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Adela Zamudio

Peregrinando, 1943

¡Solo en el mundo!

poesía, 457 versos

No lejos de una granja pintoresca

y en el confín de un prado,

un solitario sitio se encontraba

de cabañas y huertos apartado.

Sombrío y melancólico, a la puerta

de abandonada choza,

un sauce allí, mirado desde lejos

sobre aquellos escombros, parecía

mudo guardián de una olvidada losa.

Solo en el mundo, huraño y pensativo,

bajo su sombra un cazador un día

grabó sus iniciales

en su corteza, y al través del tiempo

el tronco aquel guardaba las señales.

¿Cuál fué su objeto? ¿A quién se dirigía

la cifra misteriosa?

¡Quién sabe! En tanto, el sauce parecía

mudo guardián de una olvidada losa.

Después, cuando en las tardes de diciembre

ya moribundo el sol resplandecía

sobre la tierra de frescor sedienta,

y en las nubes del sud, sorda y tardía,

como en alma inocente la ternura

temblaba la tormenta,

en ese mismo tronco reclinada,

mostrando en la mirada

la sombra de mortal melancolía,

ella, pasaba en éxtasis las horas

hasta que se apagaba atrás del monte

la luz, sumida en lánguida tibieza,

y la noche por fin la sorprendía

cubriendo el horizonte

de funeral tristeza.

Entonces, abismada en sus ensueños,

tornando a la pradera, paso a paso,

avanzaba en las sombras lentamente

bajo el fulgor postrero del ocaso.

II

Era en el campo, en una hermosa noche:

Ante una casa se detuvo un coche

Y una puerta se abrió,

Y una mujer de aspecto venerable,

Presa de una ansiedad inexplicable,

Bajo el dintel de pronto apareció.

Dos jóvenes bajaron del carruaje

Vestidos de uniforme y ya de viaje,

Y la abrazó el más jóven de los dos...

Ambos marchaban juntos a la guerra,

Y a los seres que amaban en la tierra

Era ya tiempo de decir adiós.

Un hijo de su madre se apartaba.

La anciana entre sus brazos sollozaba

Y le estrechaba, amante, al corazón.

Todo el dolor de tan supremo instante

Se pintaba del hijo en el semblante

que ocultar procuraba su aflicción.

Pasaron los abrazos cariñosos:

Callaron los suspiros y sollozos;

Rápido el coche se llevó a los dos,

Y mirando el asilo de su infancia

El joven, aun juzgaba a la distancia

De su madre escuchar la triste voz.

Su compañero en tanto

No dió señales de emoción, ni el llanto

A sus sombríos ojos asomó.

Al ir como al volver, en el camino,

De la luna al reflejo blanquecino

Impasible su rostro se mostró.

Callaba; pero en medio de su calma,

En el hondo silencio de su alma,

Con íntimo dolor pensaba así:

— "Solo estoy de la vida en el desierto.

Si por nadie, al partir, lágrimas vierto,

Nadie vierte una lágrima por mí".

"El, que tiene una madre que le quiere,

Volverá a ser feliz, y, si es que muere,

Habrá quién llore sin cesar por él.

Si vuelve, y ella ha muerto ante su losa

Se postrará con alma cariñosa

Depositando en ella su laurel".

"Mas yo, ¡ni hogar ni tumba... nada mío

— Ave sin nido — siempre en el vacío

Me dejará, al pasar la tempestad...

¡Quién podrá creer que en mi indolente vida,

En esta hora fatal de la partida

Me pese, más que nunca, la orfandad!"

III

En la rápida vertiente:

De una encañada profunda,

Se lanza y ruge un torrente

Que el angosto lecho inunda

Cuando llega la creciente.

En esas cimas se enredan

Plantas de belleza extraña.

Cimas que se abren y ruedan

Con estruendo, que remedan

Los ecos de la montaña.

En medio de la rareza,

de la espléndida belleza

De aquel abrupto paisaje,

Todo respira tristeza,

Todo es agreste y salvaje.

