Novelas cortas, 1942
La sociedad politécnica
relato, 2.068 palabras
En 1903, esta simpática agrupación funcionaba en una casa ubicada en la sétima cuadra de la calle Santiváñez. Uno de los fundadores, René Castro, pupilo entonces de dos buenas señoras, inquilinas del piso bajo, había obtenido de ellas el permiso de ocupar con sus amigos, una vez por semana, un cuarto vacío en el patio interior.
La pieza concedida, a medio construir, carecía de cielo raso, por lo que era imposible una conveniente iluminación. En vista de ello se resolvió que las sesiones se efectuaran en la tarde, a la salida del colegio, y terminaran al anochecer.
En aquella época, los socios más asiduos eran el Mono Guillén, Clarín, Pico y Castrito. Este último era a la vez director del "Museo de Historia Natural" y cajero de la sociedad. Un artículo del Reglamento prohibía en absoluto el uso de los sobrenombres. Aquel selecto grupo de intelectuales debía desenvolverse en un ambiente de exquisita cultura. Durante las sesiones, los socios se llamaban: El señor Guillén, el señor Claros, el señor Picolomini, el señor Castro, etc., etc.
A fines de febrero, la sociedad recibió gran impulso con la incorporación de un nuevo socio: Zenobio Rodríguez, hijo de un rico hacendado de Ayopaya, que, al ingresar en ella, enriqueció la sección zoológica del Museo con ejemplares interesantísimos. Había recorrido palmo a palmo el dilatado fundo de su padre, desde sus heladas estancias hasta sus hondas quebradas cubiertas de montañosa vegetación.
En las tardes, a medida que fuesen llegando los socios, mientras hubiese quórum, formábanse en el patio corrillos en los que se charlaba sobre temas científicos y sociales, y como es natural, no faltaba quien refiriese por lo bajo aventuras galantes, propias o ajenas.
Decíase que Zenobio era refractario al matrimonio, pero Castrito, su íntimo amigo, tuvo ocasión de saber que aquellos decires no eran más que suposiciones. Zenobio se había fijado en la chiquilla más linda y más festejada entre todas las alumnas del colegio de monjas. Un domingo, en la soledad del Parque Colón, sacó un borrador de carta y pidió a su amigo su parecer acerca de la redacción. La carta era como sigue:
Prestigiosa señorita:
Deseo que al recibo de ésta, se encuentre usted buena de salud, en compañía de su estimable familia; quedando yo bueno a recibir sus órdenes.
Señorita: dispense usted el atrevimiento que he tenido al poner los ojos en su digna persona. Disculpe esta ansia del corazón que como grito lanzado del seno de las masas, clama por la libertad de un porvenir risueño.
Como no faltan opositores, le ruego que, con la soberanía popular que la caracteriza, conteste a la presente sin hacer caso de los chismes que tal vez le lleven contra mi honorabilidad.
Esperando respuesta. Su seguro servidor.
Zenobio Rodríguez
Castrito halló la carta ridícula y lo declaró con franqueza. En primer lugar, aquello de prestigiosa le chocaba; y por último él en el caso de Zenobio, no andaría con rodeos; diría simplemente: Señorita: la quiero a usted; ¿me corresponde usted o no?
El héroe de Ayopaya llegó molido. Guardó el papel y no se volvió a hablar más del asunto. Aquella pequeña herida de amor propio fue bastante para destruir una amistad basada en mutua y espontánea simpatía. Castro, tratado con frialdad, pagó con la misma moneda y poco a poco llegaron a ser indiferentes el uno para el otro.
En la sesión extraordinaria del 20 de mayo, los socios tuvieron una sorpresa desagradable. Ernesto Gutiérrez renunciaba irrevocablemente por razones personales. Pasado el acto, Gutiérrez hablando con dos íntimos, concretó esas razones.
Su mamá le había prohibido concurrir una vez a las sesiones. Temía que en aquellos suburbios se suscitaran entre hombres o mujeres del pueblo, disputas o peleas que no debía presenciar un niño decente; además, con motivo de las sesiones Ernesto se demoraba en la calle, siendo siempre el último en presentarse a comer, lo cual tenía disgustado cada día más a su papá.
Ernesto era un socio muy apreciado por su puntualidad en el pago de las cuotas; su retiro voluntario impresionó a todos; pero no tenía vuelta de hoja; su madre lo había ordenado.
