Ir al contenido
Adela Zamudio

El misionero, 1879

Canto cuarto. La historia de la cruz

poema religioso, 208 versos

Rojo lucero en el zenit flaméa,

Blanca brilla la luna del estio,

Blanda una embarcacion se balancea

Sobre el seno pacífico de un rio.

Melancólico cuadro que sombrea

La negra oscuridad del bosque umbrío.

No entonan ya las aves su querella

Ni el tigre marca su pesada huella.

Tan solo grata, embriagadora brisa,

De cálidos aromas saturada,

Suave al soplar, la superficie riza

Del agua transparente y sosegada—

Rompiendo por las ramas, se desliza

La luz del astro, tímida y plateada

Imprimiendo en las ondas su reflejo

Como en bruñido, reluciente espejo.

I mas lejos, atras, entre la bruma

Otras embarcaciones adelantan

Rodeadas de los círculos de espuma

Que remeros diestrísimos levantan—

Cual pardas aves de negruzca pluma

Suaves hendiendo la corriente saltan,

I del agua que cortan los murmullos

Se escuchan como lánguidos arrullos.

Los indíjenas son, qué belicosos,

Vivieron siempre en guerra ó en campaña,

Que hoi sumisos sociables, industriosos,

Ya nada tienen de su antigua zaña—

El Padre, á quien respetan amorosos,

Apóstol de su fé, les acompaña,

I conducen á pueblos apartados

Productos de sus campos cultivados.

Allí está—de sus fieles vá delante

El santo sacerdote franciscano.

Con su noble, humildísimo semblante,

Su calva frente y su cabello cano:

Dulce pastor, que á su rebaño errante

Llevó al redil con protectora mano—

Sentado en un asiento de la proa

Dirije en calma la primer canoa.

—"Ved"— dice á sus amantes compañeros

Que oyen anciosos su tranquilo acento—

"De esos astros mirad los reberberos,

Ved la bóveda azul del firmamento.

Mirad esos millares de luceros,

Este bosque, estas aguas, este viento......

¿Quién con alientos y poder supremos

Es el autor de todo lo que vemos?

¿Quién há existido cuando nada habia

Antes que el Universo se creara

Y que la estensa inménsida vacia

De luceros y estrellas se poblara?

Antes de que la luz del claro dia

Del rutilante sol se derramara?

¿Quién al hombre formó, rei de los seres?

¿Quién le há dado dolores y placeres?

Ya os lo hé dicho—un señor tan poderoso

Que ante su fuerza, fuerza no hai alguna,

Brillante como el sol y esplendoroso,

Dulce cómo el reflejo de la luna—

Como las flores, delicado, hermoso,

Rejidor del destino y la fortuna

Que ser y vida y bienestar nos presta

I llena de tesoros la floresta.

Es un Señor de cuya mano amiga

Se reciben favor y bendiciones,

Que formó al elefante y á la hormiga

I dispuso bonanzas y turviones—

Un Juez que á cada cual prémia ó castiga

Segun lo que merecen sus acciones,

I cuya recta y eternal balanza

Administra justicia—no venganza.

Hai una historia dolorosa y tierna

Que á las jeneraciones fué legada,

Ante la cual el mundo se prosterna.

Que en un libro sagrado fué gravada—

Una trajedia perenal y eterna,

Por Dios, allá en los cielos principiada,

Que prodijios auténticos encierra

I sigue con los hombres en la tierra—

—¡Escuchad! ¡Era un Dios! Uno en esencia

De tres personas con la union formado,

Que de siglos y siglos en presencia

Fué en los siglos y siglos increado—

Gozándose en su propia complasencia

De inagotable gloria fué colmado:

Unico y solo en Trinidad unida

Viviendo eterno de su propia vida;

Mas, derramar queriendo su ventura

En seres, que felices le adorasen,

Mandó desde su sólio de la altura

Que la tierra y los cielos se formacen;

I quiso que dotados de hermosura

Anjeles numerosos se creasen;

Mas, muchos de estos ánjeles pecaron

Por que á soberbio orgullo se entregaron.

Hundiéndoles por siempre en un infierno

Dó de su amor la falta se sufriera,

Al hombre formó entonces el Eterno,

I le dió á la mujer por compañera,

Mas, envidioso él jefe del Averno

I queriendo que el hombre se perdiera

Tentolés, de serpiente disfrazado,

I Eva y Adan cayeron en pecado.