Arriba, faldas desiertas,

Estrechas sendas abiertas

Por los rudos leñadores,

Sendas de abrojos cubiertas

Y de raquíticas flores:

Abajo, rocas inmensas,

Carcomidas, y suspensas

Sobre las aguas del río,

Formando grutas extensas

Do reina un húmedo frio;

Melancólicos rumores

Y misteriosos murmullos,

Y acres y fuertes olores

De desconocidas flores

Y solitarios arrullos;

Pájaros de otras regiones

Que en algunas estaciones

Vienen de un clima lejano,

Cuyas remotas canciones

Nunca se oyen en el llano.

En aquel rincón distante

Sobre el valle suspendido,

Cual amenaza constante

De un demonio vigilante,

Se sintió un ronco ladrido:

El de un can hosco y rabioso.

Que, el inocente reposo

Turbando del campesino,

De terror supersticioso

Llenaba el campo vecino.

Rústico techo apoyado.

En un flanco desgarrado

De la escarpada pendiente:

Sobre un peñón azotado

Por las aguas del torrente,

Tal, distante de otras chozas

Y de toda huella humana,

Tras de vallas espinosas

Era, entre matas frondosas,

La casucha de una anciana.

Espectro de la montaña

Cuya vida era un arcano,

Que a toda afección extraña

Moraba, dura y huraña,

Sin hijo, esposo ni hermano.

¿Qué hacía a solas? ¿qué hacía

Allá en su nido medroso,

Cuando a torrentes llovía

Y la creciente embestía

Con un fragor espantoso?

Cuando, tras hondo estampido,

Su noche de negro olvido

Rasgaba un rayo brillante,

¿Nunca se postró un instante

Ni hubo en su seno un latido?

Espectro de la montaña

Cuya vida era un arcano,

Cuya salvaje cabaña

Guardaba la égida extraña

De algún poder sobrehumano.

¡Cuánto tiene de envidiable

Esa paz inalterable

De que disfruta el labriego,

Bajo un techo miserable

Y en torno de un pobre fuego!

Resignado a cuanto existe

Su ignorancia lo mantiene:

Y en este mundo, el más triste

Afán del hombre consiste

En ansiar lo que no tiene.

Libre de amarga vigilia

Y de inquietudes y penas,

Allá la esposa concilia

Los cuidados de familia

Con las campestres faenas.

Desde el labrador anciano

Hasta el pastor más pequeño,

Todos, con igual empeño

Ganan el pan cuotidiano.

Y así las horas dichosas

Se deslizan a la sombra

De pabellones de rosas,

De las malvas olorosas

Sobre la fácil alfombra...

Mas ¡ay! que nubes fatales

Manchaban ese horizonte;

De manejos infernales

Presagio cierto de males

Era una guarida el monte.

Cuando la vieja importuna

Bajaba del precipicio,

Las chozas, una por una,

Temblaban a la fortuna

Temiendo algún maleficio.

Nunca su mano huesosa

Mostró a esa gente medrosa

Sin recibir un tributo;

Nunca se asomó a una choza

Sin dejarle llanto y luto.

Jamás se vió a los pastores

Ni a los fuertes leñadores,

Al trepar por la montaña,

Pisar los alrededores

De su temida cabaña.

A esto sólo se atrevía,

Cuando apelaba a su ciencia,

Quien una prenda perdía

O de un amante sufría

La obstinada indiferencia;

Que toda dolencia oscura

O aberración, o locura,

O desamor entre esposos,

Eran influencia segura

De sus filtros misteriosos.

Sólo un ser, — la hija piadosa

Del patrón, que en la pradera,

Vagaba de choza en choza

Solícita y bondadosa,

Maestra y juez y hasta enfermera,

De valor haciendo alarde,

De aquella gente cobarde

Despreciando la conseja,

Iba a veces en la tarde

A dar limosna a la vieja.

Un día, a fines de mayo,

Mostraba cierto desmayo

El verdor de la pradera.

Brillaba al poniente un rayo,

Rojo como el de una hoguera;

A la Sibila del cerro

Visitaba en su destierro

La joven, como solía,

Y entre la anciana y su perro

Sus limosnas repartía.