A la tarde siguiente, tarde fatídica. Castrito vio llegar a un enviado del campo que traía cargas y una carta para las señoras inquilinas. La carta era del dueño de casa y en ella les anunciaba su llegada en tren aquella misma tarde.
Las colecciones de raíces, tallos y hojas, simétricamente adheridas a grandes cartones; las de minerales, el libro de las actas y las repisas que sostenían frascos de alcohol con víboras, tarántulas y otras sabandijas igualmente interesantes, todo revuelto, fue a dar al cuarto de Castro, en el cual citados por éste, al otro día los politécnicos debatieron como sardinas en caja. Se imponía clausurar sesiones, por lo menos temporalmente.
Ernesto Gutiérrez, aunque tenía ya anunciado su retiro, era el que menos se resignaba a la clausura. Pidió a sus colegas una reunión más, sin decirles el objeto. Al otro día llegó triunfante a comunicarles una gran nueva: autorizado por su padre, les ofrecía una sala en su casa.
La nueva sala de sesiones era una sección de una galería baja cerrada de vidrios, separada de la sección contigua por un tabique y comunicada con ella por una portezuela. La bondadosa familia Gutiérrez colmó los anhelos de aquellos muchachos cediéndoles un suficiente número de sillas, una mesa con tapete rojo y encima de ella una lámpara con pantalla también roja.
Cuán solemnes fueron las primeras sesiones celebradas en ella. Sesiones nocturnas y bisemanales. La sociedad ganó en prestigio. Aumentó el número de socios. Aquella fue la Edad de Oro de la sociedad. Se expidieron nombramientos. Zenobio Rodríguez fue nombrado Director Honorario del Museo y René Castro pasó a ser portero de la sociedad, con un haber mensual de treinta centavos.
Sucedía a veces que, durante las sesiones, se dejaban oír al otro lado de la portezuela de vidrios, en galería contigua, cuchicheos y risas contenidas que turbaban al socio que hacía uso de la palabra. Era que las hermanitas de Gutiérrez se divertían con los discursos.
Un socio de los nuevos, Temístocles Peredo, hijo de un abogado de nota, muchacho listo como pocos, tomó una noche la palabra y sin más ni más, con unas cuantas razones contundentes, hizo tortilla de la Sociedad Politécnica. Criticó sus estatutos, y puso en claro las deficiencias de su organización. Insistiendo en este punto, declaró en tono vibrante que una Sociedad Politécnica sin biblioteca era algo inconcebible. En seguida propuso su fundación por un medio muy sencillo: Cada socio contribuiría a ella con un libro. Los socios eran veinticinco, con veinticinco volúmenes tenía base más que suficiente para la realización de tan importante proyecto. Fue acogido con entusiasmo. Aquella misma semana, la sociedad poseía treinta volúmenes.
El Mono Guillén fue nombrado bibliotecario. Era calígrafo habilísimo. Sobre el dintel de aquella puerta, convertida en estante, colocó un cartelón en que se leía:
BIBLIOTECA DE LA SOCIEDAD POLITÉCNICA
Fundada en 1903
Así andaban las cosas, viento en popa, cuando he aquí que Rigoberto Soto, volviendo a su manía, pone a los socios en un conflicto mayor que todos los que hasta entonces habían afrontado. Este muchacho tenía a los socios en el puño, a causa de ser dueño de la campanilla usada en las sesiones. Habíala sustraído del oratorio de una tía suya, temporalmente por supuesto, mientras la señora postrada en cama con reumatismo, recobraba la salud. Siempre que tenía queja de alguno o abrigaba alguna retención, se presentaba a reclamar su campanilla, bajo el pretexto de que su tía estaba ya restablecida y podía, el rato menos pensado, encaminarse al oratorio, notar la falta y descubrir la sustracción. Conociendo que se trataba de un pretexto, vencíanlo a fuerza de ruegos y concesiones; pero esta vez su resolución era tan firme que empezaron a creer que decía la verdad.
La clausura de sesiones se hacía inevitable. ¿Cómo poderles ya dar la solemnidad debida? Todos unánimes abrigaron el mismo parecer: un presidente sin campanilla era algo más inconcebible que una Sociedad Politécnica sin biblioteca.
