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Adela Zamudio

El misionero, 1879

Canto primero. Las selvas

poema religioso, 80 versos

¡Cuán hermoso es el cielo de Bolivia!

Ora sobre sus valles abrigados

Donde una eterna primavera tívia

Verdes conserva los risueños prados,

Do en su viudéz la tórtola se alivia

Dando al viento sus ayes prolongados

Oculta entre las cepas de las viñas

O en los huertos que pueblan las campiñas.

Ora diafano, helado, transparente

Sobre sus vastos montes y desiertos,

Do no se encuentra un árbol ni una fuente,

Do solo existen arenales muertos

Cimas llenas de nieve eternamente,

Serros desnudos, de aridéz cubiertos,

Mústias colinas y llanuras grandes

Sobre la altiplanicie de los Andes.

Ora puro, sereno, esplendoroso,

Sobre sus yermas costas del Oeste,

O cargado de nubes y lluvioso

Sobre sus selvas vírjenes del Este;

Donde es todo variado y prodijioso—

Donde de pronto, de un collado agreste

Se baja á una pradera dilatada

O á una selva tupida y enredada.

Allí do las corrientes que descienden

De picos coronados por el hielo

I de escarpadas rocas se desprenden

I llegan espumosas hasta el suelo

Diamantinas y rápidas se estienden

Sobre lechos de verde terciopelo

I en el fondo se pierden á distancia

En bosques impregnados de fragancia.

Allí dó el suelo fértil atesora

En sus sitios ocultos y remotos

Cuadros de una belleza encantadora

Para el resto del mundo siempre ignoto.

Arroyos de agua clara y bullidora,

Rústicas grutas y escondidos sotos,

Donde mil plantas y árboles sin nombres

Crecen desconocidos de los hombres.

Donde troncos de alturas admirables

Estienden sus ramajes jigantezcos.

Bóvedas para el sol impenetrables

Que cobijan verjeles pintorescos,

Donde frutos se ven, innumerables,

Perfumados, dulcísimos y frescos

Pendientes de lijeros pabellones

Cadenas de floridos eslabones.

Donde á veces, dos rios caudalosos,

Uno de aguas fangosas y violentas

Que dan mujidos sordos y furiosos,

Se mezcla en avenidas turbulentas

Con las de otro que en jiros majestuosos

Las arrastra clarísimas y lentas,

Mansas lamiendo márjenes floridas

De ramajes y helechos guarnecidas.

Allí dó anidan las pintadas aves

La asquerosa serpiente y la pantera:

Donde trinos armónicos, suaves

I el rujido salvaje de la fiera,

Del manso viento los murmurios graves

La copa al remecer de la palmera,

Forman grande y selvática armonia

Que á los cielos se eleva cada dia.

Allí, dó tras comarcas solitarias

Tantas tribus de indíjenas habitan

Viviendo unidas en familias varias

Que á sus mayores en bondad imitan

Inclinadas al bien y hospitalarias.

I otras, en fin, que nómadas se ajitan.

Siendo por todo, á las demás diversas

Indómitas, guerreras y perversas.

Allí do la feráz naturaleza

De aquel suelo por Dios privilejiado

Muestra su esplendidéz y su grandeza

Al viajero confuso y arrobado

Que humilde inclina al suelo la cabeza

Creyéndose á otro mundo trasportado

I que absorto con tantas maravillas

Ante el Creador se postra de rodillas.