Cuentos breves, 1943
El milagro de Fray Justo
cuento, 3.376 palabras
Fray Justo era un santo. Nadie se atrevió jamás a poner en duda su santidad. Los enemigos de la Religión, que, por sistema desacreditan a sus sacerdotes, no hallaban por más que buscasen, qué decir de él a no ser mucho de bueno. Hablaban con desprecio, si así se les antojaba, de la Comunidad entera, pero de él, individualmente era distinto: No podían menos que confesar sus virtudes y los muchos favores que le debían los desgraciados.
Un día de gran jubileo, después de decir su misa, se encaminó lentamente, a su confesionario, donde le esperaba un montón de penitentes, apartó la cortinilla y se instaló cómodamente en el reverendo sillón. Sacó enseguida la tabaquera le dio dos golpecitos, sorbió una narigada, se limpió las narices con su gran pañuelo de algodón, y guardando caja y pañuelo, sacó la cabeza fuera del confesionario y dijo con acento reposado:
—Si hay alguna casada, que se acerque la primera.
Tenía la costumbre de preferir a las madres de familia, considerando que no debían abandonar mucho rato su casa.
A esta advertencia, se siguió una conmoción en torno del confesionario. Las que tenían ganada la rejilla, se vieron obligadas a cederla, y sólo después de algunos momentos se restableció la quietud.
Fray Justo, como de costumbre, tocó primero a la derecha. Tan, tan.
La penitente aguardaba con la respiración anhelosa y entrecortada.
—¿Es confesión o reconciliación? —Preguntó el fraile.
—No padre —respondió ella conmovida— venía solamente a consultarle…
—Ah, Genoveva, ¿no vienes a comulgar?
—No padre. Estoy en un estado de ánimo muy malo. He tenido desde ayer motivos de amargura tan enormes…
—Razón de más, para buscar la fuente de todo consuelo.
—¡Ay!, padre. Si viera usted cómo tengo el corazón… Solo quería hablar con usted.
—Bueno, espera un rato. Despacharé a esa porción de beatas que esperan para recibir la comunión y te escucharé después con calma. Hasta luego.
El fraile se volvió a la izquierda. Otra vez una respiración anhelosa al otro lado de la reja.
—¿Confesión o reconciliación?
—Soy yo — silbó una voz muy reprimida. Y sin más ni más se echó a llorar.
—Ay padre, mi marido me ha dado otro colerón.
—Paciencia, hija. Cuando me consultaste tu matrimonio, yo lo reprobé. Nada bueno se podía esperar de un marido tan joven siendo tú ya madura.
—Pero eso, padre, ya no tiene remedio, entre tanto, yo soy una desgraciada. —Y siguió gimoteando. — Al fin y al cabo, es usted mi director espiritual y nuestro padrino, si usted no toma parte, cada día será peor.
—Bueno, bueno, ven mañana a las ocho y me contarás lo que ha pasado ahora hay muchas que me aguardan para recibir la Santa Comunión. Hasta mañana. Y otra vez a la derecha… Tan, tan.
—¿Es reconciliación?
—Sí, padre.
—Ah, Escolástica. ¿No comulgaste ayer?
—No, padre. Me acordé a última hora de un pecado.
—No ha de ser muy grave cuando lo olvidaste. ¿A ver?
La penitente rezó el Yo Pecador y luego dijo:
—Me acuso de haber echado maldiciones.
—¡Hum!... ¿Y fueron de corazón?
—Sí, padre, con toda mi rabia.
—¿Y a quién?
—A una tapa de baúl que se me cayó encima.
Fray Justo, en el confesionario, era impasible como una estatua. No sonreía, ni se enojaba por nada.
—Mal hecho, dijo, una cristiana no se impacienta ni siquiera con los objetos inanimados. Confiesa ahora un pecado grave de la vida pasada, para que haya motivo de absolución.
La penitente obedeció, y fué despachada.
A esto se siguieron diez o más confesiones igualmente breves e igualmente insulsas, hasta que el fraile tocó por décima quinta vez a la derecha.
—¿Es reconciliación?
—Soy yo, que he traído el libro.
—Entrégamelo al punto.
—Está bien padre, pero… ¿qué le voy a decir cuando me pregunte si lo he leído?
