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Adela Zamudio

Peregrinando, 1943

Loca de hierro

poesía, 697 versos

Llamaron a mi puerta una mañana;

La abrí y era una joven. Su recuerdo

Acudió de repente a mi memoria

Y hallé su rostro idéntico:

— ¡Tula! exclamé, y ella exclamó: ¡Teresa!

Y nos unimos en abrazo tierno.

Asociadas bien pronto en el trabajo,

Cosiendo con empeño,

En mi estrecho taller desmantelado

Durante un largo invierno,

Muchas veces, mirando aquella cara

Y aquellos ojos negros,

Me dije con asombro: — ¿Esta es la niña

Que conocí en colegio?

Jamás le hablé, ¡jamás de su pasado.

Respeté su secreto.

Habíanme contado que entró un día

Loca en el hospital, pero que, luego

Degeneró el acceso en la manía

De la inmovilidad y del silencio;

Que pasó muchos días y aun semanas

Negándose a probar el alimento,

Muda, petrificada,

En la misma actitud, mirando el suelo.

Que, conmovidos ante aquella estatua

Los practicantes todos, y aun los médicos,

Luchando en vano por domar la fuerza

De su capricho fiero,

La miraron con pena, y la llamaron

"Loca de hierro",

II

¡Cuántas veces, ya risas, ya gemidos

Llegando hasta mi pobre habitación,

El agitado oleaje de la vida

Me conmovió!

¡Cuántas, en los albores de una fiesta,

Viniendo mi trabajo a inspeccionar

Un grupo de locuaces señoritas

De mi quieto taller turbó la paz:

Y cuántas, una amiga desgraciada

Sintiendo ya estallar su corazón,

En confidencia acaso inopinada

Su terrible secreto me contó!

Entre tanto, mi extraña compañera

Impasible y callada en un rincón,

Sorda como una estatua, proseguía

Absorta en su labor.

Ya fuese esta labor una mortaja,

Ya una gala nupcial,

Cual máquina insensible

La ví días tras días trabajar.

III

Una tarde, acabada la tarea

Cogió su manto ya para salir,

Cuando un criado me entregó en silencio

Pequeña carta que decía así:

"¿Qué piensa esa mujer? ¡alma de hiena!

¿Su orgullo es tan feroz?

Ni el saber que está malo la conmueve,

No tiene corazón.

Hacen ya dos semanas que no duermo,

Se me acaba el valor.

¿Por qué no cumple su deber? Teresa,

Convéncela, ¡por Dios!"

Guardé la carta, penetré en la pieza

Y con pausado acento de amistad

— Tula, dije — tu padre se halla enfermo,

Vuelve a tu hogar.

Miróme friamente, y, sin violencia,

sin odio, sin dolor,

— No tengo hogar, ni padre, ni familia,

Me contestó.

Yo, disgustada, abandoné la pieza,

Ella prendióse el manto, y al salir

Me lanzó una mirada y, lentamente,

Vino hacia mí.

— No me exijas que vaya, lo he jurado.

— Pero ¿por qué, por qué?

Sonrió con amargura y luego dijo:

Ahí Ahi te lo contaré.

IV

El hielo estaba roto. Al otro día

Solas las dos,

Dejó la aguja, meditó un momento

Y así empezó:

Al pie de la montaña, entre las breñas,

Sostenida por áspero peñón,

Hay una casa que domina el valle

Desde un antiguo y único balcón.

No lo puedo olvidar: Era en diciembre

La noche aquella en que llegué, y allí,

Rendida a la emoción y a la fatiga

Cerré a solas mi puerta y me dormí.

De bulliciosos gansos y gallinas

El agudo concierto matinal

El monótono estruendo de un molino

Y el murmullo sonoro de un raudal;

Un sol que al penetrar por las rendijas

Difunde fresco aroma de arrayán;

Un rebaño de ovejas que se lanzan

En confuso tropel por un zaguán;

La caricia violenta y reprimida

De un perro que ha dejado de ladrar;

Alguien que llega y baja del caballo,

Voces, trajín. ¡Qué hermoso despertar!

