Cuentos breves, 1943
Violín y guitarra
cuento, 5.218 palabras
“Noviembre empezaba… La tarde no era fría, ni las nubes se alzaban”… Por el contrario, ninguna nube empañaba el pálido azul del cielo de la tarde, teñido hacia el ocaso de nacarados celajes.
La perezosa ciudad, molestada por el calor, se agitaba algo más que de costumbre. Desde mediados de octubre se había notado algún movimiento en el comercio, porque la inmigración veraniega exige gastos extraordinarios; pero en las tardes, después de las cinco, cerrados los almacenes, la población quedaba, que se podía bailar una cueca en media calle.
Hasta aquella hora, todos los días, el empedrado de la calle del Teatro resonaba constantemente al paso de los carruajes, que, cargados de gente, se lanzaban fuera de la ciudad: y las muchachas, que al ruido, abrían el balcón para asomar la cabeza, sentían que tras aquellos carruajes y cabalgatas se les iba el alma… Porque entre tanto que abrumadas por el calor se consumían de aburrimiento, allá, al otro lado del Rocha, sobre el suelo accidentado y pintoresco de la risueña vega, a la puerta de las casuchas y bajo el fresco toldo de la arboleda, donde iban todos, se sucedían escenas deliciosas…
Hubo muchacha acomodada que al tomar la diligencia para dejar la ciudad en dirección opuesta renegó de su suerte, envidiando la de las jóvenes pobres cuyas familias, por no poseer una finca en donde pasar el verano, se veían obligadas a refugiarse en la vecina campiña, en donde cien familias alojadas en rústicas chozas se divertían al aire libre, arrostrando los deliciosos inconvenientes de la situación.
Cuando en las tardes de los domingos, una ráfaga caprichosa traía el eco perdido de la banda militar que tocaba en la plazuela del “Regocijo”, aquellos ecos resonaban en los oídos de los desventurados que habían quedado achicharrándose en la ciudad, como la música lejana de un país encantado.
¡Calacala! ¡Queroquero!
Anochecía, cuando un individuo, muy conocido, que había estado ausente varios meses, apareció a caballo en la esquina del “Estanco”, al mismo tiempo que un amigo, que lo había divisado desde lejos, corría a su encuentro con muestras de alegría. El de a caballo echó pie a tierra y se abrazaron exclamando a un tiempo:
—¡Hola, León! ¡Al fin!
—¡Hola, Dieguito!
Había por allí alguna gente, y avanzando unos pasos torcieron hacia el camino de la izquierda donde podían hablar íntimamente con toda libertad. León echando al hombro la brida de su caballo que conducía de tiro, metió la mano al bolsillo y ambos se detuvieron para encender sus respectivos cigarrillos.
—¿Cuándo llegaste?
—Hoy a las dos. Recibí tu carta y abandonándolo todo, monté a caballo y me vine.
—Bien hecho, lo demás hubiera sido una chambonada imperdonable.
Hubo una pausa.
—¿Con que, dijo León, crees que pueda adelantar algo…?
—Si no es ahora, nunca. Bien sabes que el amor, no es, como miente la fábula, hijo de Venus, sino de la ocasión.
—Y crees que aquí se presenten ocasiones.
—Todos los días.
—¿Recibe en su casa?
—Rara vez, pero pasea y visita. No vive encerrada como en la ciudad.
—Supongo que hablando con ella habrás tratado de predisponerla…
—Así, así. Una que otra vez, muy por lo bajo y procurando que nadie se apercibiera de ello, le hice bromas con un amigo ausente.
León se quedó pensativo.
—Y dime —preguntó luego alegremente—, ¿qué milagro estupendo ha sido este?
—Caprichos del vejete. Otros años, cuando se le rogaba como a un santo, nada de ceder, y ahora que nadie le dijo palabra, un día de repente, dió orden de que se aseara la casita que tienen aquí, y sin más ni más se vino con la niña.
Quedaron un momento fumando en silencio.
—¿Y qué se hace aquí, se baila?
—Ni una vez. Se ha recurrido a los juegos de prendas.
—¿Asiste ella a esas reuniones?
—Casi siempre. Cuando el viejo no está de mal humor.