—¿A quién?
—A él, al que me lo obsequió.
—Le dirás la verdad. Que yo te lo he pedido para quemarlo. Que te he prohibido la lectura de novelas y que no volverás a aceptar esos regalos.
La penitente, que era una niña, graciosa y coloradita, se puso en pie delante del confesionario y entregó el libro humildemente, retirándose luego.
El padre sacó en seguida la cabeza. No quedaba más que la casada número uno que comprendiendo que le había llegado la vez, se aproximó.
Estaba más sosegada. Una larga amonestación del sacerdote acabó de tranquilizarla, pero al dar cuenta de lo que le pasaba volvió a conmoverse.
—Anoche— dijo— con escándalo de toda la vecindad que se apercibió de ello, ha introducido a esa mujer a mi propia casa. ¿Qué debo hacer, seguiré callando? ¿Consentiré semejante ejemplo para mis criadas, para mis hijitos? ¿Qué me toca hacer?
—Obrar con prudencia— dijo el sacerdote—. No comprometer el porvenir de tus hijos. Rogar a Dios y esperar…
—¿Pero hasta cuándo?
—Hasta cuando Dios quiera— respondió el fraile sin alterarse—. Algún día le tocará al corazón y volverá sobre sus pasos.
—Tal vez— murmuró ella—. Cuando esté viejo y ya no pueda más.
—Hija mía— interrumpió el confesor severamente—. Es preciso no rebelarse contra las pruebas que Dios nos manda. ¿Quieres que yo lo busque y lo amoneste?
—Sería contraproducente. Si viera usted cómo se burla de los sacerdotes… Quería también— continuó ella— hacerle otra consulta. Como usted sabe, ha comprometido mi patrimonio y están a punto de rematarnos la casa.
—¿Qué puedo hacer en ese asunto?
—Buscar a ese señor acreedor nuestro, contarle mi situación y conseguir que nos conceda un plazo.
—Está bien. Iré hoy mismo. Ven mañana a las ocho.
Fray Justo, entró en la sacristía y subió la escalera del Claustro.
Entró en su celda, dejó el libro sobre su mesa de noche y se fué al comedor visiblemente preocupado. Cuando volvió a su celda, tomó asiento en su sillón y alargando la mano cogió distraídamente la novela. Cuyo título consistía en una sola palabra Avatar. Lo que puede la curiosidad hasta en un santo varón; interesado poco a poco en su lectura, dió vuelta hoja tras hoja hasta que se quedó dormido.
El esposo de Genoveva era un sujeto adornado de todas las condiciones necesarias para hacerse agradable en sociedad. Era un ingeniero en la conversación. Sabía condensar a veces tan oportunamente en una sola frase un profundo sentido; hacía ostentación de modales tan suaves y comedidos con las damas que tenía gran partido entre ellas. En el fondo de su trato con éstas dejaba traslucir a veces cierto abandono lleno de gracia y melancolía que le sentaba muy bien.
Verdad es que ya se le notaba algo de calvicie prematura, algo de rubicundez en la tez, pero, cuando bien peinado, afeitado y perfumado se ponía el frac, la corbata blanca y los guantes, seguía siendo una arrogante figura en un salón. El brillo de sus ojos, daba todavía animación a su fisonomía y en las reuniones, aún había una que otra buena moza que a falta de un soltero que le hiciera la corte, se mostraba sensible a sus lánguidas y expresivas miradas. A parte de unos pocos padres de familia que le miraban con malos ojos acusándolo de dilapidador, y de unas cuantas señoras intolerantes que lo odiaban en secreto por lo que se murmuraba de su conducta privada, todos lo hallaban muy agradable y lo trataban con sumo agasajo. En suma, era, como se dice en castellano viejo: candil de la calle y obscuridad de su casa.
Doña Pacífica, la confesada de Fray Justo, aquella esposa ya madura de un esposo demasiado joven, era una prueba viviente de que no siempre dan los nombres idea exacta de los objetos a que han sido aplicados. Doña Pacífica, parecía oriunda del océano del mismo nombre, el cual se pone a veces tan furioso, que se precipita sobre un puerto y se lo traga íntegro. Sólo que los furores de Doña Pacífica eran más frecuentes que los de aquel.
