Novelas cortas, 1942
Noche de fiesta
relato, 4.078 palabras
Eran las diez de la mañana del 3 de mayo cuando un jinete, dejando el camino, bajó por un derrumbe al lecho del torrente y avanzó a paso largo, bajo el gran túnel de verdor hasta llegar a la cabaña, ubicada en un claro del bosque. Allí detuvo al animal, soltó la brida y juntando las manos, dio dos palmadas acompañadas de un grito:
—¡Zurita!
Un gran silencio.
El caballero repitió su llamada. Ladró un perro; luego, apareció una chiquita de doce a trece años.
—¿Y tu padre? —preguntóle en quichua.
—Se fue al cerro a segar la cebada —respondió ella.
—¿Sabes bien que se fue? —preguntóle él con intención.
La muchachita que conocía al patrón y que sabía quizá el objeto con que buscaba a su padre, cambió la táctica.
—Tal vez se ha quedado en casa de mi abuela, donde habrá mucha gente porque tiene misachicu —dijo.
—¿Podrías ir a llamarlo?
—No puedo; estoy sola y he dejado a los animales allá abajo.
—En cuanto vuelva, dile que me siga pronto a la ciudad. Que lleve su boleto. Que si no me encuentra en casa, me busque en donde ya sabe; donde estuvimos ayer. ¿Has oído?
La taimada respondió que sí entre dientes, pero al ver que el caballero metía mano en el bolsillo, con faz resplandeciente de alegría, asiéndose de dos ramas se dejó resbalar hasta pisar la arena del arroyo.
A tiempo de alargarle la moneda, se detuvo un instante mirándola con cierta complacencia.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Taruca —dijo ella.
La menuda florecilla de los prados lucía aquel día toda su gracia silvestre. Vestía de fiesta, es decir, se había lavado la cara; llevaba camisa limpia y una pollerita nueva de bayeta roja fuertemente amarrada a la cintura.
¡Taruca! No era a sus dulces ojos ni a su agilidad de gacela que debía aquel diminutivo sino a la costumbre de su madre, que, como toda campesina, abreviaba los nombres del almanaque con el que el señor Cura bautizaba a sus hijos. El caballero hizo ademán de arrojarle un tomín que tenía entre los dedos; ella extendió la falda para recibirlo; la moneda rodó al suelo; bajóse ella a recogerla y una vez empuñada se alzó para sonreír al patrón.
—¿Olvidarás mi encargo? —preguntó éste.
—No niño mío, no lo olvidaré —exclamó ella.
El jinete cogió la brida y se alejó por el callejón que conduce al río.
Taruca guardó el tomín en la bolsita, lindo regalo de su madrina, que pendía de su cintura sobre el refajo de tocuyo. Luego trepó al murallón, miró a lo lejos y escuchó. El son lejano de una banda de música había herido sus oídos. No se engañaba. ¡El misachicu de su abuela!
A la carrera, sobre la fila de pedrones, llegó al puente que salva en el camino el paso del torrente y desde el antepecho de cal y piedra vio pasar la procesión que regresaba de la Recoleta, alborotando al caserío con su acompañamiento de música y cohetes.
Un robusto mocetón cargaba en brazos la efigie, de tamaño natural, mal cubierta por un paño de encaje. Iba detrás la abuela, con su corte de comadres y vecinas; se había puesto su pollera más vistosa y su manto de seda. Adelante las dos filas de turiferarias vestidas de gala.
La chiquilla llena de emoción, descubrió a su madre en la comitiva. Al volver de la ciudad de donde venía cargada de las provisiones de cocina que faltaban en casa de su suegra, se había incorporado a la procesión. Al pasar depositó su carga sobre el antepecho del puente para descansar un momento junto a su hija, y entre tanto que la regañaba por haber dejado solos a los animales en el prado, le presentó un pañuelo de algodón, rojo y azul que había comprado para ella y acabó de alegrarla con una torta y un quesillo.
Ella ansiosa, le recordó repetidas veces su promesa de enviarle un plato de merienda. Luego se separaron.
