¿Será un demente? —se preguntaron—. Arrojémosle de aquí.\n\n—¿Te atreves a criticar mi obra? —dijo con voz terrible la Naturaleza.\n\n—Sí, estoy descontento de ella y aspiro a perfeccionarla. Cuando todas las bocas tengan pan y todos los corazones amor, enorgullécete de tu tarea, pero entretanto, ¿hay algo más salvaje que tu grosera fecundidad? Replicó el desconocido. ¡Oh! Madre a quien los hombres, por costumbre, llamaron pródiga, tu lujo es el desperdicio. Eres la fuerza ciega que sólo sabe producir; ¿te cuidas siempre de conservar la vida, siquiera efímera, que prodigas? En el reino vegetal, por cada flor que cumple su destino transformada en fruto, cuántas nidadas, demasiado abundantes, que perecen de hambre; y en cuanto al niño ¡Oh! Madre previsora, ¿cuán desvalido lo has hecho? Qué de cuidados, constantes y prolijos, qué suma de abnegación y paciencia, la que reclama su debilidad, durante una época dilatada, expuesto a cada paso a contraer para siempre alguna deformidad moral o física. Más, ¿qué te importa? No tardas en enviar otro, y otros en seguida a usurpar su puesto. En tu brutal afán por producir, no ves que tus criaturas se dañan entre sí y se empujan a la destrucción. Te llaman cariñosa, y la guerra es tu ley de todos los siglos y la vida es un campo de batalla en el que los vivientes se devoran los unos a los otros.\n\n—He armado a todos equitativamente —respondió ella — a unos para el ataque, a otros para la defensa.\n\n—Te llaman benigna, y aplastado por tus leyes inexorables, te implora el hombre con alaridos de que no haces caso —; y las generaciones van pasando, como las olas tumultuosas del torrente que se despeña en el abismo, con el eterno grito de sus dolores y de sus crímenes; y engalanada con tu inmortal verdor, sonríes indiferente, lo mismo en sus fiestas que en sus catástrofes. Te llaman bienhechora y la tierra está llena de desheredados.\n\n—Yo he repartido mis tesoros, —interrumpió ella—. En varios siglos más, el planeta producirá lo suficiente para alimentar a una humanidad aún más numerosa que la actual. ¿Vas a culparme de que la ambición y el egoísmo humanos hayan causado el desequilibrio de las fortunas?\n\n—¿Pero esa ambición no entraban en tus designios ni en tus previsiones? Si no riges la vida moral de la humanidad con sus pasiones y sus extravíos; si hay un orden de fenómenos superior a tus leyes yo impero en él y soy el soberano delante de tí.\n\n—¿Y quién eres tú que me apostrofas?, ¿quién eres, insensato, que pretendes menospreciarme?\n\n—Un día, cuando el hombre, guiado sólo por sus instintos, descarriado de la senda que le trazaste, se revolcó en el fango, hasta hacerse inferior a los brutos, yo contrariando tus leyes, predicando la virginalidad, y la penitencia, eché abajo los ídolos de carne y salvé a la humanidad. Hoy, que la ciencia ha declarado que la vida no tiene más objeto que la vida misma, el hombre espantado ante la horrible tarea, no viendo delante de sí más que vacío y tinieblas, recurriría al suicidio, si yo no revistiese ante sus ojos el hermoso fantasma que persigue —, el que le impulsa a seguir adelante.\n\n—¿Quién eres, pues, que le prometes más que yo?\n\n—Tú llevas las generaciones al seno de la muerte —; yo las conduzco a su destino. Yo soy el ideal."
