Ir al contenido
Adela Zamudio

Cuentos breves, 1943

La felicidad

cuento, 596 palabras

Soñé que me encontraba en el otro mundo, a cuya suerte un gran número de personas de ambos sexos, aguardaba el momento de entrar.

Y al columbrar por el postigo entreabierto, las deliciosas perspectivas del interior.

—¿Es este el cielo? —pregunté a un individuo que hallé a mi lado.

—¡Ah! No, —me dijo—. El cielo es aún más hermoso y está más arriba. Esta es solo una existencia superior a la que ascienden las almas de los que cumplieron su deber en la tierra.

—¿Y por qué demoran tanto en el vestíbulo?

—Porque al entrar, Dios concede a cada cual el derecho de elegir el sexo, la posición social y hasta las condiciones personales que ha de tener en esta segunda vida. Entonces me aproximé a la puerta de una especie de oficina en la que un anciano de frente calva se entendía con los ingresos.

—Yo quiero ser un hombre de talento, —decía un palurdo—. Que me admiren por mi saber.

Mucho he sufrido a causa de mi ignorancia, hasta mis penas provocaban a risa.

Y en seguida, como de intento, se presentó un sujeto de cara apergaminada y larga melena.

—Quiero aire, luz, horizonte, —dijo—. La verdadera vida al frente de la naturaleza. No hay mayor estupidez que consumirse en el rincón de una biblioteca, entre montones de volúmenes roídos por las sabandijas. La ciencia, al fin y al cabo, no da la felicidad. Quisiera convertirme en ese labriego casi idiota.

Después se adelantó una mujer de rostro marchito.

—De nada me ha servido mi hermosura, —dijo—. Aunque sea fea, quiero ser rica, muy rica, muy rica.

Detrás de ella, otra, marcada desde la infancia por las viruelas, declaró lo contrario:

—Señor, a mí me engañaron, persuadiéndome de que bastaba ser buena. Más tarde he conocido lo que es llevar en el rostro un estigma de vergüenza. Quisiera ser hermosa, aunque tuviese que vivir en la miseria.

Tocóle en seguida la vez a una ex reina.

—He vivido envidiando a las zagalas que libres, de miramientos, moran como las gacelas en la pradera, y se unen al elegido de su corazón. Quiero ser aldeana, florista, costurera, todo, menos reina.

Así fueron presentándose los que esperaban, uno tras otro.

Los padres de familia pensaban que la única felicidad consistía en no tener hijos. Los célibes habían descubierto a última hora, que lo más acertado era buscar una legítima compañera. Los casados sin hijos anhelaban, casarse otra vez, sólo por tenerlos.

Todas las mujeres aspiraban a ser hombres, y no faltó un maricón, que, por no ir a la guerra prefiriese ser mujer. Los pobres, sólo esperaban ser ricos para ser completamente dichosos y en cambio, hubo un ricachón que habiendo muerto sitiado por numerosa parentela, quedaba tan escarmentado, que había resuelto morir sin un cristo. Por último, a un pobre diablo se le ocurrió ser rey —, y a su lado un ex monarca habló de los disgustos de reinar.

—Hasta suele suceder que por los errores de sus antecesores le corten a uno la cabeza el mejor día, —dijo—. Yo quiero ser un simple particular.

Por fin me tocó el turno y me presenté.

El anciano se había vuelto hacia su secretario y le decía en voz baja:

—Es curioso: Hasta ahora no he encontrado un individuo que haya estado contento con su suerte.

—¿Qué quieres tú? —me preguntó.

—Si he de volver a vivir, —respondí — acepto cualquier destino. ¡Cualquiera! Menos el que me ha tocado en la tierra.

Y fué tanta mi emoción, que desperté.

Entonces me dije: La felicidad está en lo desconocido.