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Adela Zamudio

Novelas cortas, 1942

El diablo químico

relato, 4.129 palabras

En el primer día creó Dios al cielo y la tierra y separó la luz de las tinieblas; el segundo creó el firmamento; el tercero reunió las aguas en los mares y formó los árboles y las plantas; el cuarto hizo el sol, la luna y las estrellas; el quinto los peces y las aves; el sexto todos los demás animales y después de todo. Dios dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza".

Pero éstos que en la sublime sencillez del Génesis son llamados días, que equivalen a series de siglos; y fue precisamente en la última de estas grandes épocas, en el momento

Y de la formación del hombre, que ocurrió un incidente sin el cual nunca he podido explicarme la chambonada que Adán y Eva, o si quieren ustedes Eva y Adán, fueron a cometer en el Paraíso con motivo de la manzana.

Dios, en sus inescrutables designios, antes de poner a la criatura racional en posesión absoluta de la suprema felicidad, resolvió someterla a una prueba por medio de la cual la alcanzara.

Tengo para mí que Miguel, el jefe de los ángeles que militaron contra los espíritus rebeldes arrojados del Empíreo, fue el mismo que llevó a los infiernos la noticia de la permisión divina que autorizaba al espíritu del mal para que fuese a tentar la obediencia del hombre, criatura recién formada de un poco de barro, y de su compañera, salida de la costilla del primero, que habían sido colocados, rodeados de animales de toda especie, en un paraíso de delicias donde Dios les había dicho: "Creced y multiplicaos".

Sabemos por San Gerónimo, que los ángeles fueron creados muchos siglos antes que el mundo sensible y por consiguiente que el hombre, y algunos Santos Padres opinan que su caída acaeció inmediatamente después de su creación. Santo Tomás se inclina a creer que su creación fue al mismo tiempo que la del mundo, si tenemos en cuenta que los instantes de la creación equivalen a siglos de los nuestros, aparte de lo pesado que se hace siempre el tiempo para quien padece, podrán ustedes imaginarse el júbilo y algazara (si es que júbilo puede haber en la mansión de las penas eternas) que promovió en el infierno el arribo del celeste mensajero.

Graves autores aseguran que apenas conocida la noticia de tal bulto, se suscitó un altercado "de los mil diablos" sobre quién debía desempeñar la comisión de ir a tentar a Adán y Eva en el Paraíso; comisión que si bien no eximía al que se encargase de ella, ni por un momento, de la ley de expiación a que estaba sujeto, dando nuevo curso a su actividad diabólica, le proporcionaba además, la ocasión de salir a tomar aires mejores, cosa que no dejaba de ser una ventaja.

Hablando en oro, a nadie menos que a Luzbel le correspondía este refrigerio. Sobre él, como promotor de la malhadada sedición, recaía la mayor responsabilidad de las consecuencias que otros sufrían. Los otros, no habían hecho más que seguirle.

Muchos de aquellos ángeles renegados se creían acreedores al primer cargo de consideración que se presentase en la carrera, como recompensa a los servicios prestados.

El interés común estaba fundado en el éxito de la empresa. Tratábase nada menos, que de reducir a la perdición a nuestros padres y con ellos a todos sus descendientes; es decir, de establecer, por medio del pecado, una especie de vía de comunicación, que poniéndolos en relaciones con la tierra, les proporcionase el entretenimiento de ver en adelante todos los días caras nuevas.

Al revés de lo que pasa entre nosotros, túvose, pues, en cuenta, ante todas consideraciones, la de la competencia, y la delicada misión fue confiada a Lucifer, el jefe; acordándose que en caso de insuficiencia, llamaría en su auxilio a los principales corifeos o cabecillas del Infierno.

Arreglado así el personal diplomático ya lo tienen ustedes al muy tunante, sonriendo con malicia, al disponer su equipaje de picardías para largarse por esos mundos de Dios con dirección al Paraíso.

Cuando llegó a él, lo primero que llamó su atención, a pocos pasos de la entrada, fue su propia figura retratada en una fuente cuyas aguas se deslizaban, puras y tranquilas sobre un lecho de césped.