Taruca escondió el fiambre en un pliegue de la falda sujeto por el vuelo a la cintura; anudando las puntas adyacentes del pañuelo se lo echó orgullosa al cuello y otra vez a la carrera llegó al prado donde se hallaban las vacas y los borricos. Luego, subió a lo alto de una tapia sombreada por un molle y devoró su golosina. Después, de pie sobre la tapia, contempló el campo.
Jamás se había sentido tan satisfecha. Un lindo pañuelo nuevo amarrado a su cuello; dos reales suyos en su bolsa y un plato de merienda prometido, ¿qué más felicidad?
Cuando el joven jinete llegó a la rúa que baja al río, un somatén de gente desembocaba en ella por el lado opuesto. Un hombre grueso y barbudo, encorvado sobre su montura, conducía una veintena de peones. También a él se le habían adjuntado algunos adherentes a lo largo del callejón.
Los jinetes se miraron un instante frente a frente y luego, unos tras otros, seguidos de los suyos, se encaminaron apresurados a la ciudad.
Mudos y amenazadores unos y otros, avanzaban en son de guerra. Prohibido les estaba usar revólver ni arma alguna cortante, pero marchaban provistos de otras armas; el insulto atrevido, la invectiva procaz, la burla cruel... Al parecer en la rúa el joven patrón, un hombre de la otra comitiva rápido como una flecha, se había lanzado al otro lado de una tapia e internándose en las huertas, seguía adelante sin ser visto; pero al llegar a la plaza, donde le era preciso detenerse mucho rato para no ser descubierto, cambió de resolución; el joven vio a Zurita atravesar el camino.
—Buena alhaja —le dijo— ¿Qué ha sido de tu vida?
—Voy con ellos —respondió el cholo— me han comprometido pero, pierda usted cuidado. Recibiré el precio de mi boleto y votaré por los nuestros.
—Es que esos picaros, crucifijo en mano, te harán jurar y no tendrás valor para hacerles la bribonada. Está bien, haz lo que quieras, pero, mañana mismo preséntame la cuenta de tus mejoras porque esta semana desocuparás mi terreno.
Zurita, mohíno, se vio obligado a seguir a su patrón.
Los dos grupos entraron en la ciudad por distintas calles, animados uno y otro por el mismo empeño; el triunfo en la batalla electoral que iba a librarse en seguida.
El cura de la aldea llamada La Recoleta, por hallarse sobre las ruinas de un convento, velando por los intereses de su parroquia, subió al púlpito pocos días antes de la fiesta, y reprobó severamente en sus feligreses la costumbre de abandonar el propio campanario para irse lejos a honrar al Señor de la Cruz, como si éste no fuese el mismo en todas partes.
La plática interesada logró sus fines; aquel año, la parroquia cosechó misas como en tiempos mejores y la fiesta se repartió en muchos ranchos, pero en ninguno con la pompa que gastó en el suyo Carlota Galarza viuda de Zurita.
Dos eran y son aún las cabañas escondidas en el más bello rincón de la floresta. La de Pedro Zurita y la de su hermano Rosendo, contiguas la una a la otra.
Taruca era hija única de sus padres. Cuatro años antes, la viruela se llevó a su tiempo a tres hermanos suyos; desde entonces, la chiquilla quedó a cargo de todo el trabajo que hubiera correspondido al primogénito.
Cuatro años antes la segadora negra hizo su agosto en la comarca. Miles de cuerpecitos consumidos por el martirio, bajaron a dormir en el seno de la Madre Tierra. Las madres alarmadas y queriendo saber de una vez si les llegaría el turno, llevaban a sus pequeños a casa de los enfermos. Lo único que se recomendaban unas a otras era no llevarlos a la ciudad a hacerlos vacunar porque estaba averiguado que la vacuna era la causa de la epidemia.
Taruca fue una de las pocas criaturas que se libraron del contagio.
¿Por qué no murió entonces? ... ¿Y por qué no murió entonces el pobre Hilario? Hilario era un chico de la puna, vendido a unos arrieros, aquel a su vez le revendieron a la madre de Zurita. Era una especie de enano, fuerte y trabajador, pero tenía nostalgia. Todo su pensamiento era huir, irse allá lejos andando, andando hasta encontrar a la madre que lo había vendido.
