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Adela Zamudio

Cuentos breves, 1943

El milagro

cuento, 2.558 palabras

En la silenciosa casa de campo, se oye lejano el tañido del cencerro que anuncia la llegada del ganado. Es la hora melancólica y solemne del anochecer. Hora en que la atribulada madre de familia siente más que nunca el peso de su temprana viudez y en que, acosada por sus recuerdos, a la vez que por la idea de los cuidados y sinsabores presentes, huyendo de sí misma a su habitación ya surcada por las sombras, y rodeándose de los suyos, se encamina a la puerta de la calle, toma asiento en los poyos de barro, guarnecidos de gruesa alfombra cuzqueña, a ver pasar la mansa y lenta procesión. Primero yeguas, caballos y borricos custodiados por el mulero; luego el grupo de vacas a cuyas patas se arriman graciosos y ariscos recentales, y la mujer que las conduce afanosa haciendo girar su rueca mientras camina; después la tropa de ovejas, de las que se desprenden grupos de corderillos que huyen lanzándose al aire en graciosa pirueta al pasar junto a los niños que las persiguen; y atrás de todos, la original figura del pastor, con su traje hecho jirones y su sombrero andrajoso, caprichosamente adornado con grandes flores silvestres de las quebradas. Los tres, uno tras otro saludan al pasar a la patrona con ese acento humilde y dolorido, peculiar del indígena, y luego arrean en derechura a los corrales.

Entre tanto, la hija mayor que ha quedado como siempre sola, encerrada en su cuarto, al acabar de anochecer, puesto el abrigo, con el ala del sombrero sobre los ojos hinchados de llorar, cierra su puerta, cruza lentamente el patio y sale al campo, silenciosa como una sombra.

Su madre, que la observa con inquietud, trata de detenerla.

—¿A dónde vas, Emilia?

Pero ella no contesta y sigue, paso a paso, camino abajo, hacia la pampa.

Una mirada cambiada entre la señora y su fiel ama de llaves, basta en aquel instante para que ambas se comprendan, y la ágil servidora, alborotando a niños y criadas, con pretexto de dar también un paseo, se lanza en comitiva tras la malhumorada y pensativa paseante.

Los mil rumores del anochecer han callado de pronto. Disipada la niebla de la tarde, la luna brilla en el azul profundo de los cielos — luna de invierno que inunda el valle de luz espléndida. Por el ancho camino pedregoso, a su derecha la sombra de una hilera de rosales, a su izquierda el maizal que se extiende hasta la playa del río, Emilia marcha pausada y pensativa sin volverse atrás. La brisa de la noche va exhalando a su paso suspiros silenciosos, a cuyo soplo, las rosas, que se deshojan, tienden sobre el camino leve alfombra de pétalos. Caricias del ambiente que no llegan a su alma conturbada por incesantes contrariedades.

Al terminar la hilera de rosales, va a torcer a la izquierda para internarse en un sendero del maizal, cuando la comitiva que la sigue, logra alcanzarla. Con risa un tanto irónica, acepta Emilia la obsequiosa compañía del ama de llaves, que de mil amables modos trata de disimular el espionaje de que está encargada.

Algunos pasos más y han llegado a la choza del chacarero, aérea alcoba de ramas, construída sobre cuatro estacones, a dos metros de altura, de modo que domine el mar extenso de penachos, tesoro que en esa época del año, próxima a las cosechas, es preciso custodiar de día y de noche a hondazos y silbidos.

En aquel peldaño claro del sembrado, al pie de la gayola, agrupada sobre un pedrón, único asiento, más de una vez, en las tardes toda la gente menuda de la casa de la patrona, niños y criados, han escuchado absortos los medrosos relatos del chacarero.