De pronto la extravagante

Vieja, turbado el semblante,

Con ademanes de loca,

Miró al ocaso un instante

De pie, en lo alto de la roca.

— ¿Ves, niña? ¡El destino es ciego!

Dijo, y lanzó un alarido.

¿Ves esa nube de fuego?

¡Esa es la batalla! y luego

Añadió: ¡Nos han vencido!

¿Por qué, si siempre hizo alarde

De despreciar la conseja

De gente simple y cobarde,

La impresionó aquella tarde

La predicción de la vieja?

IV

Ya las brisas otoñales

Soplan húmedas y heladas,

Que el invierno llega al fin,

Y aun florecen los rosales

Protegidos por las tapias

Del jardín.

Lindas flores destinadas

A coronar la victoria

De los hijos de la Patria

Que marcharon a la gloria,

¡Ay! la gloria que alcanzaron

Fué la gloria de morir!

¡Tristes flores, hoy regadas

En la fúnebre capilla

Conmemoran el desastre

Al pie de una cruz sencilla!

¡quién lo hubiera imaginado

Cuando se les vió partir!

Muchos fueron

Los que en el campo cayeron.

— Las plegarias de una madre

Escuchó Dios,

Y volvió el hijo querido;

Mas su hermana inclina al suelo

Su semblante dolorido:

¡El ángel de la esperanza

Le ha dado un secreto adiós!

¿Quién hubiera adivinado,

Triste niña que ocultabas

Un amoroso secreto,

Cuando a verlos te negabas

La noche de su partida

Temiendo desfallecer?

¿Quién hubiera imaginado

Que dejaba tus umbrales

Para no volverle a ver?

En la línea que marca el horizonte,

De la alborada el resplandor se anuncia.

Pálidos ya los astros centellean

Del infinito en la quietud profunda.

El campo está sumido en el silencio

Bajo el diáfano velo de la bruma;

Y en el espacio, inmenso, se levanta

Un astro más hermoso que la luna.

¡Despertad a la vida,

Oh, venturosas almas,

Las que abrigáis, para soñar despiertas,

El ensueño feliz de la esperanza!

¡Qué triste brilla para tí, qué triste,

La luz de la mañana,

Corazón que despiertas en la tumba

Sobreviviendo a todo lo que amabas!

Dos años han pasado

Desde el aciago día;

Dos siglos de tormentos

Para la triste niña.

Esfuerzos sobrehumanos

Por mostrarse serena a su familia.

Horas de soledad, mares de llanto,

Plegarias al Señor, días tras días,

Nada a borrar alcanza la memoria

De su perdido amor — su única vida.

Allí estaba encerrada en su aposento

Tras de leves cortinas,

Tendida, inmóvil, muda,

Cual sombra en un sarcófago dormida.

La luz, en las tinieblas avanzando

Proyectaba una lánguida penumbra

Que dibujaba apenas los contornos

De aquella dulce y pálida figura.

Ella, la que aturdida y bulliciosa

Retozó en otro tiempo en la pradera,

Ostentando los tintes de las rosas

En la mejilla tersa,

Marchita ya, sobre la faz mostraba

En su expresión de postración suprema,

De las íntimas luchas del espíritu

La prematura huella.

Con los ojos sombríos y cerrados,

Con la cabeza hundida en la almohada,

Era el pálido lirio, deshojado

Sobre el gélido manto de la escarcha.

No hay hora más solemne

Que esa del despertar, en que el silencio

Filtra en el corazón, gota por gota,

La hiel de los recuerdos

Sobre su sien purísima

Vagaba adormecido el pensamiento,

Y empezaba a mostrarse estremecida

Cual si un soplo de hielo

Fuese avivando las hirientes chispas

De la apagada hoguera de su pecho,

Hasta alzarse asombrada y conmovida

Del fondo de su sueño.

¿Qué había soñado ¡oh Dios! que se sentia

Más que nunca infeliz y desolada?

¿Qué brillo inusitado y misterioso

Coronaba el fulgor de la mañana?

Miró en torno de sí con extravío,

Y, envuelta en amplia bata,

Dejó el lecho, y cruzando el aposento

Abrió de par en par una ventana.