Desde aquellos sus buenos tiempos, era la primera vez que se miraba al espejo y al hacerlo, el pobre quedó tristemente impresionado, tal era su sello de fealdad repugnante que su pecado, y las mil pellejerías en que se viera, habían impreso en él. Pensó que, mal encarado y lleno de tiznes, como estaba, su aspecto era muy poco tranquilizador. Por bobos y confiados que Adán y Eva fuesen, iban de seguro, a tomarle por un mal sujeto, lo cual no convenía a sus planes.

Avanzó cautelosamente por detrás del follaje procurando no ser visto y alargando el pescuezo atisbo largo rato en todas direcciones. Pronto se convenció de que sus precauciones, por el momento, eran inútiles. El portador del permiso divino se había apresurado más de lo necesario, Adán y Eva no estaban aún en el Paraíso.

Indeciso como todo el que no sabe hasta qué hora ha de esperar, echóse a vagar por el espacio, y vagando se encontró de repente en frente de un imponente y grandioso pórtico de luz cuyos dinteles acababa de pisar. ¿A dónde conducía? ¡Oh dolor! ¡Oh profanación! el maldito aventurero, aprovechándose de la autorización de buscar al hombre en su origen y tentarle, había ido a dar sin saber cómo, con las puertas del laboratorio donde el Supremo Artífice elaboraba la obra estupenda con que quería coronar su creación.

¿He dicho laboratorio? perdóneseme esta expresión indigna de los objetos indefinibles a que me refiero.

Como iba diciendo, el Diablo, sin saber cómo, pisaba los dinteles del Sacro Recinto. El muy patudo quedó de pronto un poco amedrentado de tamaño atrevimiento, pero poco a poco fue animándose a entrar. ¡Qué feo vicio ha sido siempre la curiosidad!

Un incomprensible espectáculo se ofrecía a sus ojos en el interior del vasto recinto. A ambos lados de la entrada, un intrincado laberinto de extraños objetos se dilataba hasta perderse de vista. Los más sobresalientes eran unas redomas transparentes que traslucían las substancias de distintas densidades y colores en ellas contenidas.

Vuelvo a hacer uso de palabras cuyo significado es determinado y mezquino con relación a lo que quiero expresar.

Estas redomas o depósitos, como ustedes me permitan llamarlas, vaciaban unas en otras su contenido, gracias a la disposición de su nivel respectivo por medio de una complicada red de conductos cuyas direcciones apenas se podían seguir con la vista.

El Diablo se adelantó receloso e indeciso por temor a ser sorprendido; pero luego pudo convencerse de que se hallaba solo y cobró más atrevimiento. Colocando el pie en un extremo de la red de conductos, fue encaramándose poco a poco sobre la más elevada de las redomas que era la primera de la larga fila. En el fondo de ésta, limpia y transparente, brillaba una esencia celeste; mas apenas alzó su tapa, el condenado lanzó un terrible estornudo cayendo al suelo de bruces, como herido por un rayo. Bajo la augusta bóveda del Sagrado Recinto, el ambiente se había inundado de un aroma desconocido, ¡ay! demasiado conocido para él. Debía contener algo de la esencia de los jardines del cielo, porque resucitó en él un pasado de felicidad suprema, y lejos de producirle una sensación agradable, le hería con el agudo aguijón del remordimiento. Después de este incidente asaz patético, el Diablo, volviendo siempre la cabeza a todos lados, por temor de una sorpresa, continuó su temeraria y sacrílega exploración.

Un poco más abajo de la hermosa redoma, que había intentado destapar, se veía otra en la cual se vaciaban a un mismo tiempo y por dos lados opuestos dos substancias diferentes. Por un lado caía un polvo obscuro y grosero; por otro destilaba sobre éste la esencia pura y celeste de la primera redoma, que empapándolo poco a poco, iba convirtiéndolo en masa pesada.

El Diablo que se había inclinado a examinarla, se quedó pensativo.