¡Qué hermoso despertar! Hallé la vida

Bella y feliz por la primera vez,

Y olvidé las penosas impresiones

De mi triste niñez.

Yo, pobre niña, fruto del pecado

Llamada a aquel hogar,

Muerta la altiva esposa de mi padre

Yo la iba a reemplazar,

Dejaba un niño, hermosa criatura

a quien pronto adoré,

Prodigarle tiernísimos cuidados

Mi afán, mi dicha fué.

Todo lo hallaba allí. Felices días

Que nunca volverán,

Todo lo que hasta entonces me faltaba:

¡Ternura, y pan!

El ave que ha nacido prisionera

Al dejar de improviso su prisión:

Atónita contempla, del espacio

La luz y la extensión.

Yo así, saliendo al campo esa mañana

Con vacilante pié

Desde un pedrón, encima del abismo.

¡Con qué asombro el paisaje contemplé!

Inmenso como un mar, bajo la niebla

Que empezaba a teñirse de arrebol,

El valle alborozado despertaba

A las caricias del naciente sol.

Las cumbres, bajo el fondo

— Del infinito azul,

Se alzaban coronadas de girones

De vaporoso tul,

Abajo, los rumores de la vida,

Arriba la salvaje soledad:

Todo es grandioso allí, todo eS pica

Salud y libertad.

Tú que conoces mi niñez ¿comprendes

La celestial fruición

Con que aspiré las auras perfumadas

De esa feliz mansión?

Hallar familia, hogar, hallarlo todo,

Y en cambio, el noble y único deber

De velar por un niño cariñoso

Al que es preciso amar y protejer...

En ese agreste asilo

Bello rincón del paraíso — alli

En la edad más dichosa de la vida

Le conocí.

Sabes a quién aludo. — Pobre y huérfano

Buscó la protección

De mi padre, y la halló, porque el anciano

Le amó con singular predilección.

Y era no obstante escéptico. En su frente

Se dibujaba, de su eterno mal.

De su incurable tedio de la vida

La primera señal,

Trabajando en la hacienda de mi padre,

Era todo a la vez:

Ya vendedor de granos en las ferias

Ya agricultor, viajero o montañés.

¡Cuántas veces, calado hasta los huesos:

En noches de aguacero y tempestad

Por fragosas veredas, a caballo

Llegó de la montaña a la ciudad!

Yo admiraba su noble fortaleza

Su gracia varonil,

Jamás he visto un rostro más sereno

Ni un alma más viril.

Huraños al principio,

Nos tratamos después

Como dos camaradas, con ingenua

Y amable sencillez.

A veces, de su vida aventurera

Queriendo descansar,

Jugando con el niño disfrutaba

De los tranquilos ocios del hogar.

Prendido en la meseta que sostiene

La casa, sobre el áspero peñón

Se alza un esbelto ceiba que, en los aires,

Extiende su frondoso pabellón;

Al borde del abismo, en sus raíces

Sentados ambos dos,

Yo escuchándole absorta, él, a mi lado,

Leyendo en alta voz,

Pasábamos las horas — gratas horas

De dulce languidez,

Mi padre allá en la casa silenciosa

Y el niño jugueteando a nuestros pies.

Arriba, en el zarzal de la montaña,

Gimiendo la torcaz;

Abajo, en el raudal que va al molino,

Himno sonoro de ventura y paz.

El himno de las ondas del torrente

De la incansable cítola al compás.

¡Oh mañanas brillantes y serenas,

Tardes nubladas, días de ilusión

En que empecé a sentir ese inconsciente

Risueño despertar del corazón!

El sospechó mis ansias, pero nunca

Me habló de amor; mas se dejó llevar:

Talvez sin advertirlo,

Del grato impulso de dejarse amar.

