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Adela Zamudio

Peregrinando, 1943

Vanidad

poesía, 219 versos

En belleza y en recato,

en elegancia y buen trato,

nadie ganaba a Tomasa;

pero pasaban los años

sin que ni amigos ni extraños

dijesen: — ¡Al fin se casa!

La buena doña Prudencia,

mujer de mucha experiencia,

siempre que pensaba en ella

decía con suma gracia:

— A esa niña, que es tan bella,

le hace falta diplomacia;

Si, cuando algún pobre diablo

como el provinciano Pablo

osa decirle: — ¿Me quieres?

ella, cual otras mujeres,

dando una respuesta ambigua,

le mantuviese a su lado,

otro fuera el resultado;

pues la experiencia atestigüa

que, en tratándose de amor,

aunque parezca rigor,

el hombre, aquí o en Europa,

procede como cordero:

allá donde va el primero

se lanza toda la tropa.

Un día, (¡bendita hora)

que la prudente señora

(hablo de doña Prudencia)

oía la confidencia

de un afligido amiguito

a quien su madrasta odiaba,

entró de pronto Agapito,

quien, cuando el mozo, cortado,

se hubo al punto retirado,

le preguntó qué pasaba,

y ella, mintiendo a su gusto

aunque con intento justo,

respondió: — Lo que le pasa

es bien triste: — el pobre niño

está loco de cariño.

— ¿Y por quién? - ¡Ay, por Tomasa!

— ¿Y ella? - No niega ni esconde

que... también... le corresponde;

pero... Agapito lo oyó

y cuando a solas se vió

dijo para su capote:

— ¡Corresponder a ese zote!...

y concluyó en tono seco:

— Si así fuesen mis deseos

yo, con cuatro galanteos

desbancaba a ese muñeco.

Y en visitas y reuniones

con sátiras y alusiones

persiguió tanto Agapito

al inocente amiguito,

que éste, al creerse desafiado

por un celoso obstinado,

quiso el guante recoger;

¡Oh, Prudencia! ¡qué mujer!

A la mañana siguiente

resultó que Tomasita,

ya mentada por bonita,

a falta de un pretendiente

se halló con dos a escoger,

¡Oh, Prudencia! ¡qué mujer!

Tras los dos vino un tercero,

y muy pronto llegó el día

en que Tomasita oía

a cada paso un "Te quiero".

¿Queréis saber el final

de esta batalla campal?

Es que, triunfante, orgulloso,

y juzgándose dichoso

con el amor de Tomasa,

hoy Agapito se casa;

y es que, este mismo Agapito

siempre que encuentra ocasión

de lucir su gran saber,

que la dá de gran perito:

en pleitos del corazón,...

dice con formalidad:

— Sólo por la vanidad

se gobierna a la mujer.

Cuando niño don Conrado

no tuvo mayor empeño,

ni otra ambición, ni otro sueño

que llegar a ser soldado.

Apenas pasaba el día

y era llegada la tarde,

Conradito repartía

entre la turba infantil;

en cada caña un fusil,

y haciendo ruidoso alarde

de militar disciplina,

marchaban con grande afán

al son del ra-ta-plan-plan

de un perol de la cocina.

No hay que añadir que era él

siempre, el jefe del cuartel;

pues se pegó tan de veras

a las tales charreteras,

y este juego peligroso

le dejó tal afición,

que hoy, que es ya padre y esposo,

aun le turba la razón.

Una vez, yo no sé cuándo,

que se encargaba del mando

de un cuerpo de nacionales,

se le pasó en un oficio

la orden de entrar en servicio

por razones muy formales;

incidente ¡oh, desventura!

que le agravó la locura,

pues conserva tal memoria

de ésta su pasada gloria,

que, cuando, como es costumbre,

se habla al amor de la lumbre

de militares campañas;

él, entre grandes hazañas

cuenta que en esa ocasión

hizo, con tropa cansada,

una gran marcha forzada

de la plaza al malecón.

Y no vayais a pensar

que esta inocente manía

es el solo resto hoy dia

de su afición militar;

no, que honra, hacienda, reposo,

deber de padre y esposo,

hogar, salud, no son nada

hasta no ver realizada

la ambición con que delira,

por la que lucha y conspira.

Su ambición ¿sabéis cuál es?

— la misma de su niñez;

la de asombrar a la tierra

con su fama de valiente

y del ejército al frente

ser... ¡Ministro de la Guerra!

Y este mismo niño-grande

que quiere dar de balazos

y despachar a sablazos

a quien le chiste o lo mande,

cuando llega la ocasión

de deplorar las rarezas,

los caprichos y flaquezas

del femenil corazón,

demostrando su saber

dice con gran seriedad:

— No es más que la vanidad

el móvil de la mujer.

El pobre don Baldomero

que cuando pierde el sombrero

manda a su criado a buscarlo,

pues no puede reemplazarlo,

tiene una corte de ociosos

descarados y viciosos

que, conociéndole el flaco,

hallan el medio sencillo

de dedicarse al dios Baco

a costa de su bolsillo

y en una sola vigilia

le hacen gastar de una vez

lo que su pobre familia

gastar pudiera en un mes;

que la gran felicidad,

la gran superioridad

de este pobre caballero,

tenga o no tenga dinero,

es hacer gala de él,

y en entrando en un hotel

dar un golpe en una mesa

y gritar: —¡Mozo! ¡Cerveza!

En horas de lucidez

en que la atroz realidad

le presenta la verdad

en toda su desnudez;

cuando de sí mismo duda

al contemplar a su esposa:

en cuya cara llorosa

hay siempre una queja muda;

y sin pan y sin abrigo

vé a los hijos de su amor

y es, por la fuerza, testigo

de este cuadro acusador;

cuando cobra la lechera,

cuando apura la casera

y todo es ansia y tormento,

presa de atroz reacción

siente un gran remordimiento;

mas llegada la ocasión,

aunque vé que vá al abismo,

nunca tiene el heroísmo

decir: — "Yo me detengo;

no gasto lo que no tengo"

y cede a la complacencia

de ostentar magnificencia

Y hacer de Rotschild o Creso

él, que nunca tiene un peso;

pues este mismo sujeto

— que existe yo lo prometo,

hablando con sus amigos,

de sus flaquezas testigos,

de achaques del corazón,

con profunda convicción

y un aire de gran saber

dice con formalidad:

— No es más que la vanidad

lo que pierde a la mujer.

¡Oh! ¡cuánto estudio profundo

ha hecho el hombre en este mundo,

hoy, como en otras edades,

por hacernos más felices

descubriendo las raíces

de nuestras debilidades!

de nosotras: Ocupado...

pocas veces ha mirado

a su propio corazón.