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Adela Zamudio

Cuentos breves, 1943

Pensamientos

pensamientos, 677 palabras

En el orden moral como en el físico, tiene el dolor grados y caracteres muy diversos. Hay postraciones físicas que son casi bienestar como hay melancolías que se saborean con deleite. Los dolores morales son como los físicos: intensos unas veces, reclaman quietud, punzantes otras, nos retuercen con ansias locas.


El más agudo de los tormentos morales es el remordimiento; cualquier pena es preferible a él. Tratándose de culpas leves o de daños que tienen remedio, la conciencia suele afrontarlo, cuando se trata de faltas graves e irremediables, su aguijón es insufrible. Incapaz de soportarlo la conciencia, lo rechaza por una especie de instinto de conservación; en su afán por eludirlo, recurre al sofisma y a fuerza de razonamientos, lucha consigo misma hasta conseguir desvanecerlo, o siquiera atenuarlo.


Alguien ha dicho que la conciencia es un faro colocado entre la tierra y el cielo, hay que añadir que al arreciar la tormenta, la luz de ese faro suele debilitarse o desaparecer tras la bruma de las pasiones criminales.


En la consecuencia inevitable que sigue a cualquier desorden, la naturaleza física es infaliblemente justiciera; no así la naturaleza moral: sobornable y acomodaticia.


Cuentan que Rosas vivió y murió tranquilamente en una casa de campo, cerca de Londres, deplorando la ceguedad del pueblo argentino que no había sabido comprenderlo. Del mismo modo mueren casi todos los verdugos, cuando han sobrevivido a sus crueles hazañas.


Lo mismo que en lo grande, en lo pequeño todos los días presenciamos fenómenos psíquicos que demuestran esa falibilidad de la conciencia humana. En todo pleito, cada una de las partes se halla íntimamente convencida de la justicia de su causa.


Nada hay más común que obrar con la mayor insensatez y juzgar las acciones ajenas con admirable cordura y circunspección.

Hay personas respetables, sinceramente empeñadas en su propio perfeccionamiento moral, constantemente atormentadas por escrúpulos vanos e insignificantes; las mismas que, entre tanto, cometen sin advertirlo, errores e injusticias trascendentales.


Con frecuencia se ve el público en el caso de censurar disposiciones testamentarias evidentemente inicuas, dictadas por un moribundo a raíz de la confesión sacramental, en momentos de presentarse ante el Tribunal Supremo. Alguna vez hemos presenciado la devolución de una pequeña prenda hurtada por un miserable… jamás la de una fortuna usurpada.


Engañarse a sí mismo no es tan difícil como parece; suele ser tan fácil como engañar a los demás. La autosugestión de egoísmo produce efectos maravillosos.


Desde el momento en que un político ha aunado en sus previsiones, sus intereses personales, con los de la patria, al trabajar por la realización de esas previsiones, empieza a creerse sinceramente patriota y acaba por mostrarse patrióticamente apasionado por la causa que le conviene.


Casi siempre la bebida, el juego y otros vicios son el remedio exigial con que se trata de ahogar remordimientos que no tienen remedio.

Uno de los efectos más desastrosos y más seguros de cualquier vicio, y, muy especialmente, del alcoholismo, es la enfermedad de la conciencia. El alcohólico concibe, por la persona o personas que combaten su vicio (que generalmente son las más íntimas) todo el odio violento que debiera inspirarle su propia debilidad. El vicioso que confiesa su pecado y no hace a nadie, sino a sí mismo responsable de su lastimosa situación, es un enfermo rarísimo, cuya curación es casi segura. El vicio ha deteriorado su organismo físico; pero no ha afectado aún su conciencia.


Así como un paisaje ofrece multitud de perspectivas según los puntos de vista, desde los cuales se le contemple, el aspecto moral de un hecho es diversamente apreciado, según el juicio de cada uno de sus espectadores.


Como el rayo visual al penetrar en medios de distinta densidad, la noción de la justicia, ese rayo de luz de la conciencia, al penetrar en cada cerebro sufre una desviación más o menos apreciable.


La más notable de las facultades humanas, la que erige al ser racional en juez de sí mismo, resulta, pues, hasta cierto punto nula. El sentido íntimo es un juez corruptible siempre que está llamado a fallar en su propia causa.