Es de advertir que en ese entonces no poseía instrucción alguna; hoy mismo todos repetimos que más sabe por viejo que por diablo. Ni siquiera contaba con el empirismo de que ahora saca tanto partido. No entendía jota de ciencia; pero la intuición clara y sencilla de las cosas divinas de sus tiempos de bienaventuranza, le dotaba de cierta perspicacia natural aguzada por su malicia y con esto tenía de sobra. El descubrimiento que acababa de hacer le dio en qué pensar; porque ya no abrigaba duda alguna respecto a la significación de lo que tenía delante.

—¡Hola, hola! —se dijo—: por lo visto, el barro de que va a ser amasado el muñeco no es un barrito de tres al cuarto como otro cualquiera, hecho con agua común. Aquí la materia grosera está empapada de esencia divina. Y se quedó muy preocupado.

—La naturaleza terrena penetrada de la naturaleza Divina, de modo que en el misterio de sus manifestaciones no pueda determinar sino a medias, los puntos de tan íntimo enlace. ¡El ángel y el bruto! El diablo, a fuerza de cavilar, se volvía elocuente.

La redoma del barro misterioso tenía un rótulo que decía así:

Instinto de Conservación

Esto es lo primero que arranca de las entrañas del ser humano, murmuró y continuó examinando con atención; no ya por mera curiosidad: se le había ocurrido conocer de qué masa se hacía el adversario cuya voluntad iba a probar y contra el cual se preparaba en campaña.

El barro del instinto pasaba a una segunda redoma. El Rabudo no había escarmentado y asomó a ella el hocico. Casi le salta a las narices. El instinto de conservación había adquirido una notable fuerza expansiva. En su rótulo decía:

Instinto de Sociabilidad

Pasó a examinar la redoma contigua en cuyo rótulo decía:

Amor a los Semejantes

El Diablo frunció el ceño. ¿Por qué el barro del instinto se convertía en un líquido suave y transparente? Era necesario que tal transformación se debiese a un nuevo elemento. Se empinó cuanto pudo y examinó los alrededores —en frente de él se alzaba otra cuyo contenido venía a mezclarse con el amor a los semejantes. — Avanzó y subió hasta ella. Una especie de fluido, tenue, sutil, la llenaba. En su inscripción débilmente delineada se leía así;

Sentido Moral

El rincón que ocupaba, rodeado de obscuridad misteriosa, era tan lejano que el Diablo tuvo miedo y retrocedió. Deseoso de averiguar de qué fuente procedía se detuvo a observarlo y le pareció que el conducto que lo traía se perdía en dirección de la esencia divina.

El diablo bajó otra vez hasta la redoma del Amor a los Semejantes, la cual repartía su contenido en nuevos depósitos. Uno de ellos, al ser destapado, despidió un perfume suave y vivificante. Era la esencia del cariño a los semejantes condensada hasta un grado intensísimo. Se leía:

Amor a la Familia

Dicha esencia, al pasar a otros dos depósitos contiguos, iba adquiriendo fuerza expansiva. El primero se llamaba amor a la tribu y el segundo, mucho más grande:

Amor a la Patria

En idas y venidas observó que los tubos o conductos que, partiendo del primer instinto comunicaban unos depósitos con otros, llevaban letreros que decían: noción del tiempo, del espacio, del número, etc., etc.

Iba entendiendo cada vez mejor.

—Por lo visto, se dijo, las facultades del conocimiento (no dijo cognitivas porque no entendía de tecnicismos) se forman y desarrollan por el movimiento de la substancia al avanzar en los tubos. Estas nociones se juntaban más adelante en un obscuro depósito, cuyo rótulo, apenas legible, decía así:

Sentimientos Indefinibles

A él iban a dar también otros lindos tubos transparentes en que se leía: noción de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero, etc. Todo el contenido del misterioso depósito se vaciaba en un ancho tubo en que decía; Idea de Dios. Este se perdía hacia el lado de la redoma del sentido moral.

El Diablo se asustó un poco y retrocedió. De pronto, entre el laberinto de redomas, vio una que se alzaba, radiante de luz, como un astro. Contenía un líquido tan puro, que parecía que hasta él no había llegado un átomo del fango primitivo. En su rótulo se leía esta hermosa palabra;

Caridad

Su principal elemento venía del Amor a los Semejantes, pero el sentido moral la enriquecía con nuevas combinaciones por medio de una intrincada red de conductos.