Una vez se ausentó por mucho tiempo,

Y en aquella ocasión

En el vacío inmenso de su ausencia

Medi la intensidad de mi pasión.

Laura, elegante y celebrada entonces,

En el verano aquel

Fué a visitarme al campo, con alardes

De amiga antigua y fiel.

Su trato me encantaba y seducía.

Su gran penetración

Y afán por adueñarse del misterio

De cada corazón,

Lo comprendo aunque tarde, era el secreto

De aquella seducción.

La inquietud de mi espíritu

No tardó en conocer:

¡Fue así que se interpuso en mi camino

Esa fatal mujer!

Era una noche espléndida en que a solas

abrimos el balcón;

Me interrogaba. — Prorrumpi en sollozos

Y le abrí todo entero el corazón.

¡Todo se lo conté! Mis hondas ansias

Que en vano ya tratara de ocultar

A los ojos de aquel cuyo cariño

No esperaba alcanzar.

Su existencia de azares y aventuras,

Su audacia sin igual

Y su gran descreimiento que era causa

De su tedio amarguísimo y mortal.

Terminada mi larga confidencia,

Dijo con sencillez

Que le era muy simpático y que ansiaba

Conocer a mi extraño montañés.

¡Oh, cuán incauta fuí! Llegó él un día

Y pude, desde luego, comprender

Que estaba yo tejiendo los laureles

Del triunfo vil de esa fatal mujer.

Su hermosura era aquella que en los hombres

Ejerce más poder;

Esa hermosura que habla a los sentidos

Y que hace enloquecer.

Tras breves días de embriaguez dichosa

La siguió a la ciudad.

Ella se fué sonriendo. Ya comprendes

Cuál fué entonces mi horrible soledad.

Honda desolación cubrió mi vida;

Cuando mi angustia mitigar logré.

En el amor de mi pequeño Edmundo

Me refugié.

¡Pobre ángel mío! Muda y dolorida

Contra mi pecho le estrechaba yo,

Con su charla inocente y sus caricias

Un bálsamo en mis penas derramó.

El regresó, pero se fué de nuevo,

¡Tal era la atracción de aquel imán!

Yo al través de su rostro adivinaba

Su dicha inmensa, su creciente afán.

¡Oh, días de angustiosa alternativa

Y de lucha secreta para mí,

Al cabo de los cuales nos dijeron

Que iba a casarse ya! mas no fué así:

Orgullosa al principio de su nuevo

Y ardiente adorador

Arrastróle en su séquito, y más tarde

Se burló de su amor.

El montañés altivo y desdeñoso,

Loco de celos, ciego de pasión,

Se vió luego enredado en mil indignas

Intrigas de salón.

Por fin quedó ajustado el matrimonio,

Mas no se realizó;

Sobrevino un ruidoso rompimiento

Y él se marchó.

Ella tuvo en seguida muchos novios,

Y él se casó en La Paz,

Sé que es horriblemente desgraciado...

No hablemos más.

La sociedad es un jardín, y en ella

Brotan flores más bellas cada vez.

Para toda mujer vana y hermosa

Hay un fantasma horrible: vejez..

Laura vió al fin que el sol de su hermosura

Se iba pronto a eclipsar,

Y entonces... ¡la ladrona de mi dicha

Volvió a mi hogar!

Ya sabes lo demás. ¿A qué contarte

Lo que ocurrió?

El blanco de sus miras fué mi padre

Que en breve a sus encantos se rindió

En vano los parientes le advirtieron

Los riesgos de un enlace desigual.

¡Es terrible pasión la de un anciano

Porque es la más sensual!

Satisfecha en sus sueños de fortuna,

Dueña ya de mi hogar, se figuró

Que en su vida de lujo y de grandezas

Iba a estorbarla yo.

Su encono fué tenaz. Tan cruda guerra

No resistí;

Exigió que mi padre me arrojara...

Dejé mi casa y se libró de mí.

