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Adela Zamudio

El misionero, 1879

Canto quinto. La tumba en el bosque

poema religioso, 96 versos

Triste como el mirar del moribundo

Brilla el sol al hundirse en occidente

Y se apaga segundo por segundo

Su débil resplandor desfalleciente.

Su adios recibe el enlutado mundo

Cubriéndose de sombras lentamente

Y con universal melancolia

La noche viene y agoniza el dia.

Ni una casa se vé, ni una cabaña,

Ni poblacion lejana se divisa.

Tan solo un bosque al pié de una montaña

Cuyas estensas faldas entapiza

Y cuya cima altísima se baña

Con un rayo postrer de luz rojiza

Que muestra al espirar iluminadas

Las copas de los árboles doradas.

No se oye ya de la floresta hermosa

El concierto frenético y constante

Ni el cántico del ave bulliciosa

Ni del mono el silvido penetrante.

Solo al pasar volando presuroso

Lanza el loro su grito discordante,

Pero luego el silencio se establece

Y el universo en calma se adormece.

Abajo, al fondo, en el oculto suelo,

La sombra de las ramas se bosqueja.

De la planta el aroma sube al cielo:

Zumba volando dilijente abeja,

Deja oir su murmullo el riachuelo

Y la paloma su doliente queja;

Y el aura ajita sus errantes jiros,

Dando á la luz sus últimos suspiros.

De aquel monte subid a una ladera:

Tended la vista por las selvas bellas

Y en su centro vereis una pradera

Al tibio resplandor de las estrellas.

Una cruz se alza alli—cruz de madera,

Mas no hai del hombre las menores huellas,

Ni una señal siquiera, ni un sendero

Que haya dejado el paso del viajero.

De pedestal le sirven y de asiento

Toscas piedras sin órden agrupadas

Y embalsaman el aire con su aliento

Flores entre sus brazos enlazadas.

Ornan del verde prado el pavimento

Juncos y sensitivas delicadas

Y aquel sitio custodian y hermosean

Arboles que do quiera le rodean.

Todo es grandioso alli—nadie ha creado

Monumento mas bello y portentoso:

Jamas el signo de Jesus sagrado

Tuvo un templo mejor ni mas hermoso.

Cielo, montaña y bosque—verde prado,

Todo envuelto en un velo misterioso

De vespertina luz á los fulgores—

Y en fin la cruz en un altar de flores.

Mas, quien la puso allí? ¿quien ha podido

Penetrar en la selva solitaria?

El madero entre piedras sostenido

Es de alguno la enseña funeraria?

No hai inscripcion que en medio del olvido

Demande para un hombre una plegaria.

¿Para qué, si ni un solo peregrino

Encontrara la cruz en su camino?

Pero en cambio los cielos la protejen

Cual urna que los astros iluminan,

Los árboles que en torno se entretejen

Sus ramajes balsámicos inclinan.

Aunque no hay hombres que una flor le dejen

Flores mil en sus brazos se reclinan.

Si nadie al visitarla triste llora

Se baña con las perlas de la aurora.

Contenplad esa cruz—alli, en el suelo

De un silvestre, escondido cementerio,

Bajo la inmensa bóveda del cielo

Y rodeado de paz y de misterio,

Despues de haber cunplido con anhelo

El mas grande y sublime ministerio,

Duerme un justo su sueño postrimero:

Es la tumba de un fraile misionero.

¿Cual su muerte habrá sido? entre los fieles

Convertidos por él y que le amaron

O entre otras tribus bárbaras, crueles,

Que abnegado buscó; qué le inmolaron?

¿Quienes entre palmeras y laureles

En el prado sus restos sepultaron?

¡Santa la mano que dejó, piadosa,

Una cruz, en la tumba en que reposa.


Tú que dejando los nativos lares,

Las mas dulces y caras afecciones,

Atravesaste los estensos mares

Y entre peligros mil y privaciones

Fuiste del hombre inculto a los hogares

A enseñarle de Cristo las lecciones;

¡Descansa en paz de tu carrera humana,

Bendito martir de la fé cristiana!