—Te advierto, añadió Diego, que tienes que habértelas con una runfla de rivales…
—No importa. Mejor. Con tal de que ella no abrigue todavía ninguna impresión seria por nadie…
—De eso, te respondo. Es, quizá, la única mujer que no ha querido a nadie.
—Lo que hay en esto, murmuró Diego, después de un momento, que hace que valga la pena de emprenderlo, no es, precisamente, que la renta del papá ascienda a tanto o cuanto, sino que es hija única y no hay miedo, para después, de suegra, ni cuñados, ni cosa que valga.
—No, protestó León, créeme, no es eso lo que me decide, sino su persona, su edad, sus gracias, y sobre todo sus prendas morales…
—Hum…
Lo malo era que León no tenía relación con nadie en Calacala.
—¡Oh! No te aflijas, —dijo Diego—. Pronto te presentaré a las amigas. Aquí, como en todas partes, el género masculino anda escaso. Te recibirán de mil amores.
Al día siguiente a la misma hora, otro diálogo, no menos expresivo se entabla entre dos amigas.
Berenguela, de prisa, con el rostro encendido por la emoción y brillando en sus ojos una expresión de triunfo, llegaba a la casa de Blanca que salía a recibirla sonriendo también significativamente.
Un paréntesis: Estos dos nombres en Calacala, son un anacronismo. Mis lectores comprenderán que las dos niñas a que me refiero, no se llamaban Blanca ni Berenguela, ni Sancha, ni Urraca; pero también comprenderán muy fácilmente que, en el reinado de las Carlotas y Marías, Victorias y Margaritas, el hacer uso de cualquiera de estos nombres, daría lugar a interpretaciones y comentarios.
Desde lejos se conocía que Berenguela y Blanca, al saludarse aquella tarde, tenían que comunicarse alguna novedad muy importante.
Cuando se hubieron abrazado, Berenguela fijando los ojos en su amiga, para ver el efecto que en ella iba a producir, pronunció a media voz estas palabras:
—Ha llegado.
—Lo sabía— respondió Blanca sonriendo.
—¿Quién te lo dijo?
—Lo he sabido por casualidad.
Y Blanca oprimiendo la mano de su amiga para que no añadiera una palabra más, la condujo en silencio, a lo largo de un sendero de arrayanes, al rincón más escondido de la huerta, donde había un tronco caído en que se sentaron.
—¿Qué dices ahora?— preguntó Berenguela.
—No sé qué decirte. Creo que preferiría no verlo. Tengo miedo.
—¿Por qué eres así?— exclamó la otra impaciente. ¡Por Dios, domina ese carácter! Sigue mis consejos. Ya verás, haremos de manera que venga a tu casa.
—¿Para qué? ¿Acaso tengo yo esperanza…?
—Tú tienes la culpa. Mira Blanca; es preciso estudiar y conocer el mundo. Los hombres a quienes todos los días acusamos de atrevidos, son en realidad, los pobres, más timoratos de lo necesario. Apenas hay un hombre que piense en una mujer sin que ésta le haya sugerido antes la idea.
—Yo no quiero así. No es ese mi ideal. Prefiero cruzarme de brazos y abandonarme a la corriente del destino.
—¡Mujer! No seas romántica, déjate de ideales. ¿Quieres ser feliz? Acepta la realidad: sé como todas.
—Por otra parte, no se necesita más que un poco de amabilidad. ¿Piensas enviarle salutación?
—¡Si jamás me ha visitado! Estoy segura de que hoy no piensa siquiera que yo existo.
—No importa. Lo saludaré a tu nombre y haré de modo que venga a tu casa. Ya verás…
—Lo único que me alienta —murmuró Blanca pensativa— es que algunas veces, Diego, me ha hablado de él de cierto modo…
—¡Señoritas! —gritó una criada a diez pasos de distancia— visitas.
—¿Quién?
Don Diego y otro caballero más.
—¡Si fuese él!— exclamó Blanca juntando las manos como si se hallase en un conflicto. Se había puesto pálida como un papel.
Cuando llegaron a la casa, León y Diego, aguardaban en el corredor.
Después de las primeras frases de estilo, Berenguela hizo como que se aburría.
