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Adela Zamudio

El misionero, 1879

Canto tercero. La primera misa

poema religioso, 92 versos

¡Sagrada historia de la cruz divina,

Salvacion de la humana criatura.

Rayo de luz celeste que ilumina

La negra senda de la tierra oscura!

¡Testamento de un Dios! Santa doctrina

De amor, de mansedumbre y de dulzura!

No hai uno á quien no vensas y no asombres.

Cambias los monstruos en sumisos hombres.

Apóstoles heroicos tus soldados,

No conocen obstáculos ni valla

I corren por el mundo desarmados

Triunfando siempre en colosal batalla.

Ante tus grandes dogmas revelados

La voz de la mentira muda calla;

Rejeneras al hombre y le ennobleces

I humillando su orgullo le engrandeces.

Un sacerdote débil, indefenso,

En pueblos de salvajes penetrando

Há conseguido solo, un triunfo inmenso,

Como Cristo, su sangre derramando;

Rasgando ante el infiel un velo denso

Su obtusa intelijencia iluminando

Le muestra poco á poco una enseñanza

De fé, de caridad y de esperanza.

El prisionero herido á quien guardaron

Para sus espantosos sacrificios;

Cuyo raro saber, aprovecharon

Aplazando sus bárbaros suplicios;

A cuya proteccion se acostumbraron

Por su mucha bondad y sus servicios,

Veneracion y amor há conseguido

I en mandatario y juez se ha convertido.

Dejándoles absortos con su ciencia,

Males evita y los enfermos cura

I dándoles lecciones de clemencia

Suaviza su fiereza y su bravura.

Los infieles anhelan su presencia

Siempre con ellos él estar procura:

A todo niño en educar se empeña

I sú idioma bien pronto les enseña.

Fundando relaciones comerciales

Con pueblos que él dejó, les comunica:

Les hace odiar el crímen y sus males:

De Cristo la doctrina les esplica.

Esas leyes benignas, celestiales,

Con palabras y ejemplos les predica.

En nombre del Dios Trino les bautiza

Y allí celebra su primera misa.

Teniendo entonce, el cielo por techumbre,

Por ornato las selvas y sus flores,

Por concierto de santa dulcedumbre

De la naturaleza los rumores,

I por lámpara el sol—radiosa lumbre

Que baña un hemisferio de fulgores;

Por témplo el universo esplendoroso

I por incienso el zéfiro oloroso—

El Soberano Autor del infinito

Dios y Señor de todas las naciones,

El que asienta su trono de granito

Sobre vastas y altísimas rejiones:

El Padre de los hombres, el Bendito

A quien cercan anjélicas lejiones,

El Artista de májica paleta

El Supremo Hacedor, el Gran Poeta;—

El que pobló de mundos el espacio

I para quien los astros resplandecen

Con sus brillantes luces de topacio,

Que el firmamento alumbran y embellecen,

Aquel que tiene un cielo por palacio

I á quien todos los seres obedecen,

El que formó las jigantescas peñas

I la arena en partículas pequeñas.

Aquel con oleo divinal Unjido

Señor de reyes, Rei de soberanos

Cordero como victima ofrecido

Que ha repetido siempre á los cristianos:

—A todos con mi sangre hé redimido

Por que todos los hombres sois hermanos.

El que dijo á los suyos—Hijos mios

Predicad á jentiles y judios.

Ese Jesus que al remontarse al cielo

Nos legó el mas magnífico portento,

Que de la fé tras el tupido velo

Habita en el altar del sacramento.

El eterno entre todos los mortales

El que no tiene fin y es el primero

Que las órdenes dió sacerdotales

En la postrera sena del Cordero—

Las fraces al decir, sacramentales

Su ciervo sacerdote misionero,

Desciende de los cielos Uno y Trino

I en Cristo sé convierten pan y vino.