  },
  {
   "id": "la-felicidad",
   "titulo": "La felicidad",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "narrativa",
   "orden": 14,
   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "125–128",
     "url": "https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=pst.000015511539;seq=151"
    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "98–100"
    }
   ],
   "subgenero": "cuento",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 1 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 3 variantes de 1943 adoptadas, 4 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Quien narra sueña con la antesala del otro mundo, donde cada alma elige la condición de su próxima vida: el ignorante pide talento, el sabio quiere ser labriego, la hermosa quiere ser rica, la reina prefiere ser aldeana y todas las mujeres aspiran a ser hombres. El desfile de deseos contrarios compone una sátira ligera sobre la insatisfacción humana, que remata una respuesta propia, amarga y desarmante.",
   "temas": [
    "humor e ironía",
    "mujer y género"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 596,
   "n_parrafos": 27,
   "texto": "Soñé que me encontraba en el otro mundo, a cuya suerte un gran número de personas de ambos sexos, aguardaba el momento de entrar.\n\nY al columbrar por el postigo entreabierto, las deliciosas perspectivas del interior.\n\n—¿Es este el cielo? —pregunté a un individuo que hallé a mi lado.\n\n—¡Ah! No, —me dijo—. El cielo es aún más hermoso y está más arriba. Esta es solo una existencia superior a la que ascienden las almas de los que cumplieron su deber en la tierra.\n\n—¿Y por qué demoran tanto en el vestíbulo?\n\n—Porque al entrar, Dios concede a cada cual el derecho de elegir el sexo, la posición social y hasta las condiciones personales que ha de tener en esta segunda vida. Entonces me aproximé a la puerta de una especie de oficina en la que un anciano de frente calva se entendía con los ingresos.\n\n—Yo quiero ser un hombre de talento, —decía un palurdo—. Que me admiren por mi saber.\n\nMucho he sufrido a causa de mi ignorancia, hasta mis penas provocaban a risa.\n\nY en seguida, como de intento, se presentó un sujeto de cara apergaminada y larga melena.\n\n—Quiero aire, luz, horizonte, —dijo—. La verdadera vida al frente de la naturaleza. No hay mayor estupidez que consumirse en el rincón de una biblioteca, entre montones de volúmenes roídos por las sabandijas. La ciencia, al fin y al cabo, no da la felicidad. Quisiera convertirme en ese labriego casi idiota.\n\nDespués se adelantó una mujer de rostro marchito.\n\n—De nada me ha servido mi hermosura, —dijo—. Aunque sea fea, quiero ser rica, muy rica, muy rica.\n\nDetrás de ella, otra, marcada desde la infancia por las viruelas, declaró lo contrario:\n\n—Señor, a mí me engañaron, persuadiéndome de que bastaba ser buena. Más tarde he conocido lo que es llevar en el rostro un estigma de vergüenza. Quisiera ser hermosa, aunque tuviese que vivir en la miseria.\n\nTocóle en seguida la vez a una ex reina.\n\n—He vivido envidiando a las zagalas que libres, de miramientos, moran como las gacelas en la pradera, y se unen al elegido de su corazón. Quiero ser aldeana, florista, costurera, todo, menos reina.\n\nAsí fueron presentándose los que esperaban, uno tras otro.\n\nLos padres de familia pensaban que la única felicidad consistía en no tener hijos. Los célibes habían descubierto a última hora, que lo más acertado era buscar una legítima compañera. Los casados sin hijos anhelaban, casarse otra vez, sólo por tenerlos.\n\nTodas las mujeres aspiraban a ser hombres, y no faltó un maricón, que, por no ir a la guerra prefiriese ser mujer. Los pobres, sólo esperaban ser ricos para ser completamente dichosos y en cambio, hubo un ricachón que habiendo muerto sitiado por numerosa parentela, quedaba tan escarmentado, que había resuelto morir sin un cristo. Por último, a un pobre diablo se le ocurrió ser rey —, y a su lado un ex monarca habló de los disgustos de reinar.\n\n—Hasta suele suceder que por los errores de sus antecesores le corten a uno la cabeza el mejor día, —dijo—. Yo quiero ser un simple particular.\n\nPor fin me tocó el turno y me presenté.\n\nEl anciano se había vuelto hacia su secretario y le decía en voz baja:\n\n—Es curioso: Hasta ahora no he encontrado un individuo que haya estado contento con su suerte.\n\n—¿Qué quieres tú? —me preguntó.\n\n—Si he de volver a vivir, —respondí — acepto cualquier destino. ¡Cualquiera! Menos el que me ha tocado en la tierra.\n\nY fué tanta mi emoción, que desperté.\n\nEntonces me dije: La felicidad está en lo desconocido."