Temístocles Peredo, que a la razón desempeñaba la Presidencia, creyó resuelto el problema: ordenó al tesorero que hiciera el balance de los fondos de que disponían y al mismo tiempo envió a Clarín a averiguar el precio de una buena campanilla. Resultó que no pasaba de seis a siete pesos. Los socios eran veinticinco; con una contribución de veinticinco centavos por cabeza, tendrían la suma suficiente. Pero el caso fue que mientras unos pagaron sin dilación, otros desatendidos del compromiso trataron de rehuirlo.
A esta dificultad se agregó otra: René Castro solicitó aumento en su haber de portero anunciando que haría defección de su cargo si no se atendía a su solicitud. Imposible aumentar los gastos de la sociedad en momentos en que sus entradas disminuían a causa de la informalidad cada vez mayor de los socios en el pago de sus cuotas.
Una tercera circunstancia contribuyó al desastre; terminaba el año escolar; era preciso prepararse para los exámenes. Los socios empezaron a faltar y por último se retiraron todos.
Así acabó esta importante agrupación que había acariciado nobles ideales científicos y patrióticos. Así acabó sin dejar otra huella de su existencia que unos cuantos cartones y repisas en las paredes de una sala y aquella preciosa colección de libros escondida en el hueco de una puerta. Así acabó, como acaban las grandezas humanas.
EPÍLOGO
Jamás hubiera llegado hasta mí noticia alguna de la existencia, ya remota, de la memorable sociedad, sin un hecho casual: Ernesto Gutiérrez y su mujer quisieron un día almorzar conmigo en festejo del cumpleaños de su primogénita, ahijada mía. Cuando llegué a su casa, no hallé en ella otra persona convidada; nos sentamos a la mesa los dos esposos, las dos hermanas de Ernesto, la niña y yo.
Empezábamos a almorzar cuando llegó un joven muy simpático que me fue presentado, pero como suele suceder— me, atendí poco a la presentación y quedé sin saber su nombre.
Durante el almuerzo la conversación versó sobre diversos temas, y por último, sobre uno de actualidad: Bolivia y sus vías férreas en proyecto. La inmensidad de su territorio, que dificulta la mutua comunicación entre sus diversas regiones, y la índole de los habitantes de cada uno de sus departamentos; se habló entonces de lo que ha hablado más de un escritor extraño al país; de las peculiaridades del cochabambino; de su trato ceremonioso, de su entusiasmo por los discursos grandilocuentes, de su anhelo de omnisciencia.
Y que en algunos comienza en la niñez. En este punto, vi a ambos jóvenes que sonrientes, cambiaban una chispeante mirada de inteligencia. Los dos a un tiempo habían evocado el mismo recuerdo y prorrumpieron ambos:
—¡La Sociedad Politécnica!
Ernesto entonces me relató todo lo que he referido; pero no él sólo, sus dos hermanas y el otro joven intervenían a cada momento en el relato desbordante de ingenio y gracia picaresca. Oyéndoles así me di cuenta de que el joven allí presente era nada menos que el ex portero de la sociedad. Todos reíamos a más y mejor; sólo la joven y angelical esposa de Ernesto guardaba silencio, limitándose a sonreír dulcemente.
—¿Y el epílogo? —preguntará el lector.
—Helo aquí:
Cuando Castrito amenazó a los socios con su dimisión si no alcanzaba al aumento solicitado, Ernesto a solas trató de disuadirlo; entonces el pequeño confesó a su amigo que quería ganar más dinero para llevar todos los domingos frutas y dulces a su hermanita encerrada en el internado, donde el alimento de las huérfanas dejaba mucho que desear. Con la ingenuidad de un niño, Ernesto contó en su casa la confidencia de su amigo. Su madre al oírlo, con los ojos caldeados de súbito enternecimiento, no paró hasta conseguir que René los visitara todos los días; hizo más: consiguió de la Superiora el permiso de tener a la hermanita todos los domingos de seis a seis en aquel hogar, donde ambos eran objeto de las más delicadas atenciones...
De lo cual resultó que, andando el tiempo, la huerfanita llegó a ser la encantadora Magdalena Castro de Gutiérrez.
—¿Y Zenobio? —pregunté.
—Parece que aquella dama de sus pensamientos no contestó a su carta —me dijeron—. Está casado en su provincia; es más rico que su padre y suele recordar a sus amigos de la ciudad en forma muy agradable; remitiéndoles grandes cestas de paltas exquisitas.