—Pero esto está muy feo —dijo— en Calacala no se debe permanecer bajo techo. Blanca recíbenos en la huerta.
—¡A ver! Muchacha, lleva asientos al bosque de perales.
Y los cuatro jóvenes se instalaron en seguida en un poético lugarcito en que el murmullo arrullador de un arroyuelo se mezclaba al cuchicheo de las aves y los rumores de la brisa.
—Si no me engaño —dijo Berenguela a León— Ud. tocaba el violín.
—Un poquito.
—¿Y qué ha hecho Ud. del suyo?
—Está en la ciudad.
—¿Sería muy difícil hacerlo traer?
—De ningún modo. Si Uds. lo desean, procuraré recordar algo de lo que sabía.
—¡Cuánto se lo agradeceríamos! En el campo agrada la música, más, si es posible, que en la ciudad, y a falta de pianos, hay que recurrir a otros instrumentos.
—¿No tienen Uds. aquí ninguno? Preguntó Diego.
—Tenemos una guitarra de Marcial que es muy buena, según dicen— respondió Blanca tímidamente.
—¿Quién es Marcial, señorita? Preguntó León fijando en ella los ojos.
—Un… administrador, se apresuró a responder Berenguela con cierto desdén.
—Un primo mío, rectificó Blanca con sencillez. Un joven que se ha hecho cargo de nuestras propiedades en el campo.
Como si hubiese adivinado que se hablaba de él, Marcial se presentó en aquel momento en el bosque de perales.
Avanzó lentamente a saludar a Berenguela y a Diego, fué presentado a León y tomando un asiento, se cruzó de brazos y escuchó en silencio la conversación.
León estaba inspirado aquella tarde. Habló mucho y muy bien.
A las ocho cuando todos se hubieron retirado, Marcial, de pie, a dos pasos de su prima, indolentemente apoyado en el marco de la puerta de la sala, a la luz de la lámpara que ardía en la mesa central, la miró largo rato y le dijo con voz apagada:
—Te felicito. Yo me había figurado que este León no era más que un mueble de salón, muy bien embarnizado, pero nada más que un mueble. Lo juzgo de otro modo y te felicito.
—¿Y por qué?— Preguntó Blanca fingiéndose ofendida.
—Marcial sonrió tristemente.
—¿Piensas que no comprendo lo que te pasa?— Le dijo.
Con el alma inundada de inesperada felicidad, aquella noche, a tiempo de dormir, Blanca sentía que una punzante amargura, especie de remordimiento, envenenaba su dicha. No comprendía cómo hay mujeres que se gozan en inspirar afectos que no han de corresponder. Para entregarse dulcemente a sus ensueños, quería olvidarse de su primo, y hubiera dado la mitad de su dicha porque éste, en aquel mes de noviembre, le diera calabazas con Berenguela o cualquiera otra de sus amigas.
Era noche de jueves y en la plazuela del “Regocijo” se susurraba algo… Algún complot fraguado en Queroquero.
Empezaba la lucha de todos los años, mejor dicho, se reproducía. Lucha tenaz. Menos sangrienta, convengo en ello, que la de Güelfos y Gibelinos o las de las dos Rosas, pero más singular que otra ninguna en los fastos de la historia. No son aquí dos familias reinantes que se disputan sencillamente la corona; son dos poblaciones balnearias que, en masa, toman las armas para aniquilarse recíprocamente. ¡Y qué armas!
El gran sauce que se alza al centro de la plazuela del “Regocijo”, mudo testigo de los amores, odios e intrigas de diez generaciones que han venido sucesivamente a cuchichear a su sombra todos los años en noviembre, guarda en su tronco, para oprobio de Queroquero, una señal indeleble, recuerdo de esta lucha sempiterna.