Dios, que del ánjel la rebelde frente

Selló con pronto y ejemplar castigo,

Se mostró en sus designios induljente

Con el hombre culpable, su enemigo

Creado por su gracia omnipotente,

De su gloria partícipe y testigo,

¿Como apartarse por fatal sentencia

De Adan, y de su entera desendencia?

Mas, ¿como perdonarle su delito

Faltando a su justicia inexorable?

¿Que era la espiacion de un ser finito

Ante la ofensa a un Dios incomparable?

Tan solo un ser de orijen infinito

Era víctima digna y aceptable

I del Eterno verbo, del Dios Hijo

La pasion y la muerte les predijo.

Mas, años mil tras mil fueron pasando

Sin que este redentor se presentase,

I asi la humanidad vivió, esperando

El prometido sol qué le alumbrase,

Que negra mancha de baldon borrando

Su frente, con su luz purificase,

I al fin nació la vírjen cuya planta

Tronchó de la serpiente la garganta.

Blanca perla de nítida limpieza,

Delicada, odorífera azucena,

Fuente de castidad y de pureza

De raros dones y de gracias llena,

Modestia revestida de belleza

Majestad humildísima y serena,

Del mundo la esperanza y alegria

Modelo de virtud—era Maria.

Tiempo era ya de que con llanto aservo

Regase el árbol de la cruz fecundo

Ella el anuncio oyó del ánjel siervo

Con respeto humildísimo y profundo.

Consumóse la encarnacion del Vervo

Para cumplir la Redencion del mundo;

I nació de una vírjen un Dios-hombre

Que llevó de Jesus el dulce nombre.

Mas, esperando la nacion judia

Del cielo un Salvador omnipotente,

Pensó que de su trono bajaria

Cercado de poder resplandeciente,

I cuando un hombre presentose un dia

Que se llamaba Dios humildemente,

Embustero, insensato, le llamaron

I de impostor y loco le acusaron.

Era Jesus un hombre indescriptible

De figura imponente y majestuosa.

A quien rodeaba un algo incomprensible

Como de luz aureola misteriosa—

Su palabra elocuente, irresistible

Muda escuchó la multitud ánciosa,

Cuyos males benignos remediaba

I á quien nueva doctrina predicaba.

Algunos, envidiando sus honores,

De la turba exitando el torpe vicio

Convirtieron á todos en traidores

I á Jesus condenaron á un suplicio—

Clavado en una cruz con mil dolores,

Con risas, y sacrílego bullicio,

Alzado fué del Gólgota en la cumbre

Ante la cruel é impia muchedumbre.

I el cordero murió sacrificado

I se cumplió del Redentor la historia,

I el misterio por siglos anunciado

Quedó eterno del mundo en la memoria,

I lavada la mancha del pecado

Abrieronse las puertas de la gloria—

De entonce, el pecador arrepentido

Puede ver el paraiso prometido.

La historia de esta muerte salvadora

Grandes lecciones de salud encierra;

I por eso su fé consoladora

Suavizó los horrores y la guerra;

I por eso su luz conquistadora

Se derramó esparciéndose en la tierra

Por eso vine aqui yo, misionero

Del Dios Unico solo y verdadero.

La estrella del zenit ha descendido

Sigue la luna iluminando el cielo,

I se escucha por único ruido

Del manso viento el fujitivo vuelo—

Los viajeros su marcha han detenido

Para saltar de la rivera al suelo

Donde joviales y con gran contento

Establecen su alegre campamento.

Luego, tras desembarque bullicioso

Reuniéndose con calma se sérenan

I en medio de un silencio relijioso

Cánticos dulces el espacio llenan:

Cánticos que con eco misterioso

Del bosque entre los árboles resuenan

I el sacerdote una oracion murmura

Llorando de piedad y de ternura.

No hai nada comparable a la belleza

De esta piadosa y férvida plegaria

Que los indios entonan con tristeza

Viajando por la selva centenaria,

Plegaria cuya armónica grandeza

Solemniza la noche solitaria

I que deja la mente adormecida

I el alma dulcemente conmovida.