  },
  {
   "id": "pensamientos",
   "titulo": "Pensamientos",
   "obra": "cuentos-breves",
   "genero": "prosa reflexiva",
   "orden": 15,
   "fuente_base": "cuentos-breves-1943-escaneo",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Cuentos breves, La Paz: Editorial «La Paz», 1943",
     "paginas": "129–132",
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    },
    {
     "edicion": "Cuentos breves, Bogotá: Ministerio de Educación Nacional (PNLE, «Río de letras»), 2016",
     "paginas": "102–103"
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   "subgenero": "pensamientos",
   "anio_publicacion": 1943,
   "notas": "Texto establecido colacionando la edición de 2016 (tipografía, puntuación y párrafos) con el OCR de 1943, cuyas lecturas prevalecen: 0 pasajes omitidos en 2016 restituidos, 2 variantes de 1943 adoptadas, 1 grafías de época repuestas (fué, dió, sólo, éste…). Erratas evidentes de 1943 y adaptaciones residuales de 2016 corregidas a mano contra el facsímil (curado/correcciones.yaml).",
   "resumen": "Una serie de aforismos y reflexiones breves, separados por asteriscos, sobre la conciencia moral. Zamudio examina el remordimiento, el autoengaño, el patriotismo interesado del político, el alcoholismo y la facilidad con que cada cual se absuelve, y recuerda a Rosas muriendo en paz en su exilio inglés. Las ideas dialogan con el cuento «La conciencia» y cierran con una conclusión escéptica: la conciencia es un juez corruptible cuando falla en su propia causa.",
   "temas": [
    "moral y conciencia",
    "política"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 677,
   "n_parrafos": 16,
   "texto": "En el orden moral como en el físico, tiene el dolor grados y caracteres muy diversos. Hay postraciones físicas que son casi bienestar como hay melancolías que se saborean con deleite. Los dolores morales son como los físicos: intensos unas veces, reclaman quietud, punzantes otras, nos retuercen con ansias locas.\n\n* * *\n\nEl más agudo de los tormentos morales es el remordimiento; cualquier pena es preferible a él. Tratándose de culpas leves o de daños que tienen remedio, la conciencia suele afrontarlo, cuando se trata de faltas graves e irremediables, su aguijón es insufrible. Incapaz de soportarlo la conciencia, lo rechaza por una especie de instinto de conservación; en su afán por eludirlo, recurre al sofisma y a fuerza de razonamientos, lucha consigo misma hasta conseguir desvanecerlo, o siquiera atenuarlo.\n\n* * *\n\nAlguien ha dicho que la conciencia es un faro colocado entre la tierra y el cielo, hay que añadir que al arreciar la tormenta, la luz de ese faro suele debilitarse o desaparecer tras la bruma de las pasiones criminales.\n\n* * *\n\nEn la consecuencia inevitable que sigue a cualquier desorden, la naturaleza física es infaliblemente justiciera; no así la naturaleza moral: sobornable y acomodaticia.\n\n* * *\n\nCuentan que Rosas vivió y murió tranquilamente en una casa de campo, cerca de Londres, deplorando la ceguedad del pueblo argentino que no había sabido comprenderlo. Del mismo modo mueren casi todos los verdugos, cuando han sobrevivido a sus crueles hazañas.\n\n* * *\n\nLo mismo que en lo grande, en lo pequeño todos los días presenciamos fenómenos psíquicos que demuestran esa falibilidad de la conciencia humana. En todo pleito, cada una de las partes se halla íntimamente convencida de la justicia de su causa.\n\n* * *\n\nNada hay más común que obrar con la mayor insensatez y juzgar las acciones ajenas con admirable cordura y circunspección.\n\nHay personas respetables, sinceramente empeñadas en su propio perfeccionamiento moral, constantemente atormentadas por escrúpulos vanos e insignificantes; las mismas que, entre tanto, cometen sin advertirlo, errores e injusticias trascendentales.\n\n* * *\n\nCon frecuencia se ve el público en el caso de censurar disposiciones testamentarias evidentemente inicuas, dictadas por un moribundo a raíz de la confesión sacramental, en momentos de presentarse ante el Tribunal Supremo. Alguna vez hemos presenciado la devolución de una pequeña prenda hurtada por un miserable… jamás la de una fortuna usurpada.