En 1880, Calacala dormía sobre sus laureles. Nadie podía disputarle sus preeminencias históricas, como lo atestigua hoy mismo la llamada Casa del Estanco, mezcla confusa de mezquita musulmana, de quiosco chino y de chalet moderno, prodigio de arquitectura, con su escalera incomprensible, su azotea o laberinto de doce pilarcillos colocados en dispersión, su puerta que mira a la plaza, especie de socavón tenebroso, formado por el espesor del muro, y su sala de la planta baja, que recuerda los “pozos” o cárceles subterráneas de Venecia y en la que el prisionero, esto es, el bañista que allí se alojara, colocando una mesa sobre otra y encima una silla, y encaramándose sobre ellas, tendría en las tardes de paseo, la ventaja de divisar, al través de las rejas de la ventanilla, los pies de los transeúntes que circulasen por la calle.
En aquel año de 1880 la viva rivalidad suscitada en Queroquero, era ya un hecho declarado, pero Calacala se reía de ella, descansando en su indisputable superioridad. Los orgullosos calacalenses, engreídos con sus numeroso jardinillos, lanzaron sobre Queroquero epigramas que aludían al mal olor de los extensos cebollares de esta campiña. A este insulto contestó Queroquero afeando los paredones que cercaban las huertas de Calacala, convirtiendo los caminos en callejones.
¡La lucha se entabló!
Dos años después los bañistas de Queroquero, ¡oh audacia inaudita! Solicitaron de la autoridad que la banda de música que, desde tiempo inmemorial, acostumbraba tocar en Calacala los domingos en la tarde, regalase con sus armonías, alternativamente a las dos campiñas. Por efecto de hábiles maquinaciones, esta solicitud fué favorablemente acogida con gran escándalo de Calacala, donde la indignación llegó a su colmo.
Los bañistas de Queroquero, se distinguían por su ardimiento. Para las tardes de paseo en que la banda les correspondía, se había improvisado una plazuela en la que, a imitación de Calacala, se reunía lo más selecto de la sociedad. Si una tarde en Calacala se hacía carrera de caballos, el domingo siguiente en Queroquero había carreras y corrida de sortijas; si en Calacala había enseguida sortija y carreras, en Queroquero el próximo domingo se inventaban arcos triunfales y palo ensebado; si en Calacala se hacía todo eso y además iluminación con farolitos de colores, en Queroquero, se contrataba una compañía de acróbatas que trabajando en media plaza, al aire libre, atraía una multitud de miles de espectadores que acudían de la ciudad y comarcas circunvecinas, alcanzándose de este modo un triunfo definitivo.
En Calacala, la exasperación había llegado a tal punto, que un intendente ¡hombre desalmado! Detuvo y embargó grandes canastos de flores, contratados para una tarde de fiesta en Queroquero. Este atropello dió lugar a un atentado: Una mañana el gran sauce de la plazuela del “Regocijo”, orgullo de Calacala, amaneció ardiendo. Una sábana incendiaria había sido introducida en las sinuosidades de su tronco, y no fué poco trabajo que costó apagar el incendio. El autor de este atentado no fué descubierto. Fué achacado a unos jóvenes, parciales encubiertos de Queroquero, que se recogían de un baile, aquella mañana. También se dijo que los sirvientes de una señora muy principal de Queroquero, vagaban, por ahí cerca, ese día al amanecer.
Hoy, gracias a la cultura de estos tiempos, no hay temor ya de tan sangrientas represalias. La guerra ha tomado otro carácter. Sin embargo, comparando el pasado con el presente, es preciso confesar que, con respecto a las corridas de sortija, por ejemplo, hay entre aquellas y éstas la misma distancia que entre los torneos de la Corte de Don Juan II y las fiestas de toros y cañas del tiempo de Felipe IV.
Entonces eran lindas muchachas las que prendían en el brazo del triunfador un lazo de cinta y le alargaban un ramillete de flores, hoy, un toque de ataque para el que acierta y otro de retirada para el que yerra y pare Ud. de contar.
Después de aquellos años de preponderancia en Queroquero, se había notado allí cierta decadencia y en la época a que me refiero, la victoria se hallaba indecisa.
Pasada apenas una semana desde su llegada, León era ya el alma de las reuniones veraniegas.
En Queroquero era el héroe del michi-morongo, y en Calacala no había correos ni secretario sin su intervención.
Luz, la bella y picarona Luz, lo favorecía con marcadas preferencias, lo cual había llegado a traslucirse.
No faltaban envidiosos.