Las noches del guardián de los maizales son llenas de zozobras y rodeadas de misterio. La imaginación del indio ha poblado los campos de enemigos fantásticos, más temibles que los ladrones, los k’arisiris salteadores verdaderos. Aquella noche, el medroso relato del labriego, provocado por Emilia, se hace aún más interesante a la luz de la luna. Están en lo más sabroso, cuando de pronto, el narrador queda suspenso. En el silencio del campo, se oye a intervalos el son acompasado de un campanillazo semejante al que acompaña al Sacramento. Los circunstantes se miran azorados. No es ilusión. Todos los oídos lo escuchan cada vez más distinto. El apiñado grupo se estrecha aún más con estremecimientos de terror. El campanillazo avanza de minuto en minuto hasta vibrar agudo y penetrante a corta distancia. Oyese un ruido al fondo del maizal. Todas las caras de espanto, todos los corazones palpitantes. De repente, a diez pasos de distancia, las altas cañas del cereal crujen y se desgajan, dando paso, primero a una llama rojiza, luego a una sombra; una capucha gris y dos mangas de fraile que sostienen, a un lado la linterna, al otro la campanilla y las alforjas.

El estupor general dura algunos segundos. Una voz descompuesta por el terror exhala un grito:

—¡K’arisiri!

A ese grito de espanto del chacarero sigue el grito simultáneo de diez bocas, y todos, grandes y pequeños, atropellándose, tropezando y cayendo, se precipitan hacia el sendero que conduce al camino. No todos llegan a él: a dos pasos el chacarero yace en tierra, de bruces, arrojando sangre por las narices.

La joven entretanto, petrificada en su asiento, se oprime con ambas manos el corazón, mirando hacia la extraña aparición entre asustada y sonriente; luego se para, da algunos pasos y cae en brazos del fantasma. La capucha de jerga gris se desliza hacia atrás y deja descubierto a la luna, el rostro noble y simpático que sonríe bajo su espeso bigote negro. Tras suave y prolongado abrazo el fraile conduce a Emilia al asiento de piedra, se coloca a su lado y se miran sonriendo, agitados aún por la emoción.

—¡Eres valiente! —Murmura él a media voz.

—Sí, tan valiente, que aunque estaba advertida, he tenido un poco de miedo.

—¿Recibiste mi cartita?

—Ayer tarde. Si hubieses visto con qué naturalidad me lo entregó el pastor, en presencia de todos, escondida en la corola de una flor de ulala.

—A no ser este ardid no hubiéramos podido vernos, dice el joven, respondiendo a la mirada de curiosidad con que la niña examina su aterrador disfraz.

—¿No te decía que en el campo había de ser lo mismo que en la ciudad? No puedo dar un paso sin que me sigan. ¡Ah, mi madre! No sé qué va a hacer de mí. No sabes qué tormento es estar vigilada.

—Pero, no perdamos tiempo: ¿qué es ese asunto grave y urgente que querías comunicarme personalmente? ¿Qué es? Repite angustiada al ver tornarse sombrío el semblante amado. ¿Te han dicho algo de mi madre? ¡Dios mío! ¡Cuándo me darás el gusto de no hacer caso de chismes!

—Parto al Acre —dice él por toda respuesta.

—Al Acre, ¿tú? ¡Qué locura! ¿Era eso lo que tenías que decirme?

—Es cosa resuelta. Me he alistado en las tropas que se están equipando para el objeto. Saldremos dentro de dos semanas a más tardar.

Ella quedó aturdida. Lo que acaba de oír le ha hecho el efecto de un golpe de maza que hubiese recibido en la cabeza. Luego se esfuerza y prorrumpe con vehemencia:

—Pero, ¿no ves que de diez individuos que pisan esas regiones, dos o tres vuelven, y aún esos, a morir lentamente a consecuencia del paludismo?

—¡Qué hacer! Seré a lo menos útil a mi patria: ¡y si no vuelvo, tanto mejor!

—¿Crees, pues, tener derecho para disponer de tu vida? ¡No soy nada para tí! ¡Ah! ¡Desgraciada de la que un día ha confiado de la promesa de un hombre!