Pronto, de los domésticos quehaceres

Sintiéndome incapaz

Ansió, de la sirvienta sin salario

El auxilio eficaz.

Esperó que al hallarme sin amparo

Cediera a la menor insinuación;

Mas, nada, ni las súplicas de Edmundo

Vencieron mi tenaz resolución.

Ella, indignada ya, mi resistencia

No pudiendo vencer,

¡Ay! se vengó de mí, prohibiendo al niño,

Que me volviera a ver.

¡Oh martirio de todos los instantes

Que no podré pintar;

Mi última sombra al conciliar el sueño,

Mi primer pensamiento al despertar.

¡Saber que no he de verle, que está mustio.

Que nadie piensa en él,

Y que su aspecto acusa la indolencia

De esa mujer cruel!

Un día, desde lejos, en la calle

Le descubrí,

Corrí ansiosa a su encuentro; pero al verme

— El niño huyó de mi

Llegué a casa, y lloré desesperada.

Y me espantó el pipi,

Como si aquella pena sin remedio

Tuviese que afligirme hasta morir.

Yo fuí siempre neurótica, no extraño

Que aquella vez

Me asaltaran de nuevo los espectros

De mi triste niñez.

¿Por qué dicen, Teresa, que la infancia

Es la mejor edad?

Yo he sufrido en mi infancia horrendas crisis

De indecible ansiedad;

He presentido, en lóbregos ensueños

Que agitaron mis noches sin dormir,

Mi paso por los páramos sombríos

Del porvenir...

Vino un día a buscarme una sirvienta

Y, de un modo brutal,

Me refirió que Edmundo se moría.

Que estaba mal, muy mal.

Volé al punto a la casa de mi padre

A pedirle, arrastrándome a sus pies,

Que me dejaran ver al ángel mío

Por la postrera vez.

Llegué a la casa. ¿Lo creerás? la puerta

Se me cerró.

¡Y mi padre, Teresa, sí ¡mi padre!

Lo consintió!

Una borrasca de dolor sin nombre

Pasó por mí;

Murió sin verme al fin, a pocos días...

¿No te lo han dicho nunca? ¡enloquecí!

Vagar sin tino, absorta en una idea,

Buscar la soledad,

Dudar de todos, desconfiar de todo

Y odiar la humanidad.

Sentirme a un tiempo acobardada y fiera,

Ser presa de recóndita inquietud,

Oir en cada acento un alarido,

Y ver en cada mueble un ataud;

Ver odio y burla en todos los semblantes

Y una amenaza en la menor señal,

Soportar el ultraje de miradas

Hirientes como el filo de un puñal;

Tal fué el principio; el lúgubre período

Del eclipse gradual de mi razón

En que cruzaron ante mi fantasmas

Que llenaron de espanto el corazón.

¿Sabes qué es la locura? Es el violento

Grito de horror que dá

El ser a quien torturan mil dolores

Cuando no puede soportarlos ya.

Es la protesta enérgica y salvaje

Que agotando las fuerzas de una vez

Nos hunde en un sopor... sopor sin calma,

Morbosa languidez.

— El despertar del sueño aquel aun dura...

Mientras la vida transcurriendo va,

Dormido en un rincón del cementerio

El astro de mi amor no existe ya.

No quiero recordar. Es mi consigna

Coser, coser y conquistar un pan,

Matar el alma, consumir mis horas

En tan mezquino afán...

No comprendo a los seres que a una tumba

Van, con flores, su duelo a cultivar;

En los grandes dolores, el dilema

— Es: — Morir ú olvidar.

Todo lo sabes ya, Teresa mía,

No me interrogues más,

Deja que mis heridas cicatricen;

¡Déjame en paz!

vI

Después de aquella triste confidencia,

Mi amiga, entrando en el paterno hogar,

Fué, junto al lecho de su padre enfermo,

La sombra buena, el ángel tutelar.