En Calacala, lanzábase de repente en el secretario, papelitos de esta jaez:
“Luz de mi vida — nada me halaga lejos de tí. Calacala es un panteón. Solo a tu lado soy feliz”.
“Firmado.— León”.
O a la inversa.
“León — adorado mío, ingrato, cruel, ¿en dónde estás? Las bellas de Calacala me han robado tu cariño. Me olvidas y yo me muero. — Luz”.
¡Y vaya Ud. a averiguar quién había escrito aquellos papeles. En el secretario todos desfiguran su letra con igual empeño.
Estas inconveniencias ponían de mal humor a Diego que se inquietaba por el efecto que podían hacer en Blanca, pero León no se cuidaba de ellas ni poco ni mucho. Tenía sus teorías y se decía que los celos son el mejor estímulo del amor.
Entre estas y las otras se pasaba noviembre sin más novedad. Sólo faltaban los últimos días de gran paseo, después de los cuales es sabido que el primer aguacero es el toque de retirada para las familias.
Un numeroso grupo de señoritas ocupaba los asientos que, a manera de gradería, rodean el tronco del gran sauce, cuando León, Diego y otros muchos aparecieron en la plaza.
—Muéstrate amable— dijo Berenguela al oído de Blanca. Mira, hoy es jueves, recuérdale su promesa de ir a tocar un solo de violín en tu casa, compromételo y de ese modo evitamos que vaya esta noche a Queroquero.
Los jóvenes se aproximaron y comenzó el tiroteo de palabras.
—¡Uds. aquí! Yo los hacía en Queroquero.
—¡Qué milagro!
—¿Por dónde saldrá el sol mañana?
—Pero señoritas, ¡si yo pertenezco a Calacala, si en Queroquero soy forastero! ¡Qué voy a hacer allí!
—Mucho de eso.
—¿Y anoche?
—Nos llevaron por la fuerza.
—¿Puede ese campo de cebollares compararse con este paraíso?— dijo León. Aquí es más puro el ambiente, las flores más fragantes, las puestas de sol…
—Sí, búrlese Ud. por disimular.
—Desde hoy les pertenecemos alma, vida y corazón; ¿a dónde se juega esta noche?
Estaba anocheciendo y la luna, blanca y brillante, asomaba detrás del cerro de San Pedro.
En aquel instante, un grupo de señoras y señoritas procedentes de Queroquero apareció en una esquina.
Vacilaciones y cuchicheos bajo del sauce. Ya se disponían, como dueñas de casa, a recibir a las forasteras, cuando éstas, pasaron, muy tiesas, yendo a sentarse al frente, delante de la casa del Estanco.
Este incidente produjo viva animación al pie del árbol, pero todos bajaban la voz para no ser oídos de las otras.
—Ahí está Luz, León, vaya Ud. a saludarla.
—Mejor estoy aquí.
—¡Qué tal hipócrita!
—¿Y Ud. Diego?
—Se les conoce en la cara que ya se mueren por dejarnos.
—Apuesto a que ahora se van con ellas.
—¿Yo? —Dijo León— ¡imposible! Tengo un compromiso en la ciudad.
—Lo veremos.
—Se lo juro.
Poco a poco, todos los jóvenes que rodeaban los asientos del árbol, fueron desapareciendo uno tras otro.
Rafael, Jorge, Roberto, Carlos, Pepe, Manuelito, todos fueron a plegarse a las invasoras. Formáronse grupos alrededor de ellas y de estos grupos salieron voces que llamaban por lo bajo:
—¡León! ¡Diego!
Estos dos eran los únicos que permanecían al lado de las de Calacala.
—León, oiga Ud. que le llaman. Luz va a enojarse.
—Que me dejen en paz.
Y León seguía conversando tranquilamente.
Pero las llamadas se repetían y al fin, no pudo más; dijo que iba a ver qué querían de él, pidió permiso y se marchó.
En el círculo de las recién llegadas, se conspiraba con actividad; un hermanito de Luz era el agente más listo de la conspiración.
—¡No hay guitarra como la de don Marcial!— decía el muchacho.
—¿Y quién es don Marcial?
—Un joven que toca divinamente.
—¡Pues que lo traigan!
—Es que es muy corto.
