Laboratorio de Tecnologías Sociales
Un análisis del Número Efectivo de Partidos en los 335 municipios del país
Luego de las elecciones municipales de 2026 se instaló en el debate público una idea con fuerza: Bolivia habría ingresado en una etapa de fragmentación política generalizada. Esta percepción no salió de la nada. En varias ciudades, grandes y medianas, aparecieron papeletas con 10, 12, 15 y hasta 17 organizaciones políticas, lo cual alimentó diagnósticos sobre dispersión extrema, crisis de representación y dificultades de gobernabilidad. Esa lectura tiene algo de verdad, pero también corre el riesgo de exagerar el fenómeno al confundir abundancia de candidaturas con la capacidad de competencia real de los partidos políticos y alianzas ciudadanas.
Ese matiz importa, porque en la política electoral no es lo mismo tener muchas siglas en la papeleta que tener muchas fuerzas efectivamente competitivas. Así, puede haber algunos municipios con una oferta electoral muy amplia, donde una sola organización concentra buena parte del voto. Y también pueden haber otros municipios donde varias fuerzas obtienen tamaños de votación parecidos, haciendo mucho más incierto el resultado y más compleja la gobernabilidad. En otras palabras, la fragmentación no debe medirse solo por cuántos participan en las elecciones, sino también por la capacidad real de los partidos de obtener votantes .
Ese es el objetivo de este análisis: ir más allá del diagnóstico general sobre "existe fragmentación” y ofrecer una medición más precisa de sus grados y de su distribución territorial. Para ello usamos el Número Efectivo de Partidos (NEP), una medida clásica en la ciencia política sobre sistemas de partidos que no se limita a contar organizaciones, sino que pondera su peso electoral. Con ese criterio, el panorama boliviano de 2026 se vuelve más nítido, y también más matizado: sí, existe cierta fragmentación, pero no domina de la misma forma en todo el país ni alcanza por igual a la mayoría de los municipios.
Antes de pasar al análisis, es necesario aclarar cuál es la diferencia entre analizar el número de partidos en contienda y el número de partidos efectivos.
La primera manera de mirar la competencia es el Número Nominal de Partidos (NNP), el cual se calcula con un conteo simple de cuántas organizaciones políticas compitieron en cada municipio. Es una medida útil para describir el tamaño de la oferta electoral, pero tiene una limitación evidente: trata por igual a una fuerza que saca 40% de los votos y a otra que apenas llega al 2%. Por eso, si se usa sola, puede inflar la percepción de fragmentación política.
La segunda forma es utilizar el Número Efectivo de Partidos (NEP), propuesto por Laakso y Taagepera (1979). Esta medida no cuenta simplemente cuántos partidos hay, sino cuántos realmente son capaces de captar votantes. Su fórmula es:
NEP = 1 / Σ pᵢ²
Donde:
Aquí, si una sola fuerza concentra todo el voto o una gran mayoría, el índice se aproxima a 1. Si dos fuerzas están equilibradas, el índice se acerca a 2. Y cuando el voto se reparte entre varias organizaciones con una proporción de votantes de tamaño parecido, el valor aumenta.
La ventaja analítica del NEP es clara. Permite distinguir entre una fragmentación aparente de una fragmentación sustantiva. Esto es importante en Bolivia, donde las últimas décadas combinaron debilitamiento de las grandes mediaciones partidarias, creciente territorialización de la política y expansión de liderazgos locales y agrupaciones ciudadanas, en medio de la pérdida de hegemonía del Movimiento al Socialimo (MAS). En ese contexto, contar siglas ayuda, pero no alcanza. Asimismo, esta medida va más allá de solo el porcentaje de victoria o el margen de voto, permitiendo una evaluación más precisa de la competencia electoral entre varios actores.
Para facilitar la interpretación, los municipios fueron agrupados en cinco categorías: partido dominante (NEP menor a 2), bipartidismo (de 2 a menos de 3), fragmentación leve (de 3 a menos de 5), fragmentación media (de 5 a menos de 7) y fragmentación alta (7 o más):
Entonces, ¿cuál es el grado de fragmentación que hubo en las elecciones municipales? ¿Es válido decir que hay fragmentación política, o se trata de territorios concretos y dispersos? ¿Qué municipios podemos etiquetar como fragmentados y en qué grado?
Si miramos solo la oferta electoral, la primera impresión parece confirmar el diagnóstico de gran dispersión. La mediana nacional fue de 6 partidos por municipio, aunque hubo casos con una sola organización y otros con hasta 17. Esa amplitud alimenta fácilmente la idea de que el país entero vive una atomización extrema. Sin embargo, este dato describe la cantidad de competidores, no la estructura real de la competencia. .
Cuando se reemplaza el NNP por el NEP, el panorama cambia de manera importante. La mediana nacional cae a 3,79, lo que significa que el municipio típico boliviano no se parece a una arena con seis fuerzas equivalentes, sino más bien a una competencia entre tres o cuatro actores efectivos. Esa diferencia entre 6 y 3,79 es clave: muestra que muchas candidaturas estuvieron presentes, pero no todas pesaron de la misma manera. En bastantes municipios hubo más oferta que competencia real.