—Emilia, escucha: voy a ser franco: Tu madre hace imposible nuestra dicha. No lograremos vencerla; estoy convencido de ello. Si yo te amara menos, me quedaría a presenciar como un estúpido, la dicha de otro. Perdóname; la vida es esa. Tarde o temprano cederás a las tenaces sugestiones de mi enemiga, y entonces, ¿qué me queda? Una vida sin objeto. Que mi muerte, si la hallo, sea a lo menos fructuosa para los míos; que el precio de mi sangre alivie un día su indigencia.

—Tienes razón: Tu madre, ¡tus hermanitas! ¿Qué te importo yo?

—Tu madre ha abierto un abismo entre los dos, dice él sombrío. Los ultrajes que me ha hecho, que sigue haciéndome, son de tal naturaleza… ¿Sabes acaso el mensaje que he recibido de ella últimamente?

—Lo sé. No lo repitas. Pero ¿es culpa mía? Oye Ricardo: Te lo juro mil veces: jamás cederé a los deseos de mi madre. Te seré fiel, pero renuncia a ese proyecto, no desesperes. Somos jóvenes, todo puede cambiar.

—¿De qué modo? Soy pobre, ese es mi crimen. Yo no me hago ilusiones: nunca podré cambiar de situación, en este miserable rincón del mundo. Un joven pobre, no sube, sin un sostén, los difíciles peldaños de la fortuna. Parientes ricos, padrinos influyentes, ni aún eso basta. Es preciso inclinarse, adular, abdicar, ser bajo, ser abyecto. Yo no podría, aunque volviese a nacer.

—Yo no quiero seas sino lo que eres. Sólo te pido que confíes un poco. Escúchame, tengo ahora una esperanza. Dentro de pocos días hará un año de la muerte de mi padre y han de decirse sus misas en el pueblo. Mi madre se propone comulgar ese día. Pienso hablar con el padre que la confiesa. Explicarle mi situación, implorar…

—¿Olvidas que el mismo señor Obispo no ha podido vencer su terquedad?

—Es que ahora noto cierto cambio en ella, ¡quién sabe si esta vez…! Le he pedido a Dios un milagro; a tí te pido tan sólo unos días de plazo. ¿Me prometes renunciar a tu idea, a buscar un modo de salvar del compromiso, si es que ya los has adquirido?

—Está bien. Esperaré una semana.

—¿Estarás el domingo en el pueblo?

—Estaré allí.

—Nos veremos siquiera desde lejos. Yo le suplicaré al padre que te dé a conocer el resultado de su intervención en este asunto. Y ahora vete. Oigo voces. Son ellos. Les ha pasado el susto y vuelven. Adiós. Confía en mí.

El fantasma se interna en el maizal. Un numeroso grupo de personas que hablan a voces desciende por el camino y toma por el sendero.

La ansiedad de la madre es indecible. No cree en la realidad del fantasma que todos han visto, pero su hija ha quedado sola en medio del campo, presa quizá del pánico que le impidió huir, y hasta no hallarla no tiene sosiego. La joven, recostada en el pedrón contra la choza, dominada todavía por las ideas y emociones que ha experimentado, no necesita fingir la postración que, de veras, se ha apoderado de sus miembros.

—¡Emilia! —grita la madre al descubrirla— ¿por qué no huiste? ¿Qué te ha pasado?

—Nada. Mis rodillas se doblaron de susto. Apenas me doy cuenta de lo que ha sucedido.