—Invítalo a mi nombre, —dijo Luz—. Ya se le quitará la cortedad.
León y Diego aparecieron a este punto.
—¡Paisana!
—¡Oh, paisano!
—¡Paisanita!
Se estrecharon la mano con efusión, como de compañeros en suelo extranjero.
—¿De qué se trata?— preguntó León.
—De reclutar todos los instrumentos y músicos habidos y por haber e ir a organizar un concierto en Queroquero.
—¡Magnífico!
Pronto vinieron los muchachos a dar cuenta de sus comisiones, se ordenó la partida, y las forasteras arrastrando gran séquito de sus servidores se marcharon a sus lares.
La plazuela quedó escueta.
Diego tuvo la precaución de pasar lejos del árbol. León que llevaba a Luz del brazo procuró, por el contrario, que al pasar, se oyese algo de su conversación con ella.
Una especie de estupor reinó en el primer momento bajo el sauce. Luego empezaron a hacerse comentarios a media voz y por fin, al verse solas, las desairadas estallaron, todas a un tiempo, en vivas exclamaciones de indignación.
—¿Se ha visto nunca un porte semejante?
—¡Y se llaman nuestros amigos!
—¡Infames!
—¡Aleves!
—¡Perjuros!
—¡Y todavía hemos de contestar mañana a su saludo!
—¡Dios mío!— Exclamó una, la más ladina, alzando los brazos al cielo con cómica desesperación, entre las risas de sus compañeras —¿no permitirás que en globo aerostático caiga en este momento a esta plazuela, trayéndonos unas cuatro docenas de porteños finos, galantes y distinguidos, para dejar plantados a esos traidores que a las primeras de cambio se pasan a las filas enemigas?
La única que nada decía, era precisamente la única a quien dolía de veras el desaire. Estaba muda; sentía como una puñalada en el corazón y tenía los ojos llenos de lágrimas. Felizmente, era de noche y nadie se apercibía de ello.
Cansadas de lamentarse y lanzar, entre bromas y risas, improperios contra sus falsos amigos, Berenguela y sus compañeras vieron que era preciso marcharse, cada cual a su casa. Berenguela acompañó a Blanca a la suya.
Entre tanto, la comitiva triunfante se detuvo en la esquina principal de Queroquero.
—¡Señores y señoritas, una moción!— dijo León en voz alta— un rato de concierto y en seguida a bailar.
—¡Aceptado! Tenemos un salón espacioso y un piano a nuestra disposición.
—No será extraño —dijo una rubia— que se nos vengan algunas de Calacala atraídas por el concierto.
—Como que esta mañana las invitamos.
—¡Cómo! —Preguntó León— ¿Uds. han hablado con ellas?
—En la ciudad, ya ve Ud., era en campo neutral. Nos encontramos en el comercio con varias de ellas y las invitamos al concierto de esta noche.
—¡Pues si vienen, hay que tratarlas muy bien!— dijo un joven.
—No faltaba más, después del recibimiento que acaban de hacernos.
—Lo que nos toca es lo siguiente: si se presentan, tratarlas con buena educación, porque lo demás sería una grosería. Que escuchen el concierto, pero cuando se despidan, nada de atajarlas, que se vayan enseguida y nos vamos a bailar.
—¡Silencio! —Dijo una— gente sospechosa.
Y echaron la vista a unos cuantos rapaces agazapados contra una pared detrás de las señoras, entre los cuales se hallaba un hermanito de Berenguela.
—Son espías— dijeron las niñas.
—¡A ver, ratones! —Dijo León aproximándose— ¡largo de aquí! ¡Campo! ¡Campo! Se necesitan esos asientos.
En seguida se procedió a organizar las diversiones.
Hacía dos horas que Blanca y Berenguela charlaban a solas en el corredor y ya se supone de qué se ocupaban, cuando un tropel, y dando resoplidos de cansancio se presentaron los chiquillos.
—Venimos de Queroquero.
—¿Y?
—Primero han jugado un rato al michi-morongo y luego don León ha tocado un solo de violín.
Las dos amigas, una junto a la otra, se ajustaron la mano en señal de inteligencia.