Su pobre esposo tenía dos debilidades: Temía el escándalo y abrigaba la idea caballeresca de que golpear a una mujer es una acción cobarde. Con esto y con un vozarrón que se oía a una cuadra, tenía la señora lo suficiente para dominar a su marido que andaba flaco como un espárrago. Los amigos de este infeliz, en sus ratos desocupados, se complacían en recordar todos los tormentos de la Inquisición para doña Turbulenta y daban a la víctima consejos a cual más enérgicos, pero todo esto a respetable distancia, que, cuando se hallaban en presencia de ella, contagiados de inexplicable terror se mostraban muy comedidos.
Dormía Fray Justo profundamente cuando llamaron con suavidad a la puerta de su celda.
—¿Es Genoveva o es la otra?— Se preguntó, figurándose todavía en el confesionario.
Era un lego, venía a advertirle que había llegado la hora de acudir al coro.
Al despertar, dos órdenes de ideas se confundían en el cerebro del fraile: Las confidencias de las dos casadas y el argumento de la novela.
Y fué en aquel momento; en aquel tránsito indeciso del sueño a la vigilia, vaga penumbra en que se agita el espíritu con rara lucidez, que el santo varón concibió la idea. Acudió al coro y durante los rezos y durante toda la tarde la idea siguió madurando en su cerebro.
Aquella noche empezaba la novena de San Pascual Bailón y Fray Justo debía presidir la ceremonia. El templo estaba ya repleto de gente cuando se presentó, revestido de capa de oro y acompañado de dos acólitos. Hecha la venia ante el Altar Mayor, se agitaron las campanillas, subió al altar el humo del incienso y tras algunos momentos de silencio en que arreció el fervor de los circunstantes, empezó la novena. Después de las primeras oraciones cuando el lego que las hacía rezar, desde el púlpito pronunció las palabras:
—Cada cual aliente la confianza.
Fray Justo, inclinándose aún más, alentó la confianza y murmuró fervoroso la siguiente oración:
—Señor mío Jesucristo, en tu Divina presencia, abomino los mitos paganos, desprecio las utopías científicas; solo en Tí creo, concédeme la gracia sobrenatural que te pido, para mayor gloria tuya y provecho de las almas que yo me sé. Así sea.
Aquella noche durmió más tranquilo que nunca.
A eso del amanecer, llamaron otra vez suavemente la puerta de su celda.
—¿Es el viento o es San Pascual Bailón que me da el aviso?— Se dijo.
No sé si mis lectores se hallan enterados de que San Pascual Bailón se encarga de dar a sus devotos aviso oportuno del día y la hora en que han de ser llamados a comparecer ante el Tribunal Supremo, a fin de que arreglen su conciencia.
No era ni el viento, ni San Pascual Bailón — sino era una Santa. Traía en las manos una corona de espinas y el fraile la reconoció al momento.
Santa Rita de Casia, abogada de imposibles, modelo de esposas mártires, de pie junto a la cama, murmuró en voz baja pero muy clara:
—Justo por tus merecimientos, el Señor te concede permiso para obrar el milagro que le has pedido.
Cuando el fraile dormido abrió los ojos, la visión había desaparecido. No era más que un sueño pero vió en él una revelación divina, obró con toda fé.
Después de decir su misa, se encaminó a su confesionario donde le esperaban, una a cada lado, Pacífica y Genoveva.
Comenzó por dirigir a la primera una de aquellas exhortaciones suyas, capaces de ablandar el corazón más empedernido recomendándole prudencia, dulzura y buenas palabras, únicos medios de mantener la paz en el hogar y conseguir la felicidad propia y la ajena. Después, advirtiéndole que esperaba, atendió a Genoveva; le dió cuenta de su encargo y pasó a exhortarla…
Cuentan de un cura, que sacaba rogativa en movimiento de luna porque, según decía, una causa natural debía cooperar al milagro. Sin conocer tal cuento, Justo, participando tal vez de esa opinión, aconsejó a su hija espiritual un tanto de energía, que no estaba reñida con los procederes de una esposa cristiana, cuando los ruegos y reflexiones han sido agotados inútilmente en la lucha contra un esposo descarriado, y en los esfuerzos para volverlo al buen camino hay más mérito y sacrificio dijo, que en la ciega sumisión que a veces es cobardía y algo de egoísmo.