\n\n* * *\n\nEngañarse a sí mismo no es tan difícil como parece; suele ser tan fácil como engañar a los demás. La autosugestión de egoísmo produce efectos maravillosos.\n\n* * *\n\nDesde el momento en que un político ha aunado en sus previsiones, sus intereses personales, con los de la patria, al trabajar por la realización de esas previsiones, empieza a creerse sinceramente patriota y acaba por mostrarse patrióticamente apasionado por la causa que le conviene.\n\n* * *\n\nCasi siempre la bebida, el juego y otros vicios son el remedio exigial con que se trata de ahogar remordimientos que no tienen remedio.\n\nUno de los efectos más desastrosos y más seguros de cualquier vicio, y, muy especialmente, del alcoholismo, es la enfermedad de la conciencia. El alcohólico concibe, por la persona o personas que combaten su vicio (que generalmente son las más íntimas) todo el odio violento que debiera inspirarle su propia debilidad. El vicioso que confiesa su pecado y no hace a nadie, sino a sí mismo responsable de su lastimosa situación, es un enfermo rarísimo, cuya curación es casi segura. El vicio ha deteriorado su organismo físico; pero no ha afectado aún su conciencia.\n\n* * *\n\nAsí como un paisaje ofrece multitud de perspectivas según los puntos de vista, desde los cuales se le contemple, el aspecto moral de un hecho es diversamente apreciado, según el juicio de cada uno de sus espectadores.\n\n* * *\n\nComo el rayo visual al penetrar en medios de distinta densidad, la noción de la justicia, ese rayo de luz de la conciencia, al penetrar en cada cerebro sufre una desviación más o menos apreciable.\n\n* * *\n\nLa más notable de las facultades humanas, la que erige al ser racional en juez de sí mismo, resulta, pues, hasta cierto punto nula. El sentido íntimo es un juez corruptible siempre que está llamado a fallar en su propia causa."
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  {
   "id": "el-cisne",
   "titulo": "El cisne",
   "obra": "sueltos",
   "genero": "poesía",
   "orden": 1,
   "fuente_base": "wikisource-el-cisne",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Wikisource (es), «El Cisne»",
     "url": "https://es.wikisource.org/wiki/El_Cisne"
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   ],
   "notas": "Wikisource no indica la edición de procedencia. Se corrigen dos erratas evidentes de la transcripción («cuna amargo» → «cuan amargo», «cantado morir» → «cantando morir»), confirmadas por el verso repetido de cada estribillo; se conserva «por onda tristeza» (probablemente «honda») tal como está en la fuente.",
   "resumen": "Versión de la canción «Tristeza» de Peregrinando, que Wikisource transmite sin indicar su fuente. Las mismas imágenes, la flor roída por un gusano y el cisne que quiere morir cantando, aparecen en otro orden, y cada estrofa repite sus dos últimos versos como estribillo, como en un texto pensado para el canto. Aquí el cisne pasa al final y da título al poema.",
   "temas": [
    "desengaño",
    "muerte",
    "arte y música"
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   "n_palabras": 142,
   "n_versos": 24,
   "n_estrofas": 8,
   "texto": "Soy la flor que en su tallo se dobla,\nporque sufre guardando en su seno.\nde un gusano escondido el veneno,\nque devora mi triste existir;\n\n¡de un gusano escondido el veneno,\nque devora mi triste existir!\n\nCuanta pena contiene un recuerdo\nolvidando las penas se calma,\nsi el olvido es el sueño del alma,\npero mi alma no puede dormir…\n\n¡si el olvido es el sueño del alma,\npero mi alma no puede dormir!\n\nConfundido por onda tristeza\nel dolor se retrata en mi frente,\ncuan amarga es mi vida presente,\ncuan amargo será el porvenir\n\n¡cuan amarga es mi vida presente,\ncuan amargo será el porvenir!\n\nSoy el cisne que canta doliente\nDe mi muerte el momento esperando\nYo que siempre he vivido llorando\nQuiero al menos cantando morir\n\n¡yo que siempre he vivido llorando\nQuiero al menos cantando morir!"
