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Adela Zamudio

Peregrinando, 1943

En el campo

poesía, 54 versos

¡Qué noche! El techo que escuda

mi solitario aposento

cruje al soplo que lo abate;

y desde mi asiento, muda,

oigo del agua y el viento

El prolongado combate.

Mas, ya cesa; lentamente

callan los lúgubres ecos

de la tempestad lejana.

Ya sólo se oye al torrente

que entre los pedrosos huecos

gime al pie de mi ventana.

Contra los vidrios, afuera,

presa en la peña musgosa

que forma rústico banco,

la débil enredadera

tiembla empapada y llorosa

sobre el oscuro barranco.

En la fragosa quebrada

murmullos hondos, sombrios,

van ya cediendo en violencia,

y la lluvia sosegada

se escurre por los bajíos

con monótona cadencia.

Yo sola en pie permanezco;

yo sola en toda la casa

que la oscuridad rodea;

a intervalos me estremezco

al ver vacilar la escasa

luz, que junto a mi flamea

Nervioso desasosiego

turba con terrores vanos

vagamente mis sentidos,

y en el lúgubre sosiego

pienso que escucho lejanos,

pavorosos alaridos.

¿Qué dice el viento en su vuelo

trayéndome, del pasado

el eco desvanecido?...

— ¡Morir! ¡oh, triste consuelo!

morir, sin haber amado,

morir sin haber vivido!

Negro espectro de la nada

que te alzas en los rincones

y llegas pausado y ledo,

sombra doliente y callada

de mis muertas ilusiones

no vengas, que tengo miedo...

Mañana, cuando la aurora

con su luz brillante y pura

bañe la vega lozana,

llena de horror, como ahora

me oprimirá la negrura

de mi noche sin mañana.