El Diablo extático al verla, se mostró luego desconcertado y con visible mal humor. Había tomado el partido de marcharse, y quiso dirigirse hacia la puerta; pero le fue imposible hacerlo sin dar una gran vuelta. Al llegar a la puerta se detuvo junto al grupo de redomas que había examinado al entrar y desanimado y mohíno, se sentó junto a una de ellas.

—¡Tanto aparato, tantas combinaciones y trabajo tan complicado, todo para concentrarlo en unas cuantas libras de substancias, en unos cuantos tejidos destinados a formar la armazón de un muñeco de barro!

—Esto se llama esmerarse, ¡qué voy a conseguir contra un sujeto hecho de tales elementos!

Se hallaba tan desanimado, que, a no ser por la vergüenza de presentarse derrotado ante sus compañeros, habría vuelto a los infiernos.

¡Ah! en dónde estaban los ángeles guardianes de la humanidad que no acertaron a presentarse en aquel momento sacando a puntapiés al condenado antes de que lo echara todo a perder. Pero Dios lo había permitido, sin lo cual nada hubiera sucedido.

La redoma a cuyo pie se había sentado era una, grande y hermosa, en cuyo rótulo se leía: Amor Propio. Ocupaba una posición central, notándose bien claramente que servía de base a multitud de combinaciones. En aquel laberinto se hacía casi imposible determinar qué sentimiento nacía antes que otro, pero era indudable que tenía por punto de partida el instinto de conservación.

Cerca se veía un grupo de redomas vacías aún, limpias y transparentes. ¡Quién puede decir a qué nuevas admirables combinaciones estaban destinadas! ¡Oh, momento fatal! El Diablo tuvo la maldita ocurrencia de servirse de una de ellas para un examen más prolijo. —Fijó la vista en una y cogiéndola por sus asas, la sumergió toda en la redoma del amor propio hasta llenarla; pero al levantarla, el fuerte sacudimiento agitó su contenido y lo enturbió repentinamente. Fatalmente había ido a dar con la substancia más susceptible de alteraciones. El maldito se puso en observación. Una violenta sacudida al amor propio podía ser fecunda en resultados.

—Lo que se ha producido aquí, se dijo, es obra mía. Y colocando la redoma en el suelo la miró por todos lados.

—Esto es mío, sí, mío, murmuró, animándose por grados.

Y proponiéndose hacer algunos otros experimentos, pasó a examinar otra redoma donde el amor propio, combinado con elementos más suaves, aparecía notablemente purificado. En su rótulo se leía:

Dignidad

Cada vez más osado, probó a cerrar las llaves de los conductos de los elementos que contribuían a formar este compuesto, dejando sólo abierto el del amor propio. Al momento, la redoma de la dignidad sufrió perturbación visible. Con toda impavidez cogió otra redoma vacía y la introdujo en la primera llenándola de su líquido visiblemente alterado. Luego la puso en el suelo y se enderezó hinchado de satisfacción.

Aquel desvío de la dignidad, que el Diablo acababa de inventar, era el Orgullo.

Luego tapó el último conducto que comunicaba con la dignidad dejándola completamente aislada. De su líquido así estancado, llenó una tercera redoma que empezó a exhalar un olorcillo a podrido nada agradable al olfato. Aquello era el Egoísmo.

Volvió a poner la dignidad en comunicación con los tubos que había cerrado, y cada vez más animado, llenó de ella una tercera vasija, en la cual se le ocurrió meter el dedo para probar con la lengua. Esta vez sí, que se produjo en la dignidad una verdadera combinación química. Adquirió un color subido y un olorcito acre y picante de los mil demonios.

Aquello era la Soberbia.

El Diablo abrió tamaño ojo.

Ya he dicho que no entendía jota de ciencia. Después se metió a alquimista, como sabemos, pero para eso debían pasar muchos siglos. No entendía de afinidad electiva ni del principio químico que, de la composición de dos substancias resulta una tercera cuyas propiedades son completamente opuestas a las de cada una de las componentes; pero, a pesar de su ignorancia, comprendió al punto que la transformación producida en la última redoma, era debida al contacto de su propia substancia, y tomó nota de este descubrimiento.