  },
  {
   "id": "para-siempre",
   "titulo": "Para siempre",
   "obra": "sueltos",
   "genero": "poesía",
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   "fuente_base": "poesias-para-siempre",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "poesi.as, «Para siempre»",
     "url": "https://www.poesi.as/azu001.htm"
    },
    {
     "edicion": "Liz Henry, antología de traducciones (bookmaniac.org), «Wiñaypaj Wiñayninkama / Para siempre»",
     "url": "https://bookmaniac.org/?p=1622"
    }
   ],
   "notas": "Versión castellana, en octosílabos, que la propia Zamudio hizo de su poema quechua «Wiñaypaj wiñayninkama» (véase la pieza siguiente). Procedencia según Liz Henry: Taborga de Villarroel, p. 181; las páginas web no dan más datos de la edición.",
   "resumen": "Despedida a alguien que parte hacia ciudades lejanas para vivir otra vida. La voz confiesa que sangra desde que supo de la partida, le pide que olvide lo que ella ha sufrido y, si tuviera flores en el pecho marchito, alfombraría con pétalos su camino. Según las fuentes que la transmiten, es la versión castellana que la propia autora hizo de su poema quechua «Wiñaypaj wiñayninkama».",
   "temas": [
    "amor",
    "viaje",
    "soledad"
   ],
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   "n_versos": 24,
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   "texto": "Al saber que ya te irías\nnoche y día me atormento,\ny sangra mi corazón\ncomo una sombra en tormento.\n\nVete a ciudades lejanas,\nanda a vivir otra vida,\ny lo que yo haya sufrido\nolvídalo en tu existencia.\n\nNubes negras, celajes oscuros\nse aborrascan en tu frente,\ny el dolor que he sentido\nbrota en cascada de lágrimas.\n\nDesde el día en que te vi\nnimbé mi alma en tus ojos,\ny saturé mi corazón\ncon unos pétalos rojos.\n\nSi en mi pecho hubieran flores\ndesde este corazón lánguido\ny marchito, alfombraría con pétalos\nel pasar de tu camino.\n\nVete a esas tierras lejanas,\ncorre a vivir otra vida,\ny sepulta en el olvido\ntodo cuanto aquí ha existido."
