Peregrinando, 1943
Ayer en la tarde
poesía, 55 versos
A mi hermana Amalia.
Tras un día caluroso
— Vino un fresco anochecer,
Y en un sitio delicioso,
Bajo un pabellón frondoso,
Nos detuvimos ayer.
Yo me apoyé en su regazo:
Tu te pusiste a cantar:
Mi vista vagó al acaso
Hasta que allá en el ocaso
Vimos la luz expirar.
El cielo estaba sereno,
Azul toda su extensión;
Y yo apoyada en tu seno,
El corazón de paz lleno,
Escuchaba tu canción.
La luna brilló en el cielo
Y a su tibia luz te vi
Como un ángel de consuelo
Que hubiese plegado el vuelo,
— Viniendo a velar por mi.
Largo tiempo te escuché.
Tu voz me gustaba tanto,
Que algunas gotas de llanto
Vertí, sin saber por qué.
Tan dulce fué mi tristeza,
Que me fingí en un Edén;
Alcé entonces la cabeza
Y descubrí con sorpresa
Que tú llorabas también...
Tal vez en algo pensamos
A un mismo tiempo las dos;
Algo, que ambas recordamos;
Por eso juntas lloramos
Con el eco de tu voz.
La luna, clara y hermosa,
De pronto se obscureció,
Y tras nube vaporosa,
Su luz ténue, misteriosa,
Mayor encanto vertió.
Y a la luna semejante
Cuando te volví a mirar,
En tu cándido semblante,
Nublado por un instante,
Vi tus lágrimas brillar.
Nunca en medio del contento
Te ví tan angelical;
Y era que en aquel momento
Te alumbraba el sentimiento
Con su llama celestial!
Roguemos al cielo santo
Que siempre unidas así,
Se alce a un tiempo nuestro canto,
Se confunda nuestro llanto.
Y no te apartes de mi.