En seguida ordenó a las dos mujeres a que se arrodillaran para recibir ambas a un tiempo su bendición. Quería que se fueran a su casa tranquilas, llenas de fé y que desde aquel día no tuvieran más motivo de pesar.
Las dos obedecieron y el padre, en secreto, con todo el corazón pronunció las siguientes misteriosas frases: El alma…
Al entrar en su casa aquella mañana, doña Pacífica se sintió tan pacífica, tan verdaderamente pacífica que se desconocía a sí misma. Jamás había experimentado igual estado de ánimo. No regañó a las criadas, ni la armó con sus inquilinos; no se le oyó la voz. Durante el almuerzo sintió en presencia de su marido una gran timidez y un temeroso deseo de agradarle. Hasta se atrevió a ofrecerle los bocados que eran de su preferencia. Después de almorzar cogió su canastillo de labor y silenciosa empezó su trabajo. Lo único que ansiaba era que la dejaran en paz para meditar en los consuelos divinos.
Su consorte, más que nunca aterrado, observaba estos síntomas seguro de que eran el presagio de una tempestad más furiosa que ninguna.
Una de las sirvientas de Genoveva que había salido a la puerta de calle a esperar el regreso de su ama, al descubrirla corrió a su encuentro y le dijo, con angustia:
—Ay, señora, mucho ha tardado usted, el caballero está furioso. Ya nos ha hecho revolver toda la casa buscando la llave de su ropero; que no la vea entrar…
La señora asombrada de su propia entereza, se dirigió a su cuarto sin miedo, se quitó los guantes, luego el manto y estaba doblándolo cuando se oyó la voz del marido que gritaba, con voz de trueno:
—¡El almuerzo!
Las criadas se pusieron en movimiento. Los dos esposos se presentaron a un tiempo en el comedor; ella por una puerta y él por otra. Se miraron un instante y tomaron asiento en la mesa, él furibundo, ella impávida y despreciativa.
Con la gorra calada hasta los ojos, para meditar mejor cómo iba a empezar, comenzó él a servirse el primer plato. A la primera cucharada halló la comida sin sal; la buscó en el taller y no la encontró, entonces con un terrible puñetazo en la mesa, gritó a las criadas…
—¡Catalina! ¡Petrona!
Genoveva, pálida pero serena en apariencia permanecía en la misma actitud. De repente, conteniendo apenas su furor el marido se volvió hacia ella y preguntó:
—¿Querrás decirme por qué no están las cosas hoy día en su lugar en esta casa?
—Porque en esta casa todo está fuera de su lugar, comenzando de quien la gobierna— contestó ella.
El hombre, atónito ante la inesperada actitud de su mujer, se puso de pie.
Ella de pie también, le desafió con la mirada.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir— respondió— que siendo tú el primero en dar ejemplo de desorden, despilfarro y mal proceder, no tienes derecho para exigir corrección de los demás.
Una ola de furor sacudió los miembros de aquel hombre orgulloso y envanecido, dió un paso hacia ella y con un impulso ciego, sin darse cuenta de lo que hacía, de una bofetada la arrojó lejos…
Ella dió un grito y se llevó la mano a la frente. Se había estrellado contra la cerradura de una puerta. Hubiera caído al suelo, si las criadas no acuden a sostenerla. Cuando apartó la mano, gruesas y precipitadas gotas primero y luego un chorro de sangre, manchó su cara.
El marido, pálido, trémulo, la miró un instante. Una criada acudió a lavar la herida con una palangana.
—No con esa agua, gritó él: con agua hervida.
Entonces ella fuera de sí le increpó a gritos:
—Cobarde, ¿qué te importa? Y ahogando un gran sollozo continuó: — ¿Y qué me importa a mí? ¿Qué me importa vivir ultrajada, envilecida? Miserable, por causarte una hora de remordimientos sufriría con gusto mil muertes.
Le faltaron las fuerzas cayó en una silla y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en su acuerdo, estaba en su cama. El marido había traído un médico; la pusieron en un asiento y procedió la curación. La suegra, silenciosa y conmovida, ayudaba al médico.