Largo es el padecer, ruda la prueba,

Y heroica la virtud

De quien asiste al hombre en el descenso

Que lleva a la postrer decrepitud.

Tula no se apartaba del enfermo,

Y algunas veces visitaba yo

La estancia aquella, en que el deber austero

Víctimas y verdugos agrupó,

Víctimas, sí; la niña, niña enferma;

Unico fruto de la absurda unión,

Miraba a todas horas a su hermana

Con inconsciente y muda admiración.

¡Hermana suya, y, a la vez extraña!

Enigma que no osaba descifrar.

¿Por qué el odio sin causa de su madre?

¿Qué abismo la apartó de aquel hogar?

La pálida enfermera de ojos negros

Con su sencillo traje de percal

¡Qué bella estaba! la flotante falda

Ceñida por airoso delantal.

Los años y el dolor no marchitaban

La suave frescura de su tez,

Revelando en las líneas de su talle

Graciosa madurez.

¿Por qué ha de envejecer quien de la vida

Sólo ha probado el néctar celestial,

Apurado en los cándidos ensueños

De un triste amor, castísimo, ideal?

La sorda convulsión de otras pasiones

Que trastornan el alma con su afán,

Rompe las fibras, y sus rojas llamas

Frente y mejillas horadando van.

Como se abren las grietas del terreno

Quemado por el fuego del volcán.

Mas, cuando del mortal remordimiento

No se siente jamás el aguijón,

Cuando las dichas sólo son ensueño,

El dolor es también pura ilusión.

Llegó el verano y una tarde, a solas,

En un rincón de un saloncito azul,

Junto a una gran ventana guarnecida

De cortinas de tul,

Cogió mi mano, me miró un instante

Con solemne y tristísima expresión:

— Juan ha llegado — murmuró. Al oírla

Tembló mi corazón.

Luego, fija la vista en el vacío,

Dijo con tenue voz:

— ¿Por qué amontona así los sufrimientos

En mi existencia Dios?

En mis plegarias de tan largos años

No le he pedido más

Que olvido y calma, — yo, que otra ventura

No conocí ni probaré jamás.

Mi alma está muerta y burla me parece

Sentir y amar,

Pero, sólo al pensar en su llegada

Siento mis emociones despertar.

¡Ay! ¿qué vá a ser de mi, Teresa mía,

Cuando le vuelva a ver?

¿Cómo disimular en la presencia

De esta maligna y pérfida mujer?

No tengo fuerzas ya para la infame

Comedia del vivir.

¡Ah! si mi padre no se hallara malo,

Me quedaba un recurso; ¡huir, huir!

VII

En ese saloncito entapizado

De rep, azul,

Junto a la gran ventana guarnecida

De cortinas de tul,

Mientras dormía el fatigado enfermo,

Después de anochecer,

Me cupo presenciar frecuentemente

Una escena sencilla al parecer:

Un hombre encanecido y una obesa

Mujer de roja faz

Conversan por lo bajo, en tanto que ella

Contempla al hombre, impávida y audaz.

Junto a la luz, la estatua de ojos negros.

Y rostro juvenil

Absorta en su labor, mueve la aguja

Con sus ágiles dedos de marfil.

El practicante que asistió a la loca

Y hoy es su amigo y a su lado está,

Sostiene entre las manos la madeja

Que ella en sus dedos enredando vá.

Aprovechando de su pobre enfermo

El sueño momentáneo y la quietud,

Trabaja. El joven la contempla a veces:

En muda y melancólica actitud.

Dina está allí. La niña enteca y pálida

Sentada en un rincón

Fija la vista en el gallardo mozo

— Con ingenua expresión.

Se oye llover. En la desierta calle

Reina la más profunda lobreguez,

En la pieza contigua el pobre enfermo

Respira con ansiosa pesadez.

Las horas pasan. La inquietud del alma

Asoma en cada faz.

¡Cuánta emoción secreta! ¡cuántas luchas

En esa escena de aparente paz!