Los chicos refirieron enseguida, con grandes exageraciones lo que habían visto y oído; la trama urdida en contra de las que fuesen de Calacala a oír el concierto, y el modo como habían sido arrojados por León. Uno de ellos que era embustero, agregó que aquel caballero los había amenazado con darles de bofetadas.
Las dos amigas escuchaban estupefactas.
Luego el rapaz principal se acercó al oído de su hermana que abrió su monetario y le dió reales para que fuese a gastarlos con sus amigos en la heladería.
La policía secreta recibía su propina.
Después de esto, Berenguela alzó los ojos al cielo lanzando un suspiro y se explayó en largas consideraciones acerca de las veleidades e inconsecuencia de los hombres.
Pero era preciso terminar la noche de algún modo más agradable y entraron en la sala a jugar carga-cuernos con Marcial.
Por la primera vez Berenguela se mostró amable con él, y cuando se quedaron solas hizo grandes elogios del joven. Sentía benevolencia y hasta ternura por él; ¿no era el único que se había negado a ir a Queroquero?
Aquella noche, Blanca batalló mucho para tomar el sueño. Al primer sentimiento de despecho vivísimo y profunda amargura, había sucedido en su alma una especie de calma. Estaba en uno de esos momentos en que penetrando en nosotros mismos, analizamos nuestros sentimientos.
¿Por qué entre un hombre frívolo, falso, tal vez malvado, que nos desdeña, y otro honrado, serio, generoso que nos ama, el corazón nos inclina al primero? ¡Oh aberraciones!
Sin embargo, por ideal que fuese su oculto cariño a León, se confesaba que en aquel momento había en él nueve décimas partes de amor propio ofendido; en tanto que a las nueve décimas de estimación y gratitud que abrigaba hacía su primo, se mezclaba también viva ternura: ¿cuál de las dos mezclas contenía elementos más duraderos?... Decididamente hay ocasiones en las que casi creemos que se puede querer a dos a un tiempo.
A la mañana siguiente, las dos amigas se encontraron de pronto con los dos amigos, a la vuelta de un sendero de rosales.
Hacían ellos parte de un corrillo en que se trataba de suscripción para un baile-apiapi que había de darse al otro día en Queroquero; cuando las divisaron y se encaminaron a saludarlas.
—¿Cómo piensas tratarlo? —Preguntó Berenguela al verlos venir.
—Con mucha frialdad.
—Mal hecho. Tú no sabes vivir. Porque va con frecuencia allá, ¿vas a creer ahora que está enamorado de Luz? ¡Disparate! Los hombres están bien donde se les halaga; eso es todo.
¡Así es de débil el corazón de las mujeres! Contra todos sus propósitos, Blanca empezó luego a sentirse conmovida y más sensible que nunca a las cariñosas atenciones de León.
—Uds. se ocupan del apiapi de mañana, dijo Berenguela.
—No tal —respondió León mirando a Blanca—. Yo no pienso ir.
—¿No va usted?
—No.
—Entonces— se atrevió a decir Blanca— comprometo a Ud. a pasar en casa la noche de mañana.
—No faltaré. Recogeré mi violín que anda por ahí y pasaremos una noche agradable.
—¿Palabra de honor?
—¡Palabra de honor!
Todo pasó en Queroquero a pedir de boca; baile hasta el amanecer, almuerzo, más tarde, paseo al bosque de jarcas y lunch ruidoso; después comida y otra vez concierto e iluminación.
A las nueve de la noche, León despertó de aquel aturdimiento como un sueño. Se acordó con sobresalto de Blanca y de su compromiso con ella. De tantas horas de fiesta sólo le quedaba un sabor amargo, un ansia y un vacío profundo en el corazón. Luz había coqueteado mucho con él, pero también había coqueteado con otros. Estaba disgustado y aburrido y sólo quería volver a ver a Blanca. Buscó a Diego y le propuso luego marchar a Calacala, antes de que se hiciera tarde para visitar. Se encaminaron en busca de sus caballos, los ensillaron y emprendieron el trote por el camino lleno de polvo a la luz de la luna.