A continuación se puede ver la distribución del Número Efectivo de Partidos, pero ya categorizada. Puedes hacer click sobre cada micro-barra para revisar con detalle el nombre de los municipios:
La categoría más frecuente es la fragmentación leve, con 130 municipios. Le siguen el bipartidismo, con 69, y el partido dominante, con 47. En el otro extremo, la fragmentación media agrupa 64 municipios y la fragmentación alta solo 25
El dato más importante aquí no es solo que la fragmentación leve sea la categoría modal, sino que, sumada al bipartidismo y al partido dominante, reúne casi tres cuartas partes del país (73,4%). Dicho de otro modo: la mayor parte de los municipios bolivianos de 2026 no se ubica en el extremo de la dispersión alta, sino en una zona de competencia concentrada o moderadamente abierta. Eso no elimina la fragmentación; la reubica. La vuelve menos espectacular, pero más precisa.
Visto así, la imagen más fiel de la elección municipal de 2026 no es la de una explosión de fragmentación extrema, sino la de una mayoría ubicada en escalones bajos o intermedios de dispersión. Sin embargo, hay casos especiales a nivel territorial que veremos a continuación.
La fragmentación tampoco está repartida de manera homogénea en el territorio. El mapa muestra con claridad que hay áreas donde la competencia es más abierta y otras donde sigue siendo más concentrada. El altiplano, donde en el pasado el MAS contaba con una hegemonía indiscutible, parece que concentra buena parte de los municipios más fragmentados. En contraste, varias zonas del oriente y de los valles muestran más frecuencia de competencias dominantes, bipartidistas o solo moderadamente fragmentadas.
El extremo superior del mapa está compuesto por municipios donde el voto se repartió entre muchas fuerzas de tamaño relativamente parecido. Mecapaca encabeza la lista con un NEP de 10,8, seguido por El Alto con 10,19 y Potosí con 9,83. En estos casos, la elección no se resolvió entre dos o tres polos claros, sino en un terreno mucho más abierto, donde incluso la primera fuerza obtuvo porcentajes relativamente bajos.
En el extremo opuesto aparecen municipios donde una sola fuerza concentró buena parte del voto y redujo mucho el peso de sus competidores. Allí el NEP cae hacia valores cercanos a 1 o 2. El dato más llamativo es que Santa Cruz de la Sierra, pese a tener una oferta electoral amplia, figura en este grupo con un NEP de apenas 1,9 y un ganador que captó 71,6% de los votos. Este es quizá el mejor ejemplo de por qué no conviene confundir muchas candidaturas con mucha fragmentación efectiva.
Si observamos solo las ciudades capitales y El Alto, la heterogeneidad vuelve a aparecer. El Alto y Potosí están entre los casos más fragmentados del país. La Paz y Sucre también muestran niveles altos. En cambio, Cochabamba, Trinidad y Cobija se ubican en niveles más moderados, mientras Tarija se acerca al bipartidismo y Santa Cruz de la Sierra constituye la excepción más contundente por su fuerte concentración.
Finalmente, la comparación por departamento también muestra una Bolivia desigual. La Paz destaca por concentrar muchos de los casos de mayor dispersión. Otros departamentos presentan panoramas más mezclados, con municipios fragmentados conviviendo con otros mucho más concentrados. Esa combinación recuerda que la fragmentación no debe pensarse solo como un promedio nacional, sino como una estructura territorial compuesta por distintas ecologías políticas locales.
Las elecciones municipales de 2026 sí muestran una Bolivia más dispersa que en el periodo político anterior, pero esa dispersión no debe describirse de forma simplista ni uniforme. En este análisis, intentamos ponerle grados, escalas y matices al fenómeno de la fragmentación.
Cuando se pasa del conteo nominal al peso efectivo de la competencia, la imagen cambia. Es decir, los municipios altamente fragmentados existen, son relevantes y ayudan a entender por qué en el debate público se instaló con fuerza la idea de la fragmentación. Pero el mapa completo cuenta una historia más matizada. La fragmentación alta no es la regla general, sino una parte visible de un panorama mucho más diverso. Esa diversidad importa porque cambia las condiciones de gobernabilidad. No es lo mismo administrar un municipio donde una fuerza domina con amplitud que uno donde la alcaldía se gana con menos de una cuarta parte del voto.
Por eso, más que repetir la frase de qu “Bolivia está fragmentada”, conviene decir algo más preciso: Bolivia está fragmentada de manera desigual. Y entender esa desigualdad territorial y política es el primer paso para anticipar qué tipos de acuerdos, conflictos y formas de gobierno local emergerán en los próximos años.
Puedes ver más datos y visualizaciones interactivas sobre las Elecciones Municipales aquí