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Adela Zamudio

El misionero, 1879

Canto segundo. Los salvajes

poema religioso, 128 versos

Se entolda el puro cielo del invierno

I comienza á llover por vez primera

Brotando por do quier un verde tierno,

Se declara precóz la primavera.

La selva, en fin, cuyo verdor eterno

Un tanto seco por el sol se viera,

De pronto, de sus galas revestida

Muestra en su seno animacion y vida.

Ha cambiado de súbito el paisaje

I mil fragantes y variadas flores

Ostentan su hermosura entre el follaje,

En tanto, que los pájaros cantores,

Batiendo alborozados su plumaje

Pintado de vivísimos colores,

Revoleteando con afan gorjéan

I frutos esquisitos saboréan.

Tiernos se alzan nogales y moreras

Al lado de otros árboles jigantes,

Derechas y flecsibles las palmeras

Elevan sus penachos elegantes,

I cortinajes mil de enredaderas

Forman doseles de verdor flotantes,

Ornando los espléndidos salones

Donde entonan las aves sus canciones.

Copiosa fue la lluvia matutina:

Sin sol se anuncia y nebuloso el dia

I desciende compacta la neblina

Hasta posar en una selva umbría;

De esas que halla do quiera el que camina

Por el oriente de la patria mia,

Esa inmensa rejion que rica encierra

Los mas bellos productos de la tierra.

Cual ancha cinta de luciente plata

Cortando el bosque inmóvil y sombrío

La tranquila corriente se desata

De un cristalino y poderoso rio

Que en su seno los árboles retrata;

Y de la fértil selva al fondo umbrío

Dos hombres van con lentitud penosa

Siguiendo su rivera pedregosa.

De rostro enjuto y venerable frente

El de mayor edad, es un anciano:

Lleva sobre sus hombros noblemente

El hábito del fraile franciscano

El mismo que llevó seguramente

A tiempo de dejar el Vaticano

Cuando el Papa le dió sus bendiciones

I le ordenó marchar á las misiones.

Natural de esos bosques, quien le guía

Es su jóven y fuerte compañero,

Al que sacó de ciega idolatría

La caridad del santo misionero.

Viste como sus padres todavia

Mas para caminar abre sendero

Con un acha de fábrica europea

Que en cortar el ramaje diestro emplea.

Apenas caminando se sostienen

Del ancho rio en la escabrosa orilla

Hasta que de improviso se detienen,

I el joven indio en actitud sencilla,

En tanto que ambos, mudos se mantienen,

A los pies del anciano se arrodilla,

Quien tendiendo las manos le bendice

I despues de un momento asi le dice:

—Hijo, vuelve á tu hogar, que hemos dejado

I en tus plegarias á Jesus Divino,

Pídele sin cesár, si me has amado,

Que yo cumpla con fruto mi destino.

En tanto, por sus gracias amparado

Proseguiré yo solo mi camino:

Invocando su nombre á cada instante

I á derramar su luz iré adelante.

Así el jóven se aleja del anciano

Que acelera sus pasos entre tanto,

Sin mas equipo en un camino insano

Que otro cualquier viajero teme tanto,

Que un tosco y débil báculo en la mano,

Sus sandalias, su túnica y su manto;

Sin mas arma que ampare su jornada

Que una cruz en su pecho colocada.

El sol rompe las nubes débilmente

I se tiñe el oriente de celajes,

El viajero se para derrepente

En un sitio cercado de boscajes

Donde vé mui cercano, de sí en frente

Un espantoso grupo de salvajes,

I allá, del rio en las profundas aguas

Un enjambre de balsas y piraguas.

Con ambas [manos] fuertemente oprime

La cruz bendita que consigo lleva

I su alma grande de fervor se imprime

Mientras al cielo en oracion se eleva

Ofrece á Dios con un valor sublime

Su vida, sin temor que le conmueva;

I con la calma que en su faz se ostenta

Resuelto á aquellos hombres se presenta.

Ellos, en el momento, al divisarle,

Se lanzan irritados y feroces

Dispuesto cada cual á destrozarle

Cual fantasmas diabólicos y atroces.

Mas, en el mismo instante de alcanzarle

Dando alaridos y espantosas voces

Como tigres que corren á su presa,

Todos ante él se paran con sorpresa.

La cruz eleva con su firme diestra

Inmóvil, mudo, cual si nada viera:

El signo santo sin temor les muestra

I en actitud solemne les espera.

La turba olvida su intencion siniestra

Por que viviendo siempre en guerra fiera,

Aquel valor estraño les sorprende.

De un heroe que al morir no se defiende.

Mas, solo se sostiene ya un segundo

Que sangre brota de su pecho herido

Por que en aquel ataque furibundo

El dardo de una flecha ha recibido.

Lívido, sin aliento, moribundo,

Es del rio á la márgen conducido.

Y desangrado á choros se desmaya.

Enrojeciendo el suelo de la playa.

Los índios que se van á la pelea

Disponen que á su vuelta victoriosa

Sacrificado el prisionero sea

En una fiesta bárbara y ruidosa.

Y por eso condúcenle á su aldea

Con crueldad calculada y rencorosa:

Y allí le depositan en las manos

De mujeres de niños y de ancianos.