Su nueva propietaria ideó un castigo que le hiciese escarmentar para siempre. Sorprendido en su fuga por tercera vez, le pusieron a las espaldas una piedra cuyo peso podía apenas soportar y lo obligaron a llevarla desde el punto en que fue cogido hasta la casa. Jadeante, ahogándose de asfixia, sentía que sus sienes estallaban, perdía la cabeza y sus rodillas se doblaban, pero el pinchazo de una rama espinosa que le azotaba por detrás, lo forzaba a seguir adelante. Nunca más intentó la fuga, ni aún con el pensamiento.
Taruca que le había visto llegar cargado de una piedra y tenderse al suelo desfigurado y moribundo, cobró por él una profunda compasión que no se atrevía a manifestar en presencia de su abuela. Se alegró mucho de que viniese a servir al tío Rosendo. Ya podría partir con él su fiambre y consolarlo cuando fuese castigado.
En cambio él le contaba cuentos de la puna: el de la Makala, de cola de fuego que se llevaba en los bolsillos lo mejor de la cosecha —y se chupa los sesos de los niños.
El de Kate—kate, cabeza desprendida de su cuerpo que brinca en busca de sus enemigos —El del Anchancho que asusta a los mineros en unos agujeros llamados socavones.
Al volver a su casa la pastora tenía que pasar junto a la de su tío.
La actitud de los sufragistas de ambos partidos políticos, en aquel primer domingo de mayo, fue mesurada en las primeras horas. Filas de honrados artesanos emparejados se presentaron a ejercer el sagrado derecho del ciudadano, encabezados por sus respectivos jefes de club, pero a medida que transcurrían las horas la excitación crecía en torno de las mesas.
La bestia cebaba en los banquetes políticos, azuzada con discursos incendiarios, esperaba el momento de lanzarse a la pelea. A partir del instante en que empezó el escrutinio la policía se vio obligada a reprimir el desorden. Conocido el resultado, un clamor colosal se alzó en la plaza principal. Los conservadores frenéticos, organizados en grandiosa comitiva recorrieron las calles divulgando su triunfo y los otros, bramando de coraje, las recorrieron también sin tener miedo a un encuentro. Los estudiantes, que están siempre de parte del más débil, formaban la vanguardia de los liberales.
—¡Abajo el cohecho! gritaban éstos —Abajo los compradores de conciencias. ¡Mueran los curas de sotana corta!
—¡Abajo los ateos! —gritaban los otros.— ¡Viva la Religión! ¡Viva el derecho!
La madre de Taruca, sostenida por alguien que la conducía, llegó a su casa a media noche dando traspiés. Sin acordarse de nada ni de nadie, de un empujón abrió la puerta del cuartucho, y tendida en el poyo de barro quedó roncando. Su marido, llegó también al amanecer y se tiró al pie del banco, más borracho y más rendido que ella.
Coincidiendo en la fecha, las dos fieras finalizaban en igual forma. El artesano en la ciudad por la Patria, el labriego en el campo por la Cruz, apuraron la copa hasta las heces. La orgía, en todas parte fue la misma: desenfrenada, cínica, brutal.
Taruca había aguardado todo el día que su madre se acordara de ella. Dos o tres veces subió de prisa a su casa a ver si alguien la buscaba: nadie; nadie más que el pobre perro que al verla batía la cola.
No entendía lo que eran las elecciones, pero sabía que se trataba de una gran pelea de la cual, su padre, vencedor o vencido, llegaría a su casa borracho y malhumorado.
Así, indecisa, sobresaltada, pasó la tarde. De pronto, al ver que anochecía, se dirigió a la casa con su tropa pensando que Hilario permanecía en el campo. Por desgracia, se hallaba equivocada.
Al pasar junto a la choza de su tío, un formidable mugido le advirtió el peligro.
—¡Hilacatu, sujeta a tu novillo!
—¡Taruca arrea, arrea pronto!
En el corralejo de la choza, una revuelta de patadas, mugidos y jadeos hacía temblar las delgadas paredes.
El novillo, amarrado a una estaca como todas las noches a precaución, se lanzaba frenético a la puerta, amenazando romper el lazo. En su furioso ímpetu se enredaba con los otros animales del corral que, asustados, aumentaban la confusión.