En la casa de Blanca todo estaba cerrado, pero por las rendijas de las ventanas se veía la sala iluminada. Contuvieron sus caballos y aguardaron un momento indecisos. De repente se percibieron los acordes de la guitarra de Marcial que tocaba adentro. No estaba solo, se oían voces. La guitarra empezó de nuevo un acompañamiento y León a luz de la luna y en medio del silencio que rodeaba la casita oyó la voz vibrante y melancólica de Blanca que cantaba:
Si fino y tierno su afecto fuera, hoy no estuviera lejos de aquí.
Dióle un vuelco el corazón y estuvo a punto de llamar a la puerta y presentarse en la sala; pero esto hubiera sido un desatino y tuvo que resignarse a marchar a su casa y dejarlo todo para el día siguiente.
Amaneció lloviendo a cántaros, como se dice vulgarmente. El aguacero no cesaba hasta las diez y los jefes de almacén y demás comerciantes, llegaban a la ciudad a coche o a caballo, chorreando agua de sus ponchos y capuchones de goma. La cosa era ganar la playa del río antes de que llegara la avenida.
Después de almorzar, León y Diego montaron a caballo para volver a Calacala. Al otro lado del río detenidos en la playa por la avenida que empezaba a disminuir, veíase una multitud de borricos y peones cargados de camas, muebles, canastos, lámparas y otras menudencias.
El aguacero había asustado a las familias que alzaban el campo de regreso a la ciudad.
Los dos amigos que estaban bien montados, pasaron el río y enderezaron hacia Calacala torciendo por la calle de Herrera.
Al llegar a la casa de Blanca, lo primero que vieron, con gran asombro y consternación de León, fué un carretón cargado de muebles, que parado en medio camino, esperaba la señal de partida. Ahí estaban Blanca, Marcial y Berenguela parados en la puerta.
León se apresuró a bajarse del caballo y saludar a la joven, afanoso, manifestando su asombro y desconcierto por tan inesperada resolución.
—¡Qué es esto, señorita!, ¿están Uds. locos?
—A causa del aguacero mi papá ha resuelto que nos vayamos— dijo ella mirándolo tranquilamente.
—Pero es una locura, es preciso persuadirlo…
Un instante bastó para que León se apercibiera del profundo cambio que en pocas horas se había operado en Blanca en la que sus expresivas miradas no hacían ya efecto alguno.
Vieron partir la carreta y conversaron todavía largo rato.
El desconcierto de León crecía por momentos.
Blanca era otra mujer. No lo trataba mal, pero él había llegado a ser para ella, lo mismo, exactamente, que Diego o que cualquier otro.
Marcial acaba de enganchar el coche. Un coche pequeño de dos asientos. El viejo había dispuesto que su sobrino llevase primero a Blanca y regresase por él.
En aquel momento pasó un carruaje conduciendo una amante pareja: dos jóvenes que se habían casado algunos días antes.
El papá apuraba y Blanca entró en la casa. Marcial la siguió y deteniéndose ambos delante de la verja del jardín, hablaron un momento en voz baja. Después Marcial salió calándose los guantes, se despidió, saltó al coche alegremente y tomó las riendas. Blanca salió con el sombrero y el abrigo puestos, abrazó a Berenguela, deteniéndose a hacerle algunos encargos, se despidió de Diego, tendió a León la mano con indiferencia y subió al coche con ligereza. Su primo, haciéndola campo a su lado la miró suavemente. Entre tanto que una criada corría a traer algo que ella había olvidado, Marcial indicándole un ramo de flores que llevaba en el regazo, le dijo no sé qué muy bajito —eligió ella entre sus flores el más hermoso botón de rosa y se lo alargó sonriendo; él sujetando las riendas con la izquierda lo recibió y se lo colocó orgulloso en el ojal. Después hicieron una señal de despedida y partieron.
Sin darse cuenta de su propio estupor, León, mudo, absorto, desconcertado, se había quedado inmóvil, fijos los ojos en el coche que se alejaba.
—¡Ay! michi-morongo, ¡lo que me cuestas! —Murmuró Diego para sus adentros al verle en ese estado.
Cierto que dos días después se dió un baile en Calacala, pero, ¿qué le importaba ya a León? Las puertas de Blanca, siempre cerradas en la ciudad, se cerraban para él, esta vez, para siempre.