Cuando ya de regreso todos en la casa, se encienden luces en el comedor y se sirve la cena, el aire ensimismado y abatido de la joven confirma las sospechas de la gente sencilla que la rodea. La señora, que observa a todos y descubre las miradas de inteligencia que sus sirvientes cruzan entre sí, adivina lo que se piensa de su hija: sabe las proezas que se atribuyen al k’arisiri, vampiro en forma humana, que fascinando a su víctima, logra adormilarla para abrir una herida en su seno y extraer de sus entrañas substancias misteriosas destinadas a un uso más misterioso aún. La herida, curada en seguida, queda invisible, pero el daño está hecho y la víctima adementada, mustia, se consume lentamente hasta morir. Mortificada interiormente y a fin de despreocupar a aquellos ignorantes, la madre, durante la cena, trata de distraer a la niña, con su conversación, pero no lo consigue en toda la noche y al fin se retira a dormir, dominada por esta impresión y pensando en las tristezas secretas de esta hija que es su tormento.


Es media noche. La acongojada madre pugna, se agita hundida en las tinieblas de un sueño horrible. En la pieza contigua, la luz de cuatro cirios ilumina un cuadro. Coronas de rosas blancas, pendientes de las columnas un catre-tules y flores formando un lecho mortuorio, y una inmóvil y pálida figura cuya silueta se destaca entre los tules y las flores. ¡Es, pues, verdad que aquello ha sucedido! ¿La idea, que al cruzar alguna vez por su cerebro, rápida como un relámpago, sacudió todo su ser hasta dejarla desfallecida, es una realidad que pesará sobre ella todo el resto de su vida?

Se acuerda con espanto de las frases que, con ligereza increíble pronunció más de una vez: —”Quisiera verla muerta, antes que en brazos de ese hombre”. ¿Muerta, la hija adorada, después de haber sufrido tanto! ¡Muerta, sin haber tenido un día de felicidad! La desesperada madre se arrastra de rodillas, retorciéndose; desde el fondo de su corazón lanza un grito supremo:

—¡Dios mío! Ya sé que esto es sin remedio — que lo que está consumado no puede dejar de ser pero, ¡Dios mío! para tí no hay imposibles —ten compasión de mí — ¡no puedo más! — haz de cualquier modo, que esta visión desaparezca de mis ojos; destruye esta realidad: haz un milagro, y te juro… ¡te juro, Dios Poderoso! que los haré felices. Deponiendo mi orgullo y mi aversión, iré yo misma a arrodillarme ante ese hombre a implorar…

La violencia y esfuerzos de su propia congoja la despiertan. En el sombrío aposento penetra suavemente el vislumbre de la luna a través de los vidrios de la ventana. Todo está en calma — sólo se escuchan respiraciones tranquilas. Emilia duerme en la pieza contigua… La entristecida madre se incorpora y llora a sollozos. Después medita largo tiempo — reza, y no vuelve a dormir hasta que aclara el día.


Una semana después, la viuda, arrodillada ante el confesionario de un reverendo, en el pueblo termina su confesión. Y ahora, padre, dice, escuche Ud. un caso de conciencia: De su respuesta depende la tranquilidad de mi vida: ¿Estoy obligada a cumplir un juramento que hice a Dios en sueños?

—¿Ese juramento es de odio o de perdón? — pregunta el fraile.

—Es de perdón.

—Pues estás obligada a cumplirlo como si lo hubieses hecho despierta.


Una hora más tarde, en un cuarto de la casa donde han sido alojadas, Emilia, temblorosa de emoción, se prende el manto ante un espejo. Su madre ha vuelto del templo. Su suerte va a decidirse. Corre a saber el resultado de la encarecida súplica que hizo al anciano que ha confesado a su madre; pero, al pisar el umbral para salir, da un paso atrás y queda atónita. El recoleto entra en la casa — no viene solo — Ricardo viene con él; no la han visto; cruzan el patio y entran impávidamente en la sala donde está su madre. ¡Dios mío! ¿Qué sucede? ¡Oh ansiedad!

Después de algunos momentos el sacerdote vuelve solo y se dirige hacia ella…

—Padre, ¿qué es esto?

—Nada, que me encargó que llame al joven. Los dejo hablando como buenos amigos.

—¡Padre!, es Ud. quien ha obrado este milagro.

—No hija, te engañas. Es Dios, que para obrarlos se vale a veces de medios muy naturales y sencillos.