En vez de arrear más fuerte y pasar pronto, la pastora aturdida, había tratado de detener a su tropa, que, toda desconcertada, se desvió del sendero arremolinándose para mayor conflicto, en la puerta misma del corralajero. Hilario, metido en la revuelta sin miedo, casi en las astas de la fiera, enlazando los pies en las trancas bajas, bregaba por encajar al agujero de la pared la más alta que impedía por completo la salida.
Un instante se vieron los dos niños luchando a obscuras, con las bestias.
Entre tanto, los dos perros de la casa, creyéndola atacada, se lanzaron con furiosa acometida sobre vacas y borricos que huyeron espantados en todas direcciones. Taruca, ligera como un pájaro, se precipitó por uno y otro lado, a golpe de cayado y fuertes gritos: ¡Tisa!, ¡tisa! logró reunir su amedrentada tropa y encaminarla a la casa. Aquella escena macabra preparada por la fatalidad —había durado pocos minutos. La obscuridad contribuyó a apaciguar a la bestia del corralejo.
Ya en su casa, la chiquilla amarraba a sus vacas, una por una, cuando notó que había un borrico de menos.
—Dos, tres, cuatro —faltaba uno.
Volvió entonces al caminito y no hallando al animal, siguió adelante hasta la choza del tío gritando.
—Hilacu, Hilacu. ¿No habrá quedado por ahí uno de mis burros?
Salió Hilario y buscaron con empeño en los alrededores. Después, pensando que se había equivocado volvió a su casa, y contó de nuevo. El Traposo estaba ahí, también Overa, con su cría y el Pelón. El que faltaba era Chaleco— blanco.
Recién entonces le dio a Taruca un vuelco al corazón. El maldito, cuando se emberrinchaba, era capaz de largarse al fin del mundo.
Buscó otra vez en todos los rincones de la huerta y sus cercanías y sin tardanza, se encaminó al añojal en que todos los días pacían sus animales. Afortunadamente la claridad de los cielos era tal que al caminar veía su sombra.
De aquel prado volvió diciéndose que tal vez, mientras buscaba y se afligía, el retrasado estaba ya en el sitio que ocupaba de costumbre. Vana esperanza. Entonces se acurrucó en un rincón de la huerta y lloró desesperada.
Muy tarde ya, oyó voces y temiendo que fuesen sus padres que volvían se ocultó bajo el cobertizo junto al fogón. Así escondida esperó largo tiempo.
El sueño la venció. Amanecía. A lo lejos las campanas del Hospicio llamaban a la primera misa lúgubremente.
Pensó en su padre. — ¿Están ya aquí? —se preguntó. ¿Duermen ya o no se han recogido todavía?... De todos modos, lo importante era que el burro apareciera pronto.
Al oeste de esa región, hay un callejón muy transitado por las arrias que trasponen la montaña. Si el borrico había pasado la noche vagando por ahí, se adjuntaría a la primera recua que se presentara y era preciso llegar a tiempo. Llorando y retorciéndose las manos fue por ese callejón casi una legua. No hubiera ido tan lejos, si unas mujeres que venían no le hubieran asegurado que habían visto al animal vagando hasta juntarse con dos o tres que conducía un hombre de las estancias. Al escucharlas, cobró aliento y sin dejar de caminar, casi corriendo, desahogó sus angustias con fieras amenazas.
—¡Ahora verás cómo te rompo el hocico condenado!
¡Pero ay!, los datos resultaron falsos; entre los borricos del hombre aquel no estaba el suyo sino otro muy parecido.
Recién entonces echó a ver cuánto se había alejado de su casa, y se dio cuenta de su gran estupidez. ¿Dejar en ella el ganado no era hacer más notable la falta del borrico y la suya misma? Sin más vacilación, desandó el camino siempre corriendo y llorando y sin dejar de preguntar a cada paso:
—¿Viracocha, no has visto en el camino un burro suelto?
—¿Señora, no va por ahí un burro negro con el pecho blanco?
Cuando llegó a la choza de su tío vio a la esposa de éste y a su madre, hablando, ambas consternadísimas. La madre, al verla se puso fuera de sí.