En seguida se puso a trasegar vasijas unas en otras, a probar, a combinar, y por último, no sabiendo qué más inventar, tomó una redoma vacía, la más grande, mezcló en ella todas sus combinaciones y después de observarla y examinarla cien veces, acabó por lavarse en ella las manos; de lo cual resultó un menjurje detestable de un hedor endiablado.

El inventor, después de oler y paladearlo, se cuadró con aire de importancia. No había visto, olido, ni probado cosa que fuera más de su gusto.

Aquella inmundicia que apestaba era la Vanidad.

Después de esto pasó a examinar un nuevo grupo de redomas. Había perdido toda timidez y procedía con la misma impavidez que si se hallase en su propia casa.

Pero, sería largo seguir relatando minuciosamente sus fechorías, bástame decir que, sirviéndose de los menjurjes que su malicia había inventado, fue de vasija en vasija alterándolo y transformándolo todo. Metió las manos, sucias de vanidad, en la noble Emulación y resultó la Envidia; —agregó egoísmo al legítimo instinto de la Posesión y se produjo la Codicia — escupió en el Amor a los Semejantes y se hizo el Odio, etc.

Cerca de la emulación se detuvo al fin. Era para contemplar una redoma que veía por primera vez; aun más limpia y hermosa que la de la Caridad, de la cual procedía. Era la esencia de la caridad sublimada que a través de la tapa esparcía un perfume embriagador. En su rótulo estaban grabadas estas hermosas palabras:

Abnegación — Sacrificio — Heroísmo

El Diablo no se atrevió a tocarla.

De repente, al dirigir la vista hacia un lado, acababa de descubrir un objeto colosal, maravilloso, espléndido. Una redoma, la más grande, la más hermosa de todas las que hasta entonces había visto. Sobrecogido de admiración se aproximó a ella.

En su interior, con abrillantados y múltiples reflejos, bullía un licor delicioso.

Desde el primer instinto de conservación hasta la esencia de la abnegación que la enriquecía abundantemente, apenas había substancia que no fuese a afluir en esta redoma que era como el corazón del complicado mecanismo. Era el agregado inmenso en que todas, o casi todas se mezclaban. Sus efectos debían ser los más complejos, y por consiguiente, los más poderosos.

El Diablo la contemplaba alelado; pero luego tuvo la audacia de encaramarse sobre ella y mover la tapa; en el olor vivificante que se escapó de adentro creyó descubrir el principal de sus elementos.

—Aquí hay algo del fluido misterioso, alma de los mundos, de que su Divina Majestad se sirvió para enlazarlos y equilibrar sus movimientos en lanzarlos en el espacio y bajando hasta el suelo, la contempló otra vez con asombro.

En su lujoso rótulo se leía esta sola palabra;

Amor

—Esto no puede quedar así, se dijo el Patudo de mal humor.

—Es preciso alterar su pureza por algún medio; de otro modo, no habría negocio.

Y volviendo hasta los menjurjes de su invención, hizo con ellos una mezcla de egoísmo, de orgullo, de codicia y otras impurezas, y lo deslió todo en una redoma llena de vanidad. Alzando ésta luego a pulso, fue a echarla íntegra en la hermosa redoma del amor.

El delicioso néctar se enturbió al instante de un modo lastimoso; aunque después, poco a poco, fue recobrando aparentemente transparencia.

—Ya no hay cuidado, exclamó, ya podemos divertirnos. No habrá un solo átomo de amor en que no vaya mezclado algo de lo mío.

Lo que el Diablo acababa de hacer, era un como si dijéramos, pervaniduro de amor —o sea, el compuesto más cargado de vanidad de todos los inventados.

Hecho esto, le pareció que había hecho lo bastante, y para concluir, fue vertiendo una cantidad del correspondiente de cada uno de los vicios que había inventado, en cada uno de los sentimientos que le había servido de origen; de modo que arrastrasen en sí el mal germen que había sido depositado en su fondo.

En seguida colocó seguidamente las redomas vacías en el sitio en que las había encontrado a la entrada, y se disponía a largarse afuera cuando, al echar una última ojeada a su alrededor, se fijó en una región sin explorar, y se dirigió a examinarla.