Al mismo tiempo que abandonaban las fuerzas a Genoveva, Doña Pacífica recobraba sus bríos momentáneamente perdidos. Sabedora del accidente que aquella había sufrido, se encaminó a visitarla acompañada de su dócil consorte.
Cuando entraron en la sala, hallaron allí a varias señoras. Comentaban el estado alarmante de la enferma. Todas sabían lo ocurrido con más o menos exactitud, pero todos fingían creer lo que la suegra de aquella había contado: Se había herido en una caída muy casual.
Una de aquellas señoras tuvo la malvada ocurrencia de deslizar por lo bajo una pregunta algo indiscreta… ¿Y el marido?
—Está en su cabecera sin moverse — contestó otra.
—Aquí te prendí — pensó doña Pacífica, y exhalando un suspiro murmuró dolorida.
—Dichosa ella. Cierto que su marido es un poco calavera, como todos, pero al menos cuando está enferma se duele de ella; otras podemos morirnos sin que a nadie le importe.
Cruzáronse entre las circunstantes fugitivas miradas de inteligencia y sonrisas casi imperceptibles asomaron a algunos labios. El aludido, no sabía cómo disimular.
Salió de allí ardiendo en cólera. Acompañó sin decir palabra a la señora hasta su casa que estaba próxima y cuando ella pisaba el umbral, se largó por la acera hacia la plaza. Ella deteniéndose, le llamó repetidas veces en voz alta, con tal imprudencia que dos o tres vecinas asomaron a sus puertas a ver lo que pasaba; él regresó por evitar escándalo; pero, pálido de rabia, con los puños cerrados llegó a su cuarto, hasta la cabecera de la cama. Ella que lo seguía, al verle sacar la pistola y desenfundarla corrió hacia él gritando:
—Bárbaro, ateo. ¿Vas a morir sin confesión?
—Quien va a morir es usted— dijo el mozo con calma satánica y apuntó.
Ella lanzó un chillido pero él le puso el caño de la pistola en la frente, diciendo:
—Un grito más y le clavo cinco balas en la cabeza.
La pobre señora, escapándosele resoplidos de horror pero muda, aguantó mientras el bárbaro, pistola en mano, le cantaba a voces la cartilla.
—Se ha imaginado usted que soy un niño; ¿que puede manejarme como a un muñeco? Se equivoca usted. Desde hoy, saldré cuando me dé la gana y volveré a la hora que quiera. Y no se meta a gobernarme, porque estoy resuelto a todo. ¿Me entiende usted? No me importan ni la cárcel, ni el patíbulo… Ni el demonio.
—Al fin se le subió al pobre la mostaza a las narices— dijo una vecina.
—Aguarda que vayamos a favorecerle— dijo otra.
—Ocho días después, la vida, en los dos hogares seguía su curso ordinario… pero no sin cierta modificación muy favorable en los caracteres…
Si hubiese conocido los pormenores de las dos tragedias íntimas, el público, siempre inclinado al racionalismo, hubiera tratado de explicarlos como hechos muy naturales. Se habría dicho en primer lugar, que, el inusitado consejo del confesor, había provocado en Genoveva la actitud temeraria que enloqueció de cólera al marido, y que el esposo de doña Pacífica, estimulado por el ejemplo de la santa esposa, había tomado las riendas del gobierno escarmentando a la suya.
La verdad es que esta última, desde entonces, siempre que iba poniéndose turbulenta se acordaba de aquel caso de la pistola que había estado a punto de enviarla al otro mundo. Por su parte, el esposo de Genoveva, sobre el cual la opinión pública guardó desde entonces de provocar un estallido cuyo recuerdo lo turbaba todavía. Además, cosa extraña. Su mujer exasperada, terrible, empezó a inspirarle una secreta estimación que no sentía ya por ella hacía mucho tiempo. Aquel grito de rebelión la había elevado a sus ojos.
Entre tanto, todo el mundo se asombraba de los indicios reveladores que demuestran un cambio favorable en la vida íntima de los dos matrimonios.
Nadie sabía que eran los resultados de un milagro de Fray Justo.