Al fondo del magnífico paisaje,

Brillante y soberano,

Gigante y majestuoso

Alzábase el cometa en el espacio.

¡Oh, viajero incansable de los siglos,

Errante siempre en tu ignorado rumbo,

Que te has dejado ver por un instante

En el dintel del mundo!

¡Te vas! ¿A verte acaso volveremos

Los pobres habitantes de la tierra?

Verte una vez es abrigar por siempre

Blanca ilusión, tu celestial tristeza...

Ante esa aparición deslumbradora

Que nunca hubo soñado,

Con sencilla expresión de arrobamiento,

Juntando las dos manos,

La joven quedó absorta y, lentamente,

De lágrimas sus ojos se arrasaron.

¡Ay! esa luz tristísima y serena

Le hablaba en su mortal melancolía

De un algo de otro tiempo,

Sombra de una existencia ya perdida,

Que dulce y vagamente

Al través del espacio le decía:

"Aquí estoy, aquí estoy. Sé que me amabas,

Y desde aquí te miro,

Y desde aquí comprendo

Cuánto por mi has llorado y has sentido".

Muchas veces aun vióse al cometa

En dirección de la oriental colina

Brillar primero esplendoroso, y luego

Irse borrando al aclarar el día.

Muchas veces aún, en su ventana

La solitaria niña

Lo contempló, pensando

En su perdido amor — su única vida.

Pero es cruel al par que compasivo

En su poder el tiempo:

Nos arrebata todo — hasta las penas

Que mantener eternas prometemos.

Cesó al fin de llorar. Mudos los labios,

Resignada la faz, los ojos secos,

Era una bella estatua. Parecía

Que al derrumbarse el colosal ensueño

Había obstruído y cegado con escombros

El manantial de su hondo sentimiento.

¡Todo acabó! Como la gota lánguida

Que vibra al extinguirse una armonía,

Clara gota de llanto

Filtración escondida,

Bajo la dura roca de su pecho

Triste un recuerdo alguna vez gemía,

Tímido y tembloroso,

En el fondo dormido de su vida...

Pero, encerrado en la fingida calma

Que se impusiera el corazón ya frío,

Vibraba un solo instante, y, moribundo,

Callaba luego ese postrer latido.

Ser es vivir. — Ser fuerte, ser discreta,

Aprender a perder una esperanza,

Renunciar con valor a un imposible

A otra esperanza que, talvez con llanto

Y volver la mirada

Será forzoso abandonar mañana.

Cuando en el campo mustio y melancólico

Un so lo asolador todo lo seca,

La vida, el esplendor y la alegría

Parecen extinguidos en la tierra;

Pero tras largos meses de letargo

Se anuncia un tibio sol de primavera.

Que reanima los gérmenes ocultos

En que todo renace y se renueva.

Germen que tarde muere es la esperanza:

Y así, en las almas jóvenes,

No mata el infortunio para siempre

Las gratas ilusiones.

Era ella niña al fin — ¿quién, en su caso,

No llora y gime? pero ¿quién no olvida?

Lloró, gimió; mas, transcurriendo el tiempo,

Llegó por fin un día,

En que latió su corazón a impulsos

De un nuevo amor y conoció la vida.

Así cruzó este mundo,

Astro lanzado en la infinita esfera,

Cada vez más opaco y más distante

Y oculto al fin en su perdida huella.

¡Así pasó el recuerdo de aquel hombre:

Y acabó de borrarse

Hasta en el alma fiel y dolorida

De la mujer amante!

¿Quién supo si ese humilde a quien la patria

Expuso del combate al golpe ciego,

Hubiera sido un día

Orgullo de su suelo?

¿Quién supo si los íntimos papeles

Que destruyó en secreto,

La víspera fatal de su partida

Eran la herencia espiritual de un genio?

Solo en el mundo, el infeliz soldado

Ni hermanos tuvo, ni amorosos padres

Que fuesen a buscar en el desierto

La piedra helada en que regó su sangre.

La Historia sólo cuenta las hazañas

Que honraron a los grandes Generales...

¡Murió desconocido

Como suelen morir los inmortales!