Allí halló un grupo de redomas más frágiles y delicadas.

Dos le llamaron la atención por su belleza. Una era azul y esparcía un suave olor a violetas. En su rótulo se leía: Modestia. En la otra, que contenía una bellísima esencia sonrosada, decía: Pudor. Esta última iba a vaciarse por un ancho tubo, en la gran redoma del amor.

El condenado, incansable, se fue otra vez hasta donde estaban las redomas vacías. Tomó una, en la que había quedado una borra de inmundicias, en que predominaban la Ambición y el Interés Propio y volviendo hasta la modestia, la colocó junto a ésta; en seguida se sacó el chambergo y sumergiéndolo en la redoma azul, echó modestia en la sucia vasija, agregando algo de pudor; y arremangándose la chaqueta, metió en ella el brazo negro y velludo y se puso a menear con ímpetu infernal y esperó luego a que el líquido reposara.

Por una rara particularidad, esta última mezcla conservó la agradable apariencia de la modestia; lo cual bastó para que el Diablo, cambiando de fisonomía, se pusiese al instante en seria observación. Parecía que se le había ocurrido alguna idea brillante, porque sus ojos, fosforescentes y horribles, se iluminaron de alegría infernal. Metió otra vez la garra en el líquido, lo olió y observó con el creciente interés de quien quiere convencerse de una sospecha.

—¡Eureka! exclamó de repente, me parece que esto era lo que necesitaba.

Y dueño al parecer del secreto de este último compuesto, pasó a un nuevo procedimiento. La substancia de cada una de las redomas en que había echado algo de lo suyo había cambiado de aspecto; es decir, que por muy soluble que cada vicio fuese en la virtud correspondiente, sin necesidad de agentes ni reactivos, se descubría la alteración o transformación cosa que no podía menos que inquietarle; sirviéndose del chambergo, fue echando, en cada una de ellas, un poco del compuesto últimamente inventado y todas recobraron su primitiva apariencia.

Con este último descubrimiento, que dejaba ocultas sus anteriores fechorías, quedaba sellada su obra.

Volvió hasta el depósito que había dejado junto a la Modestia. Hacía piruetas y visajes horribles de alegría. Parecía un loco.

—¡Muchachos! exclamó a media voz. Ya podemos entrar en campaña. Pero ahora, ya es otra cosa; ya no se trata de luchar frente a frente ni a cara descubierta.

—¡Ya estoy viendo lo que va a suceder! ¿Alguno quiere combatirnos? ¿Alguno se levanta del nivel de la muchedumbre? ¡Abajo en nombre de la verdad! ¡Abajo en nombre de la Patria! ¡Abajo en nombre de Dios!

El diablo tenía razón para estar tan contento. Sin el último de sus descubrimientos todos sus manejos habrían resultado inútiles. Proclamar el mal en nombre del mal hubiera sido una gran chambonada. En adelante, más crímenes se cometerán en nombre de Dios que en el del Diablo.

Lo que acababa de descubrir era la Hipocresía.

Por fin, mirando a todos lados por si alguien le había oído, se bajó, y dando por terminada su obra, se encorvó sobre la hipocresía y se lavó con ella la cara.

Al instante adquirió la apariencia de una serpiente.

Estaba aún más horrible con aquella careta.

—Ahora vamos a acechar desde la sombra, dijo, frotándose las manos y al frotarse produjo una llamarada.

—¿Quién ha encendido la luz en el laboratorio? Se preguntaron dos ángeles que a la sazón pasaban por ahí cerca; pero cuando entraron, toda estaba al parecer en su lugar —no encontraron más que un pronunciado olor a azufre, y un bulto negro que pugnaba por escapar por una ventana.


Y ahora, quiero que mis lectores me contesten: Empapados en la esencia del Bien, recién salidos de las manos de su Creador, rebosando gratitud hacia El, ¿era natural que nuestros primeros padres cediesen a una mera insinuación de la Serpiente?

No hay más, sino que en la obra de la organización del hombre, metió el Intruso su cuchara sucia y todo lo echó a perder.