Fuma y medita el hombre encanecido,

Ceñido el alto cuello del gabán,

Medita con los ojos entreabiertos

Mientras Laura lo observa con afán.

Envuelto en la humareda del cigarro,

Con fruición dolorosa y celestial,

Fija en Tula miradas fugitivas

Mientras le espía la mujer fatal.

La rabia de los celos, el despecho,

Hacen palidecer la roja faz.

¡Cuánta emoción secreta, cuántas luchas

En esa escena de aparente paz!

Mas, ¿qué le importa al hombre encanecido

Que, de sus tristes ojos al través,

Se adivine un ensueño que acaricia

Por la postrera vez?

Vencido de la vida. Peregrino

Que el sendero intrincado equivocó,

Divisa al otro lado del abismo

Al ángel que las cimas alcanzó.

La garra del dolor de su destino

Estruja su marchito corazón

Mira al ángel aquel, mas sus miradas

No imploran ni amistad, ni compasión.

VIII

Murió el viejo por fin, y una mañana

A mi puerta volvieron a llamar:

Era Juan y Raúl el practicante.

Les hice entrar.

Ambos, amigos ya, juntos partían

Raúl a Potosí, Juan a La Paz.

— ¿Cuándo volverá Ud.? Pregunté al joven.

Y éste me contestó: — Talvez Jamás.

IX

Tras los primeros días de su duelo,

Tula vino al taller; con lentitud

Abrió su bolsa y me alargó una carta,

La carta de su amigo — Raúl:

"Mi regreso a ese valle tan hermoso

Donde fuí tan feliz

Dependerá de una sentencia tuya

Que es de vida o de muerte para mí"..

Así empezaba. La miré un instante.

— Tula, dije, te quiero preguntar:

¿La que una vez amó como tú amaste

Podrá volver a amar?

— ¡Oh! ¡si! exclamó. No ya con la insensata,

Fatal pasión de la primera edad

Fruto de una exaltada fantasía,

— Locura, ceguedad;

Con otro amor más noble, más profundo,

Amor que es realidad y no ilusión.

Ternura generosa que es, a un tiempo,

Piedad y abnegación.

¿Contemplaste los cálidos matices

De un paisaje otoñal?

Así se entiende el alma iluminada

Por su llama fecunda y celestial:

¿Le amas? — Le adoro. Por su dicha diera

Mi triste porvenir.

Si él me diese la muerte, ¡qué ventura

Fuera morir!

Cogí su mano entusiasmada, y dije

Fuera de mí:

— ¡Por fin serás dichosa! ¡Tula mía,

Escríbele que vuelva, dale el sí!

— ¡Dichosa! murmuró, ¿piensas acaso

Que he de sacrificar a Dina yo?

¿Se puede ser feliz cuando otros lloran?

¡No puedo, no!

"Yo no me hago ilusiones; sé, Teresa,

Que en ese corazón, en vez de amor,

Ha infiltrado la madre el cruel veneno

De su tenaz rencor.

Sé que ella no me quiere; — mas, ¿qué importa?

Mi deber cumpliré.

A esa mujer que asesinó mi dicha

No me pareceré.

¿Yo, clavarle el puñal, ser su verdugo,

Torturar su inocente corazón

Y cimentar mi dicha en las ruinas

De su primera y tímida ilusión"...

Quedé vencida, y luego, con vehemencia

Volví a decir:

— Piénsalo aún, no juegues con tu suerte,

No destroces así tu porvenir.

¿Qué ha sido siempre para tí la vida?

Una burla cruel.

¿A qué tan infructuoso sacrificio?

¿Acaso la ama él?

No importa, murmuró. Dios lo ha querido,

Mi deber cumpliré.

A esa mujer que asesinó mi dicha

No me pareceré.

Pasó algún tiempo. Hallábame en la calle,

Cuando de pronto un día

Oi el trágico son que nos advierte

Que hay un mortal que se halla en agonía...