—¿Dónde está el burro? ¡Facinerosa, vas a morir!
Pero la otra mujer, sujetándola, la hizo entrar en razón.
—No es tiempo de enojarse, —exclamó—. Su padre va a llegar, quizá no sabe. Lo que importa es que no la encuentre.
—Arrea los animales y piérdete, pronto.
Siguiendo este consejo, madre e hija se encaminaron agitadas. ¡Oh fatalidad!, en el instante mismo en que penetraban en el patio de la choza, el padre, de un salto, traspuso la tapia de la huerta. Se hallaron frente a frente.
Zurita acababa de saber lo que ocurría en su casa, y venía furioso y satisfecho a la vez de hallar en quién desahogar el despecho de la derrota sufrida el día anterior. Pensaba en su mujer, pero la vista de la culpable excitó su furia. Rígido, con los puños y los dientes apretados, se contuvo un instante para preguntarle:
—¿Dónde está el animal, ha aparecido?
Pálida y temblorosa la desdichada juntaba las manos y gemía.
—Habla —gritó el hombrón con voz de trueno, y ella dijo:
—No.
En la boca del padre rugió entre dientes una palabra horrible.
—Ven —gritó— ven acá.
La madre imploraba. La intervención de la mujer acabó de trastornarlo. Con un impulso ciego, sin saber lo que hacía, de un brinco, empuñó el hacha que estaba apoyada en el banco.
La madre lanzó un grito. Sin atreverse a conjurar el peligro por sí sola, se arrojó a pedir auxilio a la otra mujer que estaba lejos.
Padre e hija se miraron de hito en hito.
Estremecida, horrorizada, dispuesta a dar un salto al menor movimiento de su verdugo, la infeliz empezó a llorar con esa entonación mezcla de súplica y de protesta, propia de los niños en los trances fieros.
La manaza del monstruo se alzó en lo alto y el arma fue lanzada con tal ímpetu que rugió en el aire. La enorme pieza se había clavado en la pared del cuarto, rebotó al caer y el cabo quedó desencajado.
La niña entonces trató de huir, pero el padre le cortó el paso, y en dos brincos... un garrotazo la tendió al suelo. Al verla caer el bárbaro repitió dos golpes.
Por el angosto callejón que da al torrente avanzaba el jinete de la víspera. Con una mano guiaba su caballo y con la otra sostenía una hoja que leía con atención. El diario liberal se consolaba de su derrota declamando de cruz a fecha contra los abusos de la autoridad protectora sin disimulo del candidato oficial. La crónica se hallaba plagada de denuncias.
Abusos criminales.—
Crimen inaudito —leía el joven— Los esbirros pretextando desorden, abofetearon a un pacífico artesano liberal en una casa donde se divertía...
Al llegar al recodo del sendero, el jinete pensó que al otro lado del seto vivo, detrás de la represa tenía lugar una reyerta. Un grito había resonado y en seguida golpes sobre una masa blanda y resistente... luego alaridos que pedían socorro.
—La chicha de ayer sigue haciendo su efecto —pensó el patrón— Zurita está apaleando a su mujer.
No es así como piden auxilio las mujeres rabiosas cuando el marido las apalea. En aquellos chillidos exhalados de lo más hondo de las entrañas, vibraba la crispadura nerviosa del horror y de la angustia.
Y en esa mañana de mayo, luminosa y serena, bajo un dosal de ramas y de flores, los hipos se apagaron y los gritos siguieron pidiendo socorro...
El joven, paso a paso, continuó leyendo:
Atentado inaudito —Anoche, la policía allanó el domicilio del prestigioso ciudadano liberal... etc., etc.
A pocos pasos del arroyo en que había lavado su ropa, la madre de Zurita se disponía a tenderla, cuando vio a Hilario que llegaba jadeante.
La cara del enano daba miedo.
—Qué hay —preguntó la mujer.
—Don Pedro... La está matando.
—¿A quién?
—A Taruca.
Creyendo que se trataba de su nuera, la Galarza pensaba continuar su ocupación, pero al oír —Taruca, soltó la pieza de ropa que tenía en la mano, en dos palabras recomendó su casa a una vecina cogió el rebozo y se lanzó tras de su guía.