  },
  {
   "id": "winaypaj-winayninkama",
   "titulo": "Wiñaypaj wiñayninkama",
   "obra": "sueltos",
   "genero": "poesía",
   "orden": 3,
   "fuente_base": "poesias-para-siempre",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "poesi.as, «Wiñaypaj wiñayninkama»",
     "url": "https://www.poesi.as/azu001qu.htm"
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    {
     "edicion": "Liz Henry, antología de traducciones (bookmaniac.org)",
     "url": "https://bookmaniac.org/?p=1622"
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   ],
   "notas": "Poema en quechua; Zamudio hizo su propia versión castellana, «Para siempre». La fuente marca una laguna con «(...)» en el primer verso de la tercera estrofa. Procedencia según Liz Henry: Taborga de Villarroel, p. 181.",
   "resumen": "Poema en quechua cuyo título viene a significar por siempre jamás. Con el estribillo «Ripuy, ripuy waj llajtaman» (vete, vete a otro pueblo), la voz despide a quien se marcha a vivir otra vida y le pide que olvide allí lo que sufrió aquí. La autora hizo de él una versión castellana libre, «Para siempre»; la fuente marca una laguna en la tercera estrofa.",
   "temas": [
    "amor",
    "viaje",
    "soledad"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 74,
   "n_versos": 24,
   "n_estrofas": 6,
   "texto": "Ripunaykita yachaspa\nTuta-p’unchay yuyask'ani\nSonqoy ukhu pakasqapi\nWaqaspa tukukusqani.\n\nRipuy, ripuy waj llajtaman\nWaj kausayta kausarqamuy\nKaypi ñak' arisqaykita,\nChay kausaypi qonqarqamuy.\n\nYa (...) huyu, lakha phuyu\nUyaykipi rikukusqan\nChay shhika llakikusqayki\nLlakiyniywan tantakusquan.\n\nRejsisusqaymanta pacha\nWasiykita saqerpariy,\nSonqoyki rumiyachispa\nWaj kausayta kausarqamuy!\n\nT’ikachus sonqoypi kanman,\nUmphu sonqoy ch'akisqapi\nT’kata t'akarpariyman,\nPurinayki yan patapi.\n\nRipuy, ripuy waj llajtaman,\nWaj kausayta kausarqamuy,\nRipuy, ripuy qonqarqamuy\nTukuyta kaypi kaj kama."
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  {
   "id": "progreso",
   "titulo": "Progreso",
   "obra": "sueltos",
   "genero": "poesía",
   "orden": 4,
   "fuente_base": "aullido-2024",
   "fidelidad": "transcripción",
   "testimonios": [
    {
     "edicion": "Revista Aullido, 26-11-2024",
     "url": "https://aullidolit.com/nacer-hombre-otros-cinco-textos-adela-zamudio/"
    }
   ],
   "notas": "La revista no indica de qué libro o periódico procede el poema (no figura en Peregrinando, 1943). Pareados endecasílabos; la página funde dos pares de versos en una sola línea («…contemplativo / en que el saber…» y «…chasqueada hoy día / por elegir…»), que aquí se separan según la rima.",
   "resumen": "Pareados de once sílabas, de ironía afilada, sobre la educación de las mujeres. Antes, dice la voz, las muchachas soñaban con ideales místicos; desde que el «hombre sabio y fuerte» decidió que su único destino es la maternidad, aprenden pronto que buscar novio es su negocio y quedarse soltera, el peor oprobio. El remate saca la cuenta para el marido: su adorada mitad habría sido igual de cualquier otro.",
   "temas": [
    "mujer y género",
    "educación",
    "matrimonio",
    "humor e ironía"
   ],
   "destacada": false,
   "n_palabras": 201,
   "n_versos": 32,
   "n_estrofas": 8,
   "texto": "Hubo un tiempo de amor contemplativo\nen que el saber, muy poco positivo,\nconfundiendo la tierra con los cielos,\nensalzaba las vírgenes modelos.\n\nY en que inspirándoles horror profundo\nla realidad prosaica de este mundo,\nlas muchachas de quince primaveras\nse arrobaban en místicas quimeras.\n\nPero desde que el hombre sabio y fuerte,\ncompadecido de su incierta suerte,\ndiscute con profundos pareceres\nla educación moral de las mujeres;\n\nDesde que ha definido su destino,\nno señalándole más que un camino,\ny ni virtud ni utilidad concilia\nsin la maternidad en la familia;\n\nYa saben ellas desde muy temprano\nque amar un ideal es sueño vano,\nque su único negocio es buscar novio\ny quedar solterona el peor oprobio.\n\nNinguna ha de quedar chasqueada hoy día\npor elegir —como antes sucedía—\nque hoy ocupa el lugar de la inocencia\nla prematura luz de la experiencia.\n\nHoy del amor, preciso es no hacer caso,\nporque el amor es pobre y pide plazo,\ny por salir cuanto antes del apuro\nse acepta lo más próximo y seguro.\n\nDe modo que todo hombre hoy al casarse\npodrá con la certeza consolarse\nde que —a no serlo suya— siempre fuera\nsu adorada mitad de otro cualquiera."
  }
 ]
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