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Adela Zamudio

Cuentos breves, 1943

El desconocido

cuento, 713 palabras

La Soberana Matrona, sentada en el altar de su gran templo, en el seno de la tierra, recibía los homenajes de sus hijos, que celebraban sus fiestas; porque era al comenzar de la primavera. Sus manos, incansables, desde el principio del mundo, modelaban, con pasmosa habilidad, innumerables y variadas figuras, que apenas acabadas, eran destruidas, para que el barro de que habían sido formadas, revistiese en seguida nuevas formas, más complicadas y perfectas.

De pronto, entre la multitud que la rodeaba, apareció un extranjero. Era pálido y endeble, pero hermoso como un arcángel. Su alba túnica impalpable formaba pliegues de luz. Una aureola de tenues arreboles coronaba su frente. Abrióse paso lentamente entre la multitud.

—Vengo a mirarte cara a cara y a desmentir las alabanzas de que eres objeto, ¡oh! Madre sabía, que te ocupas de crear para destruir, —dijo a la diosa. Al oírle todos se miraron con asombro.

—¿Será un demente? —se preguntaron—. Arrojémosle de aquí.

—¿Te atreves a criticar mi obra? —dijo con voz terrible la Naturaleza.

—Sí, estoy descontento de ella y aspiro a perfeccionarla. Cuando todas las bocas tengan pan y todos los corazones amor, enorgullécete de tu tarea, pero entretanto, ¿hay algo más salvaje que tu grosera fecundidad? Replicó el desconocido. ¡Oh! Madre a quien los hombres, por costumbre, llamaron pródiga, tu lujo es el desperdicio. Eres la fuerza ciega que sólo sabe producir; ¿te cuidas siempre de conservar la vida, siquiera efímera, que prodigas? En el reino vegetal, por cada flor que cumple su destino transformada en fruto, cuántas nidadas, demasiado abundantes, que perecen de hambre; y en cuanto al niño ¡Oh! Madre previsora, ¿cuán desvalido lo has hecho? Qué de cuidados, constantes y prolijos, qué suma de abnegación y paciencia, la que reclama su debilidad, durante una época dilatada, expuesto a cada paso a contraer para siempre alguna deformidad moral o física. Más, ¿qué te importa? No tardas en enviar otro, y otros en seguida a usurpar su puesto. En tu brutal afán por producir, no ves que tus criaturas se dañan entre sí y se empujan a la destrucción. Te llaman cariñosa, y la guerra es tu ley de todos los siglos y la vida es un campo de batalla en el que los vivientes se devoran los unos a los otros.

—He armado a todos equitativamente —respondió ella — a unos para el ataque, a otros para la defensa.

—Te llaman benigna, y aplastado por tus leyes inexorables, te implora el hombre con alaridos de que no haces caso —; y las generaciones van pasando, como las olas tumultuosas del torrente que se despeña en el abismo, con el eterno grito de sus dolores y de sus crímenes; y engalanada con tu inmortal verdor, sonríes indiferente, lo mismo en sus fiestas que en sus catástrofes. Te llaman bienhechora y la tierra está llena de desheredados.

—Yo he repartido mis tesoros, —interrumpió ella—. En varios siglos más, el planeta producirá lo suficiente para alimentar a una humanidad aún más numerosa que la actual. ¿Vas a culparme de que la ambición y el egoísmo humanos hayan causado el desequilibrio de las fortunas?

—¿Pero esa ambición no entraban en tus designios ni en tus previsiones? Si no riges la vida moral de la humanidad con sus pasiones y sus extravíos; si hay un orden de fenómenos superior a tus leyes yo impero en él y soy el soberano delante de tí.

—¿Y quién eres tú que me apostrofas?, ¿quién eres, insensato, que pretendes menospreciarme?

—Un día, cuando el hombre, guiado sólo por sus instintos, descarriado de la senda que le trazaste, se revolcó en el fango, hasta hacerse inferior a los brutos, yo contrariando tus leyes, predicando la virginalidad, y la penitencia, eché abajo los ídolos de carne y salvé a la humanidad. Hoy, que la ciencia ha declarado que la vida no tiene más objeto que la vida misma, el hombre espantado ante la horrible tarea, no viendo delante de sí más que vacío y tinieblas, recurriría al suicidio, si yo no revistiese ante sus ojos el hermoso fantasma que persigue —, el que le impulsa a seguir adelante.

—¿Quién eres, pues, que le prometes más que yo?

—Tú llevas las generaciones al seno de la muerte —; yo las conduzco a su destino. Yo soy el ideal.