Para abreviar el camino tomaron por las huertas; salvando tapias, sembrados y acequias, la mujer a pesar de su corpulencia seguía al enano sin detenerse a respirar. Un vivo presentimiento la asaltaba; conocía a su hijo...
Por fin llegó.
Su nuera, al verla, redobló sus chillidos. El monstruo estaba allí, refugiado en un rincón del patio, sañudo, fiero, amenazaba todavía a su mujer que no quería callar.
La Galarza, sin detenerse, se lanzó hacia la nieta que yacía tendida, fluía un pequeño chorro de sangre ya coagulada.
Con increíble fuerza nerviosa la alzó en brazos. El frágil cuerpecito tan esbelto, se había puesto enormemente pesado. La madre sollozando quiso ayudarla, pero con gesto imperioso de suprema angustia le ordenó con los ojos y ella entendió. Alzó con las dos manos un montón de tierra y aserrín y cubrió con él la mancha de sangre. La casa estaba llena de gente. Entre tanto la abuela había depositado su carga en el fondo del cuarto sin permitir que nadie penetrara en él. Después, haciendo alarde, pronunció la palabra consabida en esos casos; la palabra salvadora:
—Arrebato —Sinapismos, gritó en seguida; agua caliente para los pies.
La curación simulada duró todo el tiempo que pudo impedir que la madre, penetrando en el cuarto se apercibiera de la verdad. Cuando esto sucedió, un paroxismo de furor se apoderó de la infeliz. Arrebatada, loca, atropellando a su suegra que la contenía, iba a lanzarse a provocar al marido cuando un tumulto inesperado la asustó.
—¡La policía!
Zurita, pálido, se arrojó al otro lado de la tapia y se perdió en las huertas. Huida innecesaria; el comisario acompañado de cuatro números atravesaba el campo, iba en pos de un cabecilla liberal que había cometido no sé qué desacato contra la autoridad.
Pasado el susto, los ánimos se apaciguaron. La suegra hizo traer chicha y mandó cocinar allí mismo. Zurita no volvió.
Muchos parientes se quedaron esa noche a velar en charla grata, sostenida por frecuentes libaciones. La madre acurrucada en el cobertizo en el mismo rincón en que la inquieta y apesarada pastorcita pasó la noche anterior, dormitaba gimiendo a ratos, sumida en la doble embriaguez del licor y la pena. Al otro día siguió bebiendo mientras ayudaba a cocinar, pensando en ciertas cosas consoladoras: Taruca era ahijada de su abuela y a ésta correspondían todos los gastos. Ella podía dejarse estar. Luego, el ataúd que habían traído era tan bueno que parecía destinado a persona decente. Al principio lo hallaron todos muy grande, pero el cadáver se había estirado tanto que resultó cabal. La abuela, en persona, lo envolvió en mortaja de percalina blanca y lo acostó en la caja. El cura, con pretexto de bendecirlo fue ese día a darse cuenta de los recursos pecuniarios de la familia.
Al retirarse, ya en el campo real, se encontró con el joven patrón que conocemos. Charlaron largo rato acerca de los acontecimientos políticos de la víspera y al despedirse, el joven recordando de pronto preguntó:
—¿Dígame, señor Cura, no ha oído usted nada? Se dice que Zurita ha muerto a palos a su hija. ¿Será verdad?
—Falsísimo —exclamó el sacerdote— La chica ha muerto de congestión. Me consta.
—Llegó la hora del entierro.
El cortejo llegó tranquilamente a las puertas del cementerio. Las mujeres, sentándose en el suelo, destaparon los cantarillos, escanciaron chicha en grandes vasos y todos los semblantes se animaron. No había sepulturero. Dos hombres de la comitiva cavaron la fosa y cuando estuvo lista entraron todos al Campo Santo con el ataúd.
La madre, acometida de un acceso de dolor. Su suegra, temerosa de un desahogo delator, acudió a consolarla sirviéndole vaso tras vaso.
La inhumación duró pocos momentos. Sobre la tierra apiñada a pisotones clavaron una cruz de palo, con un cartón adherido a ella.
TERESA ZURITA