Cuentos breves, 1943
Yo te bendigo
prosa poética, 262 palabras
Alma ingenua, alma de niño, con sus impulsos ya iracundos, ya generosos — alma encerrada en cuerpo de animal eternamente incomprendida, eternamente atormentada.
Corazón y cerebro cuyos alcances salvan el abismo que separa al bruto del ser que se reconoce y dice: Yo pienso y siento. Cuando te veo esclavo, sometido a la voluntad de tu dueño con una abnegación que va más allá... Cuando te veo afrontar peligros y soportar mortificaciones hasta olvidar tus necesidades más apremiantes, por seguirle y hacerlo, no por conveniencia sino por afecto, cuando te veo gemir de felicidad con una caricia y consumirte de abatimiento con un castigo moral. Cuando en horas de meditación y de tristeza te veo a sus pies, alzar los ojos ansiosos por comprender la causa y comunicarte con él, me pregunto: La idea de un árbitro supremo de tu destino mezquina, grosera y confusa, que se eleva del hombre a Dios: ¿no es comparable a la que tú concibes de ese ser superior del planeta?
El hombre no vive solamente de comida y de bebida, sino también— de la palabra divina dice la sentencia bíblica: “tú eres más que él. Tú vives más de amor que de comida y de bebida. Tú como el niño prefieres la caricia al alimento”.
¡Amigo fiel!
Compañero de los juegos de la infancia cuyos atronadores ladridos hacen coro a las alegres carcajadas.
Guardián de la casa del labrador.
Compañero de viaje, abnegado hasta morir... a veces delator del crimen.
Heroico explorador en San Bernardo.
¡Bendito tú, Bendito más que todos, heroico servidor de la Cruz Roja.