Seguí el sagrado viático, y entrando

Del padre de mi amiga en la morada,

Me detuve ante el lecho en que yacía

Laura enferma, convulsa, demacrada...

Di algunos pasos más, y penetrando

En otra habitación, que estaba abierta,

Hallé tras sus cortinas

A Tula arrodillada ante la puerta.

— ¡Tú aqui! dije en secreto. Yo ignoraba...

¡Pobre Laura! ¿Te ha visto? ¿la has hablado?

Quién hubiera pensado que tan pronto...

Qué mala está ¡infeliz! ¿la has perdonado?

— Ante el misterio augusto de la muerte

Dijo, enmudece la pasión humana.

Me llamó y acudí, le he prodigado

Los prolijos cuidados de una hermana.

Callamos. En el cuarto de la enferma

Lleno de los efluvios del incienso

Alzó su voz solemne el sacerdote,

Y todo el mundo se quedó suspenso.

Respondiendo a la fórmula sagrada

Con quejumbroso entrecortado acento

La enferma perdonó — fué perdonada,

Y le fué administrado el sacramento.

Salió el gentío al fin. La moribunda

Esforzando su aliento estertoroso

Llamó a Dina; la niña acongojada

Acudió reprimiendo su sollozo.

¿Estamos solas? dijo, quiero hablarte,

Acércate, hija mía...

Oye... lo que tu madre... te aconseja

Antes... de que principie... su agonía.

Tula ha sido muy mala. A ella le debo

Todos mis sufrimientos.

El temor de que vivas a su lado

Me atormenta en mis últimos momentos.

Perdónala; pero, por Dios, te ruego,

No cedas a sus pérfidos engaños.

Quedas sola, es verdad, pero prefiere

La protección más bien de los extraños.

Tula se puso en pie; ví que se ahogaba

seguí. — Salimos de la pieza.

Una vez fuera, absorta, enagenada

Inclinó la cabeza.

Después la irguió — con expresión huraña

Sacudiendo la frente,

Quedó un instante pensativa, y luego

Murmuró friamente:

— ¡Oh ceguedad de la conciencia humana

Que los cimientos de la fe derrumbas!

¿Dónde está Dios si van sus extravíos

Mas allá de las tumbas?

Engaño fué pensar que un solo instante

Ni ante la muerte la verdad reluzca...

¿Quién ha sido el verdugo? ¿quién la víctima?...

¿Soy yo o es ella? ¡mi razón se ofusca!

Tras de la muerte el Tribunal Supremo

Su majestad desplega

Y, ¿a quién castiga, si al juzgar sus actos

Es la criatura ciega?

Dios nos ordena amar, ¡y es el castigo:

Dogma consolador, feroz consuelo!

Si ese ser que me ofende va al suplicio,

¡Cuán generosa soy gozando el cielo!

— ¡Calla! dije asustada. No blasfemes.

¿Quién osa penetrar en lo infinito?

No te hieras en vano golpeando

Sus puertas de granito.

Calló. Desde aquel día

Presa de amarga duda,

La costurera de los ojos negros

Va por el mundo ensimismada y muda.

Loca de hierro. Alguna vez sus frases

Como fragor de fuego subterráneo,

Dejan sentir la tempestad de ideas

Que arde bajo su cráneo.

Su expresión es de paz; pero impulsada

Por inquietud constante,

Va por el mundo ensimismada y muda:

como fantasma errante.

XI

¡Feliz la parietaria que en los mares

Borda la cima del peñón azul!

¡Feliz la nube que deshizo el viento

Rota en girón como rasgado tul!

Arrastradas en raudo torbellino

Irán donde las lleve el vendabal,

Libres al fin en su triunfal carrera

De un átomo del polvo terrenal.

¡Alma infeliz, mortal que alzas la frente

implorando a la muda inmensidad!

¡También un día te alzarás del polvo

En alas de suprema tempestad!